
Todavía no he conseguido saber si el hecho de encontrarme repetidamente con una misma imagen, situación o escena viene dado por tener en la mente o el subconsciente la voluntad de encontrarme con ello o es, simple y llanamente, el azar quien lo pone allí. No sé por qué es y tampoco sé si quiero saberlo. La cuestión es que muchas veces me encuentro parado, de lejos, mirando a alguien que lee y me veo metiendo la mano en el bolsillo para sacar el teléfono y guardar la estampa en una fotografía. Y lo extraño – de ahí vienen mis dudas – es la cantidad de veces que me encuentro con imágenes de ese tipo en mi día a día. No entiendo por qué entro en la universidad y se me llenan los oídos de voces catedráticas que se quejan de que ya nadie lee y luego salgo de ella y me encuentro siempre con alguien leyendo. O salgo de casa, paseo y veo a gente leer. Luego, cuando miro las fotografías, me pregunto por qué estaban o quién los puso o qué les hizo estar allí.
En una de esas veces en las que me lo preguntaba, llegó a mí – los libros siempre llegan en el momento preciso – el libro Sobre la lectura, de Steve McCurry. En él, decenas de fotografías de gente de alrededor del mundo leyendo me hicieron ver que lo mío no era extraño, me hicieron ver lo que suelen hacer ver los libros: que antes que tú alguien ya ha pensado en eso. Ese libro, impreso en papel fotográfico, de gran tamaño, te hace bañarte en la mirada más inocente que hay: la de una persona en un libro.
Pues bien, de eso han pasado ya varios meses y, como si la Literatura quisiera seguir mandándome tablas de salvación – es lo que mejor hace -, ahora tengo en mis manos Leer, de André Kertész, publicado por Periférica y Errata Naturae. Podría daros diferencias entre uno y otro – la autoría, la editorial, el tamaño del libro, la encuadernación, el tipo de edición, etc. – pero todas serían más formales que de contenido. Porque el contenido es el mismo y no lo es. André Kertész, como hace Steve McCurry, recopila en su obra las fotografías hechas a lo largo de más de cincuenta años (1915-1970) a gente leyendo. Niños en la escuela, en la calle, en la iglesia, solos o en compañía; adultos con prensa, con libros, en terrazas, azoteas, transporte público, casas; ancianos en sus despachos, en bibliotecas o en bancos. En definitiva, libros siendo leídos.
Y que libros tan metaliterarios como este se publiquen me hacen ver que hay más gente como yo, que hay más gente a la que ver a otros leyendo le provoca esa sensación de alegría, de comprensión, de hermandad con el desconocido que siento yo al verles. Tengo que confesar que me tranquiliza. No sé si te pasa a ti, que ahora estás leyendo esta reseña. Pero si es así, no te sientas mal. Y si mis palabras no te sirven – algo que consideraría lógico – y las dudas te corroen, ves corriendo a una librería, coge Leer de André Kertész y ábrelo por la página que tú quieras. ¿Lo has hecho ya? ¿Qué has sentido?

Seguro que os suena esta chica menuda con camiseta de rayas, ¿no? Estoy convencida de que habéis visto alguna vez una de sus ilustraciones, o que alguno de vuestros amigos las ha compartido en Facebook, Twitter o Instagram. Sus dibujos son bastante conocidos y andan por Internet, de aquí para allá. También los podéis encontrar plasmados en libro, como el libro del que hoy os hablo.
Cuando leo la palabra “filosofía” la digo de una forma diferente a la que, por mi idioma y acento la debería decir. Es difícil de explicar por escrito, deberíais oírme. Para mí, la filosofía es La FI-lo-so-fÍa, así, casi silabeando, marcando las íes. Esto se debe a que mi profesor de filosofía en el bachillerato era de Chile. Tenía un hablar pausado, tranquilo, paciente y sereno. Era un hombre todo bondad, así que le tengo cariño a la materia. En aquella época, se estudiaba durante 3 años la asignatura y aunque con 16 o 17 años, a lo mejor no se está muy preparado para entender muchas cosas, creo que no deberíamos dejar que los jóvenes de hoy se la perdieran. Aquello igual no era lo ideal porque la filosofía que se nos mostraba era solo la occidental, bastante racional y de una forma algo aburrida, pero por lo menos nos enseñaban algo. Algunos nos interesamos a partir de ahí por informarnos sobre otras filosofías o formas de pensamiento. Si nadie te muestra el camino, es difícil dar con él. Además, tuve la suerte de que el mismo profesor me dio ética, y ahí sí, se salió de la programación establecida y hablamos del amor y la amistad, por ejemplo, desde un punto de vista filosófico. Me sigo acordando de lo que disfruté leyendo las cartas de Rainer María Rilke a su amigo poeta.
