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Trazado, de Andrew DeGraff

Trazado

TrazadoLo que me gusta de los mapas es que uno siempre se enfrenta a ellos con la idea de buscar algo. Un río, una equis roja, un poblado o a nosotros mismos. No sé bien cómo funciona el truco. Pero la cartografía y el rastreo siempre me han parecido tan inseparables como la navegación y la astronomía. Cuando estoy ante un mapa siento la imperiosa necesidad de no dejarlo de lado hasta que descubro algo que le otorgue un valor extra al trozo de terreno que representa. Por eso, saber de la existencia de este atlas literario que Impedimenta trajo a finales del año pasado ha sacado al investigador que hay en mí. Cada una de las piezas gráficas me ha devuelto la fe en mi capacidad de ver más allá de lo obvio. Si además tenemos en cuenta que estos mapas representan el recorrido físico y psicológico de obras indispensables de la literatura, el reto gana interés por momentos. Lectores y cartógrafos encuentran en Trazado un objeto de deseo atractivo y único por el mero hecho de dar las coordenadas ideales de unos personajes y unas historias que nos han acompañado desde siempre.

Andrew DeGraff es un diseñador amante de los mapas que un día decide llevar a cabo un proyecto ambicioso y absolutamente necesario. Diseñar un compendio de infografías de carácter didáctico sobre obras universales de la literatura. Desde La Odisea hasta Esperando a Godot, pasando por Borges, Shirley Jackson o Flannery O’Connor. Como puede deducirse de esta ecléctica selección, el reto está servido y DeGraff consigue salir airoso de situaciones absolutamente imposibles de plasmar en términos cartográficos como en el caso de la obra de Beckett. Cada mapa viene acompañado de un texto introductorio que nos explica no sólo el por qué de la obra elegida, sino la reelaboración de dicha pieza en términos visuales y cómo la conjunción de ambos materiales otorga un nuevo nivel de significación al clásico en cuestión. El viaje enriquece y muestra nuevos parajes al sacarnos del recorrido meramente textual que ya conocíamos de la obra.

Ya es casi un cliché decir eso de que algunos libros te llevan a lugares en los que nunca has estado. Pero en el caso de Trazado, dicho afirmación no sólo es cierta, sino también pertinente. Y es que de las 26 piezas que componen esta maravilla, unas cuantas eran totalmente desconocidas por mí. En primer lugar quiero disculparme por mi humilde bagaje literario. Y en segundo lugar quiero decir eso de ¡Bendita ignorancia! porque que tu primera toma de contacto con una de las obras fundacionales de la literatura universal sea un mapa de este señor es como recibir la mejor primera impresión que un lector puede tener de cualquier obra de ficción. No exagero. No pretendo inflar expectativas. Quizá a ti, que lees esto, no te afecten las cosas diseñadas para enamorar al ojo y a la cabeza. Yo, que no soy inmune a un libro bien diseñado, no puedo más que aplaudir ante un objeto tan bien acabado como éste.

¿Conoces esa sensación de mirar un mapa del mundo y sufrir vértigo y excitación al ser consciente de todos los lugares que aún te faltan por visitar? Ese mismo subidón que uno sufre al entrar por primera vez en una biblioteca nueva, ya sea pública o privada, y ver todas esas historias que no conocías y que están ahí, esperando agazapadas a que les des una oportunidad. La anticipación y las posibilidades. Imagina meter ambas experiencias en un mismo momento. Imagina que descubrir lugares y libros sean una misma cosa. En el mismo acto el viajero y el lector reclaman tu interés y deciden encenderte. Pues este fenómeno sobrenatural y maravilloso es un hecho gracias a Andrew DeGraff y a la editorial Impedimenta. Buen viaje, lector.

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La invención de la naturaleza. El nuevo mundo de Alexander von Humboldt, de Andrea Wulf

La invención de la naturaleza

La invención de la naturaleza¿Inventó Humboldt la naturaleza? La respuesta es sencilla: no. Incluso se podría ampliar: no, obviamente. ¿Es entonces inapropiado el título de esta obra? La respuesta es igualmente sencilla: no. El título es no sólo pertinente sino brillante porque Alexander von Humboldt inventó nuestra forma de mirar a la naturaleza, y sólo por eso ya deberíamos estarle agradecidos. Esa gratitud bien podría ser motivo suficiente para leer este libro, pero si no lo fuera, aquí va otro: es apasionante. Si el acercamiento a su figura en lo que se refiere al mundo científico difícilmente podría ser más interesante, el relato de su vida que también es La invención de la naturaleza, supone una novela de aventuras tan entretenida como emocionante. Sin embargo poco queda hoy en nuestro imaginario colectivo de la figura de quien fue calificado en su tiempo y sin ditirambos como el hombre más importante del mundo, pero el catálogo de lo que de sus ideas pervive en nosotros es interminable. Y resulta interesante una reflexión al respecto de Andrea Wulf, la autora, en el sentido de que además de por las circunstancias históricas obvias poco propicias para la imagen de un alemán, su memoria murió de éxito, logró que sus ideas arraigaran hasta tal punto en las nuestras que nos resultan naturales, innatas y por tanto nos cuesta reconocerles una paternidad más allá de nuestra propia conciencia.
La invención de la naturaleza es un relato dinámico, ágil pero tremendamente documentado y exhaustivo. El trabajo de Andrea Wulf es, en ambos sentidos, admirable. Un relato de divulgación con parámetros científicos de exigencia académica que se puede leer como un relato de aventuras de Emilio Salgari, si se desea, es una rareza francamente destacable.
Humboldt es además uno de los últimos científicos con vocación de entenderlo todo, con ánimo, energías y voluntad de abarcar cuantas disciplinas excitaran su curiosidad, que fueron básicamente todas. Y de realizar aportaciones valiosas en prácticamente todas ellas. Hoy día una figura así es irrepetible en parte porque la ciencia ha avanzado por un camino de especialización que hace imposible esa vocación renacentista y cuanto más en profundidad se conozcan las cosas más imposible será recorrer un camino diferente del de la hiperespecialización. Pero en parte también por una concepción diferente de la ciencia, por una mirada romántica que la convertía en una aventura y por una preocupación no sólo ética y científica, sino también estética, que hoy se ha perdido prácticamente del todo. Humboldt se preocupaba del lenguaje, de la dimensión poética de la forma en que expresaba sus teorías, y basta acercarse a cualquier ensayo científico de hoy día para comprobar que eso ya no ocurre. Y es probable que se deba también a la especialización y la profundización técnica en el conocimiento y que por tanto sea inevitable, pero a mí al menos es algo que me entristece.
El hecho de que La invención de la naturaleza presente a Humboldt como el gigante que fue y el que debería seguir siendo, no significa que Andrea Wulf haya escrito un panegírico. Su objetividad no se pierde cuando enfrenta las contradicciones o los aspectos negativos del personaje pero eso, si me lo permiten, lo agiganta aun más. Gigante, sí, pero humano.
La nómina de personajes en los que influyó o con los que tuvo trato, que vienen a ser la misma cosa, es francamente apabullante. Cualquiera de los grandes científicos que uno ha conocido como padres de sus disciplinas en la historia de la ciencia moderna que se estudia del instituto en adelante se reconoció influido por Humboldt, pero además otros personajes como Pushkin, Thomas Jefferson, Thoreau o Simón Bolivar, por ejemplo (la relación sería larga, créanme) se declararon deudores de su pensamiento.
Resulta imposible leer hoy día La invención de la naturaleza sin un asomo de incredulidad, un personaje tan inabarcable es hoy día inconcebible, pero créanme, ese asombro les vendrá muy bien a la hora de perderse con él por las selvas de Latinoamérica, Australia o Rusia, les pondrá en situación porque probablemente al principio a sus contemporáneos les ocurriera lo mismo. Sólo les piso una cosa: cuando cierren el libro déjense puestos esos ojos de asombro y miren al mundo en general y a la naturaleza en particular con ellos. Sospecho que si se lograra eso aunque se olvide nuevamente la figura de Humboldt, él se daría por satisfecho.

