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La chica que lo tenía todo, de Jessica Knoll

La chica que lo tenía todo

La chica que lo tenía todoHay ciertos libros que, sin esperarlo, te marcan por su historia y sus personajes. Este es uno de ellos y para mi se ha convertido en uno de los libros revelación del verano. Aunque se compara con Perdida, La chica que lo tenía todo no es un thriller o una novela del tipo domestic noir. Si tuviera que compararlo con algo, lo compararía con la mítica película Chicas malas y su forma de retratar la popularidad y cómo encajar en un instituto americano.

Este libro nos cuenta la historia de Ani FaNelli, una mujer de treinta años que parece tenerlo todo: su trabajo soñado, un cuerpo diez y el hombre perfecto. Pero Ani oculta un pasado que le ha convertido en la persona fría, calculadora y superficial que es ahora. Un pasado que se cuenta en el libro en partes intercaladas con el presente, en el cual se revelarán todos los secretos de Ani.

A pesar de que cuando comencé el libro odié a Ani y su forma de actuar, tan preocupada por las apariencias, a medida que avancé con la lectura me encontré con un personaje muy complejo, con muchísimos problemas y traumas del pasado que revelan una personalidad insegura y llena de complejos. Lo que más me ha gustado del libro es la evolución de este personaje y que vayamos descubriendo sus secretos poco a poco, a medida que se revelan todos los sucesos traumáticos que vivió Ani en su pasado. Un pasado en el que también conoceremos a otros personajes que también vamos a ver en el futuro. Personajes que, aunque siento que no he llegado a conocer lo suficiente, juegan un papel imprescindible en el desarrollo del libro y en la vida del personaje principal. Algunos para bien y otros para mal.

El ritmo en este libro es espectacular. No puedes parar de leer porque quieres descubrir todo lo que pasó en el pasado y cómo. A pesar de que uno de los mayores secretos se descubre aproximadamente en la mitad del libro, al final hay un giro argumental que sorprende y que completa el libro. Además, la forma de narrar de la autora me ha gustado especialmente, ya que nos cuenta el desarrollo de todos los acontecimientos, intercalando el pasado y el presente, desde la perspectiva de ella a sus catorce y a sus treinta años. Jessica Knoll ha logrado crear un personaje potente y con gancho a través de la premisa de “la chica que lo tenía todo” a través de una narración sencilla pero llena de intriga y misterio.

Pero no todo es drama, en el libro también hay otros elementos como el amor o la amistad que, aunque son menos protagonistas, también son imprescindibles en el libro. Me encanta que un libro trate todo lo que significa la adolescencia, tanto para bien o para mal, en la vida de una persona. Una etapa de la vida en la cual las experiencias que vives te marcan para siempre y te convierten en la persona que serás en el futuro.

A pesar de no tener unas expectativas altas, La chica que lo tenía todo se ha convertido en uno de los mejores libros que he leído este año. Una historia compleja y llena de misterios que te atrapa por completo hasta el final y de la que he disfrutado hasta la última página. Es uno de esos libros que, cuando terminas, te mantienen pensando y reflexionando sobre todo lo que ha ocurrido. Un libro que esconde una historia y unos personajes complejos y que trata temas complicados como la identidad, la violencia sexual, el amor y lo que significa ser mujer.

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El viajero involuntario, de Minh Tran Huy

El viajero involuntario

El viajero involuntarioTodos conocemos el significado de viajar. Para cada uno de nosotros la palabra adquiere un sentido y unos motivos diferentes, claro, pero la idea básica es la de desplazarse de un lugar a otro. Y además, se supone que cuando se viaja la voluntariedad va implícita. Entonces, ¿qué es un viajero involuntario? A lo mejor sois más listos que yo y se os ocurren muchos ejemplos, pero en el momento en que leí el título del libro no se me ocurría nada y pensaba por qué y quién sería ese viajero involuntario.

Esta emotiva novela, escrita por Minh Tran Huy, novelista francesa de origen vietnamita, nos da las respuestas. Existen muchas clases de viajeros y, efectivamente, me equivocaba. No todos los viajes son voluntarios.

El libro en sí es una suerte de viaje, pues la narradora va hilando trayectorias y distintos personajes a lo largo de la novela. El viajero involuntario entrelaza historias, aunque la principal es la de la protagonista del libro, Line, una joven de origen vietnamita que descubre en un museo la historia de Albert Dadas, el primer caso de viajero involuntario o “turismo patológico” en el siglo XIX. Sorprendida por la historia, Line comienza a indagar más sobre Albert Dadas y su patología. Este hombre francés tiene una condición extraña: es incapaz de permanecer en lugar durante mucho tiempo, necesita viajar. Viajar sin rumbo, viajar en cuanto oye el nombre de una ciudad que no conoce, viajar aunque tenga que dejar su vida atrás. Estaréis de acuerdo conmigo que como patología es rara de narices. Parece divertida a simple vista, pero cuando esa necesidad es compulsiva, cuando no puedes decir que no y debes viajar aunque dejes atrás tu vida y ésta se rompa, una y otra vez, en pedazos debe de ser algo realmente traumático. El caso de este hombre fue estudiado durante más de veinte años por un doctor que logró dar con su patología y trató de ayudarlo.

Éste es un ejemplo de viajero involuntario, pero a medida que Line indaga empiezan a venirle a la memoria más tipos de viajes involuntarios. Recuerda a la atleta somalí Samia Yusuf Omar, quien participó en los Juegos Olímpicos de Pekín 2008 y que conmovió a todo el mundo por su deportividad, a pesar de llegar última en la prueba. Samia no pudo participar en los siguientes Juegos Olímpicos porque murió en una patera cuando intentaba alcanzar Italia para poder continuar con su sueño de ser una gran atleta. Nadie quiere escapar así de su país, nadie quiere perder la vida en una patera, intentando logar lo que más le gusta. Es, digamos, otra forma de viaje involuntario. Un viaje que alguien  no  busca, pero que tiene que hacer.

Pero sobre todo, el hilo argumental de esta novela se centra en la propia familia de Line y principalmente, en la vida de su padre, un vietnamita que irremediablemente se convierte en un viajero involuntario. La guerra de Vietnam, la idea de un futuro mejor fuera de ese país, llevan a su padre hasta Francia, donde acude a estudiar y donde, finalmente, acabará por construir su vida.

En El viajero involuntario se entrelazan la voz de la protagonista con la voz del padre, quien va narrando su propia historia y la historia de su familia, también viajeros involuntarios. Personas que sin buscarlo (o al menos desearlo) se han visto forzadas a emigrar.

El libro es hermoso y emotivo. La narración se desarrolla lentamente, con un ritmo dulce, casi como si nosotros también estuviéramos viajando a lo largo de la historia. Es un excelente homenaje a todos esos viajeros involuntarios, viajeros que tuvieron que emigrar, algunos con mejor suerte que otros.

