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Donde fuimos invencibles, de María Oruña

Donde fuimos invencibles

Donde fuimos invenciblesUna de las novelas que más ganas tenía de leer este año es esta que hoy os reseño, la nueva novela de María Oruña. Y tenía ganas de leer Donde fuimos invencibles por dos razones. La primera de ellas, por ver como seguía desarrollándose la historia entre la teniente Valentina Redondo y Oliver. Y la segunda, por ver cómo se ponía el broche a esta trilogía creada por la autora viguesa. ¿Trilogía? ¿Estás seguro, César? No sé qué razones me habían llevado a pensar que estas novelas tendrían forma de trilogía, pero en la presentación del libro pude hablar con la autora, que me sacó del error diciendo que nunca había pensado en cerrar la historia en una tercera entrega y que esta novela, junto a las anteriores (Puerto escondido y Un lugar a donde ir) forman parte de una saga de novelas que ya ha quedado bautizada como “Los libros del Puerto Escondido”.

Una vez subsanado mi error y mi despiste, toca volver a viajar a Suances, esa villa marinera que tan bien aparece representada en los libros de María Oruña. El periodo estival termina en la ciudad y la calma se ve rota por la muerte del jardinero de una de las casonas más reconocibles del pueblo, el antiguo Palacio del Amo, que ahora regenta el último de sus herederos. Hablamos del joven americano Carlos Green, que ha viajado a España con la intención de vender la casa y rememorar los buenos veranos pasados aquí en su juventud. Todo apunta a que la muerte del jardinero es una muerte natural, pero los testimonios de Carlos y algún que otro vecino pondrán en alerta a la Guardia Civil por una posible presencia de fenómenos paranormales en dicha casa. Valentina Redondo, pese a su escepticismo, se pondrá a investigar lo sucedido, dejando a un lado su metódico proceder para adentrarse en mundo poco ortodoxo.

En esta ocasión, María Oruña abandona temporalmente la novela negra para escribir una historia donde el misterio es el elemento principal de la trama. Y es cierto que hay un muerto que lo desencadena todo, pero los focos parecen centrarse más en la aparición de los fantasmas que en resolver si el pobre jardinero fue asesinado o tuvo una muerte natural. Este giro al misterio se nota también en las continuas referencias (Henry James, Agatha Christie…) que aparecen de este género literario en la novela, para regocijo de todo lector.

Los libros de esta autora tienen varios puntos fuertes, como ya he comentado en las dos reseñas anteriores de sus libros. Uno de ellos es lo bien definidos que están los personajes que ayudan a la teniente Valentina Redondo en sus investigaciones. María crea en la comandancia de la Guardia Civil un ecosistema especial en el que cada personaje tiene su papel asignado. Tenemos al bocachanclas de Sabadelle, al aplicado Rivero o la siempre eficaz Clara Múgica. Otro de sus puntos fuertes es la documentación que adorna la trama y la surte de contenido. Si en el último de sus libros conocíamos de primera mano las investigaciones de un grupo de arqueólogos, en esta ocasión veremos las dos caras de la investigación de los fenómenos paranormales. Esta labor de documentación nos lleva incluso a seguir los pasos de una antigua actriz de Hollywood con lazos familiares fuertemente arraigados en Suances.

El último de sus puntos fuertes, y para mí el más importante, es la brillantez con la que la autora es capaz de jugar con varias tramas distintas entre sí e ir uniéndolas poco a poco tanto en el tiempo como en el espacio. En esta ocasión, Donde fuimos invencibles son tres historias que convergen en un final común. Por un lado, tenemos la historia troncal, el Suances presente que viven Oliver, Valentina y los habitantes del Palacio del Amo. Por otro lado, tenemos el borrador del libro El ladrón de olas, donde Carlos Green vierte sus experiencias a modo de memorias. Y, por último, las clases del profesor Álvaro Machín a las que asiste Christian Valle, un experto en fenómenos paranormales.

Es en esta última parte donde se nota la ingente y laboriosa labor de documentación que elabora María Oruña para sus novelas. En mi caso, quizá por eso de ser documentalista de profesión y gustar de recopilar datos e imágenes, disfruto muchísimo con esta parte, y por eso disfruté tanto de su anterior libro, Un lugar a donde ir, el mejor de los tres de la saga hasta el momento, en mi modesta opinión. Aunque hay que destacar esta vez las virtudes como personaje del profesor Machín, todo un descubrimiento, pues pese a ser un personaje de ciencia lleno de sabiduría se muestra abierto a conocer otros mundos, si es que en realidad existen.

María Oruña vuelve a mostrarse como una magnífica tejedora de historias, mezclando siempre de forma notable presente, pasado, elementos históricos y misterio para hacer de sus libros una experiencia lectora única. Eso sí, he de reconocer que, puestos a elegir, prefiero una novela genuinamente noir. Pero volviendo al inicio de mi reseña, doy gracias a la autora por seguir alargando esta saga. Pese a que en esta ocasión casi no hay tiempo de entrar y profundizar en la historia de amor de Valentina y Oliver, no hay duda que la misma irá desarrollándose en entregas posteriores.

Lo que sí que tengo claro tras leer Donde fuimos invencibles es que ya va siendo hora de visitar Suances. El amor con el que María Oruña describe esa tierra y sus gentes ha podido conmigo, y este verano aprovecharé para visitar esta villa marinera, el Palacio del Amo (o lo que quede de él), la Playa de los Locos, Villa Marina o cualquiera de los bellos parajes de “Los libros del Puerto Escondido”.

César Malagón @malagonc

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La sinfonía del tiempo, de Álvaro Arbina

la sinfonía del tiempo

la sinfonía del tiempoNo sé si hice bien, pero leí la biografía de Álvaro Arbina que aparece en la solapa de La sinfonía del tiempo antes de empezar la lectura. Reconozco que me sorprendió que el año de nacimiento del autor de esta novela histórica de más de quinientas páginas fuera 1990, pero aún más que ya fuese su segunda novela publicada. Eso, unido a la frase promocional en la que Julia Navarro afirmaba que este precoz escritor vasco tenía «el don de los grandes narradores», me hizo adentrarme en la primera página con escepticismo: ¿de verdad escribe tan bien Álvaro Arbina?

Me bastaron un par de párrafos para rendirme a la evidencia: sí, Álvaro Arbina escribe muy bien. Pródigo en adjetivos, aunque siempre atinados, se recrea en cada descripción para deleite de sus lectores. Pero no solo su prosa es exquisita, sino que la historia que teje es envolvente y su documentación, apabullante.

Secretos familiares, fotos venidas del pasado con mensajes sobre el futuro, fortunas surgidas de la iniquidad e historias de amor truncadas son algunos de los elementos que componen La sinfonía del tiempo y la convierten en una novela apasionante. Todo comienza en 1914, en una estación de Londres, cuando Benjamin, el esposo de Elsa, no regresa en el tren previsto. Tampoco lo hace en los días siguientes. Y Elsa, que se resiste a creer que la desaparición es voluntaria, viaja hasta París en busca de él. Allí descubre que para dar respuesta a ese y a otros muchos misterios de su vida debe regresar a la casa de su familia, los Zulueta, en la costa cantábrica. En paralelo al viaje de Elsa, también se narra la juventud de sus padres. De esta manera, Álvaro Arbina retrata tanto el convulso contexto económico, político y social de la España de finales del siglo XIX y principios del XX como los avances tecnológicos y conflictos que se sucedían entonces en el mundo y, especialmente, en Europa.