 

Andrés Barrero
contacto@andresbarrero.es
@abarreror

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Un mundo asombroso, de James Brown y Richard Platt

Un mundo asombroso

Un mundo asombrosoPasamos de ser niños para convertirnos en adultos cuando dejamos de hacernos preguntas, cuando dejamos de lado la curiosidad. O eso dicen. De ser así, es muy triste, ¿no os parece? Yo, como todavía no sé si he madurado, sigo haciéndome muchas preguntas. Me inquieta mucho el mundo de la ciencia, quizá porque siempre he sido una mujer de letras. Así que mi falta de conocimientos científicos la suplo tragándome documentales y admirando muy fuerte al señor Carl Sagan. Me gusta aprender y leer sobre temas que desconozco por completo, aunque no siempre lo entienda. Mi mente no es muy científica, ya os he dicho. En cualquier caso no pienso perder nunca la curiosidad, en ese sentido quiero seguir siendo una niña toda la vida. Y quiero invitaros, queridos lectores, a hacer lo mismo. Hacerse preguntas es la mejor forma de aprender.

Tengo un sobrino de once años en el que pensé inmediatamente cuando vi este libro. Es un niño bastante atípico al que sólo le interesa la robótica y el mundo de los Legos. Pasa completamente del fútbol y demás chorradas y eso, como tía, me parece genial. Además, siempre ha sido un niño especialmente curioso, un niño capaz de preguntarte por el universo mientras va al cole por las mañanas. Claro, a mí me encantaría tener todas las respuestas del mundo, pero me temo que nunca seré Carl Sagan, así que libros como Un mundo asombroso son una genial respuesta para niños curiosos con ganas de aprender. También es un libro para adultos, no os vayáis a pensar. Dejémoslo en que es un libro para gente inquieta que siempre tiene ganas de aprender.

James Brown (el cantante no, ¿eh?) y Richard Platt son los autores de este libro publicado por la editorial Maeva en su colección Young. Hace poco os hablé de otro libro de la misma editorial que también me gustó mucho y que tuve que regalar al sobrino en cuestión: La línea del tiempo. Un paseo por la historia a través de líneas del tiempo con geniales ilustraciones. Una maravilla.

Un mundo asombroso es un libro igual de interesante con el que aprender mucho. Se trata de un libro muy didáctico en el que aparecen un montón de datos realmente interesantes que encantarán a las mentes más curiosas. En él aprendemos cómo funciona el ojo humano, los números romanos, las formas que hay de hacer un nudo, la clasificación de las nubes o la disposición de una orquesta. Como os decía, datos realmente curiosos. Datos que en ocasiones ni los adultos conocemos.

Yo he aprendido bastante leyéndolo y curioseando sus páginas. Sobre todo en las partes más científicas del libro (que son muchas). Me ha gustado mucho leer y aprender sobre la estructura del átomo, el número áureo o la tabla periódica de los elementos. La mezcla de ilustraciones y textos hacen que este libro sea muy visual y que atraiga irremediablemente nuestra atención.

Me parece un libro genial para regalar a niños inquietos y curiosos. Además, es un libro que gustará también a los padres, un libro que podrán compartir y leer juntos y eso es una auténtica maravilla, amigos. Tan importante es no dejar nunca de hacerse preguntas como compartir nuestras inquietudes y lecturas con nuestros enanos.

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Historia oficial del amor, de Ricardo Silva Romero

historia oficial del amor

historia oficial del amorExisten los flechazos, incluso con la literatura. A mí me bastaron unas líneas para enamorarme de Historia oficial del amor, de Ricardo Silva Romero: «Voy a contar hacia atrás la historia de mi familia. Voy a narrar al revés su destino, su karma y su suerte. Porque ha sido al revés, desde hoy hasta el principio, como he ido enterándome de nuestra trama».

La primera página me hizo creer que esta novela sería especial, que había llegado a mi vida para hacerse hueco en mi corazón lector. Ya sabéis cómo son los amores a primera vista: llenos de expectativas. Pero avancé con cautela, porque ya estoy curtida en estas lides y sé lo fácil que es pasar de la ilusión incipiente a la decepción inolvidable. Y no quería que lo nuestro acabara así, porque Historia oficial del amor tenía todo lo que busco en un libro: una estructura original (en orden cronológico inverso) perfectamente hilvanada, una prosa cuidada y honesta y una reflexión constante sobre el ser humano, las relaciones familiares, la sociedad y la historia. Pasados unos cuantos capítulos, no pude negarlo más: me había conquistado y me dejaría llevar hasta el final, pasara lo que pasara. Esto era amor, amor del bueno.