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Todo lo que vino después, de Gabriel Urza

Todo lo que vino después

Todo lo que vino después

¿De dónde es uno? Y, simultáneamente, ¿quién es de un sitio concreto, y quién decide, si cabe tal cosa, sobre ese origen? Sobre esas cuestiones, hay puntos de vista como para alimentar un debate interminable (de hecho, ese debate existe y, en efecto, no tiene visos de terminar pronto). Algunos afirman que uno es de allí donde ha nacido, y no hay vuelta de hoja; por tanto, los propios de un territorio son solamente los que han nacido en él, da igual si uno ha hecho su vida en otro lugar y su conexión emocional con su país de nacimiento es nula, y da igual si uno ha nacido en otro sitio pero su corazón, su mente y su arraigo pertenecen a un territorio diferente a aquel de su nacimiento. Otros dicen que un pueblo lo forman las personas que eligen formar parte de él; las que viven en él y contribuyen a su prosperidad, independientemente de su origen biológico, étnico y legal. Hay quienes claman por la nacionalidad, además o al margen de todo lo antedicho, por herencia de sangre, de tal modo que el origen, igual que el ADN, pasa de padres a hijos y de tatarabuelos a tataranietos.  Esta última visión es la más extendida en Estados Unidos, donde, si a un norteamericano se le pregunta de dónde es, es común que responda, por ejemplo, “Soy irlandés, alemán, ruso y noruego”, si tiene antepasados de esas nacionalidades. Así pues, la nacionalidad del antepasado se hereda de generación en generación.

Todas ellas son formas válidas y basadas cada una en su lógica para justificar o esgrimir una nacionalidad cualquiera o, mejor dicho, un origen étnico (el concepto de origen es mucho más amplio y complejo que el de la nacionalidad). Pero también es verdad que la visión, la relación, los sentimientos y el vínculo serán muy distintos para un aborigen y para un descendiente que nunca haya pisado la tierra de sus tatarabuelos y cuyo conocimiento de ella se base en la transmisión de historias y en una imagen fundamentada en una idealización.

Reflexiones de ese tipo son las que suscita la lectura de Todo lo que vino después. Se trata de la primera novela de Gabriel Urza, estadounidense de origen vasco. Al debatir conmigo misma sobre el tema principal de Todo lo que vino después, llego a la conclusión de que éste no es otro que el origen y los diferentes vínculos que, según las diferentes personas y sus experiencias vitales y su personalidad, se establecen entre las personas y la tierra que ellos llaman suya, la tierra donde ellos tienen su hogar; además, la distancia que siempre se abre -y que, en ocasiones, puede resultar insalvable- entre una persona enraizada en un lugar y otra que, a pesar de vivir en él, no siente ningún arraigo.

En Todo lo que vino después no hay, en principio, un ánimo especial por tratar el tema de la etnicidad y de la pertenencia a un lugar y, sin embargo, el puñado de personajes protagonistas (hay cierta coralidad en la novela, y ningún personaje destaca sobre el resto de manera clara) y sus historias tejen, entre todos, una narrativa dialéctica sobre aquel tema, ya que las circunstancias y los orígenes biológicos de los personajes son muy diferentes entre sí, aunque coincidan en algunos puntos de intersección, y sin embargo son los contrastes los que ponen mejor de manifiesto lo que cada uno de ellos representa.

Todo lo que vino después tiene, claramente, algo de novela realista, muy basada en la historia contemporánea del País Vasco y su turbio clima político que arranca desde la Guerra Civil, y también algo de drama moderno que descansa en las relaciones entre los personajes. El resumen de la contraportada nos sitúa en un clima posterior al asesinato de un concejal del Partido Popular en un pequeño pueblo vasco, y, sin embargo, no estamos ante una novela sobre ETA, ni ante una novela de corte político; de hecho, el atentado queda relegado casi a la categoría de MacGuffin narrativo, y el concejal, José Antonio Torres, no pasa de ser un personaje muy poco definido y sobre el cual el autor no se detiene más que cuando es absolutamente necesario.

No; la novela se ocupa de otros personajes. Está la mujer del concejal, Mariana Zelaia, una mujer de compleja y contradictoria personalidad; está un anciano profesor estadounidense, Joni Garrett, establecido en el pueblecito vasco desde décadas atrás y, sin embargo, aún considerado por los nativos como “el americano”; está también Iker Abanzuza, que participó en el secuestro y asesinato de Torres; y está, además, Robert Duarte, un joven recién llegado de Estados Unidos, descendiente de vascos y contratado por el colegio local para sustituir a Joni Garrett. Cada uno representa una forma de ser, de estar y de pensar acerca de Muriga, el pueblo en cuestión, en realidad una miniatura representativa del País Vasco: la persona vasca de origen, con sentimientos de amor por su tierra pero no, al parecer, de ideología nacionalista; aquel que ha nacido en Muriga y acaba militando en la causa (y refiriéndose a ella de ese modo, “la causa”); un extranjero que se ha establecido en Muriga y que lo considera su hogar, habiendo perdido todo vínculo con su país de origen; y, quizá el personaje más interesante por cuanto tiene de complejo y de paradójico, así como de revelador sobre un tipo de mentalidad que podemos sospechar bastante extendido en la actualidad, el extranjero que, aun sin conocer de primera mano gran cosa acerca del País Vasco, y no habiendo participado, ni mucho menos, ni en la guerra, ni habiendo vivido la dictadura, ni la eclosión del nacionalismo vasco, ni ninguna otra etapa de la historia vasca, hace gala de sus raíces vascas, domina el idioma (y gusta de hablarlo siempre que puede) y, además, tiene unas ideas muy marcadas sobre el País Vasco y su situación política y social. Ideas que pregona siempre que puede de forma totalmente inequívoca. Será este personaje, Robert Duarte, el americano apuesto y simpático aunque arrogante y dotado de la capacidad de empatía y el calor humano de una medusa,

Es ése, el elenco de personajes, el verdadero punto de interés de Todo lo que vino después. No es su veta de novela negra y thriller, la cual adolece decididamente de falta de consistencia y de densidad suficientes para atraer al lector y resultar creíble. Tampoco su pequeña faceta de novela realista, pues en realidad su mensaje final acerca de la violencia en el País Vasco es poco original y carece de pegada, diluyéndose blandamente en un desenlace que discurre por cauces previsibles y algo inverosímiles. Hay además ciertas dosis de lugares comunes de tipo folklórico, etnográfico e histórico, y elecciones de nombres algo desconcertantes. Detalles menores, por otra parte, y seguramente inevitables en una novela de este tipo, totalmente dependiente del carácter y la historia de un lugar.

Son esos personajes y las relaciones entre ellos, sus diálogos, sus reflexiones, los motivos por los que actúan como lo hacen y las justificaciones con las que tratan de autoconvencerse de cosas en las que no creen, o en las que creen a medias, los que verdaderamente atraen y mantienen el interés de Todo lo que vino después. Los personajes pueden leerse en clave particular o simbólica, representando cada uno una visión y una forma de sentir no sólo sobre el País Vasco, sino en general sobre la tierra y el propio origen. Y es el desenlace en su faceta más intimista el que más argumentos tiene para convencer al lector.

También es meritoria la elección de Gabriel Urza de situar su trama en un pueblo pequeño del País Vasco, alejado de ambientes urbanos más cosmopolitas en los cuales el carácter particular de la sociedad vasca quedaría más disuelto. El ambiente familiar y seguro, pero también controlador y psicológicamente asfixiante de un pequeño pueblo vasco está muy bien descrito y representado, y es elocuente el diferente modo en que Muriga trata a los dos norteamericanos: acoge y acepta como uno de los suyos a Robert Duarte, un recién llegado que sin embargo habla euskera, y se refiere a él como “el euskaldún”, mientras que Joni Garrett, que lleva toda su vida en el pueblo, sigue siendo “el americano”, aunque conozca y ame mucho más el pueblo.

