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La línea del tiempo, de Peter Goes

La línea del tiempo

La línea del tiempoMi padre era un apasionado de la lectura y de la historia, así que por mi casa siempre hemos tenido un montón de libros y revistas de esta temática. Le recuerdo siempre con un libro bajo el brazo o sentado en su sillón leyendo alguna novela histórica. De hecho, creo que en los últimos años casi lo único que leía era este género. Sabía mucho al respecto, como podéis imaginar. Alguna que otra vez tuvo que resolverme dudas cuando estaba en el instituto y tenía exámenes de historia. Y es que, a pesar de todo lo que os he dicho, la asignatura de historia nunca ha sido mi fuerte. No sé cuál es el motivo, porque en realidad era una asignatura de esas de empollar y a mí lo de estudiar nunca se me ha dado mal. No voy a echarles la culpa a los profesores, ni siquiera a aquella profesora que tuvimos durante un año y a la que llamábamos “La Pepi” porque repetía muchas veces cuando explicaba la palabra impepinable.

El caso es que como siempre he llevado la asignatura sin pena ni gloria me da mucha rabia no saber ciertas cosas, porque me parece realmente interesante. También me da vergüenza que un día me pare Carlos Sobera por la calle y no pueda yo llevarme los millones porque la pregunta sea sobre historia, para qué os voy a engañar. Así que he intentado en estos años suplir mis carencias estudiantiles con la lectura histórica. Obligándome en ocasiones, lo confieso.

Cuando supe de la publicación de La línea del tiempo me emocioné mucho (soy así de fácil de contentar). Me encantan los libros ilustrados y me encanta aprender sobre historia: este libro está hecho para mí. Vale que la editorial Maeva lo haya publicado en su línea Young y que me pille quizás algo lejos la adolescencia, pero os prometo que el libro es una maravilla que puede gustar tanto a los jovencitos como a los no tan jovencitos. Y es que cuando un libro de este tipo está bien hecho es un disfrute para todas las edades.

Como no podía ser de otra forma, este libro arranca con el Big Bang y llega hasta el año 2015.  Toda nuestra historia concentrada en unas pocas de páginas. Impresionante.

Cada periodo de la historia es una línea del tiempo ilustrada maravillosamente. El ilustrador belga Peter Goes es el autor de las geniales ilustraciones. Me recuerdan a aquellos libros de ¿Dónde está Wally? que podías pasarte horas mirando no sólo para encontrar al dichoso Wally, sino por todos los detalles que había en cada página. No es que se parezcan artísticamente hablando, pero las ilustraciones de Peter Goes tienen tantos detalles que en cada página puedes pasar un buen rato perdiéndote en  los dibujos. (Y si lo acompañas de una taza de café, puedes echar la tarde tranquilamente). Su estilo, sus colores y sus trazos son muy característicos. Creo que después de este libro sabré reconocer una ilustración suya a primera vista.

Como os decía, toda nuestra historia está genialmente concentrada en este libro. Cada periodo cuenta con una breve presentación de la época y lo que sucedió en ella en términos más generales. En las ilustraciones, las verdaderas líneas del tiempo que abarcan casi toda la página, encontramos pequeños textos y apuntes sobre hechos y personajes de ese momento. Explicado así quizá no os hacéis una idea, por eso, si realmente os interesa, tenéis que tener este libro. No os vais a arrepentir, os lo prometo.

Es cierto que no es un libro para aprender historia, al menos para los adultos, porque se supone que son cosas que ya hemos estudiado, que debemos saber o que incluso hemos vivido. Aunque confieso que hay tantas anotaciones en las ilustraciones que hay datos que yo no sabía. Para los jóvenes me parece un libro esencial por su original manera de presentar la historia. Yo voy a regalárselo a mi sobrino que va a cumplir once años y estoy segura de que le gustará y le ayudará a aprender. Para los adultos La línea del tiempo es un libro realmente original e interesante con el que entretenerse y disfrutar.

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SPQR, de Mary Beard

SPQR

SPQRInnovar a la hora de escribir sobre la historia de Roma no parece una tarea fácil teniendo en cuenta todo lo que se ha escrito acerca de aquella pequeña aldea que llegó a convertirse en la dueña del mundo; atrapar a un lector que ya ha leído sobre su mítica fundación, sus Reyes, su época republicana o sus grandes emperadores, ciertamente no parece algo sencillo. Podríamos afirmar, sin ponernos colorados, que, sobre Roma, todo está dicho. ¿O no? Puede que todo ya esté dicho, es verdad, sobre todo si escuchamos y leemos a aquellos autores que no salen de la rueda de lo oficialmente dictado, si continuamos buscando respuestas diferentes en autores que se aferran a la manía de preguntarse lo ya preguntado, si pasan ante nosotros aquellas páginas que insisten en no cuestionarse nada y dar por sentado que Nerón tocaba la lira mientras Roma ardía…

Por suerte existen escritores que, teniendo la posibilidad de hacerla fácil y seguir ganando dinero contando historias ya contadas, deciden publicar libros que optan por cuestionar todo aquello que muchos dan por seguro.

Mary Beard, catedrática de Clásicas en el Newnham College, Cambridge, editora en The Times Literary Supplement y miembro de la Academia Británica y de la Academia Americana de Artes y Ciencias, además de la flamante ganadora del Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales, es un claro ejemplo de escritora disconforme con la verdad recibida y en SPQR (Senātus Populusque Rōmānus) así lo demuestra.

Si bien es verdad que su libro se adapta a la tradicional estructura cronológica a la hora de contar la historia romana, desde sus inicios hasta el día en que el emperador Caracalla decide otorgar la ciudadanía romana a todos los habitantes del Imperio, esa es la única parte del libro en el que la autora sigue la línea general, ya que SPQR decide centrar su atención en los olvidados de la historia: los esclavos, las mujeres, los campesinos… pero también en el estado romano en sí, en cómo los romanos se pensaban a sí mismo, en cómo eran vistos por los otros, en cómo resolvían sus problemas o en cómo imaginaban el mundo en el que vivían… sin dejar de resaltar un punto clave: la historia de Roma es la que nos contaron los ganadores, los poderosos, la élite, aquellos que lograron borrar las huellas de todo lo que no debía saberse en el futuro, aquellos que, como hoy, intentan que la verdad oficial triunfe y el futuro crea que invaden países por afán de democracia, cuando, como pensaban los britanos de aquellos romanos, «crean desolación y lo llaman paz».

Así es como, a lo largo de más de 600 páginas que se leen de un tirón, Mary Beard nos cuenta la historia romana sin dejar de cuestionar todo, incluso lo que damos por sentado: ¿fue tan malo Calígula y tan bueno Claudio? ¿Roma atacaba e invadía países débiles o formaba parte de un mundo en el que todos eran violentos y poderosos? ¿Era Grecia la culta y democrática y Roma la hermana bruta? ¿Y qué tal si tanto la fundación como la historia de los reyes romanos, desde Rómulo hasta Tarquinio el Soberbio, fuese todo un invento?

Particularmente, esperaba encontrarme con más información sobre el gobierno de Trajano (el emperador romano que más me apasiona) y en principio me sorprendí con las “pocas” páginas que la autora le dedica a los famosos emperadores, pero, como vengo comentando, esa pequeña desilusión dejó de ser un problema cuando comprendí que en SPQR se hablaría de todo, sí, pero profundizando en aquellos lugares menos analizados. Hoy puedo decir que sé mucho más sobre la historia romana, pero sobre todo de aquellas partes de su historia menos conocidas.

