Soy licenciada en Filología Clásica y trabajo en el sector editorial. He trabajado ayudando a escritores, como traductora, lectora, en producción y comunicación editorial. Pero lo que más me gusta es dar cursos de narrativa, cuento breve, autoficción y relatos de viajes. Lo hago en varios centros de Barcelona, y también en las plataformas online República de cursiva y Libros y literatura. En esta última también colaboro escribiendo reseñas. Mi primera novela, Vienen mal dadas, ha quedado segunda en el premio L’H Confidencial 2016.
Un pueblo de costa de esos en que no es lo mismo vivir en primera línea de mar, que en segunda; en los chalets de las urbanizaciones, que en la riada. Niños que se bañan en los espigones y que juegan con las frutas y verduras abandonadas en los días de mercado. Niños que se hacen mayores y ven algo que no deben ver. Más niños, esta vez pijos, que no son mayores pero que juegan a serlo y se queman de todas las maneras posibles (coca-velocidad-ferocidad-juegos llevados al extremo, y el extremo siempre es la muerte). Guardias civiles que también se queman, porque no se dan cuenta de que los niños siempre han sido crueles, y peligrosos, y de que las mujeres también son personas. Una mujer bonita, inocente, casi etérea y, quizás por eso, algo simple, y una escena en la que se describe un sueño que ha entrado, con honores, en mi lista de las escenas eróticas mejor escritas de todos los tiempos. Aguas revueltas en las que nadan cocodrilos, lirismo, violencia, consecuencias, muchas consecuencias y un aura trágica, de inevitabilidad casi antigua. Todo esto encontraréis en Lo que nos queda de la muerte de Jordi Ledesma.
He leído por ahí que es la mejor novela negra en español de 2016 y tal vez tengan razón. Aunque por mí no puedo hablar, no las he leído todas, ni siquiera las que, también por ahí, dicen que son las diez mejores. En cualquier caso, sí que puedo certificar que esta novela es diferente. Si buscáis la típica historia policíaca, no es vuestro libro. Pero si queréis que os cuenten una buena historia, corred a la librería y adelantaos un regalo de Navidad.
En Lo que nos queda de la muerte, una primera persona que, en realidad, es irrelevante rememora un incidente que sucedió cuando era joven, en un pueblo costero de Tarragona. Da la impresión de que lo que quiere esa voz es comprender: ordenar los hechos a través de retazos de conversaciones, escenas entrevistas y rumores que han pasado a ser verdades. Para hacerlo, hilvana diversas historias y crea un tapiz denso, en el que la voz principal conoce al dedillo a todas las demás. En esto, la novela de Jordi Ledesma, a quien ya había leído antes en el libro de cuentos Diez negritos, me ha recordado al último Chirbes.
Lo que nos queda de la muerte está plagada de imágenes poderosas y también arriesgadas. El texto tiene un ritmo variable, a veces parece calmo pero de repente se encrespa, como el Mediterráneo que sirve de telón de fondo para los dramas de la novela. Solo los editores de Alrevés podían traernos algo así, una novela negra, negrísima, que se aleja de la convencionalidad del policía-busca-asesino. Y por esa valentía debemos estarles agradecidos.
Solo me queda recomendaros, una vez más, esta historia de personajes despreciables y, por eso mismo, humanos. Es posible, eso sí, que, cuando acabéis la novela, comprendáis. Y esa comprensión solo despertará cierta sensación de nostalgia por otros tiempos, peores, sí, pero más divertidos.
Tenéis que leer este libro. Siento ser tan vehemente pero, si sentís un mínimo interés por el mundo que os rodea, tenéis que leerlo. Si sois de letras, tenéis que leerlo. Si sois de ciencias, también tenéis que leerlo. Si todavía tenéis un poquito de respeto por el niño que fuisteis y que se preguntaba por qué brillaban las estrellas, tenéis que leerlo, regalarlo, prestarlo y comprárselo a vuestros hijos, sobrinos o cualquier adolescente que tengáis a mano.
