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The fix 1. El desafío de los beagles, de Nick Spencer y Steve Lieber

the fix

the fixDiga lo que diga la Cospedal, y lo diga en diferido o en directo, por más que le asombre, no todos somos corruptos. (Por cierto, ¿no es denunciable semejante acusación a toda la sociedad española?) Y es que piensa el ladrón… pero no. Ni todos somos corruptos ni somos como ella y sus amiguitos. A muchos (a todos) se nos caería la cara de vergüenza si soltáramos las chorradas que le oímos decir a ella cada vez que abre esa boca…

Igual de absurdas que algunas de las acciones que Roy y Mac tienen que ingeniarse para saldar una deuda. Y es que ser delincuente hoy en día, con tanta tecnología, es una mierda. Si no eres un hacker, las opciones para los tipos como Roy y Mac, –esa clase de muchachos de los de dar patadas, palizas, pillar la pasta y correr– se ven reducidas. Así que se les ocurre robar en un geriátrico en el que reside un anciano criminal con su botín. Y casi no lo cuentan… a pesar de la experiencia que tienen… como polis.

Sí. Ambos son polis de Los Ángeles y ambos son un par de corruptos entrampados en un lío de cojones, ya que deben una buena cantidad de pasta a un mafioso que, lo mismo cuida de su hijo, se preocupa de no ofrecer a sus invitados comida con gluten y compra productos sin pesticidas, como le saca un ojo a un pobre hombre o quema a una pareja atada con cuerdas mientras tararea una alegre canción.

La historia aparece narrada en off por Roy y sigue los pasos que este y su compañero dan para poder salir de una pieza y con el culo intacto. ¿Y qué tienen que hacer para que no les rajen literalmente el culo y saldar la deuda? Básicamente neutralizar al mejor perro policía para poder dejar pasar un cargamento por la aduana del aeropuerto.

Por el camino vamos a encontrar a una serie de personajes que parecen salidos de una peli absurda pero de esas que en el fondo tienen un guion cojonudo. Tipos así como el personaje de Billy Bob Thornton en la primera temporada de Fargo, o como algunos secundarios de El gran Lebowsky… De ese palo, como mínimo. O igual no y es solo una impresión mía. Da igual. Lo cierto es que el humor propiciado por alguno de estos tipos es en algunos momentos algo escatológico, sobre todo cuando aparece el productor negro. Pero en líneas generales, el tebeo sigue un tono humorístico muy bien repartido por todo el tomo, inteligente aunque no apto para según qué mentes.

Por supuesto, a estas alturas ha de quedar claro que estamos ante dos caraduras, ante una historia fresquísima, de ritmo ágil, de personajes carismáticos todos (absolutamente TODOS), de unos protagonistas canallas e, incluso uno de ellos, Roy, el narrador, de un auténtico hijo de puta que hace lo que haga falta en su propio beneficio, pero que nos cae, a pesar de todo, de putísima madre. Es el tío perfecto con el que irse de farra.

The Fix 1. El desafío de los beagles no es un arco cerrado. Es tan solo una presentación. Pero, ¡joder!, si esta es la presentación no quiero perderme nada de lo que siga. ¡Nada, nada, nada! Me lo he pasado teta con las desventuras de este par de polis y con la fauna de la que se rodean; sin poder anticipar lo que iba a pasar en las hojas siguientes, disfrutando de unos diálogos vivos, tarantinianos y plagados de referencias, de una historia que, desde luego, no es para niños ni mucho menos y que debe leerse siempre con la disposición de ser sorprendido.

No os dejéis engañar por la portada. A mí, sinceramente, me parece algo cutre comparando con el tesoro del interior y es la peor de todas las que podían haber elegido vistas las alternativas en las últimas páginas, pero el dibujo es perfecto. Los gestos, las expresiones… casan genial con las situaciones que vemos.

No me extraña que The Fix 1. El desafío de los beagles esté teniendo tanto éxito. Y tampoco me extrañaría que se convirtiera en una buddy movie dirigida por Guy Ritchie. Le iría como picha al culo.

Un cómic dinámico, fresco, ingenioso, sorprendente y potente en el que pasan muchas, muchas, muchas cosas.

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Guasaapp, de Miguel Mendaza Sanz

Guasaapp

GuasaappPuesto que, lectores, éste es un libro de humor, tengo que empezar contándoos una anécdota. ¿Os acordáis del negro del Whatsapp? El de grandes cualidades, el que estaba hasta en la sopa. Sí, ESE negro. Pues el año pasado, por estas fechas, estaba en pleno apogeo. Iba de aquí para allá, de conversación en conversación, de grupo en grupo. Mi hermano, muy gracioso él, la cogió con el negro y estuvo bombardeándonos en el grupo familiar de Whatsapp con sus maravillosas apariciones. Ya ni nos escandalizábamos. Ni siquiera mi madre. Para qué. El negro era ya como uno más de la familia. Tanto nos dio el coñazo, que por Reyes Magos acabamos regalándole un calendario con la foto del susodicho.

¿Por qué os cuento yo todo esto? Os preguntaréis. Tranquilos, que no me he vuelto loca. Tampoco es que eche de menos al negro del whatsapp. Lo que ocurre es que en Guasaapp el “personaje” principal es un negro de grandes cualidades también. No sé si es el mismo, tendría que preguntárselo al autor. Pero vamos, todos sabéis más o menos a qué me refiero.