El autor reconoce en las notas finales que «No es un retrato fiel de lo que sucedió» porque «Para eso ya están las labores periodísticas, o los libros de Historia». Que «Una novela reconstruye la realidad, se rebela ante ella, (…) y juega con sus piezas», creando «una ilusión tan verdadera y tan mentirosa como la memoria, un regalo que enriquece la vida y nos hace soñar, y tal vez entender un poco más». Y, sin duda, en La sinfonía del tiempo cumple con el cometido que se propone como escritor, pues nos hace soñar con las vicisitudes de sus protagonistas y comprender mejor la complejidad de aquel periodo histórico que abarca casi sesenta años, sin importar las licencias históricas que se tome.

Dentro de este panorama tan agitado que se plasma en La sinfonía del tiempo, tiene un papel crucial Samuel Lowell Higgins, un científico, historiador, pensador y profesor de estadística matemática obsesionado con crear una teoría llamada Las notas del tiempo, en la que intenta revelar los engranajes que subyacen en cada suceso histórico para, así, predecir los comportamientos futuros de la humanidad. Porque, como dice uno de los personajes, «La vida es redundante. Aunque a todos nos parezca nueva». Y adelantarse al devenir histórico cobra relevancia justo en ese 1914, ya que, como todos sabemos, es el año en el que dio comienzo la Primera Guerra Mundial.

No sé si hice bien leyendo la biografía de Álvaro Arbina antes de empezar la lectura, pero estoy segura de que si la hubiera leído tras acabar el libro, todavía me hubiera sorprendido más con la edad del autor. Si con tan solo veintiocho años es capaz de escribir semejante libro, no exageraba Julia Navarro en su definición, ni tampoco mi compañero Gorka en la reseña que le dedicó al debut literario de este autor, La mujer del reloj. Tampoco exagero yo si os digo que Álvaro Arbina está llamado a ser uno de los grandes escritores de novela histórica de nuestro país. Si no lo es ya.

@EstherMagar

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Primavera cruel, de Luis Roso

Primavera cruel

Primavera cruelQué maravilla es reencontrarse con un viejo amigo. Con un viejo amigo de los que solo conservas buenos recuerdos, de los que, a pesar de que lleves un tiempo sin hablar, cuando os volvéis a ver es como si no hubiera pasado el tiempo entre vosotros. Este sentimiento es el que he tenido al reencontrarme con el Inspector Ernesto Trevejo, personaje salido directamente de la pluma de Luis Roso, que se estrenaba con Aguacero y hace tan solo unos meses ha publicado Primavera Cruel.

Esta segunda novela nos traslada de nuevo a la España de los años 50. Como en la anterior, la historia arranca en Madrid cuando Trevejo recibe la orden de encargarse de un caso que podría poner patas arriba el régimen franquista. Un joven vinculado con organizaciones contrarias a la dictadura aparece muerto en el Monte del Pardo, cerca del palacio donde vive el Caudillo. En un primer momento cunde el pánico al sospechar que podría tratarse de un intento de asesinato contra Franco, pero ya sobre el terreno, nuestro inspector descubre que en realidad el chico fue asesinado al huir de un coche en el que viajaba con sus propios camaradas. Tras el descubrimiento de otros asesinatos ligados al del joven comunista, Ernesto Trevejo tendrá que viajar hasta un pueblo de Cataluña para tratar de esclarecer el caso.

En Primavera Cruel volvemos a encontrarnos con un noir a la española que nada tiene que envidiar a los de otros autores consagrados. Con un ritmo más pausado e introductorio al principio y, sin embargo, más trepidante aún que el de Aguacero según avanza la historia, nos vamos sumiendo en una apasionante trama policiaca que engancha desde la primera página..

Luis Roso, vuelve a hacer gala de una prosa sencilla pero elegante y depurada que no necesita de grandes alardes léxicos para destacar. Los puntos fuertes del libro son los mismos que los de su antecesora: una ambientación impecable, fiel reflejo de los sucesos y la vida de la época tanto en la gran ciudad como en los entornos más oscuros y rurales. Un equilibrio perfecto entre narración y diálogo, a pesar de que (otra vez más) el segundo acapare un mayor porcentaje del libro, haciéndolo brillar por encima de la mayoría de las novelas negras que se escriben hoy en día. Una trama perfectamente hilvanada, con una investigación metódica y clásica, pero ágil y llena de giros inesperados que harán que nos cueste soltar el libro. Y, por último, la verdadera clave, a mí parecer, de los libros de Luis Roso, el inspector Ernesto Trevejo. Sin profundizar en la vida personal del protagonista ni dotarlo de una vida llena de sufrimientos ni tormentos (como nos tienen acostumbrados la mayoría de los autores de misterio), Luis Roso consigue encandilar con su personaje estrella simplemente dejándole hablar. Porque Trevejo es uno de esos personajes con los que empatizas desde el primer momento gracias a su carisma y a su personalidad irónica, algo pendenciera, pero a la vez humilde y honesta.

La novela no estará exenta de cierta crítica social que, aunque sutil, no deja de mostrarnos las miserias de una dictadura que pretendía reconstruir las ruinas de una cruenta guerra civil y una postguerra que la había sumido del todo en la pobreza y el aislamiento internacional, a pesar de que se empezaba a atisbar cierto aperturismo hacia el exterior. En Primavera Cruel seremos testigos de los primeros pasos de la oposición al régimen, encabezada por algunos jóvenes universitarios que mantenían el contacto con los comunistas exiliados y también podremos comprobar que el nacionalismo catalán no es una tema de ahora, sino que viene de lejos.

La única pega que le puedo poner al libro es que he echado de menos a un personaje que, al igual que Trevejo, me cautivó en Aguacero. Hablo de Aparecido, un guardiacivil que en la novela anterior hacía el papel de segundo del protagonista, y que en esta, aunque sale en alguna escena, no ha tenido todo el peso que me habría gustado, pero que espero que tenga en las siguientes novelas de la saga (guiño, guiño, codazo, codazo). No obstante, Primavera Cruel es una segunda parte excepcional que, casi me atrevería a decir, supera a la primera y que gracias a una trama envolvente, bien desarrollada y ambientada y a unos personajes de excepción, encabezados por su protagonista, te enganchará sin remedio.

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Lo que más me gusta son los monstruos, de Emil Ferris

lo que mas me

lo que mas meVaya papeleta hacer esta reseña. Es una de esas que cuesta; que no sabes qué decir porque, inevitablemente, digas lo que digas, te vas a quedar corto. Pero mucho, además.

Y el caso es que lo veía venir. Lo barruntaba. Es de las veces en las que la intuición acierta cuando te dice “síguele la pista a ese libro/cómic/autor…” Pero es que además, medios entendidos, de los entendidos de verdad, no de los de la fajita, aseguraban que este iba a ser uno de los cómics del año. Y no se han equivocado.

