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Archivos estelares, de Flavita Banana

Archivos estelares

Archivos estelaresNo puedo negar que soy una completa enamorada de Flavita Banana. Creo que se me nota a la legua. La conozco desde hace bastante tiempo por las redes sociales, pero desde que leí y reseñé Las cosas del querer, mi amor ha ido en aumento. Creo que dentro de poco le pediré matrimonio.

Fuera de coñas, lectores, el trabajo que hace esta ilustradora me parece de lo más interesante del panorama actual. Flavia Álvarez (1987), aka Flavita Banana, es esa chica con un sello propio tan original como reconocible. Como os decía en la anterior reseña, sus dibujos, de trazos gruesos y fuertes y aparentemente sencillos tienen una gran carga narrativa. Algo que me sigue pareciendo igual de alucinante que la primera vez. ¿Cómo puede, con tan poco, decirnos tanto? Creo que esa es una de sus grandes virtudes. Normal que tenga tantos seguidores y que aparezca en medios como El País.

Archivos estelares es su más reciente publicación. Editado por ¡Caramba!, este libro es una preciosidad que os recomiendo muy mucho. Archivos estelares es una antología. “Una antología a los 30 años me viene grande, joder. Es como si me hubiera muerto. No considero estar a la altura de los grandes y sin embargo me sacan una antología a mi edad. Así que ya puestos, me he venido arriba”.

Claro que sí, Flavita, vente arriba porque tienes motivos para estar en lo más alto. Y como ella misma dice “Aquí están los Archivos estelares, una aberración similar al título de Miss Universo. Pero oye, ¿no harías lo mismo si pudieras?” Por supuesto. Y de aberración nada, querida, porque puestos a soñar, soñemos a lo grande, ¿no?

Así que, queridos lectores, en Archivos estelares vais a encontrar una antología de su trabajo. Una selección cojonuda de sus viñetas con las que os aseguro que pasareis un rato genial. Es difícil que yo pueda explicaros estas viñetas, porque obviamente se explican por sí solas. Por ejemplo:

Viñeta

o:

viñeta2

Son algunas de mis preferidas.

De lo que sí estoy segura es que su humor, su cinismo, sus dramas y su mezcla de humor-amor os atraparán. Porque como dice Miguel Gallardo en el prólogo: “poca gente sabe mezclar amor y humor de una forma tan enrevesada y directa. A pesar de todo el cinismo que destila, deja ver un corazón así de grande, que se encariña con esas mujeres de pelo alborotado y esos hombres atónitos”.

Así es la gran Flavita Banana. Todo corazón. Un corazón que entre sístole y diástole es capaz de arrancarnos la carcajada. Maravillosa.

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El rapto del príncipe Margarina, de Mark Twain, Philip Stead y Erin Stead

El rapto del príncipe Margarina

El rapto del príncipe MargarinaHay libros que son un tesoro y, sin duda, El rapto del príncipe Margarina es uno de ellos. Hay tantas razones para catalogarlo así que no sé por cuál de todas empezar. Así que comenzaré hablándoos de la noche en la que se fraguó esta historia.

Era una noche cualquiera en el hogar de la familia Langhorne. Clara y Susy, que sabían la suerte que tenían de que Mark Twain fuera su padre, nunca desaprovechaban la ocasión de irse a la cama escuchando un cuento inventado exclusivamente para ellas. Pero no se conformaban con cualquier historia, no. Disfrutaban planteándole retos literarios cada vez más complicados para poner a prueba su imaginación. Y se ve que habían sacado el sentido del humor de su padre, porque aquella noche le pidieron que inventara un cuento inspirándose en un diagrama de anatomía de una revista.

¿Qué historia podía salir de ahí? Pues la de las aventuras del pequeño Johnny para vender su pollo; durante su viaje, se cruzaba con extraños personajes y terminaba envuelto en la misteriosa desaparición del príncipe Margarina. Una preciosa historia que ahora todos podemos disfrutar en El rapto del príncipe Margarina.

Pero la versión que Océano Travesía ha publicado no es exactamente la historia que se narró aquella noche. Y es que Mark Twain creó decenas de cuentos para sus hijas, pero nunca los transcribió. Sin embargo, de El rapto del príncipe Margarina sí tomó bastantes notas y, a partir de ellas, ha surgido este maravilloso libro. Por eso, leerlo es como poseer un tesoro. Sabes que tienes entre las manos algo único: un cuento inteligente y honesto que, hasta ahora, había permanecido inédito e inconcluso.

Ha habido que esperar casi dos siglos para que aquellas anotaciones se recuperaran y Philip y Erin Stead las tomaran para acabar de darles forma. Philip Stead reescribe el cuento desde el respeto al célebre escritor estadounidense, sabiendo captar su esencia, su humor, su crítica y su ritmo narrativo repleto de aventuras. Y, además, aprovecha para tomarse un té con Mark Twain entre las páginas de este libro. Así, es él mismo el que le narra aquel cuento que contó a sus hijas, y Stead —cumpliendo la fantasia de cualquier lector— no para de interrumpirle para hacerle preguntas e inventar versiones alternativas cuando el curso de los acontecimientos no le convence. Este cuento dentro de otro cuento hace que todavía los sintamos más cercanos.

No nos olvidemos de Erin Stead, que también contribuye con sus ilustraciones a que este libro sea un tesoro. Con su manejo de varias técnicas —grabado de madera, tinta, lápiz y cortadora láser—, nos cuenta visualmente la historia, transmitiendo su sátira y su dulzura, así como su homenaje a la naturaleza y a los animales.

