

Hay algunos autores que conocemos de una manera casi inconsciente, en segundo plano, escribiendo historias sin cesar, alejados de los focos y de la fama. Autores que todo el mundo conoce pero que nadie sabe que conoce. Sus nombres suelen sonarnos, pero a menudo nos cuesta ponerle cara o asociar la obra. Nos cuesta visualizar la portada del libro o de la película. Estos autores son, en parte, un pilar fundamental de nuestro bagaje cultural personal e incluso algunos han llegado a dar forma a nuestras primeras filias y fobias literarias. No podríamos entender nuestras tendencias culturales sin su influencia, pero al mismo tiempo son grandes desconocidos y no somos conscientes de la gravitas que nos ha generado dicho autor hasta que volvemos a ponernos delante de su obra.
El hecho que una obra como esta haya llegado a ver la luz, no hace sino hablar maravillas de una editorial como Gigamesh, responsable de esta fantástica apuesta editorial. Este volumen, un interesante ensayo en torno a la figura de uno de los últimos genios de la narrativa de terror y fantástica, es el primero escrito en lengua castellana dedicado a analizar la obra literaria, guiones para cine y televisión, y diversas adaptaciones para ambos medios que ha conocido la admirable producción literaria de este gran escritor norteamericano. Nos estamos refiriendo al volumen correspondiente a la colección “Miscelánea” titulado: Richard Matheson: El maestro de la paranoia.
Coordinada de maravilla por Sergi Grau, pero participada y escrita por trece autores más, Gigamesh encuentra la manera de resumir y analizar la vida y la obra de un autor a todas luces inabarcable. En la narración hay fragmentos más y menos literarios, y con más o menos peso de la literatura o el cine, pero el resultado final es la constatación de que Richard Matheson es un autor cuya preeminencia nunca ha sido justamente reconocida en nuestro país. Es triste reconocer que tras su muerte, el 23 de junio de 2013, no se produjo ninguna muestra particular de pesar entre los lectores españoles, de la misma manera que sucedía un año antes con Ray Bradbury cuya desaparición pasó prácticamente desapercibida para la corriente literaria y cultural mayoritaria de este país.
Matheson fue un escritor multidisciplinar. Manejaba a su antojo el relato, la novela y el guion de cine. Colaboraciones con el mismísimo Roger Corman, guiones para En los límites de la realidad (The Twilight Zone 1959-1964), relato y guion para El diablo sobre ruedas (Duel, 1971) de Steven Spielberg… En definitiva, un mundo, como decíamos, inabarcable en el que sus verdaderas obras maestras están representadas por sus textos en forma de relato corto.
Oculto bajo una clave fantástica, Matheson representaba el paradigma de la crónica de la soledad cotidiana. La de Robert Neville, la del hombre menguante, la del tipo que ve algo raro a través de la ventanilla del avión. También en la obra de Matheson existe cierta semejanza con Ira Levin, cuya obra rezumaba también soledad cotidiana (soledad doméstica, eso sí) en obras como “La semilla del Diablo”.
Esta soledad, este costumbrismo del que después bebió Stephen King, relata de un modo descarnado situaciones habituales de la américa de los setenta.
“Cuando eres niño y quieres comprarte un helado es muy triste tener que esperar a que pase el camión, aunque el niño lo considere normal porque no ha conocido otra cosa. Cuando a un ser humano le están jodiendo la vida y no acaba de identificar el origen de su desgracia, muchas veces ni siquiera puede reconocer que es infeliz, y acaba por volverse loco”.
El hecho de que Richard Matheson trabajara escribiendo sus obras a lápiz y papel, sin ayudas de ninguna máquina de escribir u ordenadores en sus últimos años, acrecienta la sensación de abandono por parte de la comunidad lectora al ver la enorme cantidad de obras reseñables que dejó tras de sí el autor norteamericano. Matheson fue por encima de todo un escritor en su máxima expresión, un ser humano nacido para escribir, a quien le traían sin cuidado las circunstancias que le rodeaban.
En Richard Matheson: El maestro de la paranoia, Sergi Grau coordina una sesión de psicoanálisis en tercera persona. Desnuda el alma de Matheson a través de su obra y nos explica que seguramente fue su carácter paranoico el principal estímulo creativo que tuvo. Un estímulo creativo que le acompañó a lo largo de su vida, dejando tras de sí un reguero de obras maestras que todos conocemos aún sin saber que están dentro de nuestro subconsciente. En definitiva, si queréis saber un poco más porqué os gusta lo que os gusta y porqué Matheson es tan importante para todos nosotros, este es un libro que debe estar en vuestra estantería. No lo dejéis pasar.

