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El regreso del caballero oscuro: La última cruzada, de Miller y Azzarello

la ultima cruzada

la ultima cruzadaY otra vez más tenemos con nosotros al siempre alegre y siempre dispuesto a echarse unas risas, el murciélago de Gotham. ¿Y por qué? Esta vez su presencia es debido a que para la publicación de El regreso del Caballero Oscuro: La raza superior, a los mandamases de DC se les ocurrió que Miller ideara una precuela del mítico, soberbio y reverenciado El regreso del Caballero Oscuro, una de sus interpretaciones más “serias”.

La última cruzada está situada diez años antes de El regreso del Caballero Oscuro, en cuyo argumento se nos contaba cómo Batman volvía a enfundarse el traje tras una década retirado de las calles y es en cierto modo una explicación al porqué de ese retiro.

Batman se siente cansado. Normal. Una vida en la que de día haces el paripé de ser un ricachón, asistes a reuniones, haces contactos, comidas de negocios, tardes de cócteles, cenas de gala, estrenos de cine, óperas o lo que toque, más añádele a eso el entrenamiento diario (que diario quiere decir todos los días, no uno sí y otro no). Y ya si encima tienes un Robin a cargo apaga y vámonos. Yo no podría ser Batman.  Como iba diciendo, nota cómo el tiempo y los golpes hacen mella en él, “envejecer es un asco” llega a decirle en una viñeta a Alfred, y más adelante, un Bruce Wayne más “humano”, más íntimo y cercano, confiesa a Selina, exCatwoman, que se siente viejo y lento, e incluso que siente su mortalidad.

Por eso quiere retirarse, quedarse sólo con la faceta de Bruce Wayne, pero no puede hacerlo todavía. Está preparando a Jason, su actual Robin, para ocupar su lugar y no le ve aún listo para ello. Es temperamental, impaciente, y, aunque reconoce que es mejor que él a su edad, en lo de ser detective es algo tosco. No puede ceder el testigo todavía. Batman quiere esperar más tiempo, enseñarle más, entrenarle más, asegurarse de enseñarle todo lo que sabe… Pero, sinceramente, conociendo a Batman como le conocemos,  siempre aspira a la perfección y, si las circunstancias no lo precipitaran, Jason nunca acabaría su entrenamiento.

¿Qué decir de Frank Miller? Para mí es como si fuera el padre de Batman. El creador. Sí, ya sé, ya sé, puristas.  Fueron Bob Kane y Bill Finger, pero realmente de ellos poco he leído y lo que he leído no es para echar cohetes. Tenían a su criaturita en pañales, con tramas inocentes, por no decir infantiles, así que como padres biológicos los acepto, pero tito Miller es quién realmente le (y me) ha educado.

Que conste que también me gustaron las historias de Loeb y Sale. Dark Victory, El largo Halloween, por nombrar algunos de entre los muchos títulos, son grandes obras que ocupan un lugar muy alto en mi ranking del murciélago. Pero Miller es quien de verdad redefine al personaje. Lo hace suyo, lo mitifica, lo engrandece y humaniza. Año uno y El regreso del Caballero Oscuro son la cima del personaje. También aporta su porcentaje de cagadas, claro, como El contraataque del Caballero Oscuro, y un muy criticado (aunque a mí me encanta por lo inesperado, desconocido y por la ida de olla de Batman) All Star Batman.

Miller conoce al personaje como si lo hubiera parido, porque lo ha parido. Y es él quien hace y deshace en su universo. No obstante, al igual que está sucediendo en La raza superior, Azzarello también ha participado en el guión, lo cual no hace sino reforzar una historia ya de por sí buena.

El dibujo está bien, pero no me ha gustado nada el Joker. No tiene la cara estilizada que suele tener. La tiene más ¿redondeada? Y, por otra parte sus apariciones son poco menos que desconcertantes. ¿Qué hace? No. Más bien… ¿cómo lo hace? ¿Qué coño dice? ¿Alguien le entiende?

¿Pero el cómic está bien? Sí. ¿Merece la pena? Mucho, porque, aunque realmente no hacía falta una precuela, siempre mola ver a un Batman crepuscular, herido, humano, al que se le viene el mundo encima, un Batman milleriano casi vencido pero no derrotado, un Batman a cuya cabeza y pensamientos podemos y nos gusta acceder y a quien dirige uno de sus mejores conocedores.

Una historia que explica parte de otra historia mitiquísima, que amplía la visión de conjunto del personaje y de su tragedia personal.

Sin ninguna duda, un cómic que todo batmaníaco debe leer.

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Cartero, de Charles Bukowski

Cartero

CarteroHablar de Charles Bukowski es hablar de realismo. Realismo sucio, que podría definirse como el movimiento literario estadounidense surgido en la década de los 70 y que se caracteriza por representar fielmente la realidad —sobre todo en contextos urbanos—, y por no escatimar en las descripciones de los aspectos humanos más sórdidos. Así es la literatura de Bukowski, realista y sucia. Siempre he pensado que es la decadencia hecha palabra. Sus historias empiezan mal, pero acaban peor.

Cartero cuenta la historia de Henry Chinaski, el álter ego del escritor al que suele recurrir para hacer de sus historias obras semi-biográficas. A Chinaski le conocemos de otros libros, como Factotum o Hollywood. No creo que Bukowski tenga miedo de contar una historia biográfica, en la que él sea protagonista. Pero elegir un álter ego que permita ver claramente que es el propio escritor el que está dentro de esas páginas, es un recurso muy inteligente a mi entender. Sinceramente, no sé si compraría un libro autobiográfico de Bukowski, en cambio, me basta con leer el resumen de las historias de Chinaski para decidirme a tenerlas en mi estantería.

Chinaski es un montón de vicios personificado. Bebe incluso más de lo que admite, fuma como si no hubiera mañana, cosifica a las mujeres a través del sexo y le gusta demasiado apostar el dinero que no tiene en el hipódromo. Es una persona desgraciada y la encarnación de los sueños frustrados. Chinaski nunca ha querido ser cartero, sabe que va a ser un empleo temporal, pero ahora necesita el dinero y se conforma con lo que sea. Pronto dejará a ese jefe que le manda a los peores barrios de la ciudad; dejará las calles llenas de perros rabiosos, de vecinos locos que le miran a través de la mirilla y le chillan improperios. Todo eso será pasajero. Ahorrará un poco de dinero y se dedicará a otra cosa; a escribir, por ejemplo. Pero sus borracheras encadenadas, sus apuestas y sus idas y venidas con las peores mujeres de la ciudad, harán que el poco dinero que va ganando acabe en el bolsillo de otro. Sin darse ni cuenta, dedicará más de once años de su vida a ese trabajo que odia y que le hace tan infeliz.

