
Hay frases iniciales de libros que se nos graban a fuego: “En un lugar de la Mancha…”, “Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta”, “Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo…”,… Cada uno tendrá sus favoritas, como tiene favoritos de todo en la vida. Una de las mías es esta: “No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente”.
A falta de leerme Falcó (¡vive Dios que no doy abasto con las lecturas, pardiez!) y a la espera de una nueva entrega de las aventuras del capitán Alatriste, bien valdrá, como creo, (un vaso de bon vino) un reencuentro con el origen del famoso espadachín, aunque sea en versión gráfica. ¿Imaginaba Pérez-Reverte (puto amo) el éxito que iba a tener este personaje cuándo se documentaba para escribir sus hazañas? ¿O que el mismísimo Viggo Mortensen, otrora Aragorn, se metería en la piel del soldado español en una película bastante desafortunada que mezclaría el argumento de los dos primeros libros? Lo dudo. (Por cierto, yo a Alatriste lo veo cada vez que Nacho Fresneda hace de Alonso de Entrerríos en la serie de televisión El ministerio del tiempo).
Pero mucho ha llovido desde aquella primera novela, unos veinte años, y otras cuantas novelas ha publicado el escritor cuando cae en mis manos esta adaptación al cómic. Una adaptación que me ha parecido bastante fiel al original y en la que se narra la vida de un soldado veterano de los tercios de Flandes que sobrevive como espadachín a sueldo en el Madrid del siglo XVII, tan corrupto (o menos) como el de ahora.
La saga del capitán es narrada por el joven Íñigo de Balboa, paje de Alatriste e hijo de un amigo de éste y soldado también, al que Alatriste prometió cuidar cuando se hiciera mozo.
En este tomo inicial se cuenta el trabajo que se encarga al capitán y a otro desconocido para que den un susto a dos viajeros ingleses, de los que no diré la identidad. Naturalmente esos dos ingleses no resultan ser unos mindundis y el encargo se complicará pues Alatriste es pobre pero honrado y además, “una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa”.
Da gusto rememorar libros de los que guardas tan buen recuerdo por lo bien escrito que estaban, lo bien ambientados, el argumento hipnótico, y los personajes. Estos y la ambientación son quizás lo más importante. Saludar de nuevo a Quevedo, que tanto favorece como perjudica sin querer a sus amigos, con sus constantes lances y sus “no queda sino batirnos”; La Taberna del Turco de Caridad La Lebrijana y sus pechos opulentos que tanto fascinan al joven Íñigo de Balboa; el dómine Pérez; Angélica de Alquézar (también conocida como el mal encarnado), Emilio Bocanegra, presidente del Tribunal de la Inquisición y, por supuesto, el eterno enemigo de Alatriste, el italiano Gualterio Malatesta y su “tiruri ta-ta”… Y otros cuantos más.
Aquí sí tengo una sugerencia que haría mucho más entretenida y enriquecedora la experiencia lectora, ya que se mezclan en el cómic personajes tanto reales como ficticios y sería bueno que hubiera notas al pie o un apéndice al final en el que se aclarara si tal o cual personaje existió realmente o no y los méritos por los que se le conoce. Por ejemplo: aparece el Conde-Duque de Olivares, Álvaro de la Marca, Quevedo, Felipe IV… No digo que se incluya una biografía extensa sino unas breves notas del tipo: “Quevedo: destacado escritor del Siglo de Oro, enemistado con Góngora por tal y tal…” o algo así, breve, que te deje claras las cosas.
Por lo demás el cómic es delicioso porque también lo es su novela. Fiel al libro, repito, y con unos dibujos de Joan Mundet, el ilustrador habitual de la saga, con el aroma a clasicismo necesario en este tipo de obra. Un blanco y negro sobrio, con líneas firmes y precisas, un dibujo realista y agradable.
El capitán Alatriste fue un libro que se convirtió en lectura obligada en los colegios, que ha dado origen a obras de teatro, series, tesis doctorales, una película de la que ya he hablado e incluso un juego de rol.
Su versión al cómic no desmerece en absoluto. Es diversión a la vieja usanza, es nuestro Los tres mosqueteros, es entretenimiento puro, es arte, cultura y también conocimiento de unos tiempos en los que el honor aún significaba algo para algunos. En los que España aún era una potencia en el mundo, aunque la avaricia y corrupción de los de arriba pronto provocarían el declive…
O libro o cómic, debería ser de obligada lectura para todos los españoles, al menos una vez en la vida.
Lo dicho, en El capitán Alatriste Pérez-Reverte se consagró como puto amo.