Dice por ahí un tópico que todos los caminos conducen a Roma. SPQR también conduce a Roma, pero por un camino alternativo que vale la pena transitar.

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Parque Gorki, de Martin Cruz Smith

Parque Gorki

Parque GorkiLos buenos libros, además de las cualidades que le son propias a cada uno de ellos, tienen en común una gran virtud: despiertan la curiosidad por otros buenos libros. En este caso, la lectura de El niño 44 me inspiró el deseo y la necesidad (cualquier bibliófilo entiende este término) de leer Parque Gorki, libro que algunos críticos señalaban como anterior a aquel otro en una misma línea temática, vocacional -de denuncia- y cualitativa. Ahora, acabada ya su lectura, queda claro para mí que Parque Gorki es un perfecto ejemplo y demostración de algo que los lectores vocacionales saben muy bien: cualquier libro puede ser eso que se llama alta literatura. Cualquier libro -sí, hasta los vituperados e injustamente criticados superventas, thrillers y novelas policíacas– puede ensanchar los horizontes de aquel que, despojándose de prejuicios y  de creencias ignorantes tomadas en préstamo sin ponerlas en tela de juicio, les dé una oportunidad; puede ayudar a abrir nuestro foco mental; puede proporcionarnos conocimiento sobre el alma humana; puede asombrarnos; puede obligarnos a ejercitar nuestra mente en modos y maneras desacostumbrados y estimulantes.

Parque Gorki aúna varios niveles de lectura, interpretación y disfrute. A un nivel superficial, narra la aventura del investigador moscovita Arkady Renko, tan brillante en su profesión como desafortunado -o desacertado- en el escalafón social y político, donde no ha sabido reinvertir bien su talento ni sacarle réditos como aquellos de los que disfrutan otros ejemplares miembros del Partido Comunista. Renko se hace inmediatamente simpático, tal vez porque es el antihéroe noble arquetípico, como iremos comprobando a medida que transcurra la lectura. Renko debe encargarse de un triple asesinato cometido en el emblemático parque Gorki. La investigación pronto lo conducirá por los derroteros no sólo del crimen y de un horrible asesinato con desprecio total por la vida y la dignidad humanas, sino de la corrupción, la podredumbre orgánica del aparato del estado soviético y de todas sus instituciones, la deslealtad y las pasiones más bajas que puede alentar el alma humana. A medida que se enfrenta a situaciones cada vez más desafiantes y reveladoras, Renko se irá dejando la piel, desnudando para el lector su espíritu totalmente noble, totalmente entregado, totalmente leal y trágicamente inocente, a pesar de todo.

En los tardíos 80, la Unión Soviética ya era un gigante herido de muerte; atendiendo a esta lectura, Parque Gorki es su acta de defunción, o, más precisamente, el informe de su autopsia. La tesis final de Martin Cruz Smith es clara, y el autor no nos la regatea. La ambientación del triple asesinato de tres jóvenes en el parque Gorki es toda una declaración de intenciones. Dado que

[l]a ciudad contaba con parques más grandes donde dejar cadáveres: Izmailovo, Dzerzhinsky, Sokolniki. El Parque Gorki tenía sólo dos kilómetros de largo y menos de un kilómetro en su punto más ancho. Sin embargo, era el primer parque de la Revolución, el parque favorito. Hacia el sur, su extremo angosto llegaba casi hasta la universidad; hacia el norte, sólo una curva del río impedía tener una vista del Kremlin. Era el sitio al que todos acudían: los empleados de oficina, a comer su almuerzo; las abuelas, a pasear a los bebés; los novios, para verse. Había una noria, fuentes, teatros infantiles, caminillos y pabellones ocultos en el terreno. En invierno había cuatro campos y pistas de patinaje.

Colocar tres cadáveres mutilados, despellejados y cosidos a balazos, en el jardín del amor, la belleza y la diversión soviéticos constituye una metáfora tan eficaz como cualquiera otra, pero, por supuesto, el alegato de Parque Gorki va muchísimo más allá.

El desmoronamiento de la URSS sólo terminó cuando todos los libros de historia y todos los noticiarios lo dijeron; había empezado mucho antes, dice Martin Cruz Smith en Parque Gorki, y la defunción se produjo por una larga enfermedad totalmente endógena y de causas tan humanas como prevenibles en su origen, sólo que fuera de control ya a estas alturas. Parque Gorki radiografía la sociedad, la clase política, el poder establecido y el poder en la sombra, la verdad de la vida y la supervivencia en el supuesto paraíso de los trabajadores y en su corazón, Moscú, con una veracidad y una crueldad poco comparables con cualquier otra novela e, incluso o sobre todo, con cualquier aséptico libro de historia contemporánea. La precaria situación de los verdaderos trabajadores; los océanos de diferencia entre un moscovita y otro ruso cualquiera y entre un ruso cualquiera y un armenio, un uzbeco, un lituano o un ucraniano;  la tozuda realidad del crimen rampante, burdamente ocultada bajo una capa de palabrería propagandística; la proliferación de los nuevos aristócratas y millonarios venidos a más al calor de la corrupción, la burocracia, el complicado aparato institucional, el robo, los juegos de poder, el chantaje y el enchufismo… son sólo algunos de los cuadros poco menos que dantescos que Martin Cruz Smith nos da a conocer a través de las vicisitudes de sus personajes.

Y esa tragedia, la de un estado y un proyecto utópico que fracasaron porque la naturaleza humana no está a la altura de esa utopía, no podía tener un héroe más apropiado y más admirable que Arkady Renko, un investigador soviético, un miembro del Partido que debe aguantar los reproches de su mujer por no haber aprovechado su posición para escalar hasta la élite, un hijo casi repudiado por su padre por razones muy parecidas, y un detective que lo es porque ama la verdad y la perseguirá a costa de echar todo lo demás por la borda. Renko es un personaje de talla insuperable, casi mitológica; es un idealista melancólico, porque sabe que su lucha está condenada al fracaso ya que es, además, un idealista realista que sabe contra qué y quiénes se la juega; y ese conocimiento irá creciendo a medida que sus enemigos vayan mostrando sus cartas.  Y, sin embargo, en la misma proporción en que Arkady va desnudando la cruda realidad y perdiendo así todo lo que hace que el mundo lo tenga aún en cierta estima, va ganando en dimensión heroica y va ganándose así nuestro corazón.

Parque Gorki es, además de ese informe de autopsia que hemos descrito brevemente, un thriller palpitante y emocionante, escrito en Estados Unidos pero ambientado en la URSS, protagonizado por soviéticos y visto desde su lado de la barrera, cosa harto exótica en la época en que se publicó por primera vez. Pero su originalidad mayor radica en su capacidad para despojar el crimen -novelado o real, ¿acaso hay alguna diferencia?- de su halo épico, de su aparente complejidad, para mostrarlo tal como es en realidad: un acto malvado inspirado por una cualquiera de las más bajas pasiones del ser humano. Nada menos y nada más. Una vez eliminadas las aparentes capas que envuelven el hecho criminal y lo convierten en algo aparentemente muy intrincado, difícil de desentrañar y de comprender, Parque Gorki nos lo muestra en toda su deprimente desnudez. A diferencia de la mayoría de thrillers, que parten de un hecho horrendo pero muy simple para acabar con una explicación complicada y heterogénea, muy alejada de la vida cotidiana de cualquier lector normal, Parque Gorki hace lo contrario: nos sitúa -muy hábilmente – en un contexto harto complejo, de peliagudas relaciones internacionales, secretos gubernamentales, tejemanejes de agencias de inteligencia estatales, espionaje y contraespionaje, discursos y diálogos casi cifrados para salvaguardar el propio pellejo, etc., para acabar recordándonos, una vez más, que el asesinato, el peor de los crímenes, es algo terriblemente banal.