Cartero habla de los sueños frustrados. Del círculo vicioso que se forma cuando tu vida es depresiva y no puedes salir de ella para perseguir tus metas. Habla del conformismo, de la inseguridad de un personaje que podría aspirar a mucho, pero que al final no llega a nada. Habla de lo fácil que es vivir con los vicios como únicos amigos, de lo bonita que se ve la vida detrás de una copa de vino y de lo amarga que sabe cuando la resaca llama a la puerta.

Chinaski siempre me ha recordado un poco al niño de El guardián entre el centeno, pero ya crecidito. Cuando lo leí también tuve esa sensación de angustia; lo pasé mal al ver cómo un personaje con una mente excepcional estaba echando su vida a perder por culpa de sus vicios. Como decía al principio: la imagen de la decadencia. Bukowski te plantea una historia que comienza mal, te presenta a un personaje desgraciado, hundido y, más que sin futuro, sin presente. Cuando empieza a desarrollarse el libro, esperas que al pobre protagonista le empiecen a ir mejor las cosas. Piensas “ya es hora, a ver si consigue dejar ese trabajo de mierda y hacer algo con su vida” (Ojo, no estoy diciendo que el ser cartero sea un trabajo horrible. Eso lo piensa Chinaski. Él te hace creer que ser cartero es una de las peores cosas a las que podría aspirar una persona estadounidense). Pero las páginas se suceden y ves que la vida del protagonista no va a mejor, que empieza a caer en picado y sin remedio. Y llega un momento del libro en el que te das cuenta de que Chinaski está destinado a ser un fracasado toda su vida. Y no puedes hacer más que apenarte por esa mente brillante tirada a la basura.

Lo admito: me encanta Bukowski. Me gusta que sus historias no sean perfectas, que muestre la vida de personas que todos conocemos, pero de puertas para afuera. Que enseñe lo fácil que es dejarse llevar por los vicios y las consecuencias desastrosas que suelen llevar aparejados. Me gusta ser cómplice de la sensación que tiene una persona cuando sabe que lo ha perdido todo. Me conmueve entenderle y a la vez me enfada verme a mí misma pensando que él se lo ha buscado. Como decía un buen amigo mío, “Bukowski tiene la extraordinaria habilidad de convertir la resaca en un arte”.

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Cuentas pendientes, de Sergi Álvarez y Sagar

cuentas pendientes

cuentas pendientesLefty es zurdo. Mentira. Lefty no es zurdo. Tan solo es un pianista que estuvo a punto de convertirse en alguien. No en una superestrella, no en un Glenn Gould; simplemente en alguien capaz de destacar del montón de los nadies.  Ahora Lefty es un fracasado que vuelve a la ciudad de la que huyó, la que le dio esperanzas y se las arrebató cuando a punto estaba de conseguirlo. Ahora Lefty necesita dinero para operarse la mano y así, quién sabe, algún día tal vez, poder volver a tocar el piano y recuperar lo que nunca llegó a alcanzar.

Dee-dee es muy alto. Mentira. Dee-dee es casi un enano. Un jockey que sueña con comprar un caballo en el que ha hipotecado sus sueños de futuro y sus esperanzas de correr con él y apostar a su favor.

El dinero apesta. No es mentira. Es la única verdad. Es la verdad. En una ciudad en la que, como en todas, la corrupción es el pan de cada día, siempre latente y no siempre vista por los nadies, el dinero es el motor del mundo. No el amor, no el sexo: dinero. Dinero, dinero y más dinero. Siempre es y será el motivo. Teniendo dinero, lo demás ya vendrá.

Lefty y Dee-dee necesitan dinero para poder ser la versión de Lefty y Dee-dee  felices. Para cumplir sus planes, pero ahora el plan primero es atracar el furgón que lleva la recaudación de una subasta de arte.

-¿Esta es una historia negra?

-Por supuesto que lo es, ¿lo dudabas, muñeca? Por eso siempre algo tiene que torcerse. Es una de las reglas básicas. Es LA regla por excelencia. Es la puta ley de Murphy brillando en todo su esplendor. Si algo puede salir mal, saldrá mal. No hay más que hablar. Es tajante. La mantequilla se va a la mierda. El atraco, también.

-Pero…

-Sí. Hay más implicados. El secuestro involuntario de un mocoso, una exputa que no da el perfil de mujer fatal y a la que su chulo persigue, unas elecciones locales y cuadros y galerías de arte.

-¿Y sexo?

-¿Estás escuchando algo de lo que estoy diciendo, muñeca?

-…

-Hay flashbacks, y un ambiente muy de película en blanco y negro, muy de Richard Widmark, aunque no del todo fatalista. Sabes que va a haber un desenlace del que nadie saldrá bien, pero no estás constantemente tenso. Hay momentos de relax, sobre todo con un niño y el café…

-¿Chicago?

-Ya te he dicho que no importa la ciudad, la ciudad es lo de menos, todas son igual de corruptas, sucias y asfixiantes. El caso es que parece ser que Lefty ya había pisado por este mundo,  Lefty y posiblemente algún otro personaje más salido de Bajo la piel, pero da igual, nena, no te hará falta leerlo para disfrutar de Cuentas pendientes, no tengo la impresión de haberme perdido nada por el camino, ¿entiendes?

-No.

-Es igual, no sé porque pierdo el tiempo contigo. Lo más curioso es como en algunas viñetas se crea el movimiento. En una misma viñeta Lefty puede tener tres brazos: uno de ellos, el izquierdo, sostiene una copa y los otros dos son el derecho yendo a coger una botella y a la vez sirviéndose en el vaso.

-Dame un cigarro…

-No deberías, muñeca, se te forman arrugas en la boca. ¿Y sabes lo más curioso? Aparte de ser un relato negro por los cuatro costados y del dibujo, que a veces tiene un estilo a lo clásico americano y otras resulta muy innovador; aparte de ser una buena historia, con un montón de tramas cruzadas y otras a punto de cruzarse, de tener bien definidos a los personajes y sus motivaciones, sus dudas, la catadura amoral de algunos… lo que me gustó sobre todo fue ese final. Muchos dirán que se lo esperaban.  Mentirosos. Yo no voy a mentirte. No lo esperaba, y me encantó, nena. Me encantó. Tanto como ver a Robert de Niro pelando un huevo duro.

-¿Un huevo?

-¡Sí, mujer! ¡Un huevo! ¡El corazón del ángel!

– …

-De verdad que a veces me sacas de mis casillas. Es una película.

-Ah.

-Bueno. Que te leas el cómic que es muy de nuestro estilo, de nuestras vidas en blanco y negro, con humo, alcohol, problemas, muertos y corrupción, desilusión, desolación y alguna alegría de vez en cuando. Y dinero, claro.

-Lo haré. Dame fuego.

-Y sobre todo atenta al final…

-Ven de una vez y dame fuego.

