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Tu amor es infinito, de Maria Peura

Tu amor es infinito

Tu amor es infinitoDespués de tan sólo haber leído veinte páginas de este libro, os prometo que ya tenía el estómago del revés. Me sentía rara, no podía creer lo que estaba leyendo, pero no podía parar. No sabía que iba a tener que enfrentarme a todos esos demonios, no sabía que iba a tener esa sensación en el estómago durante toda la lectura. No tenía ni idea de dónde me había metido exactamente. Ahora, desde la distancia de los días que han pasado desde que acabé el libro, puedo decir que ha sido una lectura dura (no recuerdo una tan cruda en mucho tiempo), pero ha sido a la vez liberadora, asombrosa y realmente satisfactoria. ¿Cómo puedo tener sentimientos tan contrarios? Tu amor es infinito es una novela llena de opuestos, de realidad y ficción, de amor y odio, de vida y enfermedad, de niñez y vejez, de magia y desilusión.

Maria Peura (1970, Finlandia) es la autora de esta maravillosa novela publicada por la editorial Sextopiso. Me gustan muchos sus ediciones y la portada de ésta en concreto me parece perfecta. Creo que la ilustración transmite mucho de manera muy sutil. Hasta con las portadas hay que saber lucirse.

Tu amor es infinito, finalista del Premio Finlandia de Literatura en 2001, es una obra narrativa, pero os aseguro que es mucho más. He leído poemas menos líricos que esta novela. La belleza del lenguaje usado en este libro alcanza niveles muy altos, tan altos que te llevan a volar. Leyendo algunos pasajes de esta novela he notado como mis pies se elevaban de la tierra y me he dejado llevar, meciéndome, como una hoja arrastrada por el viento. Me he paseado por los bosques de Finlandia, me he sumergido en sus lagos, he montado a caballo y he visto cielos estrellados. Pero, como le ocurre al personaje de esta novela, no todo es lo que parece y entre vuelo y vuelo me he dado, unas cuantas veces, de bruces contra el suelo.

Saraa, una niña de siete años es la protagonista de Tu amor es infinito. ¿Qué se espera de una niña de esa edad? Juegos, travesuras, amor infinito y felicidad. Algo tan simple como querer y ser querida. Sin embargo, no es tan sencillo. Saraa, cuyos problemáticos padres están sumergidos en un eterno proceso de divorcio, es enviada a casa de sus abuelos a pasar el verano. Se supone que los padres quieren lo mejor para sus hijos, se supone también que los abuelos quieren lo mejor para sus nietos. Con esta novela todo es un suponer, por eso nos deja con la boca abierta, mudos y sin poder parar de leer esta historia.

Saraa no parece ser digna de ser querida, ni  por sus padres, ni por sus abuelos. El calor que se supone que debía protegerla en casa de sus abuelos se convierte en un infierno para la niña. Y entonces nos damos cuenta del horror: incesto, palizas, abusos sexuales, engaños y dolor, mucho dolor.

Lo que ocurre es que todo este horror lo vivimos bajo la inocente perspectiva de Saraa. Y eso quizá sea lo más doloroso de todo. Una niña que sólo desea que la quieran, que no entiende los juegos del abuelo, pero que daría todo por complacerle. Una niña que quiere sentirse querida por su abuela, en lugar de recibir tanto desdén. Saraa, que espera acariciar a su madre, jugar con su padre. Una pequeña de siete años que no pretende ser más que eso, una niña.

A través de la imaginación, Saraa encuentra su propia forma de evadirse de ese sinsentido. Dibuja un círculo en el suelo, se mete dentro de él et voilà, ya nadie puede hacerle daño. Entonces la imaginación vuela y leemos los pasajes más hermosos del libro, dejándonos llevar por ella, buscando también ese amor infinito que todos los niños merecen.

Qué genial sorpresa encontrar libros así. Cuánta belleza y cuanto dolor caben en 205 páginas. Qué necesaria esta novela para valorar lo que tenemos.

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Un libro largo de cuentos cortos, de Etgar Keret

Un libro largo de cuentos cortos

Un libro largo de cuentos cortos

Es un día de agobiante calor y te encuentras caminando por una larga carretera donde ni siquiera a lo lejos se ve una sombra, no hay ni un árbol, ni tampoco un cobijo que te pueda proteger de las primeras gotas que empiezan a caer de la tormenta. Te acurrucas en el arcén como te enseñaron de pequeño que debes hacer durante una tormenta en el campo. Las primeras gotas, suaves, mojan tu cabeza y tu espalda, parecen calentarte más que refrescarte, hasta que el aguacero se posa encima tuyo, y el golpeteo de las gotas te empapa, te refresca, te invade por cada parte de tu cuerpo; y ya te sientes aliviado, así que te tumbas, brazos en cruz, y disfrutas de las gotas que ves caer sobre tus ojos, sentir sobre tu pecho y saltar sobre tus piernas. Algunas son grandes, otras diminutas, otras explotan, otras parecen color tierra, otras son ásperas, algunas te hacen reír, las últimas, al entrar en tus ojos, te hacen llorar. Así te sientes con “Un libro pequeño de cuentos cortos”, como el que recibe esa densa capa de gotas, convertidas en cuentos que a veces son diminutos, a veces largos como lágrimas en la mejilla, y otras veces explosivos como gordas gotas de chaparrón de verano; por ello esas narraciones parecen primero mojarte y luego te empapan, te revientan en los ojos y en en la mente, y te entran por los oídos hasta que el cerebro flota en un liquido amniótico lleno de historias, caídas, suicidios, fantasías, guerras, peleas, viajes, soledades, amores queridos u olvidados, rencores, humor negro, lugares fantasmales, sitios inusuales, paraísos artificiales, situaciones tan improbables como la lluvia en el desierto, tan normales como una inundación de lagrimas; todos esas cosas juntas alimentan tu imaginación, provocan a tu intelecto, lo retan como esas nubes al desierto, imaginándolo lleno de verde, al menos por unos días, por toda esa lluvia que cae y está por caer.

Un libro largo de cuentos cortos” son los cuentos completos, hasta ahora, de Etgar Keret, lo componen: “La chica sobre la nevera y otros relatos”, “Pizzería Kamikaze y ortos relatos”, “Un Hombre sin cabeza y otros relatos” y “De repente llaman a la puerta”. Como en toda recopilación de este tamaño hay cuentos muy diversos que pueden gustarte más o menos, sin embargo lo que me importa cuando leo un libro de relatos es, y la imagen que inicia la reseña no es trivial, lo que me dejan las historias, lo que me moja -lo que me bautiza-, lo que me cuentan; hasta dónde me llegan sus personajes, sus pensamientos, su manera de contar y, sobre todo, qué color, qué olor, qué matiz, qué fervor, qué rabia tiene la voz que me está hablando desde sus páginas; me gusta saber cómo gritan sus truenos, cómo alumbran sus relámpagos. Y esa voz de Etgar Keret es directa, limpia, fácil, irónica, cruel, sagaz, dubitativa y, a la vez, sabia; por ello es lo suficientemente atractiva y brillante como para merecer seguir sus cauces; esos que él recorre como judío israelí que habla de su realidad: desde lo que le rodea social y físicamente, hasta lo que no lo envuelve porque no existe. Hay dos mundos en estos cuentos -hay muchos, pero creo que se resumen en dos-: está lo que probablemente existe y está lo que nunca existirá. El primero es el mundo recreado en los paisajes que en los que vive o que ha visitado, y el segundo son los sitios imaginarios, los universos paralelos que nacen del ingenio de Keret, y que están más cercanos al simbolismo, y rellenos de mordacidad, que a un puro ejercicio literario imaginativo. Y estas son unas de las cosas que más resaltan -según mi opinión- en el libro: relatos sobre personajes reales puestos por la vida en una situación y un lugar sorprendente, y tan astutamente irreal que parece lo contrario: verídico como un cuento de Perrault que, cuando eras muy pequeño, te hacía querer mirar con suspicacia los dientes de tu abuela embozada en la cama.