Y por si todas esas razones no fueran suficientes para reconocer el valor de este libro, encima Twain —o Philip Stead, quizá— nos desvela en él las palabras mágicas para salvar a la humanidad de tanta sinrazón y estupidez. Y no sabéis cuánta razón tienen. Cuando las descubráis, custodiarlas bien y compartirlas con quien las merezca. Igual que El rapto del príncipe Margarina, un tesoro literario que se revaloriza con cada lectura.

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El desorden de los números cardinales, de Vicente Marco

El desorden de los números cardinales

El desorden de los números cardinalesAdelante, abre El desorden de los números cardinales. Pero ándate con ojo con su autor, Vicente Marco, y las historias que te va a contar.

Te encontrarás con un portero hablando con uno de los vecinos del edificio que vigila. Con la historia de una mujer que es abordada por un desconocido que le pide que entregue un sobre. Con la de un hombre que se entera de que un excompañero de clase, el número uno en la lista, acaba de fallecer. O el relato de tres borrachos que se suben a un taxi. Nada fuera de lo normal, ¿verdad? Historias cotidianas que cualquiera de nosotros podría presenciar o protagonizar.

Espera un momento… ¿Te has dado cuenta de ese diálogo? ¿Y de esa escena desconcertante? La realidad empieza a resquebrajarse. Las cosas no son lo que parecen y tratas de buscarle la lógica. Mira que te advertí que fueras con cuidado, pero ya es tarde: has entrado en el juego de Vicente Marco.

En los doce relatos que componen El desorden de los números cardinales entremezcla varios géneros literarios. Hay historias aparentemente realistas, sí. Otras fantasiosas desde el principio. ¿O tal vez no lo son? La verdad es que no sabes a qué atenerte. Ni siquiera te fías de los relatos de humor, que acaban siendo terroríficos. Pero, con el paso de las páginas, empiezas a pillarle el truco a Vicente Marco. Te ha quedado claro que no desvela sus verdaderas intenciones hasta la frase final de cada relato. Así que te relajas y te dejas llevar por la narración: te ríes de su ironía, disfrutas de su imaginación y asientes a sus críticas sociales (unas veces, directas; otras, sutiles; siempre certeras).

Pobre ingenuo. Vicente Marco no se va a conformar con eso. No le interesas si eres un lector pasivo; así que no te dejará que lo seas, aunque te resistas hasta el final. Y será en el momento en el que acabes de leer El desorden de los números cardinales cuando te des cuenta de que no son doce relatos, sino uno solo. Tus doce certezas se esfuman. Y tú que te creías que sabías de qué iba esto. Pero no, claro que no.

No te queda más remedio que desandar tus pasos. Has detectado algunas señales durante la lectura, solo es cuestión de recapitular los personajes que saltan de una historia a otra y las referencias a Susi Bon, para esclarecer el verdadero papel de esa mujer en todo esto y descubrir qué lugar es ese al que llaman Hemisferio. Vuelves al principio, relees cada relato, tratas en vano de atar todos los cabos. Pero en cada relectura encuentras nuevas señales, nuevos mensajes entre líneas, nuevas realidades que nunca se te habían pasado por la cabeza. Siento decirte que es ahí, justo ahí, donde Vicente Marco te quería tener.

Enhorabuena, por fin has entrado en el Hemisferio. ¿A que no está tan mal, visto desde dentro? Vicente Marco te da la bienvenida. Y yo misma, que también te estaba esperando, como todos los lectores que se han asomado antes que tú a las páginas de El desorden de los números cardinales. Te dije que fueras con ojo, pero lo cierto es que sabía que no podrías resistirte a este juego metaliterario. Así que siéntate y disfruta. Aquí todo es posible. Lo pasaremos bien en el Hemisferio.

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La puta de Babilonia, de Fernando Vallejo

La puta de Babilonia

La puta de BabiloniaEste es un libro difícil. No malo, difícil. Lo es por el delicado tema que abarca, cuyas hipótesis pueden dañar muchas sensibilidades, y por la abrumadora cantidad de datos ofrecidos. Aunque más que por las hipótesis vertidas, por el tono burlón con el que desmitifica cada uno de los asuntos relacionados con la Iglesia de Roma, La puta de Babilonia.

El autor colombiano Fernando Vallejo escribió, con gran rigor histórico y académico, un elaborado trabajo que desenmascara una fe dogmática que durante más de mil setecientos años ha derramado en su nombre la sangre de hombres y animales de la forma más cruel posible. El título es toda una declaración de intenciones de lo que encontrarás en su interior. De este modo denominaban los albigenses a la Iglesia de Roma según la expresión del Apocalipsis, y le sirve al autor, de viperina y mordaz lengua, para describir con todo tipo de detalles las obscenidades y despropósitos de una falsa fe que ha conseguido aglutinar a millones de fieles en el mundo.

Un inciso para el lector que considere no ahondar en este libro por chocar con sus ideas: el autor no pretende faltar el respeto ni lastimar a nadie por sus creencias, tan solo aporta sus opiniones y críticas hacia la Iglesia, basándose en datos históricos que contrastan con la buena intención que profesan. Todo en clave de humor, un humor no siempre muy bien acogido por su alta dosis satírica.