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Me Llamo Lucy Barton, de Elizabeth Strout y Flora Casas Vaca

me llamo lucy barton

me llamo lucy bartonVivimos al fondo de unos ojos. Una mirada que son un reflejo nuestro. Que a veces nos dan significado, otras en cambio nos lo quita, pero que siempre nos dicen algo aunque nosotros lo único que queramos es ese silencio que se agolpa en la garganta y que deja todo en suspenso. La mirada, esos ojos de una madre, el cuerpo que nos ha dado la vida, que nos acompaña en momentos que no hubiéramos creído nunca posibles, pero también hacedoras de tragedias y dramas, de palabras que no se entienden o incluso de amores destinados al fracaso. La relación madre – hija, en la literatura, siempre ha tenido un peso específico, ha sido motivo para escribir grande y no tan grandes novelas, uno de esos temas tan universales que, como el amor, casi todo el mundo ha vivido en sus carnes. Me llamo Lucy Barton es, por tanto, la historia de la protagonista de esta novela, pero también lo es de la relación que dos cuerpos conservan durante cinco días y cinco noches y de todos aquellos silencios que permanecieron entre las sábanas de una casa llena de ruido y que ahora se transforma en un sonido hueco, como si la respiración se cortara, cuando es el miedo y la desconfianza la que ha ganado la batalla al cariño. Vivimos, decía, al fondo de unos ojos. Que nos miran, nos juzgan, nos reconocen y nos dan una integridad dentro del caos que gobierna la realidad. Unos ojos que ya no serán lo que fueron, pero que seguirán allá donde vayamos.

Uno nunca sabe las razones que hacen que un libro le guste. A veces es el autor, otras la temática, otras la confianza ciega en la editorial, o quizás sea simplemente un momento vital, una palabra que, leída en la sinopsis, hace que un resorte salte y ese libro le diga algo que esperaba encontrar desde hace mucho tiempo. Me llamo Lucy Barton habla de la vida, así en general y sin ser nada específicos, porque al fin y al cabo las relaciones que mantenemos con lo que nos rodea es siempre un motivo suficiente para mostrarse en un argumento. Pero también es la historia de dos silencios que se mantuvieron durante demasiado tiempo. Cierto es que lo que nos cuenta Elizabeth Strout en esta novela es el encuentro entre dos personas, pero será en sus conversaciones – y en los pensamientos que se entrecruzan en sus diálogos – donde residirá la importancia de verse y reflejarse en un cuerpo que hace mucho tiempo nos dio la vida. Y por extensión, y que es uno de esos elementos que a mí más me ha gustado en la obra, la reconstrucción de toda una época, de una ciudad, de un contexto social como es el del sida, el de la caída de las Torres Gemelas, la de las calles que hervían con los gritos de la gente, con la necesidad de hacer valer unos derechos, como si fuera un paseo por nuestra verdad y nuestra mentira. No hay que olvidar que la sociedad se ha regido siempre por esa mezcla entre falacia y verdad para poder sobrevivir.

Pero si de algo se alimenta a la perfección Me llamo Lucy Barton es de navegar entre las aguas de la desconfianza y del apego, del cariño y la desesperación, de la introversión y la locura, mientras Elizabeth Strout nos presenta un cuadro, pequeño en sus dimensiones pero con mucho más análisis del que pueda parecer a simple vista, en el que nos perdemos casi sin darnos cuenta. ¿Una humilde opinión? Quizás esperaba un poco más de drama, de menos contención en sus formas, aunque es sobre todo en su parte final donde la autora consigue recoger aquellos fragmentos que habían quedado desperdigados por el suelo para intentar recomponer lo que ya llevaba roto tantos años. Porque no hay que olvidar que las relaciones, la familia, los engranajes que hacen que la misma sangre se una y se aleje como si fueran polos opuestos e iguales a la vez, son tan complicadas que sería imposible explicarlas en toda su esencia. Se escribirán muchas más historias sobre el mismo tema. Sin embargo, me quedo con aquello que es un ejemplo de lo que nos vamos a encontrar en este libro y que resume a la perfección lo que no nos decimos a nosotros mismos, ni a los demás:

¡Te quiero, mami!, grité (…) No hubo respuesta, ni ningún ruido. Me digo una y otra vez que me oyó. Me digo, me he dicho lo mismo muchas veces.

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El testamento de un bromista, de Jules Vallès

El testamento de un bromista

El testamento de un bromistaCuando recibes el libro de un autor que no conoces tienes dos opciones: o investigar sobre él – aunque solo sea leer la solapa del libro con sus datos biográficos – y saber quién es o dónde ubicarlo; o, por otro lado, olvidarte de todo ello y empezar a leer, con el menor número de prejuicios posible. Iba a decir sin prejuicios, pero creo que eso es inevitable.

Algo parecido me ha pasado con Jules Vallès y El testamento de un bromista. He empezado a saber de él al terminar la lectura y gracias a ello he entendido por qué me sabía tanto a Naturalismo y a Revolución Francesa. Nació en 1832 y, tras pasar una dura infancia, dedicó sus años de juventud y adultez a la causa revolucionaria, lo que le complicó su andadura vital hasta el punto de acabar exiliado y falleciendo a los 52 años de edad. Ha sido estrechamente relacionado con autores como Zola, Lautréamont o Rimbaud y su obra se ha convertido en referente para escritores de renombre como Michel Tournier o Javier Cercas.

En El testamento de un bromista (Editorial Periférica), un primer narrador autor nos informa de la noticia de que el conocido como «el bromista» se ha suicidado. Para él, no le parece que aquello sea algo sorprendente pero sí la reproducción del testamento de este. Por esa misma razón, y tras unas primeras páginas en las que el narrador nos cuenta que las que tendremos delante «son páginas curiosas, como todas las páginas memorialísticas donde el hombre anota los minutos decisivos de su vida: minutos felices, minutos tristes; momentos solemnes, momentos extraños», se nos sumerge en el testamento en cuestión, que no es más que una especie de diario de infancia.

A partir de ese momento, nos ponemos en la piel de Ernest Pitou, un niño maltratado por sus padres y falto de amor doméstico que ve la vida desde unos ojos de cristales rotos. Todo para el pequeño Pitou es sinónimo o causa de tragedia. Todo acaba mal y esa es la proyección de su vida. A través de las palabras traducidas por Luis Eduardo Rivera, Vallès nos relata algo que para muchos es un reflejo de la infancia del escritor francés. Desde su paso por el colegio a la independencia en una ciudad de París extraña para un niño de provincias que lo único que espera es la sorpresa de unos brazos abiertos sin hambre de golpes. Con el trasero siempre escocido por el golpeo diario de su madre, Pitou ofrece un retrato de cuánto puede doler una infancia y de la pobreza que azota tanto el exterior de su vida como el interior. Ernest Pitou ve pobreza y la siente, se sabe un pobre rodeado de la más alta pobreza, en todas sus acepciones posibles.