Los protagonistas de Keret casi siempre están en acción con el aire en la nuca o con los pensamientos en circulación; como el antiguo pueblo judío parece que nunca están en reposo. Pero, en contraste con ese aire enorme que parece mover el cabello de los protagonistas, los temas, lo que explica, lo que parece no mover las pesadas botas llenas de las tierras que pisan sus hombres y mujeres, son cosas pequeñas, partículas de polvo en movimiento, retazos de ideas o de pasión o de tristeza que brotan de los sentimientos de los hombres, mujeres o niños de los que se habla. Que sean importantes o insignificantes para que el que los lea, es igual, son importantes para ese instante, para esa relación, para ese paso por el mundo, para esa especie de gota que todo contiene que te ha golpeado la coronilla. Así, parecen historias minúsculas pero que realmente son las que mueven la vida: son miradas perdidas, fotos que no debían estar allí, regalos que no llegaron, amores que no consiguieron seguir adelante, soldados que se pierden en la guerra, muertos que no volverán, viajes perdidos, ángeles de la guarda muy terrenales, un hombre que conducía con los ojos cerrados, suicidios poco probables, niños que buscaban huevos de dinosaurio, una pareja que se conoció demasiado tarde, una hucha de cerdito muy querida, un niño demasiado educado, el hombre que paraba la vida para hacer el amor, diosas griegas venidas a menos… Palabras mínimas, pensamientos casi esquivos, ideas pequeñas como perlas, que juntas van creando una avenida, una borrasca, de oportunidades para la sorpresa y, muchas veces, la ironía.

Hablar sobre una libro de cuentos es difícil, y más sobre estos que son muchos y cortos; sin embargo hoy me ha resultado fácil, porque no hay nada de lo que cuenta Keret que me sea ajeno. A pesar de que todos sus personajes son judíos, distantes en cultura y en la vida, con edades que no comparto, con modos de vida que no he vivido; a pesar de ello, los entiendo porque al final habla sobre vivir y morir, sobre reír y llorar, sobre amar, odiar, cantar, ganar, perder, resbalarse, lamentarse, saltar, suicidarse, patalear, vengarse…Sobre lo básico de los minutos de existencia compartida con esas vidas lejanas; tan parecidas a las tuyas, que al final parece que nada cambia excepto paisajes y nombres. Y lo hace con una mirada suspicaz e irónica que parece no darse por vencida, no dejarse llevar por delante por la riada, pero, eso sí, se deja mojar aunque sea con las risas o las lágrimas de sus semejantes.

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Fatídica, de J.P. Manchette

Fatídica

Fatídica

Dice la RAE:

fatídico, ca

adj. Dicho de una cosa o de una persona: Que anuncia o pronostica el porvenir, especialmente si anuncia desgracias.

Sí, la definición es correcta, pero no me convence. Pero veamos… el título original francés es Fatale, o sea, lo que viene a ser después de usar el traductor lengua muerta-español, fatal. Y esto ya se ajusta más, sobre todo si aplicamos el adjetivo a una mujer. A ver qué dice la Academia sobre ello:

mujer fatal

  1. f. mujer que ejerce sobre los hombres una atracción irresistible, que puede acarrearles un fin desgraciado.

 

Pues sí, sí. Esto ya me encaja más. Totalmente de acuerdo. Nada que ver con la anterior definición, que parece que vamos a leer algo de cartomancia y adivinación. No. Fatal. Ese es el título que debería haberse dejado y es la única pega que puedo poner.

Todos sabemos lo que es una mujer fatal. Hemos visto infinidad de películas y leído otros tantos libros, por lo que no hay que explayarse mucho. Y después de tanto leído y visto es muy posible, (creo, no llevo un registro ni escrito ni mental así que seguro que me equivoco), que es la primera vez que asisto al desarrollo de una historia desde el punto de vista de la susodicha.

Y ha estado muy bien.

Empezamos sin saber por qué la femme fatale se carga a un tío en medio del bosque. Así, a modo de presentación. Bueno, va. Mola. Sus motivos tendrá la pobrecita, lo habrá pasado mal en la vida, la habrán hecho daño… En fin. No sabemos nada de ella todavía pero se lo perdonamos, total, algo habrá hecho el otro también, ¿no?

Más adelante vemos que lo tiene todo calculado, que es fría, que le gusta el dinero en cantidades industriales y comprar cosas caras y que necesita más dinero.

Su modus operandi es llegar a pequeñas poblaciones e integrarse en la vida social de la localidad y, sobre todo, en la clase alta. Asistir a cócteles, fiestas y partidas de bridge con la gente importante, la que maneja la pasta, la que dirige la ciudad, prestando atención a todas las conversaciones  para poder descubrir la mierda que esconden los empresarios, los corruptos y en definitiva, los negocios turbios de la ciudad para poder sacar partido de ellos.

Lo primero que podemos observar es que la chica sabe lo que tiene que hacer. No es tonta. Ha trazado un plan y ha preparado todos los detalles para que su ejecución sea llevada a cabo sin ningún imprevisto. Es calculadora, repito, y también tiene mala uva. Pero es que además, está como una puta cabra. Solo al final nos daremos cuenta de esto. Hemos atisbado ligeramente algo de su pasado, casi nada, para poder entender su comportamiento, pero no lo suficiente, así que, con los datos que tenemos y vistas todas sus acciones y su sangre fría (no hay que olvidar esto último) la conclusión es que es una puta loca del coño. Fatal y loca del coño. Buena combinación.

No puedo estar más de acuerdo, con la cita del Boston Review que aparece en la contraportada:

“Manchette pone trabas al funcionamiento de las vidas de los protagonistas y se regodea en documentar la anarquía resultante”

Eso es exactamente lo que hace nuestra protagonista. Se mete en las vidas de los buenos hombres corruptos y despreciables, los enfrenta y a partir de ahí todo es caos y destrucción, todo se precipita cuesta abajo y, sí, es un tópico,  pero nada, nada, volverá a ser lo mismo en ese pacífico pueblecito.

El libro tiene unas 124 páginas y me lo ventilé en una tarde. Te coge desde el principio y está narrado en tercera persona con un vocabulario sencillo y una prosa ágil. La personalidad de nuestra mujer te engatusa (y también la del barón, menudo elemento este también y vaya primera aparición con el pene en la mano, ¡qué grande! –el momento, no el pene…–) y su enigmática forma de ser te hace avanzar rápidamente.

