
Me gusta leer poesía porque siempre encuentro un poquito de verdad en cada verso. Normalmente los autores intentan camuflar su sinceridad con metáforas o historias ocultas y que hacen difícil vislumbrar aquello que de verdad hay que ver.
Cuando leo poesía me siento un poco detective: voy buscando detrás de cada verso, de cada palabra aquello que está escondido y que pide a gritos salir a la superficie.
Así que esta vez, con Las falsas imágenes, no iba a ser diferente. Su autor me mandó este libro en formato digital hace un par de semanas y al día siguiente ya me lo había terminado. Entonces me escribió diciéndome que también meló haría llegar en papel así que, en vez de hacer la reseña en aquel momento, decidí esperar un poco a que me llegara el físico para volver a leerlo. Y sí, en dos semanas el resultado obtenido es que lo he leído dos veces. Y esto quizás se haya debido a que en un principio me quedé con ganas de más, ya que es un libro muy finito. Y tengo que recalcar que eso para mí no es ningún problema, pero me ha dado la sensación de que este poemario podría ser la antesala de algo. Es como si me hubiera puesto la miel en los labios y eso hubiera hecho que me quedara con ganas de más.
Pero, por otra parte, el volver a leerlo no se ha debido únicamente a eso, a esas ganas de más, sino que creo que este libro se merece una relectura para desentrañar, como decía al principio, todo lo que oculta.
Las falsas imágenes, escrito por Josep González Ribera es una compilación de poemas que hablan de temas variados. Pero he visto algo en común en casi todos ellos: la identificación de las deidades con la propia naturaleza humana, haciendo referencia en varias ocasiones a Diana cazadora, o a los susurros imperceptibles de los dioses en el viento, por ejemplo. También es un libro que habla de construir muros que deberían estar desarmados, de las luces divinas que atraviesan el Palacio de Cristal, de la poca consideración que tiene el tiempo al pasar tan deprisa. Y también recuerda a tiempo de trovadores, damas y castillos.
Es una mezcla curiosa, no os voy a engañar y es que hay partes que parecen de una ficción irremediable y otras que te conducen directamente a una realidad palpable.
No suelo hacer esto de transcribir literalmente frases de un libro, pero cuando lo hago, lo hago por necesidad. Hoy es uno de esos casos y creo que con ello vais a entender mejor lo que decía al principio:
Cuando el poeta / aún no ha hablado / puede, en sus adentros, / degustar la poesía, / jugar todavía con las palabras, / es todavía dueño de su creación. / Cuando el poeta habla, / sin embargo, su poesía / ya no le pertenece, / ya no es dueño / de sus palabras, / ni responde solo / ante sí mismo. / Cuando las palabras / levantan el vuelo, / como pájaros, / cuando la poesía se culmina, / ya no pertenece al poeta, / pertenece al mundo.
Antes hablaba de sinceridad y para mí ese poema es un claro ejemplo. Y aunque a priori puede parecer que simplemente Josep González Ribera está haciendo una declaración diciendo que una vez que el poeta escribe ese escrito deja de pertenecerle, yo creo que va mucho más allá. ¿Qué pasa si el poeta escribe algo que no debería, que no gusta a todos? ¿Qué pasa si una persona se ve tan reflejada en un poema que llega a obsesionarse con él? ¿Qué pasa si alguien cambia su forma de pensar por haber leído unas determinadas palabras escritas en un papel? ¿Y si estás cambiando una vida? ¿Y si las consecuencias de escribir se te van de las manos? Porque las palabras vuelan cuando se plasman en un papel (o en un procesador de texto, como estoy haciendo yo), se te escapan, dejan de pertenecerte para formar parte de la vida de quien está al otro lado de esas palabras.
¿Ahora entendéis por qué he tenido que leer este poemario dos veces? Porque Las falsas imágenes ha causado ese efecto en mí: el de ver más allá de las palabras. Que también es posible que este libro me haya pillado en un momento de mi vida en el que necesitaba buscarle tres pies el gato. Puede ser que el autor no quisiera decir más que lo que estaba diciendo, pero no sé, llamadlo intuición, pero yo creo que no es así. Seguramente este efecto se haya derivado de la biografía tan misteriosa que se puede leer en la solapa del libro, en la que el autor dice que los poemas “quizás sean un estudio de mi alma, quizás una confesión en momentos más oscuros o más luminosos, o quizás solo una ficción”.
Desde luego ha sido inevitable querer ver más allá después de leer esa biografía, ¿no creéis? Así que desde aquí os dejo mi consejo si decidís adentraros en estos poemas: no dudéis en volver a leerlo, en dejaros llevar por la curiosidad y por la imaginación que surge al intentar descubrir qué quiere decir el autor. Esa será la única forma en la que de verdad disfrutéis este poemario.



