
Diga lo que diga la Cospedal, y lo diga en diferido o en directo, por más que le asombre, no todos somos corruptos. (Por cierto, ¿no es denunciable semejante acusación a toda la sociedad española?) Y es que piensa el ladrón… pero no. Ni todos somos corruptos ni somos como ella y sus amiguitos. A muchos (a todos) se nos caería la cara de vergüenza si soltáramos las chorradas que le oímos decir a ella cada vez que abre esa boca…
Igual de absurdas que algunas de las acciones que Roy y Mac tienen que ingeniarse para saldar una deuda. Y es que ser delincuente hoy en día, con tanta tecnología, es una mierda. Si no eres un hacker, las opciones para los tipos como Roy y Mac, –esa clase de muchachos de los de dar patadas, palizas, pillar la pasta y correr– se ven reducidas. Así que se les ocurre robar en un geriátrico en el que reside un anciano criminal con su botín. Y casi no lo cuentan… a pesar de la experiencia que tienen… como polis.
Sí. Ambos son polis de Los Ángeles y ambos son un par de corruptos entrampados en un lío de cojones, ya que deben una buena cantidad de pasta a un mafioso que, lo mismo cuida de su hijo, se preocupa de no ofrecer a sus invitados comida con gluten y compra productos sin pesticidas, como le saca un ojo a un pobre hombre o quema a una pareja atada con cuerdas mientras tararea una alegre canción.
La historia aparece narrada en off por Roy y sigue los pasos que este y su compañero dan para poder salir de una pieza y con el culo intacto. ¿Y qué tienen que hacer para que no les rajen literalmente el culo y saldar la deuda? Básicamente neutralizar al mejor perro policía para poder dejar pasar un cargamento por la aduana del aeropuerto.
Por el camino vamos a encontrar a una serie de personajes que parecen salidos de una peli absurda pero de esas que en el fondo tienen un guion cojonudo. Tipos así como el personaje de Billy Bob Thornton en la primera temporada de Fargo, o como algunos secundarios de El gran Lebowsky… De ese palo, como mínimo. O igual no y es solo una impresión mía. Da igual. Lo cierto es que el humor propiciado por alguno de estos tipos es en algunos momentos algo escatológico, sobre todo cuando aparece el productor negro. Pero en líneas generales, el tebeo sigue un tono humorístico muy bien repartido por todo el tomo, inteligente aunque no apto para según qué mentes.
Por supuesto, a estas alturas ha de quedar claro que estamos ante dos caraduras, ante una historia fresquísima, de ritmo ágil, de personajes carismáticos todos (absolutamente TODOS), de unos protagonistas canallas e, incluso uno de ellos, Roy, el narrador, de un auténtico hijo de puta que hace lo que haga falta en su propio beneficio, pero que nos cae, a pesar de todo, de putísima madre. Es el tío perfecto con el que irse de farra.
The Fix 1. El desafío de los beagles no es un arco cerrado. Es tan solo una presentación. Pero, ¡joder!, si esta es la presentación no quiero perderme nada de lo que siga. ¡Nada, nada, nada! Me lo he pasado teta con las desventuras de este par de polis y con la fauna de la que se rodean; sin poder anticipar lo que iba a pasar en las hojas siguientes, disfrutando de unos diálogos vivos, tarantinianos y plagados de referencias, de una historia que, desde luego, no es para niños ni mucho menos y que debe leerse siempre con la disposición de ser sorprendido.
No os dejéis engañar por la portada. A mí, sinceramente, me parece algo cutre comparando con el tesoro del interior y es la peor de todas las que podían haber elegido vistas las alternativas en las últimas páginas, pero el dibujo es perfecto. Los gestos, las expresiones… casan genial con las situaciones que vemos.
No me extraña que The Fix 1. El desafío de los beagles esté teniendo tanto éxito. Y tampoco me extrañaría que se convirtiera en una buddy movie dirigida por Guy Ritchie. Le iría como picha al culo.
Un cómic dinámico, fresco, ingenioso, sorprendente y potente en el que pasan muchas, muchas, muchas cosas.

Puesto que, lectores, éste es un libro de humor, tengo que empezar contándoos una anécdota. ¿Os acordáis del negro del Whatsapp? El de grandes cualidades, el que estaba hasta en la sopa. Sí, ESE negro. Pues el año pasado, por estas fechas, estaba en pleno apogeo. Iba de aquí para allá, de conversación en conversación, de grupo en grupo. Mi hermano, muy gracioso él, la cogió con el negro y estuvo bombardeándonos en el grupo familiar de Whatsapp con sus maravillosas apariciones. Ya ni nos escandalizábamos. Ni siquiera mi madre. Para qué. El negro era ya como uno más de la familia. Tanto nos dio el coñazo, que por Reyes Magos acabamos regalándole un calendario con la foto del susodicho.


Tenía ya ganas de hablaros de este libro, la verdad. Al final he tardado más en leerlo de lo que pensaba, pero éste es uno de esos libros que, en mi opinión, hay que saborear poco a poco. No admite la rapidez ni las lecturas con prisas. Hay que detenerse bien cada página, en cada conversación, en cada pensamiento. O al menos eso es lo que Kingsley Amis, su autor, me ha trasmitido a mí.
«Aquel año hizo tanto calor que se derritieron las perchas en los armarios y las aceras se llenaron de banderas y uniformes polvorientos. El aire ardía, y en los templos la saliva de los clérigos se solidificaba y caía como ceniza caliente sobre las cabezas de los feligreses.
Página cinco de mi diario de lectura del manga Assassination Classroom. O página diecinueve si lo hubiera leído desde el principio. ¡Ay, qué lástima no haberlo conocido antes!
«La pequeña anécdota nunca es gratuita. Ocurre por la personalidad o forma de reaccionar de una persona ante su entorno». Eso es lo que opina Lorenzo Gallardo en la introducción de su libro Eso no estaba en mi libro de Historia de la Literatura. Por eso, ha reunido en él curiosidades sobre ciento veinte autores, ¡ahí es nada!, para que descubramos detalles sobre sus vidas y caracteres que nos harán comprender mejor sus obras.




Si yo no soy madre, no sé qué hago reseñando un libro sobre la maternidad. Supongo que me va demasiado la guasa y que algo de maternidad sé. No porque de mí haya salido ningún bebé llorón. Lo más cerca de ser madre que estoy son mis dos gatos, a los que quiero como hijos -peludos- pero hijos. De todas formas, algo he aprendido de mis hermanos y mis seis (casi siete) sobrinos. He cambiado tropecientos pañales, les he dado de comer, les he dormido, he jugado con ellos, les he cuidado y he aguantado alguna que otra rabieta. También empiezo a redescubrir, gracias a ellos, lo maravillosa que es la edad del pavo.

¿Qué es más fácil, hacer reír o hacer llorar?
Hoy quería hacer la reseña de este libro y cuando he llegado al lugar en el que me iba a poner a escribir me he dado cuenta de que me lo había dejado. Podría haberla hecho sin él pero es que en él anoto muchas cosas mientras lo leo que luego me sirven para poder contaros mejor lo que tiene dentro. Pues bien, luego he caído en que se lo podía pedir a alguien que estaba en ese lugar donde me lo había dejado y que venía al lugar en el que me encuentro sin poder escribir. En ese rato he pensado: quizás esta persona, cuando coja el libro para traérmelo se pregunte qué será esto de Paraíso Alto. Me podríais decir algo tan simple como que lo único que tiene que hacer es leer la sinopsis. Pero quizás a esa persona no le gusta leer y claro, hay que reconocerlo, las contraportadas de