No hay flashbacks ni nada que entorpezca la acción, se lee de un tirón y se lee bien. Con ganas. Eso es. Una vez que empiezas Fatídica, se lee con ganas. ¿Qué mejores palabras se pueden decir?

Otra buena novela negra que no debe perderse ningún fan del género.

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Mujeres excelentes, de Barbara Pym

mujeres-excelentes

Si hoy me preguntase alguien, de qué hablas cuando dices “es literatura inglesa”, seguramente les daría este y les diría: ¡Esto! Porque Mujeres excelentes , rezuma literatura inglesa por los cuatro costados. Contiene, de hecho, lo que más me gusta de ella: Siempre tienen la apariencia de ser un clásico, es tan importante la historia que cuenta como el momento histórico que describe, y estemos en el momento histórico que estemos, siempre parece que estamos en esa época Victoriana que tanto les delata … En fin, creo que ustedes ya me entienden 😉

¡Qué importante son las apariencias para los ingleses, y cómo les gusta jugar con esos toques tan excéntricos, y que en ellos, por cierto, quedan tan naturales! Y así es este libro, así son estas mujeres, casi todas, porque también, entre las mujeres inglesas, han estado siempre las otras, las luchadoras, las independientes, las tipo sufragistas … Y esas también son típicas de la vida y por tanto de la literatura inglesa, ahí están, incluso en aquellos tiempos victorianos, aquellas que siendo cien por cien típicas inglesas son cien por cien Mujeres excelentes.

Barbara Pym nos cuenta, a través de Mildred Lathbury, un retazo de vida, porque pasar en este libro, lo que se dice pasar, no pasa nada espectacular. Mildred es una mujer soltera que ha traspasado la treintena, que vive sola, y que, como podría pasar hoy mismo, todo el mundo intenta organizarle la vida. Así que viviremos a su lado una temporada, quizá un periodo convulso en el que todos los días son iguales pero distintos.

Salpicada de historias costumbristas llenas de un humor, donde no falta la ironía, Mildred termina enamorándome, haciéndome sonreír, porque si bien es cierto que me ha inspirado una tremenda ternura por la sensación que da de timidez e inseguridad, no lo es menos que su inteligencia y capacidad de observación la ponen en un elevado peldaño sobre el que puede ver con más claridad y definición la sociedad que le rodea:

La situación que vive Inglaterra tras la posguerra; la Iglesia y su forma de integrarse en las vidas de los miembros de sus comunidades, las diferentes iglesias y la visión que de ellas se tiene; la antropología; las oscuras existencias dentro de las oficinas, y la hora del té, sí, porque la vida gira siempre en torno a una taza de té…

Empecé a entender el por qué la gente podía necesitar beber para encubrir desconciertos y recordé muchas pesadísimas ceremonias religiosas que podrían haber mejorado si a alguien se le hubiera ocurrido abrir una botella de vino. Pero las personas como nosotros teníamos que recurrir a la tetera, y pensé que no era parco mérito hacer la cosas como las hacíamos con tan inofensivo estimulante.”

Pero si me ha enamorado esta mujer, tanto de la autora como la protagonista narradora, es por la capacidad de independencia que tienen. Independiente y libre, y crítica con la desigualdad de género, pero estos son temas que se tratan en el libro con tanta sutileza que prácticamente pasan desapercibidos.

¿Es Mildred un alter ego de la propia Barbara Pym? Yo diría que sí.

¿Es Barbara Pym comparable a Jane Austen? Si bien muchos son los que las comparan yo tan solo podría decir que ambas son, sin lugar a dudas, Mujeres excelentes y escritoras excepcionales.

No es preciso que les diga que el consumo de té en mi casa durante la lectura del libro hizo subir las acciones de este producto en todo Reino Unido. También esta reseña la he elaborado junto a mi taza humeante de té… Esas tazas que te regalan las amigas, también Mujeres excelentes, para que las recuerdes siempre que tengas entre las manos una taza de ese preciado brebaje.

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Cuentos completos, de Andrés Caicedo

Cuentos completos de Andrés Caicedo

Cuentos completos de Andrés Caicedo

Voces… siempre hay voces que salen de las páginas de los libros y te sobrecogen o te asustan o te intimidan, te provocan dolor, odio, respeto… o te dan lástima. Son voces que parecen cabalgar por encima de lo que es la mera literatura, de lo que te dicen que es una ficción recreada para nosotros, los lectores. Así, de los cuentos de Caicedo parece que cae un torbellino de gritos y palabras, parece que los filos tajantes de las hojas rajan pieles, ojos y ropas, parece que todo se desborda, que ha roto los muros de contención y nos va atrapando esa riada de ideas, de situaciones reales o irreales, de pensamientos, expresiones, decisiones…Todo eso nace de lo que nos cuentan  los protagonistas de sus cuentos, siempre en primera  persona, mostrándonos su vida, la de unos adolescentes enfrente de esa pared contra la que siempre chocan, todos, y que está compuesta en parte por arcilla amasada con todas las hormonas aceleradas y miméticas de esa edad, otra parte del muro  son esos cantos rodados que la vida que les ha tocado ha puesto allí  y, otra parte, son los cristales rotos puestos para impedir que puedan escalarlo, porque así es el modo de vida que se vivía, entonces,  en Cali.

Si quisiera decir lo que me han contado aquellas voces, lo que me ha hecho sentir el libro, lo que me han detallado todas estás noches leyendo tumbado en la cama; mencionaría que es como mirar desde un altozano una ciudad y observar lo que pasa en sus barrios, sean pobres o ricos; que es como rastrear las pisadas por las calles marginales, por los cines, por los parques, por las fiestas de quinceañeras, por los colegios, por los sitios apartados; como pasear de la mano con las novias y novios que aprenden a desear y olvidar a la vez; que es como mirar el cuadro de un dibujante que ha aprendido a dibujar las obsesiones en papel biblia; como el agrimensor que mide el abismo entre adultos y los adolescentes, ávidos, estos, de búsquedas, de nuevas sensaciones, de peleas, de amores y de odios; como el aterrado conductor que no sabe qué camino tomar en la bifurcación; como el enterrador de película que espera que los caminos mal tomados los conduzcan a él; como un grito que se oye en la noche; alguna como un sueño nacido de un recuerdo de cine.

Los gritos nacidos de sus textos se confunden y parece que los hay de angustia, de odio, de dolor por un puñetazo, de sorpresa por un navajazo, de amor por una caricia, de pena por una madre que siempre está enferma, por la nada que trae el futuro. Es un clamor que surge de esas mentes jóvenes que no necesitan nada, solo a ellos mismos y quizás un amor, algunas veces de quitar y poner, y, otras veces, de esos eternos. Pero, las palabras que nos cuentan sus historias desde su profundo ser, son siempre reflejo y expresión del modo de hablar de Calí, y, dentro de él, de la cultura y origen del que habla; y siempre serán manifestación de su verdadero pensar, sin ambages, sin ironías, sin nada que ocultar. Tan es así que, aunque el lenguaje hay momentos que expresa cosas en el argot o la dicción que en el castellano común no se entienden, esa claridad expresiva, esa sensación de confesión taladradora, ese idea sin desafinar, nos enseña claramente lo que dice, sin apenas una duda.

