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La república, de Joost de Vries

La república

La repúblicaTodos nos hemos sentido alguna vez reemplazados, de una manera u otra. Y eso duele. Ya lo creo que duele. No hay más que ver lo mal que llevan los antiguos presidentes del Gobierno de España volver a ser ciudadanos de a pie. Ni su puesto en un consejo de administración de una gran empresa consigue quitarles las ganas de seguir influyendo en el curso de la política, sin perjuicio de que sus declaraciones puedan perjudicar gravemente a su partido. Cuando te has creído ser algo durante mucho tiempo, salir de esa burbuja tiene que ser realmente difícil de afrontar.

Friso de Vos, el protagonista de La república, la segunda novela del autor neerlandés Joost de Vries, no sufre una substitución tan mayúscula como la que he comentado, pero esta es igual de traumática o más. Tras el fallecimiento de Josip Brik, un profesor universitario considerado una eminencia en los estudios hitlerianos, él, su fiel ayudante en la revista El sonámbulo, se tiene a sí mismo como su digno sucesor. Pero un percance médico durante un viaje a Chile, que coincide con la muerte de Brik, hace que Friso no pueda estar presente en la ceremonia, lo que es aprovechado por otro hombre, Phillip de Vries, para adueñarse del papel de discípulo principal del profesor.

Lo cierto es que el tema resulta tan rocambolesco que cuesta hacerse a él. De hecho, en las primeras páginas mi único pensamiento durante la lectura era «¿A dónde narices quiere llegar con todo esto el autor?». Pero poco a poco, y con la ayuda del creciente interés que va tomando la trama una vez que se despliega el contexto, uno empieza a entender que la sátira del mundo universitario que construye Joost de Vries es verdaderamente ácida y cruda. Con un humor que muchas veces roza el límite de lo publicable y algunas frases cada pocas páginas que provocan una risa culpable—«De verdad que Hitler no tiene nada que ver», le dice el protagonista a su maestro para justificar la separación de su novia—, esta novela atiza, y de que manera, a un mundo marcado por las apariencias y por la necesidad de demostrar continuamente que se está al tanto de todo lo que es meramente relevante a nivel intelectual. De hecho, la figura de Hitler, tan presente durante todo el relato, es una mera excusa, un elemento más de provocación que emplea De Vries para poder desarrollar su dura crítica al esnobismo ilustrado.

El otro aspecto que destaca sobremanera en esta obra es la ira. La obsesión que consume a Friso por ver cómo todos sus años de esfuerzos y de completa sumisión a su maestro han quedado en nada porque otro estuvo en el lugar adecuado en el momento correcto. La envidia y el rencor del protagonista quedan magníficamente reflejados, hasta el punto de que la narración, en primera persona, llega a ser enormemente surrealista y se hace complicado saber qué acontecimientos son reales y cuáles son meras ensoñaciones coléricas del discípulo destronado.

Desde mi punto de vista La república es una oda a la farsa, a la impostación tan habitual en el mundo de la cultura, en el que todo el mundo ha leído a Kant aunque no sepa citar el título de ninguna de sus obras. Una novela que contiene numerosos excesos (estilísticos, humorísticos, sexuales…) pero que consigue un resultado muy atrayente en su conjunto. Y es que en el caso de Joost de Vries, como dijo Shakespeare de Hamlet, hay método en su locura.

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The Beauty, de Jeremy Haun, Jason A.Hurley y John Rauch

The Beauty

No es que yo sea muy freak de los cómics. De hecho soy cero freak. He leído muy pocos en mi vida y casi mejor que no os recuerde lo que me pasó con el manga The BeautyGorda cuando lo recibí, ¿o mejor sí? Así que partiendo de esta premisa, ya podéis haceros una idea de lo poco puesta que estoy en estos temas.

Por eso mismo, de vez en cuando me aventuro y me animo a mí misma a leer algo diferente de lo que estoy habituada. Mis motivaciones para leer uno otro cómic pasan por que el título me llame la atención o que la portada me sugiera algo. Así de simple soy. Creo que con The Beauty me pasaron las dos cosas. Además, recuerdo que leí un poco por encima la sinopsis y me quedé un poco en plan WTF?. A veces alucino con las ideas que se les ocurre a la gente. En serio, ¿qué toman para escribir esas historias?

Luego me acordé de que había visto una película que en cierto modo me recordaba al argumento del cómic. Una película muy mala, por cierto, pero es lo que tiene ser amante del género de terror, que vas a tener que ver películas muy malas hasta dar con una buena. Os prometo que si me acordara del título de la película os lo diría, pero tengo una memoria más bien maleja.

Si queréis que se os quede la misma cara que a mí os cuento un poco de qué va y luego ya vosotros decidís si os interesa leer el cómic o no, ¿va?

Resulta que en el mundo que recrean Jeremy Haun y Jason A.Hurley en este cómic, la sociedad vive completamente obsesionada con el ideal de belleza. Tampoco es algo muy nuevo, es un poquito lo que también le pasa a nuestra sociedad. La diferencia está en que en este mundo, alcanzar esa perfección es relativamente fácil: la belleza se contagia a través de las relaciones sexuales. Y sí, he dicho se contagia porque la belleza no deja de ser una enfermedad. Pero claro, la mayoría de la gente prefiere pagar el precio de contraer la enfermedad por sentirse atractivos.

