
El racismo está superado, es cosa del pasado. Solo quedan algunos bocazas incultos por ahí, que aún no se han enterado de que todos pertenecemos a una única raza: la humana.
Ja.
Si crees eso, probablemente seas una persona blanca, para la que la cuestión de la raza nunca ha constituido una barrera. Pero pregúntale a un negro («un negro», sí, nada de eufemismos absurdos como «persona de color» o diminutivos humillantes) si alguna vez alguien ha juzgado sus actos en función del color de su piel, y ya verás la cantidad de anécdotas que le vienen a la cabeza. Y ni se te ocurra acusarlo de victimista porque se atreva a quejarse, ni mucho menos le des la vuelta a la tortilla diciéndole que, con esa actitud, es él el que demuestra ser un racista. Si estás en ese plan, ya estás tardando en leer Americanah, de Chimamanda Ngozi Adichie, a ver cuántas de esas convicciones siguen en pie tras la lectura.
Tres, tres libros seguidos llevo de Chimamanda Ngozi Adichie, y cuando creía que no me podía cautivar más, llega esta novela y se convierte en mi preferida. Con ironía y vehemencia, Americanah habla a las claras del incómodo tema del racismo y del proceso de adaptación (o de sometimiento) del inmigrante al país de acogida. Bueno, y también cuenta una bonita historia de amor, que no todo va a ser echarnos verdades a la cara.
En la década de los noventa, los universitarios Ifemelu y Obinze se enamoran. Pero ambos son conscientes de que esa Nigeria dominada por la dictadura militar no va a ofrecerles el futuro que esperan. Obinze se marcha a Inglaterra e Ifemelu a Estados Unidos, dispuestos a reunirse más adelante, pero sus vidas en esos nuevos países harán mella en ellos, cambiándolos y distanciándolos. Ifemelu rememora aquellos tiempos trece años después, cuando se dispone a regresar a su país y, quizá, a retomar el contacto con Obinze, su primer y gran amor.
A través de sus recuerdos, conocemos cómo ha sido su estancia en Estados Unidos, ese país que grita a los cuatro vientos que allí todo está bien y que todos son iguales. Pero Ifemelu ha comprobado que eso no es así, y ha dejado constancia de sus experiencias en un blog, Raza o Curiosas observaciones a cargo de una negra no estadounidense sobre el tema de la negritud en Estados Unidos. Y es que ella repara por primera en que es negra al llegar allí; había sido un rasgo al que nunca había prestado atención en su país, pero de repente condiciona todos los aspectos de su vida. Y, sin embargo, cuando vuelve a casa, la sociedad nigeriana le atribuye otra etiqueta: a partir de entonces es americanah, apelativo con el que sus compatriotas designan a aquellos que regresan de allá para marcar distancias. Para ellos, los retornados ya no son nigerianos, aunque nunca hayan llegado a ser americanos.
Americanah es una novela irreverente tremendamente adictiva, que te saca de tu zona de confort a base de disecciones perspicaces de los comportamientos culturales y sociales de unos y de otros. Los extractos del blog son reflexiones inteligentes que desmontan todos los clichés habidos y por haber en torno al denominado Tercer Mundo y la raza; las vivencias de los dos protagonistas, un retrato realista de los claroscuros de la inmigración, del camino hacia la madurez y de las relaciones interpersonales; y la historia de amor, el hilo conductor perfecto para unir todas esas partes que por sí solas ya merecen la lectura de esta novela.
Leer a Chimamanda Ngozi Adichie es necesario, ya lo he dicho más de una vez, pero leer Americanah es imprescindible. Un ejemplo de buena literatura, de esa que te sacude y te desmonta, para que cuando recompongas tus pedazos seas otra persona: más crítica, más empática… mejor.

