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El capitán Alatriste, de Arturo Pérez-Reverte, Carlos Giménez y Joan Mundet

el capitan alatriste

Hay frases iniciales de libros que se nos graban a fuego: “En un lugar de la  Mancha…”, “Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta”, “Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo…”,… Cada uno tendrá sus favoritas, como tiene favoritos de todo en la vida. Una de las mías es esta: “No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente”.

 el capitan alatristeA falta de leerme Falcó (¡vive Dios que no doy abasto con las lecturas, pardiez!) y a la espera de una nueva entrega de las aventuras del capitán Alatriste, bien valdrá, como creo, (un vaso de bon vino) un reencuentro con el origen del famoso espadachín, aunque sea en versión gráfica. ¿Imaginaba Pérez-Reverte (puto amo) el éxito que iba a tener este personaje cuándo se documentaba para escribir sus hazañas? ¿O que el mismísimo Viggo Mortensen, otrora Aragorn, se metería en la piel del soldado español en una película bastante desafortunada que mezclaría el argumento de los dos primeros libros? Lo dudo. (Por cierto, yo a Alatriste lo veo cada vez que Nacho Fresneda hace de Alonso de Entrerríos en la serie de televisión El ministerio del tiempo).

Pero mucho ha llovido desde aquella primera novela, unos veinte años, y otras cuantas novelas ha publicado el escritor cuando cae en mis manos esta adaptación al cómic. Una adaptación que me ha parecido bastante fiel al original y en la que se narra la vida de un soldado veterano de los tercios de Flandes que sobrevive como espadachín a sueldo en el Madrid del siglo XVII, tan corrupto (o menos) como el de ahora.

La saga del capitán es narrada por el joven Íñigo de Balboa, paje de Alatriste e hijo de un amigo de éste y soldado también, al que Alatriste prometió cuidar cuando se hiciera mozo.

En este tomo inicial se cuenta el trabajo que se encarga al capitán y a otro desconocido para que den un susto a dos viajeros ingleses, de los que no diré la identidad. Naturalmente esos dos ingleses no resultan ser unos mindundis y el encargo se complicará pues Alatriste es pobre pero honrado y además, “una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa”.

Da gusto rememorar libros de los que guardas tan buen recuerdo por lo bien escrito que estaban, lo bien ambientados, el argumento hipnótico, y los personajes. Estos y la ambientación son quizás lo más importante. Saludar de nuevo a Quevedo, que tanto favorece como perjudica sin querer a sus amigos, con sus constantes lances y sus “no queda sino batirnos”; La Taberna del Turco de Caridad La Lebrijana y sus pechos opulentos que tanto fascinan al joven Íñigo de Balboa; el dómine Pérez; Angélica de Alquézar (también conocida como el mal encarnado), Emilio Bocanegra, presidente del Tribunal de la Inquisición y, por supuesto, el eterno enemigo de Alatriste, el italiano Gualterio Malatesta y su “tiruri ta-ta”… Y otros cuantos más.

Aquí sí tengo una sugerencia que haría mucho más entretenida y enriquecedora la experiencia lectora, ya que se mezclan en el cómic personajes tanto reales como ficticios y sería bueno que hubiera notas al pie o un apéndice al final en el que se aclarara si tal o cual personaje existió realmente o no y los méritos por los que se le conoce. Por ejemplo: aparece el Conde-Duque de Olivares, Álvaro de la Marca, Quevedo, Felipe IV… No digo que se incluya una biografía extensa sino unas breves notas del tipo: “Quevedo: destacado escritor del Siglo de Oro, enemistado con Góngora por tal y tal…” o algo así, breve, que te deje claras las cosas.

Por lo demás el cómic es delicioso porque también lo es su novela. Fiel al libro, repito, y con unos dibujos de Joan Mundet, el ilustrador habitual de la saga, con el aroma a clasicismo necesario en este tipo de obra. Un blanco y negro sobrio, con líneas firmes y precisas, un dibujo realista y agradable.

El capitán Alatriste fue un libro que se convirtió en lectura obligada en los colegios, que ha dado origen a obras de teatro, series, tesis doctorales, una película de la que ya he hablado e incluso un juego de rol.

Su versión al cómic no desmerece en absoluto. Es diversión a la vieja usanza, es nuestro Los tres mosqueteros, es entretenimiento puro, es arte, cultura y también conocimiento de unos tiempos en los que el honor aún significaba algo para algunos. En los que España aún era una potencia en el mundo, aunque la avaricia y corrupción de los de arriba pronto provocarían el declive…

O libro o cómic, debería ser de obligada lectura para todos los españoles, al menos una vez en la vida.

Lo dicho, en El capitán Alatriste Pérez-Reverte se consagró como puto amo.

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La Ciudad, de Luis Zueco

La Ciudad

La Ciudad Luis Zueco ha evolucionado, y eso que partir de un libro como El escalón 33, merecedor en su día de muchos y diversos premios, era complicado, porque cuando uno salta a la fama con una buena historia, bien forjada, con un buen desarrollo, una trama que engancha y un final que la deja bien cerrada, y además lo hace con un buen estilo literario, todos tendemos a pensar que el camino no será fácil.

El propio Actual Premio Cervantes, Eduardo Mendoza, decía, no hace muchos días, que después de haber escrito El caso Savolta, pensó que ya nunca estaría a la altura de lo ya escrito, pero luego llegó La ciudad de los prodigios y vimos todos, y vio él, que tenía mucho que dar a la literatura y que había un mundo más allá de su primera novela y todos pudimos ver una evolución en el autor de lo más curiosa a través de sus libros.

Por tanto ¿Ha evolucionado para bien, Luis Zueco? Pues para los amantes de la novela histórica yo diría que para excelente.

He seguido a este escritor desde hace ya unos años; Luis Zueco, en Tierra sin Rey, ya daba muestras de que sabía adentrarse en batallas y centrarse en un pequeño espacio para poder darnos una muestra de cómo nace nuestra historia.

Pero el salto que dio con El Castillo fue espectacular. Al leerlo recuerdo que pensé que este hombre había encontrado su estilo, y se había ganado un sitio entre los grandes de la actual literatura histórica española. Se nota al leerlo que se encuentra a gusto dentro de la historia de la construcción del estado Español desde los diversos Reinos de los que estaba compuesto. Pero es que además es capaz de dar vida al libro, ambientar con palabras una época es algo de lo que no todos son capaces; la recreación del Castillo de Loarre fue una maravilla, pero sin dejar nunca de lado la historia particular y manejando con soltura esa otra gran Historia con mayúsculas.

