
Pasaje al infierno, de Laurent Botti
Una novela negra. Una novela negra francesa. Una novela negra, francesa y que se desarrolla en Francia. Toda una experiencia para mí.
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Una novela negra. Una novela negra francesa. Una novela negra, francesa y que se desarrolla en Francia. Toda una experiencia para mí.
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El viaje, sórdido y épico, de un grupo de personas zafias e ignorantes que encuentran fuerzas en sus motivaciones egoístas para enfrentarse a todo tipo de catástrofes y vencer al destino.
Corre el año 1945 en un Madrid castizo y galdosiano y un jovencísimo Juan Benet comienza a introducirse en el ambiente literario de la ciudad. Lee a Kafka, a Thomas Mann y a Nietzsche, participa en reuniones de café y pronto se convertirá en un asiduo de la tertulia de Baroja en su casa de la calle Alarcón.
Un día, mientras trastea en una librería de la calle San Bernardo, un libro cae al suelo desde el estante y se abre a sus pies. Al recogerlo, Benet lee la página abierta:
VARDAMAN: Mi madre es un pez.
Benet acaba de descubrir a Faulkner. El libro es Mientras agonizo, y ese monólogo de tan solo cinco palabras va a marcar el rumbo literario del que será el más inteligente, innovador y rico narrador de la literatura española de la segunda mitad del Siglo XX. Y el más injustamente olvidado. Pero de Benet hablaremos otro día.
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Un clásico relato gótico en el que las almas en pena que vagan por el lúgubre castillo conviven con las almas vivas atormentadas por amores y pasiones imposibles.
Ahora que tan de moda está lo terrorífico y que criaturas de la noche tan voraces como atractivas pueblan páginas y pantallas, yo me he aficionado a volver de cuando en cuando a esas viejas historias de fantasmas que, de puro cándido, ya no asustan ni a los niños pequeños.
El mayorazgo, de E.T.A. Hoffmann, es una de esas historias; un cuento gótico con su castillo tenebroso y sobrecogedor y su alma en pena vagando por los lóbregos pasillos decorados con retratos de adustos antepasados, lanzando estremecedores lamentos sin causar a nadie otro daño que el que sufre la razón al enfrentarse a lo inexplicable. Sin embargo, bastan las primeras páginas del relato, en las que se describen los ominosos parajes baldíos que rodean el castillo de R…sitten, situado sobre un acantilado a orillas del Báltico, azotado de forma inmisericorde por el viento y la nieve, para sembrar en el ánimo del lector una semilla de inquietud y espanto que germinará y crecerá a medida que avanza la narración.


Por ser César Aira el autor, lo tomé en la librería. Era un libro pequeño pero la contraportada me intrigó. A pesar de tratarse de uno de los autores contemporáneos más importante de la Argentina, lo dejé relegado, quizás subestimándolo un poco. Después de lectura que requería más atención, como Oliver Sacks, quise leer una novela corta, ligera. Las noches de flores de César Aira no sólo cumplió con su objetivo de entretenerme, sino que fue más allá.
Aldo y Rosa Peyró trabajan en el barrio de Flores, en Buenos Aires. Son un matrimonio mayor, sin hijos y que, golpeados por la crisis del 2001, se ven forzados a hacer un trabajo que poco se relaciona con la gente de su edad. Se encargan de repartir los pedidos de delivery de una pizzería del barrio, un empleo que utiliza las motos como medio usual de transporte y asociado a jóvenes cuyo objetivo es conseguir plata para comprarse algún bien en particular, invertir en sus vacaciones o salidas.
En paralelo, Jonathan es secuestrado. Este chico, también repartidor de pizzas es encontrado muerto y su caso conmueve a todo el país. Pero Rosa y Aldo poco parecen temer al asunto y cada noche recorren Flores a pie para hacer llegar sus pizzas. En el trayecto se encuentran con personajes extraños y visitan con frecuencia el convento donde las monjas sólo quieren que el matrimonio sea el medio que haga llegar las pizzas.
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Un álbum hermosamente ilustrado que ayuda a los más pequeños a iniciarse en la poesía al mismo tiempo que nos recuerda a los mayores que estamos rodeados de maravillas cotidianas.
Los Meagrada son unos extraterrestres que acaban de aterrizar en un planeta azul lleno de maravillas al que llaman Tierra. Pero no son unos alienígenas al uso, de los que solemos encontrar en libros infantiles o en series de dibujos animados; no lanzan rayos, no vienen a destruirnos ni a salvarnos, su aspecto no es terrible y no tienen superpoderes. Bueno, en realidad sí tienen un superpoder, y es mucho más potente que la megafuerza, los rayos de fuego o un escudo de energía: la poesía.