En una charla sobre los límites del humor, conferenciada por uno de los creadores de la revista Mongolia, se empleó la lectura de este ensayo de Fernando Vallejo para contextualizar el coloquio. Si en algún momento has tenido oportunidad de leer dicha revista, habrás comprobado el humor negro y afilado que le caracteriza y las enemistades que eso le ha granjeado. Si resulta cómico u ofende moralmente es un asunto del todo subjetivo. A mí no me hace gracia, pero comprendo su sentido satírico. En la lectura de este libro, sin embargo, sí he encontrado y entendido el tono burlón de quien lo escribe. Empleando un riquísimo léxico de nuestra lengua española, Vallejo pone a caldo a cada uno de los papas de Roma, a los que tacha de travestis purpuradas y asesinas. No es gratuito. Cita muchos de los episodios de asesinatos y confabulaciones que rodeaban al papa de turno, y que han llenado páginas y páginas negras de libros de Historia. Resulta casi abrumador la cantidad de datos que recoge el autor para comentar con entretenida prosa las conspiraciones y los tejemanejes de los hombres que, hablando en plata, iban a Dios rezando y con el mazo dando. Tampoco perdona su falta de humanidad. Los critica duramente por su nulo valor de oponerse a crueles dictadores asesinos o, en muchos casos, por su relación directa con estos a un lado y a otro del mundo, en diversos momentos del tiempo. Corrupción, favoritismo, engaños, asesinatos, homosexualidad… pocos son los asuntos escabrosos que destapa su autor sobre ellos.

Tampoco deja atrás la falta de rigor en los escritos bíblicos. Argumentando su dudosa credibilidad al haber sido manipulada en el propio interés de quienes la manejaban, manifiesta los garrafales errores geográficos expuestos en los Evangelios así como el baile de fechas que no llegan a dejar muy claro la veracidad de los textos. Como en su crítica hacia los papas, la lluvia de datos estudiados por su autor y su sentido humorístico hacen que tengamos una nueva forma de mirar a esos dos mamotretos, el Antiguo y el Nuevo Testamento, que bien pueden tomarse como una gran novela de fantasía.

Para Vallejo no solo la Iglesia de Roma es diana de sus dardos envenenados, la musulmana también recibe lo suyo. Entre otras cosas por considerar a su profeta, Mahoma, como un ser que desprecia a los animales (cuya principal causa del autor es su amor y defensa hacia ellos) y no se apiada de la muerte de estos. La descripción que le dedica es la siguiente:

«[…] este asaltante de caravanas que resolvió proclamarse el Mensajero de Alá. Cruel, traidor, taimado, mentiroso, rencoroso, inescrupuloso, lujurioso, torturador, impostor, bellaco, inhumano, sanguinario, deshonesto, innoble, abyecto, asesino, polígamo, pederasta, déspota, puso a rezar a sus secuaces prosternados hacia La Meca cinco veces al día con el culo al aire».

He querido incluir este fragmento para que descubras el poder descriptivo de Vallejo y su peculiar discurso narrativo. Esta inagotable fuente de adjetivos, marca registrada de este escritor, es la clave principal que me enganchó en su lectura. Una perfecta musicalidad y un cuidado trato que dedica a las palabras; que no las deja caer sin más; que todas tienen un ritmo y una estructura en el texto casi medida. El libro arranca con una página y media de apelativos dedicados a la iglesia. Una página y media de gloriosa lectura en la que podrías marcar el ritmo con los nudillos de la mano sobre la mesa según la lees como si de una canción se tratase.

La puta de Babilonia, la católica, la apostólica, la romana, la jesuítica, la domínica, la impune bimilenaria tiene cuentas pendientes con Fernando Vallejo desde su infancia y aquí se las va a cobrar.

 

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Americanah, de Chimamanda Ngozi Adichie

Americanah

AmericanahEl racismo está superado, es cosa del pasado. Solo quedan algunos bocazas incultos por ahí, que aún no se han enterado de que todos pertenecemos a una única raza: la humana.

Ja.

Si crees eso, probablemente seas una persona blanca, para la que la cuestión de la raza nunca ha constituido una barrera. Pero pregúntale a un negro («un negro», sí, nada de eufemismos absurdos como «persona de color» o diminutivos humillantes) si alguna vez alguien ha juzgado sus actos en función del color de su piel, y ya verás la cantidad de anécdotas que le vienen a la cabeza. Y ni se te ocurra acusarlo de victimista porque se atreva a quejarse, ni mucho menos le des la vuelta a la tortilla diciéndole que, con esa actitud, es él el que demuestra ser un racista. Si estás en ese plan, ya estás tardando en leer Americanah, de Chimamanda Ngozi Adichie, a ver cuántas de esas convicciones siguen en pie tras la lectura.

Tres, tres libros seguidos llevo de Chimamanda Ngozi Adichie, y cuando creía que no me podía cautivar más, llega esta novela y se convierte en mi preferida. Con ironía y vehemencia, Americanah habla a las claras del incómodo tema del racismo y del proceso de adaptación (o de sometimiento) del inmigrante al país de acogida. Bueno, y también cuenta una bonita historia de amor, que no todo va a ser echarnos verdades a la cara.

En la década de los noventa, los universitarios Ifemelu y Obinze se enamoran. Pero ambos son conscientes de que esa Nigeria dominada por la dictadura militar no va a ofrecerles el futuro que esperan. Obinze se marcha a Inglaterra e Ifemelu a Estados Unidos, dispuestos a reunirse más adelante, pero sus vidas en esos nuevos países harán mella en ellos, cambiándolos y distanciándolos. Ifemelu rememora aquellos tiempos trece años después, cuando se dispone a regresar a su país y, quizá, a retomar el contacto con Obinze, su primer y gran amor.