En esta novela, la foto de este señor de grandes atributos, acaba siendo el hilo conductor de todas las historias que en libro se suceden. A todos nos ha pasado alguna vez eso de cagarla al enviar un mensaje, ¿no? O enviar la foto que querías mandar a la persona equivocada. Pues así empieza Guasaapp, con un mensaje que hace que todo se malinterprete.

La historia arranca con Merche, que recibe un mensaje en el momento en que se prepara para ir a trabajar y dar el desayuno a su hijo. El pequeño, que es demasiado pequeño para saber lo que hace, reenvía el mensaje que su madre acaba de recibir a Javier, un compañero de trabajo de ésta. A todo esto, ella no se da ni cuenta. Tanto es así, que sale pitando con el niño y olvida el móvil en casa. Sin saberlo, el pequeño ha comenzado una cadena de malinterpretaciones a causa de la foto.

Javier, que se cree que Merche, tras enviarle ese mensaje le está insinuando de algún modo mantener relaciones, comprobará la mala leche de ésta en plena oficina.

Mariano, amigo de Javier, acabará enviándole la foto a su jefe, Pepe, con el que se enzarzará en una discusión vía Whatsapp de lo más etílica. La mujer de Pepe, Loli, encontrará la foto en el móvil de su marido y se armará en su cabeza una buena historia, no sin antes comentar en el grupo de amigas lo que cree que su marido Pepe tiene entre manos. La siguiente víctima de la foto es Lourdes, amiga de Loli, la mujer de Pepe. ¿No os habéis perdido, no? Aquí está todo bien hilado. Pues Lourdes acabará por meter a Mario, su marido, en una confrontación internacional a cuenta de la foto.

La que se arma es gorda. Y todo por un mensaje que recibe alguien por equivocación. Si es que el Whatsapp, amigos, lo carga el diablo.

Como os decía, Guasaapp es un libro de humor de poca extensión, son apenas 100 páginas, pero su autor Miguel Mendaza Sanz, consigue contarnos en pocas páginas una historia actual, entretenida y divertida. El ritmo del libro es rápido, porque muchas conversaciones aparecen en él como si fueran las propias ventanitas del Whatsapp.  Así que, si queréis pasar un buen rato o echáis de menos al negro del Whatsapp, os recomiendo Guasaapp como próxima lectura. Seguro que os vais a reír.

 

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¡Vaya figura!, de Cecilia Campironi

Vaya figura

Vaya figura

Cuando leí de qué iba ¡Vaya figura!, me llamó muchísimo la atención: ¿y si conociéramos a las figuras retóricas en persona? En este libro, la ilustradora italiana Cecilia Campironi ha convertido veintinueve figuras retóricas en curiosos personajes para que, al describir su personalidad, comprendamos de forma divertida en qué consisten cada uno de estos recursos del lenguaje. Qué idea tan sencilla y tan genial. ¿Cómo no se le había ocurrido a nadie antes?

Las figuras retóricas están ahí todo el tiempo, en lo que escribimos y en lo que decimos, pero pocas veces somos conscientes de que las empleamos, incluso ignoramos su nombre y su significado. Reconozcamos que si a nosotros nos dicen que nos dejemos de lítotes y cleuasmos, que no saben cómo tomarse nuestros disfemismos o que están hartos de nuestras tautologías, la mayoría no tendremos ni idea de qué nos están hablando. Por eso, aunque ¡Vaya figura! está dirigido al público infantil (a partir de los seis años), me parece un libro necesario para personas de cualquier edad, puesto que pone en valor la riqueza de nuestro lenguaje y nos explica muchos de los recursos que tenemos a nuestro alcance y a los que no les hacemos todo el caso que se merecen.

Los nombres de los personajes son una muestra del humor y de la elocuencia que destila este libro. Conocer al señor Lítote, a mamá Juego de Palabras, a monsieur Galicismo, a tío Disfemismo, a su excelencia doña Énfasis, al dúo Ironía y Sarcasmo, a míster Dissimulatio, a señora Enumeración, al profesor Palíndromo, a la diva Onomatopeya, a su majestad la Metáfora, a princesa Símil, al bebé Neologismo, al mago Oxímoron, al maestro Aliteración, a Mimí Reduplicación, a caballero Tautología, a Chema Zeugma, a vuecencia Anástrofe, a don Cleuasmo, a doña Eufemismo, a maese Clímax, a Nadia Sinécdoque, a Diana Metonimia, a señorita Hipérbole, a comandante Acumulación, a tete Holofrase, a Ña Elipsis y a tata Paráfrasis nos saca una sonrisa, tanto si reconocemos a las diferentes figuras retóricas en estos curiosos personajes o las descubrimos por primera vez. ¡Vaya figura! se convierte así en un libro ilustrativo, divertido y hasta poético, al que se puede volver más de una vez, ya que sus explicaciones y sus atinadas ilustraciones facilitan la tarea de comprender e interiorizar la amplia variedad de figuras retóricas que la lengua pone a nuestra disposición.