Lanzando fuertes puyas a la educación y al sistema escolar, Vallès se pone en la piel de alguien que bien pudo ser él años atrás para proyectar el sentimiento de vacío original en alguien que no ha conocido lo que es tener un verdadero padre o una verdadera madre. Como bien podemos leer llegando al final del libro: «¡Dios mío, me acuerdo de todo!, y a medida que crezco, crece también la herida en mi pecho: sangro por dentro»; o, unas páginas más adelante: «todos estos recuerdos de niño empapan mi vida de adulto».

Y es que El testamento de un bromista es eso: la herencia de un dolor incurable que ha quedado marcado a fuego desde la infancia de un niño golpeado, un niño que bien pudo ser y todo indica que así fue, el propio Jules Vallès.

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Wonder Woman Tierra Uno, de Grant Morrison

wonder woman tierra uno

wonder woman tierra unoSi en su momento Batman y Superman ya tuvieron (y siguen teniendo) su Tierra Uno  ahora es el turno de la mujer maravilla. Pero… ¿qué es Tierra Uno? Ni más ni menos que un reboot, de esos que tanto se llevan ahora en el cine; un volver a contar los orígenes de los personajes de DC en un contexto más actual (con Internet, móviles, Facebook, sin la Segunda Guerra Mundial…), readaptado conservando su legado, y, en ocasiones alterando algunos detalles.

También es una forma de captar nuevos lectores y hacer caja, sobre todo en estos días en los que la trinidad deceíta ha sido, o será llevada a la gran pantalla (sin ir más lejos la propia WW tendrá película en 2017).

Otra pregunta que creo que hay que hacerse así, sin más ni más, es:  ¿hace falta saber el origen de un superhéroe para poder leer sus historias? ¿Se puede entender una pelea entre Batman y el Joker sin saber que los padres del primero murieron, blablablá…? ¿O que Superman es un alienígena de Krypton? (¿Hay alguien que no lo sepa?) Particularmente pienso que se puede, aunque mi opinión es subjetiva porque para eso es mía, y tal vez ya tenga tan asimilados ciertos orígenes que una vuelta a ellos me puede parecer superfluo. Pero, lo cierto es que vuelvo a ellos. Y vuelvo porque siempre hay detalles que el guionista añade ingeniosamente o no. Guiños para los que conocen la historia de siempre y elementos para los neófitos, que hacen que leas esos orígenes con ganas de ser sorprendido, de encontrar las diferencias y también de divertirte con un nuevo enfoque.

En el caso de Wonder Woman Tierra Uno pasa tres cuartos de lo mismo. El nacimiento de la amazona va a ser siempre polémico porque siempre hay variaciones en cuanto a que si es o no producto de la arcilla hecha vida, si es el resultado del salvaje fornicio entre Zeús e Hipólita o si es el que aquí se cuenta y que no desvelaré.

Sea como sea, y entrando ya en el cómic en cuestión, vamos a encontrarnos con una buena historia. Isla Paraíso, hogar exclusivo de mujeres que odian a muerte a los hombres, en el que el lesbianismo impera y el bondage es práctica normal también. Lugar en el que en 3000 años las mujeres han avanzado tecnológicamente muchísimo más que en el resto del mundo, el llamado “mundo de los hombres” y en el que todo es armonía y paz, pero también en el que nuestra chica se aburre y siente que hay algo más ahí afuera, como la verdad de Mulder y Scully.

Y he aquí que un día se encuentra en la playa con un hombre. ¿¡Un hombre!? ¿Estás segura, Diana? Anda, mira a ver, que en estos temas estás un poco pez y estando como estás acostumbrada a tetas y otras cosas, mejor te aseguras y tocas la mandanga. Pues sí, WW lo comprueba poniendo su mano en el paquete del soldado negro. Eso es comprobar las cosas y lo demás tonterías.

En fin. Si la noticia de que un hombre ha pisado Isla Paraíso llega a oídos de Hipólita, será hombre muerto, así que a ayudarle se ha dicho.

Será así como la amazona descubre el mundo exterior, en el que las mujeres no son las que cortan el bacalao y en donde el machismo se ve cada dos por tres. Pasar de una dictadura, de mujeres pero dictadura, a otra de hombres es un duro revés para nuestra chica, feminista de armas tomar y vestida de corto.

La historia se desarrolla mediante flashbacks durante un juicio con el lazo de la verdad de por medio y se aleja del típico guión de superhéroe contra (super)villano,  mezcla elementos mitológicos (mola mucho, pero mucho, Medusa), fantasía y ciencia ficción y los incorpora al mundo “real”, por decirlo de alguna forma.

Y el dibujo… ¡impresionante! Desde las primeras páginas, con un desconocido Hércules en plan cabronazo maltratador, hasta… bueno, hasta el final, porque Yanick Paquette ha hecho un trabajo soberbio, algo sexual en algún momento, (no, qué digo, en realidad muy muy sexual en algunos momentos), pero de quitarse el sombrero, y en el que me ha parecido ver, sobre todo en la isla, a una Diana jovencísima, a una chiquilla bien formada pero chiquilla al fin y al cabo, tal vez reflejo de su juventud e inexperiencia sobre muchos asuntos.

En resumidas cuentas, por mucho que conozcamos los comienzos de los superhéroes, Wonder Woman Tierra Uno debe leerse, no sólo porque tanto dibujo como trama sean buenos, sino porque no deja de ser otra versión más a tener en cuenta y porque es una lectura más compleja que el simple reboot de un origen: es un no a la guerra de sexos.

Y sobre todo, es otro origen más a añadir a la lista de orígenes, revisiones, crossovers y universos paralelos que poder meter en conversaciones frikis, de esas que tenéis todos los días, cosa para nada baladí (nadie esperaba esta palabra a estas alturas de reseña) a la hora de hacer relacionarse en los cócteles de sociedad.

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Mil dolores pequeños, de Pablo Escudero Abenza

Mil dolores pequeños

Mil dolores pequeños¿Qué somos? ¿Un conjunto de recuerdos o aquello que olvidamos? Hablamos durante infinidad de tiempo, convertimos en historias grandes pequeños detalles que parecen no tener importancia, insignificancias que, al final del día, son las que se clavan en nuestra memoria, en la retina del tiempo, en la cuenca vacía de un ojo que permanece imperturbable, rígido, observante de aquellos silencios que producimos y de otras palabras que se atascan. Pero, ¿qué narices somos? ¿Aquello que podemos describir como si lo estuviéramos viviendo o, por el contrario, la capacidad de olvidar todo lo que nos duele? Mil dolores pequeños podría convertirse en una respuesta, puede que sumada a otras preguntas, sobre lo que somos o dejamos de ser en un mundo que es tan complicado como asesino. Porque no hay que olvidarlo: matamos nuestras ilusiones, rebanamos su pescuezo con cuchillos imaginarios, mientras la realidad se mezcla a la perfección con lo imaginado, con lo que fue y no fue, con las diferentes versiones de aquellos que nos quisieron y que nos odiaron, a los que amamos y los que hoy nos producen una – fingida – indiferencia, de ser y no ser, de estar y no estar, de vivir y morir. Parece como si nosotros nos moviéramos en un continuo intentando tocar, siempre, los extremos. Y lo hacemos, aunque ese acercamiento suponga que estalle, como a mí me gusta decir, la bomba que todos llevamos dentro.