Historia oficial del amor es una historia real: la de los Silva y los Romero a lo largo de los siglos XX y XXI, protagonistas y testigos —voluntarios e involuntarios— del devenir de Colombia, ese país que ha vivido más guerras civiles que cualquier otro lugar del mundo y en el que ya nadie sabe quién empezó a matar a quién. Ricardo Silva Romero ha dejado la ficción de lado para atreverse a contar la realidad de su familia y de su tierra. Para ello, ha hecho decenas de entrevistas, leído aquellos libros que confirman los hechos que le han contado, recopilado fotografías familiares, rescatado los periódicos que relatan sus victorias y tragedias e, incluso, recurrido al tarot para que le corrobore su interpretación de los acontecimientos. El resultado es un libro extremadamente sincero, en el que Ricardo Silva Romero se adentra en las sombras y las desgracias de su familia y de Colombia, tan íntimamente relacionadas, para homenajear a Eduardo y Marcela, sus padres, dos seres humanos excepcionales que han conseguido romper la maldición familiar de acabar en política y que han sido un remanso de felicidad dentro de la espiral de barbarie.

Esta novela es la historia del amor no correspondido que la familia Silva Romero siente hacia su país, ese lugar donde el fanatismo deja a todo el mundo huérfano y, sin embargo, la gente es amable, incluso aquel hombre que va a mandar que te maten. Pero, ante todo, es el retrato del amor incondicional entre los miembros de esta familia, que ha permanecido inquebrantable ante los asesinatos, las amenazas y las brujerías. Y es que nunca unos padres quisieron tanto a unos hijos y nunca unos hijos quisieron tanto a unos padres. Ricardo Silva Romero ha tenido la generosidad de compartir su historia con nosotros, los lectores, y yo no puedo hacer otra cosa que admirarle por la honradez de sus actos y la maestría de sus palabras.

Existen los amores para toda la vida, incluso en el mundo real. Y el de Eduardo Silva y Marcela Romero es uno de los más sinceros que he leído. Por eso merecían el homenaje que su hijo les ha hecho en estas páginas. Ojalá que su lucha por una Colombia mejor tenga pronto su recompensa más allá de la ficción.

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Hacia rutas salvajes, de Jon Krakauer

Hacia rutas salvajes

Hacia rutas salvajes«No eches raíces, no te establezcas. Cambia a menudo de lugar, lleva una vida nómada… No necesitas tener a alguien contigo para traer una nueva luz a tu vida. Está ahí fuera, sencillamente».

¿Algo que discutir a semejante declaración de independencia? Estas fueron las palabras que Chris McCandless, de veinticuatro años, le dedicó en una carta a un amigo que conoció en su viaje en soledad por las montañas de Alaska. Su propia odisea que le llevaría a encontrarse consigo mismo en un entorno salvaje y natural. El viaje que emprendió cansado de convencionalismos, normas y obligaciones; cansado de la falta de pureza en el alma de las personas, de pensamientos vacíos y adoctrinados por parte de una sociedad movida por el egoísmo, la desconfianza y los bienes materiales; un viaje que supondría la mayor aventura a la que el hombre pueda enfrentarse: la conexión directa y genuina con la naturaleza. Una aventura, por desgracia, que acabó con su vida.

La llamada de lo salvaje, la llamada del corazón helado de las tierras salvajes del Norte, en palabras de Jack London, fue lo que despertó un sentimiento tan fuerte y veraz en Chris que no tenía otra cosa en mente que llevar a cabo su aventura. Una aventura que quedó grabada en pequeños retazos sobre una guía de frutos silvestres a modo de diario, en fotografías reveladas de su propia cámara y en testimonios de personas que se cruzaron en el camino de un chico de Virginia que recorrió un largo viaje desde su tierra natal hasta la vastedad de los bosques de Alaska. Del trabajo de recopilación de información sobre su odisea se encargó el periodista Jon Krakauer. Todo cuanto sucedió viene reflejado en este libro, Hacia rutas salvajes.

Con motivo del 20º aniversario de la primera edición de este libro, la editorial Ediciones B lanza al mercado español en tapa dura una nueva edición de la historia que cuenta la aventura en la que se adentró Chris McCandless. Una historia que inspiraría a Sean Penn para dirigir una película premiada con un Oscar y acompañada de una sensacional banda sonora compuesta por Eddie Vedder.

En septiembre de 1992, cuatro cazadores de Alaska encontraron dentro de un autobús abandonado en mitad del bosque el cuerpo sin vida de un joven. La noticia se extendió por todo el país y supuso un cúmulo de especulaciones sobre los motivos que llevaron a un chico de veinticuatro años a adentrarse en las tierras salvajes del norte sin apenas provisiones y sin haber avisado a nadie. El periodista Jon Krakauer decidió realizar una ardua investigación sobre el caso. Para ello se valió de los restos que hallaron alrededor del cuerpo del joven: libros y anotaciones al margen en cada uno de ellos, fotografías y testimonios de personas que aseguraron haber conocido al chico. Comenzaba así la aventura del autor de este libro. Un viaje que desandaría los pasos que dio Chris McCandless desde que fue encontrado muerto hasta que decidió emprender su viaje.

Ha sido, sin duda, una gran lectura. Una lectura necesaria. Por su belleza en cada una de sus páginas con gran riqueza de detalles sobre los paisajes y el entorno; por su enorme trabajo de documentación y la estructura elegida para relatar los hechos; por el cuidado y respeto con el que ha tratado su autor tanto la vida de Chris McCandless como a cada uno de los testigos de esta gran aventura. Un libro que es a la vez una guía de viajes, una trepidante historia de aventuras y un documental narrado con la más absoluta veracidad. Y también, pese al trágico desenlace de la historia, un manifiesto y ensalzamiento a la libertad de pensamiento, a la independencia y al amor y encuentro con uno mismo en consonancia con la naturaleza.

La vida de Chris, o más bien, su largo y duro viaje, supuso una luz de guía para muchos otros soñadores que anhelaban enriquecerse a través de lo que la vida, en su estado más natural, podía ofrecerles. Personas perdidas en un mundo egoísta al que creen ya no pertenecen. Personas que huyen del desengaño o la súbita pérdida del sentido de su existencia. Todos vieron en Chris, al igual que él mismo vio en las lecturas de Jack London o Thoreau, un camino por el que transitar sin miedo y sin mirar atrás. Una larga aventura para espíritus soñadores que a veces tropiezan con su propia fantasía:

«Alaska ejerce una atracción magnética sobre los soñadores e inadaptados que creen que los enormes espacios inmaculados de la Última Frontera llenarán el vacío de su existencia. Sin embargo, la naturaleza es un lugar despiadado, al que le traen sin cuidado las esperanzas y anhelos de los viajeros».

Hacia rutas salvajes me ha resultado impactante. En cuanto a contenido y narrativa no tiene ni un párrafo que le sobre. Las aportaciones de cada uno de los testigos que formaron parte del viaje de Chris, entre ellos su propia familia, como los recortes anotados de los libros que sirvieron de inspiración y compañía en las duras noches en pleno bosque al joven soñador, han dejado una fuerte impronta en mí. No tengo el espíritu aventurero de este chico, pero algo ha despertado en mí al saber sobre su vida y su modo de sentirla. Ojalá consiga hacer lo mismo contigo. Al fin y al cabo, puede que algunos estemos esperando la llamada de lo salvaje.