Con ¡Vaya figura!, de Cecilia Campironi, la editorial Thule suma otro excelente título a su selección de libros infantiles, y por eso no me cansaré de recomendar su catálogo a grandes y pequeños. Me parece una lectura ideal para compartir entre padres e hijos. ¿Por qué no jugar a encontrar figuras retóricas cada día? Una forma amena de que unos y otros aprendan sin apenas darse cuenta y una manera efectiva de enriquecer el lenguaje que empleamos a diario, pues buena falta nos hace. Porque los adultos deberíamos saber diferenciar las figuras retóricas más allá de la archiconocida metáfora y los niños merecen libros que les ayuden a que su vocabulario vaya más allá de la holofrase.

 

 

 

 

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Stanley y las mujeres, de Kingsley Amis

Stanley y las mujeres

Stanley y las mujeresTenía ya ganas de hablaros de este libro, la verdad.  Al final he tardado más en leerlo de lo que pensaba, pero éste es uno de esos libros que, en mi opinión, hay que saborear poco a poco. No admite la rapidez ni las lecturas con prisas. Hay que detenerse bien cada página, en cada conversación, en cada pensamiento. O al menos eso es lo que Kingsley Amis, su autor, me ha trasmitido a mí.

Os presentaré al autor, por si no tenéis el gusto. Kingsley Amis fue novelista, poeta, crítico literario y profesor. Este escritor tan british, alcanzó la fama gracias a su primera novela La suerte de Jim. Desde entonces, escribió más de veinte novelas, tres poemarios, relatos, guiones y críticas. Es padre del también escritor Martin Amis, quien escribió brillantemente en su libro Experience, la decadencia de su propio padre debido al alcoholismo.

Sobre Stanley y las mujeres tengo mucho que deciros, pero empezaré contándoos por qué me decanté por él y no por otro libro. Siempre había querido leer algo de Kingsley Amis, porque había oído maravillas de él. Al leer las críticas de este libro, supuse que sería una buena forma de adentrarme en el universo Amis:

“Una obra poderosa, impactante, magníficamente escrita, lo mejor de Amis hasta ahora” (Anthony Burgess, The observer).

“Dura, divertida, tierna y provocadora. Una de las obras más salvajes de Amis” ( Melvyn Bragg, Punch).

No me digáis que con estas críticas no apetece adentrarse en esta novela. Además. Las publicaciones de la editorial Impedimenta y sus ediciones suelen gustarme bastante, así que no tenía más excusas.

Y bien, ¿de qué trata este libro? Pues veamos, Stanley y las mujeres es tan mordaz y brillante como promete. Su protagonista, Stanley Duke, disfruta de su segundo matrimonio con su esposa Susan. Pero todo parece irse al garete cuando su hijo Steve, fruto del primer matrimonio con la actriz Nowell, entra en una etapa de esquizofrenia de lo más movida. Entretanto, Stanley tiene que lidiar no solo con los problemas que el hijo le plantea, sino con los que él mismo se ha buscado a lo largo de su vida. Su animadversión por su ex mujer, su mala gestión con las relaciones sociales (incluyendo amigos, jefes y compañeros de trabajo) y, por si fuera poco, con Susan, su actual esposa, a quien no ve preparada para convivir con su hijo y parece ser que con él mismo tampoco.

Y vemos al verdadero Stanley, un egocéntrico que se mueve entre su propia locura y los desequilibrios de las relaciones que ha desarrollado a lo largo de su vida. Se nos advertía en el prólogo de Kiko Amat, que esta novela era borde, extraña y todo un caso clínico. Y así es. También, quizá, debamos tener en cuenta que cuando Kingsley Amis escribió esta novela, a los sesenta y dos años, acaba de divorciarse y quizá sí que volcó toda esa rabia contenida en esta extravagante novela. En cualquier caso, el resultado es bueno, muy bueno. Stanley y las mujeres es una novela que no deja indiferente y que nos hace replantearnos muchas de nuestras propias ideas. Al menos para ver que, al fin y al cabo, hay gente que está mucho peor que nosotros.

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La radio de piedra, de Juan Herrera

La Radio De Piedra

La Radio De Piedra«Aquel año hizo tanto calor que se derritieron las perchas en los armarios y las aceras se llenaron de banderas y uniformes polvorientos. El aire ardía, y en los templos la saliva de los clérigos se solidificaba y caía como ceniza caliente sobre las cabezas de los feligreses.

Fue un mes de julio tan insoportable que, para entretener a las moscas, alguien organizó una guerra».

Me bastaron estas tres primeras frases de La radio de piedra para caer rendida a los pies de su autor, el veterano guionista, autor teatral y dibujante Juan Herrera. ¡Qué manera de escribir! Y es que a mí me da igual lo que me cuenten si me lo cuentan así de bonito. Pero la historia tampoco me defraudó, en absoluto. Porque La radio de piedra narra con humor, ironía y muchísima ternura, la vivencias de un pueblo castellano durante los primeros meses de la guerra civil española. Pero no es precisamente la guerra la que altera la vida de los habitantes de este pueblo, sino la aparición de la primera radio, creada por uno de los vecinos, el Águila, con «un trozo de piedra de galena y un retal de cobre embobinado». Ese rudimentario aparato y los partes que da el Águila a los que se reúnen ante su casa cada atardecer son los ejes de esta novela coral, en la que aparecen casi un centenar de personajes. Homenajea de este modo a la radio, desde esa que es puramente espectáculo, pasando por la dramática y la solidaria, hasta llegar a la radio poética de Jesús Quintero. Pero también ensalza el poder de la tradición oral, de «esas historias que pasan de boca en boca y se deforman como los zapatos» y que muestran, en definitiva, la esencia misma de la vida.