De primeras lo que llama la atención, aparte de la espectacular portada en la que se ve el trazo de los lápices de colores, es el tamaño. El cómic en cuestión es todo un señor tocho. 432 páginas. 432 páginas que imitan la apariencia de un cuaderno de los de espiral, con línea de margen roja a la izquierda y líneas horizontales azules separadas aproximadamente un centímetro. Y es así porque lo que vamos a leer es el diario de una niña escrito en ese cuaderno. El diario de una niña de 10 años, Karen Reyes, en el Chicago de los años 60. Una niña muy peculiar, pues le encantan los monstruos (Drácula, Frankenstein, El hombre invisible…), el cine de serie B, los cómics de su hermano y dibujar. Ella misma se cree una niña-lobo y como tal se dibuja en su diario, además de con un sombrero y una gabardina de detective. ¿De detective? Sí, porque va a investigar un asesinato: el de su hermosa vecina de arriba, Anka Silverberg, superviviente del Holocausto. La policía dice que ha sido un suicidio, pero ella no lo cree.

Karen comenzará una  investigación en torno a ella y Emil Ferris nos contará con pasmosa habilidad tanto la historia de la fallecida como la vida de nuestra niña protagonista, enmarcada esta última en el contexto de una familia cuyo padre huyó, una madre enferma, un hermano que guarda un secreto y tiene todos los billetes para ir a Vietnam, y unos vecinos, –entre los que se encuentra el casero y a la vez jefe mafioso–, a cual más extraño.

Pero además, las “rarezas” de Karen no facilitan su día a día: en el colegio la llaman rara, sucia, ridícula y su mejor amiga, víctima de la presión social y el qué dirán la abandona por el grupo de las guays.

Así pues, la vida de Karen, no lo olvidemos, una niña de solo 10 años, va a estar llena no solo de sus monstruos imaginarios, sino que por desgracia también de monstruos propios presentes en su día a día en forma de racismo (disturbios raciales, asesinato de Luther King,…), homofobia, acoso escolar, enfermedad… y estos, a su vez, van a entremezclarse con gran destreza con los monstruos ajenos del pasado que irá descubriendo a medida que avance en la investigación de la sospechosa muerte de su vecina.

El apartado visual es demoledor. No hay viñetas al uso, hay una variedad de técnicas y estilos, dibujos e ilustraciones que conforman un tomo como nunca antes había visto. Un tomo potentísimo, brutal y me quedo muy corto, repito. Es para verlo. Es algo rompedor que hará gozar a ilustradores, dibujantes y a todos aquellos lectores que disfruten de un buen dibujo, a veces ortodoxo y otras no tanto, pero siempre cien por cien disfrutable.

Además, hay algo que quiero resaltar, que me parece importante y que es algo parecido a lo que conté del dibujante de Black Hammer, Dean Ormston. Y es que la autora, Emil Ferris, contrajo en 2001 el virus del Nilo Occidental, que aparte de derivar en meningitis y afasia, la dejaron paralizada de cintura para abajo y perdió la movilidad de la mano derecha, con la que dibujaba. Tras un largo periodo de rehabilitación y diez años después consiguió terminar el libro y Sony ya ha adquirido los derechos de adaptación al cine bajo la dirección de Sam Mendes. No obstante, creo que es una obra puramente comiquera y, llevada al cine, difícilmente causará el impacto que provoca cuando uno pasea la vista por sus páginas.

Para terminar decir que pensaba que este Lo que más me gusta son los monstruos contenía la historia completa, pero resulta que no, que esta es solo la primera parte y que pronto podremos disfrutar con la segunda. Y esperemos que sea muy pronto, porque este número acaba con un cliffhanger de aúpa.

Lo que más me gusta son los monstruos es el cómic que debes leer si solo vas a leer un cómic este año, si no has leído nunca ninguno y quieres animarte a hacerlo, si te gusta una buena historia, fluida pero también con múltiples tramas oscuras, personajes bien definidos y situaciones creíbles y excelentemente ambientadas.

Una bomba visual acojonante.

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La mujer en la ventana, de A. J. Finn

La mujer en la ventana

La mujer en la ventanaTengo que reconocer que, desde que leí Perdida, de Gillian Flynn, pocos thrillers han conseguido que me enganchara tanto a una historia, incluso después de haberla leído. Me apasionan esos libros que tienen la capacidad de hacer que pienses en sus personajes y en todo lo ocurrido horas, días y semanas después. Creo que es en estos momentos cuando la literatura se convierte en algo más. Cuando consigue conectar contigo y calar hasta el fondo de ti.

Y esto es lo que he sentido mientras leía La mujer en la ventana porque, aunque la historia parte desde el punto en el que una mujer presencia el asesinato de una nueva vecina, el autor va mucho más allá. Desde el punto de vista de la trama y el misterio que la rodea, me ha encantado la forma en la que A. J. Finn logra mantener el suspense desde el principio y hasta el final, con giros inesperados que me mantuvieron pegada a sus páginas hasta que se descubre todo.

Pero me pareció aún más interesante todo lo que rodea el crimen: los personajes y la profundidad con la que narra todo lo que les ocurre. Cómo consigue dar un toque más humano y real a la novela. Es decir, que el lector quiera seguir leyendo y que el motivo no solo sea todo el misterio que necesita desentrañar. Y creo que pocos thrillers psicológicos consiguen aunar ambas cosas.

Y es que el autor ha conseguido centrar casi toda la historia en sus personajes y sus trasfondos psicológicos. Sobre todo, en la protagonista: Anna Fox. Una psicóloga que vive recluida en su casa y que se refugia en el alcohol y en graves problemas que le impiden continuar con su vida. Desde el principio me di cuenta de que era un personaje muy interesante, ya que crea un personaje femenino fuerte, que es capaz de salvarse a sí misma de su sufrimiento. Pero también es un personaje desequilibrado, que te descoloca a lo largo de la historia, ya que no sabes si deberías creerte lo que cuenta o no, pero a quien terminas cogiéndole un inmenso cariño por lo tremendamente humana que es. Por cómo trata de superar sus problemas, por cómo se hunde y también muestra sus errores e inseguridades.

Respecto a la narrativa, me ha gustado mucho cómo A. J. Finn nos presenta a sus personajes y cómo profundiza en ellos, sin demasiados detalles descriptivos, pero con diálogos intensos que hacen reflexionar al lector. Creo que esto es lo que realmente estaba buscando él, una forma de conectar con sus lectores a través de las emociones y situaciones en las que pudiéramos empatizar. Porque sientes todo el rato que es una historia que podría sucederte a ti también, que son gente que podríamos conocer y que es algo que podríamos haber vivido o vivir algún día.