Deslumbra asimismo y merece comentario aparte la arquitectura de Parque Gorki. La novela está dividida en varias partes y transcurre en dos escenarios principales, y cada bloque tiene su propio misterio, sus propios trucos y su propio ritmo, que se torna vertiginoso en el bloque final. Sin embargo, por encima aun de esas divisiones, destaca el hecho de que la organización de la novela imita y refleja lo que le sucede a nuestro protagonista, Arkady Renko, en su relación con sus enemigos. Y es que Parque Gorki es, en realidad, la descripción de una lucha entre opuestos que, por serlo, se necesitan mutuamente y se definen merced a la existencia del otro, en una lucha antagónica que no necesita casi de más argumentos externos para seguir adelante hasta el final. Y la propia estructura de la novela reproduce ese juego de espejos, pues el final no es más que el reflejo del inicio, aunque un reflejo perfeccionado, pues pocas veces he tenido el placer de leer un colofón tan hermoso, tan perfecto y tan significativo como el que corona esta excepcional novela, cuya brillantez en ningún momento queda deslucida por las ocasionales incorrecciones y desajustes de traducción, en algunos casos más molestos que en otros.

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La época de las catedrales (Arte y sociedad, 980-1420), de Georges Duby

La época de las catedrales

La época de las catedrales

Quien piense que la sucesión de acontecimientos de los que se compone la historia, pudiera haber sido provocada por el azar, o por hechos que rompen la lógica del sistema causa-efecto, no tienen más que leer libros como este de Georges Duby para comprender que nada está creado por la casualidad; ver que un comportamiento, una construcción, una razón, una guerra, una decisión real, un acontecimiento dado, siempre tiene una causa última concreta, definida, que, en este ensayo, Duby nos muestra separándola de la multitud de probables y de las erróneas.

Pero más allá de un libro sobre arte, política, religión, sociedad o demografía, es un recorrido por las mentes de las personas que habitaron aquellos tiempos y aquellas tierras (Francia e Italia especialmente). Más allá de que el libro aporte fechas o cite acontecimientos y nombres, en realidad es un análisis de la sucesión de ideas y hechos que hicieron que la Edad Media evolucionara, que aquellos tiempos y comportamientos  fueran como fueron.

Duby habla en sus textos sobre casi toda Europa, desde el norte y centro, hasta el sur español o las islas británicas, pero sobre todo tiene dos centros concretos a estudiar, ambos capitales para el movimiento cultural, económico y de las ideas de la época. Uno será Francia -entendido con la amplitud del imperio carolingio- y el otro la península itálica. En el primero, Francia, describe todo el movimiento político, social, religioso y artístico que apareció desde la Alta Edad Media, en las que el Imperio de Carlomagno, y sus sucesores, se apoyaron en un poder dirigido desde la distancia, en el que los duques y los obispos eran la representación territorial de su autoridad. Todo lo que le ocurre posteriormente se sucede con una lógica aplastante: la caída de la influencia real del Imperio Carolingio -Capetos- provoca en sus ducados la aparición de los feudos, pequeños reinos en manos de nobleza local. Con ellos comenzará la disminución del poder del episcopado en favor de las órdenes monacales, en especial la Orden de Cluny y más tarde la del Cister. A través de ambas nacerán y crecerán el Románico y el Gótico. Entrada la Baja Edad Media, debido al crecimiento económico, el poder volverá a la ciudades, y es en ellas donde se alzarán las catedrales. La expansión demográfica, generada por ese desarrollo, provocará un exceso de población, y con él las hambrunas y la peste que harán retroceder la demografía y la economía. Por ese motivo se eliminará el impulso de crecimiento y se convertirá en un movimiento, como mucho, pausado hasta bien entrado el siglo XVI. En Italia -denominándola así para encuadrarla  geográficamente en la actualidad- la historia estará regida por otros condicionantes: el poder papal, el del Emperador germano y la influencia del imperio Bizantino. Todo esto crea una región muy compartimentada políticamente y en la que la evolución es diferente a la Franca. Por este motivo, generará movimientos sociales, políticos y artísticos, propios, y desembocará en el poder de las ciudades-estado de origen comercial, como Venecia, Pisa o Florencia. Roma será, en cambio, centro de luchas, anhelos, guerras y actividades destinadas a, por un lado, retener o recordar el poder del Imperio Romano, y, por otro lado, defender y expandir el Trono de Pedro y su influencia en el mundo Cristiano.

Todo ese marco político, demográfico o económico, es apenas una parte del camino que recorremos buscando la génesis de las catedrales como expresión no sólo de la espiritualidad de aquel momento y tiempo, sino como enseñas del avance económico, cultural, artístico, científico y religioso de cada época. Ellas eran exaltaciones del poder divino que comenzó en el Románico como una representación del Cristo – del Patoncrátor,- como Juez, como Príncipe que decide en el Fin del Mundo; para pasar en el Gótico a la imagen de Cristo como expresión del maestro que enseña y muestra el camino al mundo, y que lo rige con su sabiduría; y acaba en los siglos finales de la Edad Media, como el Cristo que ha bajado a la tierra, y que se movió junto a sus seguidores por este mundo, y así siguió siendo un Dios humano. No será esta evolución un reflejo inútil y sin importancia de un hecho residual, no. Es el reflejo de la trasformación y el crecimiento del pensamiento no solo religioso, sino también de las propias ideas; de la filosofía, de la ciencia, de las creencias que, incluso deja su legado en la actualidad.

Es imposible describir todo lo que aparece en “La época de las catedrales”, es imposible unir en pocas palabras los términos cruzados, los hechos paralelos, los ejemplos que confluyen, las circunstancias que atañen a cada momento, que en este libro aparecen para crear una autentica y fascinante historia sobre un pueblo que trabajaba y moría en la mismo sitio -y en pocos años-; esa porción mayoritaria de las sociedad que aportaba beneficio y riqueza a la nobleza y a la Iglesia, que la gastaba en lujos, la invertía en arte, liturgia o mecenazgo; o la empleaba en diezmos, limosnas o en gastos suntuarios. Aparecerá una burguesía, de la que pronto se distinguirán y se separarán grandes comerciantes o banqueros prestamistas, al servicio de aquella riqueza nacida de la multitud de campesinos pobres. Dinero que también permitirá el surgimiento de pensadores,  de arquitectos, de escultores, de literatos, de teólogos o de filósofos  ( Tomás de Aquino, Ockam. Scoto..); así como el crecimiento de toda una clase de Caballeros que pululan por la campiña y la vida de aquellos tiempos.

Resulta claro, siguiendo los escritos de Duby, seguir todos los atajos o rodeos que hicieron de la cultura y la religión lo que fueron, y así encontrar las cosas que las unieron, la razón por la que se acompañaron durante siglos, deudoras una de la otra. Resulta hermoso ir viendo la visión que aparece en el libro de las necesidades religiosas que provocaron la aparición de los hechos artísticos, como el de la propias catedrales. Duby muestra el origen inmaterial de alguna de las formas que adoptaron las catedrales, persiguiendo el vano, o las alturas o la luz, en busca no de un resultado arquitectónico o una razón únicamente bella, sino que en la expresión de un significado teológico o litúrgico en las formas y en las edificaciones. Resulta claro, también, descubrir a través de estos escritos, la evolución de la figura de la Virgen como modelo cristiano a seguir, y compararlo con el progreso de la presencia de la mujer en la sociedad de aquella época -en lo cultural, en lo social o en el reflejo de la vida diaria-. Esa trasformación aparece, distinta, en la perdida de poder de la Iglesia -en parte por la aparición de herejías, en parte por el surgimiento de nuevas formas de expresión religiosa, como la de San Francisco, o los mendicantes- que conlleva el florecimiento de nuevas formas sociales, o artísticas alejadas de la religión, o, como mucho, paralelas a ella, puesto que aún habiendo nacido dentro de las representaciones de la Fe, se van desligando para crear temas y estilos profanos, sea en el teatro, la literatura, la pintura o en la escultura.