La fuerza de Todo lo que vino después -y, probablemente, de Urza como escritor- radica en esos personajes, precisamente la clave del triunfo de cualquier novela, y en sutilezas que recuerdan el realismo mágico; en este caso, un realismo mágico vasco, algo bastante original para esta tradición narrativa.

 

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El atlas de las nubes, de David Mitchell

el atlas de las nubes

el atlas de las nubes¿Te has parado a pensar en que todo lo que haces, todas esas acciones que llevas a cabo de forma casi inconsciente, como un acto reflejo, repercuten en la vida de los demás de tal forma que es posible que sean esa minúscula chispa que con el paso de los años pueda llegar a crecer e inflamar conciencias hasta incluso llegar a cambiar el curso de la historia? Unas palabras de ánimo para aquel que su día amaneció gris. Un reproche injustificado. Un inesperado y cálido abrazo. Una sonrisa sincera. Unas palabras que rezuman bilis sin venir a cuento. Tender una mano al necesitado. Una sugerente pieza musical ejecutada con habilidad. Responder con el más flagrante desprecio al que busca refugio. La lectura de un libro inspirador en el momento adecuado. Un acto de amor o un arrebato de odio. “Todo está conectado” ¿Y si nuestra mera existencia solo fuera un insignificante pero valioso grano de arena que forma parte de una duna y esta a su vez es la pequeña porción de un inimaginable y gigantesco desierto? ¿Podría esta reseña, con este preámbulo de tintes New Age, llegar a ser el texto principal de unos panfletos propagandísticos que sembraran la semilla de una revolución? Pésima hipérbole a modo de ejemplo pero, a decir verdad, cosas más raras se han visto.

Y hablando de rarezas: ¿es raro que el Sant Jordi pasado, y sobretodo porque me atrajo la portada (¡oh sí, podéis tildarme de superficial!), me comprara Relojes de Hueso y tras terminarlo me pareciera uno de los mejores libros que he leído en mucho tiempo y por ello decidiera que, por todo los medios, aunque fuera de forma desordenada, tenía que leer todas las obras de aquel autor británico capaz de atrapar al lector con su metamórfica prosa? Debo confesar, querido lector, que con literatura de por medio mi obsesión compulsiva parece hasta beneficiosa; o como dice el refrán: sarna con gusto no pica. Sarnoso perdido. Pero sí que hay algo que me pica, y es la curiosidad de saber si David Mitchell padece algún tipo de desorden de personalidad múltiple. No logro encontrar otra explicación satisfactoria a esa capacidad sobrehumana que le lleva a escribir y a imaginar como si de seis personas diferentes se tratara. Porque El atlas de las nubes, la obra de la que hoy quiero hablarte querido lector, son seis libros diferentes que se entrecruzan. Seis géneros literarios. Seis viajes que te cambian. “No hay viaje que no te cambie un poco”. Seis protagonistas, separados por el tiempo, que descubrirán que sus vidas, que los gestos que llevan a cabo, son consecuencia de lo que previamente hicieron otros y que los suyos propios, y sin que ellos si quiera lleguen a sospecharlo, marcarán de alguna forma transcendental las siguientes generaciones.

¿No es magnífico pues, pagar por un libro y llevarse seis? Una historia de historias. ¡El vademécum de la ficción! No me odiéis por mi emoción algo sobreactuada, pero, y repito por si no ha quedado claro: en estos tiempos de crisis indefinida, ¿no es magnífico pagar por un libro y llevarse seis? Seis existencias que se cruzan sutilmente, pero fácil de percibir cuando llega el momento, a lo largo de eones y que comienzan con las prometedoras aventuras, en formato diario, de un notario a bordo de un navío en el siglo XIX. Seguidamente David Mitchell nos sumerge en la dura, bella y emotivamente desgarradora vida, narrada en epístolas, de un joven compositor arruinado. ¡Música maestro! Este tramo no se lee, se escucha con deleite. De aquí saltaremos a los años setenta y a un electrizante thriller político de ritmo vertiginoso, y antes de que podamos recobrar el aliento estaremos llenando el silencio de carcajadas con la divertida (humor inteligente y corrosivo) parte en la que un editor de libros, de nombre Timothy Cavendish, se las tiene que ver con un puñado de gente bastante indeseable. ¡Pero aún hay más lector! Faltan las dos historias de ciencia ficción: la que habla de un mundo distópico al más puro estilo Un mundo feliz de Aldous Huxley y la que finalmente nos lleva a un lugar post apocalíptico en el que primitivas microsociedades intentan evitar el esclavismo al que otros congéneres les quieren abocar. Y luego salto hacia atrás con tirabuzón y vuelta a empezar.

Y es que David Mitchell (¡qué envidia, qué forma magistral de narrar! No es peloteo, es admiración, ¡carajo!) lleva las seis historias de El atlas de las nubes al punto álgido, al cliffhanger que deja sin aliento, que obliga a roer uñas y que magnifica la curiosidad del lector. Luego, como una montaña rusa que ha ascendido seis cuestas a la vez, se lanza a descenderlas a toda pastilla, haciendo un estudiadísimo cambio de vías en pleno descenso, para saltar así a otra historia y dejarte asombrado y sin aliento. Y todo este recurso narrativo “condensado” en casi 700 páginas sirve para mostrarnos que la tiranía de aquel que ejerce el poder siempre pervivirá. Pero de igual forma lo hacen el amor, el coraje y la amistad, además de la insaciable búsqueda de la verdad y la sed de conocimiento, ascuas imposibles de extinguir que son el germen de las rebeliones que buscan un mundo justo, libre e igualitario.

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El ala rota, de Kim y Antonio Altarriba

el ala rota

el ala rotaEn 2010 El arte de volar conseguía el Premio Nacional del Cómic, siendo este uno de los galardones de la larga lista de premios que cosechó desde su publicación en 2009.

En él se contaba la historia del padre del autor, Antonio Altarriba, y del cómic decía “…voy a contar la vida de mi padre con sus ojos pero desde mi perspectiva”.

Fue un libro triste porque lo que contaba lo era, porque además era verídico y porque las miradas al pasado siempre lo son. La vida le dio golpe tras golpe y solo pocas migajas de felicidad.

“A mi padre todo le salió mal. Quiso volar y se estrelló siempre”

Tanto le jodió la vida que acabó en una residencia de ancianos por voluntad propia y al final acabó suicidándose porque la muerte fue lo único que pudo elegir.

Cuando Altarriba presentó en 2011 El arte de volar en un pueblecito de Francia y una periodista le preguntó “¿Y su mamá?” comenzó el germen de El ala rota. No había sido justo con el tratamiento de su madre, pensó, y le debía una reparación.

Y fue así como Altarriba comprendió que era muy poco lo que sabía de Petra, su propia madre. Petra, cuya madre murió en el parto y cuyo padre, Damián, enamorado hasta las trancas, quiso matarla con una piedra (de ahí el nombre de Petra), y lo habría conseguido de no ser por su hermana. A consecuencia de ese intento de infanticidio, consiguió una invalidez que nadie que no fuera su padre y hermanos supo jamás (ni siquiera marido e hijo. ¿Es realmente posible no darse cuenta de que tu madre, tu esposa… no puede estirar el brazo izquierdo? Veremos que sí).

