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El odio a la poesía, de Ben Lerner

El odio a la poesía

El odio a la poesíaUn título contundente el de este libro que enseguida llamó mi atención. A mí, que me encanta la poesía, que la uso para poder escribir y ordenarme, que me parece indispensable, necesaria e intrínseca al ser humano, ¿qué me puede contar este ensayo sobre odiarla? Es más, ¿por qué si quiera debería existir esa posibilidad? Ah, amigos, pero existe y más de una vez me he sorprendido y sentido identificada leyendo este libro. Más de una vez le he tenido que dar la razón al autor. Ahora os explico por qué, pero dejadme que os hable primero de Ben Lerner.

Este norteamericano, nacido en 1979, autor de varias novelas, profesor de lengua inglesa y autor de tres colecciones de poesía me ha sorprendido muy gratamente. Su estilo a la hora de escribir es impecable, sugerente y directo. Tanto es así que he leído el ensayo de una sentada, porque en cierto modo, me tenía atrapada y no podía parar. He descubierto en él a una persona muy inteligente, que sabe bien de lo que habla y que tiene una vasta cultura que, sin alardes, usa a su favor en este ensayo. Y eso que los ensayos no es que sean mi género favorito, pero no podía pasar de largo esta lectura.

En El odio a la poesía, Ben Lerner dilucida sobre ese dualismo que despierta la poesía, un género que al mismo tiempo que se ha ganado su prestigio, también ha despertado indiferencia e incluso odio. “A mí también me desagrada”, partiendo de estas palabras de la poeta Marianne Moore, Lerner elabora un ensayo mediante el cual trata de averiguar ese recelo y desdén que provoca la poesía y al mismo tiempo, encontrarle un sentido y una función en la actualidad. Como veis no es una tarea fácil la que se propone.

Hay reflexiones muy lúcidas en este ensayo. De hecho, creo que he subrayado medio libro mientras lo leía, pero ya os he dicho que me he sentido muy identificada con determinadas reflexiones.

Según Lerner, “hay mucho más consenso en el odio a la poesía que la propia definición de lo que realmente es la poesía”. Y eso que realmente, siendo la poesía la forma de expresar mediante el lenguaje nuestra individualidad, todos somos, ciertamente, poetas. “Eres un poeta, lo sepas o no, porque ser parte de una comunidad lingüística -ser invocado como un tú- equivale a ser investido de capacidad poética”. Lo que ocurre es que, a medida que maduramos, nos vamos alejando de esa capacidad, la vamos dejando de lado porque, ¿cómo vamos a ser todavía poetas? y, lo que es peor, esa pregunta maldita: “¿no podrías encontrar un trabajo de verdad y dejar atrás tus costumbres infantiles? Y yo soy la primera que más de una vez he preferido decir que escribo a que soy poeta, porque es cierto que en ocasiones la gente te mira con recelo. Claro, que para la gente todo cambia cuando les dices que eres poeta y que te han publicado. Porque, como dice Lerner, “Todo el mundo puede escribir un poema, pero, ¿ha sido tu poesía considerada auténtica e inteligible por los demás? (…) Esto explica la persistente asociación entre poesía y fama – de otro modo desconcertante, ya que no hay poetas famosos entre la población general.”

Y siempre está ahí esa cuestión de si la poesía es realmente un trabajo o placer. Mucho se ha escrito sobre este asunto. Se supone que “uno de los problemas de los poetas es su fracaso en alcanzar la universalidad, en hablar por y para todo el mundo”. Pero me quedo con esta reflexión del autor: “el poema que puede abarcar a todo el mundo es una imposibilidad en un mundo caracterizado por las diferencias y la violencia”. No existe el poema perfecto, el poema universal. ¿Cómo va a existir en algo tan subjetivo? Esto es lo que despierta el odio a la poesía en los no-poetas (e incluso en los poetas).

He disfrutado muchísimo leyendo este ensayo que recomiendo tanto a poetas como a aquellos haters de la poesía. El ejercicio que ha realizado Ben Lerner en El odio a la poesía es brillante, complejo y muy esclarecedor.

Y voy a terminar la reseña otra vez citando textualmente al autor, porque creo que yo no podría expresarlo mejor:

“Todo lo que le pido a los que la odian – y yo también soy uno de ellos- es que se esfuercen por perfeccionar el desdén que sienten, que incluso consideren la posibilidad de aplicarlo a los poemas mismos, porque allí, lejos de disiparse, ganará en profundidad y, porque allí, al crear un espacio para lo posible, un lugar donde la ausencia se transforma en presencia (como la irrupción de una melodía que jamás ha sido escuchada por nadie), esto de lo que hablamos podría llegar a parecerse al amor”.

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El monarca de las sombras, de Javier Cercas

el monarca de las sombras Quien iba a decir a los habitantes de Ibahernando, que quizá su pueblo pase a la historia porque Javier Cercas ha comprendido que para que nadie escriba su historia tenía que convertirse en escritor y escribirla él mismo.

Un día Javier Cercas nos sorprendió a todos con su novela Soldados de Salamina, que ya era su cuarto libro pero el primero para mí y para la mayoría de los lectores. Una novela en la que entrelazaba ficción con historia real, y que versaba sobre la figura de Rafael Sánchez Mazas y sobre el hecho concreto de haber sobrevivido a su fusilamiento durante la Guerra Civil Española.

Pues bien, y aunque nunca se llegase a ir del todo del tema de la Guerra Civil y de la Historia en general, llega con El monarca de las sombras el Cercas que más me gusta, el que cuenta cosas que le importan porque son cosas personales que le afectan, y porque hay margen para jugar con la historia y la realidad hasta hacer que una y otra converjan.

Ahí está lo mejor de un escritor que tiene que bucear en la historia para que parezca que cuenta la verdad que nadie más contará, por ser la suya, la más cercana. Ese, como les decía es el Cercas que me gusta y me ha gustado. No hace mucho leí El balcón del invierno, de Luis Landero, en el que nos contaba la vida de su familia y sus orígenes, y creo que también en esa novela lo dio todo, porque también Landero quería que nadie contara una historia que solo él podía y debía contar.

Todos querríamos escribir la historia de nuestra familia para que no quede en el olvido, pero esa es la historia más difícil de contar para un autor, aunque si sale bien la jugada será sin duda su gran obra.

En esta ocasión parece extraño pero muy acertado que el protagonista sea su tío abuelo, Manuel Mena, fallecido con tan solo 19 años por fuego republicano en la Batalla del Ebro.

La novela que nos ofrece Cercas parece sencilla, unir escribiendo aquello que va descubriendo mezclado con viejos recuerdos de su madre y de otros familiares y viejos del lugar, pero solo lo parece, esa es la trampa con la que se encuetra una y otra vez el autor, la naturalidad en la literatura es de máxima dificultad.