A través de sus recuerdos, conocemos cómo ha sido su estancia en Estados Unidos, ese país que grita a los cuatro vientos que allí todo está bien y que todos son iguales. Pero Ifemelu ha comprobado que eso no es así, y ha dejado constancia de sus experiencias en un blog, Raza o Curiosas observaciones a cargo de una negra no estadounidense sobre el tema de la negritud en Estados Unidos. Y es que ella repara por primera en que es negra al llegar allí; había sido un rasgo al que nunca había prestado atención en su país, pero de repente condiciona todos los aspectos de su vida. Y, sin embargo, cuando vuelve a casa, la sociedad nigeriana le atribuye otra etiqueta: a partir de entonces es americanah, apelativo con el que sus compatriotas designan a aquellos que regresan de allá para marcar distancias. Para ellos, los retornados ya no son nigerianos, aunque nunca hayan llegado a ser americanos.

Americanah es una novela irreverente tremendamente adictiva, que te saca de tu zona de confort a base de disecciones perspicaces de los comportamientos culturales y sociales de unos y de otros. Los extractos del blog son reflexiones inteligentes que desmontan todos los clichés habidos y por haber en torno al denominado Tercer Mundo y la raza; las vivencias de los dos protagonistas, un retrato realista de los claroscuros de la inmigración, del camino hacia la madurez y de las relaciones interpersonales; y la historia de amor, el hilo conductor perfecto para unir todas esas partes que por sí solas ya merecen la lectura de esta novela.

Leer a Chimamanda Ngozi Adichie es necesario, ya lo he dicho más de una vez, pero leer Americanah es imprescindible. Un ejemplo de buena literatura, de esa que te sacude y te desmonta, para que cuando recompongas tus pedazos seas otra persona: más crítica, más empática… mejor.

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Los pequeños hombres libres, de Terry Pratchett

los pequeños hombres libres

los pequeños hombres libresTerry Pratchett solo había uno.

No son pocas las veces que han caído en mis manos libros que narran historias con alto contenido en humor. Tampoco son pocas las veces que en la faja que acompaña al libro, o en cualquier otro sitio que sea visible desde dos kilómetros de distancia, hay un comentario en el que, posiblemente un amigo del autor, compara el estilo de éste con el que elaboraba Terry Pratchett. Tras unas pocas páginas leídas descubres que sí, hay humor, pero que la narración ni de lejos se acerca a la elegancia natural con la que Pratchett hacía fluir las vidas de sus personajes para que éstos, a su vez, elaboraran sus propias historias. El humor, al final, era un invitado inherente a esas historias; una función vital en la biodiversidad que habitaba el Mundodisco, no un añadido artificial.

Terry Pratchett era inimitable.

Y esto solo significa que los que disfrutábamos con sus libros, tras su muerte en 2015, nos hemos quedado un poco huérfanos. Por suerte tenemos muchísimos libros para leer y releer, para volver a disfrutar, para reír, para emocionarnos, e, incluso, para sorprendernos. Sorprendente, sí. Ese es el adjetivo para calificar el libro que nos ocupa hoy. Yo que he leído algo más de la mitad de la obra de Terry Pratchett (de una forma tan desordenada que hasta la habitación de un adolescente gozaría de cierta estructura organizativa), yo que ya creía que el caballero del sombrero negro no podría cogerme con la guardia baja… Entonces va y cae en mis manos Los pequeños hombres libres para sacarme de mi error.

Los pequeños hombres libres, publicado por Debolsillo, es el primer libro del arco argumental protagonizado por Tiffany Dolorido. Tiffany es una muchachita de nueve años que vive en La Caliza, un lugar al que podríamos describir como la versión fantástica de aquellos bellos Alpes, repletos de prados en flor, ovejas pastando y de montañas escarpadas que Johanna Spyri nos mostró en Heidi. Tiffany vive una vida apacible con su familia: ordeña ovejas, evita que Bolsa de Ratas, su gato, cace pajaritos, elabora quesos y sale a pasear con su hermano pequeño Wentworth. Y entonces su hermano es secuestrado. Y parece que el acto ha sido perpetrado por un ser mágico, alguien que vive en un país que resulta ser el reflejo distorsionado de la realidad. A la misma velocidad que Tiffany halla una aventura y un enemigo, también se topa con unos extraños aliados: los Nac Mac Feegle. Las alianzas se producen. La magia se sucede. La aventura está servida.

Pero antes de que Tiffany se embarque en la aventura, vosotros, como lectores, asistiréis a la forja de una amistad con momentos delirantemente absurdos. Y todos vienen dados por esos pequeños seres que podrían ser el cruce definitivo entre un pitufo y un escocés. Vale, no sé qué está imaginando vuestra mente calenturienta, pero ya podéis parar. Su forma de hablar ya logrará que esbocéis una sonrisa (gracias Pilar Ramírez Tello, pues traducir a Pratchett debe ser un infierno). Continuemos… porque aunque Los pequeños hombres libres comienza con mucho cachondeo y con sucesos que bien podrían estar directamente extraídos de unos dibujos animados, poco a poco el hilo narrativo toma un cariz más “serio” y en algunos tramos muy lúgubre; en especial cuando la protagonista, en contra de su voluntad, acaba atrapada en el interior de una pesadilla por obra de un somníbulo: un ser de morfología sobrecogedora que os erizará el vello del cogote además de haceros preguntar hasta dónde habría llegado Terry Pratchett si hubiera decidido escribir novelas de terror. De todas formas, no temáis, pues toda esa oscuridad, toda esa sensación espeluznante que acompaña al lector en algunos tramos, se va mezclando con trazos de humor que rebajan la tensión o con los recuerdos de Tiffany, que no son más que breves historias, que moran en un pasado cercano, cargadas de emotividad y nostalgia.

Y si la aventura ya es excepcional, su protagonista es fascinante. De carácter fuerte pero compasiva. Autosuficiente y madura, pero con los miedos e inseguridades de alguien de su edad. Dispuesta a aprender de sus tropiezos pero no a que le tomen el pelo. En definitiva: Tiffany Dolorido es un personaje sumamente humano, de esos que no se olvidan con facilidad.