Unos cinco años (en la narración no se concreta) estuvo Petrita criándose en casa de sus tías porque su padre no le perdonaba el haber “matado” al amor de su vida, hasta que un día la pequeña se acercó al estanco de su padre y consiguió el “perdón”.

Triste fue también la vida de Petra, con la religión fuertemente incrustada en su ser y una existencia sacrificada y siempre al servicio de los demás. No deja de ser irónico que aquel que la quiso matar acabara al cuidado de ella, la única que se quedó a su lado sin esperar nada a cambio, pues los demás se habían hartado de él, siendo como era un maltratador y un alcohólico.

Petra estuvo siempre al servicio de los demás, insisto, porque además de servir en casa, servía fuera, a los vencedores de la guerra civil, los nuevos ricos, sin importarle para nada la política, –tema que se trata aquí en gran profundidad y de manera muy instructiva y amena, dando a entender que dentro de las propias filas de Franco había sectores favorables a la monarquía–  siendo además la casa en la que servía la del general Juan Bautista Sánchez Gallarza, en donde se celebraban banquetes y reuniones conspiracionistas.

La vida de nuestra protagonista irá narrándose al compás de todos los sucesos que marcaron el siglo XX, con buen tono y ritmo; puede decirse que asistir a la vida de Petra es hacerlo a la de España.

El ala rota viene a completar El arte de volar. Es una lectura necesaria, es y no es el otro punto de vista. A quién le gustó la primera, le gustará esta también pues es de alguna forma volver a leer una historia que recordamos, pero que es diferente a la vez. Ayuda además que el dibujante, Kim, siga en este proyecto continuista y que lo haga de forma extraordinaria y con su estilo inconfundible.

Ambos son dos cómics imprescindibles. Totalmente. Testimonios de la vida de un matrimonio y de un país, que no pueden faltar en la estantería.

Para acabar, añadir que es también como una de esas historias en las que se cuenta el pasado de alguien desde el momento actual, en donde se ve por todo lo que ha pasado la protagonista y cómo sus hijos o seres queridos, ignorantes de todo o parte, acuden a ese alguien. Como esas películas que al acabar te dan ganas de ser “mejor persona” y te arrepientes de algunas cosas o actitudes, aunque ese impulso se desvanece en un abrir y cerrar de ojos gracias a la maldita rutina.

Un cómic que además invita a la reflexión personal, a hacer caso a nuestros mayores, ya sean padres o abuelos, a escuchar sus historias, sus vidas, a las que seguramente no hayamos prestado toda la atención que merecen. ¿Quién sabe? Tal vez podamos sacar algún libro de ellos.

¡Un cómic golden!

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Dile a Marie que la quiero, de Jacinto Rey

dile a marie que la quiero

dile a marie que la quieroUno nunca entiende cómo un libro llega a sus manos. A veces es la suerte, otras veces la profesión, en ocasiones una palabra que lleva a tu memoria a navegar por los recuerdos u otras recomendaciones de gente a la que aprecias y de la que valoras su opinión. En el caso de Dile a Marie que la quiero fue la última, para pasar por el juego de ciertos recuerdos durante su lectura. Resultará raro que yo diga esto teniendo en cuenta que el libro se desarrolla en la Segunda Guerra Mundial, pero al final los sentimientos se escapan un poco de las limitaciones del tiempo y el espacio y viajan durante generaciones para hacernos entender que lo que somos, lo que sentimos, lo que generamos, no deja de ser, en cierto sentido, muy parecido sea cual sea la época que nos ha tocado vivir. Y es cierto que, todo aquel que alguna vez me ha escuchado en alguna conversación, no suelen gustarme o, al menos, suelo ser bastante reticente a meterme en la lectura de novelas que tengan que ver con esta época porque me parece que ya está prácticamente contado, que el volumen editorial de este tipo de lecturas tiende a ser excesivo y el hartazgo llega más pronto que tarde. Pero por esos azares de la vida, leo la novela de Jacinto Rey como quien observa un cuadro de la devastación que se causó en la Historia y sobre la conmoción que, en los cuerpos, palpita para llegar a cierta esperanza que no se sabrá nunca si fue el sustituto perfecto para luchar contra la realidad.

Nunca estamos solos. La vida teje una tela de araña que, hilvanada tan fuerte que es capaz de ahogar, relaciona las vidas de más de una persona, convirtiendo diferentes existencias en una especie de río que no termina nunca. Sólo en la muerte. Y quizás ese sea el punto fuerte de Jacinto Rey en su novela. Normalmente, tiendo un puente entre mis impresiones y lo que nos cuenta el autor, definiendo el resumen de lo que nos vamos a encontrar. En esta ocasión no será así por una cuestión: creo que Dile a Marie que la quiero se merece una entrada en su mundo sin informaciones previas. Sabed que es una historia en la Segunda Guerra Mundial. De ahí, uno puede sacar sus propias conclusiones. ¿Será una historia dura? Lo será en cuanto que el contexto invita a las vidas rotas. Una guerra siempre es injusta, tanto para los vencedores como para los vencidos. Pero a pesar del dolor, a pesar de la barbarie, incluso en esos momentos en los que una Historia puede convertir cualquier elemento en motivo de desgracia, esta novela, sin saber muy bien por qué, consigue que se introduzca en nuestro cuerpo un halo de esperanza, ese movimiento que, parecido a un escalofrío, recorre nuestra espalda y consigue de alguna manera paralizarnos.

Jacinto Rey se desenvuelve bien en su novela. No será un juego pesado repleto de datos que lastren el ritmo de Dile a Marie que la quiero y nos permitirá, de esa manera, disfrutar de una historia bien documentada. Y aunque hablemos de una novela, de un autor desconocido, de esa rara avis que aún hoy en día van apareciendo para que los lectores podamos disfrutar de la lectura, siempre tiendo a quejarme de las comparaciones. ¿Por qué promocionar un libro con nombres grandilocuentes? Por ejemplo, Ken Follett. No creo que tenga mucho que ver la forma en la que Jacinto Rey escribe con la del nombrado autor. Por ello, desde aquí, levanto un llamamiento a las editoriales: los lectores queremos voces propias, no imitaciones. Puede que por eso esta novela me haya llamado la atención. Es cierto: la Segunda Guerra Mundial se ha contado de numerosas maneras. Es muy posible, además, que no haya ninguna novedad en el frente sobre lo que sucedió y no debería volver a suceder nunca. Pero lo que sí puede ser diferente, a lo que nos puede invitar esta novela, es a vivir una historia emocionante, una historia coral donde las palabras, los silencios, las existencias, tejidas con la dureza de la realidad, crean vidas y las destruyen.