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Eso no estaba en mi libro de Historia del Antiguo Egipto, de José Miguel Parra

Eso no estaba en mi libro de Historia del Antiguo Egipto

Eso no estaba en mi libro de Historia del Antiguo EgiptoAlgo me pasó ya desde incluso antes de empezar a leer este libro, y es que cuando lo tuve delante y observé el título me vino la sensación – esa inevitable, incontrolable e inconsciente sensación – de que se me presentaba un libro enfocado al público juvenil, con afán de diversión y entretenimiento; tuve la sensación de tener delante lo contrario a un libro de Historia del Antiguo Egipto de esos que nos daban en el colegio y en los que siempre se hablaba de lo mismo y de la misma forma. Y no es así.

Sí que es cierto que José Miguel Parra busca darle a su obra un tono más cercano con el fin de conectar con un lector que tiene frente a él cerca de 400 páginas sobre el Antiguo Egipto, pero también hay que confesar que ese tono se va diluyendo poco a poco a medida que avanza el libro, encontrándote momentos en los que se acerca bastante a esos libros de los que el propio título intenta apartarse.

Dicho esto, el libro también tiene muchas cosas buenas. Por ejemplo: su bien organizada estructura del contenido, que nos da un paseo primero por la arqueología y las momias, luego por algunos de los faraones más interesantes, para pasar después a la vida en el Valle del Nilo, a adentrarnos en la Gran Pirámide y acabar con algunos enigmas y leyendas que todavía hoy envuelven a esa época. Eso no estaba en mi libro de Historia del Antiguo Egipto, de la Editorial Almuzara, es una huida de la leyenda y una aproximación a la verdad. Si esta, y además una tan lejana como la del Antiguo Egipto, existe.

José Miguel Parra nos lo cuenta todo desde su óptica de experto en el mundo faraónico y apoyándose siempre en bases consolidadas. Intentando no dejar ningún cabo suelto de historias que creemos y que no son verdaderas, este Doctor en Historia Antigua por la Universidad Complutense de Madrid ofrece todos los datos necesarios – acompañados muchos de ellas por fotografías, mapas o planos – para no dejar correr nuestra lengua en suposiciones infundadas cuando hablemos de pirámides, momias o faraones.

Eso no estaba en mi libro de Historia del Antiguo Egipto no es el libro que yo esperaba poder dejar alguna vez a mis hijos cuando – como me ocurrió a mí – vayamos algún día a Egipto y ellos no entiendan absolutamente nada de lo que dice un guía que se centra más en las leyendas que en la Historia; pero sí puede ser el libro que lean los padres para luego contar a sus hijos cuando estos les tiren de la manga y les pregunten cómo puede ser que los cuerpos se conserven así durante tanto tiempo, cómo pudieron montar esas pirámides o cómo puede ser que haya hombres con forma de animales por todas partes. No, no es el libro para regalarles a tus hijos estas navidades, pero quizás sí para regalártelo a ti mismo.

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Las chicas son guerreras. 26 rebeldes que cambiaron el mundo, de Irene Cívico, Sergio Parra y Núria Aparicio

las chicas son guerreras

las chicas son guerrerasAtención, examen:

¿Quién escribió la primera novela moderna de ciencia ficción?

¿Quién publicó los primeros artículos de periodismo de investigación?

¿Quién elaboró la primera descripción de software de la historia?

¿Quién ostenta el título de deportista más versátil de todos los tiempos?

¿Quién dirigió la primera película narrativa?

¿Quién introdujo el recurso «flujo de conciencia» en la literatura?

¿Quién fue la persona más buscada de la Segunda Guerra Mundial por los nazis?

¿Quién ideó la mayoría de funcionalidades que hoy encontramos en un libro electrónico?

¿Quién fue el primer humano en ser aceptado totalmente en una comunidad de chimpancés?

¿Quién ganó el Premio Nobel de la Paz a la edad más temprana?

¿Qué tal? ¿Habéis sabido muchas? ¿No? ¿Ni siquiera un sufi raspado? Vaya… ¡Pero si son hitos históricos! ¿Cómo es posible? Ahora me vendréis con eso de que en vuestro temario no salían, la clásica excusa. Pero puede que esta vez tengáis razón. La mayoría de los logros de estas personas no han quedado registrados en los libros ni se han hecho películas taquilleras al respecto. Resulta extraño, ¿no? ¡Con lo que han aportado al mundo! ¿A qué se debe esta amnesia selectiva de la historia? Pues a que son éxitos protagonizados por mujeres. Y no sé si os habéis percatado, pero las áreas en las que han sido pioneras —literatura, informática, deportes, dirección de cine, espionaje o electrónica— son precisamente esas que se consideran «cosas de hombres». Curioso, ¿verdad? No me voy a poner reivindicativa, porque no es necesario: los hechos hablan por sí solos. Las chicas son guerreras, capaces de conseguir lo que se propongan, y Sergio Parra, Irene Cívico y Núria Aparicio han hecho el libro para demostrarlo.

Las chicas son guerreras recoge los mayores logros y la forma de ver la vida de 26 rebeldes que cambiaron el mundo. Desde las que han logrado alcanzar la fama o su hueco en la historia, como Hipatia de Alejandría, Mary Shelley, Marie Curie, Virginia Woolf, Coco Chanel, Clara Campoamor, Agatha Christie, Amelia Earhart, Frida Khalo, Simone de Beauvoir, Audrey Hepburn, Rosa Parks, Jane Goodall, Lady Gaga o Malala Yousafzai, hasta otras que, desgraciadamente, son unas completas desconocidas para el común de los mortales (o, al menos, para esta simple mortal que os escribe), como Ada Byron, Nellie Bly, Lottie Dod, Alice Guy, Ángela Ruiz Robles, Irene Sendler, Nancy Wake, Hedy Lamarr, Susan Sontag, Annie Leibovitz o Valentina Tereshkova.

Con las ilustraciones de Núria Aparicio, que son una auténtica belleza, y las explicaciones amenas de Irene Cívico y Sergio Parra, Las chicas son guerreras. 26 rebeldes que cambiaron el mundo nos enseña esa parte velada de la historia, o sobre la que se ha pasado de puntillas, que ha hecho que hoy en día el mundo sea tal y como es, e incluso un lugar mejor. Descubrimos las fascinantes historias de mujeres de las que no habíamos tenido noticia y nos enteramos de anécdotas protagonizadas por las más famosas, que nos hacen conocerlas más a fondo.

