
Un título contundente el de este libro que enseguida llamó mi atención. A mí, que me encanta la poesía, que la uso para poder escribir y ordenarme, que me parece indispensable, necesaria e intrínseca al ser humano, ¿qué me puede contar este ensayo sobre odiarla? Es más, ¿por qué si quiera debería existir esa posibilidad? Ah, amigos, pero existe y más de una vez me he sorprendido y sentido identificada leyendo este libro. Más de una vez le he tenido que dar la razón al autor. Ahora os explico por qué, pero dejadme que os hable primero de Ben Lerner.
Este norteamericano, nacido en 1979, autor de varias novelas, profesor de lengua inglesa y autor de tres colecciones de poesía me ha sorprendido muy gratamente. Su estilo a la hora de escribir es impecable, sugerente y directo. Tanto es así que he leído el ensayo de una sentada, porque en cierto modo, me tenía atrapada y no podía parar. He descubierto en él a una persona muy inteligente, que sabe bien de lo que habla y que tiene una vasta cultura que, sin alardes, usa a su favor en este ensayo. Y eso que los ensayos no es que sean mi género favorito, pero no podía pasar de largo esta lectura.
En El odio a la poesía, Ben Lerner dilucida sobre ese dualismo que despierta la poesía, un género que al mismo tiempo que se ha ganado su prestigio, también ha despertado indiferencia e incluso odio. “A mí también me desagrada”, partiendo de estas palabras de la poeta Marianne Moore, Lerner elabora un ensayo mediante el cual trata de averiguar ese recelo y desdén que provoca la poesía y al mismo tiempo, encontrarle un sentido y una función en la actualidad. Como veis no es una tarea fácil la que se propone.
Hay reflexiones muy lúcidas en este ensayo. De hecho, creo que he subrayado medio libro mientras lo leía, pero ya os he dicho que me he sentido muy identificada con determinadas reflexiones.
Según Lerner, “hay mucho más consenso en el odio a la poesía que la propia definición de lo que realmente es la poesía”. Y eso que realmente, siendo la poesía la forma de expresar mediante el lenguaje nuestra individualidad, todos somos, ciertamente, poetas. “Eres un poeta, lo sepas o no, porque ser parte de una comunidad lingüística -ser invocado como un tú- equivale a ser investido de capacidad poética”. Lo que ocurre es que, a medida que maduramos, nos vamos alejando de esa capacidad, la vamos dejando de lado porque, ¿cómo vamos a ser todavía poetas? y, lo que es peor, esa pregunta maldita: “¿no podrías encontrar un trabajo de verdad y dejar atrás tus costumbres infantiles? Y yo soy la primera que más de una vez he preferido decir que escribo a que soy poeta, porque es cierto que en ocasiones la gente te mira con recelo. Claro, que para la gente todo cambia cuando les dices que eres poeta y que te han publicado. Porque, como dice Lerner, “Todo el mundo puede escribir un poema, pero, ¿ha sido tu poesía considerada auténtica e inteligible por los demás? (…) Esto explica la persistente asociación entre poesía y fama – de otro modo desconcertante, ya que no hay poetas famosos entre la población general.”
Y siempre está ahí esa cuestión de si la poesía es realmente un trabajo o placer. Mucho se ha escrito sobre este asunto. Se supone que “uno de los problemas de los poetas es su fracaso en alcanzar la universalidad, en hablar por y para todo el mundo”. Pero me quedo con esta reflexión del autor: “el poema que puede abarcar a todo el mundo es una imposibilidad en un mundo caracterizado por las diferencias y la violencia”. No existe el poema perfecto, el poema universal. ¿Cómo va a existir en algo tan subjetivo? Esto es lo que despierta el odio a la poesía en los no-poetas (e incluso en los poetas).
He disfrutado muchísimo leyendo este ensayo que recomiendo tanto a poetas como a aquellos haters de la poesía. El ejercicio que ha realizado Ben Lerner en El odio a la poesía es brillante, complejo y muy esclarecedor.
Y voy a terminar la reseña otra vez citando textualmente al autor, porque creo que yo no podría expresarlo mejor:
“Todo lo que le pido a los que la odian – y yo también soy uno de ellos- es que se esfuercen por perfeccionar el desdén que sienten, que incluso consideren la posibilidad de aplicarlo a los poemas mismos, porque allí, lejos de disiparse, ganará en profundidad y, porque allí, al crear un espacio para lo posible, un lugar donde la ausencia se transforma en presencia (como la irrupción de una melodía que jamás ha sido escuchada por nadie), esto de lo que hablamos podría llegar a parecerse al amor”.