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Escenas de cine mudo, de Julio Llamazares

Escenas de cine mudo

Escenas de cine mudo

Los atajos que siempre me llevan al olvido, son cada año que pasa más obvios, más frecuentes y, lo que es peor, más efectivos. No sé si son por pura degeneración, por necesidad o por mera defensa de la mente de la acumulación que tiene de ruidos, imágenes, pasos perdidos, montañas de malos recuerdos o de sonrisas echadas a perder. Sin embargo, aunque parezca contradictorio, lo que he perdido de ese recuerdo retrospectivo, el que quiere evocar un nombre de la punta de la lengua, una ciudad con tres puentes sin apellido, un momento triste o feliz, un paraíso perdido, una palabra alargada por el viento; lo he ganado con la sensación de que cualquiera de los sentidos, en un momento dado, me hace revivir aquel olor, aquella música, aquel sabor, aquella suavidad que no volveré a sentir o, como en “Escenas de cine mudo”, la visión de fotografías que no solo me extraen unas caras o unos paisajes del pozo del cerebro, sino que se alían con el olfato, el tacto, el gusto o el oído para que de ese papel, aparezcan claras las sensaciones que llegué a tener aquél día, en aquel momento en las que me las sacaron: ahora tengo colgada enfrente mío una foto ya antigua en la que siento todavía el frío de aquella tarde de otoño mientras nos cubría el humo y el fuerte olor a tabaco negro y la cámara fallaba porque, en aquel bar en el que sonaba “Fool’s overture” de Supertramp, la luz parpadeaba a punto de fundirse; y todos nos mirábamos, tan jóvenes que pensábamos que éramos eternos.

El recuerdo sujeto a 28 fotografías de un pasado lejano en Olleros – a mediados del siglo pasado-, un pueblo minero de León, recompone las vivencias del narrador cuando era niño allí donde la existencia eran los padres, los libros, las escuelas, los bailes, los escasos viajes, las pérdidas, los sonidos de la mina, los derrumbes de los pasadizos, los juegos, el sexo primerizo, los amores segundos, la curiosidad, la iglesia y los santos y… Asimismo es la crónica que rememora a las personas, edificios y paisajes que en ellas aparecen, pero también habla de los senderos que de esas fotos surgen hacia el pasado y el futuro: con porvenires agradecidos, tristes o desconocidos de los hombres y las mujeres que por allí vivieron, con casas que se fundaron y derruyeron, con las minas que existían y existieron, con los momentos felices o patéticos que cruzaron, efímeros, la vida de aquellos habitantes. Son, quizás, cosas que vistas en la distancia, pueden perder importancia hasta que te integras entre cada una de ellas y comprendes que los instantes son importantes, el acontecer más nimio te es necesario para descubrir aquella vida, aquellos paisajes, aquellas nieves, aquellos años en los que vivir era un ejercicio de supervivencia y de pelea -como lo ha sido para tus propios padres, abuelos, amigos… para las mujeres y hombres con los que te acabas de cruzar en la calle y has mirado su cara cercada de arrugas- Entonces las vidas eran de color pero el mundo en los que vivían era en blanco y negro. Comprendes, también, que hubo personas, incluso cosas, que crecieron con el niño que vivía en este relato, pero hubo otras que se quedaron pequeñitas, minúsculas, allí en el fondo del valle del carbón, ocultas del objetivo de la cámara, y lejos, por ello, de estos recuerdos que regresan de entre la niebla de aquellas tierras: muertas ya para siempre.

La visión del narrador en primera persona que ve desarrollarse su mundo desde el recuerdo de aquellos instantes, es una mirada que se desdobla entre la conmemoración de unos tiempos felices, por tempranos e irresponsables, y la sensación oscura que aparece de la pobreza, de la oscuridad,  de la injusticia de aquella vida para con la gente de Olleros, para con los mineros que dejaban la vida en explosiones de grisú o hundimientos o esperaban morir mirando el mundo ahogados en sus pulmones exhaustos por la silicosis. Y así el mundo nos aparece plasmado en las historias de un niño que descubre la vida con sorpresa, con alegría o con desconcierto, y van hilvanándose, igual, situaciones que inspiran al narrador sonrisas, fascinación y rabia por igual.

Escenas de cine mudo” es una novela en la que se adivina con claridad el resquicio -no sé si pequeño o grande- por el que Julio Llamazares está mirando su propio pasado en aquellos años y en aquellos lugares donde el frío pesaba, la estufa ardía con carbón, y la felicidad apenas era una sucesión de instantes. No obstante, siempre me queda la pregunta sobre si nuestros recuerdos no son solo escenarios de cartón piedra donde inventamos momentos y sonrisas allá donde, acaso, se añora unos tiempos y a unas personas que no volverán. Así, puede ser que veamos lugares y situaciones que no existieron y que hubiéramos querido que sí. Sin embargo, los recuerdos de Olleros que aparecen en el libro no son idílicos, no adelantan ni glorifican nada, no pintan cuadros de colores ilusorios, y, aunque puedan mezclar ficción y realidad, los reconozco, los identifico. Yo no viví allí, ni he estado cerca, ni siquiera vivía en aquellos años de los que habla; pero sí son personas a las que identifico como mías, son situaciones que me recuerdan otras, son alusiones conocidas, profesores que me han pegado, lecturas repetidas, verbos y palabras que conozco, conversaciones que oí, bailes y abrazos que viví, cines que visité, injusticias que no devolví, terrores y ausencias que aún me duran, amigos que perdí, huelgas en las que no pude estar presente, siluetas de policías marcando el paso con la metralleta que sí vi de noche desde el balcón, señuelos en los que no piqué…

Supongo que este libro podrá ser ficción o podrá ser un polvorín de recuerdos, pero ambas cosas en la literatura van tan unidas que apenas hay diferencia; y vivir estos y aquellos días entre estas personas y aquellas nieves negras me ha provocado la sensación de proximidad y empatía que solo produce la literatura; tanta que, incluso días después de acabar el libro, tengo frío en los huesos y rojas las orejas. Porque al final no solo eran fotografías, eran nuestras fotografías.

 

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En la orilla, de Rafael Chirbes

En la orilla

En la orilla

Cuando agitas un árbol frutal, digamos un naranjo del este mediterráneo, caen los frutos, caen las hojas, cae el nido de algún pájaro, caen ramas débiles; solo sobreviven las ramas que se han desarrollado sobre otras, quedan los hongos parasitarios que viven de la savia del árbol. En 2008 un Rolls Royce chocó contra el naranjo, derribó todos sus elementos débiles, y el dueño del naranjo pagó los desperfectos del coche con la venta de las naranjas que habían caído. Y desde entonces, acobardados y confundidos, corremos a salvarnos de esos coches que vuelven a querer atropellarnos y nos aferramos, en lo alto, a las ramas que podemos alcanzar; a veces, confieso, a costa de otros frutos, otras veces, a costa de nuestro orgullo, de nuestra capacidad de resistencia. “En la orilla” es la memoria de una caída, de esa caída; es la foto del cruel descenso a los infiernos, pero no ya solo desde esa fecha crítica de 2008 cuando comenzó la crisis que se llevó por delante esperanzas, vidas, sueños, creencias, seguridades, orgullos, sonrisas; también el libro es la constatación de que el paso, implacable, de los años -el abismo por el que caen las hojas del calendario- solo nos hace alcanzar la confirmación de que nos han traicionado, pero, también, que hemos traicionado; que no entendemos, que nos nos entienden; que ese suceder de días solo nos lleva a la convicción de que si miras la vida desde la vejez, solo ves un camino bacheado donde has ido dejando pedazos de tu vida, y que has llegado con los restos de todo aquello con lo que empezaste, con los jirones de esperanza y sueños que te ha dejado el camino. Así, que no llegues desnudo no es cuestión solo de actitud o aptitud, sino de suerte y de ceguera

En la orilla del pantano de Olba crecen las pocas plantas que pueden sobrevivir a años de contaminación, se posan las pocas aves que todavía subsisten al agua corrompida, allí, entre las cañas, unos perros apaleados se pelean por unos restos humanos. Todo lo que sucede en ese pantano contagia, con el mismo ritmo de las ondas concéntricas que se crean cuando arrojas una piedra a su oscura agua, esa contaminación, esa corrupción, esa pelea de perros apaleados por un pedazo de subsistencia; al pueblo -al mismo Olba- y a los bares de la carretera y a los clubes de alterne que nunca cierran.