De fondo está David Trueba, no solo como amigo o acompañante, es el artista, el cineasta comprometido, el que aporta empuje y seguridad al autor….

Contar la historia de un joven falangista de 19 años para contar la historia de uno mismo… Ya saben, yo siempre he sido de la opinión de que no está todo contado sobre la Guerra Civil, porque no es solo que cada familia tuviese su propia historia, es que cada persona de forma individualizada la tiene. Los que como Manuel Mena murieron, fueron trasladados a su pueblo y recibieron santa sepultura con todos los honores; los que siguen en cunetas sin entierro digno, los que murieron de tuberculosis en las cárceles o campos de concentración… Y la mujeres, las grandes sufridoras de las guerras, vejadas, humilladas, silenciosas… Nosotros somos descendientes de esos españoles, de los unos y de los otros, y la historia no está para enfrentarnos pero sí para conocerla, para que cada cual sepa de donde vienen las palabras o los silencios pronunciados en cada casa.

Investigar no es malo, eso tan de antes de “deja las cosas como están” no es una solución, lo sabe bien cualquier pueblo que quiera cerrar heridas, hay que saber, hay que ponerse en el lugar del otro, no todo era lo que parecía, no cada cual estaba en el bando en el que creía, no fue lo mismo vivir en un pueblo de Burgos que vivir en uno de Valencia, pero para saber eso hay que haber conocido la historia y el desarrollo de nuestra guerra, porque por mucho que queramos verla con distancia está aun ahí, en la fotos de los muertos de nuestra familia, en las calles, en los cementerios… pero no en el olvido ¿Por qué olvidar cuando es mucho mejor conocer y afrontar?

Me vienen al recuerdo aquellas palabras que tanto repetimos en nuestro club de lectura de que todos nacemos con una mochila… pero no podemos juzgar lo que hay en esa mochila que cargamos, no sería justo medir hoy lo ocurrido en aquel 36, pero es digno saber y reconocer de dónde venimos cada cual… También lo explica bien, para el que quiera verlo, Javier Marías en su libro Así empieza lo malo.

Cercas cierra aquellos Soldados de Salamina y hace suyas la palabras de Trueba de que no son los libros los que deben estar al servicio del escritor, sino el escritor al servicio de sus libros, solo siendo así de honesto puede uno hacer una historia como la que el autor nos ofrece.

Al hilo de un artículo que creo que leí en un periódico sobre este libro, El monarca de las sombras, recordé unos versos que escribí hace unos años y publiqué en mi primer poemario:

Nueve palomas vuelan
sobre tu huerta,
Sobre los trigales
Que a agostean.

Nueve palomas blancas
Año tras año,
Regresan.

Regresan a Farasdués,
y en Farasdués, llueven penas.
Nueve palomas llegan
de nueve estrellas,
las nueve que fusilaron,
las nueve buenas.

Miguela,
Francisca,
Candelaria,
María,
Paulina,
Josefina,
Antonia,
Raimunda,
Eusebia.

Las nueve buenas.

Escribí este poema cuando se empezaba a hablar de la Guerra Civil, cuando en los pueblos la gente se empezó a atrever a contar su historia, cuando Dulce Chacón conmovió a todo este país y nos hizo individualizar a los muertos, cuando los historiadores empezaron a hacer su trabajo, un trabajo que, como el que ha hecho Javier Cercas, SIRVE, porque me sirve a mí y le sirve a su propia madre, y servirá, no lo dudo a muchas personas que se han erigido en jueces de historias de hace 80 años…

Estamos hablando de una guerra.

Para hablar de la posguerra habría que hablar de otros poemas, de otras historias, de otros jueces, de otras muchas penas, de hambre y de miseria…

Ya ven empezaba esta reseña hablando del pueblo de Cercas y lo termino hablando de Faradués, un pequeño pueblo del interior de las Cinco Villas, que, como Ibahernando, también merece tener su propia historia.

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Renacer de las cenizas. Una historia real de supervivencia y perdón de Hiroshima, de Akiko Mikamo

Renacer de las cenizas

Renacer de las cenizasEl ser humano ha provocado y sufrido las guerras desde siempre. Son terribles, es vivir el infierno, todos estamos de acuerdo, pero estamos continuamente repitiendo los mismos errores que desencadenan conflictos, que acaban en lo que ya se ha estudiado, analizado y requeteanalizado: somos así de incongruentes.

Me acerqué a este libro por varios motivos: uno, porque tengo un gran respeto y admiración por la cultura japonesa; otro, por la palabra perdón. No hace mucho vi una entrevista a Kim Phuc. Por el nombre igual no os suena: es la niña del napalm. Esa famosa fotografía de la niña quemada, desnuda y gritando del final de la guerra del Vietnam. Eso fue en 1972, yo he crecido viendo esa foto que impresiona, pero que, como todo lo que tenemos delante, no vemos con la profundidad adecuada, no vamos más allá. Hasta que de repente aparece una señora, que te transmite una paz enorme, con una sonrisa magnífica, que te cuenta que ha perdonado a quien tú pensabas que le desgració la vida. Que ahora se dedica a explicar a todo el mundo el poder sanador del perdón, que es la única manera de tener paz y ser feliz. Me pareció tan fuerte, me impresionó tanto su forma de hablar y de transmitir. He oído a otros hablar de esto, no hace mucho Irene Villa explicaba que si quieres ser feliz un día, véngate, pero si quieres ser feliz siempre, perdona. El odio solo te hace daño a ti mismo. Me causan gran admiración estas personas, creo que son enormes.

Renacer de las cenizas es otra historia sobre el perdón, entre otras cosas. El libro es desgarrador, terriblemente gráfico: pica, escuece y duele muchísimo. Nos lo cuenta Shinji Mikamo en primera persona, que es el padre de la autora. Shinji tiene 19 años y vive con su padre, un hombre alegre, creativo e inteligente. Su hermano mayor está en alguna parte de Filipinas, como soldado y su madre se ha trasladado al pueblo, porque está muy enferma. Es el 6 de agosto de 1945, está ayudando a su padre a recoger enseres y parte de su casa, de la que tienen que marchar; acaban de desayunar y cada uno está en una parte de la casa, cuando a las 8:15, un gran estruendo y un resplandor nunca visto, fulmina Hiroshima y todo lo que hay en ella. Shinji y su padre están heridos y muy confundidos, pero vivos. El padre toma las riendas de la situación y gracias a su fuerza y determinación, van pasando de un lugar a otro, tomando decisiones, encontrándose con algún demonio, pero con muchos ángeles, hasta que se separan en un momento dado porque a Shinji lo llevan a un hospital militar. No os voy a contar los detalles, porque hay que leerlos, narra con todo lujo de detalles cada momento de ese día y los posteriores. Lo que veía y lo que sufría. Shinji estaba malherido y muy quemado. La odisea hasta llegar al hospital, su estancia allí, el empeoramiento por las consecuencias, no solo de las heridas, sino por la radiación, de la que no sabían nada; la salida del centro sanitario y como se desarrolló su vida posterior, hasta prácticamente nuestros días.