Los pequeños hombres libres es una novela de fantasía en la que Terry Pratchett hace malabarismos con los sentimientos del lector, éste puede pasar de sentirse conmovido a encontrarse con una gran sonrisa en el rostro en unas pocas páginas, y todo ello mientras descubre que las lecciones más importantes son las que te enseña la propia vida.

“Y las cosas no dejaban de ser mágicas solo porque descubrieras cómo se hacían.”

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El problema de las mujeres, de Jacky Fleming

El problema de las mujeres

El problema de las mujeresImaginad que estáis en una exposición sobre ciencia con vuestros hijos y la guía os dice: “citadme, así, rápidamente, diez genios de la ciencia o del arte”. Venga, os ayudo: Einstein, Leonardo Da Vinci, Pascal, Newton, Darwin, Pitágoras, Edison, Stephen Hawking, Galileo, Tesla… Por decir diez. ¿Os suenan? Seguro que algunos más y otros menos pero todos los nombres nos suenan y de la mayoría podríamos decir tres o cuatro cosas.

Pero, ¿no falla algo?

A Jacky Fleming, la autora de El problema de las mujeres, le parece que sí: todos son hombres. Nuestras “listas de genios” o de gente mínimamente célebre en las artes y las ciencias es históricamente masculina. ¿Por qué? Pues de eso trata este cómic: es un repaso ilustrado a la invisibilidad femenina a lo largo de la historia. Como dice Darwin en una de las últimas páginas del libro: “si comparas una lista de hombres eminentes con otra de mujeres, salta a la vista que los hombres son mejores en todo”. Obvio, ¿no?

Pero busquemos algunas respuestas. Porque el ejemplo con el que he iniciado la reseña nos muestra que las cosas no han cambiando tanto desde Darwin. ¿Será que no hay genios mujeres? ¿Será que la falta de oportunidades ha impedido que ninguna mujer descubriera o creara nada digno de mención antes del siglo XXI? Os propongo otra prueba. Buscad nombres de mujeres en los libros de texto de vuestros hijos o sobrinos. Buscad, buscad… Exacto, no hay ninguno y, cuando los hay, son consortes, esposas, musas. O Marie Curie. La única mujer que ha hecho algo por la ciencia en la historia, claro. Y, sí, de esto también habla Jacky Fleming en El problema de las mujeres.

A lo largo de más de 100 páginas la autora repasa, haciendo gala de una finísima ironía, los prejuicios, ideas falsas y mecanismos de exclusión que intentaron mantener a las mujeres dentro de la esfera doméstica durante los últimos siglos y nos cuenta cómo, pese a todo, lograban salir de ella. Desde que el cerebro de las mujeres es más pequeño y que, por lo tanto, son menos inteligentes, hasta que los pantalones las hacen lesbianas o estudiar les provoca esterilidad, pasando porque son biológicamente inferiores (esa idea sigue dando vueltas por ahí, hoy en día) o conceptos como la histeria. Todos esos bulos, y algunos más surrealistas que no os quiero spoilear, rodean a las mujeres que ilustra Jacky Fleming mientras se emperran en estudiar, pintar, descubrir estrellas, inventar lenguajes de programación o revolucionar las matemáticas.

El problema de las mujeres es un libro que despierta sonrisas y pone los de punta a partes iguales. Es pequeño, casi de tamaño bolsillo, y a una tinta, pero en rústica y bien editado. Yo ya tengo en mente a un par de persona a quien regalárselo, porque es un cómic ligero y divertido pero que al mismo tiempo nos hace recordar que el hecho de que las mujeres no estén presentes en nuestra educación no significa que no existieran, sino que las que se salieron de la norma acabaron en el basurero de la historia y nos necesitan para salir de él y ser reconocidas.

Por cierto, por si sentís curiosidad, os dejo aquí una lista de diez mujeres genio, así, al azar: Ada Lovelace, Artemisia Gentilleschi, Émilie du Châtelet, Grace Hopper, Rosalind Franklin, Katherine Johnson, Marie Curie, Caroline Herschel, Hedy Lamarr, Sophie Germain. Por si os interesa buscarlas en Google.

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Assassination Classroom 18: Hora de San Valentín, de Yusei Matsui

Assassination Classroom 18 Hora de San Valentín

Assassination Classroom 18 Hora de San ValentínPágina cuatro de mi diario de lectura del manga Assassination Classroom. O página dieciocho si lo hubiera leído en el orden lógico. Pero como no lo sigo desde el principio, es lo que hay.

Querido Yusei Matsui:

Ya te vale, me la has vuelto a jugar. Con Assassination Classroom 15: Hora de la tormenta me metiste de lleno en esta historia; con Assassination Classroom 16: Hora del pasado me conquistaste por completo y prometí que te seguiría hasta el final; pero con Assassination Classroom 17: Hora de dividirse me pareció que me colaste un episodio de transición, aunque te lo perdoné porque acababa por todo lo alto. Así que aquí me tenías, deseando leer Assassination Classroom 18: Hora de San Valentín, convencida de que estaría repleto de acontecimientos decisivos. Al fin y al cabo, solo quedan tres entregas para que pongas el punto final… Pero no, desgraciadamente no ha sido así. ¿Por qué te haces tanto de rogar, Yusei?