La maldita adolescencia: ese momento de locura transitoria en el que las personas se convierten en una inestable bomba de relojería. Personalidades volátiles y cambiantes que estallan por una mirada inoportuna, una palabra malinterpretada o una situación que, a priori, no vaticinaba un desenlace de cariz violento. ¿Qué pasa contigo? ¿Qué coño miras? Si quieres pelea la tendrás. Parece una buena idea reunir a todos estos muchachos y muchachas, que intentan tomar el control de un cuerpo que parece ir a la deriva, en un mismo lugar. Añadámosles, en algunos casos, marginalidad, drogas y la falsa creencia de ser eternos. No existen peligros, la inmortalidad les ampara. Morir es solo de viejos. Sí, parece una buena idea concentrarlos en un único edificio que les infunda la engañosa sensación de perder su libertad. El instituto: un polvorín atestado de seres frágiles y cargados de inseguridades que solo buscan subsistir. De este tipo son los personajes y las situaciones que vamos a encontrar en Primavera azul, la última obra del mangaka Taiyo Matsumoto publicada por 
La imaginación es una cosa muy bonita y práctica. Nos permite tanto hallar soluciones insospechadas a nuestros problemas como crear maravillosos mundos de fantasía (imaginación y fantasía no son sinónimos, se ponga como se ponga el diccionario; la fantasía no es sino una vertiente de la imaginación). Cuando iba al cole, nada me gustaba tanto como que la seño nos mandara hacer algún trabajo que requiriera de la imaginación. Y no se me daba mal, a decir de mis amigos. Podía inventarme personajes resultones (con nombres graciosos y todo), situaciones más o menos ocurrentes, ir un poquito más allá del lugar común para hallar una salida ingeniosa, y, desde luego, nadie me superaba en el arte de poner motes. Pero de una cosa estoy seguro: al lado de 
La literatura africana actual en sí misma es una invitación a un mundo nuevo, al menos la poca que yo he leído (
Cuando leemos libros como el Quijote, 
Parece mentira que lo que está ocurriendo en Corea del Norte sea verdad. Que sepamos tan poco sobre lo que allí ocurre y que lo poco que nos llega sea de manera sesgada y aun así nos escandalice. Y no es para menos. No tenemos ni idea de lo que Kim Jong-un está haciendo con su país. Sinceramente, me aterra que gente como él esté donde está.
Este es uno de esos libros que me atrapan por su sinopsis. Un libro de esos que alterno con novelas y que voy leyendo poco a poco, como si se tratara de una revista. Algo así como un libro de verano, algo ligero y al mismo tiempo interesante que me permita tomarlo y volver a él cuando me apetezca (véase: de tumbona en tumbona).
Como la mejor literatura, la novela gráfica no sólo nos ayuda a conocer el mundo, sino que, con cada vez mayor frecuencia, resucita a extraordinarios personajes como 


Vale, puede que el título suene un poco presuntuoso, pero sin duda hay libros que nos alegran la vida y dar con uno de ellos es una maravilla. Esa sensación de estar tan completamente metidos en la historia que el tiempo se nos pasa volando mientras leemos, o las ganas de volver a retomar la lectura son las claves de que hemos encontrado un buen libro. En lo que llevamos de verano, haber encontrado
Los errores en los libros, o los errores en general, suelen no pasar desapercibidos. Saltan a la vista. También lo hacen los grandes aciertos, luminosos párrafos de algunas obras, goles magníficos, polvos de otra galaxia que no deberíamos aspirar a repetir. En un punto intermedio de esos dos extremos, entre otras cosas, podemos encontrar dos categorías interesantes: la mediocridad y la virtud. La primera tiene relativo éxito en esconder los errores, al menos en dejarlos fuera de la vista o del foco, pero lleva dentro la inferioridad de los mentirosos. La segunda simplemente los evita, los fallos, aunque no se regodea tampoco en los aciertos. En este último sentido tan modesto de algo cercano a la perfección se halla la tercera novela de Jonathan Lee, primera en español, El gran salto.
Embobada, así me he quedado yo con El bosque de los troles. Y no es una forma de hablar, no. Me he quedado prendada de las preciosas ilustraciones de John Holmvall, sin poder apartar los ojos de las dulces expresiones de los niños que se adentran en los bosques y de los entrañables troles que salen a su paso. Vale, esos troles suelen raptar a esos aventureros niños, pero con esas enormes orejotas y narizotas es imposible que les tenga manía; en el fondo, no tienen malas intenciones… Y si la cosa se complica, siempre habrá un 