Es un libro fácil de leer a nivel de forma: sencillo, preciso, bien contado, bien estructurado, pero muy difícil por el contenido. Lo lees con el corazón encogido, se agradece que no sea muy largo, porque los momentos de sufrimiento son durísimos. Pero lo que más me ha sorprendido es que en ningún momento he leído una frase de acusación o recriminación hacia el que tiró la bomba, hacia el enemigo. No hay rencor. Hay mucha angustia por lo que estaba viviendo, pena por las pérdidas, dolor, soledad, incertidumbre, pero nada de odio o rencor. Me maravilla ese carácter pacífico pero luchador, fuerte y trabajador del protagonista, que no solo ha sobrevivido a las heridas físicas, sino que es un SUPERviviente.

Akiko Mikamo es la hija de Shinji y de Miyoko, otra superviviente, una magnífica mujer que también conoceremos en el libro. Akiko nació y creció en Hiroshima, pero la educaron para ser ciudadana del mundo y para abrirse a él, para enseñar a los pueblos, que debemos entendernos y vivir en paz. Es psicóloga clínica y asesora multicultural, trabaja para ayudar a personas de diversas nacionalidades a comprenderse entre sí. Con base en Estados Unidos, sigue vinculada a Japón y ha creado una organización sin ánimo de lucro, San Diego-WISH: Iniciativa Mundial para la Salvaguarda de la Humanidad.

Quiero acabar con unas palabras de Tadatoshi Akiba, alcalde de Hiroshima, que me parecen preciosas, que también hablan del perdón.

«Nos negamos a vivir en un mundo de miedo y de odio continuamente reciclados. Nos negamos a vernos unos a otros como enemigos. Nos negamos a cooperar en nuestra propia aniquilación.» 

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Woody, la biografía, de David Evanier

Woody, la biografía

Woody, la biografíaNo soy una persona fanática, pero reconozco que tengo mis debilidades. Woody Allen es una de ellas. Creo firmemente que Woody es un genio, alguien con una mente tan brillante y privilegiada que me fascina. No recuerdo cuál fue la primera película suya que vi, pero con dieciséis años ya había visto toda su filmografía (hasta la fecha) y su humor y forma de ver el mundo me han acompañado desde entonces. También tengo que decir que me siento un poco identificada con él, al menos con su hipocondría, sus neuras, fobias y esa forma de enmascararlo todo mediante un humor muy fino y a la vez muy punzante. Soy una joyita, sí.

No sólo me gustan sus películas, también he leído muchos de sus artículos, cuentos y novelas y me fascinan igualmente. No sé cómo lo hará, pero todo lo que Woody Allen hace, lo hace bien. Incluso ser, aparentemente, un completo desastre. Eso se le da de lujo. Pero claro, tras ese personaje público que todos conocemos, se esconde una persona muy polifacética que ha dirigido más de cuarenta y cinco películas, que es actor, escritor, cómico y músico de jazz, que ha sido nominado veinticuatro veces a los Oscar (sin asistir en ninguna ocasión a recoger el galardón) y que ha recibido numerosos premios. Woody es, sin duda, el director de cine estadounidense más prolífico de su época.

Esta biografía es la más personal y actualizada. David Evanier, su autor, no quería simplemente hacer una biografía más sobre el director y lo ha conseguido. En Woody, la biografía, Evanier nos muestra no solo la obra de este genio, sino también su vida, sus miedos, sus pensamientos sobre el sexo, el amor y el judaísmo. Aunque Woody no quisiera participar en su elaboración, sí que contestó a algunos de los mails que el autor le envió durante el proceso de escritura y que aparecen en la biografía. Además, David Evanier pudo reunirse con su ídolo en una ocasión. Y es que se nota el amor y la adoración que el escritor siente por Woody Allen, por eso creo que esta biografía es tan buena, porque es objetiva, pero también está llena de pasión.

Con una infancia atípica, el Woody más pequeño prefería retirarse al sótano de la casa de sus padres, comer solo, ensayar sus trucos de magia y tocar el clarinete. Una buena forma de transformar el dolor en arte. Desde pequeño fue consciente de su talento. Uno de sus amigos comenta que, ya con doce años, tenía mu y claro cuál era su objetivo: la comedia. Escribir comedia, hacer comedia y estar en el mundo de la comedia.

Desde una edad temprana, Woody encontró la forma de ganarse la vida escribiendo guiones cómicos para otros humoristas. Se matriculó en la universidad de Nueva York en la especialidad de cine, pero apenas asistía a las clases y acabaron expulsándole. Probó a hacer un curso de producción audiovisual y volvieron a expulsarle. Lo intentó con un curso de escritura teatral y otro de fotografía pero no fue a ninguna de las clases. Woody detestaba y detesta la educación tradicional. Lo cual me hace pensar en nuestro maravilloso sistema educativo. Una persona como Woody Allen, que es un auténtico genio y que ha conseguido triunfar en la vida, no asistía a las clases y no obtuvo ningunos estudios y ahí está, ¿no? Hay veces que hacemos las cosas muy mal.

Cuando consiguieron convencer a Woody de que tenía que ser él quien representara sus propios monólogos el mundo se le vino un poco encima. Era algo que detestaba, pero consiguió hacerlo y durante una época fue uno de los humoristas más conocidos de Estados Unidos. Después de participar en su primera película y ver el desastre en que resultó, Woody decidió tomar las riendas. Él escribiría y dirigiría sus propias películas, no quería que nadie más pudiese decidir sobre sus películas, y así ha sido hasta hoy. Ese personaje con gafas de pasta, un clásico perdedor judío, lleno de lujuria y con aparente escaso éxito con las mujeres, es una metáfora del propio Woody Allen, de sus propias ansiedades.

Obviamente, no podían faltar en Woody Allen, la biografía sus relaciones con las mujeres y sus varios matrimonios con, entre ellas, Diane Keaton o Mia Farrow. Y por supuesto todo el intolerable proceso judicial en que se haya envuelto desde que Mia Farrow acusara al director de abusos sexuales a la hija que ambos adoptaron tras descubrir que Woody mantenía un romance (que dura hasta hoy) con la hija adoptada de ésta y un antiguo matrimonio. Un lío de narices en el que la señora Farrow no sale muy bien parada y que ha intentado desprestigiar, una y otra vez, a Woody Allen.

Yo he disfrutado muchísimo con este libro, sinceramente. No solo porque me encante Woody Allen, sino porque está maravillosamente escrito. Es objetiva, es íntima, apasionada y verdadera. Un ejemplo de cómo deberían ser todas las biografías.

