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Y eso fue lo que pasó, de Natalia Ginzburg

Y eso fue lo que pasó

Y eso fue lo que pasóExistir y, en esa existencia, que te atraviese el dolor. Existir y, sin embargo, rozar un poco el desaliento, la muerte de las emociones o todo lo contrario, como si aquellos sentimientos que sentimos por los otros nos atravesaran como una espada que, dispuesta, nos parte en dos. Existir y, en ese ir y venir de respiración y latidos, observar cómo aquello que nos hacía vivir, que creíamos que nos daba la vida nos la quita, arrancándonos la piel a tiras o haciéndolo nosotros mismos, como seres que se autolesionan en un intento desesperado por controlar ese dolor que tanto aflige. Existir, y en esa existencia, el miedo a no seguir adelante, al abismo, a adelantar el paso y encontrarnos el precipicio. Somos seres que se acercan al vacío, que lo acarician, que sienten la anestesia que un dolor constante surte en el cuerpo, para poco tiempo después provocar una reacción que, en cadena, transforme lo que habíamos vivido cambiándolo de parte a parte. Y eso fue lo que pasó es lo que el dolor hace con la vida, o lo que la vida hace con el dolor. Amasarlo lentamente, moldeando sus extremidades, la cabeza, el armazón que protege su corazón, para evidenciar que la vida, en ocasiones, consigue que el dolor se vuelva físico, se transforme en lectura, se convierta en un estado que, más allá de la mente, recorra el cuerpo como un escalofrío que nos haga llegar a la conclusión de que la huida es sólo una reacción necesaria para sobrevivir.

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Delirio, de David Grossman

delirio

delirioNo hay un momento en el que el ser humano, con todo lo racional que es, no haya tenido un momento de debilidad. Instantes en los que nuestra mente retuerce la realidad y convierte la imaginación en realidad, lo falso en lo cierto, lo irreal en algo tan tangible y concreto como cualquier objeto que vemos a través de nuestros ojos. La inseguridad de ser, de no reconocernos, del engaño futuro que no ha sido provocado, de los pequeños detalles que transformados en una globalidad nos hacen descubrir aquellos pliegues de nosotros mismos que no hubiéramos pensado nunca que pudieran ser ciertos. Y todo a través de la palabra, de la confesión, de un diálogo interno o externo, lo mismo da cuando se superponen, en los que Delirio se mueve continuamente, como un navegante a la deriva que no sabe cómo volver a tierra firme, cuándo sus pies tocarán el suelo que, instantes antes, había supuesto su anclaje con el mundo. David Grossman nos traslada a un mundo que puede ser común – por lo escrito sobre el tema – como lo son los celos, pero lo convierte en una historia donde nos descubrirá mucho más de nosotros mismos de lo que nos pensamos. Porque al leer, a veces, en instantes que pueden parecerse pero que son diferentes entre sí, nos vemos cerrando un libro, respirando fuerte, mientras sentimos cómo el cuerpo se relaja después de haber permanecido en tensión durante todo el relato. Y es que los viajes, los que nos transforman, terminan por agotarnos y dejarnos completamente exhaustos.

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La noche de la Usina, de Eduardo Sacheri

La noche de la Usina

La noche de la Usina“Uno olvida la mayoría de los días. Qué hizo, dónde estuvo, con quién. Tal vez de otro modo no se puede seguir viviendo. Las imágenes serían demasiadas. Pero eso no sucede siempre. Al contrario, hay momentos que no se olvidan nunca.”

Corre el año 2001 en O´Connor, un pueblo situado en la provincia de Buenos Aires. Un frío día del mes de diciembre cientos de familias se ven arruinadas al no poder disponer de su dinero, depositado previamente en los bancos, libremente. Es el fenómeno que fue denominado mundialmente como corralito y es el escenario principal de la nueva novela del escritor argentino Eduardo Sacheri, La noche de la Usina, que ha sido galardonada con el Premio Alfaguara de Novela de este año 2016.

Perlassi, Fontana, Medina, Lorgio, Rodrigo, Hernán y los hermanos López componen el genuino y humilde grupo de amigos protagonista de este libro que mezcla varios elementos propios del thriller con otros de auténtica novela de aventuras. La historia comienza cuando Perlassi descubre una oportunidad de negocio y convence a sus amigos para invertir una gran cantidad de dinero.  Cuanto todos ellos deciden arriesgarse y gastarse todos sus ahorros en este proyecto, Perlassi ingresa todo su dinero en el banco. Poco después, descubren que han sido estafados por el banquero que les atendió y por otro comerciante, llamado Fortunato Manzi, que se aprovechan de la liquidez e inmediatez de su dinero en estos tiempos del corralito. Sin embargo y para que estos culpables paguen por lo que han hecho, deciden tramar un épico plan de venganza.