Es inevitable pensar en el cine de Berlanga al leer La radio de piedra. ¿Cómo no hacerlo con esas conversaciones entre el cura y el alcalde, que preparan al pueblo para la visita del General Franco? ¿O con los baldíos intentos de unos y de otros por controlar la famosa radio del Águila? Juan Herrera retrata la idiosincrasia española de aquellos tiempos en lo que tenían especial protagonismo los imaginativos métodos de supervivencia de los pícaros y el fanatismo e intransigencia de los guardianes de la moral católica, que veían en el sexo el principal enemigo, aun cuando la muerte asolaba cada rincón del país. Y lo hace con personajes esperpénticos y situaciones rocambolescas, que le dan a la obra un toque surrealista e incluso mágico, pero que, sin embargo, están basados en la realidad, como el mismo Juan Herrera reconoce, aunque evite dar nombres.

A mí me encantan las novelas que transcurren en pequeños pueblos y la guerra civil española es un periodo que me conmueve especialmente porque de ella me hablaban mis abuelos; así que, con esos dos elementos, la novela tenía lo necesario para cautivarme. Pero es que la forma en la que está escrita, el tono, el humor, los personajes… Todos los elementos que conforman La radio de piedra me han fascinado. Es una delicia leer la historia de este pueblo que se empeñó en que la guerra pasara de largo, y no dejaré de recomendarla por muchos años que pasen. Ahora solo espero que Juan Herrera le haya cogido gusto a esto de escribir libros y nos deleite con otra obra muy pronto. Miradas como la suya hacen mucha falta en la literatura para conocernos mejor, y reírnos más, de nosotros mismos.

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Assassination Classroom 19: Hora de ir a la escuela, de Yusei Matsui

assassination classroom 19

assassination classroom 19Página cinco de mi diario de lectura del manga Assassination Classroom. O página diecinueve si lo hubiera leído desde el principio. ¡Ay, qué lástima no haberlo conocido antes!

Querido Yusei Matsui:

Gracias. Imagino que leíste mi anterior reseña, en la que te decía que no sabía si podría perdonarte otro episodio de relleno, y veo que has escuchado mis súplicas. ¿Qué dices? ¿Que eres un escritor serio y ya tienes toda tu historia trazada?, ¿que no haces caso a las rabietas de tus lectores? Bueno, vale, haré como que no he oído eso y seguiré recomendando tu manga a quienes aún no se hayan animado a leerlo.

La portada de Assassination Classroom 19: Hora de ir a la escuela es negra, algo que no es trivial en esta historia. Tanto es así que siempre va acompañada de la explicación oportuna. En esta ocasión, simboliza la ira, pero como viene siendo habitual en el aula de asesinato de escuela secundaria Kunugigaoka, es ira orientada a fines educativos. Y esa negrura ocupa toda la portada, a excepción de dos pequeñas luces: los ojos de su protagonista, Korosensei. Ni rastro de su sonrisa, esa que nunca desaparece, lo que no presagia nada bueno… Y yo, que estaba deseosa de acción y de acontecimientos relevantes, me echo a temblar. A las pocas páginas, para rebajar la tensión, aparece el Korosensei de siempre, con sus bromas y sus mil estratagemas para seguir creando momentos inolvidables con sus alumnos de 3º-E. Y me rio, pero no bajo la guardia. Que ya sabes, Yusei, que me encanta el humor de este personaje, pero me niego a que esta entrega se convierta en otra sucesión de gags.

Entonces, sucede lo que tanto temí. Ahora sí, comienza la cuenta atrás para el asesinato de Korosensei.  Assassination Classroom 19: Hora de ir a la escuela recorre la última semana hasta ese fatídico momento que supondrá el desenlace de este manga. ¿Conseguirán acabar con Korosensei? Espero que no, pero no me hago ilusiones. Porque ya he aprendido, Yusei, que contigo nunca se sabe por dónde va a tirar la historia.

Si en mi fase de lectora decepcionada deseaba que llegara el siguiente número, ahora, en la fase de lectora enganchadísima, estoy que me subo por las paredes. Qué larga se me va a hacer la espera de esas dos entregas que contarán los noventa minutos que quedan para el gran final. Menos mal que la salida del número 20 ya está anunciada y yo lo tengo reservado.

Así que gracias, Yusei Matsui, por haber puesto toda la carne en el asador en Assassination Classroom 19: Hora de ir a la escuela, para que el final de este manga sea tan apoteósico como parece que será. Gracias también por haber creado un personaje como Korosensei, tremendamente divertido, entrañable y sabio.
Y gracias por tu crítica al sistema educativo que no se fija en el potencial de cada alumno, a esa ciencia que rebasa los límites de la ética, a esos medios de información que manipulan a las masas a través de medias verdades y cultura del miedo.

No podía concluir la quinta página de este diario de lectura  sin darte la enhorabuena por Assassination Classroom. Con esta historia estás demostrando que, aunque algunos cómics se disfracen de puro divertimento, cuentan historias necesarias con personajes inolvidables.