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En torno al casticismo, de Miguel de Unamuno

En torno al casticismo

En torno al casticismoYa de por sí siempre me ha atraído ese tipo de pensadores que antes de teorizar dudan de lo que van a exponer. No me gustan los que afirman, aseguran y confían ciegamente en sus pensamientos y creencias. ¿Es esto malo? No lo sé, yo también dudo. Yo dudo mucho. Defendía Unamuno lo que se ha venido a llamar afirmación de los contrarios, que no es más que el apartarse de la búsqueda de respuestas para estar próximo a la creación constante e interminable de preguntas. Y yo me pregunto mucho. ¿Tú también?

En torno al casticismo es una sucesión de preguntas que el pensador vasco dirige al lector, lector que él espera con cierto afán intelectual y cargado de dudas en torno a un país en caída libre que acaba de ser sacudido por el desastre del 98. España huye despavorida de todo lo relacionado con el pensamiento que aflora en otros países de Europa, si bien es cierto que algunos intelectuales españoles, como es el caso de Unamuno, intentarán acercarse a esas posturas, leyendo, carteándose, viajando, viviendo. Alianza vuelve a editar ahora estos cinco artículos que Unamuno publicó en su momento (1895) en la revista La España Moderna, y en los que intentaba llamar la atención del español ciego y sordo y plantear a su vez su visión del presente. Destacando el primero y el último de los artículos – “La tradición eterna” y “Sobre el marasmo actual de España” – En torno al casticismo muestra por primera vez el concepto unamuniano de «intrahistoria» entendido como el fondo olvidado del país, el alma de sus gentes, que es lo más importante para él de una nación. En vez de fijarse en lo que siempre reflejan los libros históricos, Unamuno redirige la mirada hacia el pueblo, pero no individualizándolo sino hacia el pueblo en colectivo, hacia esas gentes que trabajan día a día por hacer que el país siga latiendo, por todos los que se despiertan mañana tras mañana para seguir viviendo.

Tener entre manos este libro de Unamuno puede provocar el típico rechazo que suele golpearnos cuando alguien nos dice que esto es lo que se debe leer. Y es cierto que este rechazo muchas veces está bien fundado. Pero no es el caso de Unamuno. Como afirma Enrique Rull en la introducción del libro, «echaba en falta el escritor vasco una verdadera juventud, un vigor renovador y un sentido crítico que se atreviera a poner el dedo en la llaga de las cosas». Esto es lo que pedía Unamuno hace más de 100 años. ¿No es lo que pedimos también ahora nosotros?

Decía Heráclito que nunca te bañas dos veces en las mismas aguas; aunque repitas lugar, aunque repitas río, las aguas nunca son las mismas. Pero yo reconozco que muchas veces parece, y sobre todo cuando el agua está en calma, que estamos en el mismo lugar que antes, que nada ha cambiado, que todo sigue corrompido y que nada va a cambiar. Pero las aguas cambian, eso nos decía Heráclito. Hasta que llegó Unamuno y nos sumergió bien hondo en el río para enseñarnos que el fondo siempre es el mismo, que la intrahistoria es un tatuaje imborrable y eterno en nuestra piel, que aunque veamos el agua correr siempre estaremos siendo golpeados por lo mismo. Y lo mismo sucede con los libros. Los momentos cambian, incluso la persona que eras cuando lo leíste la última vez era distinta a la que eres ahora. Puede cambiar también la edición, como me ha pasado a mí con este libro. Y lo abres, te das cuenta de que huele distinto y confías en que esta vez no te golpeará tan fuerte porque son otras páginas, porque quizás incluso ha cambiado el escritor. Pero no. Y es entonces cuando entiendes lo que significa la intrahistoria de Unamuno. Unamuno somos todos.

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Kaspar Hauser, de Paul Johann Anselm von Feuerbach

Kaspar Hauser

Kaspar HauserEl mito del hombre salvaje ha interesado al ser humano desde la antigüedad, seguramente desde el mismo momento en el que comenzó a convivir en sociedad. La curiosidad por cómo seríamos si no estuviésemos influidos por todas las costumbres y las reglas que nos vienen preestablecidas desde nuestro nacimiento es lógica y, si bien en la cultura tiene su máximo exponente en Tarzán, no son pocas las obras que han tratado el tema a lo largo de la historia. Sin ir más lejos, la decepcionante película de terror Mama o la más recomendable novela La niña que amaba las cerillas son dos ejemplos recientes que exploran esa idea.

Kaspar Hauser, editado en castellano por Pepitas de calabaza, nos acerca a este fenómeno a partir de un extraño suceso que ocurrió en la ciudad de Núremberg el 26 de mayo de 1828. Aquel día apareció un muchacho joven cuyos rasgos y, sobre todo, cuya manera de comportarse pronto delataron que no había sido criado en sociedad. El chico adquirió popularidad rápidamente, tanto en el país como a nivel internacional, y fueron muchos los interesados en educarle y en estudiarle. Entre ellos se encontraba Paul Johann Anselm von Feuerbach, un célebre jurista alemán que acudió a la ciudad un mes más tarde de su aparición y que elaboró esta detallada crónica de su vida.

Estamos ante un gran reportaje en profundidad, en el que los esfuerzos del autor por contrastar todos los datos a su alcance y por dar la mayor cantidad de detalles posible son palpables; de hecho, en muchos casos las anotaciones a pie de página con información complementaria tienen más extensión que el propio relato del autor. Este detallismo también se extiende a las descripciones, tanto físicas como psicológicas, que se aportan de Kaspar cada poco tiempo para ir dando cuenta de su evolución. Feuerbach hace una disección tan minuciosa del joven que en ocasiones llega a abrumar, pero que sin duda es lo más interesante del libro, ya que en su progresiva ‘humanización’ y en lo que ello conlleva es donde reside la gran aportación de este trabajo. Es un estudio psicológico del más alto nivel, narrado con un lenguaje asequible pero preciso y rico en matices.

La inocencia pura y sin cortar de Kaspar, su ignorancia —en el sentido más limpio del término— de todo tipo de protocolos y de formas de actuar preestablecidas hace que muchas de sus actuaciones sorprendan aún hoy en día. Y es que, con todos nuestros hábitos, nuestros refinamientos, nuestros límites, nuestras concepciones acerca de lo políticamente correcto…es imposible no sentir cierta admiración por un ser que se mueve únicamente por sus instintos, al no haber sido todavía contaminado por la socialización. Así enternece leer la empatía del chico por todo lo que le rodea, independientemente de si es una persona, un animal o un mero objeto; da igual lo avanzados que vayamos en el texto, las ocurrencias de Kaspar no dejan de producir un sentimiento entre la sorpresa y la ternura.