La noche de la Usina es una novela que combina el humor, la tristeza y la rabia, entre otros temas. El humor irónico de este especial grupo de amigos, con los que es muy fácil conectar a lo largo de la novela, la tristeza que sienten al descubrir que han sido estafados y la rabia que les lleva a la venganza al ver frustradas todas sus aspiraciones. Porque de esto es de lo que trata, al fin y al cabo, esta novela. De la venganza de la clase trabajadora ante la injusticia y la ambición de un grupo de personas sin escrúpulos que no dudan en aprovecharse de la situación y abusar de los más débiles, de aquellos sin poder que no tienen posibilidades. Unos hijos de puta, según Sacheri, a los que se hace especial alusión en numerosos capítulos del libro, que no son conscientes de que lo son. Unas personas que piensan que todos haríamos lo mismo en su situación. De esta manera, el autor nos hace reflexionar acerca de la moral humana y de lo que nos lleva a actuar como actuamos, corran los tiempos que corran y a pesar de que las circunstancias sean difíciles.

Autor de la novela El secreto de sus ojos, cuya adaptación cinematográfica le valió el Oscar a Mejor Película de Habla Extranjera en el año 2009, Eduardo Sacheri retrata magistralmente en este libro el trasfondo del periodo del corralito bancario en una original y brillante historia con elementos de suspense, política, humor irónico y rabia. Con un lenguaje sencillo y descriptivo nos acerca la realidad de la crisis económica en la Argentina de principios de siglo a través de capítulos cortos pero intensos. Una novela de ritmo ágil cuya espectacular resolución destaca en la misma por combinar la acción, la amistad, la tensión y la rabia en una sola noche. Una noche legendaria y secreta que a ningún lector dejará indiferente. Una noche que ningún lector podrá olvidar: La noche de la Usina.

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Mujeres de agua, de Antonia J. Corrales

Mujeres de agua

Mujeres de aguaEstamos vivos, pero a veces lo olvidamos. Como quien no recuerda que una vez amó o fue amado, que sintió dolor o alivio, que vivió con placer o agonía. Moviéndonos continuamente como las olas que, en un mar de tormenta, zarandea nuestros cuerpos. Pero la paradoja está en que ahí, en ese movimiento fortuito y violento, también sentimos. Y lo hacemos porque no sabemos hacer otra cosa, porque vivir es precisamente eso, porque sentir es lo único que no nos enseñan y para lo que no estamos preparados. Estamos vivos, pero a veces lo olvidamos. Como si una amnesia selectiva se instalara en nuestros huesos, como si los músculos que hace tiempo nos sostenían fueran hoy simplemente arena que se escapa entre los dedos. Y la mentira se transforma en verdad, a veces, cuando leemos. Mujeres de agua es la vida de tres mujeres, pero bien podría ser la vida de todas aquellas personas que amaron por encima de sus posibilidades, por encima del amor mismo, mientras el corazón que late con fuerza sacude nuestro pecho e inunda, con el nerviosismo de aquellos que empiezan a caminar, los poros que deben servir para sofocarnos. Estamos vivos, pero a veces lo olvidamos. Y Antonia J. Corrales está dispuesta a hacernos recordar. Que no se pierdan esos momentos que vivimos, que sentimos, que nos dolieron, mientras la vida se paseaba por las calles intentando encontrar el sentido que le llevara a un lugar que pudiera llamar hogar. Ese recinto en el que nos reencontremos y donde podamos decir, sin miedo a olvidarnos, que estamos vivos de nuevo.

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Las cosas que perdimos en el fuego, de Mariana Enríquez

las cosas que perdimos en el fuego

las cosas que perdimos en el fuegoDolor. Y después el silencio. El que se queda pegado a la garganta, a la frontera entre nuestra necesidad de seguir leyendo o dejarlo para otro momento. Y un dolor sordo que vuelve, que no se sabe traducir, pero que al final encuentra cualquier recoveco para salir por cualquiera de nuestros poros. Una especie de tiniebla que se cierne sobre el cuerpo, que lo anega, o que simplemente es el resultado de rozar la locura de los personajes, el reverso tenebroso de todos nosotros, de una ciudad que guarda en su interior la parte más oscura, esa que guardan las sombras, que no queremos mirar, pero que Mariana Enríquez nos enseña. Dolor. Eso se siente, se padece, se encuentra, en Las cosas que perdimos en el fuego, en ese fuego que nos abrasa, o que simplemente nos calienta cuando el frío ya ha calado tan hondo en nuestros huesos que es imposible separarlo de nosotros. Y ahí, agazapado intentando salir a la luz, como sucede siempre, el dolor o el simple entumecimiento de la piel, del alma, que se presta a abrazarse a la locura, o a la realidad que no deja de ser otra forma de lo mismo, de esa mentalidad perturbada que nos habla a veces. Porque ¿quién de todos nosotros es el más loco de este entramado de pasiones y casas derruidas? ¿Quién tiene la potestad de decir que, al leer, uno no puede encontrarse reconocido en aquello que no queremos nombrar? ¿Qué tiene la realidad que, de tan insana, nos acaba hipnotizando como lo hacen estos cuentos?