Estas simpáticas y curiosas criaturas van por ahí señalando aquello que les sorprende y les maravilla, lo que les agrada, como su nombre indica. Al contrario que nosotros, que siempre andamos malhumorados y con prisas. Por eso, cuando terminamos de protestar por todo aquello de nos incomoda, que es mucho, ya no nos queda tiempo para reparar en los pequeños prodigios cotidianos que nos rodean. Si viajásemos a otro planeta, sus habitantes nos llamarían Los Mefastidia o Los Estoyharto.


Con trazo rápido, casi ilegible, después de la pregunta, anoté la respuesta. “Oriana Fallaci” decía el pequeño post- it en mi agenda. Quizás por lo que contaba, quizás por cómo lo hacía. No sé, el hecho es que el día que mi compañera de curso expuso su tarea supe que quería leer algún libro de la autora y sabía que a ese título no me lo iba a olvidar. Sabía que era difícil de conseguir pero esas vueltas que tiene la vida –tan inesperadas e inexplicables-mi compañera pasó a ser mi amiga y de amiga pasó a ser de las mejores, de las cercanas. De esas que son de por vida. Gracias a ese vínculo el libro me esperó, en su biblioteca, hasta que me decidí. Había logrado que los dedos de mi amiga se aflojaran y lo dejara ir por unos días, cosa que sucede con ¿Tres personas en el mundo?, tiene su razón: Un hombre de Oriana Fallaci es su libro favorito.
Atreverse a leer la letra minúscula y el ladrillo que supone, requiere cierta preparación que nos abandona cuando leemos la primera hoja. El hechizo de la escritura de la Fallaci hace de las suyas y quedas atrapado. No importan las ideas que tengas, a favor o en contra, que percepción tengas sobre ella pero Un hombre tiene todo para convertirse en favorito.
Alexandros Panagulis –Alekos- es el protagonista, a quien honra el libro. Revolucionario griego, llevado a prisión por intentar atentar contra la vida del dictador Papadopoulos en 1968. Oriana Fallaci se encargó de entrevistarlo luego de los años en que fue torturado, en donde no vio la luz y el espacio estaba reducido a unos pocos pasos. Es en ese encuentro que estas dos personas de carácter tan fuerte se enamoran y Fallaci se convierte en su compañera de sueños, lucha y sed de política.


Once poemas y catorce relatos muy breves que nos retratan despiadadamente con un estilo fresco y mordaz.
No tengo mucha fe en las etiquetas, pero me imagino que las posibilidades de un autor que empieza aumentan cuando se le incluye en un grupo que cuenta con una cierta proyección y ya ha captado la atención del gran público. Luego ya tendrá oportunidad de destacar por sí mismo, pero la colectividad puede funcionar como un escaparate, como un trampolín que facilite los primeros pasos de una carrera que por otra parte no es nada fácil.
Además, suena bien eso de pertenecer a una generación: la generación del 27, the lost generation, los beatniks, los novísimos, el grupo de Bloomsbury o the angry young men.
Claro, que cuando te toca la generación Nocilla, la cosa cambia. Sí, han leído bien; Nocilla, ya saben: leche cacao, avellanas y azúcar, como decía la canción del anuncio. Pues bien, a Mercedes Cebrián se la suele incluir en este colectivo, aunque ella ha aportado su toque personal a la receta de la popular merienda infantil: ha sustituido la leche por mala leche, que si bien es algo menos nutritiva, es muchísimo más sabrosa.
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A lo largo de mi vida leí la bibliografía completa de Gabriel García Márquez, ese genio colombiano que no deja de encandilarme con sus historias; quince libros de José Saramago, maestro de los maestros, reposan en una de las estanterías de mi piso a la espera de ser releídos; solo me falta la última novela de Mario Vargas Llosa para afirmar que las disfruté a todas. Camus, Wilde y Cervantes son culpables de mis madrugadas sin dormir, Flaubert, Shakespeare y Hemingway logran que viaje en el tiempo y en el espacio sin moverme del sofá. Y estos son solo algunos ejemplos de mi historial de lecturas.
Con semejante pasado resulta lógico que rechace las modas, los best sellers, las trilogías de vampiros, noches, lunas, magos, los libros de verano o la literatura barata. Por eso no quería saber nada de Stieg Larsson, ni aspiraba a formar parte de los fanáticos de la saga Millennium ni deseaba leer Los hombres que no amaban a las mujeres.
Sigue leyendo Los hombres que no amaban a las mujeres (II)