Los inspectores Vaughn y Foster, pronto se dan cuenta de los efectos que la enfermedad tiene para los infectados y deciden tratar de poner fin a todo esto. Pero no iba a ser tan fácil claro: políticos corruptos, grupos pro y anti belleza, empresarios, agentes federales y hasta un terrible mercenario se verán involucrados en la trama, haciéndole la misión bastante difícil a los dos inspectores.

En este tomo podemos encontrar los seis primeros números de la serie. (No sabía que había más, pero ahora tendré que investigar).

The Beauty es una ida de olla, seamos sinceros. Una trama rara de narices con unos diálogos sucios, sin tapujos y directos y unos dibujos inquietantes. Pero, ¿sabéis qué? A mí me ha gustado. O al menos me ha entretenido, que es lo poco que le pido yo a un cómic. Así que sí, misión cumplida.

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Animalotes 2, Aaron Blabey

Animalotes 2

Animalotes 2¡Han vuelto los animalotes! ¿Os acordáis que hace poco os hable de esta banda aquí? Pues ya tenemos la segunda parte de las aventuras de esta pandilla de malos malotes que quieren ser buenazos. Ya está aquí Animalotes 2.

Tras su intento en el primer tomo de salvar a los perritos que estaban atrapados en una perrera, el señor Lobo, el señor Tiburón, el señor Serpiente y el señor Piraña volverán a juntarse para hacer el bien. Y es que aquella misión no obtuvo los resultados que esperaban. Resulta que en las noticias hablaron de ellos como unos chiflados que habían aterrorizado a los perros de la perrera. Además, el guardia de seguridad los describió como una banda de maleantes muy peligrosos. Pero, ¿cómo puede ser? Si nuestros amigos pretendían hacer el bien. ¡¡Ellos querían ser héroes!! Algo ha ido mal, está claro.

Vale, no pasa nada. Un fallo lo puede tener cualquiera, ¿verdad? Hay que remontar, hay que buscar una nueva misión que por fin les haga ver a todos quiénes son estos animales en realidad: unos buenazos, unos salvadores, unos héroes. Y para ello, el señor Lobo tiene una nueva idea: colarse en la granja de gallinas Buenaventura y liberar a esas pobres gallinas apiñadas en sus jaulas sin espacio para jugar y sin luz solar. No me digáis que las pobres gallinas no se merecen ser rescatadas por la banda. Es una idea genial, esta vez nada puede salir mal. Además, al señor Serpiente este plan le parece fenomenal. ¿O será que las gallinas le parecen muy apetitosas? No, no, no. Él también es un buenazo.

Pero claro, no todo iba a ser coser y cantar. Hay un ligero problema: resulta que la granja de gallinas Buenaventura es algo así como una prisión de máxima seguridad. Sus muros de acero, sus alarmas, sus vigilantes y rayos láser hacen que resulte imposible colarse dentro. Esta vez necesitarán ayuda y para ello contarán con Piernecitas, una tarántula espantosa de igual fama que el resto de la banda pero que, en el fondo, también es un buenazo y además, todo un superhacker. Justo lo que necesitan para poder acceder a la granja. Parece que todo irá mucho mejor que la anterior vez y, en cierto modo, así será. Esta vez sí que cooperarán como un auténtico equipo. Ahora sí que son la banda de los buenazos.

Pero nuestros amigos no contaban con que acabarían mezclándose con la cobaya más mala de todas las cobayas. Una cobaya que busca venganza, ¿quiénes se han creído ellos para liberar a sus gallinas e irse de rositas así? Ni hablar. La venganza, lectores, nos espera en el siguiente tomo de Animalotes. Estoy deseando averiguar cómo se las van a apañar esta vez, ¿y vosotros?

 

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Opiniones contundentes, de Vladimir Nabokov

Opiniones contundentes

Opiniones contundentesLeemos por placer, dicen algunos. Y supongo que es cierto. Ese tipo de lector que se siente tan feliz en compañía de familia, amigos o amante, que al final, desesperado, tiene que levantarse y salir de la habitación para coger un libro, abrirlo, dejar entrar un soplo de mal rollo en su vida y recordar que todo es vanidad, no es el tipo de lector que más abunda. Aunque, no os quepa duda, haberlos, haylos.

Existe otro tipo de lector. Este también lee por placer, por descontado, pero, a diferencia de aquéllos que buscan un autor al que tutear, un narrador con el que se identifiquen y unas aventuras o sueños cercanos a los suyos, este lector encuentra el placer en un autor distante, con el que no tenga nada en común y que le hable de asuntos que jamás hubiera considerado de su interés. Cuando nuestro lector encuentra a un autor así, se entrega a él en cuerpo y alma, ve transformado su concepto de la literatura y recibe de buen grado el majestuoso desdén de su nuevo amo y  señor.

Así que ya lo sabes: si a ti te gusta un autor con el que te puedas identificar, yo me enorgullezco de que Vladimir Nabokov me llame ignorante. Y lo hace a las primeras de cambio:

Sólo cierto tipo de personas ignorantes mueven los labios al leer o reflexionar.

¡Y yo que pensaba que, al contrario, me hacía parecer más inteligente! Pero servidor es sólo el primero de los títeres que nuestro genial autor decapita. Aquí no se libra nadie. Vayamos por pasos.

Opiniones contundentes tiene un título sobradamente explícito, aunque habría que señalar que falta la palabra “razonadas”. Porque para opiniones contundentes, las mías (y si no, que se lo pregunten a mis enemigos de facebook), pero saber defender esas opiniones con argumentos y elegancia, ah, ahí ya no llego yo.