Creo que La mujer en la ventana es de esos libros que reelería sin dudarlo, por su capacidad de aunar una historia humana, que profundiza en personajes cercanos a todos nosotros, con problemas de la vida real, con una trama de suspense que te mantiene pegado a sus páginas hasta el final. Además, no me esperaba ninguno de sus giros y consigue mantenerte en vilo hasta que descubres todos los secretos de ese misterioso asesinato, que no se sabe si ocurrió de verdad o son imaginaciones de la protagonista. Debo admitir que me ha sorprendido muchísimo, porque me esperaba algo muy similar a La chica del tren, ya que en principio parece que tienen muchos aspectos parecidos, y me encontré con algo mucho más profundo. Esta novela va mucho más allá y ha conseguido que la disfrute hasta el final, uno de los mejores que he leído de novelas de este tipo. Inesperado, emocionante y cautivador. No puedo esperar a leer lo siguiente del autor…

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La pequeña forastera 2: Siúil, a Rún, de Nagabe

la pequeña forastera siuil a run 2

la pequeña forastera siuil a run 2Hace mucho tiempo, en un lugar muy lejano, había dos países separados por un muro. En un lado estaba el país exterior, bajo el control del dios negro, en el que habitaban unos seres terroríficos que contagiaban una maldición a todo aquel que tocaban. En el otro lado, el país interior, dominado por el dios blanco, donde vivían los humanos.

El doctor era uno de esos seres de apariencia horripilante y Shiva era una niña humana desamparada. Sus caminos no tendrían por qué haberse unido nunca, pero lo hicieron, y así dio comienzo La pequeña forastera 1: Siúil, a Rún, de Nagabe, un manga que me cautivó hace meses.

A diferencia del primer volumen, La pequeña forastera 2: Siúil, a Rún comienza con una escena de acción, y no es la única. Sin embargo, siguen siendo los momentos de convivencia del doctor y Shiva los que hacen que me enamore de esta historia. Las ilustraciones de Nagabe recrean una atmósfera oscura, en la Shiva aparece como único punto de luz. Los sonidos juegan un papel fundamental para que no solo veamos lo que ocurre, sino que lo sintamos. Igual que sentimos el cariño entre los dos personajes protagonistas, que traspasa las páginas. Sentimos la preocupación del doctor al ver que Shiva está en peligro, y la candidez de la niña, capaz de olvidar al instante los momentos más dramáticos, movida por la esperanza de volver junto a su tía.

Lejos de dar respuesta a las preguntas que se abrieron en la primera entrega de este manga, en este surgen otras de la mano de nuevos seres siniestros. Unos y otros se preguntan cómo romper la maldición y Shiva, la pequeña forastera —quizá la única alma pura que queda en ese mundo— es la pieza clave del misterio. ¿Podrá el doctor protegerla hasta el final?

Con La pequeña forastera 2: Siúil, a Rún llegamos al ecuador de esta historia cocinada a fuego lento, y yo me muero de ganas de leer la continuación. Me fascina cómo con unos pocos personajes, escasos diálogos y sin apenas explicaciones de ese enigmático mundo en el que se desarrolla la trama, Nagabe nos atrapa, nos conmueve y nos mantiene a la expectativa. Sin duda, sus excelentes ilustraciones contribuyen a que sucumbamos a su historia y el giro final, de nuevo, nos deja en vilo. La lectura de La pequeña forastera 2: Siúil, a Rún ha sido una delicia y seguro que también lo será la de las dos entregas que aún están por publicarse. ¿Cuánto nos hará esperar ECC para el próximo número? Espero que no mucho.

Sé que muchos lectores no le daréis una oportunidad a La pequeña forastera: Siúil, a Rún porque es un manga y se publica por entregas. Pero si dejáis a un lado esos prejuicios, estoy segura de que no os defraudará. Con su guion, Nagabe nos demuestra que es un buen contador de historias y que, por eso, no necesita recurrir a grandes parafernalias para cautivarnos página tras página. Y, con sus dibujos, nos deja claro que el manga es el formato ideal para crear ciertas atmósferas. Yo ya me he apuntado su nombre para estar al tanto de sus siguientes trabajos. Y es que pocas veces se encuentra una con un artista capaz de tanto con tan poco.

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El sueño de Newton, de Carolina Redondo

No me puedo imaginar lo que sentiría si mañana me despertara y no recordara absolutamente nada de mi vida. Ni quién soy, ni dónde vivo, de dónde vengo. Ni siquiera mi nombre. Como si acabara de nacer, así, de repente. Pienso en lo que sería echar la vista atrás para descubrir algo de mi pasado, aunque fuera solo una cosa pequeñita y solo ver un borrón negro. Nada más. ¿Por dónde empezar? ¿Qué hacer?

Algo así le pasó a Krups, uno de los protagonistas del libro del que vengo a hablar hoy, El sueño de Newton. Un día se despertó y no recordaba nada, como si le hubieran lavado el cerebro o se lo hubieran reseteado. Tiene que ser muy frustrante no saber ni cómo te llamas, por eso se autobautizó como Krups, lo primero que le vino a la mente. Un día, en terapia, conoció a Mara, que acudía a esos encuentros para superar la adicción a la droga en la que había caído después de la muerte de su madre. Como si el destino existiera, como si este quisiera que Krups y Mara estuvieran en la misma habitación en el mismo momento. Como si fuera necesario que se conocieran. Y tanto que era necesario… a medida que iban pasando las páginas de este libro, comenzaba a entender poco a poco por qué.

Pero la historia no se queda ahí, ya que para entender todo y desentrañar el misterio oculto en esa pérdida de memoria de Krups, tendremos que remontarnos al siglo XVII, concretamente a 1693. Al momento en el cual Isaac Newton hizo un descubrimiento que, de conocerse, podría cambiar todos los axiomas científicos y religiosos en los que creemos hoy en día. Por eso mismo, por las consecuencias que ello podría acarrear, Newton no se quiso arriesgar y lo dejó todo plasmado en un manuscrito que no llegó a sacar a la luz.

También tendremos que viajar en el tiempo y contemplar un cuadro pintado por Rembrandt, así como ser un tripulante más de una expedición que se hizo en la Antártida muchos años atrás.

Y, por supuesto, también viajaremos a Kenia y a Uganda, donde se esconde la confirmación a esa teoría que Newton tenía.

Y, pensaréis ¿qué tiene que ver todo esto con Mara y con Krups? Pues muy sencillo: Mara sabía de la existencia de esta teoría, la llevaba estudiando mucho tiempo. E, igual que sabía que cada día estaba más cerca de la respuesta que tanto tiempo llevaba buscando, también era consciente de que esa investigación la ponía en grave peligro. Así que, por ese miedo a desaparecer del mundo llevándose su investigación con ella, lo dejó todo plasmado en un diario para que, en caso de que la pasara algo, la persona que lo tuviera pudiera continuar lo que ella había empezado. Cuando Mara puso rumbo a Kenia para confirmar lo que ya venía sospechando desde tiempo atrás, ese diario fue a parar a las manos de Krups, que se vería involucrado en la investigación de una manera irremediable.