En la orilla” es, ante todo, el monólogo de Esteban, un anciano de 70 años, que debe cuidar a su padre en estado vegetal y moribundo, y que ve que su modo de vida se ha destruido. Su intento de subir a la enorme ola de “ganacias para todos” que ha habido, le ha ahogado entre las arenas movedizas de la crisis. Pero sus recuerdos nacen mucho más allá de estos aciagos días, su mente va y viene del presente al pasado lejano o al reciente: su madre, su padre joven y activo políticamente, su padre preso tras al crisis, su padre que no puede olvidar, su tío que lo educó, sus amigos, sus amores; son el pasado lejano que lo golpea porque ha caído el muro de contención y. por ello,  las ondas, las mareas, lo derriban, y se levanta, pero lo vuelven a tirar. Las elecciones que hizo, las decisiones que no tomó, parecen ser el ariete, el frente de ola, que derrumba sus defensas. Cuando se es mayor, y se mira hacia atrás , hay veces que parece que todo salió al revés de lo planeado, al contrario de las esperanzas que pensaste, del diseño del camino que creaste. Cuando piensa en el pasado reciente, este lo lleva por las partidas de dominó o por los bares de putas, con sus amigos, aquellos que la crisis no ha golpeado, porque han medrado con los poderosos o porque han sido parte y herederos de aquellos franquistas que hicieron dinero en la dictadura. Todos han sabido anclarse en la ubicación recibida de sus padres, agazaparse en su puesto de caza, subirse al helicóptero que lo aleja de la riada. Junto con ellos aparece la figura de la cuidadora de su padre, una colombiana que le enseña, apenas con algunas palabras, con algunas comidas diferentes, con unas sonrisas que ya no disfruta gratis; un mundo diferente al de Obla; ese pueblo que no supo, ni quiso, abandonar.

Paralelos al monólogo de Esteban, aparecen otros escritos que son casi fotos, casi confesiones, casi grabaciones hechas a escondidas, de otros personajes de las historias de Esteban, Siempre actores a los que la vida ha golpeado, a los que la crisis no ha perdonado; siempre comediantes secundarios e involuntarios de un obra de teatro, de una película con final poco feliz de Hollywood, en la que ellos no quisieron participar.

El mundo que recrea Chirbes a través de estas páginas, en las que nos muestra la visión triste y oscura de Esteban, pero, también, activa como una bomba sin explotar, acertada como un disparo en el corazón, afilada como un estilete; es, a la vez, la historia de una familia derrotada en la guerra y en la posguerra, y es el relato de un hombre vencido en el presente. Las derrotas siempre llevan consigo nuevas derrotas, llevan dolor, llevan esperanzas truncadas; solo los hijos detienen o propagan esas perdidas, pero en el caso de Esteban las lleva a su espalda, como una cruz en la que está sujeto su padre y todos los que lo empujaron o acompañaron en su estrepitosa decadencia.

Contar historias reales, ser el médico que muestra el mal, ser el microscopio o el catalejo que muestra más cercanas las cosas; es oficio de los que miran el mundo sin complejos, sin medias tintas, sin reparo. Chirbes hace un sangrante análisis sobre la sociedad actual, sobre un modo de vida centrado en el propio interés, en la que todo vale, en el que la ética es un estudio en declive y la moral se perdió en la entrada, principal, de algún banco. Pisar los pies, hacer un corte de mangas, patear traseros, hacer cuadros de los personajes más temiblemente indeseados; es la función de los pocos elegidos a los que la estúpida, y tupida, red de lo políticamente correcto, de la cobardía a lomos de cerebros bajo cero, de ojos tras gafas de sol recorriendo la noche; ha creído dejar de lado. En sustitución ellos han creado sus personajes a imitar, y, así, verse sacudidos por el reclamo de una oferta de fama rápida y dinero fácil, por ser el primero de los últimos, por portadas en alguna revista, por el poder de lo impersonal, por ser diferentes a costa de ser iguales… , por no tener opinión puesto que compromete…

 

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Presas fáciles, de Miguelanxo Prado

presas fáciles

presas fáciles

Si hay un colectivo odiado por el 99% de la sociedad, aparte del de los políticos, eso por descontado, es el de los banqueros. Y es lógico que ese sea el sentir popular. Entre ambos, bancos y Gobierno, han llevado al país a la situación en la que estamos y somos los curritos los que pagamos las consecuencias y somos desahuciados mientras que ellos se jubilan o son cesados con indemnizaciones millonarias que avergüenzan a la ciudadanía en pleno.

Un país donde los ancianos y jubilados, muchos sin estudios, firmaban lo que les decían sin saber qué, confiados, y ahora tienen que apechugar con ello, mientras que la infanta, amparándose en sus “no lo sé” o “no me acuerdo”, se irá de rositas a pesar de sus muchos estudios y de ser ella misma de uno de esos cargos inventados en una reconocida entidad para que gente de su clase justifique un salario.

Y si hay algo peor que esto es que tu banco de toda la vida, ese en el que has estado ingresando tus ahorros con el esfuerzo de los madrugones de cada día, de sacrificios y prohibiciones para no “vivir por encima de nuestras posibilidades”, de aguantar broncas del jefe, de comerte marrones de otros y de aguantarte las ganas de mandar todo al carajo, ese banco en el que el director te conocía, te aconsejaba y sabía tu nombre,… lo peor es, decía, que te estafe a sabiendas. Que malo es que sea un inepto y por error la cague, pero que quiera robarte ese dinero después de tantos años confiando en él… en fin, que muchos merecen que se les “azote hasta que sangren”, y más…

De eso va Presas fáciles. Una historia de venganza que me ha sorprendido por lo sutil, lo ligero y lo fluido que se lee pero también por lo mucho que consigue que identifiques lo que te cuenta y que reconozcas en él la realidad, y también porque deja que la rabia, ira e indignación que despiertan en ti se transformen en satisfacción con cada una de las muertes.

El cómic comienza con un matrimonio de ancianos que se ha suicidado porque van a ser desahuciados y continúa con una serie de cargos de varios bancos que van apareciendo muertos, a razón de uno por día más o menos. Al principio se piensa en las casualidades de la vida, que tiene estas cosas, pero con la tercera víctima ya se sospecha de la existencia de un asesino en serie. O al menos lo hace uno de los polis, Sotillo, encargado de la investigación. La otra parte, la “jefa” Tabares, es más reacia a considerar esa teoría.