Ahora, al margen de todo lo que les he contado, si uno se entera de que se ha escrito un libro basado en la historia de la ciudad de Albarracín, una de las localidades medievales más bellas de España, y que lo ha escrito un tal Luis Zueco, conozcas o no la zona, hay que hacerse con el libro y hay que adentrarse en esa parte de la historia con la seguridad de no salir defraudados de ella.

Para cualquiera que haya estado en esa población y tenga el libro en la mano, la portada de La Ciudad, ya le dice de qué estamos en Albarracín, como les decía, una de las ciudades más bellas y de imprescindible visita de España.

¿Recuerdan Teruel? Aquella bella ciudad que “existe”, pues Albarracín y su  término municipal es, por razones históricas que conocerán con la lectura de esta novela, uno de los más grandes de la provincia, y en él se encuentran pequeñas localidades que tampoco deberían dejar de visitar.

Me cuenta mi querida amiga Amparo, y yo así se lo cuento a ustedes, que ese color rojizo de la zona y de las construcciones es debido al rodeno, unas areniscas rojas que al ser usadas para la construcción han fusionado ciudad y paisaje. Me explica, además, que hay en la Sierra un paisaje protegido, ya que, al parecer,  solo en la zona se da el Pino de Rodeno. Ya en el colmo de su sabiduría, que no de la mía, me comenta que ese tono rojizo lo dan el hierro y magnesio.

Esto es lo que tiene hablar de literatura con una amiga, que empiezas hablando de que el libro nos lleva al Señorío de Albarracín a partir del año 1284, y terminas hablando hasta de química…

Sí, otra vez esa edad media tan desconocida para tantos y otra vez una ciudad amurallada con una importante situación geoestratégica donde pasan una serie de estremecedores sucesos; la iglesia, los Reyes y los Señores, así como diversos personajes perfectamente dibujados por el autor, que trazan una interesante trama, y que, como ya pasara con El Castillo (de Loarre) es una parte importante de la historia de España que yo desde luego desconocía, y que me ha encantado conocer.

No hay libro de Luis Zueco, ni buen amigo, que no te haga, si sabes escuchar, un poco más sabia… Como al viejo Rey Alfonso X 😉

Es curioso que no sabiéndose muy bien de donde surgen las reglas principales del ajedrez, Zueco se las adjudica a Alfonso X El Sabio. No solo no se hace extraño en la lectura sino que hasta parece una explicación lógica por la importancia que le da a que fuese un Rey que sintiese como una obligación moral la difusión de la cultura.

El autor refiere en su obra que los libros son uno de los inventos más valiosos del hombre, y yo le creo, me creo a los personajes y me creo al autor, y tanto me lo creo que hay dos frases del libro que ya hace mucho tiempo me han servido de debate con dos amigas absolutamente dispares:

1.- Quien aumenta su conocimiento aumenta su dolor
2.- Qué atrevida es la ignorancia

Tanto con una como con la otra frase, tanto con una como con otra amiga, he pasado estupendos ratos de conversación.

Muchos somos los que hemos visitado Albarracín en alguna ocasión por su hermosura, pero si ustedes no conocen esta parte de nuestra historia, yo se la aconsejo y se la recomiendo vivamente, porque es importante saber siempre algo más sobre de dónde venimos para saber, ya no les voy a decir que a dónde vamos, sino por lo menos, donde estamos.

Ya les he hablado en otras ocasiones, como les decía antes, de Luis Zueco, así que como todos saben es de Borja, nació en 1979, y hoy es, por encima de otras muchas cosas, novelista, historiador e investigador, aquello de la ingeniería y la visión que tiene un buen fotógrafo amante de la naturaleza y de las construcciones, han quedado como subsumidas en su principal quehacer que es escribir.

En algunas ocasiones les cuento qué es lo que bebo mientras degusto alguna literatura especial, esa de sofá y manta de cuadros frente al hogar encendido, en esta ocasión ha sido una botellita, bien compartida, de Borsao Berola de 2013. Leyendo un libro de un autor de Borja pueden pasar por tu cabeza muchas cosas, seguro que a algunos piensan en cierta restauración … Yo siempre pienso en vino, y en que para mí es parada obligatoria cuando voy camino a Soria. También, desde hace tiempo, en historia y literatura, o lo que es los mismo, en Luis Zueco. Y claro, también el vino es un elemento importante en casi todos sus libros 😀

Después de esta lectura haré otra visita a Albarracín, volveré a recorrer sus sinuosas calles y callejas, miraré el color de sus construcciones con más atención, observaré por donde entro a la ciudad, y recordaré lo que fue, y que estoy en una joya por la que lucharon numerosos reyes, entre ellos tanto los de Aragón como los de Castilla, pero además recordaré sin duda a sus personajes: Ayub, Martín … ¿Tantos! Pero de entre todos me quedo con Alodia, una mujer que una vez conocida es difícil de olvidar

¡Hay que ver como me gustan los personajes femeninos de este autor!

Qué importante es que incluso en estas historias medievales Luis Zueco ya nos tenga acostumbrados a esas mujeres fuertes, independientes, con grandes sufrimientos e inmensos recursos.

Mi valoración general, como pueden ver, es que la novela me ha encantado, tienen fuerza esa historia perfectamente entretejida, tiene fuerza la época en la que plantea la trama, y la tienen los personajes, que además nos dan una idea clara de cómo podía ser la vida en el Albarracín medieval, y finalmente se desarrolla en una zona importante pero sobre todo una bella y dura tierra que también usted querrá descubrir o volver a ver, ahora con otros ojos.

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Lágrimas en el mar, de Ruta Sepetys

Lágrimas en el mar

Lágrimas en el marSe suele decir que una imagen vale más que mil palabras. En muchas ocasiones es cierto. Una sola imagen captada en el momento correcto puede mostrar y resumir a la perfección una historia o un sentimiento. Pero las palabras… las palabras van más allá, dan color a las zonas oscuras y, sobre todo, aportan detalles y matices que en una sola imagen no se pueden ver. Desde siempre hemos sido testigos a través de la televisión de violencia, hambre, injusticias, pobreza, guerras… en definitiva, de distintos desastres tanto naturales como propiciados por la mano del hombre. En el último año nos han impactado y destrozado los distintos documentos gráficos con los que nos han bombardeado los medios sobre los refugiados sirios llegando a las costas de Grecia y Turquía. En España, sin ir más lejos, vemos constantemente a miles de emigrantes tratando de cruzar nuestras fronteras y perecer en el intento. Son imágenes escalofriantes y se nos quedan grabadas en la memoria, pero aún así, son sólo una pequeña pieza de una historia mucho más grande. Y eso, amigos, profundidad y detalles, es lo que nos aportan las palabras.