Tengo que decir que normalmente no suelo extenderme tanto en la descripción de la trama de un libro, ya que me gusta más centrarme en otras cosas que, a veces, me parecen más importantes. Pero esta vez quería desgranar cada uno de los componentes de esta historia escrita por la madrileña Carolina Redondo de una manera más detenida. Tal vez solo con la intención de que entendáis ante qué tipo de libro estamos. Digo esto porque es una trama de aventuras, en la que los protagonistas tendrán que pasar una verdadera odisea para conseguir lo que más ansían: la verdad. Los continuos saltos en el tiempo que nos llevan a los diferentes lugares que tienen que ver con la investigación, hacen que la historia sea muy entretenida. Pero no solo eso: nos mantienen muy atentos, ya que el protagonista está cambiando constantemente y nos va dando pistas sobre lo que nos podremos encontrar después.

Por eso quería darle tanta importancia a la trama, porque me parece muy interesante y muy confeccionada. Esto me ha gustado mucho porque se nota que hay una labor de investigación detrás del libro y que hace que las historias de los diferentes personajes en las distintas épocas estén muy hiladas. Aunque tantos cambios y tantas tramas pueden hacer que al principio nada tenga sentido. Los capítulos van pasando y los saltos en el tiempo comienzan a aparecer. Puede ser que esto resulte un poco lioso cuando todavía no sabemos muy bien de qué va toda la historia, pero os aseguro que va cobrando sentido poco a poco. Además, es un libro bastante cortito (tiene alrededor de doscientas páginas) así que no tenemos que esperar demasiado para que eso ocurra.

Por supuesto, ha sido un placer ir a África de la mano de Carolina Redondo. Tuve la suerte de poder ir a Kenia hace justo un año. Allí me quedé impactada por todo lo que vi, lo que sentí y, sobre todo, por lo que me contaron. Fui afortunada y en el viaje me acompañó un guía que me fue explicando todo lo que yo quería saber sobre ese increíble país. Sus creencias, su mitología, su forma de vivir la religión y lo extraordinario. Me quedaba embobada escuchando todas las historias que ese hombre tenía que contarme, así que volver a viajar a Kenia junto con Mara y descubrir todo lo que ella descubrió allí (y después en Uganda) ha sido una experiencia fantástica.

El sueño de Newton ha tenido una cosa que me ha gustado especialmente: la forma que tiene la autora de enredar lo corriente con lo extraordinario pareciendo que ambos mundo están unidos con un nexo irrompible. Se mezcla la ciencia con lo fantástico, la religión con lo mundano, de una manera muy sutil y delicada, haciéndonos entender que una cosa no puede vivir sin la otra. Es ese tipo de historia en la que ya no sabes qué es de verdad o qué es inventado, porque todo podría llegar a tener sentido. Carolina Redondo toma como base historias reales y después las usa a su antojo, dándonos un libro de aventuras muy peculiar.

En definitiva, una buena sorpresa que me ha llevado a escribir hoy estas palabras. Y, no, todavía no sé lo que haría si me levantara sin memoria una mañana. Ojalá tuviera un diario como el de Mara para dejar plasmado en él todo lo que no quiero olvidar. Pero, ¿sabéis lo bueno? Lo bueno es que podría leer muchísimos libros de nuevo con la ventaja de volver a ilusionarme como lo hice la primera vez.

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Un bello misterio, de Louise Penny

Hay un rasgo de las novelas de Louise Penny –y, supongo, de la propia Louise Penny– que me las hace especialmente queridas y atractivas, y es su total y absoluta ausencia de humor y, yendo más allá, la tendencia de la narradora –y, supongo, de la autora y de la persona– a hacer eso que en inglés, elocuentemente, se llama overthinking. Sobrepensar, ultraanalizar y, en suma, ejercer eso que yo denomino introspección brutal.

Del primer rasgo, la ausencia de tintes jocosos que, de un tiempo a esta parte, se han tornado una moda cada vez más mayoritaria en el género de intriga y misterio, sólo tengo que decir que disfruto de ello porque me gustan mis historias de misterio así, consideradas y contadas como las tragedias que son, no sólo porque giran en torno a una muerte violenta, sino porque la tragedia se extiende a todos los personajes comparecientes, abarcándolos e impregnándolos en mayor o menor medida; el misterio, o el crimen que está en el centro del misterio, entendido como metáfora de la gran transformación, antesala o eco terrenal de la transformación y el misterio supremos de la muerte.

Dicho rasgo es una constante en la producción de Louise Penny, y es parte de la voz de la autora, de su visión como escritora y, seguramente, de su cosmovisión; es igualmente profunda y sentenciosa no sólo cuando se refiere a la investigación del crimen propiamente dicha, sino también al narrar diálogos menos trascendentes entre el inspector jefe Armand Gamache, protagonista de sus novelas, y su inseparable e incondicional segundo al mando, Jean-Guy Beauvoir. Su estilo es profundo y grave lo mismo al describir el pensamiento de sus personajes cuando están enfrascados y absortos en la resolución del misterio como cuando refiere escenas cotidianas o domésticas de sus personajes. Es así. Esto hace que, justo al contrario de lo que sucede con muchos escritores, que usan el humor para restar seriedad a lo que se supone es un asunto serio y grave, por no decir trascendente, Louise Penny añade seriedad y trascendencia –pero también serenidad y sosiego, y una constante invitación al lector para acompañarla en el viaje a lo oculto, a lo poco visible y a lo inaprehensible que puede ocultarse en los recovecos de la realidad más banal– a la descripción de la realidad más insustancial. Una implicación de esto, a la par que consecuencia, es que nada es exactamente insustancial en los relatos de Louise Penny. Todo adquiere un significado, que puede permanecer sumido en los territorios de lo sutil o de lo vago hasta que la propia autora nos revela el sentido que ella quiso darle o ver en ello. Y esa voz y esa sensibilidad especiales hacen posible que los misterios que nos narra Louise Penny con su estilo profundo y perceptivo sean eso, misterios, no historias dramáticas pero banales, ni narraciones de intriga mediocres y sin ningún interés. Louise Penny ve algo digno de mención en todos los personajes, situaciones, momentos y objetos que cruzan sus páginas; usualmente, algo revelador desde el punto de vista psicológico.

Destacar todo esto tiene más razón de ser al hablar de Un bello misterio, incluso, que de otras novelas de la serie protagonizada por Armand Gamache, precisamente porque en esta novela se ahonda aún más en lo sutil, en lo levemente perceptible, como detalle que diferencia lo normal de lo extraordinario. Se puede entender la última palabra que pronuncia un hombre moribundo de una manera o de otra muy diferente, y en ello puede residir la clave de un misterio. Se puede ver en un objeto que nos acompaña cada día algo sin importancia o algo único en todo el mundo. Una edificación puede aparentar ser sólo un montón de ladrillos –bien que magistralmente apilados– pero en realidad ser algo mucho más trascendente que una simple obra bella. Un gesto, un fruncir de labios, una caída de párpados, puede desencadenar un drama psicológico. Y el paso del amor al odio puede ser muy pequeño; tanto, que se puede llegar a dar ese paso en cualquier momento. Y de ahí al asesinato puede mediar una distancia milimétrica. Ese juego de infinita riqueza es el que plantea Louise Penny en Un bello misterio, con mayor dedicación e intención que en cualquier otra novela anterior de Gamache. Y es que ningún escenario podría ser más propicio para la enorme capacidad de sugerencia y de penetración psicológica de Louise Penny que este monasterio perdido en lo más salvaje de Canadá, allí donde ni los lobos osan poner sus patas. Un monasterio perdido, tanto que mucha gente incluso desconoce su existencia, y también la de la orden que la habita, la misteriosa orden monacal de los gilbertinos. Una comunidad de estricta clausura y voto de silencio que se ve empujada a la crisis por causa del asesinato de uno de los hermanos. O, tal vez obviamente, quizás el asesinato es fruto de la crisis y no su desencadenante.