El número dieciocho es un episodio de relleno en toda regla y ha sido otra pequeña decepción. El giro estratosférico que dio la historia en las últimas páginas del capítulo anterior se resuelve enseguida, como si fuera lo más sencillo del mundo y, a partir de ahí, la trama se deja a un lado para dar paso a una sucesión de gags en los que Korosensei muestra su lado más divertido poniendo en evidencia a sus alumnos, adolescentes con las hormonas en plena ebullición. Y, pese al cabreo inicial, confieso que me he divertido leyéndolo y me ha dado un poco de penita también. Por un lado, los chicos y chicas de 3º-E se dan cuenta de que, inevitablemente, cada uno de ellos ha de decidir qué hará con su vida cuando el curso termine, más allá de la misión que el gobierno les ha encomendado. Y, por otro lado, Korosensei vuelve a dejar claro por qué es un personaje genial y un gran profesor, principales motivos por los que me enganché a este manga. En definitiva,  a través de líos amorosos y situaciones comprometidas, este episodio solo pretende mostrar el lado más desenfadado y vulnerable de la clase de la escuela secundaria Kunugigaoka para que aún nos duela más la despedida.

Quedan tres entregas, solo tres entregas, querido Yusei Matsui. Y de verdad que espero que el desenlace del manga esté a la altura de Assassination Classroom 16: Hora del pasado, donde me demostraste de todo lo que eres capaz y disparaste mis expectativas. Pero tras los dos últimos capítulos, dudo. No sé si podría perdonarte otro episodio de relleno, pero más miedo me da que todo esto solo haya sido el prolegómeno para hacerme bajar las defensas y asestarme un golpe definitivo en la recta final. Y es que le he cogido mucho cariño a Korosensei y temo lo que le tengas preparado.

Ya ves, Yusei Matsui, aquí tienes una lectora entregada que, hagas lo que hagas, sigue pendiente de ti. Así que, por favor, pórtate bien en los próximos capítulos. La historia que has creado en Assassination Classroom lo merece.

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Antimanual de autodestrucción amorosa, de Marita Alonso

Antimanual de autodestrucción amorosa

Antimanual de autodestrucción amorosaNo sé qué me ha dado últimamente con los libros antiamor. Os recuerdo que hace poco os hablaba de No eres tú, soy yo que me he dado cuenta que eres lo peor, el libro de la genial Pedrita Parker que es un todo un canto al desamor y a las rupturas amorosas. El amor es muy bonito, pero el desamor con humor es mucho más divertido, dónde va a parar. Debe ser el verano y el calor, que a mí me ponen de muy mala leche. Porque a ver, ¿qué es eso de enamorarse en verano? No lo entiendo. ¿Quién tiene ganas de magrearse entre sudores?, ¿qué es eso de abrazarse en la cama a 40 grados? Par favaaaar, échate, para allá, que esto ya parece Mordor. No sé, no lo veo. Todavía el invierno tiene más encanto para eso de acurrucarse.

Supongo que por eso, por mi mala leche estival me he dejado atrapar por títulos como el del libro de hoy: Antimanual de autodestrucción amorosa, ¿a que suena bien? Bueno, confieso que lo primero que me atrajo del libro fue que estuviera ilustrado por Alfonso Casas. Si no le conocéis os lo recomiendo mucho. Podéis ver parte de su trabajo en su página web o en las redes sociales. Tiene un toque entre naif y mala leche que me encanta.

El libro en cuestión está escrito por Marita Alonso, a la que servidora no tenía el gusto de conocer. Es periodista de moda, escritora, guionista y reportera. Ha trabajado para Cosmpolitan, Marie Claire o Glamour y es, además, una rubia explosiva. Podéis comprobarlo fácilmente poniendo su nombre en Google Images. Y claro, después de ver a esta chica diez quizás os preguntéis que cómo ella, precisamente ella, va a tener problemas de amores. No os preocupéis, ella está harta de que le pregunten lo mismo. Quizá por eso mismo ha escrito Antimanual de autodestrucción amorosa, para demostrar que, aun siendo un completo desastre en esto del amor, a todo se le puede sacar partido.

Marita ha escrito un antimanual, precisamente porque ella no cree en los manuales de ayuda y con sus (nefastas) experiencias amorosas ha creado esta guía repleta de ejemplos (sus propios ejemplos) de lo que no debemos hacer.

Hay de todo en el libro, desde una genial crítica al amor que Disney trató de vendernos, tipologías de los piropeadores, las primeras experiencias sexuales o el inquietante mundo de las citas vía Tinder. Se me ponen los pelos de punta.

Marita Alonso es muy mordaz y no se corta un pelo a la hora de contarnos sus experiencias amorosas. El resultado es un libro divertido, de esos que puedes leer tranquilamente en verano porque no te va a dar calor, sino que te va a hacer pasar un buen rato. Los romances de verano con los libros son mucho mejores, ¿verdad?

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Cinta negra, de Eduardo Rabasa

Cinta negra

Cinta negraRedactar un currículum es, ahora, casi tan complicado y creativo como escribir la mejor de las novelas. El actual mercado laboral, basado en una competencia sin igual entre los distintos aspirantes al puesto de trabajo, confirman lo que parece la verdadera finalidad del historial de empleo de un trabajador: convertirse en un superventas. Escribir que tienes conocimientos de informática, dominas la lengua inglesa —nivel alto escrito, leído y oral— y haber trabajado en cuatro empresas de las más potentes del mercado ha quedado ya en los noventa, como las carpetas forradas con fotos de Leonardo Dicaprio y escuchar a Bryan Adams. Ahora lo que se lleva es expresar todas tus aptitudes profesionales con voces inglesas, porque según quien contrata, queda más molón, y ser muy imaginativo. El más fantástico. El fuckin’ master de la creatividad. Pues eso, así me va…