¿Puede decirse de qué trata Mil dolores pequeños sin parecer que estás destripando todo el argumento? Es una pregunta trampa, yo lo sé, pero Pablo Escudero Abenza ha creado una obra de muy difícil explicación. En la forma no deja de ser un recordar lo que otros han olvidado, una imposibilidad – como le sucede al protagonista de esta historia – de eliminar los recuerdos que se agolpan en su cerebro sin poder evadirse de ellos. Pero en realidad, en ese fondo que puede descubrirse mientras vamos levantando las capas que están envueltas con las letras, nos damos cuenta de todo aquello que no nos cuenta y que pone el lector de su propia cosecha. Porque esta obra nos discute, nos grita, nos despereza y no zarandea, nos golpea como una piedra tirada con puntería a la cabeza, nos aprieta el corazón y nos rompe cierta coraza, nos agarrota en algunos capítulos ese sentimiento hacia nuestros padres, hacia el pasado que nunca debe volver y que, si lo hace, es simplemente para rematarnos. Porque los recuerdos no son sólo benévolos, también pueden ser malvados, como el villano de un cuento que no deja de perseguirnos. Una obra dramática, sí, pero también llena del cariño que, al aparecer, nos entumece. Pequeños fragmentos de recuerdos y viajes a ninguna parte, a ese país inventado donde quizás todos los escritores se mueven y nosotros no podemos verlo.

Mil dolores pequeños ha sido una sorpresa. Y vuelvo a ser consciente de que esto parece una trampa, una frase manida para que la gente se acerque al libro, pero no dejará por ello de ser más verdad. Fue una sorpresa porque no me esperaba la dureza, fue una sorpresa porque no estaba preparado para el dolor, fue una sorpresa porque no quería saber y al hacerlo me vi envuelto en una pátina de desesperación. No quiero decir con esto que lo que ha hecho Pablo Escudero Abenza nos deje un mal sabor de boca o nos deje para el arrastre. ¿Es dura su obra? Lo es por lo que contiene, por lo que nos dice y sobre todo por lo que no nos dice, por eso que permanece invisible y que es lo que más escuece. Y debo decir que no estaba preparado porque quizá me esperaba otra cosa, porque mi vida lectora necesitaba otro tipo de lecturas más livianas. Pero me alegra haberlo encontrado, haberlo disfrutado, haberme visto despedazado por todo lo que hice y dejé de hacer. Porque a veces, junto a las preguntas, están las respuestas que uno no busca pero que encuentra aunque tengan el dolor incrustado.

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Los huesos de Louella Brown y otros relatos, de Ann Petry

Los huesos de Louella Brown y otros relatos

Los huesos de Louella Brown y otros relatosVivimos en una sociedad mucho más igualitaria que décadas atrás. Hoy en día, las discriminaciones por género, clase social o raza son hechos esporádicos que saltan a los titulares de unos medios de comunicación que se escandalizan ante conductas tan retrógradas. Nadie está sentenciado por nacer hombre o mujer, rico o pobre o blanco o negro, porque todos tenemos la libertad de decidir nuestro destino. Así que si mañana me dijeran que me voy a reencarnar en una mujer, diría que sin problemas, que ya tengo años de experiencia; incluso si me tocara ser mujer, pobre y negra, firmaría. ¿Vosotros no?

Por si no ha quedado claro, pretendía ser irónica. Eso de que vivimos en una sociedad igualitaria nunca me lo he creído del todo, pero leer Los huesos de Louella Brown y otros relatos me ha convencido aún más. Su autora, Ann Petry, mujer negra de clase media nacida en 1908, nos narra cinco relatos donde las tramas e incluso los finales son lo de menos. Lo que sobresale en todos ellos es la circunstancia, un hecho cotidiano cualquiera que desencadena, en la mayoría de ocasiones, la tragedia. Con un estilo pulcro que huye de adornos innecesarios, consigue crear un clima a veces intrigante y otras, caricaturesco, para mostrarnos la moral y las contradicciones que dominaban la interacción entre blancos y negros en los Estados Unidos de los años cuarenta del pasado siglo.

Petry hace fácil lo complejo. Con la descripción de un gesto o la frase irónica en el momento justo, da voz incluso a quien no habla y llena de simbolismo la anécdota para hacernos comprender a unos personajes arrastrados por las circunstancias y por su condición étnica. ¿Qué pasaría si un ejemplar ciudadano negro presencia como cinco jóvenes blancos de familia bien violan a una chica? Esta es la premisa del tercer relato, «El testigo». Al leerlo, anticipamos la desgracia del protagonista, quizá movidos por nuestros propios prejuicios, pero con la esperanza de equivocarnos y ver cómo vence la verdad. En «Los huesos de Louella Brown», relato que da nombre al libro, por el contrario, el tono es cómico desde el principio y Petry hace un alarde de justicia poética retroactiva que nos deja la misma sonrisa que a su protagonista. Los huesos de Louella Brown y otros relatos huye de la moralina y no pretende reivindicar las injusticias sufridas por la raza negra, sino ir más allá: mostrar pequeños retales de la realidad y dejar que sean los lectores quienes decidan si es posible la justicia para estos personajes.

Esta es la primera obra de Ann Petry que se traduce a lengua española. Pese a haber sido la primera autora negra en vender millón y medio de ejemplares con su novela The street (1946), nadie se había molestado en traducirla. Menos mal que Palabrero Press ha dado el primer paso. Gracias a esta editorial podemos disfrutar de estos relatos en los que se plasma con exquisita sencillez los conflictos en las relaciones humanas por motivos de raza, género o clase social de hace medio siglo. O los actuales, añado yo. Y es que ya se sabe que la buena literatura es atemporal y lo malo de los seres humanos es que poco o nada cambiamos.

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Aquí vivió: Historia de un desahucio, de Isaac Rosa y Cristina Bueno

Aquí vivió historia de un desahucio

Aquí vivió historia de un desahucio¡Sí se puede! Habéis vivido por encima de vuestras posibilidades. ¡Este desahucio lo vamos a parar! ¿Burbuja inmobiliaria? Eso no existe. ¡Dación en pago! Sí, no se preocupe, todo irá bien, firme aquí. ¡No nos mires: Únete! Alquilar es tirar el dinero. ¡Ni gente sin casa, ni casas sin gente! Yo no tengo la culpa, solo hago mi trabajo. ¡No es una crisis, es una estafa! A nadie se le obligó a firmar. ¡Sí se puede! ¡Sí se puede! ¡Sí se puede!