Todas estas personas, ideas, construcciones, guerras, herejías, basamentos, teologías, libros, esculturas… se van cosiendo entre ellas a través de las letras de Duby, que crea algo similar a un entramado de canales que se unen, se separan, se parasitan, se alimentan, se desaguan, se pierden en la nada, y que al final, la suma de todos esos elementos, crean un río único; resultado inseparable de lo que sucedido en su recorrido. La descripción de ese itinerario, con palabras y hecho exactos, es lo que da valor a este libro.

La época de las catedrales” es un texto para lectores apasionados por la historia, por el arte, la evolución del pensamiento y de la religión de la época medieval . Por lo tanto es un libro para el cual debes de tener conocimientos, aunque sea básicos, de esos temas. Y que no solo profundiza en ellos, sino que lo hace con una discurso ameno, distintivo y docto como pocos.

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De noche, bajo el puente de piedra, de Leo Perutz

De noche, bajo el puente de piedra

De noche, bajo el puente de piedraCuando una amiga supo que me iba a leer este libro, me dijo que para ella había sido una de las lecturas más deliciosas de su vida. Usamos esa palabra normalmente para referirnos a comida, pero si miramos en el diccionario pone lo siguiente: delicioso/sa: muy agradable o ameno, placentero. Hay muchas cosas en la vida que nos resultan agradables, que nos causan placer, que resultan muy amenas y un libro, efectivamente, puede proporcionar todo eso. En ese momento me resultó algo chocante que usase el calificativo “delicioso” para referirse a un libro, pero estoy de acuerdo con ella en que algunas lecturas son auténticas delicias, pequeños bocados de placer, como un bombón, por ejemplo.

De noche, bajo el puente de piedra es una caja llena de exquisiteces. Es un compendio de relatos aparentemente inconexos pero que dan lugar a una novela. Te sumerge en la Praga de finales del siglo XVI y principios del XVII de la mano del emperador Rodolfo II, excéntrico, desconfiado, enamorado de las artes, católico fervoroso pero que subvencionó a cuanto alquimista y charlatán se tropezaba. O te lleva de recorrido por el barrio judío con las indicaciones del gran rabino, que no solo era un religioso, sino que ejercía de mago, vidente y místico. O te sorprende con la increíble historia de las riquezas del judío Mordejai Meisl, sus comienzos, su crecimiento y el destino de sus tesoros. No es una visión panorámica, sino una sucesión de versiones, en algunas avanzas, en otras retrocedes y vas aclarando muchas dudas que surgen durante las diferentes narraciones. Cuando acabas el libro, se resuelve el rompecabezas, se cierra el círculo.

Una lectura deliciosa, efectivamente, pura poesía en muchos pasajes:

“… Mi día son voces y sombras que me circundan. Paso por él como quien atraviesa la niebla, y no me encuentro a gusto en él, no es real, es mentira…”

Otras partes derrochan ironía, sentido del humor y guiños como:

“… No doy crédito a los comentarios de desconocidos. Un sordo escuchó que un mudo contaba que un ciego vio bailar a un cojo en una cuerda…”

Hay declaraciones de principios que creo que tienen mucho que ver con el carácter y pensamientos del autor:

“… Para mí, más importante que cualquier astro es la naturaleza y el carácter de los hombres, su genio y el raciocinio de su alma…”

Tengo el libro lleno de asteriscos y rayitas, cosa que no hago nunca, pero es que da para sacar frases o párrafos para llenar varias hojas. Sentimientos y pensamientos atemporales y extensibles a cualquiera.

De noche, bajo el puente de piedra se puede clasificar de varias maneras: es una novela histórica, pero contada desde lo cotidiano, desde lo pequeño. También es una novela romántica, porque hay una historia de amor preciosamente descrita y materializada en la relación de la flor del romero y la rosa roja. Tiene un punto de misterio e intriga. Podría clasificarse como realismo mágico por la naturalidad con la que nos mezcla lo real y lo fantástico. Lo irreal forma parte del día a día, como suele ocurrir en las leyendas o cuentos de tradición oral. El punto de humor e ironía típicos también en los cuentos antiguos, de esos con retranca y moraleja, podrían ponerla del lado de la comedia. Hay cuentos que se podrían llevar perfectamente al escenario de un teatro. O sea, que puede ser y es, un montón de cosas. He leído que el crítico Fiedrich Torberg definió las novelas de Leo Perutz como “el posible resultado de una unión ilícita de Franz Kafka con Agatha Christie” y me parece que es una acertada definición.

Leo Perutz tiene una biografía muy interesante, nació en Praga, pero su familia era austriaca y con antepasados sefardíes. Vivió en diferentes ciudades europeas y en Palestina durante la primera mitad del siglo XX y a parte de escribir cuentos, novelas fundamentalmente históricas e incluso teatro, su otra profesión eran las matemáticas. Me hubiera gustado conocerle y poder charlar con él durante unas horas. Estoy segura de que no dejaba indiferente a nadie.

No quiero acabar esta reseña sin mencionar el magnífico trabajo de traducción de Cristina García Ohlrich, porque no tiene que ser fácil tener entre manos una obra de arte de este calibre y saber transmitir toda esa magia.

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Breve historia de los celtas, de Manuel Velasco

Breve historia de los celtas

Breve historia de los celtasQuién no ha oído hablar del rey Arturo o del druidismo. Quién no ha visto a algún conocido llevar un colgante en forma de triskel o escuchado alguna canción de gaitas. Muchos han sido los pueblos que han poblado los mares de la Historia; algunos crearon civilizaciones milenarias y otros edificaron grandes imperios, pero… muchos de éstos fueron cayendo en la obscuridad del pasado. Sin embargo, hubo otros cuyo eco ha pervivido más allá de sus limites temporales: por ejemplo, los celtas. Y todos sabemos que lo celta está de moda.

Coincidiendo con este renovado interés, Manuel Velasco vuelve a embarcarse en una nueva entrega de la colección “Breve historia de…”. Tras realizar Breve historia de los vikingos en el 2012, ahora llega con la ampliación de Breve historia de los celtas, obra publicada originalmente en el 2005.

En palabras del autor, el pueblo celta fue un conjunto “de tribus con intereses comunes y que, hasta cierto punto, compartían una identidad cultural y religiosa” -una muy buena y sintética definición-. Surgidos a orillas del lago Hallstatt (actual Austria) hacia el siglo VIII a. C., los celtas se expandieron por toda Europa, tanto hacia el oeste como hacia el este. Irradiando su cultura a los pueblos con los que se iban encontrando, creando mezclas y aumentando las diferencias que había entre ellos. Su legado, lo que el autor denomina “celticidad”, todavía pervive con mayor o menor brío según territorio, a pesar de los siglos y siglos de aniquilación cultural que vino primero de la mano del pueblo romano y, después, de la mano del cristianismo. Por eso, este libro tiene el objetivo de hacer una breve exposición de lo que queda de ese sustrato histórico.