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Eso no estaba en mi libro de Historia de la Literatura, de Lorenzo Gallardo

Eso no estaba en mi libro de Historia de la Literatura

Eso no estaba en mi libro de Historia de la Literatura«La pequeña anécdota nunca es gratuita. Ocurre por la personalidad o forma de reaccionar de una persona ante su entorno». Eso es lo que opina Lorenzo Gallardo en la introducción de su libro Eso no estaba en mi libro de Historia de la Literatura. Por eso, ha reunido en él curiosidades sobre ciento veinte autores, ¡ahí es nada!, para que descubramos detalles sobre sus vidas y caracteres que nos harán comprender mejor sus obras.

Y a mí me encantan las anécdotas. Es ver un libro sobre eso, ya sea de cine, ciencia o literatura, y allá que voy. De ahí que conociera varias de las historias que se cuentan en este libro, pero debido a la gran cantidad de escritores retratados, han sido muchas más las que he descubierto. Además, se agradece que no solo hable de escritores famosos y recuerde a otros que hoy en día son bastante desconocidos, pero cuyas obras y vidas merecen capítulo propio, no solo en este libro, sino en la historia de la Literatura.

Lorenzo Gallardo comienza su repaso cronológico de la literatura con la poetisa griega Safo y le pone el punto final con el autor de los estados de Facebook de millones de personas: Paulo Coelho. Nos cuenta los aspectos más curiosos de las personalidades o de las vidas de los escritores, con la cercanía y el sentido del humor con los que lo haría un amigo nuestro en la barra de un bar.

¿Sabías que Virgilio se gastó 800 000 sestercios (325 000 euros de los de ahora) en el funeral de su mosca?

Ni te imaginas la que lió La cabaña del tío Tom. Tuvo tanto éxito que crearon todo tipo de merchandising: juguetes, cuberterías y hasta papel pintado.

No sabes cómo se las gastaba doña Emilia Pardo Bazán. Ahí donde la ves, ¡fue traficante de armas!

¿Y qué me dices de H. G. Wells? Fue un adelantado a su tiempo, y no solo en la ficción: practicaba abiertamente el poliamor, no se cortaba ni un pelo.

Y no te pierdas lo que le pasó a Jean Cocteau una noche… Conoció a una enigmática doncella, peeeero… ¡en realidad era un señor! Y uno muy famoso, que tú y yo hemos estudiado en los libros de Historia.

Pero el mejor de todos era el escritor argentino Omar Vignole: le gustaba pasear por la calle con su vaca, mientras increpaba a todo el mundo.

Como veis, algunas de las historias son tan surrealistas que parecen de broma. Y es que, como no podía ser de otra forma, la vida real de los escritores supera muchas veces sus ficciones.

Lorenzo Gallardo también nos relata los asombrosos encuentros entre artistas. Por ejemplo, los infructuosos proyectos que llevaron a cabo Maquiavelo y Leonardo Da Vinci, lo que disfrutó Quevedo siendo casero de su archienemigo Góngora, la confrontación dialéctica de Lope y Cervantes por el amor de una bella dama, lo que ocurrió la noche en la que Enrique Jardiel Poncela quiso matar a Jacinto Benavente o por qué Ray Bradbury le debe su carrera literaria a Hugh Hefner.

Estas anécdotas son tan atípicas que nos desmontan la imagen que teníamos de muchos escritores. Y es que saber que Agatha Christie era surfera, que Borges era fan de Rolling Stones y Pink Floyd o que Yukio Mishima planeó un golpe de estado en su país, nos hace verlos con otros ojos irremediablemente.

Lorenzo Gallardo habla de todo eso que nunca se menciona en las enciclopedias o en los libros de texto y que sirve para bajar a los escritores de su pedestal y hacerlos humanos, lo que ayuda a que nos atrevamos, por fin, con las obras de aquellos que nos parecían inaccesibles. Y es que Eso no estaba en mi libro de Historia de la Literatura es una lectura perfecta para volver a enamorarnos de la literatura y sus creadores.

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Saltar en los charcos, de Ariel Herz

