
Hace unos días fui a ver la exposición sobre Austwitch que se ha instalado temporalmente en Madrid. Salí, como casi todos los que la visitan, profundamente tocado de la sala de exposiciones unas cuantas horas más tarde. Posiblemente sea una de las experiencias que más me han impresionado en meses y, sin embargo, no se debió a los objetos que se exponían en el recinto; fueron los testimonios de aquellos que sobrevivieron al exterminio nazi, escritos sobre las paredes y expuestos en vídeos a lo largo del recinto, los que me pusieron la piel de gallina. Porque no hay una forma más pura y potente de conocer la historia que a través de la boca de los que la protagonizaron. Y esto, a otro nivel, es lo que ofrece 50 discursos que cambiaron el mundo: un acercamiento a momentos clave de la historia por medio de las palabras de sus principales protagonistas.
Escogidos y diseccionados por el periodista Andrew Burnet, los discursos de personalidades de la importancia de Einstein, Ghandi, Sadam Hussein o Barack Obama ayudan a comprender mucho mejor tanto sus propias individualidades como los cambios sociales y políticos que propiciaron con su actividad. Además, los textos van acompañados de notas a pie de página en las que se dan explicaciones precisas y enriquecedoras. Tanto estas como los párrafos que introducen los discursos ayudan a situarse en el contexto en el que estos fueron pronunciados. Estos apoyos resultan especialmente útiles en el caso de las lecturas acerca de algunas personalidades que no son tan conocidas para el gran público, como Dag Hammarskjold (2º Secretario General de la ONU) o Betty Friedan (pensadora clave en el movimiento feminista).
Uno de los principales mensajes que transmite este libro es que las grandes ideas son imperecederas; así, la mayor parte de los textos, como el de la sufragista inglesa Emmeline Pankhurst, tienen un fondo muy aplicable a la actualidad. Es más, si uno presta atención a las declaraciones de los políticos contemporáneos podrá comprobar que gran parte de las propuestas y opiniones que estos manifiestan ya han sido desarrolladas en centenares de ocasiones —y, por regla general, de forma mucho más brillante y elocuente—.
Y es que en este libro también se destilan los atributos dialécticos de los oradores, tan variados y diferentes como ellos mismos. Así, mientras que Ghandi se nos muestra como un ser dotado de una retórica sencilla y didáctica, en la que basa su persuasión para, por ejemplo, explicar a su pueblo la estrategia de la no colaboración con los británicos, Hitler o Mussolini apelan a la emoción y a sentimientos como la unidad o la integridad para lograr un apoyo masivo a decisiones que, de otra manera, serían mucho más difíciles de digerir. Es por ello que la lectura de estos textos puede ser de mucha utilidad para aquellas personas que tengan que emplear la oratoria en su día a día, ya que prácticamente de todos ellos se pueden sacar recursos para mejorar en este ámbito. No obstante, también hay otros casos, como el «puedo prometer y prometo» de Adolfo Suárez, en los que las piezas parecen haber sido escogidas más por su valor histórico que por su calidad o complejidad.
El orden cronológico en el que se colocan los textos también resulta beneficioso, ya que permite hacer un recorrido por la historia reciente a través de estos. Esto resulta interesante, sobre todo, en episodios prolongados y con protagonistas múltiples; así, en el caso de la II Guerra Mundial se nos ofrece la posibilidad de seguir el desarrollo del conflicto a través de las palabras de Chamberlain, Churchill, Stalin o Goebbles, lo que sin duda resulta provechoso para alcanzar un conocimiento más global del mismo.
50 discursos que cambiaron el mundo supone, en definitiva, una recopilación valiosa y bien analizada, y uno se da cuenta de la verdadera importancia de estos discursos cuando, incluso puestos sobre papel y sin que haya ningún gran orador recitándolos, consiguen provocar fuertes reacciones en quien los lee.

¿Quién no recuerda haber experimentado mil y un sentimientos a la vez en los primeros años de nuestra adolescencia? ¿Encerrarnos en nosotros mismos por el más mínimo fracaso en el colegio o en nuestras actividades extraescolares? ¿Enfadarnos con nuestro mejor amigo o amiga por la cosa más insignificante? Y cómo, en aquellos momentos, nos parecía el fin del mundo y nos ahogábamos en lágrimas encerrados en nuestros cuartos, pensando que jamás se solucionaría. No puedo evitar sonreír ante la inocencia de aquellos años, porque me encantaría revivirlos para experimentar todo por primera vez. Y creo que no soy la única.
«¿Qué es más importante: contar una buena historia o desenterrar la verdad?». Buena pregunta, ¿eh? Yo se la haría a más de un periodista, pero esto va de literatura. Y no lo digo solo porque vaya a reseñar un libro, sino porque este libro, Una historia casi verdadera, plantea esa pregunta en su portada y a lo largo de toda su trama, pero enfocada desde la perspectiva del mundo literario.
Tras semejante parquedad y descripción en el título encontramos la adaptación al cómic de un relato del omnipresente 
Laura Ferrero supuso todo un boom literario con su libro de relatos Piscinas vacías. Un libro que yo no he leído, pero que 
Tengo que decirles que hasta hace no mucho yo no era especialmente aficionado al sake, lo había probado en contadas ocasiones y lo cierto es que no me había gustado demasiado. Mi percepción cambió no porque probase un sake exquisito que hiciese que cambiara mi opinión, sino que fue gracias a un documental, 

Como norma general, siempre es un buen momento para revisitar a los clásicos pero el bicentenario de su publicación suele ser uno especialmente indicado. Ahora vendría el tema espinoso, qué es un clásico, pero sea cual sea el criterio que a uno le lleve a decidirlo, la lista quedaría un tanto coja sin un libro como Frankenstein.


Leer La niña Mágica, de la escritora valenciana Virginia Alba Pagán, me ha hecho recordar Dentro del laberinto, mi película preferida de la infancia, lo que siempre es de agradecer. Pero sobre todo me ha traído a la mente 
Ya comenté en la reseña de 
Que Vaughan es bueno haciendo cómics es como decir que la lluvia moja. Antes del éxito de Saga, Ex-Machina y Paper girls,