La obra sigue la linea de otros números anteriores de la colección, como por ejemplo Breve historia de los piratas o Breve historia de la Revolución Rusa. En este caso, la obra se compone de cuatro grandes apartados: el primero se centra en la historia y la decadente evolución del pueblo celta contra el Imperio Romano (poniendo énfasis sobre todo en tres territorios concretos: la península Ibérica, la Galia y Britannia), así como la vida cotidiana a través de la festividades principales que vivieron los celtas (en este caso únicamente en Irlanda, ya que ha sido el territorio donde mayor se han conservado las tradiciones así como la información, al ser el único bastión no romanizado). El segundo apartado, titulado “Triskel”, versa sobre temas mitológicos y ciclos legendarios (ampliados en este edición). En el tercero se nos describen los restos que han llegado a nuestros días sobre los celtas, tanto a nivel material (museos/arqueología) como a nivel cultural (identidad celta), centrado sobre todo en la Península ibérica, pero sin excluir el resto de territorios “celtas”, a través de sus visitas a museos, yacimientos o, incluso, a festivales. Y finalmente el ultimo apartado es un anexo donde vemos como lo celta está muy presente en la cultura popular de hoy en día (videojuegos, música, festivales, peliculas…). Tanto el tercer apartado como el anexo son las otras novedades de esta edición.

Con todo esto, y a pesar de definirse como un libro de Historia, no deja de ser una obra introductoria. En esencia, constituye una amena y clara base para empezar a conocer la historia de este pueblo. Destinado tanto a estudiantes como a aficionados interesados, se trata de un libro bastante completo (vemos el aspecto histórico, el cotidiano/festivo, el mitológico e incluso la pervivencia del elemento celta), que a la vez sabe sintetizar perfectamente los elementos claves y esenciales que componen el universo celta. Por lo tanto, Manuel Velasco ofrece un panorama general que nos permite sumergirnos en la aventura de los celtas; de ahí que al final del libro el autor haya incluido una valiosa bibliografía para aquel que quiera continuarla.

En cuanto a la narración, ésta es muy fluida, ya que el escritor no abusa demasiado de tecnicismos y cuando los hay, se nos ofrecen breves notas con aclaraciones encajonados a parte (aunque éstos también sirven para ampliar información). Su escritura refleja, consciente o inconscientemente, la fascinación del autor por este pueblo y un poco de malquerencia hacia el pueblo romano que los derrotó.

Finalmente, y como algo anecdótico, el libro se completa con multitud de fotografías, aunque éstas aparecen en blanco y negro, de modo que si el lector está interesado en verlas a color, sólo tiene que acudir al código QR que aparece en la contraportada, accediendo directamente a la web donde las puede observar con mayor detalle, además de otros contenidos extras.

Breve historia de los celtas es un libro inspirador con el que pasar un buen rato y a la misma vez aprender, mientras nos dejamos seducir por este pueblo envuelto en brumas y magia después de su definitiva desaparición… o al menos material.

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El tiempo de la luz, de Silvia Tarragó

El tiempo de la luz

El género El tiempo de la luzhistóricoromántico (a falta de un concepto más preciso) vive buenos tiempos. Se trata de un modelo narrativo cuya mayor baza es su facilidad para conseguir la complicidad y la implicación del lector (o televidente, ya que este género se está cultivando en televisión de modo muy fecundo y con éxito, además), ya que cuenta con un argumento particular, centrado de preferencia en un conjunto de personajes a los que se sigue de forma moderadamente igualitaria aunque con protagonismo de uno o dos de ellos, y un argumento general, la historia que verdaderamente se quiere contar y que toca ámbitos más amplios y, quizá, menos atractivos para el lector no especialmente interesado en el género histórico y que busca que le cuenten una historia ficticia con personajes imaginarios y con sentimientos, sucesos y episodios de corte más humano o intimista.

Con frecuencia, aunque no siempre, este género híbrido se apoya, además, en una vertiente marcadamente romántica, interesándose por las relaciones amorosas de los protagonistas, que pueden escorar levemente, además, hacia el subgénero melodramático. Este tipo de narración es la que ha utilizado la autora de El tiempo de la luz, Silvia Tarragó, para contarnos la historia que, es de suponer, verdaderamente la apasionaba: la de la llamada Avenida de la Luz de Barcelona, una galería comercial subterránea -al parecer, la primera de este tipo que se hizo en Europa- que estuvo abierta, con desigual suerte según la época, desde 1940 hasta 1990.

Para contarnos que existió esa edificación y lo que fue de ella, Silvia Tarragó imagina y coloca en ella a unos personajes, adolescentes cuando empieza la historia y, significativamente, se inaugura la galería comercial, y cuya vida pasa por sus episodios más importantes ya sea en la misma galería, ya sea simbólicamente de forma conexa a ella. Así, la protagonista principal, Julia, es una muchacha recién llegada a Barcelona para hacer fortuna y ayudar económicamente a su familia; quien se convertirá en su mejor amiga es Rosita, hija de un repostero establecido precisamente en la Avenida; y otro personaje importante será Coral, cuya familia regenta una perfumería en la misma ubicación. En torno a ellas gravitarán otros personajes, y todos ellos nos contarán, a pinceladas -algo más exhaustivo y detallado no habría casado bien con el género de la novela, haciendo ésta ilegible-, la historia de la Avenida de la Luz y de la España de 1940 a 1990. Hay muchas alusiones al franquismo y sus consecuencias, pero, sobre todo, donde acierta la autora es al pintar un somero retrato impresionista de los usos sociales y de las mentalidades de los españoles de todas esas décadas y de cómo éstos van fluctuando en consonancia con los cambios políticos, los acontecimientos históricos en un contexto más amplio, como por ejemplo la 2ª Guerra Mundial o Mayo del 68, y los avances que se dan en materia de leyes, modas o usanzas. Retrato que, si bien a veces está realizado a brochazos y no deja lugar a los detalles ni a las anécdotas, resulta sin embargo bastante concordante con lo que podemos conocer de la realidad de aquellas décadas por otras fuentes. El testimonio de algunos capítulos de la historia -caso de Mayo del 68, sin ir más lejos- parece algo idealizado y más fiel a la visión de clases sociales acomodadas que a la muchedumbre de hijos de clase trabajadora que vivieron aquellos tiempos, pero aun así, no se puede negar que es también una visión real para parte de la sociedad.

El lenguaje y el estilo de El tiempo de la luz resuenan, en muchos pasajes, con ecos de la novela más decididamente romántica, sin caer ni en lo sórdido y vulgar, ni en lo empalagoso, cosa que hace que los capítulos que describen sentimientos e idilios sean especialmente logrados, y , seguramente, gratos de leer para los aficionados a ese género. Silvia Tarragó maneja especialmente bien, asimismo, la descripción de los sentimientos y la explicación racional que de éstos se puede hacer a veces una persona. Consigue meterse muy bien en el pellejo de su protagonista, Julia, quien debate consigo misma muchas veces sobre lo que siente, y Silvia Tarragó expresa con peculiar elegancia y precisión los recovecos que a veces muestran y ocultan los sentimientos. Así, podemos adivinar exactamente qué siente por cada uno de los personajes con los que se relaciona, especialmente con aquellos a quienes ama, y, lo que es más interesante y original, podemos adivinar por qué siente así. La descripción de los sentimientos amorosos es rica, huyendo de tópicos y prefiriendo describir con dos frases lo que con una sola podría no hallar suficiente explicación y profundidad.