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La gran patraña, de Trillo y Mandrafina

la gran patraña

la gran patraña

Mucha, pero que muchísima suerte, estoy teniendo últimamente con los cómics, y con ello un sin parar de alegrías para los ojos. De un tiempo a esta parte aparecen cómics que me llaman por lo visual y que además encierran en sus páginas argumentos muy atractivos, como es el caso del tebeo de hoy. En cuanto vi su portada supe que iba a ser bueno, y eso que no sabía nada de él, de su premiado pasado ni de su contenido, pero una ojeada en la librería me decidió rápidamente. Pim pam. El veredicto fue instantáneo: un pedrusco, así de claro. Un puto diamante en bruto con grafismo de Mandafrina y narración del difunto Trillo, con la que este ganó el premio al mejor guion en el prestigioso Festival de Angulema. ¡Puro arte! Hala, para casa con él.

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El club de la lucha 2, de Chuck Palahniuk y Cameron Stewart

El-club-de-la-lucha-2Lo sé porque Tyler lo sabe.
Sabe cómo fabricar explosivos con tu desayuno. Es un artista elaborando jabón con la repugnante grasa sobrante de las liposucciones. ¡Lávate con la baja autoestima de otros! Tyler odia la vorágine obscena de consumismo que nos bombardea a diario desde la televisión y las revistas. Porque tú no eres los pantalones que te pones.

¿Por qué lo sé? Porque Tyler lo sabe.
De igual forma que sé que la primera regla del club de la lucha es que no se habla del club de la lucha. Una regla que hay que incumplir si queremos más acólitos para nuestro culto. Una secta de hombres frustrados, de guiñapos andantes, de perdedores aquejados de insomnio que jamás serán estrellas del rock y que deben acostumbrarse a vivir su mísera vida de ciudadano de clase media. Pero mediante la violencia más primaria apaciguarán ese fuego opresivo que les quema las entrañas por su tan planeado fiasco de vida.

El primer puñetazo que propines quebrará tus nudillos y te mostrará el camino. La primera muela arrancada de raíz te hará libre. El tabique nasal aplastado y la sangre corriendo a borbotones por tu garganta no es más que un mensaje: el dolor solo duele y tienes que tocar fondo para poder evolucionar. Ahora estás preparado para el proyecto Estragos.
¿Por qué lo sé? Porque Tyler lo sabe.

Si todo esto te suena a chino, deslízate, sal de tu cueva y lee El club de la lucha; y luego vuelve. Si, en cambio, esa tarea ya la tachaste de tu lista de cosas pendientes antes de morir, entonces quédate, porque vamos a asistir al tan esperado, y temido, regreso de Tyler Durden, el nihilista más acérrimo de la literatura, al cual, esta vez, la palabra anarquía se le ha quedado pequeña.

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El viejo del puente, de Ernest Hemingway

El viejo del puente

El viejo del puenteDecía Hemingway que basta contar una octava parte de la historia y dejar que el lector rellene los huecos con sus interpretaciones y sentimientos. Como un iceberg que solo asoma la punta, pero que esconde bajo el agua toda su grandeza. El viejo del puente es un ejemplo perfecto de ese peculiar estilo narrativo: un relato corto que cuenta la conversación entre un soldado republicano y un anciano sentado en un puente, mientras centenares de campesinos huyen de una ofensiva fascista. Durante su época de corresponsal de guerra para Ken Magazine, Hemingway plasmó este momento, que a simple vista parece anecdótico, para explicar la caída de Teruel durante la Guerra Civil española. Sigue leyendo El viejo del puente, de Ernest Hemingway

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Boy 21, de Matthew Quick

Boy 21

El ser humanBoy 21o es un recipiente capaz de albergar un torbellino de sentimientos que sistemáticamente y a lo largo de los años moldearán su personalidad. Pero tal vez es en la adolescencia cuando esos sentimientos, esas sensaciones que se agolpan en el pecho y en la cabeza se tornan tan caóticas y confusas que pueden hacerte perder la razón o dejarte casi sin habla. Si a la fórmula le añadimos espinillas, una autoestima más volátil que la nitroglicerina y la necesidad, casi auto-impuesta, de relacionarse con más individuos que están pasando por la misma situación el resultado puede ser catastrófico.