Si pudiera pesar las palabras de Caicedo, serían como esos pasteles de apariencia pequeña pero que cuando los coges son compactos, con esos rellenos que se desbordan al primer mordisco. Esas palabras con las que nos cuenta todo un mundo de sensaciones y obsesiones, en las que Cali será el centro de un mundo de adolescentes, casi niños, que aprenden a vivir, a pelear, a llorar, a reír, a ser derrotados, a amar, a ganar, a olvidar y, a veces, a morir, de la manera más directa. Nos presenta una serie de personajes que se mueven por la vida como si la hubieran conocido hace mil años, pero que apenas la han visto nacer, e intentan huir de su lugar asignado por el lugar donde han nacido o por el dinero de sus padres. Caicedo muestra un universo donde el sentirte diferente es necesario y, otras veces,  evitado, o donde la violencia, el conocimiento, la enfermedad, el odio, el amor sexual o fraternal, la amistad, la huida; son partes agarradas a ese mundo, en el que sus obsesiones, como son el cine, ciertos fetichismos, la literatura -en concreto de Edgar Allan Poe- , el componente sexual de toda relación obsesiva -hasta la más blanca-; son parte de la mayoría de sus historias. Sumadas todas, se crea un mundo duro y complejo de relaciones y vivencias que no  parecen poder olvidarse. El libro no te dejará hacerlo aunque solo sea por la sensación inquietante que a veces desprende.

Cada uno de estos “Cuentos completos” son pedazos de tela que el autor parece haber ido arrancando de un tapiz, y, cuando vas acabando cada uno,  poco a poco, rellenas los huecos, recompones el dibujo,  y van surgiendo unas figuras amenazadoras, turbadoras, diferentes… pero de una belleza profunda y grave, como las rocas afiladas de un acantilado o la inquietante quietud de una noche sin luna.

Caicedo está en todas partes en los cuentos, se aparece como los fantasmas de las viejas películas de Hollywood: trasparente sobre un fondo urbano. Su mente acomete todas las aventuras que le han propuesto sus historias, y va dejando su personalidad en cada frase que construye. De tal forma que arremete contra los maestros amaestrados de la cultura de su tiempo, contra la política dogmática sin peros y sin fisuras, contra la policía, contra la educación reinante, contra los moralistas. Pero también acaricia la imagen de sus pasiones: al cine, a Poe, a Cali, a la noche, a la amistad, la música, y a toda esa gente que puebla su cuentos y que, a pesar de todo, los comprende, los compadece y los observa con mimo

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Las derrotas de Elena, de Carlos Ollero Sánchez

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Otra historia de la Guerra Civil. Sí, otra, porque no crean que es tanto lo que se ha escrito sobre nuestra última guerra; nada comparado con los ríos de tinta que cada país escribe sobre sus miserias, y la Guerra Civil fue la más grande de las nuestras.

También la historia abarca la II Guerra mundial, pues nuestros amigos tienen la desgracia de conocerse en el convulso Madrid del 36. Y es que Carlos Ollero nos cuenta la historia de dos jóvenes estudiantes que se enamoran en aquel Madrid que parecía que resistiría toda una vida, como el amor de Manuel y Elena.

Las derrotas de Elena, el título es exquisitamente justo, porque muchos pelearon y perdieron, y pelearon y volvieron a perder, aunque al final ganaron, y algunos, solo algunos, tuvieron la suerte de vencer y entrar en Paris con la «La Nueve», la legendaria 9.ª Compañía de la 2.ª División Blindada o División Leclerc, una compañía formada casi íntegramente por republicanos españoles con un mando francés; así es, pero ellas, las Elenas, solo vivieron derrotas, ni una sola victoria en su haber.

¿Quizá conservar la vida?

¿Quizá ver crecer a sus hijos?

¿Y el precio?

Amar en soledad. Ocho años de espera son muchos años de dolor.

Las derrotas de Elena me ha conmovido por su credibilidad, porque historias como esta debieron vivirse algunas… Y eso que el autor lo que nos cuenta es una historia de amor, una historia en la que Madrid es como un tercer personaje, sus calles, sus museos, sus gentes…

También París, también sus calles, sus puentes, sus museos, su vida y su luz.

Un libro en el que vemos una historia de crecimiento, algunos datos históricos y un pequeño recorrido que haremos con nuestro amigo Manuel por los frentes españoles, africanos y europeos. Una novela con la que los adolescentes de hoy pueden iniciarse en lo que pudiera ser una incursión de nuestra historia de ayer.

El autor va poniendo fecha a todo lo que sucede a modo de diario, y si bien utiliza un narrador, pronto se va difuminando por la presencia de diálogos bien dosificados. Cuando desaparece totalmente ese narrador aparecen las cartas, esa literatura epistolar que tan bien traída está a este conjunto narrativo.

Me ha gustado este libro que en poco más de doscientas páginas es capaz de contar una historia de amor y una parte importante de la historia y la vida de estos personajes que en definitiva es un pedazo de la historia de España.

Susana Hernández

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Bella Muerte, de Emma Ríos y VV.AA.

bella muerte

bella muerte

No cabe duda de que Emma Riós es buena. Muy buena. Me lo demostró en I.D. y ha vuelto a hacerlo, o mejor dicho lo hizo antes, ya que el cómic del que hoy hablamos es anterior a I.D. y esta vez solo se ocupa del dibujo.

Supe hace tiempo que había un cómic llamado Bella Muerte y, aunque me llamó mucho la atención la portada y el color, no investigué más y su nombre se perdió en el olvido junto con todas esas lecturas que mentalmente te anotas y te dices a ti mismo que tienes que informarte sobre ellas pero que finalmente no llegan a leerse. Y claro, anotar mentalmente es una auténtica mierda. No te queda otra si no tienes a mano móvil o papel, y ese fue el caso.

Pero va, venga, vamos a perdonárnoslo. Mejor tarde que nunca. Tiempo después aparece I.D. y vuelvo a ver el título Bella Muerte asociado y, ¡coño!, esta vez no te me escapas. A ver de qué vas… Una mezcla de The Sandman y Predicador. Me froto los ojos y vuelvo a leer. Una mezcla de The Sandman y Predicador. ¡No puede ser! Si justo esas dos obras fueron, ya os he rayado con esto alguna vez, las que me iniciaron en esto del cómic en serio. The Sandman la primera, la obra maestra que adoro y tengo en mi propio altar. ¡Qué extraño que la primera que leí fuera justamente esa, la mejor!, pero así son las cosas de la vida. The Sandman, obra que nunca me he atrevido a reseñar ni lo haré, porque ni sabría cómo empezar ni le haría la justicia que se merece.

¿Y bien? ¿Es cierto? ¿Es lo que dicen, preguntaréis? Pues, una vez leída puedo decir que sí, que tiene algo de los cuentos oscuros tan del gusto de Gaiman, y que incluso uno de los personajes es el de la propia muerte (aunque esta vez no es una atractiva morenita). Sí, podemos hacer una ligera, ligerísima, comparación con el cómic protagonizado por Morfeo. Lo que desde luego no se puede decir es que haya algo de Predicador en Bella Muerte porque, mira, no, lo tomes como lo tomes, no lo hay por ninguna parte.