Lágrimas en el mar, de Ruta Sepetys, pone el foco precisamente en la historia de unos pobres hombres y mujeres que tienen que huir de sus lugares de origen para escapar de la violencia y crueldad de la guerra y del hombre.

¿En qué nos habíamos convertido los seres humanos? ¿Era la guerra lo que nos volvía malvados, o simplemente despertaba la maldad que ya habitaba en nuestro interior?

Ruta Sepetys nos cuenta la historia del Wilhelm Gustloff, un trasatlántico (construido por orden de Hitler en tiempo de paz para dirigir y controlar el ocio de la clase obrera alemana, además de exaltar las virtudes del régimen nazi), en el que viajaban los sueños y esperanzas de libertad de hasta 10.000 refugiados y militares alemanes que huían del asedio al que estaba siendo sometido el este de Europa por parte de los Aliados, durante los coletazos finales de la Segunda Guerra Mundial. El barco jamás llegó a su destino debido a que fue el blanco de varios torpedos lanzados por un submarino soviético el 30 de enero de 1945. Su hundimiento supuso la mayor tragedia marítima de la historia superando con creces el número de fallecidos del Titanic y del Lusitania, con más de 9.000 personas que perdieron la vida en las heladas aguas del Báltico aquel fatídico día.

Durante las semanas que pasé huyendo me había imaginado todos los finales posibles. Había hecho un listado de todas las formas en que podría morir. Eran espantosas, aterradoras. Había planeado detalladamente cómo me defendería, que arma usaría. Pero esto no me lo hubiera imaginado nunca. ¿Cómo te defiendes ante la agonía prolongada e insufrible de saber que terminarás rindiéndote al mar?

En Lágrimas en el mar conocemos la historia desde el punto de vista de cuatro protagonistas cuyo único rasgo en común es que son prácticamente niños, jóvenes de entre 15 y 21 años. Cada uno proviene de un país y carga con sus propios demonios y circunstancias, pero todos ellos se ven obligados a madurar y a enfrentarse a la terrible época en la que les ha tocado crecer. Ruta Sepetys es directa y sencilla y mediante capítulos cortos va pasando de un personaje a otro haciéndonos ver las distintas formas de afrontar y actuar ante un suceso de tal envergadura.

Aunque los protagonistas sean tan jóvenes y el libro se haya clasificado como histórico juvenil, se puede leer y disfrutar tengas la edad que tengas. No es una novela especialmente detallada, pero cuenta e introduce en la narración perfectamente los datos suficientes para trasladarnos a ese periodo histórico y, sobre todo, expresa muy bien las reflexiones y pensamientos de este grupo de críos que luchan por sobrevivir. El foco de esta obra está puesto en las personas, en sus historias, en lo que supone verdaderamente una guerra para la gente que sin quererlo ni comerlo se ve inmersa en ella y se ven obligados a alejarse de sus hogares, a ver morir a sus seres queridos y a dejar atrás sus raíces. En este libro vemos cómo el ser humano puede ser generoso y solidario o cruel y egoísta; cómo el hombre es capaz de lo mejor y de lo peor.

Deseé poder hablar lituano en vez de alemán. Cantar canciones lituanas. Me habían obligado a dejar atrás todo aquello que siempre amé (…) He perdido a mi familia, mi idioma y mi país. Lo he perdido todo.

Ruta Sepetys hace un ejercicio de memoria en Lágrimas en el mar. Le da voz a las miles de personas que fallecieron aquel día de 1945 y nos descubre un suceso que no ha colmado los titulares y ha pasado por la historia como de puntillas, a pesar de ser una de las tragedias de mayor magnitud, dentro de una de las dos guerras más cruentas que hemos vivido. Como la propia autora se pregunta, ¿por qué hay episodios históricos que acaba conociendo todo el mundo mientras que otros quedan relegados al olvido?, ¿qué es lo que determina la manera en la que los hechos pasan a la historia? Os recomiendo fervientemente este libro y os invito a reflexionar sobre estas cuestiones.

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Palabralogía, de Virgilio Ortega

Palabralogía

PalabralogíaCuando niños, hablamos cotidianamente en nuestra lengua natal y ni siquiera nos ponemos a pensar en por qué, una detrás de la otra, vamos escogiendo determinadas palabras entre todas las que existen para usar; tampoco nos preocupamos por preguntarnos porqué “libro” se dice “libro” y no, por ejemplo, “elefante” ya que nos parece totalmente lógico que se diga de esa manera y no de otra. Cuando empezamos a crecer, comenzamos a entender que todas las historias se escriben con palabras, pero todas las palabras también tienen sus propias historias. De eso se trata Palabrología, un apasionante viaje por el origen de las palabras.

La etimología, disciplina filológica que estudia el origen de las palabras y la evolución de su forma y significado, es el alma de este libro y el autor nos propone conocer la historia de las palabras vivas que resistieron el paso del tiempo y llegaron a nosotros (aunque muchas deformadas) para permitirnos comunicarnos fluidamente. Ante esto, la estructura del libro, resulta clave. Es que Virgilio Ortega, licenciado en filosofía y letras, nos propone un viaje imaginario por distintas épocas y lugares históricos para, de manera amena y clara, sumergirnos en la vida cotidiana y a través de ella ir conociendo el origen de cientos de palabras.

Así, tras un capítulo introductorio y general en el que conoceremos el origen de los nombres de los días, meses o estaciones del año, viajaremos a Egipto, Atenas, Los Juegos Olímpicos, Roma, Salamanca y Upsala, diversas épocas y lugares que son claves para que hoy hablemos español de la forma que lo hacemos y con las palabras que utilizamos. El lector, además del origen de las palabras, podrá así conocer historia pura y dura ya que al mismo tiempo que noveladamente asistimos al Coliseo romano, el autor, que cual Marty McFly va saltando de año en año, nos va aclarando el significado de cada palabra en cada época. ¿Vemos un Gladiador? Pues te recuerda que su nombre deriva de Gladius, la “espada corta” de los luchadores romanos ¿viajamos a un anfiteatro griego? Entonces aprenderemos que Anfiteatro significa “teatro por ambos lados” y que “Anfi” también se usa en palabras tales como Anfibio (dos vidas) o Ánfora (dos asas)

Y así una y otra vez: historia y etimología a raudales para las mentes más curiosas.