Hasta aquí la recomendación apasionada. Ahora me preguntaréis, ¿pero por qué tenemos que leer el dichoso libro?
No es una pregunta difícil. Tenéis que leer El universo en tu mano porque da respuestas. Porque te hace viajar con la mente hasta lugares a los que la tecnología humana no puede llegar. Porque es una cruzada científica contra las falsas verdades sobre el universo y la física que llevamos siglos repitiéndonos (¿os han dicho alguna vez eso de que “todas las estrellas que vemos están muertas”? Pues no es así). Porque ves, realmente ves, con los ojos de la imaginación, estrellas, planetas y agujeros negros. Porque te ríes un montón. Porque aprendes todo lo que no fueron capaces de enseñarte en el instituto y sin tener que empollar páginas y páginas de texto que no comprendes. Y, el argumento definitivo, porque surfeas sobre un asteroide.
En los agradecimientos de El universo en tu mano, Christophe Galfard, físico teórico, discípulo de Stephen Hawking y autor de este libro, dice que le propuso a su editora lo siguiente: escribir un ensayo que contara de manera divulgativa todo lo que sabemos del universo desde el Big Bang hasta hoy. Y, sorprendentemente, ella no le dijo que estaba loco, sino: adelante.
Y fue una suerte. Por que el objetivo del ensayo es colosal. Pero Galfard lo cumple holgadamente. Te coge de la mano y te lleva a galaxias lejanas, le da la vuelta a la idea que tenías sobre la gravedad, te explica la teoría de la relatividad comparando el sol con una pelota pesada sobre una lámina jabonosa, convierte planetas en canicas y agujeros negros en ensaladeras girando a toda velocidad, te pasea con jarrones horteras por el espacio, salta contigo al interior de un protón y vuela por los aires tu concepción del tiempo y el espacio. Y, lo más importante, hace que parezca todo muy fácil.
Otro argumento a favor del El universo en tu mano es que es precioso (la cubierta, el papel, el diseño de interior) y está muy bien trabajado (la traducción, la edición, la maqueta…). Solo puedo agradecer a los editores de Blackie Books que hagan tan bien su trabajo. Instrumental fue uno de los mejores libros que leí en 2015 y El universo en tu mano ha entrado con honores en la lista de 2016.
Pero no todo es bueno. He leído por ahí, creo que en prensa, que El universo en tu mano se lee como una novela. Aquí he de decir que exageran. Es cierto que es un libro ameno y que Galfard se las ingenia para contarnos todo lo que se sabe sobre el universo usando solo una ecuación (E=mc2). También es cierto que usa ejemplos desternillantes (ya lo habéis visto) y que te arranca muchas sonrisas (en un momento llega a decir que todos somos, literalmente, polvo de estrellas, que no es una exageración poética). Pero no es una novela y, por muy apasionante que sea la historia del universo, no es un thriller. Es un ensayo en el que se explican conceptos complejos y hay que dedicarle atención y tiempo. A mí eso me encanta, pero habrá gente que prefiera leer otras cosas.
El universo en tu mano no es el libro que coges cuando estás medio dormido a las dos de la mañana para leer un par de páginas antes de caer rendido con la luz de la mesita encendida. Si hacéis eso, seguramente lo dejaréis. Mi consejo es que cojáis el libro un domingo por la mañana, con la casa en silencio, una taza caliente entre las manos y un par o tres de horas por delante. Así, a grandes sorbos, disfrutareis del ensayo, viajaréis con Galfard a lugares en los que nunca podréis poner los pies y os iréis a la cama sabiendo algo nuevo.
Por último, quería decir algo a todos los profesores de instituto que estén leyendo esta reseña. Usad este libro en clase. Este es el mejor libro de texto que se podría haber escrito para las asignaturas de Física y Ciencias de la naturaleza. Echadle un ojo, regaládselo a vuestros compañeros. Galfard contagia su pasión por la ciencia en este texto. Dejad que se la contagie a vuestros alumnos. No hoy, ni mañana, ni en un año, pero os lo agradecerán.