Armand Gamache y, sobre todo, su inseparable Jean-Guy Beauvoir se encuentran desubicados y desarraigados en ese remoto monasterio. Gamache pronto hallará un gran consuelo en los cantos gregorianos en los que los hermanos gilbertinos son maestros; pero Beauvoir, descreído, cínico y aún librando una dura batalla interior (y exterior -en este caso, contra los analgésicos a los que se hizo adicto), verá resucitar algunos fantasmas y ello hará que su papel en esta novela sea mayor de lo que nos tiene acostumbrados.

Louise Penny consigue que cada monje de Saint Gilbert tenga personalidad propia y sea perfectamente distinguible de los demás. Cada monje es un personaje completo, a despecho de la sotana que pretende igualarlos a todos. Gamache verá muy pronto que el monasterio es una pequeña sociedad formada por individuos, por personas, con sus propias idiosincrasias, opiniones –en ocasiones, muy fuertes–, comportamientos, afinidades y aversiones. Una sociedad, en este caso, profundamente afectada por conflictos internos que saldrán a la luz a lo largo de la investigación. Pero también encontrará una sociedad con miembros que tienen algo muy importante en común, algo que todos ellos aman por encima de (casi) todo: la música. Si bien es siempre imposible describir la música por medio de la literatura, por bella y entregada que ésta sea –y la de Louise Penny lo es–, la autora se esfuerza por transmitirnos, si no el sonido de la música interpretada por los monjes, al menos sí las emociones que ésta puede inspirar. La música, en Un bello misterio, no es solamente un arte, sino también un instrumento que acerca a los monjes gilbertinos –y también a muchas otras personas seglares– a la divinidad, a un estado de paz y de contemplación muy parecido al éxtasis.

Un bello misterio es destacable también por el juego entre opuestos que Louise Penny nos propone, utilizando para ello diversos pares de motivos, personajes, situaciones, sentimientos, etc., donde cada uno es el opuesto del otro. Saint Gilbert queda así retratado como un lugar donde de forma persistente se presenta a cada personaje una elección entre dos caminos contrarios, lejos de la imagen dogmática, impositiva y autoritaria que uno pueda tener de la religión institucionalizada. Los monjes de Saint Gilbert –y también Gamache, Beauvoir y cualquier otro personaje no religioso de la novela– tienen continuamente libertad para elegir entre dos opciones contrapuestas. Dios no les castigará si optan por lo erróneo,pero sin duda hallarán un castigo en cualquiera de las infinitas formas que los castigos suelen adoptar en la vida terrenal. El asesinato se nos presenta entonces como error supremo,que debe hallar su castigo, aunque éste no sea el que comúnmente podamos atribuir a este crimen.

Un bello misterio es una obra singular dentro de la serie protagonizada por Gamache, con mayor profundidad psicológica, más matices, y más riqueza y capacidad simbólica en personajes, tramas e historias.

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La Casa del Arpa, de Paul Harrison

la casa del arpa

la casa del arpaUna majestuosa arpa clásica de cuarenta y siete cuerdas, con profusos realces de pan de oro sobre la madera y coronada por una cabeza tallada de mujer. Junto a ella, un atril de músico, con una columna salomónica con relieves vegetales. Y sobre su soporte, un viejo pliego mordisqueado y ahuesado por los años. Es una partitura sin título, con notas escritas a mano a lo largo de cinco páginas.

Esta bella escena es la que encuentra la familia Rico en un sótano oculto de su nuevo hogar, una casa con pretensiones de mansión colonial aislada en mitad del campo de Mingorría (Ávila). La hija mayor, Mía, de dieciocho años, está tratando de superar una decepción amorosa y halla en ese arpa y en su enigmática partitura un aliciente para olvidar el pasado. Poco a poco, la casa le irá desvelando sus macabros secretos y la triste historia de Gabriela, la arpista mulata que tocó ese arpa un siglo atrás.

La Casa del Arpa es la primera novela de Paul Harrison, un francés hijo de una pianista española, que ha creado una escuela de música con un método propio de enseñanza. Su pasión por la música queda reflejada en esta historia, donde una de sus protagonistas, Gabriela, solo es capaz de sentir las emociones cuando toca su arpa. A través de ella, en los capítulos que recrean lo acontecido en la casa en 1901, y de la hermana pequeña de Mía, Sofi, en los capítulos del presente, Paul Harrison nos muestra el autismo desde dentro, con el punto de vista de la persona que lo padece y con el de sus familiares. Y esa forma de contarnos cómo ha cambiado la percepción de este trastorno neurológico de cien años a esta parte me ha parecido uno de los aspectos más atractivos del libro. El otro punto fuerte es la documentación histórica que ha llevado a cabo, ya que Paul Harrison ha reconstruido la Mingorría de principios del siglo XX, retratando sus costumbres, creencias y expresiones, e incluso colando algunos personajes reales en su ficción.

Habitualmente nos encontramos con novelas que alternan capítulos del pasado y del presente. Es una estructura narrativa que me gusta, aunque suele atraerme más leer sobre las maneras de vivir de antaño que sobre los problemas cotidianos de una familia actual. Admito que Paul Harrison ha plasmado de forma creíble el día a día de los Rico y, en especial, la relación de amor-odio entre Mía y Astrid, la hermana mediana, pero mi problema fue que Mía me caía mal. Incidía demasiado (para mí gusto, pues no aportaba nada a la trama) en lo guapa que era y en cómo se le iban los ojos a todos los hombres en cuanto la veían, y eso hacía que yo perdiera el interés en su historia, confirmando, una vez más, mi preferencia por los capítulos del pasado. Sin embargo, a medida que investigaba la vida de los primeros habitantes de su casa y sus preocupaciones adolescentes quedaban en segundo plano, fui conectando con ella. A partir de entonces, ya no pude soltar La Casa del Arpa.

Cuando llegué a la última página, no me quedó más remedio que reconocer que Paul Harrison se había cargado todas mis reservas y había cumplido con nota en la parte histórica y en la de suspense, en los momentos de amor y de terror. Conseguir eso en una primera novela tiene mucho mérito, así que chapeau, Paul Harrison. Me has hecho olvidarme del mundo durante horas. Gracias.

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Batman Eterno Integral 2, de Scott Snyder y VV.AA.

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be2Muy bien. Pues ya tenemos aquí la conclusión del arco Batman Eterno con este segundo integral, formato tochazo. Si al finalizar el anterior habíamos dejado Gotham reventada por mil sitios distintos y con más frentes abiertos que la II Guerra Mundial aquí vamos a poder ver cómo poco a poco van a ir cerrándose, con hilo y aguja, con precisión quirúrgica, algunos de ellos.