Al texto de Feuerbach le acompañan otros escritos, como un informe pericial de un doctor que le trató durante los primeros meses o el relato de su muerte, tras ser acuchillado por un desconocido. Estos caen en muchos casos en la reiteración de lo ya contado por el autor, por lo que en mi opinión tienen un interés mucho menor, aunque incluyen algún que otro detalle interesante para completar nuestra imagen de Kaspar. Quizá lo más interesante es el fragmento autobiográfico del chico, en el que narra su cautiverio, así como la reflexión final que Julio Monteverde hace en el epílogo de esta edición.

Para crear un libro decente suele hacer falta contar bien con una historia llamativa, bien con un gran narrador. Por regla general, con disponer de uno de estos ingredientes es más que suficiente para ofrecer una lectura interesante a un amplio número de lectores. Por eso, cuando te encuentras con una obra como Kaspar Hauser, en el que tanto la historia como la forma de contarla por parte de su autor son sencillamente sobresalientes, solo queda recomendarla abiertamente y guardarla en un lugar visible, para poder volver a ella en futuras ocasiones.

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Berlín, 1936, de Oliver Hilmes

Berlín, 1936

Berlín, 1936El Berlín de 1936 está lleno de cafés, de teatros, y se transforma al atardecer en una ciudad con glamour, llena de vida y de color. La ciudad que alberga los Juegos Olímpicos hace gala de una apertura y de una modernidad que la convierten en la capital del mundo durante aquellas semanas, o al menos esa es la imagen que reciben los que la visitan de paso y quienes están atentos a los Juegos desde el exterior.
Leyendo Berlín, 1936, de Oliver Hilmes, una de las cosas que se comprenden a primera vista es cómo los Juegos Olímpicos berlineses no fueron los primeros de la era moderna, pero sí marcarían la entrada en época contemporánea de la competición, a pesar de su posterior interrupción por la Segunda Guerra Mundial. Sobre todo en cuanto a repercusión y a imagen. El poderoso aparato promocional del Tercer Reich se preocupó de que así fuera, dando una difusión al evento hasta entonces desconocida. Los mejores medios técnicos, los últimos avances en equipos de filmación y de retransmisión, todo con la intención de contar cada detalle, incluso aquello que no cuadraba especialmente con la política del nazismo, como los cuatro oros de Jesse Owens.
Diplomáticos y atletas se cruzan con artistas y con los más renombrados personajes del régimen en las páginas de Oliver Hilmes. Berlín, 1936 reconstruye la historia de aquellos Juegos pero sobre todo el sinfín de historias alrededor, la mayoría de las cuales tenían solamente una relación tangencial con las olimpiadas. Los celos de Joseph Goebbels, ministro de propaganda, hacia Leni Riefenstahl, la cineasta encargada de la magna película oficial del evento que contaba con carta blanca incluso por encima del propio Goebbels; el desprecio de Hitler hacia los miembros del COI, a quienes llamaba directores de “un circo de pulgas”; y una en la que se detiene especialmente el autor, la de Thomas Wolfe, el novelista, que pasa aquellos días en la ciudad invitado por Rowohlt, su editor, y al que leemos reflexionar (a través de citas literales de sus diarios) sobre las diferencias que encuentra entre la aparentemente próspera nación germana y sus decadentes Estados Unidos. En el recorrido de Wolfe encontramos un resumen bastante acertado de este texto, la fascinación inicial del escritor ante la grandeza del nazismo y de los Juegos termina en desencanto final, al darse de bruces con la realidad escondida detrás de aquel decorado olímpico.
Porque frente al oropel de las medallas y de la vida nocturna, Hilmes va intercalando los informes policiales sobre los judíos represaliados y los exiliados, las notas internas de los servicios secretos destinadas al control de la población durante los Juegos, los numerosos suicidios (casi nunca consignados como tales de manera oficial) y, como punto culminante de toda aquella contradicción, los trabajos para la construcción del campo de concentración de Sachsenhausen.
Dieciséis capítulos, uno por cada día de los Juegos, conforman este libro, abrumador por momentos, con una cantidad infinita de fuentes, siempre de primera mano. Se diría que Oliver Hilmes anota en él hasta el más mínimo vuelo de una mosca sobre el Berlín de aquellos días. El pronóstico del tiempo de cada jornada, cada detención policial, las identificaciones, hasta la más insignificante multa. Quizá ello mismo pueda llevar a un poco de cansancio al lector y provocar hastío en algunas páginas. Más allá de eso, y sin caer en la simpleza de decir que “se lee como una novela”, Berlín, 1936 es un relato fiel, equilibrado y tremendamente bien documentado de los Juegos Olímpicos del nazismo, una guía con bastantes claves para comprender tanto lo que vendría después como, sobre todo, su contraste con lo que se dejaba atrás en aquel momento.

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Una temporada en Tinker Creek, de Annie Dillard

Una temporada en Tinker Creek

Una temporada en Tinker CreekMe he dado cuenta en todo este tiempo de lecturas que hay libros que te hacen sentir grande y otros que te hacen sentir muy pequeño y no sé por qué siempre me he sentido atraído por los que me han empequeñecido. ¿Os acordáis de cuando Alicia crece y se encoge? El día a día nos hace crecer y sentirnos absurdamente importantes y de repente aparece alguien, algo o nada disfrazado de libro y nos hace pequeños, muy pequeños. Ese alguien, ese algo, esa nada, ha sido para mí en este caso un libro, este: Una temporada en Tinker Creek, de Annie Dillard, premiado con el Pulitzer de Ensayo y que llega a España de la mano de Errata Naturae en su colección Libros salvajes.

Dillard comenta nada más comenzar que busca llevar a cabo lo que Thoreau denominó «un diario meteorológico de la mente», y – ojo ‘spoiler’ – lo consigue. Pero también consigue mucho más. Porque como he dicho hace un momento, hace que empequeñezcas y entres en el maravilloso mundo de la Naturaleza. Antes de empezar el libro, su información te transmite que estás delante de una escritora que superó una fuerte neumonía siendo muy joven y que decidió trasladarse a las montañas. Pero tras leerlo te queda la certeza de que es en ellas, en las montañas, donde Dillard sana de verdad. Siempre envuelta de una envidiable soledad, la autora estadounidense se convierte en nuestros ojos a través de sus palabras y nos muestra un mundo que solo se ve si te paras a verlo. No es suficiente con solo mirar, hay que pararse a mirar, hay que meditar con los ojos para así conseguir que florezca todo lo que nos envuelve.

Os voy a confesar algo. Yo, al final de la semana, tras varios días empapado por la contaminación de una ciudad como Barcelona, me veo casi obligado a subir a alguna de las montañas que protege la vertiente sólida de mi pueblo – en la otra hay mar – para desenganchar de mí ese humo negro que veo cada mañana antes de entrar a la ciudad. Pues bien, esa subida semanal a la montaña ha pasado a ser diaria gracias a Una temporada en Tinker Creek. Con este libro en las manos – del cual he devorado sus cerca de 400 páginas en un par de días – sentía que caminaba por la Naturaleza. Nunca unas páginas de un libro habían sido tanto un bosque vivo.