El tiempo de la luz es una novela que combina con tino aliento historiográfico, romanticismo y  el suspense derivado no de una investigación policíaca, sino de los giros y revueltas que a veces da la vida y que depararán sorpresas a los protagonistas de la novela así como al lector.

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La flor del azafrán amarillo, de Laila Ibrahim

La flor del azafrán amarillo

La flor del azafrán amarilloEscogí este libro por su título y su portada. Sobre todo por el título. Así de simple y de superficial. No se debería juzgar a nadie ni a nada por algo tan superfluo y pequeño, pero lo hice. Lo hacemos todos, nos dejamos llevar por la primera impresión y además nos va a durar mucho esa idea primigenia. Nos costará cambiarla después.

En este caso no me equivoqué. El libro hace honor al título. El relato tiene varias lecturas, pero yo creo que la principal es que es una historia de amor y lo voy a poner porque es así. Me ha costado mucho decidir si la iba a definir de esta manera, porque cuando utilizamos “historia de amor” nuestro cerebro automáticamente piensa en corazones atravesados por flechas lanzadas por rechonchos angelitos, pasiones, atracciones sexuales, ideales platónicos y demás historias románticas. Pues no es eso. Esta es una historia de amistad y cariño más bien.

Os pongo en situación: plantación en un estado esclavista de Norteamérica en la primera mitad del siglo XIX. Mattie, joven mamá, es apartada de su bebé para ser el ama de cría de la recién nacida Lisbeth. El tiempo pasa, la niña va creciendo y vamos viendo evolucionar la relación. Mattie le enseña a valorar las cosas sencillas de la vida y se convierte en el centro del universo de Lisbeth, como ella misma explica. Así dicho no parece gran cosa ¿verdad?; Lo que el viento se llevó ya nos enseñó la vida de aquellas plantaciones. Hay muchas películas y novelas que han tratado el tema de la esclavitud. Me vienen a la mente Raíces de Alex Haley o la maravillosa El color púrpura de Alice Walker, que Steven Spielberg supo llevar tan acertadamente al cine. Por cierto, quien no se haya leído esta última se está perdiendo una obra de arte. Más recientemente Isabel Allende nos cuenta sobre el tema en La isla bajo el mar. La popular Criadas y señoras de Kathryn Stockett podría encajar en esta lista también, aunque no lo llamáramos esclavitud sino segregación racial, ya en el siglo XX.

La flor del azafrán amarillo es otro punto de vista. Nos cuenta la relación de cariño que se establece entre el ama de cría y la niña que cuida. Un amor recíproco, sincero, profundo y respetuoso. Además, nos dibuja la forma de vivir de aquella sociedad dueña y señora de tierras y personas, que además era machista, cerrada, hipócrita y centrada en las apariencias, en la que había que hacer lo previsible, lo que dictaban los mayores y más poderosos, encorsetados y encasillados en el trocito de parcela que tocaba. Mattie y Lisbeth se nos presentan como mujeres fuertes y con otras expectativas. Dispuestas a cambiar y buscar la libertad cada una desde su situación y por su camino, pero entrelazadas sus vidas, porque aunque fueran diferentes clases y posiciones, compartían el mismo espacio y el mismo aire.

Es la primera novela de la autora. Laila Ibrahim tiene experiencia como psicóloga del desarrollo desde la perspectiva multicultural, educadora y cuidadora, según se dice en la presentación del libro. Esto puede explicar la forma tan realista de describir la relación de apego que se establece entre las protagonistas. Porque aunque sea ficción, me dicen que está basado en hechos reales y me lo creo.

La novela está contada de forma sencilla, aunque no puede tener el ritmo trepidante de una novela de acción, no es aburrida ni se hace pesada. Tiene muchos diálogos y los momentos de reflexión de las protagonistas están contados de forma ligera. Quiero aclarar que no es ñoña aunque sea tierna y emotiva en muchos momentos. El lenguaje que se ha utilizado aunque sencillo es como de antaño, como de la época. No sé si es cosa de la traducción o es el aire que le quiso dar la autora. Expresiones como “avispado”, “hincar de hinojos” o “trasalcoba” yo creo que no se utilizan ahora mucho, y me ha surgido la duda de si es la traducción literal del texto o cosa de la editorial.  Según dicen los de AmazonCorssing, han querido hacer traducciones en español neutro, que no tengo muy claro lo que quiere decir. Sé que ciertas palabras y expresiones que no usamos mucho ya aquí, en este lado del Océano, si las usan nuestros hermanos de habla hispana y viceversa. A lo mejor es por eso por lo que hay alguna cosa extraña para mí. Pero está bien recordar que el español es un idioma riquísimo y que cada vez utilizamos menos palabras. Hay que ampliar el vocabulario que utilizamos a diario, que se pierde.

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La cruz blasfema, de José María Cuadro

La cruz blasfema

La cruz blasfemaEl fin justifica los medios, o eso dicen. Pero a mí me cuesta creer que con medios mezquinos se alcancen fines nobles. La Historia está plagada de ejemplos que lo demuestran, y uno de ellos es lo acontecido durante la invasión napoleónica de España en 1808, donde unos y otros decían luchar por la libertad, aunque escondieran objetivos muy diferentes.

La cruz blasfema cuenta cómo las tropas napoleónicas entraron en Madrid cuando Fernando VII apenas llevaba dos semanas de rey, tras la forzosa abdicación de su padre, Carlos IV. Pensaba el monarca que los franceses le ayudarían a consolidar su posición, pero los madrileños pronto notaron que aquel ejército se comportaba más como enemigo que como aliado. La falta de abastecimiento y los altercados iban caldeando el ambiente y, mientras tanto, el clero y sobre todo la Santa Inquisición se temían que la ilustración y el laicismo francés trajeran la miseria moral al respetable pueblo español. ¿Iban a consentir semejante decadencia? Por supuesto que no. Se servirían de sus púlpitos y homilías para concienciar a los madrileños de la necesidad de combatir a los franceses; el derramamiento de la sangre extranjera sería un acto de redención a los ojos de Dios. Mientras tanto, ellos se encargarían de recuperar el patrimonio que las tropas francesas estaban saqueando en los palacios reales para sufragar los gastos de su ansia invasora, porque, ya se sabe, quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón, y dónde van estar mejor las riquezas que en manos de los fieles siervos del Altísimo.

Con una excelente ambientación del Madrid de principios del siglo XIX, José María Cuadro se sirve de datos históricos para construir esta ficción donde Beltrán, el alguacil mayor de la Casa y Corte que vive amancebado con una antigua prostituta, el mosén Antón y doña Virtudes, Grande de España, tendrán que descubrir a los culpables de varias desapariciones y asesinatos y poner a salvo unos documentos que comprometen a la Corona de los Borbones, guardados en un cofre cuya clave se esconde en la Mesa de los pecados capitales del enigmático pintor El Bosco, a medida que el hastío ciudadano va desembocando en rebelión. Aunque los personajes son fruto de la inventiva del autor, se tornan reales ante nuestros ojos y nos convencemos de que unos no muy diferentes a ellos lo vivieron en realidad y que las cosas sucedieron de forma muy parecida a cómo nos la cuenta José María Cuadro. Todos estos elementos hacen de La cruz blasfema una adictiva novela, escrita con una prosa muy cuidada y con unos toques de ironía que me trajeron a la memoria a Juan Eslava Galán.