El libro consta, en su primera parte, de una serie de entrevistas concedidas por el autor, a lo largo de diez años (de 1962 a 1972), a medios tan diversos como Time, la BBC, la Radio Suiza, Vogue o Playboy. En estas entrevistas disfrutamos de la primera gran, enorme, virtud de Nabokov: su falta de espontaneidad. Así, a diferencia de tanto pánfilo que responde a una pregunta estúpida con la primera sandez que le viene a la cabeza, Nabokov siempre exigía que le entregaran las preguntas con anterioridad, para así poder preparar con tiempo suficiente la respuesta de aquéllas que se dignara responder. Naturalmente, dichas entrevistas son un auténtico deleite para el lector. Y en ellas, el bueno de Vladimir se despacha a gusto.

Entre sus fobias no literarias destacan “el jazz, el cretino de medias blancas que tortura a un toro negro (…); el bric-à-brac de los abstractos; las máscaras rituales primitivas; las escuelas progresistas; la música en los supermercados; las piscinas; los brutos, los pesados, los filisteos con conciencia de clase; Freud, Marx o los falsos pensadores”, entre otros.

Huelga decir que nuestro amigo rechazaba el encasillamiento en un grupo o movimiento literario. La literatura, en opinión de Nabokov, no conoce corrientes, grupos ni generaciones. Sólo existe el artista y su obra. Despreciaba la impostura, la pomposidad, las grandes ideas, las novelas repletas de símbolos y, sobre todo, la literatura con una función social. Califica como necia la Muerte en Venecia, de Thomas Mann; El doctor Zhivago, melodramática y mal escrita; y define las novelas de Faulkner como “crónicas con barbas de maíz”. Se ríe de esos autores que afirman que, al escribir, uno de sus personajes se apodera de ellos y les dicta el curso de la acción. !Qué experiencia tan absurda”; observa, para añadir que, en su relación con sus personajes, él es “un perfecto dictador dentro de ese mundo privado”. Es decir, mi libro lo escribo yo con mi mente, mi mano y mi lápiz. Patochadas pseudorománticas, no por favor.

Después de las entrevistas vienen las cartas hundidoras, que el autor escribía a los medios cada vez que sentía que no podía dejarse sin respuesta la última necedad del criticastro de turno. Nos dice Nabokov que él podía aceptar todo tipo de críticas, pero no toleraba que nadie pusiera en cuestión su erudición. Como veis, aquí no hay falsa modestia. Y si la réplica que dispara requiere que el autor se enemiste con un antiguo amigo, pues todo sea por el bien del arte y la verdad.

La tercera parte de Opiniones contundentes consta de una serie de artículos que abarcan desde su obra más conocida, Lolita, o la poesía de Jodásievich hasta su primera gran pasión, por encima incluso de la literatura: las mariposas.

Nabokov no sería hoy un personaje querido por los medios. La despiadada crítica a la estupidez, la fatuidad, los lugares comunes, la tradición académica establecida, y en fin, todo  intento de diluir el pensamiento del artista en el intragable potaje de las corrientes, los movimientos, las “Declaraciones”, los manifiestos y la voz del pueblo harían de él una persona no ya incómoda, sino odiada. Por eso, por sus novelas, por esta joya tan contundente y por llamarme ignorante, siento por él admiración infinita.

 

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Por mucho que duela, de Tyler Knott Gregson

Por mucho que duela

Por mucho que duelaSupongo que el título de este poemario me gustó y por eso lo elegí. Tengo una vena como muy folklórica y una extraña tendencia al dolor. Que dicho así, suena muy mal, pero supongo que tiene que ver con la sensibilidad poética. Hay que saber sufrir para escribir poesía. Pero cuidado, también todo lo contrario. Es una paradoja, lo sé. También lo es que me vengan estas ideas tras una siesta infernal de verano a treinta mil grados, pero aquí estoy, divagando sobre el dolor.

El caso es que os contaba esto de haber escogido el libro por su título porque me sucede muy a menudo y sobre todo, claro, con autores a los que no conozco previamente. Este es el caso de  Tyler Knott Gregson. Si os ocurre lo mismo que a mí, os cuento un poco sobre él. Artista multidisciplinar (por cierto, odio la ligereza con la que se usa esa palabra), Tyler vive en las montañas de Helena (Montana) con sus dos perros. Desde allí, desde la paz de sus montañas, ejerce sus dos grandes pasiones: la fotografía y la escritura. Ha publicado dos bestsellers, All the words are yours y Por mucho que duela. Gracias a Espasa y  a la traducción de Loreto Sesma, podemos disfrutarlo por primera vez en español. Tengo que añadir, además, que me gusta mucho cómo apuesta la editorial Espasa por la poesía menos conocida. Bien por ellos.

Por mucho que duela ha venido más de 150.000 ejemplares en EE.UU. La poesía de Tyler Knott Gregson forma parte de ese fenómeno millenial tan de moda hoy en día. Escritores con muchos seguidores en sus redes sociales que publican un libro y venden una cantidad desorbitada de ejemplares gracias, en parte, a dichos seguidores. En España tenemos muchos autores que entran dentro de este fenómeno. Seguro que conocéis alguno, ¿verdad?

Y ahora lo que importa, ¿qué tal escribe este chico? Pues a ver, ya sabéis que esto de la poesía es muy personal y blablablá, pero yo he de decir que me esperaba bastante más. Quizá debería dejar de esperar nada y simplemente dejarme llevar y creo que a mitad de poemario eso es lo que he intentado hacer. Tratar de leer los poemas sin juzgarlos, simplemente dejarme llevar por las sensaciones. Y aunque, como os decía, en general no es un poemario que me llame demasiado la atención, sí que he conseguido disfrutar algunos versos:

“Te ríes,

suavemente,

y el sonido de la risa

saltando

desde tus pulmones

me frena hasta el arrastre.