El resultado es un libro que sorprende página tras página. En muchos casos, no se trata de «la primera mujer que logró tal cosa», sino del «primer ser humano de la historia que lo consiguió». ¿Cómo es posible que seamos desconocedores de tales hechos? ¡No tiene sentido! Esta clase de libros son un paso más para subsanar estas flagrantes omisiones de la historia. Así que os animo a leer Las chicas son guerreras. 26 rebeldes que cambiaron el mundo; no es solo justicia histórica, es cuestión de cultura general.

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Porcelain, de Moby

Porcelain

PorcelainAntes de leer este libro mis suposiciones sobre los orígenes de Moby eran tan erróneos como prejuiciosos. Creía, por su forma de vestir pulcra y elegante, por las gafas de pasta que tantos años llevan acompañándole así como por su cara de no haber roto nunca un plato que sería un ejemplo más del niño pijo al que le sobraba el tiempo y el dinero para probar suerte en el mundo de la música electrónica, con la seguridad de que papá le reservaba un puesto en su empresa en caso de que su talento no hubiese sido suficiente para ganarse la vida holgadamente. Porcelain, la que presumiblemente será la primera parte de las memorias del artista neoyorquino, apenas tardó un par de líneas en dejarme claro que estaba completamente equivocado.

Moby comienza el repaso de sus orígenes en el mundo de la música con una de esas anécdotas que marcan un antes y un después en la vida de toda persona. Cuenta como escuchar Love Hangover, de Diana Ross, le dio esperanzas de que había un futuro para él más allá de los suburbios de Harlem en los que le había tocado nacer. Pese a ello, aunque introduce alguna otra anécdota de su infancia, este libro se centra en las vivencias del descendiente de Herman Melville —autor de Moby Dick entre los años 1989 y 1999, una época en la que pasó de tocar en salas con veinte personas o en fiestas swinggers a llenar estadios y raves multitudinarias, con diversos altibajos. Fue precisamente en 1999 cuando alcanzó el éxito global con Play, trabajo con el que vendió más de diez millones de discos y que le consolidó como uno de los referentes del techno.

Muchos músicos, al menos dentro de lo que he podido leer hasta la fecha, tienden a caricaturizarse en sus autobiografías, consciente o inconscientemente. Así, es frecuente ver destacadas anécdotas en las que, ya sea para bien o para mal, proyectan la imagen que la gente ya tiene en sus cabezas antes de la lectura. Porcelain no se encuentra dentro de este tipo de trabajos, dado que Moby no se esfuerza por dar una imagen estereotipada de sí mismo, sino que se limita a relatar distintos momentos de su vida y son éstos, sin colorantes ni edulcorantes, los que ayudan a construir a la persona. Así, el chico nacido entre adictos al crack y botellas de vidrio es capaz de desnudar su alma al completo, sin dejar de lado ninguna de sus contradicciones: “Un cristiano abstemio que trabajaba en clubes animados por las drogas”, resume. Moby no sólo no evita hablar de sus malos momentos, tanto a nivel personal como profesional, sino que se reboza en ellos, sin maquillar ni justificar algunos actos que podrían considerarse reprochables. Tampoco tapa sus fiascos amorosos, sus malos pensamientos o sus peores decisiones, como sus idas y venidas con el alcohol. Me ha parecido que hay mucho de redención en este trabajo, aunque puede que sólo haya sido una muestra más de la voluntad del artista por ser lo más trasparente posible en su relato.

También toca, aunque con menos detallismo que otros compositores, el proceso de creación de sus temas. Es un aspecto que me ha parecido especialmente interesante, ya que en la música electrónica tiende a subestimarse mucho más que en otros géneros este aspecto y, a través de algunos fragmentos puntuales, se puede conocer mejor la complejidad de este trabajo y sus similitudes con el que desarrollan otros compañeros de profesión.

Porcelain, más que una autobiografía musical al uso es un fragmento de una vida, un texto tan natural y sincero que merece la pena leer independientemente del interés que se tenga por el autor y su música. Porque al igual que uno se lleva decepciones —y muchas— con los libros que sacan algunos de sus artistas favoritos y que no se acercan ni de lejos a las expectativas creadas, estas memorias aportan mucho más que un simple repaso a una carrera con luces y sombras: ofrecen, parafraseando a Calamaro, honestidad brutal. Y muy pocos son capaces de poner eso sobre la mesa.

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Botánica insólita, de José Ramón Alonso y Yolanda González

Botánica insólita

Botánica insólitaYo soy más de letras que de ciencias, mi cabeza ha tendido siempre a entender más las palabras y las frases, que los números y las fórmulas, pero siempre me ha gustado saber cosas, aprender y conocer. La biología aunque sea una ciencia, no trata de números, así que siempre se me ha dado algo mejor que las matemáticas o la física. Yo creo que porque somos biología, nos nutrimos de ella, nos rodea y nos acompaña, es algo tangible y que se ve. Saber de qué estamos hechos, y cómo funcionamos es necesario. Este libro trata sobre la botánica, que es la rama de la biología que estudia las plantas o vegetales a todos los niveles. Yo vivo rodeada de montañas, en el rural, miro por la ventana y veo verde, bueno, hoy veo también amarillo, naranja, rojo y marrón, porque la naturaleza es lo que tiene, cambia de forma y de color, nos regala frutos, flores, colores y asombros, no solo oxígeno. Me siento privilegiada, y todos los días voy a pasear por el bosque, haga frío o calor. Sé que no solo yo valoro esto. También he vivido en ciudad y sé lo que es buscar un jardín, un poco de hierba para pisar y oler, un bosque, aunque sea pequeño, para poder respirar y relajar la vista. Cuando he visitado otros lugares, en mis viajes, casi siempre paseo por los parques y jardines cuando es ciudad y procuro visitar las zonas fuera de las urbes, conocer montañas o bosques. Si vais con niños, los acuarios y los jardines botánicos siempre van a ser una de las excursiones más apreciadas y recordadas. Un día vi a unas mujeres abrazando un árbol en un parque urbano y en ese momento me pareció extraño, pero pensándolo bien ¿por qué no? Ahí hay vida y abrazar la vida es maravilloso.