En Cinta negra, genial segunda novela de Eduardo Rabasa, nos presentan cómo sería el día a día en una de esas empresas que se ha fijado en tu rebosante currículum. Su protagonista, Fernando Retencio, trabaja para una compañía encargada de crear soluciones imaginativas a sus clientes. Todo tipo de clientes con todas sus manías y excentricidades que esperan obtener una solución, a la cual más novedosa, para llegar a buen puerto. La exigencia diaria es máxima en el puesto de trabajo de Retencio, que se ve obligado a luchar frenéticamente contra sus compañeros de trabajo, los llamados Pérez, e imaginar soluciones disparatadas para contentar a sus clientes. Cada día, un gran panel indica la clasificación de los logros obtenidos por cada uno de los trabajadores con el fin de motivarles y superar sus labores y así acercarse al máximo reconocimiento en la empresa: la cinta negra, lo que en kárate sería el cinturón negro. Toda una secta en potencia.

Retencio no trabajará solo, le acompañará su buen amigo y conserje de la empresa Dromundo. Esta peculiar pareja, al punto, casi una suerte de don Quijote y Sancho Panza, se verá inmersa en diferentes situaciones a la cual más cómica que la anterior. Entre sus clientes están un entrenador de boxeo que teme perder a su gran luchador por culpa de una mujer de la que se ha enamorado y que le intenta arrastrar fuera del ring; el chivatazo de una monja que solicita su ayuda para ayudar a una niñita que mantienen enclaustrada en un convento, con divertidísimas consecuencias entre los protagonistas; o el caso que reclama la total atención de Retencio sobre el más excéntrico de los escritores, un plumilla de altos humos y palabra fina cuyo discurso resulta de una musicalidad rimbombante muy entretenida en su lectura.

Tanta seguridad e imaginación demuestra Retencio en su trabajo como inseguridad en su pareja, que será quien le lleve por la calle de la amargura. Los celos que le causa la cercana relación de su mujer con otro hombre le harán volverse posesivo, paranoico, sexualmente pasional y alterado, lo que conllevará a que se sienta en muchas ocasiones frustrado. Es este un punto importante para conocer la personalidad de Retencio. Un personaje que he odiado y adorado a partes iguales durante toda la novela. Algo genial para meterte más en la historia.

Esa culpa la tiene su autor, Eduardo Rabasa. Dijeron de su primera novela que guardaba el estilo de George Orwell, a quien ha estudiado en profundidad. En verdad, a mí me ha parecido un escritor con una buena historia que contar y de una manera que desde luego no pasa desapercibida; se queda en la mente del lector por su encanto y por contar una verdad patente en nuestro tiempo actual. Su satírico estilo, la introducción de expresiones mejicanas que ofrecen a la lectura mayor diversidad sonora y los contrastes en cada uno de sus personajes muy bien construidos, hacen de Cinta negra un trabajo excelente para mostrar, con cierta sorna, el alto nivel de exigencia al que estamos sometidos en este rápido y mutable ritmo vital y laboral; un estilo de vida fatigoso en el que el miedo a estancarnos, el miedo a no conseguir llegar a esa ficticia cinta negra, hace que la sintamos enredarse alrededor de nuestro cuello amenazando con dejarnos con las piernas colgando.

 

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El crimen del conde Neville, de Amélie Nothomb

el crimen del conde Neville

el crimen del conde NevilleLas expectativas altas son difíciles de cumplir. Eso me ha pasado a mí con Amélie Nothomb. Había oído decir que era una escritora lúcida y mordaz, y esos adjetivos habían bastado para que me entraran unas ganas tremendas de leer algo suyo. Además, me intrigaba que aparezca fotografiada en sus portadas, algo ya de por sí inusual en el mundo literario. ¿Tendrá que ver con que los elementos autobiográficos están muy presentes en sus obras o será una más de sus excentricidades? Ni idea. Cuando la vi asomando con un enorme sombrero y una regadera roja en la mano en la portada de El crimen del conde Neville, su último libro publicado por Anagrama, leí la sinopsis, a ver si encontraba la relación entre esa imagen y ese título. Y no, no la vi. Pero se mencionaba que la historia hacía un guiño a El crimen de Lord Arthur Saville, de Oscar Wilde, un autor que me encanta, y eso me dio el empuje definitivo para estrenarme por fin con esta escritora belga y comprobar si de verdad es tan peculiar en todos los aspectos de su narrativa.

Al conde Neville, protagonista de esta novela, una vidente le vaticina que matará a uno de sus invitados en su próxima fiesta. Obviamente, al hombre le sienta fatal esta predicción. ¿Cómo va a matar él a alguien? ¿Qué clase de anfitrión sería si hiciera algo así? Con este punto de partida, similar al de la historia que Oscar Wilde escribió en 1891, comienza esta tragicomedia, pero ambos autores no solo coinciden en eso, sino que además se asemejan en el estilo, caracterizado por una prosa ágil, unos diálogos irónicos y una buena colección de frases para la posteridad. Al igual que las obras del dramaturgo británico, El crimen del conde Neville parece una novela frívola a simple vista, puro divertimento, pero en cuanto el lector se fija un poco, se trasluce la profundidad psicológica de los personajes y la sátira permanente a la nobleza y su absurdo juego de las apariencias. Lo que más me ha llamado la atención es que la aristocracia que plasma Amélie Nothomb —y que conoce de primera mano, pues pertenece a ella— apenas dista de la que retrató Oscar Wilde, pese a los dos siglos que los separan, por lo que es aún más evidente que sufre ese anacronismo sobre el que ironiza la novela.