Esa risa,

dios mío, esa risa

repone todo cuanto se derramó

en mí;

es la

máscara de oxigeno

del accidente aéreo

en el que siempre

he estado inmerso”.

Por ejemplo estos versos.

Es un poemario sumamente sensual, muy romántico, en ocasiones azucarado. Una poesía algo light que en realidad no duele tanto, sino que más bien sirve para curar.

Ahora lectores, es cosa vuestra averiguar qué os parece Por mucho que duela, si encaja o no con vuestros gustos. Ya me diréis.

 

 

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«Kalila y Dimna» y otras fábulas del «Panchatantra»

Kalila y Dimna

Kalila y DimnaImagina que te dijera que no tendríamos El Quijote si no fuera por el Kalila y Dimna. ¿Qué pensarías? Pues poco voy a hacerte imaginar porque en cierta medida esto es así. Y hablo de El Quijote como podría hablar de tantas obras que para nosotros son ya casi sagradas y que en parte son genialidades surgidas a partir de la lectura de clásicos tan fundamentales como este. Pero hablo de El Quijote, porque es el que más se merece unas palabras y porque sí. El Kalila y Dimna, que coge su nombre por fuerza popular de una de las fábulas que contiene el libro, llega renovado a las librerías cortesía de Acantilado en una rejuvenecida edición traída lo más cerca posible a nuestros días por parte del escritor Ramsay Wood.

Con un estilo renovado en el que Wood – y no olvidemos también la parte de “culpa” de la traductora Nicole D’Amonville Alegría – da una mano de pintura fresca y joven a unas fábulas que cuentan con cerca de dos mil años, este Kalila y Dimna se erige como una genial opción para tener un libro en la estantería que te asegure que tus hijos te escucharán cuando se lo leas. Y es que lo que incluye esta obra son fábulas desgranadas del Panchatantra hindú que han ido evolucionando a lo largo de los siglos hasta llegar a nuestros días, punto que no será su destino sino una parada más en el eterno presente que envuelve a este libro.

Es difícil encontrar algo a nuestro alrededor que no pase de moda. Y es por eso que causa felicidad al cuadrado encontrarse con la certeza o con la posibilidad de que en varias ocasiones esto sí suceda con ciertos libros. Las fábulas que contiene el Kalila y Dimna son siempre contemporáneas, son el espejo de la humanidad que nos desborda y que nos lleva desbordando desde el inicio de nuestra era, aunque yo no sepa cuál es esta. Vemos, cuando nos fijamos en los sofás de nuestros días, a niños viendo a animales parlantes en la televisión que han pasado primero por nuestra supervisión para decidir si eso era adecuado o no para ellos. ¿Alguna vez te has parado a pensar qué contiene el concepto «adecuado»? Lo que contiene no es más ni menos que la seguridad o la opinión de que aquello puede servir para formar a quien lo está viendo. ¿No es ese el objetivo principal del Kalila y Dimna?

Con ilustraciones de Margaret Kilrenny y G.M. Whitworth e introducido por Doris Lessing, esta nueva edición de Acantilado es una apuesta segura para todos aquellos que aún confíen en la posibilidad de dormir – ojalá no se durmieran – a sus hijos leyéndoles algo que crezca en sus mentes mientras sueñen. Las fábulas de este libro crecieron a lo largo de la Historia a través de los cuentistas, los traductores, los editores o cualquier persona que algún día escuchó o leyó alguna de ellas y se la contó a su pareja, a su hijo o hija, a su vecino, a él mismo. El Kalila y Dimna es uno de esos libros que ya no es de nadie pero que ha extendido sus brazos para ser de todos. Y yo no puedo decirte mucho más que esto: si en algún momento de este rato en el que has estado leyendo lo que yo he escrito – gracias por ello – has pensado que sí, que quizás tengo razón, que quizás este libro sería bueno para tus hijos – lo es –, quiero avisarte de algo, cuando hablaba del niño que dormía y soñaba me refería a ti – y a mí –, no me importa la edad que tengas.

Mientras escribo estas líneas está España sacudida por una tremenda ola de calor. Y quiero hacer caso a Doris Lessing cuando habla del libro como un «océano de cuentos» – por esa estructura de matrioskas o de cuento dentro de cuento que tiene – y bañarme en ellos, dejarme empapar por la frescura que ya tienen de por sí y por el suplemento que le ha inyectado Ramsay Wood. Y lo intento, pero es cerrar el libro y seguir muriéndome de calor. No entiendo muy bien cuando Doris Lessing dice: «todo está aquí». ¿Dónde?

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Cuentos de hadas japoneses, de Grace James

cuentos de hadas japoneses

cuentos de hadas japonesesTodos tenemos predilección por determinados temas, aunque no siempre seamos conscientes de ello. Por ejemplo, yo, al echar un vistazo a mis lecturas de los últimos tiempos, he visto que las historias japonesas y los cuentos tradicionales me tiran mucho. Y parece que la editorial Satori se hubiera dado una vuelta por mis reseñas para dedicar un libro a mis debilidades literarias, porque acaba de publicar Cuentos de hadas japoneses, de Grace James. ¡Un dos en uno! Como comprenderéis, no he podido resistirme.