Bella Muerte es un cómic… PRECIOSO. Así, en mayúsculas y negrita porque no encuentro adjetivo más acorde, glorioso ni majestuoso. ¿Preciosísimo, preciosérrimo…? Y lo es en todos los sentidos. La historia, el dibujo, el color, los personajes, la forma de contársenos las cosas y el hecho de no contarnos otras, las introducciones a los capítulos con el conejito y la mariposa… Por algo tuvo cuatro nominaciones a los Eisner en 2014 (mejor guionista, mejor ilustradora y portadista y mejor colorista ­–este último acabó llevándoselo-).

¿Y qué sucede en este tomo? Como digo, el inicio es muy de cuento. Una hermosa joven es encerrada en una torre porque su marido es muy celoso. La joven irá apagándose poco a poco hasta que recibe la visita de Muerte, quien, en lugar de matarla, se enamora de ella y tienen una hija. Muerte también tendrá a la joven prisionera, esta vez en un lugar en medio de la nada. El amor de Muerte por la joven le ha cambiado tanto que aborrece su trabajo y no vuelve a matar. La hija de Muerte y Bella, crecerá odiando tanto a su padre como al hombre que encerró a su madre y emprenderá un camino que lleve a la destrucción de ambos.

¿Muy de Gaiman, no?

Ah, y que no se me olvide, todo esto sucede ambientado en el oeste, a modo de western nada al uso.

Argumentalmente impecable y técnicamente perfecto. Este es el primero de los cuatro tomos previstos, y cada uno de ellos estará dedicado a un personaje.

Quedan interrogantes sin resolver que no sabemos si se despejarán en el futuro o no, pero ese es otro de los atractivos de este cómic, el cerrarlo, repensar lo leído, buscar esas cosas que no nos han quedado claras, releer y sacar nuestras propias conclusiones.

La he gozado como un enano, como hacía tiempo que no disfrutaba un cómic. Por favor, hacedme caso, no lo anotéis mentalmente, coged papel o móvil y hacéos con Bella Muerte como sea. Matad si es necesario, pero leedlo porque es un cómic indispensable, de lectura obligada, una obra de arte de principio a fin. Os lo digo de corazón. No exagero.

¡Gracias, Astiberri, por editar tantos buenos cómics y además por hacerlo tan bien!

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El olmo del Cáucaso, de Jiro Taniguchi y Ryuichiro Utsumi

El olmo del Cáucaso

El olmo del CáucasoMira tu mano. ¿Qué ves?
Ante ti tienes pura ingeniería. El instrumento mejor diseñado por la naturaleza. Pequeños huesos, músculos y ligamentos que junto a sus 29 articulaciones son capaces de hacer que la mano genere todo tipo de movimientos, revelando así, en algunas ocasiones, más sentimientos que el propio rostro humano. Lo cual no es difícil si eres Sylvester Stallone. La mano es un mecanismo tan complejo como extraordinario, capaz de manipular todo tipo de objetos y ofrecerte un agarre único en las situaciones más peliagudas. La mano es esa que muestra la destreza suficiente para asir un lápiz con la medida adecuada entre suavidad y firmeza con la finalidad de crear letras; de igual forma es esa que se cerraba dentro de un guante de boxeo para golpear de forma contundente, con el fin de derribar oponentes, y llevar a Muhammad Alí hasta sus 56 victorias.
Vuelve a mirar tu mano. ¿Qué ves?
Si eres dibujante posiblemente veas una pesadilla. La mano es ese objeto del mal constituido de poliedros, triángulos, óvalos y hasta circunferencias que puede conseguir arruinarte la obra de arte que ya casi tenías terminada. Solo algunos pocos elegidos son capaces de dibujar estas herramientas carnosas de cinco dedos sin que parezcan aberraciones de la naturaleza surgidas de los enfermizos relatos de Lovecraft. Jiro Taniguchi es uno de ellos. Las manos que él ilustra son bellas y atesoran la capacidad del lenguaje no verbal; hablan de saludos y susurran caricias.

Y si de manos seguimos hablando hablaré de lo lejos que queda aquella vez que en las mías cayó aquel cómic de tres tomos titulado El almanaque de mi padre. Por aquel entonces en el manga reinaban los rostros de grandes ojos y las bocas de piñón. Hombres musculados y mujeres de desproporcionados atributos sexuales protagonizaban historias de corte fantástico o de ciencia ficción, en las que la violencia campaba a sus anchas. No os estoy descubriendo nada nuevo, ni siquiera me estoy quejando (engullí, y sigo engullendo, ese tipo de cómics con gusto), solo evidencio un hecho de aquella época. Pero aquel manga, que contaba las vicisitudes de una familia a lo largo de los años, con un dibujo fuertemente enraizado al cómic europeo, me mostró que en lo referente al seinen (o manga para adultos) había más alternativas.
Antes de llegar hasta El olmo del Cáucaso y otras historias de Jiro Taniguchi se cruzarían en mi camino, como Barrio Lejano, Sky Hawk o Cielos radiantes. Enseñándome que este prolífico mangaka, aunque se encontraba más cómodo relatando historias costumbristas, era capaz de dibujar samuráis, indios y vaqueros que luchaban por un ideal, perros salvajes de lealtad consumada o hasta naves espaciales y paisajes post-apocalípticos, como en Crónicas de la nueva era glacial, que dejaban al lector con el culo congelado. Pero con El olmo del Cáucaso Jiro Taniguchi, que esta vez comparte tareas con el novelista Ryuichiro Utsumi, el cual se encarga del guion, vuelve a esas historias intimistas en las que pasan cosas usuales pero que gracias a ese aura casi onírica que les otorga consigue dejarte ensimismado hasta el final del relato.

El tándem funciona, y es que mientras Ryuichiro Utsumi narra historias de vidas complejas con una prosa muy cercana a la fábula, Jiro Taniguchi vuelve a confeccionar un dibujo sublime, con primeros planos de esos rostros de trazo limpio a los cuales otorga más luminosidad al difuminar el fondo o simplemente dejándolo totalmente en blanco. Y esa meticulosidad que muestra en poblar cocinas de utensilios, cuartos de estar de adornos, ciudades de vida y naturaleza de movimiento. En definitiva, dibujos en blanco y negro que son capaces de evocar colores.
Este tomo, excelentemente reeditado por Ponent Mon, se compone de ocho relatos; todos marcados por las decisiones que tomamos en la vida. Relatos repletos de pequeñas dudas existenciales o de complicadas encrucijadas que solo tras el paso de varios años sus protagonistas son capaces de dilucidar el camino a seguir. Como en El reencuentro, donde un hombre que se desentendió de su familia, y tras una grata casualidad, tiene la oportunidad de enmendar sus errores. ¡Bienvenidas sean las segundas oportunidades! O en El olmo del Cáucaso, la primera de las historias que además da nombre al compendio, donde los autores consiguieron hacerme sufrir por el destino de un árbol (¡de un puto árbol!) hasta el último momento. ¡La esperanza jamás debe perderse! O En Los alrededores del museo, donde nos muestran que las exiguas perspectivas de felicidad ante una vida que ya parece caduca se trastocan con la llegada de un inesperado amor. Oh la la, c’est l’amour! O en Atravesando el bosque, mi relato favorito (aquí donde me veis soy un blando al cual el corazoncito se le derrite ante historias protagonizadas por perros e infantes) donde el hermano mayor, que ha madurado a la fuerza y de forma injusta, intenta proteger al pequeño de ese mundo en ocasiones cruel. ¡Cuánto drama, y a su vez cuánta fe en el ser humano!