Cuando tuve noticia de la publicación de un libro titulado Así era Lev Tolstói, en Acantilado y de Selma Ancira, por supuesto lo pedí inmediatamente pero me hice una idea equivocada. Por alguna razón, probablemente la ilusión que me hacía pensarlo, supuse que era la propia Selma Ancira la que por una vez iba a regalarnos su propia voz en lugar de aplicar su sensibilidad y su talento a traducir la de otros. La idea que leer a aquella a través de cuyos ojos he disfrutado de una parte muy importante de mis libros de cabecera se me antojaba el mayor de los acontecimientos literarios posibles. Y lo es, pero no como imaginaba. Quiero decir que no se trata de Selma Ancira hablando de Lev Tolstói sino que traduce textos de personas que lo conocieron y plasmaron por escrito y de primera mano sus impresiones. Igualmente es un acontecimiento y un verdadero regalo para los tolstoianos del mundo, pero lo magnífico de la lectura no logra que se me vaya de la cabeza esa idea inicial equivocada pero ilusionante. Ojalá algún día podamos disfrutar de un libro como ese por ahora imaginado. Una vez lanzado el guante, mientras tanto es una fortuna poder disfrutar de este pequeño tesoro y de ese “(I)” del título que permite soñar nuevas entregas.
Cuando decidí reseñar a Quignard sabía que me metía en un berenjenal. ¿Cómo le explicas Quignard a otra persona? No se lo explicas. Coges uno de estos pequeños tratados y le dices: lee. O les hablas a tus amigos con tanta pasión de su obra (sin decir nada en realidad, porque ya os lo dicho y lo repetiré varias veces: no se puede explicar) que acaban leyéndose uno de sus libros y luego otro, y otro. Pero como no os tengo a todos a mano para irnos a tomar unas cervezas, no puedo hacer ninguna de esas dos cosas. Así que intentaré explicarlo.
La primera imagen que se me viene a la mente de Pelé no es precisamente halagadora hacia el ídolo brasileño. Como tantos y tantos jóvenes me he criado viendo dos capítulos de los Simpson diarios durante años, así que es inevitable que venga a mi memoria el episodio en el que la familia amarilla va a ver un partido de soccer y antes de que éste dé comienzo aparece Pelé para saludar al respetable y ya de paso promocionar una marca de papel para el horno, tras lo cual un hombre trajeado le entrega una bolsa cargada de dinero. Por suerte también he tenido la oportunidad, a partir de algunos vídeos recopilatorios, de comprender la magnitud de su figura; si hoy en día alucinamos con lo que son capaces de hacer Leo Messi o Cristiano Ronaldo —dos jugadores que están, aún hoy, a mucha distancia del resto de los mortales—, no quiero ni imaginar lo que suponían aquellas gambetas, esos cambios de ritmo explosivos y esa calidad para definir de cara a puerta en una época en la que este deporte era tan distinto al actual.
“Oh, let me see your beauty when the witnesses are gone
Hace poco leí que después de que Donald Trump venciera en las elecciones a la presidencia de los Estados Unidos, el libro 
El destino, tan caprichoso él, me ha llevado a escribir esta reseña un sábado como hoy, justo el día en el que se cumplen cincuenta y cuatro años desde que Sylvia Plath decidiera quitarse la vida a la edad de treinta y un años, justo la que tengo yo ahora. No sé qué quieren decir todas estas coincidencias, pero me han hecho reflexionar bastante sobre por qué una persona tan talentosa e inteligente decide acabar su vida así. Es algo realmente complejo de entender, así que hoy, en lugar de acordarme de esa fecha (aunque sea inevitable), voy a decidir celebrar su vida, la vida de una mujer y escritora maravillosa. Brindo por ella.




Este es un libro para reír. Me diréis ¿nada más? Y yo os digo: ¡nada menos! Os aseguro que reírse no es poca cosa. Es algo muy importante en nuestras vidas. Hay estudios que garantizan, prueban y demuestran que reír es buenísimo para la salud, tanto mental como física. A no ser que tengas algo que solo te duele cuando te ríes, que entonces es mejor dejarlo para otro momento. También hay que procurar no reírse de los demás, a no ser que nos acompañen en la broma y tampoco es buena la risa maléfica, sobre todo para el que la sufre. Por lo demás, rían, rían, que mejora muchas cosas: la respiración, el cutis, aunque salen algunas arruguillas más, son chulas, porque son de risa. Aumenta las endorfinas por lo que mejora nuestro estado de ánimo, atenúa dolores y evita la depresión. Nos hace tener más amigos, caer mejor a la gente, que nos tengan más cariño si tenemos cara de risa, que si tenemos cara de palo seco o de pena. Y así podría estar un buen rato, explicando las bondades de la 
Ya que nos ponemos sinceros, os voy a hacer una confesión. Desde hace unos meses estoy metida en un proyecto muy gordo: estoy mirando casas para irme a vivir con Aarón, mi pareja. Hemos tenido que mirar terrenos, promotoras, hipotecas (bancos y más bancos), hacer más papeleo del que nos gustaría, pensar en la distribución de la casa, los muebles, los acabados… en fin, una lista interminable de cosas. Y ahora, cuando ya está el proyecto en marcha y ya veo la casa de mis sueños como algo palpable, voy y me pregunto a mí misma: “¿y tía (porque yo a veces me llamo tía a mí misma, cosas de la vida), se puede saber de qué narices te vas a alimentar cuando vivas con Aarón?” Porque no es que él sea un manitas de la cocina, y yo tampoco, para qué nos vamos a engañar. De hecho, yo solo suelo cocinar “en serio” los fines de semana. El resto de días me alimento de cosas a la plancha/arroz/verduras que se hagan en menos de 20 minutos. Incluso 20 minutos me parece mucho tiempo. Si se puede hacer en 10, mucho mejor.