Los has escuchado. Lemas de los que han perdido el miedo. Gritos valientes en busca de justicia. Gargantas que vomitan signos de exclamación contra coletillas simplonas susurradas por patanes o mentiras desalmadas proclamadas por embaucadores. También los has visto. La lucha atroz, las amargas lágrimas de la derrota y las victorias esplendorosas. Pero cada vez se ven menos porque todo está volviendo a su cauce. ¿Verdad? Ellos lo dicen, lo repiten, retorciendo las palabras con esa lengua que emponzoña el lenguaje y que persuade al que quiere ser persuadido mientras barren lo incomodo bajo la alfombra de la invisibilidad. Pero que algo no sea mostrado no significa que haya dejado de existir. Todavía hay desahucios; todavía hay personas que se quedan sin casa. Afortunadamente hay gente que habla de ellos. Hay voces que no pueden ser silenciadas.

Aquí vivió: Historia de un desahucio, es una de esas voces. Un Pepito Grillo en forma de novela gráfica. La voz de una conciencia social de la cual parecen quedar solo brasas pero que realmente aún arde como una pira. Esa voz, la guía de los lectores, la que contagia empatía, es Alicia. Ella es una adolescente que debe enfrentarse a todos los sentimientos que se arremolinan en el estómago debido a la separación de sus padres. Por si esto no fuera suficiente descubrirá a través de un diario que el piso en el que ahora reside junto a su madre perteneció anteriormente a una familia que fue desahuciada. A través del diario, de los testimonios de los vecinos y conocidos y de los integrantes de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, Alicia irá zambulléndose en una realidad, de la que pensaba no tenía nada que ver, de consecuencias desproporcionadas y de actos solidarios.

La imaginación es la forma más barata de vivir otras vidas y no tiene consecuencias. No haces daño a nadie” pontifica el padre de Alicia al tener una charla sobre el diario que ésta ha encontrado. Actos y consecuencias, de eso va Aquí vivió: Historia de un desahucio. Actos reales e implicación, que a diferencia de los imaginarios nunca son inocuos. Pero el que realmente habla a través de ese hombre de gafas con montura redonda y rostro afable es Isaac Rosa, renombrado escritor que ahora ha decidido probar suerte como guionista de cómics. Y lo ha hecho como consorte artístico de Cristina Bueno. ¡Vaya pareja! Si el primero erige una historia indudablemente dramática pero sobre cimientos de esperanza, Cristina Bueno no se queda atrás e ilustra con dibujos de aspecto ingenuo, nada pretenciosos y de trazo cercano al boceto, entrañables ancianas con cientos de arruguitas y enormes orejotas, adultos de variado aspecto pero dignos en su pose y fantasmas de un pasado cercano y sombrío. Si Isaac Rosa nos habla de la gran estafa argumentando a través del típico director de banco cuenta cuentos, Cristina Bueno empapela la sede de posters engañosos que hablan de hipotecas fáciles de saldar o la atiborra de manifestantes en busca de honestidad. Rosa pone voz a adolescentes con historias que se entrelazan o habla de casa ocupadas; Bueno dibuja emotividad o culpabilidad, transforma manchas de humedad en historias y croquis de pisos sin habitar en planos cenitales donde habita el calor humano. Rosa habla de suicidios, brutalidad policial o niños que lloran; Bueno lo muestra. Podría parecer una batalla por ver quién cuenta más. ¿Bueno o Rosa? Solo que no lo es. Es una cooperación de talentos por mostrar la cara oculta de una tragedia. Rosa y Bueno. No es una batalla. ¡Es sinergia!

Aquí vivió: Historia de un desahucio, es una historia grande constituida por otras más pequeñas, todas con alta carga emocional (asegurado el nudo en la garganta, un enorme y jodidamente áspero nudo marinero que cuando intentas tragarlo es inevitable que se te salte alguna lagrimilla). En el cómic tienen cabida divertidos recuerdos de infancia, supervivencia de posguerra, absurdas pero ocurrentes leyendas urbanas y hasta algún elemento fantástico; en conjunto todo encaja a la perfección, como un puzle de suaves azules, ligeros verdes, hoscos grises y blancos lustrosos; los únicos colores que Cristina Bueno necesita. El cuadro final es revelador, angustioso, pero siempre ilusionante. Además pone de manifiesto que todos, de una forma u otra, por lo que hacemos o dejamos de hacer, estamos implicados en el tema de los desahucios.

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En la orilla, de Rafael Chirbes

En la orilla

En la orilla

Este mes de agosto se ha cumplido un año de la muerte del escritor Rafael Chirbes. El autor valenciano murió a los 66 años a causa de un cáncer de pulmón fulminante y nos dejó a todos un poquito más huérfanos. Digo un poquito porque todavía nos acompañan muchos referentes –que cada uno piense en los suyos– de esta gran familia que es la literatura.

Chirbes dejó escritas diez novelas y diversos libros de ensayos. Entre las primeras se encuentra el libro que nos ocupa hoy, En la orilla. Esta fue la última novela publicada en vida del escritor y ha sido bautizada por la crítica como “la gran novela de la crisis”, esa caída en picado que se inició en 2008 y en la que seguimos todavía hoy. Aunque a Chirbes no le apasionaba esa calificación, En la orilla encaja muy bien en la etiqueta. La novela fue escrita durante los primeros años de crisis y vio la luz en 2013 y, por lo tanto, refleja el gran choque y el inicio del hundimiento de la vida de muchas personas en España. También el grado de mercantilismo caníbal de los que acumularon capital a costa de otros y, cuando vinieron mal dadas, huyeron con todo lo que pudieron reunir. Durante la lectura me he preguntado varias veces qué habría escrito Chirbes sobre lo que pasó después, durante 2013, 2014 o 2015.

Como podéis imaginar por el tema que trata, En la orilla es una novela dura, incómoda, escrita con mucha lucidez y un poco de mala leche. Todos esos ingredientes son básicos para tratar la historia con realismo, para hacer que el lector –y esto es algo que seguro que os sucederá si la leéis– vea su mundo, su barrio o su casa reflejados en muchas de las situaciones que cuenta Chirbes.