Particularmente, por momentos el libro se me ha hecho un poco mareante, ya que leer un solo párrafo puede contener entre paréntesis, decenas de explicaciones etimológicas, haciendo que la lectura sea un parar y seguir constante, pero tal vez eso me ha ocurrido por no haber seguido el consejo que el autor da al principio del libro, que consiste en determinar previamente la forma en que se ha de leer Palabralogía. El autor propone que los amantes de la historia, lean todo el libro sin detenerse en los paréntesis, mientras que los amantes de la etimología solo lean los paréntesis. Como tercera opción el autor asegura que el libro puede leerse de corrido y al completo, pero aclara que puede resultar pesado y recomienda leerlo capítulo a capítulo, dejando espacio entre ellos para el descanso de la mente; lo que el autor se olvidó de tener en cuenta es que cuando un curioso como yo empieza a leer un libro para curiosos como éste, resulta imposible parar. La conclusión es que Palabralogía, en mi caso, requiere de una relectura, tras haber sido devorado apasionadamente.

Si eres un enamorado de la etimología y la historia, este libro te encantará; además, una vez leído y colocado en la biblioteca personal, quedará allí como referencia siempre que queramos quitarnos alguna duda sobre el origen de alguna palabra.

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La virgen roja, de Bryan y Mary M. Talbot

La virgen roja

La virgen rojaDesde hace algunos años, la novela gráfica ha empezado a salir de la introspección autobiográfica y la ficción más fantasiosa para adentrarse en la vida de los demás y la historia de otros lugares. Ahí están, por ejemplo, las impagables crónicas de Joe Sacco, los reportajes de Emmanuel Guibert, o las biografías de A. Dan y M. Le Roy. La pareja formada por Mary M. Talbot y su marido Bryan han publicado tres biografías consecutivas que han cosechado premios y encendidos elogios, y hoy os traigo la última de ellas.

La virgen roja nos habla de un breve episodio de la historia que pudo cambiar el curso de ésta y que, como tantos, quedó en sueño roto o en pesadilla exorcizada, según a quién preguntéis. Hablamos de la Comuna de París, que, pese a su relevancia y a que sucedió hace apenas siglo y medio, no es una historia muy conocida por estos lares.

Lampedusa acuñó esa frase inmortal de “que todo cambie para que todo siga igual”, y eso es algo que acostumbra suceder con las revoluciones. Así, en Francia se decapitó un rey para que acabara ocupando su lugar un emperador, Napoleón III. En ésas estamos cuando una serie de sucesos en los que, por pereza y desconocimiento, no vamos a entrar, condujo en París a un efectivo vacío de poder del que se aprovecharon los obreros, los antimonárquicos, los anarquistas y las milicias ciudadanas para instaurar la Comuna de París, que anarquistas y comunistas se disputan desde entonces como el primero de sus triunfos. El personaje más carismático de aquella Comuna fue la educadora, poeta y líder social Luoise Michel, conocida como la Virgen Roja.

De manera un tanto desconcertante, Mary Talbot, la guionista, decide abrir y concluir esta excelente novela gráfica con un curioso personaje histórico, Franz Reichelt, un sastre austriaco destinado a un trágico final. La figura de Reichelt, a quien no vemos más que en esos dos momentos, sirve quizá a Talbot para acentuar el valor y la abnegación de Michel. Tanto uno como otra han sido definidos de manera errónea como soñadores, cuando en realidad ambos dieron una patada a los sueños y se lanzaron de lleno a la lucha con la realidad, aun a riesgo de perder la vida. Quiso el destino, injustamente o no, que uno de ellos pasar a la historia como una mera nota a pie de página que dice “loco”, y que la otra, de manera indiscutible, se convirtiera en una leyenda de la lucha en favor de los oprimidos.

Pocas personas son capaces de ser consecuentes con sus ideas y principios hasta el punto de sacrificar su bienestar, su libertad y su ida. Louise Michel, arrestada por incitación a la violencia, entre otros cargos, exigió al tribunal que la juzgó que la condenara a muerte, y lo hizo con unas palabras que han pasado a la historia y que las ilustraciones de Bryan Talbot hacen aún más memorables.

Dado que parece que todo corazón que late por la libertad sólo tiene derecho a un poco de plomo, exijo mi parte. Si me dejáis vivir, no dejaré de clamar venganza…

El tribunal, sin embargo, decidió deportarla a Nueva Caledonia, donde Michel continuó con su lucha al lado de los desfavorecidos.

Con un gran sentido narrativo, una estructura en flashback enmarcada dentro de una conversación que tiene lugar precisamente el día de su funeral, con sus excelentes ilustraciones que hacen uso de apenas cuatro colores, y con unas interesantísimas notas finales, La virgen roja es una gran lección de historia en forma de novela gráfica.

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Textos críticos, de Thomas Mann

Textos críticos

Textos críticosTodo el que me conoce o sigue mis lecturas sabe que uno de mis libros favoritos es La muerte en Venecia, un libro que he leído en varias ocasiones y que además he trabajado en profundidad tanto con mi club de lectura como con otros grupos de trabajo literario; por él llegué al autor y por el autor llegué a La montaña mágica. Más que los autores me gustan los libros en particular, pero he de reconocer que cuando se habla de Thomas Mann, hablamos de un autor completo, un autor de esos que no escandalizaría que se le diera el de Nobel de literatura en su día.

Está claro que cuando aparecen en España estos Textos críticos de la mano de Navona no puedo dejarlos pasar por alto, debo y quiero leerlos, y anticipando que no ha sido una lectura sencilla de entrada, cosa que desde luego ya imaginaba, si les tengo que decir que me ha dejado maravillada. Por cómo escribe, pero sobre todo por lo que escribe, por la pasión que pone en lo literario, por su esfuerzo para comprender el sentido de la vida, por su inmensa formación cultural y humana, y naturalmente, por la capacidad para transmitir todo ese saber dando en particular a cada lector lo que puede asimilar en su lectura.

Así pues, si conocía algo de la biografía del autor y había leído algunos de sus libros, no podía ni imaginar lo que iba a encontrar entre estos textos seleccionados entre los más importantes ensayos del alemán que escribió a lo largo de su vida. De ser y existir hoy, no duden que no habría mejor crítico literario.

Textos en los que se adentra en los mundos que más le fascinan y mejor conoce: la filosofía, la política y la literatura. Y es por ello que encontraremos un análisis en profundidad de uno de los personajes que más marcó la formación del autor, y será por ello que la editorial inicia estos textos con un ensayo íntegro sobre Schopenhauer que leí con auténtica pasión y no precisamente porque sea una seguidora del filósofo, sino por la propia reflexión que de sus teorías hace Mann.

“La verdad y la belleza deben remitirse la una a la otra; tomadas por separado y sin el soporte que cada una encuentra en la otra se quedan en valores muy inestables…”

Tampoco falta en esta obra su maestro, Friedrich Nietzsche, y ahora sé un poco más de él y es posible que incluso lo entienda un poco mejor.