Saltar en los charcos

Saltar en los charcos

Seguramente Álex se me haya colado alguna vez en la interminable fila del Carrefour de Lavapiés, habremos estado codo con codo en la barra del Traveling y el camarero le habrá servido primero, quién sabe si me habrá quitado la última mesa en la enésima terraza de moda para ponerse a divagar con su última cita de una noche. Así que puede que la haya odiado durante un segundo entonces, pero después leer su novela me resulta imposible no tenerle un puntito de cariño.
Álex es Ariel Herz, o viceversa. Una ilustradora recién salida de una relación fracasada, con un empleo precario, y ya es decir mucho, que se aventura en Tinder con una mezcla de curiosidad, escepticismo y buen humor. Autora y protagonista se confunden en esta comedia anti-romántica sobre el amor exprés y los traqueteos de la vida en la frontera entre los veinte y los treinta, o incluso un poco más allá. Saltar en los charcos es su recuento, promete que fiel, de la experiencia. Un auténtico bestiario por el que pasean hombres de distintas razas, nacionalidades, modos de vida y, sobre todo, maneras de ser y de comportarse en pareja. No todos son amantes, también hay amigos y confidentes. Tampoco duran lo mismo, los hay que no pasan de los cinco minutos y otros que se quedan, haciendo hincapié, herida y cicatriz, lo que dura la novela entera.
Podría definirse Saltar en los charcos, además, como el libro que uno siempre dice que escribirá… pero nunca lo hace. La fantástica idea detrás de la penúltima, el latigazo de inspiración que surge en la ducha después de que tu enésimo ligue se haya largado para no volver. Por qué no contarlo, pensamos, esto da para una novela o, qué demonios, para una trilogía. Luego somos incapaces de hacerlo a la mañana siguiente, con la resaca bajo los párpados o se nos olvida a la salida de la ducha, cuando, ya secos, descubrimos que se ha perdido por el desagüe el gran comienzo que se nos había ocurrido al entrar. Esa idea de algo familiar, vivido, impregna las páginas de esta novela (bueno, excepto cuando la protagonista viaja, que ahí nos asalta la envidia cochina) y no dejamos de sentir las aventuras de Álex como propias de alguna manera.
Con un estilo limpio, correcto, al texto le sobran un par de escenas y quizá le falta un punto de oficio. Funciona bien como colección de retratos, engancha por momentos, hace reír, tener lástima y sentir vergüenza ajena pero en ciertos momentos se echa de menos un mejor manejo de la tensión narrativa. La relación obsesiva y tóxica que planea sobre todo el libro puede terminar asfixiando hasta a los lectores, y la repetición de la misma escena una y otra vez, con toda la sinceridad que conlleva, no le hace ningún favor al ritmo de la trama.
Aun así, la de Ariel Herz resulta una mirada entretenida, con cierta acidez pero sin mucha mala leche, al Madrid de los bares, cafés y demás escenarios de nuestro fast love. Aquellas que hayan vivido en esta santa ciudad una época en Tinder asentirán con cada página, e incluso lo mismo reconocen a alguno de sus ligues. A los que estamos del otro lado bien nos podría servir como guía para nuestros futuros encuentros, porque Álex llena las líneas de consejos también para los hombres, todos bastante razonables (los consejos, no los chicos). Por último, la banda sonora que acompaña al libro, vía playlist de Spotify, acompaña bien y sirve para algún que otro descubrimiento y muchos rescates.
En resumen, para los que estén un poco cansados de historias de amor que nos trasladan a la India o a la Patagonia, para aquellos que quieran aprender algo sobre sí mismos y entretenerse cotilleando lo que hace la vecina del tercero, sí, esa que ya nos hemos encontrado en el portal con varios hombres distintos, Ariel Herz y esta novela dan la talla.
O al menos hacen reír en el intento, que ya me parece bastante.

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El regalo de los Reyes Magos y El poli y el himno, de O. Henry

El regalo de los reyes magos el poli y el himno

El regalo de los reyes magos el poli y el himnoYacaré Libros sigue haciendo de las suyas: publicar relatos de escritores atemporales (o que deberían serlo) en una edición ilustrada y cuidada hasta el extremo. El libro que voy a reseñar en esta ocasión es el homenaje de la editorial a O. Henry, un relatista de principios del siglo XX relegado al olvido. Y eso que, en su época, fue bastante conocido, hasta el punto de que la gente catalogaba los finales sorpresivos como «giros a lo O. Henry». Pero al carecer de una obra cumbre, la historia de la literatura no lo ha visto merecedor de figurar junto a otros escritores contemporáneos de renombre como Mark Twain.

Es una lástima que O. Henry no haya conseguido su hueco en la posteridad, porque escribió mucho, muchísimo. Para que os hagáis una idea, publicó un cuento semanal desde 1902 a 1910. Supongo que tener tiempo libre ayudó, ya que muchos de ellos fueron escritos durante su estancia en la cárcel. Y eso que su editor, Robert H. Davis, lo describía como un hombre infantil carente de malicia. Pero es que O. Henry, como sus historias, estaba lleno de sorpresas.

El regalo de los Reyes Magos y El poli y el himno, originariamente recopilados en The Four Million, son los dos relatos que se recogen en este volumen de Yacaré Libros dedicado a O. Henry e ilustrado por Mikel Casal. Por un lado, en El regalo de los Reyes Magos nos cuenta la tristeza de Della, una mujer que quiere el mejor regalo del mundo para su Jim, pero que solo ha conseguido ahorrar un dólar con ochenta y siete centavos. Y, por el otro lado, El poli y el himno relata las vicisitudes del pobre Soapy durante una noche en la que, con el invierno a la vuelta de la esquina, hace todo lo posible para dar con sus huesos en el calabozo, pero parece condenado a la libertad. Es inevitable acabar la lectura del libro con una sonrisa. De qué tipo sea esa sonrisa dependerá de si lo cerramos por la historia conmovedora y por la humorística. Que cada lector elija, según sus preferencias o estado de ánimo.

O. Henry era conocido por sus finales sorpresa, pero también criticado por escribir historias intrascendentes del gusto del gran público y por buscar la lágrima fácil. Sirva la publicación de Yacaré Libros para comprobar si sus coetáneos estaban en lo cierto o es la literatura la que está siendo injusta con él al no reservarle un lugar en su historia. Y sirva también para conocer tanto sus ficciones como su historias real, a la que se le dedica un interesante prólogo. Estoy segura de que leer El regalo de los Reyes Magos y El poli y el himno despertará la curiosidad de muchos lectores por O. Henry, un autor lleno de contrastes en lo personal y en lo narrativo. Y quién sabe si el reconocimiento que no le ha dado la historia de la literatura se lo hagan los lectores al ponerlo en la primera línea de sus librerías particulares.