Ahora vuelve a mirarte la mano.
Manos que se tienden para ayudar: “Hiroshi agarró con fuerza la mano de Yôji y continuó andando con la boca firmemente cerrada.”
Manos que enjugan lágrimas: “Sin querer, de improviso, las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas
Manos que buscan la reconciliación y manos que dan golpecitos amistosos en la espalda.
El olmo del Cáucaso es como tu mano, una obra de ingeniería que funciona a la perfección. Un conjunto de historias, trabajando todas ellas, como una maquinaria bien engrasada, con un solo propósito: conseguir hacerte reflexionar sobre las cosas que realmente importan en esta vida.

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La viuda, de Fiona Barton

la-viudaAbrir un libro es abrirse uno mismo a ser decepcionado, quizá, pero sorprendido gratamente, otras veces. Nunca se sabe. Y con La viuda, debut literario de la otrora periodista Fiona Barton, me sucedió a mí y puede sucederle a usted, amable lector. No me refiero a que esta novela me haya sorprendido por haber superado mis expectativas, ni por haberme brindado una lectura más gratificante de lo que yo esperaba (no esperaba nada de particular más que pasar un rato agradable, habida cuenta de que La viuda se nos ha presentado como heredera de otras novelas veraniegas de tintes criminales, y muy especialmente de La chica del tren, con la cual se la ha comparado favorablemente, jerarquización con la cual no puedo estar más de acuerdo).

No. Me refiero a que La viuda pertenece a ese grupo de novelas que se transforman delante de nuestros ojos en otra cosa de lo que eran hasta ese momento. No se trata de transformaciones radicales; La viuda no contiene abruptos o  rebuscados giros argumentales, sorpresas que estiran hasta el límite la frontera de lo verosímil ni complejidades temáticas o estructurales que nos obliguen a releer fragmentos enteros para tratar de armar el puzle. La transformación de la que hablo tiene más que ver con la manera en que fluye la historia y fluyen los personajes, y ello lo debe todo a la magistral dosificación y administración de la información de las que hace gala Fiona Barton. Esta autora consigue en La viuda imitar la vida y a las personas reales, a las que no “leemos” ni conocemos igual que conocemos a los personajes de una novela cualquiera, sino poco a poco, llevándonos pequeñas sorpresas y desengaños, descubriendo sus personalidades lentamente, con un conocimiento cuyos fragmentos nos suelen llegar con cuentagotas y dependiendo de situaciones, momentos y coyunturas. Pues algo así sucede con los personajes de La viuda, sin duda el elemento decisivo a la hora de engancharnos a esta novela y el que la eleva por encima de otros libros de similares estilo, temática y argumento.

Los cuales no son el colmo de la originalidad, pero todas las historias ya han sido contadas; lo que las diferencia es las distintas maneras de contar, cómo el autor maneja la información, y en eso Fiona Barton acierta de lleno. La viuda cuenta la historia de Jean Taylor, que acaba de enviudar de un hombre que había sido juzgado (y absuelto) por secuestrar a una niña de 2 años. Ahora que el marido ha muerto, Jean recibe otra vez la visita de las personas que lo persiguieron y que nunca dejaron de creer en su culpabilidad: el inspector que llevó el caso, Bob Sparkes, y la periodista que lo cubrió a la par que intentaba descubrir la verdad, Kate Waters. Cada uno de ellos a su manera tratará de despejar la duda que los acecha: ¿es el difunto Glen Taylor el secuestrador de la pequeña Bella? Ambos se aferran a la posibilidad de que Jean conozca el secreto.

La viuda es una obra con más enjundia de lo que pueda parecer. Como historia criminal, las hay mejores y también mucho mejores; sin embargo, donde verdaderamente brilla es en la liga de historias de drama psicológico con tintes policíacos. Subrayo lo de los tintes; en realidad, es un barniz, pero no el corazón de la historia; pienso que a la autora no le interesaba tanto escribir una historia de sabuesos en persecución de la verdad como una acerca de los personajes en los que no se suele posar el foco de la atención pública: la mujer que posa al lado del acusado, la periodista ambiciosa pero con corazón, el policía que se agarra a un clavo ardiendo con tal de descubrir la verdad. Personajes secundarios en la vida real si miramos la historia con los ojos de un espectador no involucrado personalmente en la historia; a ese espectador -o lector- sólo le interesará el misterio y su resolución, y saber si el acusado se llevó a la tumba un secreto inconfesable o, por el contrario, era un hombre injustamente acusado. Pero personajes de indiscutible protagonismo si nos adentramos en la historia y elegimos vivirla en vicaria primera persona. Puesto que cada individuo es el más importante para sí mismo, y su historia, la única verdadera.

En La viuda hay o puede haber tantas verdades como personajes. Y Fiona Barton procura tratarlos a todos por igual, sin prender la llama del prejuicio, sin alentar éste con trucos fáciles de escritor de novela negra; jugando algunas veces el juego de adivinar qué piensa y siente el lector y demostrarle lo equivocado que está (o no) y hasta qué punto es presa de atajos simples de lector resabiado (o no).

La viuda es más sincera que La chica del tren, y más humana que Perdida. Y está mejor narrada que cualquiera de las dos. Porque atesora momentos de magia literaria, aquellos en los que, creyendo que teníamos caladísimo a tal o cual personaje, la autora nos demuestra que es ella quien más sabe. Y lo hace de una forma muy elegante: dejando caer información como gotas de sirimiri, de tal forma que, para cuando queremos darnos cuenta, somos nosotros los que estamos calados hasta los huesos, y ni nos hemos enterado.

Brilla con luz propia, del elenco de personajes, ese policía mucho más humano, mucho más real, mucho más amable y fácil de querer que la mayoría de superpolicías que pueblas las novelas de misterio: Bob Sparkes, el inspector que ha llegado a querer a la niña cuyo secuestro investiga. Sparkes es entrañable, y es especial entre los policías de novela; es excepcional porque personifica al policía que es derrotado por su caso pero, aun así, no ceja en su empeño. Es un policía que sale del Cuerpo por la puerta de atrás, humillado, avejentado, desengañado; un policía totalmente falible, que, a pesar de contar con compañeros jóvenes e inteligentes, se ve obligado a bajar a los infiernos para poder volver a nacer.

