
Hay misterios que se te meten hasta los huesos, que se adentran en cada una de las partes de tu cuerpo hasta que experimentas una sensación de miedo que te impide pensar con claridad y reflexionar si lo que estás viviendo es una situación real o imaginaria. Una situación que, a pesar de estar solo está en tu cabeza, sientes como real al abandonarte a tus peores miedos. Esos que siempre han estado en tu interior y con los que temes encontrarte a lo largo de tu vida.
Compañías silenciosas es, sin duda, una de estas historias que apenas quedan en el catálogo de novedades literarias. Desde que leí su sinopsis y tantas buenas opiniones en Goodreads, supe que era una novela que tendría que ser mía. Por eso, cuando recibí por sorpresa el libro de parte de la editorial Del Nuevo Extremo, debo admitir que me alegró bastante el día. Y no me ha decepcionado.
Esta novela está ambientada en la época victoriana, en una mansión tan inquietante y misteriosa como aterradora. Una casa que esconde muchos secretos del pasado y cuyas paredes susurran horrores que los protagonistas ni siquiera pueden imaginar. Hasta que los viven en sus propias carnes y comienzan a darse cuenta de que ni siquiera pueden distinguir lo que es real de lo que no lo es.
Me ha encantado que desde el principio la autora haya creado una atmósfera tan misteriosa y oscura que ayuda a meterse de lleno en la novela y en todo lo que la rodea. Desde el primer capítulo se respira el miedo a través de los personajes protagonistas y el lugar en el que comenzarán a revivir sus peores pesadillas. A pesar de que la protagonista principal no ha llegado a convencerme, es fácil empatizar con ella y su sufrimiento, hasta la resolución final. Aunque no lo parezca, experimenta una evolución muy palpable durante el desarrollo de la historia y se convierte al final en un personaje interesante.
Pero otro de los personajes más importantes de esta novela no se encuentra en el mismo espacio temporal, aunque sí en el mismo escenario: esa mansión que tantos secretos ha guardado a lo largo de más de un siglo. La autora combina el tiempo presente con el pasado para alternar dos historias muy similares, pero vividas por mujeres muy diferentes entre sí. Esto me ha encantado porque creo que juega con el suspense y con el misterio, además de presentarnos dos personas muy distintas que se ven obligadas a vivir el mismo horror. Este ha sido de los elementos que más me han enganchado y que me han mantenido con los pelos de punta hasta el final, unido a la pluma ágil, inspiradora y descriptiva de la autora. Algo que hace que la novela se lea de forma rápida y que te atrape mediante su historia y sus giros argumentales, que me han encantado porque son realmente inesperados, algo que hace cada vez más falta en la literatura juvenil actual.
Este libro me ha hecho pensar en lo mucho que me gustan las historias de terror bien construidas, que te ponen los pelos de punta en cada uno de sus capítulos y que te hacen querer leer más. Compañías silenciosas me ha devuelto ese apetito por la novela de terror que tenía bastante abandonado y que tanto me fascina: esa sensación de leer por la noche y estremecerte con cada ruido, de meterte tanto en la historia hasta el punto de vivir junto a cada uno de los personajes cada una de las horribles situaciones… Esa sensación tan rara de pasar miedo porque quieres, porque sabes que es una historia que no es real pero que podría serlo.

No es la primera vez que reseño algún libro de Ana Campoy. Hace pocos meses leí

De entre la maraña de libros que salen al mercado, ya no cada mes o cada semana, sino cada día, es fácil que se nos puedan pasar por alto auténticas joyas de la literatura y más que de cualquier otra de la literatura breve. Sin embargo, algo había en el libro de Raúl Jiménez que llamaba poderosamente la atención. Es cierto que un libro no debe juzgarse por la portada, pero en esta ocasión la portada con la inocente, tierna y única imagen de un conejo mutante con tres ojos, como salido del río cercano a la central nuclear de Springfield, y actitud juguetona, creo que define muy bien el percal de lo que vamos a encontrarnos en el interior. Así pues, editorial, primer objetivo conseguido: no se nos ha escapado.
Bienvenido de vuelta a los quince años. A los pasillos polvorientos de las bibliotecas públicas por el día, a los primeros canutos en el parque las noches de sábado. A las copias desportilladas de El almuerzo desnudo, de Los vagabundos del Dharma, a la extraña traducción del Aullido, al rarísimo Moksha de Huxley, descubierto en los ratos en los que nos negábamos a leer a Miguel Hernández. A las canciones de Nirvana en cintas de 90 mal traducidas sobre cuartillas de papel cuadriculado, a los anuncios del Plan Antidroga. Nunca supiste de qué iba aquello en verdad, eran tus hermanos mayores los que habían corrido delante de los yonquis, los que habían jugado entre las jeringuillas, y algún primo lejano el que se había enganchado con la mierda que se intuía de tarde en tarde en algún paseo por el barrio chino, desmantelado por la fiebre del ladrillo. No estabas allí, casi nadie estaba allí ya porque la mayoría yacían bajo tierra. Pero bueno, casi nadie puede decir que estuviera en el hundimiento del Titanic y a la gente le encanta leer historias sobre ello, ¿no?
Si de algo sabe 
Es una suerte reseñar para Libros y Literatura porque, gracias a ello, leo joyas literarias que, de otra forma, nunca sabría ni que existen. Es el caso de El señor Gro y la hija de la viuda Stern, de Javier Ramos, libro galardonado con el IV Premio Internacional de Narrativa Novelas ejemplares, convocado por la Facultad de Letras de la Universidad de Castilla-La Mancha y la editorial Verbum. Hoy en día, ni siquiera ganar un 
¡Hola colegas! Mi nombre es Wade Wilson aunque cuando me enfundo mi traje de spandex rojo, ese que abraza mi cuerpo y marca obscenamente mis glúteos, ese que me hace tan sexy, todos me conocen como Deadpool; en los países hispanohablantes, que gozan de unas dotes sobrehumanas, diría que casi mágicas, a la hora de traducir, me llaman Masacre.
Hará cosa de un par de años vi que en una de mis librerías favoritas de Barcelona, la Calders, 
No empecé con buen pie con 