En este libro, publicado originariamente en 1910, Grace James recopiló los cuentos tradicionales del folclore japonés que había escuchado durante su infancia en Japón. Las ilustraciones del inglés Warwick Goble, especializado en mundos fantásticos y culturas exóticas, fueron el acompañamiento ideal de esas historias entonces, y en esta nueva edición, casi un siglo después, volvemos a disfrutar de la unión de los talentos de estos dos artistas para adentrarnos en el Japón ancestral.

A través de los treinta y cuatro cuentos que componen esta obra, descubrimos las leyendas niponas en las que las deidades, los objetos mágicos, las maldiciones, las criaturas monstruosas o Yomi, la tierra de los muertos, son elementos habituales. No faltan samuráis, bellas y enigmáticas damas o personajes malvados que reciben su merecido castigo. También hay muchas historias de amores imposibles o alcanzados después de muchas vicisitudes; y como es frecuente en los cuentos tradicionales, hay enseñanzas en ellos, pues se crearon para alertar, generación tras generación, sobre ciertos hábitos perniciosos en los que no había que caer bajo ningún concepto y para ensalzar aquellas cualidades que debían poseer las personas de bien si querían que la suerte les sonriera. Gracias a estos cuentos, percibimos el valor que la cultura nipona siempre ha dado a la lealtad, la sabiduría, la honradez, la hospitalidad o al respeto por la naturaleza. Basta con compararlos con los cuentos típicos de otros países (como Cuentos populares portugueses, del que ya os hablé hace tiempo) para ver qué distintas han sido y siguen siendo nuestras culturas. Tampoco los cuentos de hadas japoneses se asemejan a los nuestros; los dos tienen toques fantásticos, sí, pero los occidentales suelen tener un trasfondo más mundano. Quizá por eso las leyendas y tradiciones asiáticas nos resultan tan atractivas: su componente místico es especialmente evocador y continúa muy arraigado en su sociedad actual.

A diferencia de Kaiki. Cuentos de terror y locura, la antología japonesa que leí en un solo día, Cuentos de hadas japoneses ha sido una lectura pausada, pues es mejor leerlos de uno en uno para que la repetición de patrón típico de esta clase de historias no les reste encanto. Sucede lo mismo con sus preciosas ilustraciones, en las que hay que deleitarse sin prisa para no perder detalle.

Tanto los lectores que sientan debilidad por los cuentos tradicionales como los apasionados del folclore japonés disfrutarán con Cuentos de hadas japoneses. Y si les encantan ambos, como me pasa a mí, no deberían perderse esta antología. Historias con finales tristes, divertidos o incluso crueles que nos hacen conocer más detalles de la idiosincrasia nipona e, irremediablemente, enamorarnos todavía más de ella.

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La chica de Kyushu, de Seicho Matsumoto

La chica de Kyushu

La chica de KyushuVenga, voy a admitirlo: La chica de Kyushu, como casi todos los libros de Asteroide, lucía magnífico en mi Instagram. No le hacían falta ni filtros, con esa portada en rojo y los kanjis asomando debajo del título. Además, quedaba genial decir “es una novela negra japonesa de los años sesenta” cuando alguien aparecía por casa y lo veía sobre alguna mesa, apenas empezado. A su autor lo comparan con Simenon, repetía yo, después de haberlo aprendido en la reseña de El expreso de Tokio que había escrito Diego Palacios en su momento.
Y sin embargo tengo que reconocer que todo era pose. Había comenzado el libro pero no me entusiasmaba, y empezaba a mirar con recelo las doscientas páginas que quedaban.
El planteamiento inicial es un clásico del género negro, equivalente a la entrada de la rubia despampanante en el despacho del investigador privado. En este caso la joven (y bella) Kiriko Yanagida, de la provincia de K, acude a la oficina tokiota del abogado Kinzo Otsuka. Su hermano ha sido acusado de un crimen que, dice ella, no ha cometido, y teme que un inepto abogado de oficio de K no sepa defender su causa. En un principio Kinzo Otsuka rechaza el caso dado que la joven Kiriko no dispone de recursos para pagar a alguien tan afamado como él, pero ella encuentra la comprensión de Keiichi Abe, periodista de la reputada revista Ronso.
En mi cabeza el resto parecía claro, y por eso me daba pereza continuar leyendo: Keiichi se enamora de Kiriko y juntos logran que el abogado Otsuka la represente y descubra los puntos débiles en la acusación que pesa sobre su hermano. Nada más lejos de la realidad. El letrado se mantiene firme y la joven tiene que volver a la lejana K porque sus limitados ahorros no le permiten continuar en la capital, lo que desencadenará que la historia, tan lineal hasta ese momento, descarrile.
Bien por Matsumoto, ahí me volvió a enganchar y ya no pude soltar el libro. Cuanto más se separa de lo que podríamos considerar los clichés del género, más brillante resulta. La chica de Kyushu no sirve tanto como intriga policiaca (no lo es) como de testimonio de la sociedad de su momento y, más concretamente, del sistema judicial nipón de la época. En efecto, tal y como le ocurre a Kiriko, no eran pocos los que se veían indefensos cuando tenían cualquier contencioso con la justicia por la imposibilidad de pagar un abogado. Este punto de crítica y también la que se refiere a las enormes diferencias de desarrollo entre Tokio y las zonas rurales, convierten esta novela en un interesante retrato de un Japón alejado de lo que estamos acostumbrados a ver y a leer.
Una de las decisiones más interesantes de Matsumoto en la novela es la de prescindir de héroe, más allá del papel secundario del periodista Keiichi Abe, que hasta el último momento trata de ayudar a Kiriko sin más interés que hacer el bien. Salvo él, el resto de personajes tienen un reverso tenebroso, una parte oscura que tarde o temprano sale a la luz y representa el mal inherente que todos somos capaces de desarrollar cuando nos sentimos justificados para ello.
Con la mencionada crítica de la justicia y de la desigualdad como trasfondo, la trama evoluciona hacia un sálvese quien pueda en el que serán la venganza y el egoísmo las principales motivaciones de casi todos los protagonistas para pasar a la acción. Una venganza calculada, que se despliega de la mano de la gran evolución que se observa en los dos personajes más fuertes (el abogado y la joven), otro acierto, si bien el autor no logra que los secundarios dejen de estar un poco anclados en los tópicos.
Narrada en un estilo sobrio, directo pero certero, capaz de reflejar perfectamente la vida urbana tokiota sin recrearse en exceso en el atractivo de los bajos fondos, La chica de Kyushu termina siendo una buena lectura, distinta a la que uno espera cuando se encuentra con ella pero muy disfrutable en todo caso.