Dillard nos habla detalladamente de sus experiencias en el bosque, ya sea con animales, insectos, hojas, plantas, árboles o personas – aunque personas, pocas –. Nos habla de todo ello, de tú a tú, dejándose ir en muchas y muy valiosas ocasiones. Cuando Dillard se explaya y habla tan filosóficamente, tan metafóricamente, tan desde dentro, tan vital de la Naturaleza, no queda otra que cerrar momentáneamente el libro y buscar el árbol más cercano para darle las gracias; las gracias por existir.

No sé si este libro gustará tanto a alguien que no ame la Naturaleza, no sé si provocará que entren tantas ganas de verde;lo que sí sé, y es lo que intento expresar siempre en mis líneas, es lo que yo he sentido leyendo. Y yo he sentido el olor de la hierba mojada cuando ya ha salido el sol en cada momento en que abría sus páginas, he sentido que el pequeño viento levantado al mover sus páginas curaba mis heridas – las superficiales y las muy muy profundas -, he sentido que yo también me curaba sin saber previamente que estaba enfermo.

Una temporada en Tinker Creek es la mejor lectura con la que me he encontrado en lo que va de año, es una suerte de calma dentro de la agitación diaria, es una oda a la observación meditada y a la meditación observada, es un paseo walseriano de los pies y de la mente, es una delicia cuidada de traducción por parte de Teresa Lanero, es la afirmación de la soledad, es el «Vosotros seguid. Yo me quedo aquí» que entona Dillard en sus páginas y es el «Algo no va bien en una persona que, en la ribera de un río, prefiere mirar aguas abajo. Es como contaminar tu propio nido. ¿Y a cambio de esto y de tumbarse en un diván la gente paga cincuenta dólares la hora?», porque «Uno no atrapa el presente, no lo persigue con anzuelos y redes. Uno lo espera con las manos vacías, así es como te llenas. Tendrás pescado de sobra. El arroyo es el único proveedor. Es, por definición, la Navidad, la encarnación. Este viejo planeta de roca recibe el regalo del presente todos los días por su cumpleaños.» Hoy siento que es mi cumpleaños, y todo gracias a un libro. Como siempre.

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El arte de la guerra ilustrado, de Sun Tzu

el arte de la guerra ilustrado

el arte de la guerra ilustradoMe parece fascinante leer un texto escrito hace más de dos mil años y ver que sus enseñanzas siguen siendo necesarias. Si en un principio El arte de la guerra era estudiado por estrategas de guerra, hoy en día resulta igual de instructivo para políticos y empresarios y, en definitiva, para todo aquel que tenga que gestionar conflictos y rivalidades.

Sun Tzu, un legendario filósofo-guerrero, creó esta especie de manual para la guerra en el período de los Estados Combatientes de la antigua China, que duró desde el siglo V al III a. C., y actualmente sigue considerándose la obra de estrategia más influyente. La edición de la editorial Edaf de este clásico está ilustrada con obras pictóricas y esculturas de China, Japón y Corea, y presenta la versión del traductor Thomas Cleary, en la que, además de los aforismos del maestro Sun, se recogen los comentarios que hicieron once lectores diferentes a lo largo de casi mil años, seleccionados para arrojar luz sobre el texto original y mostrar cómo se transforman las interpretaciones de las enseñanzas de Sun Tzu con el paso del tiempo.

Thomas Cleary aclara que en su traducción ha suprimido algunas alusiones a armas y cuestiones locales y que ha querido preservar las ambigüedades propias del chino para que los lectores del presente sean quienes las diluciden según su contexto y vivencias. Yo, por ejemplo, soy socióloga y me especialicé en recursos humanos, por lo que los pilares que asienta esta obra sobre la psicología de masas me han resultado de lo más atractivos. Sun Tzu y sus comentaristas reflexionan sobre el buen liderazgo, que es el que consigue la solidaridad y comprensión entre dirigentes y dirigidos; la delegación de responsabilidades según el talento de cada cual, pues todas las personas tienen alguno, y la importancia de conservar tanto los recursos materiales como los humanos, ganando sin combatir.

Y es que, pese a lo que pueda parecer, El arte de la guerra habla sobre todo de paz. Frases como las siguientes lo demuestran: «La guerra es destructiva incluso para los vencedores, a menudo contraproducente y solo razonable cuando no hay otra opción» o «Las armas son instrumentos desfavorables, no herramientas de los iluminados. Cuando no existe más remedio que utilizarlas, es mejor permanecer en calma y libre de la codicia, además de no celebrar la victoria. Quienes celebran la victoria están sedientos de sangre, y los sedientos de sangre no pueden imponerse al mundo». El arte de la guerra da las claves para entender el conflicto y salir vencedor de él, pero, sobre todo, para evitarlo.

Me parece increíble que las lúcidas premisas de un texto tan analizado y con un tremendo calado en la ciencia, psicología y tecnología asiática no se pongan en práctica con más frecuencia en occidente. El análisis racional del conflicto, dejando a un lado la ira y la codicia, o la puesta en valor del equipo humano, por encima del beneficio material a corto plazo, son cuestiones que, a mi parecer, deberían aplicarse más a menudo en política y en economía. El maestro Sun lo sabía hace ya más de dos mil años. Leámoslo y hagámosle caso.

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Sabias, la cara oculta de la ciencia, de Adela Muñoz Páez

Sabias La cara oculta de la ciencia

Sabias La cara oculta de la cienciaEl cerebro de la mujeres es de menor tamaño que el de los hombres. Por naturaleza son más frías y débiles. ¡Ah, y tienen un diente menos! No lo digo yo, lo decía Aristóteles, el sabio más célebre de la Antigüedad. Pero no tenemos que remontarnos tan atrás en el tiempo: a los largo del siglo XVIII, reputados médicos afirmaron que a las mujeres estudiosas se le atrofian los ovarios y en el siglo XIX, que un gran esfuerzo intelectual pone en peligro su salud ¡y hasta su belleza! Como es lógico, esto ha hecho que las mujeres se hayan mantenido alejadas del saber; porque serán tontas, sí, pero no estaban tan locas como para arriesgarse a volverse feas, infértiles y, encima, morirse.

Aunque, como siempre hay inconscientes —¡ay, pobrecillas!, ¿no veis que no dan para más?—, hubo algunas a las que le dio por estudiar, descubrir los enigmas del universo, adentrarse en las matemáticas, filosofar sobre la existencia, contribuir al nacimiento de la química o descifrar la estructura del ADN o la penicilina… sin casi medios, sin cobrar y sin que su trabajo se reconociera en ninguna parte. ¿A que eran tontas? Ahí, dándolo todo por amor al arte. Por supuesto, muchas de ellas enfermaron y, obviamente, todas murieron. ¿Qué esperaban?