Y no parece nada fácil después de ver cómo acabó el Batman Eterno, integral volumen uno. Recordemos rápidamente, y solo por encima, el estropicio (y no hace falta decir que hay spoilers si no has leído dicho tomo): Alfred prisionero en Arkham; Arkham convertido aún más si cabe en un puto infierno; Silencio suelto a su bola haciendo cosas muy ruidosas; Gordon preso en Blackgate; Selina haciéndose poco a poco con el control de la mafia; los nanovirus siguen en los Narrows;  la policía en manos de un comisario corrupto que organiza una cruzada paresonal para atrapar a Batman a toda costa y, en general, las calles enfrentadas en una guerra de bandas; la batfamilia al completo, y algunos más,  intentando poner orden y otros cuantos elementos más por ahí desperdigados… Un caos absoluto. Lo que dije. ¿¡Quién quiere vivir en Gotham, por Dios!?  ¡¿Quién en su sano juicio…!?

En fin. Parece mentira pero las cosas irán arreglándose… pero solo después de que se fastidien aún mucho, mucho más.

¿Pero, por qué? ¿Quién está tras todo esto? ¿Será capaz el mejor detective del mundo de averiguar quién mueve los hilos? ¿Realmente hay alguien dirigiendo todo, al mando de este enorme cotarro? Si lo hay, es una lumbrera. Todos sabemos que derrotar a Batman es imposible. Batman siempre tiene un plan B, C, D, y así hasta J, aproximadamente. Siempre vencerá si se le da tiempo para estudiar el terreno de juego, para prepararse, siempre está preparado y lleva una estrategia dos o tres pasos por delante de su rival. ¿Siempre?

Sin embargo, Batman se está metiendo una paliza para descubrir el cerebro oculto tras toda esta trama y esto acabará pasándole factura. ¿Cuánto tiempo podrá el murciélago estar al 100%? ¿Cuántas horas sin dormir podrá rendir sin fallar, cuántas sin comer…? ¿No pensaste en estas cosas cuando decidiste enfundarte el traje, eh, Bruce? Si ya es jodido actuar como “civil” de día y justiciero de noche en épocas de relativa calma, ahora ya ni te cuento…

Por si fuera poco, vamos a ver cómo no solo Batman va a tener que luchar contra los malos y el acoso de la policía, sino que Bruce Wayne también va quedarse sin nada. Algo como lo que vimos en The Dark Knight Rises o parecido también a lo que le sucedía a Daredevil en el estupendo y más que recomendable cómic Born Again. Que va a pasar las de Caín, vamos.

Por primera vez veo a un Batman desconcertado, sin rumbo, como una marioneta yendo de un lado a otro, siguiendo el humo, sin saber cuál es el siguiente paso a dar, con la barba de tres días (bueno con barba de tres días ya le hemos visto más veces)…:

“No tengo ni idea de quién está detrás de esto. He juntado todas las piezas de todos los puzles. Todas estas malditas pistas… y ninguna de ellas encaja con las demás. Ninguna en absoluto. La ciudad está en llamas y todo esto no es más que una condenada distracción. Y no sé para qué…”

¡Y lo reconozco!: me ha encantado el conjunto y me ha encantado el final que han dado a la historia. No lo esperaba así, la verdad. Me imaginaba que el maestro del caos que había preparado y coordinado todo este tinglado contra el Caballero Oscuro fuera alguien que se sacaran de la manga, que no supieran cómo acabar la historia y metieran un Deus ex machina, algo que al final hiciera que el conjunto de los dos tomos no fuera tan redondo, pero no. ¡Chapó! Me ha gustado el desenlace y la explicación final. Me ha gustado ver a Batman abatido, cansado, extenuado…, pero no rendido, eso nunca.

El dibujo se mantiene a la altura de la historia. Muchos dibujantes, pero cohesionados que aportan su toque artístico a una de las historias más atractivas del murciélago.

Lo único que desentona, en mi opinión y, teniendo en cuenta que en este segundo tomo su presencia es casi cero, es la parte paranormal. Pero eso ya lo comenté en la otra reseña.

Un guion repleto de tramas, héroes, villanos, y secundarios que no se quedan atrás en sus papeles; con alguna que otra concesión al humor, con un gran nivel constante durante las más de mil páginas que hacen muy disfrutable el conjunto de los dos integrales.

Batman Eterno, integral volumen 2 completa un arco que gustará a todo aquel que sea fan del héroe de Gotham, o a los enemigos de este que quieran verle pasarlas muy putas.

De lo mejor que he leído de Batman últimamente.

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Las Supervivientes, de Riley Sager

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lassupervivientesNo es fácil ser una chica. Tampoco lo es ser chico, ojo. Pero si nuestra vida es una película de terror, ser chico suele ser más fácil. Simplemente basta con resistirse a morir, morir finalmente y ya. En cambio, siendo una chica tienes que ir ligera de ropa y correr por cementerios neblinosos o campamentos donde hasta hace poco alguien te sobaba las tetas o atravesar fríos bosques, golpeándote la cara con ramas y arañándote las piernas con la maleza mientras tratas de escapar de un maniaco con un hacha, cuchillo, motosierra o el fetiche elegido por el tunante de turno para desmembrarte.

No, no es fácil. Pero tampoco es fácil ser la superviviente de una de esas matanzas. Imagínalo. Planeas un finde con los amigos, pilláis una casa rural, lleváis juegos, comida, hacéis senderismo… Un finde en el que incluso habéis tenido en cuenta la previsión del tiempo y este os acompaña. ¿Qué puede salir mal?  Tantas cosas, ¿verdad? Imagina que un loco empieza a matar a tus amigos y sobrevives. Vives con ello, con el recuerdo diario de ellos y con la culpa de haberles sobrevivido. Y, sobre todo, te reconcome el haber olvidado unos minutos de esa escena. Tienes una pequeña laguna temporal en el suceso más importante de tu vida.

Eso le pasa a nuestra prota, Quincy Carpenter, quien pasó a ser etiquetada como otra más de las integrantes del grupo de las “últimas chicas”, en el cual también están Lisa y Sam, únicas supervivientes de otras matanzas.

Diez años después de la terrible carnicería, Quincy parece haber superado todo eso: se dedica a la repostería y sube fotos de sus creaciones a su blog, que parece ser muy visitado e incluso tiene patrocinadores; y comparte su vida con una pareja comprensiva. Además, cuenta con el policía que le rescató al cual puede acudir siempre que lo necesite como si de un terapeuta se tratase.

Todo parece ir bien, hasta que se presenta en su casa Sam y poco después la policía encuentra a Lisa en la bañera con las venas cortadas.

¿Acaso hay un psicópata suelto que va a dedicarse en su tiempo libre, o puede que a tiempo completo, laborables y festivos, a matar a las supervivientes de este tipo de tragedias? ¿A hacer justicia porque ese era el “destino” de esas chicas?