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Billy Elliot, de Melvin Burgess

Billy Elliot

Billy ElliotQue el libro siempre es mejor que la película es una frase que los amantes de la lectura solemos defender a capa y espada. Las versiones cinematográficas no siempre plasman todos los detalles de la historia original y se nos quedan cortas. Pero ¿qué pasa cuándo es al revés? Aunque los ejemplos son mucho menos numerosos, también hay películas que después de su gran éxito se han adaptado a novela. Es el caso de Billy Elliot, la película británica que causó sensación en el año 2000 y que fue convertida en libro poco después por Melvin Burgess.

Yo vi Billy Elliot en el cine con mi clase del instituto. Creo que fue la única vez que nos llevaron a ver una película fuera de las aulas. ¿Y por qué Billy Elliot? Porque recrea las huelgas de los mineros ingleses durante los años ochenta. La historia del protagonista era lo de menos, dijo la profesora. Y fue precisamente esa historia, la de un niño que se olvida de los convencionalismos sociales y deja el boxeo por el ballet, la que llamó mi interés. ¡Qué ejemplo de valentía, de sacrificio, de aceptación! ¿Cómo pudo decir que eso era secundario? Vale que estuviéramos en clase de Historia, pero aún hoy me sorprende que pasara por alto todos esos valores que la película transmitía. Dejó que aquellos adolescentes se rieran cuando en la gran pantalla se hablaba de homosexualidad o se veía «un chico haciendo cosas de chicas», en vez de aprovechar la ocasión para abrir sus miras y cargarse sus estúpidos prejuicios. Aquel día tal vez nos quedó claro lo que era un esquirol y las consecuencias de una huelga, pero nadie nos alentó a ser cómo quisiéramos ser, sin importar lo que dijeran los demás.

Casi veinte años después, de aquella película solo recuerdo la pasión de Billy, porque más allá de recrear un conflicto laboral de enormes consecuencias en el Reino Unido, es ese personaje el que hizo grande aquella película. Y a ese mismo Billy lo he encontrado en la adaptación de Melvin Burgess que acaba de publicar SM con las ilustraciones de María Simavilla: un niño con una vida familiar complicada y lleno de dilemas interiores porque lo que desea hacer se sale de la norma. Pero también he profundizado en los pensamientos de Jackie Elliot, el padre, que lo hacen más cercano; los de Tony, el hermano y polo opuesto de Billy, y los de Michael, su amigo incondicional, que también nada contra la corriente. Esa es una de las ventajas de la narrativa, que nos permite meternos en las cabezas de los personajes y descubrir qué se esconde detrás de un ceño fruncido.

Tendría que volver a ver la película para deciros si el libro es una adaptación fiel o se toma algunas licencias, pero ¿acaso importa? Billy Elliot es, ante todo, una historia de valores y estos aparecen tanto en una versión como en la otra. Así que ved Billy Elliot y leed el libro sin preocuparos de encontrar las diferencias. No hagáis como aquella profesora mía que se obcecó por cumplir el temario del curso y no aprendió la gran lección que nos da Billy Elliot para crecer como seres humanos.

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Todos los ríos del mundo, de Dorit Rabinyan

Todos los ríos del mundo

Todos los ríos del mundoAnte todo, este libro es una historia de amor y no solo de amor romántico, profundo y enorme, sino también de amistad, porque a mí me cuesta entender el uno sin la otra. El amor no puede ser un apartado estanco en nuestra vida, no se puede aislar. Y aunque mueva montañas y las montañas parecen lo más de lo más en cuanto a mover algo grande y que parece inamovible, el amor no se salva de los prejuicios y de los conflictos históricos.

Tendré que contaros de que va para que me entendáis. Si os cuento que los protagonistas de esta novela son una chica llamada Liat y un chico llamado Hilmi, que están en sus veintitantos y que se conocen en Nueva York, al principio del milenio, porque tienen un amigo común, os parecerá una historia más bien vulgar. Si os digo que ninguno de los dos es norteamericano, que ella es traductora y él es artista, tampoco os parecerá nada extraordinario. Si os explico que fue un amor a primera vista, a primer olor, a primer sonido, tampoco es tan extraño. Pero si os digo que ella es judía de Tel Aviv y él árabe de Palestina, ahí ya cambia la cosa. Y me da igual que os parezca que eso no importa, que el amor es más importante, que si se entienden y se quieren qué más da de donde seas… pues sí importa y ojalá no fuera así. Ellos están maravillosamente bien juntos, se quieren muchísimo, se complementan, se llenan, respiran a la vez, pero no pueden hablar de política, porque acaban discutiendo. Tienen que tener cuidado de cómo se cuentan su vida antes de Nueva York, porque, sin querer, se hieren. Ninguno de los dos se ha criado en una familia religiosa, pero respetan su propia identidad cultura y forma de vida. Quieren entenderse, intentan ponerse en el lugar del otro, pero vivir toda la vida en este lado de la frontera, hace que solo tengas una perspectiva, que sigas en tu lado del muro.