Una tal Émilie de Breteuil, marquesa de Châtelet, dijo: «Estoy convencida de que la mayoría de las mujeres o ignoran sus talentos por defecto de educación, o los entierran por prejuicio o falta de coraje. Lo que yo he experimentado en mí me confirma esta opinión. El azar me hizo conocer gente de letras que se hizo amiga mía. Vi con sorpresa que me prestaba atención. Empecé entonces a creer que era una criatura pensante». Y hubo mujeres que se lo creyeron y, lo que es peor, ¡hombres! Es necesario aclarar que muchos de ellos —Pitágoras, Pericles, Lavoisier— estuvieron emparejados con las mujeres insurrectas, lo que debió trastocarles el raciocinio. Y no sé ya quién tuvo más culpa: si ellas, por pensarse que eran iguales que los hombres, o ellos, por animarlas a hacer lo que quisieran, a pesar de lo que dijeran los demás.

La cuestión es que este pensamiento ha ido calando a lo largo de los años, de ahí que cada vez haya más mujeres científicas y que se publiquen libros como Sabias. La cara oculta de la ciencia, escrito por Adela Muñoz Páez, en el que se hace un recorrido desde tiempos remotos hasta la actualidad, para hablar de sacerdotisas sumerias, oradoras griegas, matemáticas alejandrinas, monjas en la época de las Cruzadas, súbditas del rey Felipe II, artesanas de los gremios alemanes del siglo XVII, salonnières en la época de la Revolución francesa, astrónomas alemanas e inglesas del siglo XVIII, físicas polacas del finales del siglo XIX, químicas españolas de antes de la guerra civil, cristalógrafas inglesas y bioquímicas italianas; mujeres que se empeñaron en utilizar su minúsculo cerebro a pesar de la oposición social y de las infinitas trabas de la comunidad científica, y que consiguieron salirse con la suya, las muy puñeteras. Eso sí, la historia de la ciencia se ha encargado de borrar su rastro, poniendo a buen recaudo sus descubrimientos, claro está.

Actualmente, este tipo de mujeres cada vez proliferan más. Las del denominado Primer Mundo batallan en todas las esferas académicas y sociales, y todo apunta a que las del Tercer Mundo pronto seguirán su ejemplo. A la comunidad científica, y a la sociedad en general, se le complica la tarea de acallar sus voces, de relegarlas al anonimato y al olvido. Así que, a esas mujeres que todavía les quede algo de juicio, les recomiendo no leer Sabias. La cara oculta de la ciencia, que pone al descubierto aquellas historias silenciadas por largo tiempo, no vaya a ser que se contagien de la osadía de sus protagonistas. Y, por supuesto, los hombres tampoco deberían leerlo bajo ningún concepto. Si ellos se tragan eso de que «todos somos iguales», ¿quién se encargará de poner las limitaciones a las mujeres?

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Leñador, de Mike Wilson

Leñador

LeñadorLa llamada de lo salvaje vuelve a susurrarme con esta obra, Leñador, al igual que lo hicieran las novelas de Jack London o de Jon Krakauer con Hacia rutas salvajes. El territorio de Yukón, en Canadá, vuelve a ser el mágico escenario para evadirme de las distracciones y vulgaridades de la civilización. Una habitación rural en un hotel de Cercedilla en Madrid no es Canadá, pero yo, que soy lector de método y me meto en el papel de los personajes, me fui allí a leer este libro. Y fue el libro el que me hizo viajar mucho más lejos. La literatura, siempre la literatura, vuelve a convertirse en el mejor medio de transporte para viajar a lugares lejanos, naturalezas con tanta belleza como hostilidad y que, en mente y espíritu, me permite vivir una de las mejores experiencias. Experiencias sonoras: los vientos del norte, el ulular de las aves nocturnas, los aullidos de los lobos; experiencias olfativas: el olor de la miel recién extraída de los panales, el de las hojas de los pinos, el de la carne en las brasas; también visuales: los paisajes salvajes e inhóspitos de las tierras del norte, los atardeceres tras las montañas. Esas tierras a las que huyó el autor de esta obra, Mike Wilson. Sus motivos tenía para emprender este duro viaje y vivir la mayor aventura de su vida. En palabras de Thoreau, uno de los padres de la literatura estadounidense: «Cada cierto tiempo, el escritor debe recorrer la senda del leñador para beber en una nueva y más tonificante fuente de las musas».

Esa senda fue la que decidió seguir Mike Wilson cuando, en un acto de crisis existencialista, decidió abandonar cuanto tenía y conocía para emprender esta aventura y asentarse en una comunidad de leñadores al noroeste de Canadá. Quizá buscaba un motivo para encontrar sentido a la vida. Quizá tan solo necesitaba volver a sentirse vivo. Vivir es alejarse de las preguntas que se hacen los hombres; vivir es el fortuito encuentro con un oso o un alce en pleno bosque; vivir es seguir el curso del río para pescar allí donde confluye el cambio de corrientes; vivir es aullar por la noche junto a los lobos y por la mañana trabajar duro cortando leña.

Cuando supe de este libro no me lo pensé dos veces. Tras la experiencia de la novela ya citada de Jon Krakauer, esta aventura prometía aportar otra visión de alguien que, lejos de aislarse y buscar la soledad como el protagonista de esa obra, quería adentrarse en una comunidad. Vivir con una comunidad ruda como es la de los leñadores rurales de Yukón. Aprender con ellos, su trabajo, su día a día, su modo de cazar, observar lo cotidiano dentro de ese pequeño grupo en un lugar tan magnífico. Lo que no esperaba es que este libro se convirtiera en un atlas sobre la vida en el bosque. Ahora lo explico mejor.

Yo partía de la base de que se trataba de la experiencia personal de su autor y las aventuras que allí vivió convertidas en novela. Bueno, desencaminado no iba, pero este libro tiene eso y mucho más. Es novela, es una guía de viajes, es un diccionario, es un tratado de naturaleza, es… en fin, son muchas cosas que nunca había leído. Durante todas las páginas encuentras definiciones sobre todo aquello que empleaba en su día a día con los leñadores: desde herramientas de pesca, leña o caza con todas sus piezas y utilidades bien detalladas, a los orígenes de los inuit, antiguos pobladores de Yukón. Emplea en toda su obra los distintos tipos de textos: expositivos, descriptivos, instructivos y narrativos. Estos últimos son más escuetos y preceden o continúan a las explicaciones vertidas sobre un elemento de la naturaleza concreto. Por ejemplo, para narrar la experiencia que vivió de cómo los leñadores navajos le enseñaron a identificar las huellas sobre el terreno y las plantas, dedica unos párrafos a contar los hechos para después hilvanarlos con una explicación etimológica sobre el sistema de rastreo y el tipo de árboles o fauna que se encuentra en esa zona concreta.