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Normal, de R. López-Herrero

normal

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Normal. Seis letras muy peligrosas. ¿Qué es lo normal? ¿Quién es normal? En realidad todos. “Todo el mundo es normal hasta que lo conoces”, gran frase que tengo de lema en mi perfil de whatsapp y que es totalmente cierta. Todos normales, “normalizados” como los envíos de correos, todos cortados por un mismo patrón, todos con nuestras cadaunadas, lo cual es también otra forma de normalidad. No obstante, todos queremos diferenciarnos, pensarnos, creernos y esforzarnos en ser únicos, vestirnos con ropa que nos distinga, escuchar música distinta… para acabar todos aún más normalizados. Incluso los grupos marginales, los excluidos, de forma voluntaria o no, de la sociedad son algo normal que acaban pareciéndose entre sí, y refuerzan esa normalidad ya que, lo normal es que en la sociedad acaben conviviendo las tribus urbanas, los pobres y los “normales”.
Hasta aquí todo normal. O no. Porque, como bien he dicho, todo el mundo es normal hasta que lo conoces y, entonces, de normal poco. Nada. Más bien, bastante anormal.

Pues eso es lo que pasa aquí. Tenemos un asesino tan excesivamente normal por fuera, que los testigos de sus asesinatos no reparan en él. Todos le describen como “no sé, era normal…” y esto saca de sus casillas al policía Félix Fortea, a quien Lara, la psicóloga, intentará ayudar con imposibles diagnósticos como prosopagnosia, o ceguera facial, o amnesia colectiva, sin creérselo ella misma.

Los sucesos avanzan a buen ritmo. Conocemos a los personajes y nos vamos turnando al meternos en la piel de alguno de ellos, incluso en la del asesino. Sus voces están bien llevadas en todo momento, el vocabulario es muy coloquial, sin términos grandilocuentes ni una prosa llena de florituras, lo cual se agradece y es lo que pide el libro. Por otra parte, Fortea, a su edad, sigue siendo un friki que además se liga a la psicóloga buenorra y flipa por eso durante toooodo el libro. (Tengo que reconocer que esta es la única pega que le pongo al libro, la increíble rapidez con la que se la liga o con la que ella se deja ligar).

Pero lo mejor, aparte por supuesto de la fluidez y facilidad con la que avanza la trama, y de pasar miedo por los protas a medida que pasamos las páginas, es la recreación de escenas cotidianas, la relación entre Fortea y Ana y entre Fortea y sus compañeros de trabajo, así como la inclusión de la pandilla friki que vive en La Cueva y que forman la sección informática, de los que no se sabe qué comen, pero los donuts son una apuesta segura.

El estilo de López-Herrero es tan visual, que en muchos momentos parece que estemos visualizando una película o algún episodio del palo de CSI, y eso es algo que a mí personalmente me gusta. Si cuando lees un libro visualizas a la vez lo que estás leyendo, o tienes mucha imaginación o el libro es bueno. O las dos cosas.

Descolocados como están, con teorías que van del asesino en serie a bandas organizadas del este, Fortea irá estrechando el círculo poco a poco, hasta que algo le detiene.

Confieso que hace tiempo que oí hablar de R. López-Herrero, pero no fue hasta hace unas tres semanas cuando me decidí a leer su Antonio mató a Luis con un hacha porque le debía dinero, un policíaco en clave cómica. Confieso también que no me gustó y no pude acabarlo, pero se veía que sabía escribir. Cuando me enteré de la existencia de Normal decidí darle otra oportunidad. Esta vez era un policíaco “serio”, o al menos no cómico. Y no me arrepiento. Lo he leído con mucho interés, he sentido la tensión de algunos momentos, me he sobresaltado en otros, me he llegado a emocionar y también he sonreído.

Los personajes me han perecido muy bien tratados, para nada planos, muy verosímiles y creíbles. La investigación me la creo y el desarrollo ha ido un ritmo que era el que tenía que ser. Y el final… ¡qué jodido gran final! Eso sí que no lo esperaba. Ninguno de los dos finales…

Así pues, si queréis una novela policíaca inteligente, fresca, divertida y muy entretenida para este verano, lo normal sería que leyerais Normal.

@palati77

Autor de Valeria y El diablo da las llaves del cielo

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Novela de Ajedrez, de Stefan Zweig

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Lo primero admitir que, aunque me gusta, no juego bien al ajedrez. Conozco algunas aperturas, algunas defensas y me gusta resolver los problemas de ajedrez del periódico así que sé lo suficiente como para saber que no soy buen jugador. Pero me gusta, así que esta semana estoy de suerte.

Se está jugando estos días en Bilbao el campeonato del mundo de Ajedrez con la presencia de varias de las mentes más brillantes del panorama ajedrecístico mundial. No me equivocaré al decir que la partida a doble vuelta que enfrenta a Magnus Carlsen; actual campeón, uno de los máximos exponentes del ajedrez posicional y letal en los finales, contra el ruso Serguéi Kariakin, el “retador oficial a la corona”, está siendo un buen aperitivo para ir abriendo boca antes de que se enfrenten por el título universal el próximo mes de noviembre en Nueva York. Sólo decir, para que esta reseña no se convierta en una crónica del torneo (por suerte para eso tenemos al gran Leontxo García), que la primera partida la ha ganado Carlsen con contundencia para ponerse líder, espoleado seguramente por su derrota ante Nakamura en la jornada inicial. La segunda partida, no me la pierdo en directo.

Y llegados a este punto, no hay mejor marco que éste que os he contado para hablar de la novela que nos ocupa. Hoy vamos a hablar del libro que es, seguramente, el mejor texto de la historia relativo al mundo de los 64 escaques: Novela de Ajedrez, de Stefan Zweig.

Esta novela corta, de apenas cien páginas, es uno de esos libros que invaden absolutamente toda tu conciencia. Novela de ajedrez es un claro ejemplo de que no hacen falta muchas páginas para escribir una gran novela. La novela nos relata un simple trayecto en barco desde Nueva York a Buenos Aires, en el que viaja el campeón del mundo de ajedrez para jugar un torneo dentro de la gira en la que se encuentra inmerso. Varios de los pasajeros, atraídos por la magnética personalidad del ajedrecista, por la nula inteligencia emocional de la que hace gala o por el ego desaforado que les empuja a medirse con el campeón, hacen lo posible por improvisar un torneo para amenizar las horas de navegación. No tardarán en darse cuenta los participantes de que a bordo del barco hay un peculiar tripulante que les dejará a todos con la boca abierta y los ojos clavados en el tablero.

Haciendo un breve repaso a la vida de Stefan Zweig podemos encajar mejor esta novela dentro de la totalidad de su obra. Novela de ajedrez fue escrita por este austriaco de origen judío en 1941 siendo capaz de reflejar en ella sus propios miedos y temores. Estamos ante la última novela escrita por Zweig antes de suicidarse junto a su mujer y que fue publicada de manera póstuma. El autor hace una crítica clara y sin ambages del nazismo así como de los métodos de la Gestapo y aunque nunca se pronunció en contra de Alemania, su suicidio fue considerado, de alguna forma por sus biógrafos, como “el final de un proceso de desarraigo que se inició con su huida de Austria en 1934”.