El ser humano ha provocado y sufrido las 
No soy una persona fanática, pero reconozco que tengo mis debilidades. Woody Allen es una de ellas. Creo firmemente que Woody es un genio, alguien con una mente tan brillante y privilegiada que me fascina. No recuerdo cuál fue la primera película suya que vi, pero con dieciséis años ya había visto toda su filmografía (hasta la fecha) y su humor y forma de ver el mundo me han acompañado desde entonces. También tengo que decir que me siento un poco identificada con él, al menos con su hipocondría, sus neuras, fobias y esa forma de enmascararlo todo mediante un humor muy fino y a la vez muy punzante. Soy una joyita, sí.
Ya de por sí siempre me ha atraído ese tipo de pensadores que antes de teorizar dudan de lo que van a exponer. No me gustan los que afirman, aseguran y confían ciegamente en sus pensamientos y creencias. ¿Es esto malo? No lo sé, yo también dudo. Yo dudo mucho. Defendía 
El mito del hombre salvaje ha interesado al ser humano desde la antigüedad, seguramente desde el mismo momento en el que comenzó a convivir en sociedad. La curiosidad por cómo seríamos si no estuviésemos influidos por todas las costumbres y las reglas que nos vienen preestablecidas desde nuestro nacimiento es lógica y, si bien en la cultura tiene su máximo exponente en Tarzán, no son pocas las obras que han tratado el tema a lo largo de la historia. Sin ir más lejos, la decepcionante película de terror Mama o la más recomendable novela La niña que amaba las cerillas son dos ejemplos recientes que exploran esa idea.
El Berlín de 1936 está lleno de cafés, de teatros, y se transforma al atardecer en una ciudad con glamour, llena de vida y de color. La ciudad que alberga los Juegos Olímpicos hace gala de una apertura y de una modernidad que la convierten en la capital del mundo durante aquellas semanas, o al menos esa es la imagen que reciben los que la visitan de paso y quienes están atentos a los Juegos desde el exterior.
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Me parece fascinante leer un texto escrito hace más de dos mil años y ver que sus enseñanzas siguen siendo necesarias. Si en un principio El arte de la guerra era estudiado por estrategas de guerra, hoy en día resulta igual de instructivo para políticos y 
El cerebro de la mujeres es de menor tamaño que el de los hombres. Por naturaleza son más 
La llamada de lo salvaje vuelve a susurrarme con esta obra, Leñador, al igual que lo hicieran las novelas de 
Dice el refrán que la curiosidad mató al gato. Tal vez la causa de la muerte del pobre felino fue una simple caja de cartón. Una que, para sorpresa de éste, halló cuando menos esperaba. Y ya se sabe, las cajas son el huevo Kinder de los gatos: desean llegar hasta su interior a toda costa, para luego, una vez dentro, descubrir que tampoco era para tanto; y así una y otra vez. Conjeturemos dejando de lado la lógica; abracemos la hilaridad de lo absurdo. Pongamos que ese gato, antes de actuar, se hiciera la siguiente pregunta: ¿Qué pasaría si me meto dentro de esa maravillosa estructura que tiene pinta de ser muy confortable por dentro? Sí, quizá esa fue la pregunta. Parecida debió ser la que se plantearon esos tres homínidos en Sudáfrica hace 700.000 años al descubrir un incendio en el bosque provocado por un rayo: ¿Qué pasaría si utilizáramos esa luz que está devorando los árboles para cocinar lo que cazamos? Pues que absorberíamos mejor las propiedades de la carne, contestaría el segundo. Yo tenía en mente dejar de beberme el café frío por las mañanas, añadiría un tercero. Bien visto. ¿Qué pasaría si te cuelgo bocabajo de la Gran Muralla? Es con seguridad la pregunta que motivó a algún ingeniero chino de la antigüedad para inventar el papel higiénico y salvaguardar su propia vida del carácter avinagrado de su emperador. Tras limpiarse el culo con aquel sedoso papel, que además dejaba perfumado su real trasero, tal vez acabara con su irritación; y con su mal humor también. Lo que es un hecho es que el afán de saber, siempre ha empezado con una pregunta. Y en algunos casos ha terminado con la materialización de inventos o descubrimientos que han cambiado el curso de la historia. El libro que hoy nos ocupa no cambiará la historia (creo) ni hará que aparezcan nuevos inventos revolucionarios (quién sabe). El libro del que hablaré hoy simplemente responde a las más enfermizas inquietudes de algunas personas con demasiado tiempo libre. Y todas esas desconcertantes inquietudes empiezan con la misma pregunta, que a su vez da nombre al libro: ¿Qué pasaría si…?