El prologo a una novela de Joseph Conrad me ha parecido de lo más interesante y literariamente intenso. Pero siendo yo reseñista no puedo pasar por alto el especial cariño que he puesto en la lectura de sus críticas o reseñas sobre los libros de Knut Hamsun.

Y he de reconocer que me ha sorprendido muy gratamente, el libro es el protagonista pero el pensamiento de Mann y su propio sentir tras la lectura de su adorado Hamsum es lo que prevalece. Nada le incomoda hablar de él con el extremado cariño que le profesa, desde el amor que siente por él por haber sido quien le hiciera amar la literatura… ¿Se puede ser más sincero y honesto al mismo tiempo que se conserva la objetividad? Se puede, lo sé, porque sería como cuando yo misma hablo de Mann, nada de lo que les diga será nunca comparable a lo que realmente merece que se diga de él.

Dejo para el final la conferencia en la que habla sobre La montaña mágica, porque en ella habla de él, de su vida, de su familia, de sus pensamientos, sobre lo que creyó que iba a ser y lo que realmente fue… Así, como la vida y la literatura, una sorpresa, una guerra de por medio, y el escritor que crece como hombre, como ser humano que siente y piensa. Dice Mann que la cultura, la intelectualidad, no puede ser apolítica; que la mente y la política van de la mano, así lo creo yo y así debe ser.

Sé que a los amantes del autor ya los tengo convencidos ¿Y a usted?

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Casarse con él, de Lisa Kleypas

Casarse con él

Casarse con élTras la lectura de Un seductor sin corazón, en el que descubrí la prosa y los sentimientos que despierta una de las autoras de romántica más leídas del mundo, no podía dejar de leer su continuación. El final de la primera entrega de la serie Los Ravenel dejó con demasiadas dudas respecto a una pareja que rivalizó en protagonismo con la principal y que, personalmente, me gustó mucho más por su realismo y por la atracción hacia sus personajes, tan diferentes como interesantes.

Casarse con él comienza tal y cómo terminó el primer libro, con un final feliz de una de las parejas y con incertidumbre ante el posible fin de la otra. Tras el primer encuentro entre Helen y el señor Winterborne, en el que la primera se ve conducida a cuidar del segundo debido a su estado convaleciente, ambos empiezan a sentir una atracción mutua que supera todas sus expectativas sobre el amor. Escépticos y sin conocerse demasiado el uno al otro, se encaminan de un día para otro hacia un matrimonio precipitado y sin el consentimiento de nadie de su entorno. Pero algo sucede que hace que Helen cambie de opinión pese a sus sentimientos… ¿Qué ocurrirá de aquí en adelante?

Tal y como Lisa Kleypas lo hizo en su anterior novela e, imagino, en todos sus libros inspirados en el género romántico histórico, la ambientación que crea es brillante y nos conduce muy bien a una época en la que la caballerosidad, la elegancia y los buenos modales abundaban entre las clases sociales altas. Aunque también, en muchas ocasiones, el machismo y las grandes diferencias entre las personas. Pero no es en este tema en el que se centra este tomo, ni tampoco en el amor, a pesar de que no lo parezca en absoluto. Me ha sorprendido gratamente que la autora le haya dado más importancia a la evolución de los personajes que a la propia relación amorosa, pero así ha sido en este caso.

Y es que, aunque parezca mentira por su título, su portada o su sinopsis, nada es lo que parece en Casarse con él. Empezando por los personajes principales, Helen es la típica dama inglesa de la nobleza de la época: buenos modales, tímida, que siempre sigue las reglas y obedece a su familia. Por el contrario, el señor Winterborne, que no es noble sino un hombre de negocios burgués, es arrogante, engreído, antipático y soberbio. Pero, como he dicho, nada es lo que parece en esta novela y los prejuicios nos llevan a sorprendernos durante el desarrollo de estos dos personajes. No solo en su relación, sino también como personas que deciden vivir según los dictados de su corazón en una sociedad en la que lo único que importa son las apariencias, el dinero y el poder.

Y quizás es eso lo que, por ahora, me ha hecho seguir leyendo a Lisa Kleypas, la introducción de otros elementos que aportan mayor profundidad a la historia de amor por sí sola. Aunque también demuestra que es una gran escritora del género, despertando sentimientos y emociones en el lector en cada uno de sus capítulos por su gran semejanza con la realidad. No crea, a mi parecer, historias inverosímiles, sino historias que podrían parecer reales hasta en nuestra propia época.

A pesar de su ritmo en ocasiones demasiado lento y de su falta de situaciones dramáticas que cambien el desarrollo monótono de la novela, Casarse con él es un libro diferente y original dentro del género romántico histórico, saliéndose de lo típico de ambos géneros con personajes femeninos con carácter y resolución, otorgándole menos importancia al elemento amoroso que en el resto de los libros de este tipo. Además, se puede leer independientemente sin haber leído el primer libro, algo a destacar entre tantas y tantas sagas que dominan actualmente las librerías. Una buena opción para alejarse de los tópicos demasiado romanticones y cursis y disfrutar de una novela en la que no es tan importante su historia de amor, sino la forma y el desarrollo de los personajes que le dan vida en cada una de sus páginas.

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Últimos testigos, de Svetlana Alexiévich

Últimos testigos

Últimos testigos«¿Qué es mejor: recordar u olvidar?».

¿Para qué hablar una y otra vez de la Segunda Guerra Mundial? ¿Para qué rememorar continuamente las atrocidades de ese episodio de nuestra historia reciente si ya no podemos ponerle remedio? ¿Para qué ensalzar o criminalizar a uno u otro bando, si lo pasado, pasado está?

«Repaso los recuerdos de la guerra para comprender. Si no, ¿para qué sirven los recuerdos?».

Comprender. ¿Es posible? ¿Leer cientos de páginas nos hará entender a esos hombres que torturaban y mataban a sus semejantes?, ¿que pasaban de fusilar a una familia entera a jugar con un perro?, ¿que se entretenían aterrorizando a una niña, volando con su bombardero cerca de ella?

«¿Sigue vivo aquel piloto? ¿Cómo son sus recuerdos?».

Imposible imaginarlo. Nada hay más desconcertante que el ser humano: capaz de lo mejor y de lo peor, incluso en la guerra. Pero, aunque nunca lleguemos a comprender ni una mínima parte de tanto sufrimiento y maldad, es necesario leer esas páginas que nos hablan de lo que sucedió, porque olvidarlo sería cometer una injusticia más.