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Una novela sobria, valiente y conmovedora sobre la complejidad de la convivencia y sobre el dolor de la pérdida.
Recuerdo que durante mi época de universitario, solía quedar con algunos compañeros para estudiar – al menos esa era la excusa– en el piso de uno de ellos. Como después de comer era preceptivo descansar un rato (a pesar de que la mayoría de las veces aún no habíamos abierto los libros) solíamos jugar a un juego bastante tonto: encendíamos la televisión y elegíamos un canal en el que a esas horas siempre ponían uno de esos dramas americanos de tercera fila rodados directamente para televisión (sí, una de esos “basada en hechos reales”); el juego consistía en adivinar antes que los demás de qué iba la película.
En realidad era fácil, porque sólo había tres opciones: una típica familia americana se enfrenta al secuestro de una hija, una típica familia americana en la que el padre guardaba un oscuro secreto o una típica familia americana en la que la mujer o uno de los hijos contraía una enfermedad incurable. Generalmente bastaban un par de minutos y, antes de que finalizaran los títulos, ya habíamos adivinado el argumento del melodrama del día.


Cuando terminé de leer esta novela de Oscar Wilde, dejé escapar de mi boca dos expresiones; la primera contenía una valoración contundente: “¡Qué maravilla!” La segunda iba acompañada de dos signos de interrogación bien grandes: “¿Cómo hago para reseñar todo esto?” Y al decir “todo esto” no crean que me refiero a un libro del tamaño de Los Miserables o El Quijote. Nada más lejos: El retrato de Dorian Gray no llega a las 300 páginas. Estoy hablando, en cambio, de la inmensidad de temas que abarca esta obra, fácil de leer, pero con un contenido profundo que lleva al lector a elevados estados de reflexión.
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Naoki Urasawa se ha convertido en las últimas décadas en todo un exponente del manga seinen (cómic japonés con temáticas adultas) y ha llegado a traspasar las fronteras del país nipón y hacerse un hueco en nuestro mundo editorial. Obras como Monster o 20th Century Boys son claros ejemplos de la grandeza de este autor, en ellas se entremezcla el thriller y el misterio con pinceladas de esa magia narrativa tan características de los japoneses. A estas alturas, Urasawa se ha convertido en todo un fenómeno editorial en su país: obras como Pluto (una reescritura en clave de novela negra de un arco argumental de Astroboy , uno de los mangas realizados por el que es considerado como el “dios del manga”, Ozamu Tezuka) demuestran que el autor se encuentra en un momento de su carrera en el que puede hacer lo que quiera, la crítica y los aficionados se han rendido a sus pies y razones no les faltan.
Los prejuicios deben quedar a un lado cuando hablamos de las obras de Urasawa, algo harto complicado de hacer comprender al lector medio de nuestro país, sobre todo si hablamos de cómic y, para más INRI, de cómic japonés; no hay fronteras para los personajes que nos presenta el autor, ni para entender la culpa y la instrospección a la que se ve sometido el Dr. Tenma, protagonista de Monster; ni para comprender la forma magistral en la que se tratan temas ya manidos de la ciencia ficción en Pluto. Urasawa merece que todo el mundo le dé una oportunidad.
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