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Hardcore Maternity, de Marga Castaño y Esther de la Rosa

Hardcore Maternity

Hardcore MaternitySi yo no soy madre, no sé qué hago reseñando un libro sobre la maternidad. Supongo que me va demasiado la guasa y que algo de maternidad sé. No porque de mí haya salido ningún bebé llorón. Lo más cerca de ser madre que estoy son mis dos gatos, a los que quiero como hijos -peludos- pero hijos. De todas formas, algo he aprendido de mis hermanos y mis seis (casi siete) sobrinos. He cambiado tropecientos pañales, les he dado de comer, les he dormido, he jugado con ellos, les he cuidado y he aguantado alguna que otra rabieta. También empiezo a redescubrir, gracias a ellos, lo maravillosa que es la edad del pavo.

Lo bueno de todo esto es que, como tía, a mí me toca la mejor parte. Yo juego con ellos, me divierto, me río y los consiento en lo que me apetece. Sí, también trato de educarlos, pero el trabajo duro se lo llevan mis hermanos a casa y esa, supongo, que es la clave de Hardcore Maternity: aguantar a tus hijos desde que se levantan hasta que se acuestan.

“La maternidad es hardcore, aunque se empeñen en decirte lo contrario”, esto es lo que encontramos en la contraportada de este libro escrito e ilustrado por Marga Castaño y Esther de la Rosa. Y sí, claro que debe serlo. Yo siempre he querido ser madre, pero hay veces que la pila de mi reloj biológico falla cuando veo a algunos niños cabrones y a ciertos padres insoportables.

Hardcore maternity es un cómic sobre las aventuras de un grupo de madres en Nueva York. Un grupo de madres que, también hay que decirlo, son un poco hardcore ellas mismas. Vamos, que no son las típicas madres que se preocupan por tener todo bajo control. Ellas son caóticas, mordaces y tratan de, entre tanto lío, conciliar la maternidad con el hecho de ser mujeres independientes. Vamos, una tarea difícil.

Lo cierto es que te ríes bastante con las desventuras de estas madres un tanto díscolas. En Hardcore Maternity hay capítulos para todo, desde aguantar a los hijos con resaca, el maravilloso mundo de las babysitters, las frustraciones y las relaciones con los ex y los intentos de volver a encontrar a alguien aunque sea a través de Tinder.

Hay una viñeta que me hace especial gracia y es esa en la que están todo el grupo de madres en un momento mágico. Disfrutando de la luz del atardecer, charlando y conectando. De repente se oye  a lo lejos la voz de un niño diciendo “Mamá, me he caído”, “mamá, ¡veeeen!”. Todas deseando que no sea el suyo, que no estropee ese momento mágico. Y la cara de felicidad de las otras dos al averiguar que efectivamente es el hijo de la otra.

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Seáis madres o no, os recomiendo Hardcore maternity, porque estoy segura de que al menos os vais a reír. Y quién sabe, quizás os replanteéis eso de la maternidad y la pila de vuestro reloj biológico empiece a fallar como la mía. Tic-tac.

 

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El truco, de Emanuel Bergmann

el truco

el truco¿Qué es más fácil, hacer reír o hacer llorar?

Es evidente que en temas de humor no todos reaccionamos igual. Algunos podemos encontrar tronchante una situación absurda, una conversación de besugos o una broma escatológica. A otros en cambio les asoma una traviesa sonrisilla cuando alguien da un traspiés, cae escaleras abajo y se parte la crisma o ante un chiste de Carrero Blanco y sus dotes como saltador olímpico. La Audiencia Nacional, por ejemplo, no estaría entre los del segundo grupo.

Lo que nos aflige, lo que provoca ese nudo en la garganta (preludio de lágrimas amargas que tal vez alivien ese gran pesar que sentimos en el pecho) probablemente nos dispone a todos en un único grupo. ¿Quién no lloraría la muerte de una madre o padre que lo ha dado todo por sus hijos? ¿Y la de ese amigo íntimo que estuvo a las duras y a las maduras siempre apoyándote? ¿Y qué me dices de tener la cruda certeza de que jamás volverás a acariciar el suave pelaje de ese perro que estuvo a tu lado más de diez años? ¿Quién no ha llorado alguna vez al encontrarse cara a cara ante el cruel rostro del desamor? La soledad, la incomprensión, la enfermedad, el abandono… ¿una cebolla?

La verdad, no sé si es más fácil hacer reír o hacer llorar pero de lo que sí estoy seguro es que es dificilísimo narrar una historia en la que ambas emociones mantengan cierto equilibrio. El truco de Emanuel Bergmann es una de esas obras.

El truco es la historia de dos personajes. Dos vidas separadas por el tiempo pero unidas por los acontecimientos. Por un lado tenemos a Mosche Goldenhirsch: un anciano desvergonzado y de carácter huraño, con tendencias suicidas, que se pasa la vida en clubes de streptease en busca de compañía que previo pago le hagan sentir menos vacío. Pero Mosche es solo la sombra desvaída de lo que antaño llegó a ser. Anteriormente se le conoció como el gran Zabbatini, el famoso mago mentalista que recorrió la Europa que posteriormente sería ocupada por los nazis. El otro personaje es Max Cohn: un muchacho de diez años que se enfrenta a la cruda realidad de descubrir que sus padres están a punto de separarse. Por una de esas extrañas casualidades de la vida Max descubrirá que existe un conjuro de amor que podría volver a unir a sus padres. El único capaz de realizar dicho conjuro es Zabbatini. Así pues, el muchacho escudriñará cada rincón de su ciudad con tal de encontrar a ese gran mago y mentalista que podría salvar la felicidad de su familia.