Está contada en primera persona, desde el punto de vista de Liat, la chica. Sus miedos, sus dudas, su frustración, la certeza de que su historia de amor tiene fecha fijada de finalización. Se conocen en otoño y Liat se tiene que marchar en mayo. En Nueva York son anónimos amantes, es fácil; en su tierra, impensable.

Sufres con ellos y disfrutas con reservas, como ellos. Hilmi es todo pasión, un espíritu noble y bueno, alegre y optimista. Su fiebre o arrebato artístico es pura poesía. A Liat la escuchamos de forma más íntima, por lo que también oímos lo políticamente incorrecto, el intento de esconder una relación que le cuesta reconocer, que no sabe si es vergüenza o miedo. Tiene una lucha interna continua por superar todo lo que ha escuchado y vivido desde que nació, por intentar disfrutar de ese amor enorme que no encaja en sus esquemas ni en los de su familia.

Desde mi humilde opinión, tiene una gran calidad literaria, las descripciones de los sentimientos son preciosas, brillantes:

“… puede entrar y salir de mi mente y recorrer sus muchos recovecos; que puedo mirar sus ojos sabios y ver las ruedas de su mente girar perfectamente sincronizadas con mis pensamientos. La tranquilidad, la satisfacción, la comodidad que me envuelve entonces. La curiosidad y el placer de reflexionar juntos.”

Pero no solo lo sentimental, sino que las descripciones de los lugares y acontecimientos también son muy buenas, ha sido un placer leer muchos de los pasajes:

El invierno baraja los naipes, mezclándonos tanto que ya no nos reconocemos. El frío helado nos hace lloriquear y mima nuestros continuos resfriados y la tos. Hilmi y yo nos parecemos más que antes. En este frío norteamericano, ártico y profundo, los dos somos del este, dolorosamente levantinos.”

La novela fue elegida en 2016 como lectura obligatoria para los estudiantes israelíes, como ejemplo de asimilación, pero el propio Ministro de educación la hizo retirar de forma fulminante en cuanto supo el argumento. Esto hizo un efecto rebote y todo el mundo sintió curiosidad por leer la historia.

Todos los ríos del mundo también es un drama, el de la incomprensión de dos pueblos, el de un conflicto largo, duro e injusto. El de la agresión, el odio, la separación, el aislamiento, la guerra sin fin. A lo que hay que sumar el destino o la suerte, que a veces se retuerce y se confabula en nuestra contra.

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Schalken, el pintor, de Joseph Sheridan Le Fanu

Schalken el pintor

Schalken el pintorEn estos tiempos en los que se publican centenares de novedades al mes, los lectores tenemos a nuestro alcance infinidad de historias, pero cada vez es más difícil que alguna aporte algo nuevo al panorama literario y a nuestras propias lecturas. Yacaré Libros, que cuenta ya con cuatro títulos en su catálogo, da sus primeros pasos como editorial apostando por distinguirse en la forma y en el fondo. Para empezar, la edición de sus obras no pasa desapercibida ni siquiera en la librería más atestada. En el caso de Schalken, el pintor, de Joseph Sheridan Le Fanu, sus dimensiones de 12 x 25,5 centímetros están lejos de amoldarse al resto de ejemplares con los que comparta estante, por lo que es inevitable que los lectores curiosos reparemos en él. Las ilustraciones de Javier Olivares hacen el resto para que este libro se convierta de inmediato en el objeto del deseo de cualquier bibliófilo.

Pero Yacaré Libros no se queda en la superficie. Si pasamos al fondo, la selección de las obras que editan reivindica la buena literatura. Quienes lleven muchas páginas leídas en su haber tal vez tomen Schalken, el pintor por un relato típico de hechos sobrenaturales, pero es mucho más que eso: se trata de una de las primeras obras de Joseph Sheridan Le Fanu, considerado el padre del cuento moderno de fantasmas y pionero de la novela de vampiros, pues abrió el camino a célebres autores como Bram Stoker o Anne Rice, quienes reconocieron la enorme influencia que tuvo en ellos. Ahí reside el gran valor de Schalken, el pintor: instaurar pautas narrativas que renovaron el enfoque de los relatos de fantasmas en el siglo XIX y que a día de hoy se han convertido en elementos clásicos del terror, una y mil veces imitados.

Aunque Joseph Sheridan Le Fanu es recordado especialmente por Carmilla, en Schalken, el pintor ya daba muestras del estilo que más tarde le caracterizaría: un lograda ambientación realista en la que se producen hechos extraños, una elaborada construcción de personajes y un final que deja en manos del lector la explicación de lo sucedido. En este relato, Joseph Sheridan Le Fanu contó la historia que se escondía detrás de un cuadro de Godfried Schalken, un pintor holandés famoso por su excelente manejo de las luces y las sombras. En él aparecía una joven alumbrada por una vela. Era Rose Velderkaust, sobrina del mentor de Schalken, Gerard Douw, y, tras ella, un hombre a punto de desenvainar su espada. Este cuadro es el punto de partida de esta misteriosa historia, que logra atrapar al lector gracias a la tenebrosa ambientación recreada por Joseph Sheridan Le Fanu y a las ilustraciones de Javier Olivares que la representan.