A medida que el caso avanza se van haciendo interesantes descubrimientos y se dan más coincidencias que llevarán a la resolución del misterio.

Todo ello en un blanco y negro, no puede ser de otra forma, que tira más a un gris por ser un calco de la situación que refleja. Porque en definitiva, aparte de un excelente cómic policíaco, Presas fáciles es una crítica, una denuncia de toda la corrupción bancaria, en concreto del caso de las preferentes, y de la falta de escrúpulos de los poderosos que, cuales hienas de la portada, veían (¿siguen viendo?) a nuestros mayores como objetivos fáciles.

Cuando el sistema deja de cumplir con sus funciones, cuando deja desamparados a los ciudadanos y permite que sean expoliados, justificándolo con palabrería de vendedor de feria, pierde su legitimidad.

Lo que nosotros pretendemos no es destruir el sistema… Es obligarlo a que asuma sus responsabilidades.

La narración es muy equilibrada, alterna presente y pasado y transcurre de una forma muy lógica, igual que si fuéramos tirando de un hilo. Todo nos lo dan mascado, pero es no importa, no es ningún defecto. Es más un éxito al ver el desarrollo y el final.

Ah, y ese final…  realista y de futuro incierto. Es la guinda. Un final que lo borda.

Miguelanxo Prado fue Premio Nacional de Cómic en 2013 y de él hasta ahora solo había leído Tangencias, del cual recuerdo que el dibujo me gustó mucho, pero sin duda es uno de los autores, y para colmo españoles, que hay que tener muy en cuenta y que sin duda lo tendré en mente.

Presas fáciles es un gran y veraz reflejo del momento actual y una lectura agridulce que te sacudirá por dentro.

Real como la vida.

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El azar y viceversa, de Felipe Benítez Reyes

El azar y viceversa

El azar y viceversa¿Se pueden domar las palabras?, ¿podemos hacerlas pasar por un aro de fuego a nuestro antojo?, ¿podemos domesticarlas y recompensarlas a base de libros? Creo que Felipe Benítez Reyes puede. Creo que si existieran los encantadores de palabras, Felipe haría sonar su flauta y ellas bailarían dócilmente a su son. Contentas, distraídas, firmes, posándose una a una en las líneas de sus libros, así como han ido posándose en El azar y viceversa, su última novela. Creo firmemente que Felipe Benítez Reyes es un domador de palabras, si no, no encuentro otra forma de explicar la calidad y la magia de su prosa. Menudo regalo para los sentidos es leer a este autor. De verdad. En tanto que lectora me dejo llevar por el baile de sus letras, a ritmo de jazz, a ritmo de vals, a veces también a ritmo de rock. Y no vean cómo disfruto el baile. En tanto que aprendiz de domadora de palabras, siento una gran admiración, unas ganas locas de unirme a su circo de palabras y que me cuente los secretos para domar palabras. Ah, pero los secretos, secretos son. Será mejor así.

De Felipe Benítez Reyes siempre me han gustado sus poemas. Creo que es uno de los mejores poetas actuales. Había leído algún que otro relato corto, pero nunca una novela. Y aquí me tenéis, rendida ante sus encantos y encantamientos. Pura magia.

El azar y viceversa es más que eso, claro. Más allá del placer que supone leer su prosa, nos encontramos con una historia que conmueve, entretiene y divierte a partes iguales. El protagonista, Antonio Jesús Escribano Rangel, es él  y es, al mismo tiempo, todas las personas en que se convierte. Un continuo inaugurarse. Y es que como dice el autor en el libro: “Es posible que ahí esté la clave de todo, o de casi todo: la existencia como una sucesión de piruetas aleatorias en el vacío”. Y nuestro protagonista se pasa la novela dando piruetas, de aquí para allá, de identidad en identidad, del ser al impostar.

Nuestro protagonista, el inicial Antonio, un pelirrojo algo desgraciado, es alguien que no ha tenido mucha suerte desde sus orígenes en Rota. Un padre que fallece demasiado temprano, una madre algo ida y un fantasma-Fantomas que hace las veces de su padre. Algo de lo que querer escapar, sin duda. Y a veces alcanza con la punta de los dedos la gloria, como cuando trabajar en la base militar o con el Tunecino, y a veces se le escapa todo de golpe como cuando tiene que rendir cuentas ante su falso padre o alguna que otra mujer. Y es en éstas que nuestro protagonista conoce la amistad, los primeros amores, las primeras rebeldías y comienza a ser quién no es. Rányer, nuestro ex Antonio, pone rumbo a Cádiz con su amigo Fiti. Y pronto, él mismo, se convertirá en el propio Fiti. Comienza un desfile de identidades: Padilla, Jesús, Toni y un peregrinaje de conveniencia: Rota, Cádiz, Sevilla, Jerez de la Frontera. Y comprenderán al leer la novela que todos estos cambios y todo este peregrinar tiene un sentido y un propósito, que no seré yo quien les desvele.

He leído sobre la novela que se trata de un libro de picaresca. El más reciente Lazarillo, podríamos decir. Y estoy de acuerdo con esta opinión. Nuestro protagonista no es nadie sin sus “santos patrones” que va encontrándose con el devenir de la vida. A ellos les debe poco menos que la existencia y toda esa galería de personajes de ficciones con los que va lastrando. Piénsenlo, no es fácil ser uno mismo en esas condiciones.

Lo curioso del asunto, es que Antonio, no deja nunca de ser él. Ese Antoñito que añora a su padre y que procura no olvidar sus enseñanzas, ese Antoñito que quiere a su madre, que sueña con su Rota natal. Pero cuando la vida no es fácil y has entendido que tu forma de vida se asemeja a la de un parásito, no puedes más que dejarte llevar. Y así va dejándose ir nuestro Antonio, nuestro Rányer, nuestro Fiti, Nuestro Padilla, nuestro Cabeza, nuestro Toni. Y lo más curioso es que, a pesar de pasarse la novela siendo quién no es, se le coge cariño a este narrador en primera persona. Porque en el fondo, sigue siendo él y a pesar de todas las desventuras, el fondo es noble.

En palabras del autor: “Cualquier vida es la historia mal contada de alguien que da tumbos en un laberinto trazado por un demente, sin saber que el demente es él. Cualquier existencia es un acertijo sin solución posible, pues la solución del acertijo es el acertijo mismo.”

Y ahora piensen, ¿de verdad cree que conocen la respuesta de su existencia? Ni nuestro protagonista ni Felipe Benítez Reyes la conocen. No vayan a pasarse de listos.

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Mujeres de guerra, de Helen Bryan

Mujeres de guerra

Mujeres de guerraLa Segunda Guerra Mundial quizá sea el periodo histórico sobre el que más libros y películas se han hecho. Muchos estaréis ya hartos y pensaréis que poco más se puede contar, pero otros, como yo, seguiréis intrigados por estos años en los que se llevaron a cabo algunas de las mayores atrocidades de nuestra época reciente.