Sea como sea, este es el planteamiento de Las Supervivientes, una novela, primera del autor, que se lee con interés, con la intriga  y el comeuñas del “qué pasará” propio de este tipo de thrillers y en el que somos capaces de empatizar con alguien como Quincy, a pesar de que a veces la abofetearíamos sin dudarlo. La entendemos, sí, pero a veces hace cosas bajo la influencia que vaya…

Un punto que me ha gustado ha sido el enfoque que se hace sobre la prensa, ya sea sensacionalista o general. Una crítica inteligente hacia todos los carroñeros que viven del morbo y desgracia ajenas sin importarles las consecuencias de sus actos.

Pero volviendo al tema principal y sangrante, Riley Sager va a jugar con nosotros desde el principio. Apoyándose en la baza de la laguna en la memoria de Quincy va a plantar en nosotros la semilla de la incertidumbre, haciéndonos incluso sospechar de la propia protagonista. ¿Realmente ella no recuerda, o dice que no recuerda porque sabe perfectamente lo que hizo? ¿O tal vez encubre a alguien? ¿Es verdad que Lisa se suicidó? ¿Y Sam? ¿Por qué aparece justo ahora? Cuantos interrogantes…

Como digo, Las Supervivientes se lee con facilidad, los personajes más o menos están bien perfilados, y la historia no te permite abandonarla. Pero ese final chirría algo. Y chirría más cuando ves en las solapas a King alabar el libro (claro que King hace tiempo que no acaba bien un libro), a otro decir que “mirarás al otro lado de la habitación cuando el personaje escuche a alguien que se acerca” (venga ya, por favor que no es un libro de terror),  o a Lisa Gardner afirmar sin cortarse un pelo que es “el mejor libro del año”. Francamente, esas aseveraciones van en contra del libro porque te crean unas expectativas que no se cumplen y el famoso giro final (porque en el fondo desde que empiezas a leer el libro –o cualquiera similar a este– estás buscando ese giro final sorprendente que te cagas y que te va a dejar con el culo torcido), no es ni tan sorprendente ni sería creíble en la realidad a nada que te pongas a pensarlo.

Al margen de eso, si se acude sin hype y leyendo la sinopsis y nada más que la sinopsis tendremos una entretenida y disfrutable lectura. Ni de coña la mejor del año, pero, desde luego, entretenida y muy muy disfrutable.

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Bellas durmientes, de Stephen y Owen King

Bellas durmientes

Bellas durmientesEn mi casa siempre ha habido una estantería entera dedicada a las obras de Stephen King. Yo todavía puedo recordar cómo las cogía para mirarlas una a una. Sin apenas saber leer, intentaba descifrar los títulos y ver sus portadas. Hasta que llegó It, desencadenando en mí un miedo que nunca antes había sentido. Tiré el libro de cualquier manera y salí corriendo de la habitación donde los guardábamos. Le pedí a mi madre que escondiera ese libro, para que jamás lo volviera a ver. Ese payaso de la portada visitó mis pesadillas noche tras noche. A día de hoy, tal vez ya por costumbre, es el único libro de mi estantería que está del revés, con el lomo mirando a la pared. Jamás me he atrevido a leerlo.

Mi madre, gran aficionada a la lectura, pasaba sus noches de insomnio sumergida en alguna historia de terror del que fuera uno de sus escritores favoritos y yo me acurrucaba a su lado y le pedía que me leyera un poquito, aunque solo fuera una hoja. Ella, sabiendo que no me dormiría hasta que lo hiciera, me leía algún fragmento del libro que estuviera leyendo en ese momento. Muchos de esos fragmentos estaban escritos por King. Pero yo no me enteraba de nada, porque ni sabía la historia, ni sabía quiénes eran los personajes. Solo quería escuchar la voz de mi madre un ratito antes de caer en los brazos de Morfeo.

Y no fue hasta hace unos tres años que me atreví a leer a King. Fue Carrie la primera novela que cogí. Me gustaba tanto que hasta me la llevaba a la facultad para leerla a escondidas mientras el profesor de Derecho Civil daba una de sus peroratas. La devoré.

Pero me resultó como muy intensa, por eso quise dejar que pasara un tiempo hasta que me decidiera a leer otro de los libros del dios del terror. Y ese momento llegó, hace más o menos un mes, cuando salió a la venta Bellas durmientes. Tal vez fue su portada enigmática e hipnotizante, o tal vez la sinopsis tan atractiva que leí antes de que se pusiera a la venta lo que hizo que en mi cabeza se encendiera la bombilla de “has descubierto tu próxima lectura”.

En esta ocasión, según lo que he podido leer por ahí, la idea original de la obra la propuso Owen King, el hijo de Stephen. Quería que su padre la escribiera. Pero ambos fueron añadiendo cosas a la historia, capítulos y más capítulos y llegó un momento en el que ya no se supo quién escribió qué. También he leído por ahí que los grandes amantes de King (esos que se han leído casi toda su obra y a los que no llego ni a la suela de los zapatos) sabrán descifrar qué parte escribió cada uno de ellos con casi total seguridad. Y eso me gusta. Me imagino a alguien leyendo un determinado trozo y pensando: “sí, esto, sin duda, es de King padre”.

Yo solo sé que Bellas durmientes ha sido una de las lecturas más extrañas de mi vida. Veamos: el marco general está claro. Hay un virus, llamado “virus Aurora” que hace que todas las mujeres del planeta se queden dormidas, como encerradas dentro de una especie de bulbo gigante que las engulle y las paraliza durante mucho tiempo. Entonces los hombres se quedan solos en el planeta. Hasta ahí bien. Pero después los maestros King (habrá que empezar a hablar, merecidamente, en plural) empiezan a meter guerras apocalípticas, muertos vivientes, política, ángeles vengativos, parricidios, drogas y cientos de personajes.

Es un lío tremendo.

Pero para eso, padre e hijo nos ayudan grandiosamente agregando al libro una lista con todos los personajes que aparecen, algunas de sus características y qué relación tienen con los demás. Gracias al cielo, porque si aun con la lista es difícil seguir todas las tramas, no me quiero ni imaginar lo que hubiera sido leer este libro “tan pequeñito” (nótese la ironía, ya que tiene casi ochocientas páginas) sin esa gran ayuda.

Le he encontrado un pero, todo hay que decirlo. Y es que en algún momento determinado me ha resultado pesado y varios capítulos me han parecido innecesarios. Creo que el libro hubiera sido mucho mejor si no se hubieran añadido tantísimas tramas y no se hubiera liado tanto la historia. El mensaje está claro, pero a veces se difumina entre tanta trama trasversal que hace que en ciertos momentos la lectura se ralentice. Desde luego, este es mi punto de vista y solo tú, lector, tendrás la última palabra.

Aun así Stephen King, ahora acompañado por su hijo, lo ha vuelto a hacer. Nos ha dado una historia de terror en la que, seguramente, acabará basándose una película. Porque tiene esa descripción que tanto caracteriza a King que hace que te lo imagines todo perfectamente. Que, mientras lees, en tu cabeza ya se han dibujado todos los escenarios, como si en vez de leyendo un libro, estuvieras viendo directamente la película. ¿Todavía no sabéis por qué no he leído It? Pues por eso mismo. Porque me da mucho miedo que al coger ese libro el payaso se quede para siempre dentro de mi cabeza. Pero, al fin y al cabo, esa siempre ha sido la intención de King, ¿no?

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