Uno de los mayores encantos de La cruz blasfema es que está plagada de detalles sobre el Madrid de aquella época (la mención de calles ya desaparecidas, y tremendamente curiosas, como Salsipuedes, Enhoramalavayas o Aunqueospese, el hablar de su gente o los hábitos gastronómicos con incipientes influencias francesas) que, además de dotar de realismo a toda la historia, consiguen trasladarnos a ese momento histórico. Pero la acción no solo se desarrolla en Madrid, ya que los protagonistas deberán trasladarse a Valencia, ciudad que vivió un episodio decisivo en la invasión francesa y que es el escenario protagonista en el tramo final de la novela.

La cruz blasfema es una novela histórica, policíaca y costumbrista que nos hace ver que resulta tan cuestionable enarbolar la bandera de Dios, Patria o Rey como otras más terrenales y personales, si el camino para defenderlas es someter a todo un pueblo, sea propio o extranjero.

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Mater familias, de Lindsey Davis

Mater familias

Mater familiasNo sé qué tiene el mundo de la Antigua Roma que me fascina tanto. Será la belleza de su contexto o la solemnidad con la que vivían el día a día. Tanto llegó a apasionarme, que cuando tuve que decidir qué asignaturas cursar en bachillerato, no dudé ni por un segundo que una de ellas iba a ser Latín. Mi curiosidad por esta época también se pone de manifiesto en el hecho de que, a punto de terminar la carrera de Derecho, no se me ha ocurrido una idea mejor que enfrascarme en un trabajo de fin de grado de Derecho Romano (puedo ver a todos los que hayan estudiado mi carrera echándose las manos a la cabeza). En realidad, creo que lo que más me asombra es el misticismo oculto detrás de los dioses que veneraban; ese politeísmo cargado de mitología e historias fascinantes que hacen que siempre quiera saber más sobre aquella época. Pero, aunque me guste tanto la Antigua Roma, tengo que confesar que nunca había leído una novela que la tuviera como contexto. Sí que me he topado con unos cuantos libros sobre mitología, pero jamás uno que tuviera el formato de novela. Así que me daba un poco de miedo enfrentarme a este libro, ya que yo no soy mucho de novela histórica y no sabía si iba a ser capaz de apreciar esta obra; pero Lindsey Davis me lo ha puesto muy fácil y ha hecho que me enganchara desde el principio hasta el final. Y ahora voy a intentar resumir el porqué:

Mater familias es el tercer libro de la trilogía sobre Flavia Albia, una incesante investigadora que lleva, además, una empresa de subastas junto con su padre, al que ya conocimos en otra saga anterior de la misma autora. Tengo que hacer otra confesión al respecto (esto va a parecer un confesionario al final): no había leído ningún libro de Lindsey Davis hasta ahora; por lo que esta era la primera vez que tenía noticias de Flavia Albia. Aunque estoy segura de que me he perdido muchas cosas, eso no ha sido inconveniente para seguir el hilo de la historia; por lo que si no habéis leído las entregas anteriores y os apetece mucho iniciaros en el mundo de Flavia y no queréis empezar desde el principio… no vais a tener el menor problema en seguir la historia.

En este tomo, el padre de Flavia tiene que salir de viaje y la deja al frente del negocio. Cuando Flavia se dispone a organizar la próxima subasta, descubre que dentro de uno de los arcones que pondrá a la venta hay un cadáver de una persona desconocida. Este hecho puede ensuciar el nombre de la empresa que regenta con su padre, por lo que su espíritu de investigadora ve en ello la excusa perfecta para ponerse manos a la obra y descubrir quién es la persona que está dentro de su arcón y quién se ha atrevido a ponerla ahí. Además, por si Flavia no tuviera suficiente trabajo, Manlio Fausto, un edil romano muy amigo suyo, acude donde ella para pedirle un pequeño favor: un conocido de Manlio se va a presentar a magistrado y necesita que Flavia investigue a todos sus oponentes políticos para saber qué estrategia seguir en la campaña. Así, Flavia irá surcando las páginas del libro entre dos investigaciones: la horrible muerte del señor desconocido y los tejemanejes de las personas más importantes e influyentes de la época.

No olvidemos que Flavia Albia no deja de ser una mujer en la Antigua Roma, con todos los vetos y hándicaps que eso suponía. No estaba bien visto que una mujer regentara una empresa de tal envergadura, aunque fuera al lado de su padre. El patriarcado se imponía en cada esquina y el que una mujer pensara siquiera en salir de las labores domésticas, era motivo suficiente para que su marido se avergonzara. Pero Flavia, en este sentido, cuenta con una ventaja: ella es viuda. Su marido falleció hace poco tiempo, lo que la obligó a salir adelante y le permitió perseguir sus sueños. No hay mal que por bien no venga, dicen.

Me ha llamado muchísimo la atención el registro que usa Lindsey Davis para narrarnos la historia. Flavia habla como si fuera una joven del siglo XXI, usando la ironía y las palabras que hoy en día podríamos utilizar. Hay momentos en los que hace que te olvides de que estás leyendo una historia sobre la Antigua Roma, lo que todavía no sé si es bueno o malo; imagino que dependerá de los gustos personales de cada uno. Como decía al principio, yo no soy de novela histórica, por lo que a mí este hecho me ha ayudado bastante. Creo que le aporta frescura a un libro que, de otra manera, hubiera sido un poco neutro. Lindsey Davis rompe con la idea de que para hacer una novela histórica hay que ser un poco pedante. Con ella, se acabaron los palabrejos antiguos y extraños que hacen que la historia pierda su ritmo si no estás acostumbrado a ellos; con ella, descubriremos personajes que bien podrían estar sacados de una Roma actual y que nos ayudarán a meternos mucho más fácilmente en la historia.

Este libro tiene una doble ventaja: atrapará a los fanáticos de la novela negra (como yo) y a los que busquen una historia basada en la Antigua Roma. Esta Lindsey Davis sabía lo que se hacía cuando comenzó a escribir la historia del padre de Flavia Albia. Y visto lo visto, creo que voy a hacer las cosas bien (aunque sea tarde) y voy a empezar la saga desde el principio, como tiene que ser.

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El impresor de Venecia, de Javier Azpeitia

El impresor de Venecia

El impresor de VeneciaEntre la diversidad de tipos que conforman la especie humana, uno de los más peculiares es el de quienes renuncian a vivir el mundo para leerlo”. Con esta frase da comienzo una primera página que revuelca el corazón de cualquier bibliófilo o amante de los libros, y todo lo que les rodea. Además esta afirmación resume la vida de Aldo, el protagonista de esta historia, al menos la que tenía antes de viajar a Venecia para convertirse en impresor y verla trastocada. Aldo Manunzio fue un humanista y erudito italiano que pasó a la historia, entre otras cosas, por ser el creador de los libros de literatura “de bolsillo” (de octavo o portátiles) y por la creación de la tipografía itálica.

El impresor de Venecia es una novela histórica cuya acción transcurre en la Venecia de finales del siglo XV y principios del siglo XVI. En un momento que dicha ciudad vivía una bonanza económica tal que llego a ser considerada como el centro del mundo conocido, pues todo el comercio pasaba por sus manos. Una gran urbe bulliciosa, sucia y húmeda, pero también un escenario histórico lleno de luz y belleza, en esa edad de los pioneros de la edición libresca, cuando apenas hacía medio siglo que se había inventado la imprenta y lo había revolucionado todo. Una novela donde la realidad y la ficción se unen de tal forma que el lector se sumerge en la Historia, sin darse cuenta de que esta paseando con una gran cantidad de personajes históricos que van apareciendo, como Pico della Mirandola, Savonarola, Francesco Griffo, Erasmo, Epicureo, Lucrecio, etc.