Cuando mis ojos vieron la preciosa portada de Botánica insólita quedaron prendados y ahora que ya soy algo más mayor y más valiente en mis lecturas, me atreví con un libro sobre botánica. La experiencia ha sido magnífica, enriquecedora y placentera. Me ha emocionado el capítulo dedicado a la hambruna de la patata y la historia del desarrollo de la semilla mejorada del arroz. Me he quedado boquiabierta con la presentación de variedades de plantas raras o peculiares, como la reina de los Andes (puya raimondii), por ejemplo, que florece solo una vez cada 80 o 100 años. O la flor del cadáver (Amorphophallus tituanum) que huele a muerto, y que es así porque los insectos que las ayudan a reproducirse son moscas de la carne, así que para las moscas, estas flores huelen que alimentan. Bueno, ahora sé que no son “unas flores” sino que son inflorescencias, que es una agrupación de muchas flores diminutas. ¿Sabíais que hay unas plantas modificadas genéticamente que podrían considerarse antiterroristas? Hablando de la modificación genética, es algo que ha surgido en varios capítulos. Este tema es algo controvertido porque hay una corriente de pensamiento o una idea bastante incrustada, de que lo que está modificado de esta manera no es bueno, no es natural, no es sano, no es correcto y José Ramón Alonso nos explica aquí que no es así necesariamente. Porque gracias a esas modificaciones y a esos estudios, se ha avanzado positivamente en muchos aspectos: control de plagas, mejora de los cultivos y mejora de productividad, por ejemplo. Por otro lado,ha quedado demostrado también, que la acción del hombre es la más mortífera para la naturaleza, pero este aspecto creo que lo tenemos claro ya todos hace tiempo aunque no hagamos casi nada para remediarlo.

El libro tiene 36 capítulos y en cada uno se habla de algo curioso sobre las plantas, desde las más grandes del planeta hasta las más minúsculas. Son capítulos cortos que van acompañados de unas ilustraciones espectaculares de Yolanda González, artista especializada en ilustrar obras científicas. La edición del libro es preciosa; es un placer pasear las manos por la portada y por sus páginas. No solo es un libro científico, es un libro de arte. Además, al final de cada uno de los capítulos hay un apartado “para leer más” con libros o sitios web recomendados para profundizar en el tema y al final del libro, un glosario. Algún capítulo he tenido que leerlo más detenidamente y despacio, pero, en general, está escrito para que se pueda entender aunque seas profano en la materia. No ha tenido que ser fácil explicar hallazgos científicos de esta magnitud, que llevan muchos años de investigación en pocas palabras y de forma que lo podamos comprender todos. José Ramón Alonso es científico y profesor, pero no solo eso; es un gran divulgador como ya nos demostró en Un esquimal en Nueva York y con otros títulos que acercan la ciencia tanto a los niños como a los adultos. También ha escrito ensayo, poesía y más. Tiene un curriculum muy extenso e interesante, de esos que te preguntas “¿pero cómo ha tenido tiempo?” o “yo de mayor quiero ser como él”.

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La historia del arte, de E.H. Gombrich