Un canto a la soledad y a la introspección, enmarcada en tiempos del Reich. Una historia que nos cuenta que los prisioneros de Hitler no eran sólo los que entraban en los campos de concentración. Novela de ajedrez nos relata cómo existían otros medios de tortura, más allá de la tortura física. Una tortura paciente, una tortura despiadada, un billete para un viaje del que, de existir camino de vuelta, no te deja en el mismo sitio.

“Cuando uno juega contra uno mismo, se produce una situación incongruente donde un mismo cerebro ha de saber y al mismo tiempo no saber, ha de ser capaz de olvidar completamente cuando juega con las negras lo que quería cuando jugaba con las blancas. Un doble pensamiento como éste presupone en realidad una escisión absoluta de la consciencia, una capacidad de enfocar y desenfocar el cerebro como si fuera un aparato mecánico; querer jugar contra no mismo representa, en definitiva, una paradoja tan grande en ajedrez como querer saltar sobre la propia sombra.”

Novela de Ajedrez es algo más que una novela sobre este noble deporte. Es un relato de la mente del jugador, de los peligros que encierra y de lo tirano que puede llegar a ser. Un retrato de la psique ajedrecística, con sus filias, con sus fobias y con una descripción muy precisa de cómo este arte puede arrastrarte a lo más profundo de tu propio intelecto.

El ajedrez no es un juego. El ajedrez no es un deporte para ratas de biblioteca. El ajedrez en sí mismo es algo mucho más profundo de lo que podamos concebir. Es una batalla intelectual titánica contra nosotros mismos, no contra el que tenemos delante. No sólo el fútbol se nutre de victorias épicas. En el ajedrez existe el duelo, el vencedor y el vencido y por supuesto, las lesiones. Lesiones que no se curan con reposo ni con una venda. Es un ejercicio fantástico para el cerebro, que como todo deporte, hay que practicar con mesura.

Una novela magistral. Una obra maestra sin apenas nombres que, sin perderse en digresiones, tiene una profundidad casi abisal estableciendo un paralelismo palmario con la profundidad que subyace en el tablero. Una novela que describe una metáfora perfecta del proceso de introspección, a veces irreversible, que se da en la mente del jugador.

Una obra imprescindible que describe un deporte de riesgo. El que no lo sepa ver, que “juegue”, pero que no lo practique. Leedlo. Ahora, os toca mover.

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I.D., de Emma Ríos

I.D.

I.D.

Qué ganas de hincarle el diente a Emma Ríos, la española dibujante de cómics que triunfa en el mercado ameri … ¡¡BOOM!!

-¡Policía, las manos en la cabeza y no se mueva!

-¿¡Pero qué cojones pasa!? ¿Qué..? ¡¡ZAS!!

-¡Joder! Qué hostia fina me habéis cascado así sin venir a cuento ni nada…

-Por preguntar. Cierre el pico. Queda detenido por acoso mental a la ciudadana humana E114 Emma Ríos.

-¿Qué? ¡Pero… pero… de qué habla?

-Usted ha pensado y escrito sus intenciones de morder a una mujer hace cinco segundos.

-Sí que son rápidos, pero…lo de hincarle el diente era una forma de hablar! Y no me refería a ella sino a su obra.

-Eso ya se lo contará a la Castradora, que será quien decida que hacer con alguien como usted.

-¿Eh? ¡No! ¡No! ¡No me lleven a la Castradora! ¡Noooo!

Aterrador, ¿verdad? En estos casos en los que la policía se equivoca (o no…) siempre me pregunto quién paga la puerta destrozada.

 

Al grano. Este futuro que acabo de medio inventar medio fusionar, a lo Minority Report/Juez Dredd pero extendiendo más el campo de acción, no es el que se nos describe en I.D., pero bien podría serlo. O, bien mirado, puede que incluso esté pasando y no se nos ha contado esa parte. Tecnológicamente sería posible. Aunque no, no lo creo. Y de todas formas da igual.

Lo que se nos cuenta en este cómic es algo que va más allá: el trasplante de personalidades. Que por lo que sea quieres o necesitas cambiar tu envoltorio exterior por otro que te guste más, pues vas a la clínica en la que lo hacen y eliges en el catálogo el cuerpo donado que más te guste.

Como ya he dicho antes de que la pasma irrumpiera sutilmente en la casa, tenía ganas de leer a esta gallega que ha logrado hacerse no solo hueco, sino un nombre en el universo yanqui del cómic gracias a su fichaje por Marvel para Doctor Extraño. Y eso es motivo de orgullo, pero ella quería algo más. Como dijo en una entrevista: “Marvel paga bien, pero no es tu obra”.  Así que, bastantes trabajos después, entre ellos la notable y próximamente reseñada Bella Muerte, Emma ha dado a luz a su propia creación. Una obra enteramente suya: dibujo, color y guión… Y el resultado no puede haber sido más satisfactorio.

Noa es una mujer que se siente hombre, Miguel quiere cambiar su cuerpo por algún motivo oscuro relacionado con su pasado y Charlotte… Charlotte simplemente se aburre.  Los tres están en una cafetería cuando unos disturbios provocados por un ataque terrorista a una colonia marciana les obligarán a ir al piso de Charlotte. Ahí estrecharán un poco los lazos y conoceremos algo más, tampoco mucho, de ellos y de sus motivaciones.

Un puntazo a favor es que para hacer toda la parte científica creíble, Emma ha contado con el neurólogo Miguel Alberte Woodhard, quien la ha asesorado y ha escrito un artículo que puede encontrarse al final del tomo. Dentro de la historia esa parte científica se lee bien y se entiende. Logra su propósito, no te saca del argumento y “entiendes”, más o menos, el proceso.

No obstante,  no hay que olvidar que al final, lo que importa siempre en una historia, al margen de su marco temporal o espacial, son los personajes. Sus conflictos, sus decisiones y las relaciones entre ellos.

En I.D. los caracteres vienen bien definidos apenas sin esfuerzo, tanto por gestos del dibujo como por los diálogos, y eso logra meterte de lleno muy pronto en una historia que ya de por sí es atrayente.

Es cierto que en la parte final flota algo de misterio. No se sabe por qué un determinado personaje ha hecho lo que ha hecho, pero no importa. En realidad es hasta un final mejor así, sin saberlo todo de todos.

También es cierto que se podría haber ahondado algo más en todas las repercusiones éticas, y sobre todo, en lo más llamativo: la adaptación tras la operación a un cuerpo que no es el tuyo, y que nos explican que es un proceso de rehabilitación de seis meses en los que debes aprender a respirar, caminar, tragar… Habría sido interesante ver ese aprendizaje plasmado en viñetas.

Como nota curiosa hay que decir que todo el cómic, todo todo todo, esta “construido” (Emma es arquitecta), solo con los colores rojo (en varias tonalidades) y el blanco (en toda su blanquitud).

El dibujo recuerda algo al manga, y es muy bueno y ágil. La composición de viñetas es también un acierto. Sin ir más lejos, la primera hoja, con los círculos, es genial.

Me alegra comprobar que una española triunfa allá y acá y sobre todo merecidamente, y espero poder ponerme al día con su obra cuanto antes.

¡Buen trabajo, Emma!

PD: me debes una puerta como responsable subsidiaria.

@palati77

Autor de Valeria y El diablo da las llaves del cielo

 

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