«Este libro es un canon de la mejor literatura de nuestro tiempo, a través de la voz de sus creadores». No le falta razón a esta primera frase de la sinopsis. Y es que nos llega de la mano de Xavi Ayén y Libros de Vanguardia (La Vanguardia Ediciones) la posibilidad de citarnos con los mejores escritores de nuestro tiempo en La vuelta al mundo en 80 autores. Ayén, al cual presentan como uno de los periodistas literarios más importantes del país y que muchos conoceremos por su extensa carrera profesional en La Vanguardia, nos trae aquí sus encuentros con la gran mayoría de los nombres que copan nuestras estanterías: 
A lo largo de la historia de la humanidad no son pocos los periodos vividos por el humano que, ahora vistos en retrospectiva, nos sorprenden por algunos hechos concretos, las costumbres o incluso los pasatiempos de aquellos lugares que pertenecen al pasado. La época victoriana fue indudablemente una de las más sorprendentes. Este periodo, que rondaría las siete décadas de duración, no solo nos dejaría la cumbre de la revolución industrial, sino que también pondría de manifiesto vicios y filias que podrían abarrotar páginas y páginas de un libro.
Ocurrió un incidente curioso mientras estaba leyendo este libro y creo que no está de más comentarlo. Seguro que muchos todavía os acordaréis (si es que para cuando se publique esta reseña el individuo al que voy a nombrar no ha preparado un show aún más bochornoso bochornoso): Juan Torres, catedrático de Economía, acudió al programa televisivo La Sexta Noche para presentar su último libro. Ante las acusaciones y las interrupciones continuadas de Eduardo Inda, periodista y desde hace no mucho tiempo propietario de un diario digital, el economista tuvo que abandonar el plató, ante la sorpresa del presentador, que no entendía por qué no se quería someter a ese juego. Minutos antes Inda había puesto en duda el testimonio del padre de uno de los militares fallecidos en el accidente del Yak-42, había banalizado sobre las responsabilidades de la Guerra Civil y había menospreciado a un compañero de profesión en repetidas ocasiones llamándole Copérnico cada vez que éste le interpelaba por la forma en la que sus reporteros hacían su trabajo. Y todo ello en menos de tres horas. ¿Cómo no va a estar en duda la legitimidad del periodismo cuando se permiten prácticas como estas semana tras semana? Sobre ello precisamente, sobre el papel de los medios, habla Ética de los medios de comunicación, el ensayo de la doctora en Filosofía y periodista chilena María Javiera Aguirre.
La primera lectura de un nuevo año es muy importante, al menos para los lectores chiflados como yo. Tenía unos cuantos libros pendientes en la estantería haciéndome ojitos, pero al final me he decantado por Shakespeare. Tengo varios motivos, no os vayáis a pensar. El primero de todo es que empezar el año leyendo sobre un grande tan grande como Shakespeare sólo puede ser bueno. He pensado que a ver si se me pega algo (por qué no, ¿eh?). El segundo motivo es más evidente: conocer más sobre el mayor escritor de las letras inglesas. Algunas obras he leído de Shakespeare, pero no sé demasiado sobre el propio autor y creo que esta publicación de la editorial Turner es una buena oportunidad para adentrarse más en el mundillo shakesperiano. Así que me dije: “there we go!” y aquí estamos.
¿Recuerdas la escena de Django desencadenado en la que Leonardo Di Caprio rompe un vaso? Se cortó de verdad, pero siguió interpretando su papel como si nada.
Hola, soy Victoria McClure. Tal vez me recuerden de anteriores reseñas atípicas e hipocondríacas como 
«Un 
0. El 
Creo que fue en el programa ‘El Objetivo’ donde Iñaki Gabilondo dijo una de esas frases que nos dan la razón a los que le consideramos como el mejor intérprete de la actualidad española: «Vivimos entre bostezos tiempos apasionantes», sentenció el periodista. Me parece un resumen perfecto de cómo nos estamos enfrentando a la época más entretenida a nivel informativo que muchos hemos presenciado en toda nuestra vida. El problema, seguramente, es que además de no enterarnos de buena parte de lo que ocurre a nuestro alrededor es que no sabemos valorarlo en frío, ya que en la sociedad de desenfundar el móvil y disparar un tuit lo más rápido posible, la documentación y la profundización sosegada en los temas han acabado desplazadas a un plano marginal, casi reservado para los académicos.