La historia del arte
La historia del arteHay varias vías por las que descubrimos un libro. A veces te lo recomienda un amigo; otras, lees una reseña en LyL que te gusta; puede ser que lo presenten en la radio o que incluso algún programa de televisión utilice sus pocos minutos de emisión cultural para hablar de un libro con el que podría ser que conectaras. Y por último, si eres muy lector, es muy frecuente que sean los mismos libros los que te llevan a otros libros.
Llegué a La historia del arte de Gombrich a través del libro Éxito de Trama Editorial. Un libro muy divertido sobre el encuentro de autores y sus manuscritos con las editoriales: errores garrafales cometidos por las editoriales, cartas de rechazo ingeniosas, autores poco críticos que se sienten incomprendidos y proyectos que, con buen olfato por parte del editor, se convierten en libros que venden más de ocho millones de copias. Este último es el caso del libro de Ernst Gombrich: una aproximación muy personal a la historia del arte, nada más y nada menos.
Textos sobre la historia del arte hay muchos, pero este de Gombrich publicado por primera vez en 1950, es el mejor que se ha escrito jamás. ¿Qué lo hace tan especial? Sin ninguna duda el autor, Gombrich, que lo escribe desde una perspectiva llena de sabiduría y de ternura.
En este libro no podemos cometer el error de pasar directamente al capítulo primero saltándonos la introducción y los prefacios a las sucesivas ediciones. Gombrich nos explica sus normas para escribirlo en las primeras páginas. La primera es que el lenguaje no puede ser excesivamente académico para no desencantar al que era su público objetivo: jóvenes que se enfrentaban por primera vez al tema. Eso no significa utilizar su jerga, ni minimizar los objetivos, ni reducir los conceptos que quiere transmitir. Significa que el lenguaje va a ser un instrumento preciso y hermoso que va a servir a su función principal, significa no asustar con cientifismos innecesarios y producir el efecto contrario al deseado, significa analizar las ideas que se pretenden transmitir y presentarlas de una manera sencilla que esté siempre al servicio del conocimiento. Como el mismo Gombrich dice, no es descender hasta los jóvenes, más bien lo contrario, ya que en el fondo ellos son los más difíciles de engañar con el lenguaje opaco que acompaña a la mayoría de las disciplinas. Esta norma no implica simplificar los conceptos o tratarlos superficialmente. Implica ir a lo esencial y no distraer. El resultado de su primera norma es un libro limpio y honesto que interesa a jóvenes y adultos, que cautiva a profesionales y a curiosos. Una ascensión hasta los jóvenes de la que todos nos beneficiamos ya que sus palabras casi 70 años después son sinceras y producto de exprimir lo fundamental.
Sus otras dos reglas tienen que ver con la selección de obras que va a presentar: tienen que ser obras de arte verdaderas y apoyadas por una mayoría. Quiere dejar de lado tanto las obras discutidas o que fueron apoyadas por sus coetáneos pero que no pasaron el cribado del tiempo, como sus preferencias personales. No quiere perder de vista el objetivo: mostrar que el arte es lo mejor de nosotros mismos y que la historia del arte nos ayuda a entenderlo. Necesariamente se van a quedar fuera obras y artistas significativos, pero esta renuncia es esencial para conseguir hacer un tratado inmejorable y que no sea demasiado extenso. Incluso cree que escoger una selección tan exquisita podría hacer aburrido el libro, ya que como él dice, los elogios son más insípidos que la censura (así que mi reseña va a ser aburridísima).
Una presentación que es toda una declaración de intenciones y que impacta por lo poco acostumbrados que estamos a que se hable del arte en términos sencillos y manejables. Te está diciendo que su pasión es contextualizar el arte en su tiempo, sí, pero que su objetivo ahora eres tú, lector. Nada hay más importante que conseguir hacerte fácil y atractivo el camino. Como un buen profesor, conocedor riguroso y enamorado de su campo de estudio, pero comprometido con el estudiante. No para contarle detalles superfluos que se le olvidarán o perderlos en marañas de tecnicismos innecesarios. Su misión es rastrear la verdad y manejarla para que su audiencia perciba su forma.
El fotógrafo Henri Cartier-Bresson dijo del libro: “Ecuación: conocimiento + contemplación; solución: Gombrich”. Mi ecuación incluiría más términos:
Conocimiento + amor + respeto + humildad + objetivo = La historia del arte, de Gombrich. Conocimiento extenso y profundo, amor por el arte, respeto por los artistas y los lectores, humildad para olvidarse de sí mismo y perseguir su objetivo: que los lectores (profanos o no, ojo, este es un libro muy querido también por artistas de todos los campos) podamos darle algo de sentido al arte utilizando el tiempo como guía.
Y es maravilloso que Gombrich sea humano (tan humano) para hacernos entender desde su mirada los vaivenes de artistas y obras a través de la historia, y nos gustaría que en algunos aspectos lo fuera menos, que fuera inmortal para que su estudio nos devolviera su visión sobre el arte que ha aparecido después de su muerte. Señor Gombrich, ¿qué motivaciones diría usted que llevan a Okalpa a pintar esos cuadros llenos de números?, ¿a qué se enfrentan los artistas en las décadas en las que ya no estaba usted para contextualizarlos en la historia y comprender sus objetivos? Que sepa que le echamos de menos.
La función principal de un libro de historia del arte es contextualizar el arte, darle sentido dentro de su particular época, es entender cuáles eran sus motivaciones, con qué herramientas se podía trabajar, qué temáticas eran las más frecuentes, qué problemas técnicos resolvieron y cuáles crearon, con qué obstáculos políticos, sociales, culturales e incluso científicos se encontraban los artistas. Dice Gombrich: “Es tarea del historiador hacer inteligible lo sucedido. Es tarea del crítico criticar lo que sucede.” Y, sin embargo, La historia del arte, no solo describe y nos ayuda a conocer, también nos ayuda a comprender.
Tratar de entender el arte es rodearse de dudas. ¿Es universal? ¿Es asequible para todo el mundo o solo para las élites que viven en él? ¿El artista siempre tiene una intención? ¿Cuál es el papel del observador en la percepción de una obra? ¿Es la técnica necesaria y/o suficiente? ¿Cómo detectar el fraude si es que lo hay? El historiador no es un crítico de arte, pero al recoger lo que ha sucedido, reflexiona sobre estas preguntas en el pasado. “…No podemos olvidar que el arte es cosa muy distinta de la ciencia. Los propósitos del artista, sus recursos técnicos, pueden desarrollarse, evolucionar, pero el arte en sí apenas puede decirse que progrese, en el sentido en que progresa la ciencia. Cada descubrimiento en una dirección crea una nueva dificultad en otra
La edición de lujo, recién publicada, es un libro de otro planeta. Una encuadernación en tela con estuche, una maquetación elegante y sobria, anexos con bibliografía detallada, tablas cronológicas y mapas de los lugares mencionados. 688 páginas y 413 maravillosas ilustraciones (en papel mate eso sí) que, algunas, se han grabado en mi memoria y que conviven codo con codo con otras imágenes impresionantes (por ejemplo, las sinapsis que establecen las neuronas con el músculo en minúsculas larvas de insectos).  Me gustaría creer que lo bello que vemos (oímos, leemos) pasa a formar parte de nuestro catálogo de vida, arraigándose en nuestras conexiones y creando un paisaje interior que nos enriquece. La última cena de Leonardo Da Vinci, el soldado muerto de La batalla de San Romano de Ucello con su fascinación por la perspectiva, la luz en El sueño de Constantino, de Piero de la Francesca, la angustia en el niño agonizante de Pobreza, de Käthe Kollwitz…   Lo bello, el encuentro, la comprensión. Este libro es, en sí mismo, aquello de lo que habla: una obra de arte. No es mi opinión, o no solo, lo dice la historia.
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Pistol: la increíble historia de Pete Maravich, de Mark Kriegel