Leñador, que no llamaré novela porque no lo es como tal —las etiquetas que puedo ponerle son infinitas—, tiene, también, varias formas de ser leído y comprendido. Se pueden leer solo los párrafos narrativos que desarrollan la acción y seguir, más o menos, el recorrido que experimentó el autor. Ya te digo que vas a seguirlo más bien menos. Puedes solo tomarlo como un atlas de vida salvaje, es la mar de práctico con todas sus descripciones y consejos informativos. O puedes leerlo en su totalidad y vivir, por unas cuantas tardes y tal como hice yo, lo que Mike Wilson vivió durante años en aquella comunidad. Todo comenzó así:

«Hui hasta llegar a los bosques de Yukón. Me recibieron en un campamento de leñadores […]. Eran hombres rudos. Me otorgaron un hacha, filo de acero. Aprendí cosas».

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¿Qué pasaría si…?, de Randall Munroe

qué pasaría si

qué pasaría siDice el refrán que la curiosidad mató al gato. Tal vez la causa de la muerte del pobre felino fue una simple caja de cartón. Una que, para sorpresa de éste, halló cuando menos esperaba. Y ya se sabe, las cajas son el huevo Kinder de los gatos: desean llegar hasta su interior a toda costa, para luego, una vez dentro, descubrir que tampoco era para tanto; y así una y otra vez. Conjeturemos dejando de lado la lógica; abracemos la hilaridad de lo absurdo. Pongamos que ese gato, antes de actuar, se hiciera la siguiente pregunta: ¿Qué pasaría si me meto dentro de esa maravillosa estructura que tiene pinta de ser muy confortable por dentro? Sí, quizá esa fue la pregunta. Parecida debió ser la que se plantearon esos tres homínidos en Sudáfrica hace 700.000 años  al descubrir un incendio en el bosque provocado por un rayo: ¿Qué pasaría si utilizáramos esa luz que está devorando los árboles para cocinar lo que cazamos? Pues que absorberíamos mejor las propiedades de la carne, contestaría el segundo. Yo tenía en mente dejar de beberme el café frío por las mañanas, añadiría un tercero. Bien visto. ¿Qué pasaría si te cuelgo bocabajo de la Gran Muralla? Es con seguridad la pregunta que motivó a algún ingeniero chino de la antigüedad para inventar el papel higiénico y salvaguardar su propia vida del carácter avinagrado de su emperador. Tras limpiarse el culo con aquel sedoso papel, que además dejaba perfumado su real trasero, tal vez acabara con su irritación; y con su mal humor también. Lo que es un hecho es que el afán de saber, siempre ha empezado con una pregunta. Y en algunos casos ha terminado con la materialización de inventos o descubrimientos que han cambiado el curso de la historia. El libro que hoy nos ocupa no cambiará la historia (creo) ni hará que aparezcan nuevos inventos revolucionarios (quién sabe). El libro del que hablaré hoy simplemente responde a las más enfermizas inquietudes de algunas personas con demasiado tiempo libre. Y todas esas desconcertantes inquietudes empiezan con la misma pregunta, que a su vez da nombre al libro: ¿Qué pasaría si…?

¿Qué pasaría si…? de Randall Munroe es un libro de divulgación científica. Cuando se piensa en libros de este género más de uno se siente como aquel gato escaldado que del agua fría huía (estoy bastante fino hoy con los refranes con gatos de protagonista). Malas experiencias con libros muy enrevesados y jerga compleja pueden conseguir que te pierdas esos en los que el autor se ha dejado la piel para captar la atención del lector y hacer de su viaje por la ciencia un paseo ameno. Qué digo ameno, ¡divertido! Una breve historia de casi todo o La cuchara menguante son dos grandes ejemplos. Pero lo que diferencia ¿Qué pasaría sí…? de cualquier otro libro de divulgación científica es su tono humorístico, que la mayoría de veces ya viene dado por la pregunta inicial.

¿Qué pasaría si golpeases una pelota de béisbol lanzada al 90 por 100 de la velocidad de la luz? ¿Cuánta energía puede generar Yoda con la fuerza? ¿A qué velocidad puedes pasar conduciendo sobre un badén y sobrevivir? Esto quizá sea un poco escabroso, pero… si el ADN de alguien despareciera de repente, ¿cuánto duraría esa persona? Estas son solo cuatro preguntas, de las más de cincuenta que recoge el libro. Preguntas que en algunos casos ya fueron realizadas en la web del autor. Y es que este libro es el resultado del éxito cosechado por la web xkcd, en la que Randall Munroe, que fue físico de la NASA, se entretiene en contestar la mayoría de paranoias absurdas que le envían sus seguidores. A pesar de ser un libro con toques de humor, el autor se lo toma con bastante seriedad a la hora de elaborar una respuesta. Así pues, y tras hacer caso omiso a algunas leyes de la naturaleza que son inviolables, planteándonos escenarios imposibles que casan más con la ciencia ficción que con la realidad, el autor intentará sacar algo en claro haciendo uso de sus conocimientos científicos. En algunos casos incluso se servirá de la ayuda prestada por otros expertos como genetistas, especialistas en virus o radiación, o incluso profesionales del mundo armamentístico.

Albert Einstein dijo una vez que “no entiendes realmente algo hasta que eres capaz de explicárselo a tu abuela”. En ¿Qué pasaría si…? el lector es la abuela. Randall Munroe se vale de un lenguaje sencillo, obviando en muchos casos jerga científica y buscando símiles más comprensibles para hacer llegar el mensaje al público más neófito. Es casi como si un amigo graciosete te explicará una anécdota mientras bebéis cervezas hasta coger una buena cogorza. Si bien es cierto que hay fórmulas matemáticas, ecuaciones y algunas aclaraciones a pie de página que le dan ese punto atractivo para aquellos que, sin ser eminentes figuras de la ciencia, ya se mueven como pez en el agua por estos lares. Pero Randall Munroe no cree que sea suficiente que la respuesta aparezca en lenguaje escrito, así que añade monigotes a diestro y siniestro. En el mejor de los casos éstos sirven de apoyo o ejemplo de sus hipótesis; en otros dan un toque de humor que te harán sonreír. Para mi gusto, con la mitad de los chistes gráficos (pues en algunos casos lastran el ritmo) el libro sería aún mucho más fluido de lo que es.

En resumen, ¿Qué pasaría si…? es un libro de divulgación científica único en su especie. Mezcla con acierto humor y ciencia, desarrollando hipótesis rocambolescas mediante razonamientos coherentes; todo fruto de lo absurdo y la curiosidad. Esa misma curiosidad que mató al gato. Aunque nuestro gato del principio, tras meterse dentro de la caja, descubrió que formaba parte de un complejo experimento: El gato de Schrödinger. Conque, por esta vez, la muerte del gato tenía más que ver con nuestra curiosidad que con la suya.

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