
Y otra vez más tenemos con nosotros al siempre alegre y siempre dispuesto a echarse unas risas, el murciélago de Gotham. ¿Y por qué? Esta vez su presencia es debido a que para la publicación de El regreso del Caballero Oscuro: La raza superior, a los mandamases de DC se les ocurrió que Miller ideara una precuela del mítico, soberbio y reverenciado El regreso del Caballero Oscuro, una de sus interpretaciones más “serias”.
La última cruzada está situada diez años antes de El regreso del Caballero Oscuro, en cuyo argumento se nos contaba cómo Batman volvía a enfundarse el traje tras una década retirado de las calles y es en cierto modo una explicación al porqué de ese retiro.
Batman se siente cansado. Normal. Una vida en la que de día haces el paripé de ser un ricachón, asistes a reuniones, haces contactos, comidas de negocios, tardes de cócteles, cenas de gala, estrenos de cine, óperas o lo que toque, más añádele a eso el entrenamiento diario (que diario quiere decir todos los días, no uno sí y otro no). Y ya si encima tienes un Robin a cargo apaga y vámonos. Yo no podría ser Batman. Como iba diciendo, nota cómo el tiempo y los golpes hacen mella en él, “envejecer es un asco” llega a decirle en una viñeta a Alfred, y más adelante, un Bruce Wayne más “humano”, más íntimo y cercano, confiesa a Selina, exCatwoman, que se siente viejo y lento, e incluso que siente su mortalidad.
Por eso quiere retirarse, quedarse sólo con la faceta de Bruce Wayne, pero no puede hacerlo todavía. Está preparando a Jason, su actual Robin, para ocupar su lugar y no le ve aún listo para ello. Es temperamental, impaciente, y, aunque reconoce que es mejor que él a su edad, en lo de ser detective es algo tosco. No puede ceder el testigo todavía. Batman quiere esperar más tiempo, enseñarle más, entrenarle más, asegurarse de enseñarle todo lo que sabe… Pero, sinceramente, conociendo a Batman como le conocemos, siempre aspira a la perfección y, si las circunstancias no lo precipitaran, Jason nunca acabaría su entrenamiento.
¿Qué decir de Frank Miller? Para mí es como si fuera el padre de Batman. El creador. Sí, ya sé, ya sé, puristas. Fueron Bob Kane y Bill Finger, pero realmente de ellos poco he leído y lo que he leído no es para echar cohetes. Tenían a su criaturita en pañales, con tramas inocentes, por no decir infantiles, así que como padres biológicos los acepto, pero tito Miller es quién realmente le (y me) ha educado.
Que conste que también me gustaron las historias de Loeb y Sale. Dark Victory, El largo Halloween, por nombrar algunos de entre los muchos títulos, son grandes obras que ocupan un lugar muy alto en mi ranking del murciélago. Pero Miller es quien de verdad redefine al personaje. Lo hace suyo, lo mitifica, lo engrandece y humaniza. Año uno y El regreso del Caballero Oscuro son la cima del personaje. También aporta su porcentaje de cagadas, claro, como El contraataque del Caballero Oscuro, y un muy criticado (aunque a mí me encanta por lo inesperado, desconocido y por la ida de olla de Batman) All Star Batman.
Miller conoce al personaje como si lo hubiera parido, porque lo ha parido. Y es él quien hace y deshace en su universo. No obstante, al igual que está sucediendo en La raza superior, Azzarello también ha participado en el guión, lo cual no hace sino reforzar una historia ya de por sí buena.
El dibujo está bien, pero no me ha gustado nada el Joker. No tiene la cara estilizada que suele tener. La tiene más ¿redondeada? Y, por otra parte sus apariciones son poco menos que desconcertantes. ¿Qué hace? No. Más bien… ¿cómo lo hace? ¿Qué coño dice? ¿Alguien le entiende?
¿Pero el cómic está bien? Sí. ¿Merece la pena? Mucho, porque, aunque realmente no hacía falta una precuela, siempre mola ver a un Batman crepuscular, herido, humano, al que se le viene el mundo encima, un Batman milleriano casi vencido pero no derrotado, un Batman a cuya cabeza y pensamientos podemos y nos gusta acceder y a quien dirige uno de sus mejores conocedores.
Una historia que explica parte de otra historia mitiquísima, que amplía la visión de conjunto del personaje y de su tragedia personal.
Sin ninguna duda, un cómic que todo batmaníaco debe leer.