Podría decir que Mujeres de guerra es un libro más sobre la Segunda Guerra Mundial, aunque eso sería quedarme a medias. En esta novela, Helen Bryan, la autora, ha hablado de ese momento histórico, pero, sobre todo, ha querido hacer un homenaje a la amistad, al espíritu de supervivencia, y, cómo no, a las mujeres. Esas que, preocupadas por sus familiares desaparecidos o que luchaban lejos, libraron su particular batalla al tratar de mantener la normalidad en sus hogares, al mismo tiempo que sumaban a sus tareas diarias la carga del esfuerzo bélico y se preparaban para afrontar los habituales bombardeos y la inminente invasión alemana. Porque la guerra no solo la sufrieron los ejércitos que entraron en combate. Millones de mujeres exponían sus vidas avisando de los ataques aéreos para que la población civil se pusiera a salvo, se organizaban en grupos de voluntarios para evacuar niños o espiaban al enemigo para pasar información a los servicios de Inteligencia. Es el caso de las protagonistas de Mujeres de guerra: Elsie, Frances, Tanni, Alice y Evangeline, mujeres de distintos países, personalidades y estatus sociales a las que la adversidad une en Crowmarsh Priors, un pequeño pueblo al sudeste de Inglaterra, donde crean unos lazos de amistad que sobrevivirán más allá de la guerra.

A través de las cinco protagonistas de esta historia, Helen Bryan cuenta aquellos hábitos que impuso la guerra en la vida cotidiana de la población y esos hechos de los que no se suele hablar, ocultados bajo la sombra de la desmedida maldad del nazismo, como los cuestionables comportamientos de los dirigentes y civiles franceses, ingleses y estadounidenses. Además, se sirve de un personaje histórico real, Manfred, un colaboracionista nazi del que se desconoce todavía su identidad, que desde algún lugar de Inglaterra enviaba partes meteorológicos a los alemanes de las costas francesas, informándoles de cuáles eran los días propicios para bombardear, y lo convierte en un habitante más de Crowmarsh Priors y en el principal enemigo de estas cinco mujeres.

Mujeres de guerra habla de esas personas y ese valor que no se suelen mencionar en los libros de Historia. Los temibles alemanes pasan a un segundo plano, una amenaza siempre presente, pero solo un peligro más de los muchos a los que se tienen que enfrentar cada día. Helen Bryan, en líneas generales, consigue un retrato bastante creíble de las dificultades cotidianas de ese periodo bélico, aun recurriendo a licencias literarias para dotar de más intriga a sus personajes y tramas, y pese a un tramo final algo forzado para esclarecer todos los misterios.

Han pasado más de setenta años desde que finalizó aquella contienda y, aunque no lo parezca, hay montones de historias sobre ella que todavía no se saben. Y, lo que es peor, millares de heridas abiertas desde entonces que quizá nunca encuentren la forma de cerrarse. Helen Bryan se ha servido de esta novela para saldar sus cuentas pendientes: dar a Manfred, aquel enigmático colaboracionista nazi, el final que millares de sus víctimas hubiesen deseado, y otorgar protagonismo a esas mujeres anónimas que también desempeñaron papeles clave en el discurrir de la guerra.

Mujeres de guerra no marcará un antes y un después en las novelas que abordan la Segunda Guerra Mundial, pero da visibilidad a esos otros acontecimientos que causaron muertes y marcaron vidas, tan relevantes como las batallas más cruentas, a los que la Literatura y la Historia les deben más capítulos entre sus páginas.

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Casa ajena, de Silvio D’Arzo

casa ajena

casa ajena

Casa ajena…  me digo a mí mismo y me quedo pensando. Asombrado y maravillado. Cojo el libro con una mano. Es un libro de 10 x 15 cm. Como una foto de las de toda la vida. Parece mentira que un libro tan pequeño, tan minúsculo, sea capaz de encerrar tanto en tan poco espacio.

Apenas cien hojas para condensar una historia que no sabes por dónde te llevará porque lo poco que nos avanzan de ella es que a un cura se le hace una pregunta que no sabe responder. (Vamos, como si los curas lo supieran todo…)

Un cura que, durante todo el relato me ha parecido más que “en casa ajena” en garaje desubicado cual pulpo, porque no se entera de nada de lo que pasa en el pueblo a pesar de llevar treinta y tantos años en la misma aldea perdida.

Pues bien. Zelinda le hace una pregunta. Zelinda, de sesenta y tres años, es una pobre mujer cuya rutina nos haría a muchos pegarnos un tiro y cuya vida además compara con la de su propia cabra:

“Yo tengo una cabra que llevo siempre conmigo: y la vida que yo llevo es la misma que la suya, tal cual. Va al fondo del valle, vuelve a subir al mediodía, se para conmigo delante del barranco, y luego la llevo al canal, y cuando me voy a dormir se va a dormir también ella.”

Y la pregunta que le hace, es el meollo sobre el que va a girar toda la narración y sobre la que no puedo decir nada. Incluso a ella le cuesta preguntarle al sacerdote, pues se siente tan avergonzada al revelar sus pensamientos ante un representante de las reglas de la Iglesia como si fuera a desnudarse ante un hombre por primera vez.

El cura no sabe qué contestar. Se queda sin palabras porque no está preparado para semejante pregunta. No tiene respuestas porque desde su punto de vista eclesiástico es imposible e impensable que alguien pueda pensar o desear eso.

Desde ese momento habrá unos conatos de acercamiento por parte del cura hacia Zelinda que terminarán en alejamientos. Y vuelta a empezar. Se siente impotente. Quiere ayudarla, la busca, la encuentra y la rehúye, la vuelve a buscar, la vuelve a encontrar…pero no puede hacer nada. Nada.

Ah, y no hablo de sexo, que habrá quien ya no piense en otra cosa. ¡Qué cruz con vostros…!

Por otra parte, reitero mi asombro inicial. Meter “tanto en tan poco”, como he dicho antes es muy jodido. (No, sigo sin hablar de sexo). No es nada fácil jugar con la forma para que el fondo sea el pretendido. Las palabras están muy medidas (a pesar de la constante repetición de las esquilas de bronce), las descripciones no se hacen tediosas y la lectura fluye cómodamente.

Por último, para redondearlo todo un poco más, podemos considerar, como se apunta en el posfacio, que Casa ajena es un libro que puede verse desde muchas perspectivas. Es la descripción de la soledad, de la rutina en unos tiempos tras la Segunda Guerra Mundial, en los que más que vivir se sobrevivía. Es la descripción de una época, de las estrecheces del mundo rural, de las tradiciones, del peso de unas leyes y/o tradiciones seculares en el colectivo de la población, de la fe y del descreimiento también, de la abnegada vida de una mujer trabajadora…

Y  todo esto lo trata y lo desarrolla con mucho cuidado Silvo D’Arzo. No sé si me explico. No es que en un capítulo pase esto y en otro lo otro. Es que está todo perfectamente engarzado, todos los elementos de la escena social, local y temporal funcionan a la vez y te haces una composición de lugar con todos los elementos sin darte cuenta. Te dejas llevar, te has metido en el libro y comprendes perfectamente lo que pasa por la cabeza de los lugareños, pero ya solo quieres saber cual es la pregunta de Zelinda, y cual la respuesta.

¡Golden!

No había compañía más mísera que la de aquella hora. En momentos así le asaltan a uno determinados pensamientos, y los recuerdos le entran en el cuerpo: “Eso es todo?”, se nos ocurre entonces preguntar: de modo que un hombre ya no es ni siquiera un hombre.

Una pequeña, minúscula, joyita ante la que caer.

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