«¿Eso es todo? ¿Todo lo que ha quedado de aquella pesadilla? Solo unas cuantas docenas de palabras…».

Últimos testigos, de la ganadora del Premio Nobel de Literatura 2015, Svetlana Alexiévich, es un libro que recoge los testimonios de decenas de bielorrusos que vivieron la guerra siendo niños, y es, para mí, una obra imprescindible sobre ese periodo histórico. Ni Hitler, ni los aliados, ni grandes y decisivas batallas: solo la realidad de unos niños que tuvieron que luchar y sobrevivir en una guerra que llegó una mañana cualquiera, quemando su casa y matando a sus padres en la mayoría de ocasiones.

«Vi cosas que no se deben ver… Cosas que un ser humano no debe ver. Y las vi siendo niño…».

Encabezados con una frase, el nombre, la edad que tenían cuando comenzó la guerra y la actual profesión, Svetlana Alexiévich enlaza los testimonios de unos y otros, dando una identidad individual a todos y remarcando, con ese apunte a su actual profesión, que ellos sí pudieron tener un futuro, a pesar de las pérdidas, las hambrunas, la orfandad, las torturas.

«La gente que no ha visto a una persona matando a otra es otro tipo de gente».

Los niños de la guerra no fueron niños cualesquiera porque no les dejaron tener infancia. Han tenido que cargar con secuelas de por vida, pero también aprendieron a ver el mundo con otros ojos: en toda su crudeza y con una inconcebible compasión.

«Mi hermano y yo crecimos entre gente desconocida. Nos salvó gente desconocida. Pero ¡si no son desconocidos! Toda la gente es familia. Vivo con esa sensación, pero a menudo me decepciono. La vida en tiempos de paz es otra cosa…».

Niños que vieron a su familia morir frente a ellos y niños que mataron. Niños que daban lo poco que tenían de comer a un soldado alemán hambriento y niños que utilizaban los cadáveres congelados de los nazis como trineos. Últimos testigos es un libro lleno de contrastes, donde las frases lapidarias se suceden sin parar, pues no hay imagen más precisa que aquella que describe la emoción vivida y grabada en la memoria.

«La guerra tardó mucho en acabar… Dicen que cuatro años. Durante cuatro años nos dispararon… ¿Cuánto tiempo nos llevó olvidarla?».

Svetlana Alexiévich traza un hilo conductor entre los recuerdos de los entrevistados a través de preguntas que quedan implícitas en los discursos: ¿qué recuerdos tienes de antes de la guerra?, ¿qué dejó una huella más intensa en tu memoria en aquellos días?, ¿tenías algún sueño?, ¿qué te quedó del orfanato? El resultado es un retrato abrumadoramente sincero, tanto de la realidad cotidiana del aquel episodio bélico como de la forma de vida de las familias bielorrusas de la época.

«No grites, boba. El Führer os está liberando de Stalin».

Últimos testigos es, en definitiva, un necesario homenaje a los últimos supervivientes de la Segunda Guerra Mundial y una puesta en valor de sus recuerdos y reflexiones.

«Somos los últimos testigos. Nuestro tiempo se acaba. Tenemos que hablar… Nuestras palabras serán las últimas…».

Nunca está de más un nuevo intento de comprender el pasado si así aprendemos a actuar en el presente, recordando que hoy en día también hay millones de niños que son testigos y víctimas de guerras, para que dentro de cincuenta años no nos demos cabezazos al escuchar los testimonios de sus supervivientes. Porque con ellos estamos a tiempo de cambiar su futuro. Porque, con ellos, el olvido no es solo injusticia, sino crimen.

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Lo último que verán tus ojos, de Isabel San Sebastián

Lo último que verán tus ojos

Lo último que verán tus ojosLa Segunda Guerra Mundial ha dado para un montón de libros, películas, novelas gráficas y un largo etcétera. Supongo que el que ya existieran las cámaras y el cine, ha ayudado a que “viéramos” la guerra desde más cerca. Los que sobrevivieron pudieron además, contar sus vivencias al que las quisiera oír gracias a este mundo globalizado y conectado. Diferentes puntos de vista, claro, aunque siempre prima el norteamericano, por esto de que ellos tienen la industria cinematográfica más potente y porque acogieron a muchos de los que huyeron de una Europa devastada.

Isabel San Sebastián se viene a sumar con esta novela a las muchas que tratan este tema. Me animé a leerlo porque me pareció atractivo el argumento y porque me encanta la obra del Greco, que os preguntaréis qué pinta aquí el Greco, pues pinta, pinta. Os cuento: Carolina Valdés es una especialista en arte, que está en Nueva York para certificar la autenticidad de un paisaje del Greco desconocido hasta ahora, que ha aparecido misteriosamente en 2015 y que van a subastar por una millonada. Conoce a Philip Smith, un taxista de la Gran Manzana, que asegura que ese cuadro había pertenecido a su familia y había sido robado por los nazis. Se embarcan en una investigación muy emocionante, que les lleva a Budapest, donde Philip averiguará muchas cosas de su familia judía, de cómo su abuelo fue una de las víctimas del Holocausto. Rememoraremos con ellos los horrores de la guerra, la masacre, la injusticia, pero también recordaremos a gente buena, como el diplomático español Ángel Sanz Briz, que salvó a millares de judíos y a otros, que como él, se jugaron la vida por los demás, sin recibir nada a cambio. Siguiendo las pistas, llegarán a Madrid y Philip va a ir descubriendo muchos otros secretos de su familia, algunos muy dolorosos. En medio de todo esto surge el romance, of course. Era imposible que entre dos personajes tan contrapuestos y tan atractivos, no acabaran saltando chispas.

Todo esto contiene Lo último que verán tus ojos: lecciones de historia, de villanos, de héroes, de arte, de amor y de odio. Es muy entretenida, emocionante, rápida, incluso los pasajes en los que se cuentan los datos más estrictamente históricos, que podrían ser densos, no lo son; se hacen amenos y se cuentan de forma muy ligera. Quizá he echado de menos un trabajo un poco más profundo de los personajes, que me han parecido bastante previsibles, pero es por ponerle un pero.