En El truco hay magia, esperanza, desencanto y disparatadas aventuras narradas en clave de tragicomedia. Esa tragicomedia que es en sí misma la vida y el acto de vivir; esa valentía de afrontar retos, de aceptar las pérdidas y las derrotas pero también de mantener los pies en el suelo cuando se triunfa. El personaje de Mosche, anciano casi centenario, sabio a su manera y repleto de experiencias (algunas tienen que ver con el amor, otras con la magia y las peores con El Holocausto perpetrado por los nazis) es la representación de aquellos que se sienten desengañados por una vida demasiado larga y tortuosa. Por otro lado, y como contrapartida, Max, todavía puro de corazón, sensible como solo un niño puede serlo y optimista, es el agradable punto de candidez que contrarresta el cinismo de los desencantados que se toman la vida demasiado en serio. Ambos personajes convergerán no sin que antes Emanuel Bergmann nos relate, con una prosa fácil de leer, elegante y embaucadora, como era la vida de cada uno antes de que sus destinos se cruzaran. Con todo, a pesar de que la historia de Max no está mal, está claro que su protagonismo es sobre todo una excusa esencial a la hora de poner en marcha los recuerdos de Mosche: la verdadera historia de esta novela. Una historia que tarda en arrancar pero que cuando lo hace se muestra repleta de momentos divertidos (en ocasiones haciendo uso de humor algo simplón), de situaciones algo absurdas y de un truco de magia, un fantástico e inolvidable truco, que conseguirá que tus ojos llenos de lágrimas susurren tristeza mientras tu sonrisa grita esperanza.

El truco de Emanuel Bergmann publicado por Anagrama aúna con cierta pericia la comedia y el drama, esos dos géneros narrativos que por separado presionan unas teclas determinadas y dispares creando melodías únicas pero que al unirse, como en este libro, componen una sinfonía agridulce; una suerte de broma melancólica que perdura más allá de la última página.

 

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Paraíso Alto, de Julio José Ordovás

paraíso alto

paraíso altoHoy quería hacer la reseña de este libro y cuando he llegado al lugar en el que me iba a poner a escribir me he dado cuenta de que me lo había dejado. Podría haberla hecho sin él pero es que en él anoto muchas cosas mientras lo leo que luego me sirven para poder contaros mejor lo que tiene dentro. Pues bien, luego he caído en que se lo podía pedir a alguien que estaba en ese lugar donde me lo había dejado y que venía al lugar en el que me encuentro sin poder escribir. En ese rato he pensado: quizás esta persona, cuando coja el libro para traérmelo se pregunte qué será esto de Paraíso Alto. Me podríais decir algo tan simple como que lo único que tiene que hacer es leer la sinopsis. Pero quizás a esa persona no le gusta leer y claro, hay que reconocerlo, las contraportadas de Anagrama son largas. Entonces se me ha ocurrido que si esa persona llegase – al final ha llegado – y me preguntase qué es Paraíso Alto yo le respondería que es un lugar donde no habita el miedo a la muerte.

No hace mucho tiempo, una de esas personas a las que hay que hacer (relativo) caso porque habla encima de una tarima, me o nos contó que el mayor o principal miedo del humano es el miedo a la muerte; que de ese miedo surgen todos los demás, que el que esté a salvo de ese miedo está a salvo de todo en la vida. A eso me ha recordado este libro. Julio José Ordovás nos presenta un lugar y nos presenta a un hombre que vive y casi que regenta ese lugar. Un lugar solitario, abandonado, cercano a Zaragoza, donde vive este ángel custodio de la muerte y por el que pasa todo aquel que quiere suicidarse. El lugar, como ya he dicho, es Paraíso Alto y de quién es el hombre poco sabemos.

Encabezado por un fragmento de la canción Me gusta cómo hueles de Ilegales, Paraíso Alto es la exposición del paso de varios individuos, cada cual más extraño, que buscan poner punto y final a sus vidas. Pero sin tragedia, con naturalidad. Él los recibe, les da un poco de conversación, los observa y los acompaña en los últimos compases de sus vidas. Aparece una chica que camina con las manos, una MILF que ha sido actriz porno, un flautista que lo enamora, una ex, un camarero, un borracho que busca y no encuentra alcohol, etc. Toda esta procesión de guiños al humor trágico es la defensa a ultranza del humor como algo serio y muy inteligente.

Paraíso Alto es como un bar de carretera por el que pasa todo tipo de personajes y en el que nosotros nos hemos colocado tras la retina del ya pasado de vueltas camarero. Este extraño ángel – ¿o él es Dios? – nunca pregunta por qué a los que llegan para despedirse y no voy a ser yo quien le devuelva la pregunta. Aunque me gustaría saber por qué está allí, por qué ha existido, por qué se ha puesto delante de mí, por qué me ha hecho leerle, por qué quiero saber más de él si sé que no puedo.

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