La novela se sitúa en diciembre del año 2010. La burbuja inmobiliaria ha estallado. Todas las obras del país están paralizadas y las sombras de las grúas y los esqueletos de hormigón de miles de construcciones amenazan a una población con más del 20% de paro. El retrato de esta crisis se cuenta desde el punto de vista de Esteban, un carpintero arruinado por culpa de una estafa, pero que tampoco es ningún santo. Es un pobre infeliz que da voz a toda una generación. Esteban es cordial, paternal, ruin, está resentido. Ha tenido una vida triste en la carpintería de su padre, un antiguo republicano que se arrepintió de no morir en la Guerra Civil y que ha sobrevivido a toda su familia. Esteban, con más de setenta años, cuida de su padre dependiente y se arrepiente de todo lo que no llegó a hacer. De las vidas que no tuvo y de todo lo que le ha tocado tragar en los últimos años que le quedan de vida. Porque Esteban lo ha perdido todo: la carpintería, la casa, los terrenos, el coche, los platos en los que come. Y piensa que está viejo para estas cosas, para un desahucio, para que le arranquen las migajas que le quedan de vida.

Pero la novela no se queda ahí, en los ojos de Esteban. Aunque su historia es la que predomina sobre las demás, presenciamos otras voces, otras narraciones. La de los trabajadores que el propio Esteban ha dejado en la estacada, la de sus familias y finalmente la del constructor que les ha traicionado y ha huido con todo el dinero que ha podido arramblar. En gran parte, el dinero del viejo Esteban y de su padre, todavía más viejo.

En la orilla entreteje voces y personajes, pero nunca se mueve de la costa valenciana, de Olba y Misent. Esos son los puntos fijos, concretamente el pantano de Olba, que engarzan toda la novela y también otras obras de Chirbes, como Crematorio. En la orilla, como Cien años de soledad de García-Márquez o Santuario de Faulkner, presenta una geografía propia, compuesta por esos dos lugares: Olba, el pequeño pueblo de las marismas, y Misent, el pueblo de éxito, costero, más sofisticado, más turístico, más caro. Ninguna de esas dos localidades existe sobre el mapa, pero sí en la cabeza de todos los que vivimos en la costa mediterránea, que no podremos evitar identificar Olba o Misent –o ambos– con decenas de localidades que conocemos bien.

En la orilla es una novela dura y fascinante al mismo tiempo. Como cuando pasas junto a un accidente en la carretera, no puedes dejar de mirar, de leer, sabiendo que, si no te tocó a ti pasar por las situaciones más duras que se entrevén en la obra, fue por pura suerte, porque naciste en otro lugar, porque tomaste, siempre a tientas, un camino que te mantuvo algo más resguardado de la tormenta.

También es un retrato de un país de caraduras, trileros y personajes sin escrúpulos. Tipos que cogieron el dinero y corrieron hasta perder el aliento –aunque para entonces ya estaban en Suiza— y que, además, querían hacer sentir culpable de su gran estafa a todos los demás.

Quiero cerrar esta reseña pidiéndoos que no dejéis de leer a Chirbes. Aunque sea duro, aunque haga que sea un poquito más difícil levantarse por las mañanas e incluso mirarse al espejo. Porque es bien sabido que la verdad duele.

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Manual de inquisidores, de António Lobo Antunes

Manual de inquisidores

Manual de inquisidores

En este libro hay voces, un enjambre de voces que crean confesiones -acaso monólogos- para un entrevistador fantasma, que no se ve, que no aparece; acaso eres tú, preguntando por la causa de las cosas, por la razón que motivó que sucediera así. Todas esas voces engendran desde las palabras, desde frases redondas, desde adjetivos recónditos, desde verbos cúbicos; un bosque de huesos que van modelando esqueletos, que van cubriéndose de carne, de venas, manos, brazos, caras y de cabellos, hasta concebir la pequeña multitud de personas que pueblan el libro: gentío o, a veces, chusma, que nace y muere desde la figura de un ministro del dictador portugués Salazar. Ministro moderno con alma de Inquisidor viejo, que decide sobre la vida y la muerte, sobre la tortura o el calabozo en aquel añejo Portugal; hombre que arrastra su figura carnavalesca caída y vencida en su vida privada; que es germen, entonces, de este bosque de personajes que hablan de él y, a la vez, de ellos mismos y de sus propias mentiras, de sus medias verdades, del paso del tiempo, de sus miradas oblicuas, de sus perezas, de sus torpezas inherentes, de sus escasos triunfos… Confesiones que llenan huecos, a veces, como polvo antiguo, otras veces los rellenan con cemento que nace de la mezcla de la mentira y del olvido. En este libro hay puertas abiertas donde ya no entra nadie, hay puertas cerradas donde el pasado se ha quedado allí encerrado, repitiéndose una y otra vez, intentando volver a empezar de nuevo.

Lobo Antunes cuenta, desde la voz de muchos personajes, una visión de sus vidas y la de las personas que los rodearon; en un juego de “relato” de una historia y “comentario” como respuesta a aquel. Los personajes hablan, sí, de ellos mismos y también de un mundo esférico de protagonistas que orbitan alrededor de ese Ministro de Salazar. Recompone esas existencias como si fuera un rompecabezas que debe reconstruirse para ver el conjunto final. La particularidad del libro la pone esa combinación de historias y respuestas que permite ver a los personajes como si cruzaran en medio de dos espejos: por uno se ve su frente, por el otro su espalda, de tal modo que se verán todas las visiones: la triste, la enfadada, la realista y la irónica, hasta configurar una historia casi circular .

Manual de inquisidores” es la constatación escrita, casi documento notarial, de la podredumbre que rodea a las dictaduras; es la radiografía en la que se ve que la gangrena se extiende por un estrato social y va invadiendo a todas las personas que toca, como un gesto de afirmación de los que sustentan el poder con los pobres, de los importantes con los débiles, de los que se creen que son algo con los que no pueden serlo… aún. Pero ser poderoso, ser hijo de poderosos, ser el amigo o la favorita de los poderosos, no te impide que puedas ser partícipe de su caída, de la mayor de las derrotas; allí donde la ola se ha alzado alta como una casa, es desde donde cae en un hervidero de espumas, maderas podridas y peces muertos. El poder tampoco evita fracasos personales, casi los provoca en ese hartazgo que se produce cuando el pequeño dios, el sátrapa del oeste atlántico,  es visto en zapatillas, con olor a sudor y tabaco pasado, con la baba derritiéndose en su barba. El libro es una oscura visión no solo del hombre como depredador político, es también la mirada sombría, con los ojos bajos, de la vida de las gentes en busca de amor, sea el de pareja, sea el del deseo nunca correspondido. Y es también un manifiesto contra las consecuencias del paso del tiempo, del olvido que lo rodea, y de la soledad que con ello se soporta.

Los universos propios que se mueven en estas páginas se van cruzando, entrechocando, fundiendo, repeliéndose y moviendo a lo largo del tiempo y del tiempo. Esas vidas que cuenta son vistas desde el pasado y el futuro, en lugares diferentes, en situaciones diferentes, en derrotas y victorias, en locuras y verdades, en la dictadura y el revolución, en los calabozos y en los hospitales, en el desprecio y en el amor, en todas esas cosas en las que se debe fijar un narrador para describir la vida; nuestra vida, vuestra vida o la vida de un plenipotenciario, duro y, después, decrépito ministro de una dictadura tan degenerada que pudrió su mundo.