Me gustan mucho este tipo de novelas históricas, de estas que meten dentro de la Historia, otra inventada. He disfrutado mucho de las novelas de Julia Navarro y de Ken Follet, aunque esta que hoy nos ocupa tiene de diferente que la trama no está en el momento histórico del que trata, sino en el actual y se cuentan cosas del pasado. Es un mirar atrás, no un vivir la historia. En algunos momentos me ha venido a la cabeza La frontera dormida de José Luis Galar, por la temática del expolio nazi, la investigación de una especialista en arte y la ambigua relación que tuvo España con las víctimas y los verdugos de esa guerra. Pero no solo nos cuenta sobre la Segunda Guerra Mundial y la posguerra, sino que también nos da una lección de arte sobre el Greco y sobre la época en la que vivió en España; sobre los sefardíes españoles de antaño o sobre la actual comunidad ultraortodoxa del barrio del Williamsburg en Brooklyn, por ejemplo. Ahí es nada, en poco menos de 400 páginas aprendes un montón y a mí me encanta que me enseñen, así que he disfrutado mucho.

No había leído nada de Isabel San Sebastián y, aunque sé que tiene una dilatada trayectoria periodística, tampoco la conozco mucho en ese campo; no soy asidua espectadora de los programas en los que ha trabajado, así que he ido bastante a ciegas a su encuentro (iba a decir virgen, pero suena fatal y no sería verdad) y me ha gustado su forma de escribir, de explicar las cosas. Parece una mujer con un marcado carácter, decidida y que no se amedrenta con facilidad. Tendría que preguntárselo, pero yo veo algo de ella en Carolina, la protagonista de la novela.

Me encanta la dedicatoria del libro: “A todos los que no se resignan, ni se venden ni se callan ni se rinden”, me parece precioso.

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Los Románov, de Simon Sebag Montefiore

Los Romanov

Los RomanovDicen que la realidad siempre supera a la ficción. A menudo nos sorprenden con nuevas series televisivas y novelas que consiguen demostrarnos la cara más oscura del ser humano, introduciéndonos en universos donde la ambición, la traición, las ansias de poder, el asesinato y las conspiraciones conviven en un mismo lugar. Pero lo cierto es que hubo una dinastía que reunía todaes esas características y algunas más. Los Románov, que gobernaron Rusia durante más de trescientos años, podrían perfectamente encarnar su propio Juego de Tronos televisivo. Desde que el primero de todos ellos, el emperador Miguel, se coronase en 1613, una sucesión de zares y zarinas gobernó con mano de hierro durante más de tres siglos. Con grandes estadistas que acercaron cada vez más a Rusia a la cultura europea como Pedro el Grande o Catalina II, o figuras oscuras y tiránicas que hundieron el prestigio de la dinastía en el abismo más oscuro, como Ana Ivanova o Pablo I, esta dinastía pervivió hasta los días de la Revolución rusa, sobreviviendo a mil diatribas. Eso es precisamente lo que se nos presenta en el libro Los Románov que editorial Crítica acaba de publicar en español.

Apasionado de la historia rusa, y autor veterano de otras obras famosas que le han proporcionado ya prestigio internacional, Simon Sebab Montefiore ambicionaba presentar un libro capaz de aglutinar la historia de los Románov, sin caer en un manual histórico, aburrido y repleto de datos. Después de pasar años descubriendo la historia y la cultura de ese fascinante país, Montefiore se imbuyó de los estudios referencia y se adentró en los grandes archivos históricos, presentándonos un relato cargado de rigor histórico, bien documentado y con espíritu crítico. Pero todo ello sin privar a su obra de una escritura amena y excitante, como si de una novela se trataba. De hecho, sus más de seiscientas páginas se leen con gran agilidad, hasta el punto de que se hace realmente difícil detener su lectura.

Para dotar a su relato de mayor atractivo y fuerza, el autor ha diseñado la trama como si de una obra teatral se tratase. Al inicio de cada capítulo se nos presenta un reparto de personajes, con sus protagonistas en la figura de los zares y zarinas, y sus personajes secundarios encarnando todos los elementos que constituían la Corte rusa. Asimismo, Montefiore nos traslada a los grandes escenarios de los Románov: deslumbrantes palacios como Peterhof, terribles prisiones y campos de batalla.

Ambientando el relato cronológicamente, el autor comienza con los inicios de la dinastía. Para tal fin, nos sitúa en la convulsa Rusia heredada de Iván el Terrible, en un momento en que la corona imperial estaba bañada en sangre y los Románov eran solamente una más de las grandes familias rusas que aspiraban a sentarse en un trono prácticamente vacío. Así, el autor nos demuestra cómo los Románov asentaron todo su poder valiéndose de una incuestionada autoridad, un supuesto derecho divino y una política cimentada en el terror. Es aquí donde se dan cita personajes fascinantes, que tuvieron un papel de renombre en la historia rusa: Pedro el Grande, la inteligente Catalina II, la despiadada Ana Ivanova, el desquiciado Pablo I, Potiemkin, el oscuro Rasputín… En esencia, una variada gama de personajes que reúnen todos los tintes necesarios para la mejor de las novelas. Llegamos así hasta al siglo XX, en un momento en el que, después de tres siglos de un poder incuestionado, las brumas de nuevos tiempos traían el cambio. Y una dinastía que se había mantenido en el trono sin interrupciones, se vio de pronto impotente ante los ecos de la famosa Revolución de febrero de 1917, que en tan sólo cinco días destruyó la autocracia rusa y arrebató su corona a los zares.

Sin lugar a dudas, son muchas las razones por las que Los Románov es una obra fundamental. En primer lugar, son muy pocas las obras sobre Rusia traducidas al español. Al mismo tiempo, destaca el hecho de que no se trata de uno más de los manuales de Historia que podemos consultar. Todo lo contrario, el autor ha perseguido potenciar una historia divulgativa y fácilmente accesible al público interesado en general. Es por esto que cada una de sus páginas nos atrapa hasta el punto de transportarnos a un mundo fascinante a la par que oscuro, donde la ambición, la crueldad y la tiranía se entremezclan con la magnanimidad, el deber y el buen gobierno, en una Rusia contradictoria y atrapada entre dos continentes.

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La cita mortal, de David Berniger

la cita mortal

la cita mortalTengo un prejuicio – que, afortunadamente, con el tiempo va desapareciendo – y es el siguiente: no suelo salirme de los circuitos más “oficiales” (por llamarlos de alguna manera) del sector editorial. Esto quiere decir que es muy raro que yo mire en la sección de libros autopublicados o que haya algún libro que me interese especialmente. Supongo que el tiempo ha hecho que me vuelva vago, que no me entre la curiosidad por otro tipo de publicaciones o que la desidia – y cierta crítica que hago siempre a ciertos sectores de esta industria – hayan hecho que prefiera centrarme en lo que una editorial que ya conozco de sobra vaya a ofrecerme. Cuento todo esto porque hoy traigo un libro que, por razones que no vienen al caso, es muy posible que yo no hubiera reseñado, que no me hubiera llamado la atención, y que hace referencia a lo que decía al principio sobre mi prejuicio: ha hecho que vayan bajando mis humos y que me acerque a La cita mortal con una sensación de entretenimiento y buen rato que dejan en evidencia varias cosas que, por no extenderme mucho en esta introducción, iré desgranando más adelante. Hasta entonces, la historia es la que sigue…

Roma, 21 de agosto de 1280. Abraham Abulafia, es encarcelado en los calabozos del Vaticano acusado de la muerte del Papa Nicolás III. Será allí donde narre su injusticia y donde la historia que encierra este libro tejerá de acción e intriga aquellos parajes de la Historia que quizás no hayamos sabido nunca.