Pistol: la increíble historia de Pete Maravich

Pistol: la increíble historia de Pete MaravichA diferencia de otros países, algunos de ellos cercanos (Reino Unido), España nunca ha sido un buen mercado para los libros de deporte en general, ni para las biografías de deportistas en particular. Tradicionalmente han sido pocos los libros de este tipo que han vendido grandes cifras, y además hemos perdido para nuestra lengua auténticos clásicos en la materia, que nunca vieron la luz en español.
Ese paradigma parece estar cambiando de la mano de algunas editoriales tradicionales (Planeta, Roca) y de otras, independientes, que están apostando de manera obstinada por el combo literatura y deporte. JC, siempre en la brecha con el baloncesto, Libros del K.O., Malpaso o Contra, de quienes ya reseñamos Gregario, son ejemplos de ello. En lo que se podría calificar casi como un salto mortal sin red con los ojos cerrados, estos últimos se han atrevido con una figura poco conocida en España pero decisiva en la evolución del deporte de la canasta en Estados Unidos: “Pistol” Pete Maravich.
Cuesta imaginar que hordas de fans ansiosos se vayan a abalanzar sobre pilas gigantescas de esta obra en la FNAC, así que de inicio no cabe más que quitarse el sombrero. Edición de calidad y llamativa, traducción acertada (alguna errata, eso sí), maravilloso cuadernillo de fotos. Más allá del trabajo editorial, lo primero a destacar sobre el texto es que se lee prácticamente como una novela, aunque de un género difícil de definir. Puede considerarse una saga familiar, que comienza en los años veinte con Press Maravich, el padre de Pete, y llega hasta el umbral de nuestros tiempos con su hijo; es un bildungsroman en el que seguimos los tortuosos años de formación de Pete, a la sombra del autoritario Press, y su consagración como un baloncestista mítico; cumple los patrones, por último, del viaje del héroe, dado que también nos hace testigos de la caída al abismo del mito y su expiación posterior.
La historia de los Maravich es la de un amor obsesivo por el baloncesto, excesivo, enfermizo. Press Maravich, el padre, de origen serbio, ve en el juego creado poco antes por Naismith la manera de escapar al cielo anaranjado y al infierno de la industria del acero de Aliquippa, su ciudad natal. No lo consigue él mismo, aunque se convierte en un jugador notable en la segunda parte de la década de los cuarenta. Pero pasa a la historia por su empeño, en parte cumplido, por crear al mejor jugador de todos los tiempos, el primero en llegar a firmar un contrato de un millón de dólares: “Pistol” Pete Maravich.
El joven Pete navega deportivamente en un tiempo en el que el juego se estaba todavía soltando, donde aún se conservaba la noción de “show” al estilo de los Globetrotters y sus ligas profesionales (ABA y NBA) estaban en pañales en comparación con otros grandes deportes, como el béisbol o el football. Sin embargo, de su mano y con la inestimable ayuda de la televisión, la NBA establecería los cimientos del espectáculo que vería el siguiente escalón en su desarrollo exponencial con la llegada del Showtime a principio de los ochenta. Maravich, nada excepcional desde el punto de vista físico, el último malabarista y a la vez, casi sin ser consciente de ello, el primer practicante del run and gun.
En lo social, los quince años de carrera de Maravich hijo abarcan una de las épocas más turbulentas de la problemática racial en Estados Unidos. Algo que hace mella en un deporte en el que los jugadores negros comenzaban a imponerse, y donde el papel destacado de Pete como la gran “esperanza blanca” le depararía problemas constantes. Aunque no se convertiría en su mayor quebradero de cabeza. La bebida lo sería en unas épocas, en otras los problemas familiares, las lesiones y sobre todo la depresión provocada por su frustración constante. Fuera del baloncesto, todo parecía ser un desastre para Maravich; dentro, nada resultaba suficiente, siempre había un pase fallado que lo atormentaba, un tiro errado que se convertía en una noche sin dormir o en una borrachera impresionante.
Mark Kriegel, periodista y escritor, es quien convierte todo este material en algo más de trescientas cincuenta páginas de texto. Una ventaja, ya que no se trata de un encargo o una autobiografía disfrazada y se evita el sesgo hagiográfico. Kriegel no duda en criticar a Press y Pete Maravich, siempre siguiendo los testimonios de aquellos que se encontraban más cerca en cada momento. Porque su documentación es apabullante. No sería exagerado decir que cita varios centenares de fuentes, entre testimonios directos, prensa de la época y declaraciones de expertos. Quizá en este sentido cabría ponerle ciertos reparos a Kriegel, que agranda el texto con algunas citas que aportan poco o nada, y que hace desfilar a tantos personajes que uno acaba, en ocasiones, por perder de vista quién está diciendo qué y su importancia en el relato.
Más allá de esto, el libro es absorbente, completo y fácil de leer sin resultar simple. No cruzará la línea que separa las buenas obras del género de las grandes obras de la Literatura, en mayúsculas, pero es bastante recomendable para fans del baloncesto, obviamente, y también para aquellos que quieran leer sobre segregación racial o los que adoren las historias de ídolos con pies de barro.

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Pensar y no caer, de Ramón Andrés

Pensar y no caer

Pensar y no caer«Pensar y no caer significa pensar y no cejar, perseverar en la pregunta, no consolidarse, no quedarse ahí, no abonar lo estático, no poner el oído a la tonalidad de la complacencia, no darse por concluido, porque nunca se llega a ser». Esta es la definición que da el propio Ramón Andrés al título de su obra. Si no fuera por ella, que se encuentra casi al final del libro, me hubiera sido inevitable pensar y convencerme de que una condición intrínseca de pensar es caer. Como aquella caída que entonaba el poeta José Ángel Valente que era una ascensión a lo hondo, no puedo concebir el ejercicio del pensar sin suponerlo una caída a nuestro pozo interior, a esos interiores ahumados de los que hablaba Galdós. 

Ramón Andrés interpreta la caída, sin embargo, como detención del pensamiento, no como avance hacia abajo; como parada. Probablemente es por ello que el pensador navarro busque a través de su estilo familiar a la vez que erudito e hiperreferencial enganchar a un lector que el propio escritor sabe que quiere pensar con él. Vamos a pensar con él, por él, e incluso hay veces que parece que haya conseguido que pensemos para él. Pensar y no caer está hecho de ensayos y, ¿cuál es el objetivo principal de un ensayo si no es hacer pensar tanto a escritor como a lector?

En efecto, Pensar y no caer (Acantilado) son diez ensayos en los que cada uno prende su mecha a partir de una obra artística – ya sea un poema, una partitura o una película -. Andrés pone tal obra junto al título de cada ensayo y a partir de ahí se explaya. Como el primer empujón a un niño que quiere aprender a montar en bicicleta, esa pieza artística que el autor escoge es el destello, el estallido, la primera inercia de un texto que vendrá. Y que viene.

Ramón Andrés empieza hablándonos del pan y de la historia del hambre hasta nuestros días con sentencias cargadas de crítica social; sigue con el cuerpo y con la función terapéutica que se le ha querido dar en ciertos momentos y en ciertos ámbitos de la historia y de la sociedad al arte; pasa por la narración del momento en que Dostoievski lloró al leer a Hegel por sentirse extranjero en cualquier tierra, por verse parte de lo que en su día María Zambrano llamó el “no lugar”; vemos al ser humano animalizándose a lo largo de la historia; recorremos la caída de Europa mientras suena «la música de un derribo»; se nos muestra el ansia de individualismo en un mundo circense donde la diferencia también es una forma de igualdad; llegamos al mejor ensayo para cualquier amante de la lectura y escritura – si estas pueden separarse – con un recorrido por la historia de estas y los porqués de nuestro atracción a ellas; transitamos por la calumnia; también por la muerte; y acabamos con un paseo al lado de la trágica vida de Nietszche de la mano de la película El caballo de Turín, de Béla Tarr.

No sé si por mí, por el momento de las primeras páginas o por el libro mismo, debo reconocer que el inicio – aunque el primer ensayo es conmovedor – se me hizo cuesta arriba. Pero seguí avanzando y acabé encontrándome con ese séptimo ensayo que me hizo ver algo así como que el camino recorrido con la lectura de este libro era parecido al del pensamiento: pequeños destellos en un mundo de oscuridad. Uno de esos destellos es el ensayo del que hablo – «La escritura, la Tierra» -, una de esas partes de libros – seguro que os ha pasado alguna vez – que dan la sensación de estar hechas de espejos en vez de hechas de papel. Te reflejas en ellas como si hubieran arrancado una parte sensible de ti y la hubieran colocado en un libro al alcance de todo el mundo. Leer es muchas veces compartir tu intimidad, aunque lo que leas no lleve tu firma. Y ese es el secreto de Ramón Andrés – que ni él sabe -: haber robado una parte de alguien que a partir de ahora va a ser un nuevo seguidor suyo. Yo.

El libro avanza, quedan tres ensayos, y nos va a hablar de la calumnia primero, de la muerte después y de la nada al final. Sobre todo hay que leer ese final. ¿Mejor forma de acabar? Imposible.

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