Se suele decir que una imagen vale más que mil palabras. En muchas ocasiones es cierto. Una sola imagen captada en el momento correcto puede mostrar y resumir a la perfección una historia o un sentimiento. Pero las palabras… las palabras van más allá, dan color a las zonas oscuras y, sobre todo, aportan detalles y matices que en una sola imagen no se pueden ver. Desde siempre hemos sido testigos a través de la televisión de violencia, hambre, injusticias, pobreza, guerras… en definitiva, de distintos desastres tanto naturales como propiciados por la mano del hombre. En el último año nos han impactado y destrozado los distintos documentos gráficos con los que nos han bombardeado los medios sobre los refugiados sirios llegando a las costas de Grecia y Turquía. En España, sin ir más lejos, vemos constantemente a miles de emigrantes tratando de cruzar nuestras fronteras y perecer en el intento. Son imágenes escalofriantes y se nos quedan grabadas en la memoria, pero aún así, son sólo una pequeña pieza de una historia mucho más grande. Y eso, amigos, profundidad y detalles, es lo que nos aportan las palabras.
Cuando niños, hablamos cotidianamente en nuestra lengua natal y ni siquiera nos ponemos a pensar en por qué, una detrás de la otra, vamos escogiendo determinadas palabras entre todas las que existen para usar; tampoco nos preocupamos por preguntarnos porqué “libro” se dice “libro” y no, por ejemplo, “elefante” ya que nos parece totalmente lógico que se diga de esa manera y no de otra. Cuando empezamos a crecer, comenzamos a entender que todas las historias se escriben con palabras, pero todas las palabras también tienen sus propias historias. De eso se trata Palabrología, un apasionante viaje por el origen de las palabras.
Desde hace algunos años, la novela gráfica ha empezado a salir de la introspección autobiográfica y la ficción más fantasiosa para adentrarse en la vida de los demás y la historia de otros lugares. Ahí están, por ejemplo, las impagables crónicas de 


Tras la lectura de 
«¿Qué es mejor: recordar u olvidar?».
La Segunda Guerra Mundial ha dado para un montón de libros, películas, novelas gráficas y un largo etcétera. Supongo que el que ya existieran las cámaras y el cine, ha ayudado a que “viéramos” la guerra desde más cerca. Los que sobrevivieron pudieron además, contar sus vivencias al que las quisiera oír gracias a este mundo globalizado y conectado. Diferentes puntos de vista, claro, aunque siempre prima el norteamericano, por esto de que ellos tienen la industria cinematográfica más potente y porque acogieron a muchos de los que huyeron de una Europa devastada.

Tengo un prejuicio – que, afortunadamente, con el tiempo va desapareciendo – y es el siguiente: no suelo salirme de los circuitos más “oficiales” (por llamarlos de alguna manera) del sector editorial. Esto quiere decir que es muy raro que yo mire en la sección de libros autopublicados o que haya algún libro que me interese especialmente. Supongo que el tiempo ha hecho que me vuelva vago, que no me entre la curiosidad por otro tipo de publicaciones o que la desidia – y cierta crítica que hago siempre a ciertos sectores de esta industria – hayan hecho que prefiera centrarme en lo que una editorial que ya conozco de sobra vaya a ofrecerme. Cuento todo esto porque hoy traigo un libro que, por razones que no vienen al caso, es muy posible que yo no hubiera reseñado, que no me hubiera llamado la atención, y que hace referencia a lo que decía al principio sobre mi prejuicio: ha hecho que vayan bajando mis humos y que me acerque a La cita mortal con una sensación de entretenimiento y buen rato que dejan en evidencia varias cosas que, por no extenderme mucho en esta introducción, iré desgranando más adelante. Hasta entonces, la historia es la que sigue…
«El libro de los muertos tibetano es el tratado escatológico que con mayor precisión ha descrito todos los fenómenos que encontraremos tras nuestra muerte». Esto es lo primero que leemos en la sinopsis de un libro que lleva siglos y siglos enseñando a morir. Yo, que siempre he creído que los libros enseñaban a vivir, me sorprendo ahora con uno entre las manos que hace todo lo contrario: enseñar a morir.