Hablaba hace poco con un amigo sobre las novelas de entretenimiento. No es la primera vez que hago referencias a ellas en una reseña, pero con La cita mortal me permito repetirme por una simple razón y una pregunta que aparece todo el rato en mi mente: ¿acaso es necesario que una novela tenga un estudio pormenorizado del ser humano, una complejidad extrema, o se convierta en todo un acontecimiento generacional para que esté bien? David Berniger ha escrito un thriller histórico que acompaña al lector y le propone un juego histórico entretenido y lleno de momentos de tensión que, aunque no aparezca en los carteles publicitarios ni tenga una campaña llena de miles de euros detrás, convierte la literatura, la novela, la Historia, en un juego del y con el que participar sin sentirnos mal por ello. Esta es una de las cuestiones a las que hacía referencia en la introducción y que se agradece en los tiempos que corren: que a uno le den una bofetada, aunque sea liviana, para enderezarle un poco y permitir que pueda ver más allá de lo que las librerías nos pueden ofrecer o de lo que editorales que llevan copando los top de ventas durante años publican. No pretende ser, a pesar de lo dicho, un ataque hacia lo que hoy se publica o se deja de publicar. Esa es otra cuestión de otro debate. Lo que quiero plasmar es que son novelas como la que hoy traigo las que muestran que la literatura, sin entrar en los debates de la dicotomía entre buena y mala que me parecen absurdos, puede llegar a un público y hacer que el tiempo que se pase entre sus páginas sea aprovechado en el simple – y noble, si se me permite – arte de entretener.

La cita mortal es una novela, ya lo he dicho antes, en la que no me hubiera fijado. ¿Quiere esto decir que si yo no me fijo en una novela no merece la pena? A la vista de lo que me ha sucedido a mí la respuesta es obvia: no. David Berniger nos traslada a otra época, a los pasadizos de un momento histórico, a las traiciones e intrigas de otra ciudad, y lo hace con cierta elegancia, casi sin que nos demos cuenta, como si fuera sencillo escribir ya que, para nosotros, la lectura se tornará rápida y habremos llegado al final casi sin que nos demos cuenta. Quizás la única crítica que yo pueda hacerle vaya para su contraportada, en esa necesidad imperiosa que se tiene de comparar novelas y autores, unos con otros, cuando la propia voz de uno debiera ser lo suficientemente interesante como para que tuviéramos que establecer las similitudes y diferencias entre las lecturas. Pero entiendo de marketing. Sé que eso hace que la gente tienda a comprar más novelas. Pero sin embargo sigo creyendo que esta novela puede interesar al lector por sí misma, bien sea por las palabras que los que la leemos vayamos diciendo o escribiendo sobre ella, o porque tú, que has investigado sobre lo que nos propone su autor, hayas decidido elegir un buen thriller histórico que está dispuesto a una cosa que a mí me parece que ya es para estar satisfecho: divertir y entretener al personal mediante la palabra.

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El libro de los muertos tibetano

El libro de los muertos tibetano

El libro de los muertos tibetano«El libro de los muertos tibetano es el tratado escatológico que con mayor precisión ha descrito todos los fenómenos que encontraremos tras nuestra muerte». Esto es lo primero que leemos en la sinopsis de un libro que lleva siglos y siglos enseñando a morir. Yo, que siempre he creído que los libros enseñaban a vivir, me sorprendo ahora con uno entre las manos que hace todo lo contrario: enseñar a morir.

Y es que El libro de los muertos tibetano – o Bardo Thödol –, descubierto en el siglo XIII pero existente ya desde siglos anteriores, es un seguido de pautas a seguir para autorrealizarse tras el fallecimiento. Situado en el contexto de las sagradas escrituras del Tíbet, esta obra es una parte de ellas y un manual de obligado uso para todos los seguidores de la religión tibetana. Como si se tratara de una guía, estas enseñanzas son dictadas al oído del fallecido con el fin de encaminarle hacia el sendero de la propia realización espiritual, evitando la reencarnación, salvando el alma de los cuerpos físicos, alcanzando el nirvana.

A través de tres fases, como si fueran tres oportunidades, el muerto tiene la posibilidad de salirse del ciclo de las reencarnaciones, siempre ayudado por su guía, su maestro o la persona de confianza que le marca el camino a seguir con este libro en las manos. Es un tanto extraño saber que estás leyendo algo que se ha recitado a muchos muertos a lo largo de la historia, algo que narra el proceso de la defunción, de cómo el alma se separa del cuerpo, de la lucha contra las deidades – apacibles por un lado e iracundas por otro –; en definitiva, del proceso de la muerte. Mediante estas fases, descritas y explicadas previamente y de forma exquisita por Ramon N. Prats en la introducción, el alma del difunto trabaja para orientarse en un espacio confuso e inexplicable como es lo que hay más allá de la muerte. ¿Te imaginas que alguien te contara qué tienes que hacer justo cuando notes que estás muerto? Pues este libro lo hace.

Una de las partes más importantes de esta edición, sin duda alguna, es la introducción de Ramon N. Prats, en la cual nos explica que es la primera vez que esta obra se traduce directamente del tibetano al español y donde nos habla de las adaptaciones que ha llevado a cabo, las notas que ha decidido incluir, y el tipo de vocabulario manejado.

En definitiva, debo decir que es sorprendente la lectura de El libro de los muertos tibetano, sobre todo para alguien que desconocía su existencia. Suele repetirse en su interior que la persona debe leer y releer estas enseñanzas en vida para que le sea más fácil el camino al morir. También se suele decir, esto ya no dentro del libro, que todos los miedos que sufrimos los humanos nacen del mismo: el miedo a morir. Espero, después de haber quedado sacudido por este extraño y confuso panorama que ofrece la obra, que haya perdido un poco el miedo, que haya quedado dentro de mí algo que me avise de la finitud de mi cuerpo o, por lo menos, algo que me ayude a reconocer que habrá un momento en que yo – o una parte de mí – diga para siempre adiós.

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