Schalken, el pintor es un objeto de coleccionista para todo amante de los libros tanto por ser una obra pionera dentro de su género como por el mimo con el que Yacaré Libros la ha editado para que la luzcamos en nuestra librería particular. Y es que, a veces, basta con volver a los orígenes para redescubrir la literatura y dar un aire diferente a nuestras lecturas.

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La cicatriz, de China Miéville

La cicatriz

La cicatrizEs el tercer libro que leo este año de China Miéville. Y no me canso. Las nuevas ediciones de la trilogía Bas-Lag que está publicando Nova es justicia divina aplicada al mundo editorial. Están cuidadas, están revisadas y permiten que mucha gente conozca la saga gracias a la cual el autor inglés ganó su fama internacional. Si bien es cierto es que las conexiones entre libros es bastante sutil y siguen una correlación temporal, cada libro puede leerse como un historia independiente. La magia oscura del primer libro se ratifica aunque va por otros derroteros. Frente a la claustrofobia urbanística del primer libro, nos enfrentamos ahora a la agorafobia del espacio marítimo infinito. Y es que la gente de Nova no ha podido elegir mejor momento que éste para publicar de cara al verano esta segunda parte oceánica y retorcida como pocas.

Bellis Gelvino tiene que huir de Nueva Crobuzón por asociaciones indebidas. Y Nova Esperium es el destino idóneo. Una colonia a cientos de millas que está separada de su hogar por mar y tierra. Claro que en su plan perfecto no cuenta con lo inesperado de un abordaje que la obliga a replantearse sus lealtades y la enfrenta a las vicisitudes de todo comienzo. Una vida nueva en la ciudad flotante que la retiene no como esclava, pero sí como cautiva. Y es que en Armada todo el mundo puede empezar desde cero sin importar quién es y de dónde viene, pero teniendo en cuenta que ¿hacia dónde va? ya no es una decisión que recaiga sobre uno mismo. Y aquí, ajenos a cualquier paraje conocido, es donde Miéville enciende su máquina de crear maravillas y nos sorprende con búsquedas de criaturas marinas del tamaño de continentes, nos muestra la voluntad férrea de un raza de tritones poco sociales o despliega todas las posibilidades de existir que tiene cualquier objeto. Las Posibles Versiones de todo lo que nos rodea.

La cultura de Armada, rica en matices y con un sistema de gobierno sólido y democrático, tiene un carisma imborrable. Sin embargo, la traición por salvar ese lugar en el que pensamos como nuestro hogar, pone en entredicho la flotabilidad de esta comunidad nómada que roba, caza, secuestra y reinserta individuos. Una ciudad que alberga ese tipo de amor que deja surcos en todo lo que somos. Una isla a la deriva que marcará a Gelvino a fuego lento mientras hará arder a un ritmo imparable todas las murallas que la fugitiva había construido en torno a sí misma.

Al pensar en una aventura marítima de caza y obsesiones compulsivas es inevitable dejarse caer por el clásico de Melville. Y es que si en aquella aventura emblemática teníamos a un ballena blanca huidiza y gigante, aquí tenemos un avanc. Una criatura procedente de otra realidad que se asoma a este lado del universo muy de vez en cuando a través de las profundidades marinas de nuestros océanos. Este homenaje a su casi homónimo no es casualidad. Y ocupa gran parte de la trama de La Cicatriz. Pero no es la única criatura oceánica con la que vamos a toparnos. La novela de Miéville, es todo un compendio en cuanto a fantasía sumergida se refiere y no escatima en gastos formales ni de contenidos.

Las descripciones de continentes, barcos y abordajes harán las delicias de los fanáticos del género pirata. Claro que hablando de Miéville no podemos dejar de lado los matices sociales de su obra, y es que la política, el peso del individuo y las decisiones que los gobernantes toman sin contar con el pueblo cobran en esta novela una importancia primordial. Miéville habla de democracia en todas sus vertientes. Y ni siquiera el género fantástico puede salvar a esta forma de gobierno de sus propias carencias. Dejando claro una vez más que Miéville no es un autor de ciencia ficción o fantasía, sino un analista certero de la realidad que nos rodea con una capacidad metafórica digna de ser estudiada.

La Cicatriz, como ya he mencionado más arriba, es un gran ejemplo de cómo a veces es dificilísimo llevar una gran idea a buen puerto. No puedo sentir más fascinanción por el sistema político implantado en Armada, una ciudad-barco dividida en pequeños distritos donde conviven todo tipo de dirigentes y sistemas de recaudación, pero en el que todo se sustenta gracias a una democracia participativa. Un comunidad en la que los problemas comienzan cuando los que están en el poder empiezan a obviar la aprobación del pueblo en sus proyectos. Cuando este todo para el pueblo, pero sin el pueblo empieza a fragmentar la confianza y la continuidad de la ciudad en sí.

Y es que queda ampliamente claro en la novela de Miéville que el poder corrompe, que el estatus político siempre acaba hundiendo las buenas intenciones y que la rotación de aquellos que se sientan en el trono es necesaria. Nada nuevo pero que, sin embargo, en las manos del autor inglés estas ideas acaban por sonar pertinentes. Principios básicos que todo individuo que forme parte de algo más grande no debería olvidar para evitar que su futuro, ese buque insignia en el que uno avanza, se vaya a pique.

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