No sé por qué, pero suele suceder que a las personas que tildan de raros, radicales y rebeldes suelen ser las más interesantes. Supongo que porque todo lo que se sale de lo común, aquello que es diferente e innovador nos produce, en general, tanto miedo que tendemos a señalarlo con adjetivos más bien peyorativos. A veces somos así de tontos, qué le vamos a hacer. Raros, radicales y rebeldes son, sin duda, los mejores adjetivos que podrían usarse para describir a todas las personas que aparecen en este libro y os animo a que os acerquéis a ellos siendo conscientes de todo lo bueno que esos adjetivos aportan. ¿Raros? Claro que sí. ¿Radicales? Por supuesto. ¿Rebeldes? Desde luego. La selección de personajes célebres que aparecen en estas microbiografías tienen todos esos componentes.
Te voy a confesar algo sobre mi infancia que hará que me mires con otros ojos, sobre todo si naciste entre los 

Antes de nada debo aclarar que no había leído nada de Red Sonja hasta ahora. Conocía el personaje de vista y sabía que aparecía como “secundaria o compañera o amante”, o algo así, en algunas de las historias de Conan (que es otro mocete del que tampoco he leído nada, aunque sé que es natural de Cimmeria, que vivió durante la Era Hiboria, que llegó a ser rey y de pequeño vi las dos pelis de Schwarzenegger). Además, esperaba con ganas la, por desgracia aún inexistente, película de Robert Rodríguez que iba a protagonizar Rose McGowan, y me encantan casi todas las portadas de sus cómics que llegan a mí de una u otra forma.


¿Qué harías si te dijeran que vas a morir en las próximas veinticuatro horas?

Las obras póstumas, en su mayoría, suelen ser incompletas e irregulares. Si la muerte sorprende al autor de repente, lo más seguro es que no haya tenido tiempo para terminar, para corregir, para decantar. Si lo hace después de una larga enfermedad, cobarde eufemismo, resulta probable que haya estado más preocupado por su propia degeneración que por la conclusión de sus últimas líneas.
No son pocas las veces que me han dicho que soy una adicta al trabajo. El otro día hablaba con mi jefe y este me decía que tenía que aprender a perder el tiempo. ¡Mi jefe! Y es que, pensándolo bien, sí que debería hacerlo. No sé perder el tiempo. No sé estar tirada en el sofá viendo una serie sin pensar en absolutamente nada. Si decido ver una película pueden darse dos opciones: una, que me pase todo el rato pensando en todas las cosas que tengo que hacer y que no estoy haciendo; o dos, que acabe por levantarme del sofá y me ponga a hacer algo de provecho. Os lo juro, ojalá fuera capaz. Es algo que tengo que remediar con urgencia porque, a veces, vivir dentro de mi propia cabeza es un poco agotador.
Sabía que este momento iba a llegar tarde o temprano. Esperaba que fuera más lo primero que lo segundo, la verdad, porque este momento conlleva el cierre de algo. El decir hasta luego a otro libro más de Laura Gallego. Y eso es algo que siempre me duele un poquito.