Pero “Manual de inquisidores” es tan oscuro en lo que cuenta en sus temas, en todos esos personajes perdidos, abandonados por la historia, o por su familia, o por el amor, o por la simple vida; es tan cerrado en sus ubicaciones de casas pequeñas y pobres o en casas ricas pero rodeadas de odio, o en la quinta del ministro rica y derrotada a la vez; como hermoso en cómo lo cuenta. Cada una de las partes en las que se divide el libro, esas entrevistas, monólogos o confesiones; son una larga frase en la que aparece la poesía; pero no es esa poesía de rima y verso, ni siquiera es prosa poética, es esa que nace de la combinación exacta de ocurrencias iluminadas, de frases y palabras hermosas, atadas con ideas y visiones extrañamente bellas y rápidamente originales para el tema del que trata. Y en el que, como si un rezo fuera, alguna frase se repite como los misterios de un rosario profano en los que el mundo de cada personaje en ese instante se circunscribiera a esa locución, a esa pregunta o a esa exclamación que va y vuelve en el texto como si fuera las luz de un faro.

Siempre estaré buscando la solución al enigma, el perfecto secreto, por el que las cosas más terribles o las visiones más tristes, pueden ser contadas de la forma más bella; ese contraste que solo se halla en las tormentas en el mar, en los relámpagos más brillantes, en las fauces más abiertas, en algunos cuadros de Caravaggio, en algún Requiem, como el de Fauré; y que aquí aparece, simplemente, en el reverso y en el anverso de unas hojas unidas con pegamento.

 

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Un gato callejero llamado Bob, de James Bowen

Un gato callejero llamado Bob

Un gato callejero llamado BobTe voy a poner en situación. La situación que me llevó a conocer este libro, Un gato callejero llamado Bob, leerlo, disfrutarlo y, ahora que se ha reeditado en nuevo formato más barato, cómodo y práctico de meter en el bolsillo trasero de los vaqueros, reseñarlo para ti.

Dicha situación nos lleva a hace un par de años. Hacía un frío que pelaba hasta las cejas. Un guitarrista, con los dedos amoratados, interpretaba los acordes de un tema de Johnny Cash. Le saludé, le felicité por la versión que se estaba marcando y seguí mi camino. Entré en una famosa y enorme librería del centro de Madrid. Era una mañana entre diario, porque en fin de semana ni loco me mezclo ahí con la ingente masa de público que abarrota las varias plantas del local. Entré buscando refugio del frío que hacía en las calles del centro y porque siempre perderme entre libros me ayuda a tomarme las cosas cotidianas que me esperan el resto del día con mejor humor. A veces pueden llegar a cabrearme cuando veo los exagerados precios de muchos libros, pero este es otro cantar. Vamos al lío. No buscaba ningún libro en concreto. Es más, iba con la idea de buscar sorprenderme porque ya tenía otros libros pendientes esperando en casa, así que me decanté por ir a las secciones que suelo siempre visitar. Nada nuevo o interesante en el frente. Me fui hacia narrativa anglosajona y de no ficción, bueno, como no buscaba nada en particular, cogía y leía sinopsis de las últimas novedades que, en un acto de atraer la atención del cliente, los libreros ponen con sus portadas a la vista. Como el grafismo de portadas, en muchos casos, deja mucho que desear, paseaba la mirada de un lado a otro sin que nada me motivara. Hasta…

Ahí estaba. Ese gato gordo y naranja de mofletes aún más gordos. ¿Cómo resistirse un amante de los gatetes a semejante fotografía? Vale que no tiene nada de creativo, es más la portada para muchos no pasa de ser la tierna imagen de un gato redondo graciosa sin más. A mí me encantó. Y leí la sinopsis:

James Bowen era un músico callejero que mal vivía en las calles y en apartamentos de Londres arrastrando un doloroso y problemático pasado. Una noche escuchó los maullidos lastimeros de un gato herido en el descansillo de su piso. En su situación, lo último que podía permitirse era aceptar la responsabilidad de cuidar del gato pero su noble espíritu decidió hacerlo. Le llamó Bob. No por Dylan sino por un personaje de Twin Peaks que le gustaba mucho. Lo que no esperaba James era que haber conocido a ese gato iba a salvar su vida y ambos, entre aventuras, situaciones cómicas y, en ocasiones, peligrosas por las calles londinenses, iban a sanar sus propias heridas que arrastraban del pasado y les iba a dar a los dos una segunda oportunidad.

Esta es la premisa de la historia real que narra en primera persona el propio James Bowen, el cómo un día un gato que venía herido y al que creyó darle una segunda oportunidad, en realidad era el gato quien se la estaba dando a él.

A la portada le acompaña un divertido sello con forma de huella de gato donde cita: Nº 1 Catseller. Un juego de palabras por el rotundo éxito del libro que fue un auténtico super ventas en Reino Unido y después en el resto del mundo. De esos libros que suele recomendar Oprah Winfrey en su programa de la tele y al día siguiente agota existencias en los estantes de las librerías. Yo desconocía este dato pero aun sabiéndolo, no hubiera hecho que recelara de él. El argumento me llamaba la atención. Yo soy músico, tengo gato, siempre he querido salir a tocar por las calles y la dulzura y sensibilidad que muestra James Bowen durante todas las páginas, con una narrativa sencilla, sin grandes pretensiones literarias, puro sentimiento, me conmovió y creó una simpatía hacia él que ha hecho que, a día de hoy, esté deseando viajar a Londres y conocerle en persona junto a su gato. Porque James todavía sigue saliendo a la calle a tocar con su guitarra y lleva a Bob consigo, subido a su hombro como hiciera desde el primer día que le conoció.

La emotiva e inspiradora historia de esta amable pareja que si tienes un mínimo de sensibilidad, seguro llegará a tu corazón, va a tener su adaptación en cine que se estrenará el próximo mes de octubre. El propio Bob, un auténtico Humphrey Bogart de la interpretación en versión gatuna, ha participado en algunas escenas de la grabación. Como suele ocurrir con las adaptaciones, a veces quedan muy por debajo de las sensaciones que te llegan a transmitir los libros, así que yo te recomiendo darle antes una lectura a Un gato callejero llamado Bob, dejar que el propio James Bowen te cuente a través de las canciones de Johnny Cash o Nirvana padeciendo el intenso frío de las calles de Londres, cómo era su vida y cómo fue aquel preciso instante en el que Bob entró en su casa para regalarle una vida nueva, la que ambos necesitaban. A propósito, al músico que encontré tocando en la puerta de la librería, aún le estoy buscando por Madrid para regalarle el libro.

 

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