En pleno esplendor, por tanto, del Renacimiento y con la imprenta produciendo libros a mansalva, Aldo se propone montar una imprenta para enseñar al mundo los libros importantes: las obras maestras de la literatura griega, que por aquel entonces solo cuatro casas de toda Italia se habían atrevido ocasionalmente a imprimir alguna obra suelta. El protagonista pone rumbo a la gran urbe con la idea loca de editar según un plan literario y no solo comercial. Con la intención de dejar de mirar la máquina para preocuparse por lo que la máquina hace, demostrando con ello que lo que importa es el texto y su lectura y no los procesos de fabricación.

Javier Azpeitia inicia el texto, sin embargo, con la visita de Paolo, el hijo menor de Aldo, a su madre viuda, Maria, en su residencia de Novi, con la intención de mostrarle el libro que ha escrito sobre su padre. A lo que María le responde que ese libro dista mucho de lo que realmente fue la vida de su esposo. Es entonces que asistimos a la vida del impresor, con sus sombras y sus luces. El retrato de su vida y de cómo se fue convirtiendo poco a poco en el gran impresor que fue, en el hombre soñador y luchador por la libertad de pensamiento y la difusión de la cultura, batallando contra una censura cada vez más asfixiante. De este modo, este libro es un pequeño homenaje al hombre que encontró el formato ideal de lectura, sacando los libros de los oscuros gabinetes de estudio a la calle, a los jardines, a las manos de los paseantes, convirtiendo así la lectura en un acto cotidiano.

Narrada en tres partes, la obra refleja una gran erudición por parte del autor, pues está salpicada de constantes alusiones a clásicos grecolatinos y a sus autores, así como a corrientes filosóficas antiguas. Una primera parte se centra en el Aldo más inocente y soñador, donde descubrimos a la misma vez que él los fascinantes secretos de un taller de imprenta y el negocio editorial. Conforme avanza la novela, en una segunda parte, el protagonista va descubriendo que más allá de los libros hay vida, aunque todavía se resista a aceptarla, y que el dinero es tremendamente poderoso. Arrastrado a esas aguas codiciosas por su, primero, patrón y luego socio, Andrea Torresani, uno de los mayores comerciantes-editores de su tiempo. En la última parte de la novela, vemos al Aldo más seguro de sus ideas, ya viviendo la vida plenamente, convertido en leyenda de la edición, y defendiendo con apasionamiento la transmisión del conocimiento y luchando por la protección de obras clásicas cuyo contenido el mundo aún no está preparado para aceptarlas y se empeñaba en destruirlas.

Para desarrollar la novela, Azpeitia no utiliza una narración continua, ya que combina distintos tiempos de una vida. Igualmente, ésta tampoco está contada enteramente por un único narrador omnipresente, sino que se va narrando la vida del humanista desde distintos puntos de vista y recursos, lo que le da un carácter más dinámico: a través de diarios personales (como el de Torresani), monólogos de otros personajes, escritos del propio protagonista, o partes en tercera persona.

El autor, como editor que ha sido de varias editoriales, refleja su conocimiento de este área a lo largo de toda la obra. Un libro, en definitiva, para amantes de libros, los cuales rápidamente se verán identificados con el protagonista, sobre todo con frases como la siguiente: “Aldo hundió la cara en el libro y aspiró”, resumiendo perfectamente el espíritu de este libro.

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La danza de la serpiente, de Pilar Ruiz

La danza de la serpiente

La danza de la serpienteYo no soy escritora como habréis notado ya. Solo soy una lectora empedernida que intento humildemente explicar las sensaciones que me han transmitido los libros que caen en mis manos. No tengo ninguna autoridad para decir que algo está bien escrito o no. Solo tengo mucha página leída y un gran respeto por los escritores y por su arte con la escritura. Porque escribir es eso: un arte. El arte nos enriquece el alma y el espíritu, es un alimento esencial para nuestro mundo interior. En estos tiempos revueltos, de crisis, el arte puede ser un escape, un viento refrescante, una reconciliación con el mundo. La belleza sigue ahí, en una pintura, en una melodía, en unas páginas.

En una entrevista a Pilar Ruiz, con motivo de su primera novela El corazón del caimán, nos contaba que lo que da juego en una novela no es el argumento, sino más bien la mirada del autor. Estoy totalmente de acuerdo con esta afirmación: puedes tener la mejor historia del mundo, pero como no la sepas contar, es una pérdida de tiempo y de papel. Ese es el trabajo de artesano del escritor, esa es la diferencia entre una novela entretenida y con una historia que enganche pero solo correcta en su redacción y otra que solo con un hilo, nos describe un tapiz maravilloso.

Me ha pasado con algunos libros, que da igual lo que cuenten, es el cómo lo cuentan, cómo trabajan la narración de forma artística, cómo utilizan la prosa como auténtica poesía. Todo esto hace que el hecho mismo de leer sea un placer.

Pues bien, La danza de la serpiente tiene todo ese arte y además cuenta una parte de nuestra historia muy interesante. No es una novela histórica al uso, ya que no transcurre durante una época sino durante un solo verano, el de 1914, cuando está Europa revuelta por el estallido de la Primera Guerra Mundial. Santander es el lugar de moda de las clases altas de la época, incluido el rey, para pasar los veranos. Allí llega Julia Doncel, una joven feminista con la misión de conseguir que las mujeres puedan votar y Rafael, un jovencísimo e inexperto anarquista andaluz con una misión todavía más arriesgada. No se conocen, pero sus vidas se tocan y sus propósitos se tuercen, porque se mezclan con un grupo de artistas. Todo parece superficial con ellos: sexo, drogas y cabaret. Pero es engañoso, porque por ahí mezclada está una historia de espionaje y contraespionaje. Alemanes e ingleses utilizan la costa cántabra como base.

Aunque estos dos personajes podrían considerarse los protagonistas porque con ellos empieza la novela, es una historia coral. Tienen tanta importancia en la trama otros que podrían parecer secundarios en un primer momento. El escritor Álvaro Retana que no es tan simple como aparenta y que para mí es uno de los más interesantes. La diva Tórtola Valencia con un pasado no tan divino. Un marqués que no solo se dedica a las mujeres y a vivir bien. Además entramos en la casa de Benito Pérez Galdós, que tiene como invitado a Ramón del Valle-Inclán.

Todo esto con visitas a la playa para baños de ola que los recomiendan los médicos o descubriendo el placer de un helado. Mientras unos trabajan y otros disfrutan. Mientras unos se enamoran y otros confabulan. Unos investigan y otros enredan. No hay una trama única sino varios hilos que se encuentran en ciertos momentos, formando ese tapiz del que os hablaba. Teatro, danza y cabaret. Amor y asesinatos. Lucha de clases. La idea de la revolución. Nos muestra la desigualdad entre clases y entre sexos así como la corrupción de los poderosos. Por cierto, lo de llevarse los dineros a Suiza, ya se estilaba en la época.

Al principio me costó un poquito leerlo, porque las primeras páginas ya son toda una declaración de intenciones y no me lo esperaba. Pilar Ruíz ha hecho un trabajo grandísimo de redacción, ha hecho arte con las palabras y la lengua, precioso. Utiliza vocabulario de la época y adapta el lenguaje al personaje. En algunos florido y en otros bruto. Irónicos y sarcásticos los artistas. Sinceros y simples los criados.

Un gran libro de una gran escritora, totalmente recomendable. Tengo que buscar su primer libro, que se me escapó.

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