Hablar de 
Lefty es zurdo. Mentira. Lefty no es zurdo. Tan solo es un pianista que estuvo a punto de convertirse en alguien. No en una superestrella, no en un Glenn Gould; simplemente en alguien capaz de destacar del montón de los nadies. Ahora Lefty es un fracasado que vuelve a la ciudad de la que huyó, la que le dio esperanzas y se las arrebató cuando a punto estaba de conseguirlo. Ahora Lefty necesita dinero para operarse la mano y así, quién sabe, algún día tal vez, poder volver a tocar el piano y recuperar lo que nunca llegó a alcanzar.
Vivimos al fondo de unos ojos. Una mirada que son un reflejo nuestro. Que a veces nos dan significado, otras en cambio nos lo quita, pero que siempre nos dicen algo aunque nosotros lo único que queramos es ese silencio que se agolpa en la garganta y que deja todo en suspenso. La mirada, esos ojos de una madre, el cuerpo que nos ha dado la vida, que nos acompaña en momentos que no hubiéramos creído nunca posibles, pero también hacedoras de tragedias y dramas, de palabras que no se entienden o incluso de amores destinados al fracaso. La relación madre – hija, en la literatura, siempre ha tenido un peso específico, ha sido motivo para escribir grande y no tan grandes novelas, uno de esos temas tan universales que, como el amor, casi todo el mundo ha vivido en sus carnes. Me llamo Lucy Barton es, por tanto, la historia de la protagonista de esta novela, pero también lo es de la relación que dos cuerpos conservan durante cinco días y cinco noches y de todos aquellos silencios que permanecieron entre las sábanas de una casa llena de ruido y que ahora se transforma en un sonido hueco, como si la respiración se cortara, cuando es el miedo y la desconfianza la que ha ganado la batalla al cariño. Vivimos, decía, al fondo de unos ojos. Que nos miran, nos juzgan, nos reconocen y nos dan una integridad dentro del caos que gobierna la realidad. Unos ojos que ya no serán lo que fueron, pero que seguirán allá donde vayamos.
Cuando recibes el libro de un autor que no conoces tienes dos opciones: o investigar sobre él – aunque solo sea leer la solapa del libro con sus datos biográficos – y saber quién es o dónde ubicarlo; o, por otro lado, olvidarte de todo ello y empezar a leer, con el menor número de prejuicios posible. Iba a decir sin prejuicios, pero creo que eso es inevitable.
Si en su momento Batman y Superman ya tuvieron (y siguen teniendo) su Tierra Uno ahora es el turno de la 


Vivimos en una sociedad mucho más igualitaria que décadas atrás. Hoy en día, las discriminaciones por género, clase social o raza son hechos esporádicos que saltan a los titulares de unos medios de comunicación que se escandalizan ante conductas tan retrógradas. Nadie está sentenciado por nacer hombre o mujer, rico o pobre o blanco o negro, porque todos tenemos la libertad de decidir nuestro destino. Así que si mañana me dijeran que me voy a reencarnar en una mujer, diría que sin problemas, que ya tengo años de experiencia; incluso si me tocara ser mujer, pobre y negra, firmaría. ¿Vosotros no?
¡Sí se puede! Habéis vivido por encima de vuestras posibilidades. ¡Este desahucio lo vamos a parar! ¿Burbuja inmobiliaria? Eso no existe. ¡Dación en pago! Sí, no se preocupe, todo irá bien, firme aquí. ¡No nos mires: Únete! Alquilar es tirar el dinero. ¡Ni gente sin casa, ni casas sin gente! Yo no tengo la culpa, solo hago mi trabajo. ¡No es una crisis, es una estafa! A nadie se le obligó a firmar. ¡Sí se puede! ¡Sí se puede! ¡Sí se puede!




Te voy a poner en situación. La situación que me llevó a conocer este libro, Un gato callejero llamado Bob, leerlo, disfrutarlo y, ahora que se ha reeditado en nuevo formato más barato, cómodo y práctico de meter en el bolsillo trasero de los vaqueros, reseñarlo para ti.