Yo fui de los que se tragaba sus sentimientos aun a riesgo de atragantarse con ellos. Aún lo hago, en menor medida; pero ahora casi siempre puedo digerirlos. Esto me lleva a la certeza de que Matthew Quick, autor de la novela que hoy nos ocupa, también formaba parte del grupo de los taciturnos en su época estudiantil. A esta aseveración (revelación casi) he llegado tras leer su última novela: Boy 21. En ella nos habla de Finley, un muchacho que calla más que habla y al cual le encanta jugar al baloncesto. Su lugar de residencia, Bellmont, es esa clase de pueblo en el que a pesar de haber coches, ordenadores, móviles y todo lo que conlleva vivir en este siglo parece haber quedado estancado en el viejo oeste ya que la mafia irlandesa es la que dicta las reglas con mano férrea y no cumplirlas significa pagar las consecuencias; la mayoría de veces con intereses.
Por añadidura, en esta población, las drogas son tan habituales como las palizas y los conflictos raciales están a la orden del día. Así pues Finley, que es el único blanco en el equipo de baloncesto de su instituto, que además vive con su padre, al que apenas ve pues trabaja de noche, y con su abuelo, un tullido al que le gusta empinar el codo, no es de extrañar que no le guste charlar animadamente y que sea difícil verlo sonreír.

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Ragnarök: El último dios en pie. 1, de Walter Simonson

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Que la mitología nórdica me encanta es algo que ya he dicho repetidas veces en LyL. Es imposible que no te guste a medida que te vas adentrando en sus profanidades. Le da mil vueltas a las sosas correrías de Jesús y sus doce compadres, así como a toda la Biblia.

Las aventuras de Thor, en su vertiente de dios nórdico, no la de Vengador, son muy muy buenas, y es aquí en donde Walter Simonson ha sido uno de los autores que mejores cómics de Thor ha hecho. La saga de Surtur, La balada de Bill Rayos Beta, La lucha por Asgard y Balder el Bravo, son maravillas que deben leerse si se es fan del dios del trueno y/o de los mitos escandinavos.

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En pleno verano, de Zsuzsa Bánk

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Hay libros que te exigen rapidez, no prestar atención a los detalles, ir al grano y sumergirte en una buena historia. Que te metas de lleno, que te creas todo lo que te dice sin dudar, que devores sus páginas porque estás atrapado en ellas y seguir el único camino que tienes, que no es sino seguir leyendo para averiguar cómo va a acabar el drama.

Y después hay otros para leer con calma, con paz y tranquilidad, parándote en cada palabra, sabiendo que tanto autor como traductor han dedicado tiempo a escoger esa palabra, esa precisamente y no otra para encajarla ahí. Libros para degustar en tu sillón favorito, con tu té y tus galletitas o con tus ocho cajas de donuts de chocolate untados en nocilla y acompañados de un sabroso y caliente chocolate a la taza. Libros para disfrutar solo, sin nada que te distraiga, sin ninguna prisa. Que el mundo pare para que puedas paladear cada frase.

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El beso del canguro, de Eugenia Rico

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el-beso-del-canguroUno nunca sabe cuándo se va a encontrar un libro que le guste. Llamadlo suerte, llamadlo ser afortunado, pero afortunadamente, en esto de las reseñas, uno tiene la libertad de leer lo que le apetezca, más allá de contratos abusivos y de intereses creados. Al fin y al cabo, en esto del mundo literario siempre tiende a haber algo de pantomima y de cierta picaresca que, al ser estudiada de una forma más intensa, uno empieza a ser consciente de las relaciones que se establecen. Pero como decía, uno nunca sabe cuándo se va a encontrar un libro que le guste. Que le guste y que piense que lo que le están contando está bien escrito, o bien argumentado, o al menos que tiene el suficiente interés como para pasar de las primeras páginas y llegar al final. El beso del canguro no fue un libro por el que me interesara en un principio. Hay que decirlo, ser sincero con uno mismo, para entender que después de empezar su lectura, entendí el por qué de algunas recomendaciones de personas a las que tengo en alta estima. Y así, entre andanzas, gotas que caen y vidas ajenas, descubro de nuevo a Eugenia Rico como una de esas voces que no se callan nada y que permiten al lector hacer un viaje al inframundo, o si se prefiere a un limbo que, aun sin existir en el colectivo religioso, permite que estemos entre dos lugares diferentes: el cielo y el infierno de la literatura. Y ahora entenderéis por qué.

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