Los continuos giros y su corta extensión me han mantenido pegada a El crimen del conde Neville para descubrir si al final el protagonista lleva a cabo el asesinato que le trae de cabeza. Y me han gustado tanto el ingenio, las reflexiones y la perversidad de esta novela que, precisamente por eso, me han sabido a poco sus ciento trece páginas. Pero no es malo que mis altas expectativas  no se me hayan cumplido; en esta ocasión, solo significa que se han incrementado. Y me alegro de que me haya pasado eso con Amélie Nothomb. Leeré más historias suyas para profundizar en esas rarezas que le hacen destacarse en el panorama literario actual y así colmar las expectativas que me he creado en torno a ella. Sin olvidarme de que tengo que saber cuál es el motivo por el que sale retratada en las portadas de sus libros, que no pienso yo quedarme con esa intriga.

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La invasión de las bolas peludas, de Luke Rhinehart

La invasión de las bolas peludas

La invasión de las bolas peludasEl pasado 20 de abril, el escritor Eduardo Mendoza recogía en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares su más que merecido Premio Cervantes. En su discurso ponía en valor el humor como género literario, ese humor que ha impregnado toda la obra del barcelonés, legándonos personajes que ya forman parte de nuestra literatura como su marciano Gurb o aquel detective anónimo que tantas novelas ha protagonizado. Y empiezo hablando en esta reseña del maestro Mendoza porque el libro del que hoy vengo a hablaros es una de las novelas más divertidas que se han publicado en los últimos años, casi a la misma altura que Sin noticias de Gurb.

La invasión de las bolas peludas es la última obra del norteamericano Luke Rhinehart, autor de la novela El hombre de los dados que tan famoso le hizo en los años 70 y que tuve la suerte de leer el año pasado gracias a la oportuna recuperación de los amigos de Malpaso. En esta ocasión, Rhinehart se vale del humor para hacer una divertida, voraz y ácida crítica al sistema capitalista norteamericano simulando una invasión alienígena de lo más curiosa. Empecemos explicando un poco la historia. Billy Morton es un pescador entrado en años que vive una vida tranquila basada en su vieja embarcación pesquera y una plácida familia en Long Island formada por su joven esposa y sus dos hijos. Un día, faenando en el mar, aparece entre sus redes un raro pez con forma esférica y pelos plateados. Ante el estupor de Billy y sus compañeros, la bola empieza a dar botes por la embarcación y al llegar a tierra, decide acompañar a nuestro protagonista a su casa, convirtiéndose en la mascota ideal para sus dos hijos. Este pequeño bicho, apodado Louie, resulta no ser el único en la Tierra, y aunque solo parecen querer divertirse, en sus actos empiezan a advertirse unas intenciones no tan benévolas. Cuando estos nuevos habitantes comienzan a organizar hackeos masivos a grandes empresas (Agencia Nacional de Seguridad incluida) y sabotajes varios, la maquinaria del sistema capitalista y el Gobierno de los Estados Unidos tratarán por todos los medios de parar esa presunta amenaza, convirtiéndose los Morton en los grandes perjudicados por su intento de defender a esas inofensivas bolas de pelo.

Si El hombre de los dados tenía diálogos sublimes capaces de sacarte una sonrisa, en esta ocasión contamos con capítulos enteros de carcajada sonora, de esa que produce agujetas en el estómago al día siguiente, sobre todo para los que no solemos ejercitar suficientemente los consabidos abdominales en el gimnasio. Las primeras cien páginas del libro son una auténtica delicia, si bien es cierto que a partir de ahí el nivel de risas (no de calidad) empieza a decrecer. El mérito principal de Rhinehart no es solo hacer reír al lector, haciendo válida esa máxima que dice que es más difícil hacer reír que hacer llorar; el verdadero mérito está en utilizar el humor (mezclado con la ciencia-ficción) para sacar los colores a un sistema político, financiero y social lleno de carencias. Mientras los proteicos (así serán bautizados estas peludas bolas) parecen tener como único fin la diversión, los EEUU se pondrán su traje de salvadores del Mundo (ese disfraz que tantas veces suelen ponerse sin que nadie se lo pida) para hacer, una vez más, el mayor de los ridículos. Louie, Galimatías, Molière, LS y su séquito proteico, una vez conocidos los modos de comportamiento de la raza humana, arrojan un veredicto demoledor sobre nosotros. La estupidez humana no tiene límites. Tal cual.

Luke Rhinehart decide contarnos esta historia de una manera muy original, llevada a cabo con acierto. En La invasión de las bolas peludas se van mezclando distintas voces y distintos relatos, salteándolo de vez en cuando con ficticios informes policiales, recortes de periódicos y varios extractos del “Nuevo diccionario proteico del idioma americano”, donde el autor saca toda su artillería irónica y satírica. Y para muestra, os dejo dos definiciones de este divertido repertorio.

CAPITALISMO: Apaño económico para que las empresas privadas y los muy ricos organicen el sistema y puedan controlar los medios de comunicación, a los políticos y todas las ramas del gobierno con el fin de garantizar que las cuentas bancarias de los ricos, por los ricos y para los ricos no desaparezcan de la faz de la Tierra.

REINO UNIDO: Portaaviones estadounidense situado cerca de las costas europeas, usado para bombardear a ciudadanos árabes en varios lugares de Oriente Medio y África.

Al igual que le pasaba con su gran obra, el principal defecto de Rhinehart reside en un exceso de páginas que, pese a ser digerible, impide a su novela alcanzar el sobresaliente. Pero aun así, no puedo más que terminar la reseña recomendando esta genial historia, una valor seguro en la literatura de humor actual y sobre todo, una novela llena de verdades que terminan por sacar los colores a más de uno.

César Malagón (@malagonc)

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