Arturo Pérez-Reverte se ha marcado una novela de espías. Falcó se sitúa en la España de 1936, en los primeros meses de la Guerra Civil y, como ya ha dicho su propio autor, será una saga.
Parece ser que Pérez-Reverte ha encontrado un nuevo personaje con el que se lo pasa tan bien escribiendo que incluso ha interrumpido otra novela –una sobre ajedrez– para dedicarle su plena atención. En una entrevista dijo que el personaje de Lorenzo Falcó surgió de una frase de Gloria Swanson en la película de 1931 Esta noche o nunca. Después de pasar la noche –estamos en el Hollywood anterior a la censura– con Melvyn Douglas, Swanson le dice a una amiga que el señor en cuestión “es un caballero, pero no es un caballero”. Y en la mente del padre de Alatriste prendió la mecha. ¿Por qué no crear a ese personaje?
Lorenzo Falcó es un jerezano de buena familia que se desvió del camino que habían marcado para él y, tras ser expulsado de la Academia Naval, empezó una vida errante que le llevó a convertirse en contrabandista de armas y, finalmente, en espía.
Tengo que adelantaros que Falcó no está hecho para caer bien. Hablando en plata, es un h…. Y, de hecho, eso es algo que le dice un personaje de la novela y a lo que él responde dándole la razón. Al menos en ese sentido es honesto. Falcó es un tipo al que solo le importa él mismo y pasa por encima de quien haga falta para conseguir lo que quiere. Es un oportunista, un torturador, un canalla, un hombre sin escrúpulos. Y, sí, semejante joya es el protagonista de la novela. Me sorprendió que, en un momento en el que lo está pasando bastante mal, llegué a pensar “mira, chaval, te lo mereces y, si la palmas, casi mejor”. Aunque eso dice más de mí que del personaje, por supuesto.
Pero, si Lorenzo Falcó fuera totalmente negativo, no tendría gracia. El mundo está lleno de malas personas sin carisma, solo tenemos que levantar la vista para comprobarlo. Por eso también hay momentos en los que Falcó sabe ser encantador. Consigue que te olvides de que vendería a su madre si se le presentara la oportunidad y que te rías con él, incluso que le desees una muerte rápida. Pero son solo momentos. Lee un par de páginas más y verás que el tipo se encarga de demostrarte que se merece lo que le toque y que, quien las da, las toma. Esa contradicción es, en gran parte, la gracia de la novela, y del personaje de Falcó.
Falcó me ha recordado a La máscara de Dimitrios de Eric Ambler. En esta novela de 1939, el escritor Charles Latimer conoce en Estambul la historia de Dimitrios Makropoulos, un contrabandista, criminal y espía internacional, cuando encuentran su cadáver flotando en el puerto. Latimer siente una curiosidad, fascinación, diría yo, por Dimitrios que le lleva a investigar su pasado y las causas de su muerte. Así descubre que el personaje es incluso peor de lo que esperaba, pero al mismo tiempo no puede sustraerse de la atracción que le provoca su mundo. La máscara de Dimitrios es una novela que he releído varias veces y en muchas ocasiones me he preguntado, ¿qué pasaría si viéramos la historia desde la perspectiva de Dimitrios? Pues que tendríamos algo similar a Falcó. Y nos libraríamos de Latimer, que a ojos del lector actual es un poco mojigato.
La trama de la primera entrega de esta saga es aparentemente sencilla. Lorenzo Falcó trabaja para el SNIO, el Servicio Nacional de Información y Operaciones, uno de los muchos servicios de inteligencia de la España de la época. Estos se han pasado a los golpistas y el Almirante, su jefe directo, le encarga una misión de suma importancia: liberar a un preso de la cárcel en la que lo tienen retenido, en la parte republicana. Y Falcó, sin despeinarse, se dispone a hacer su trabajo. A partir de ahí, como podéis imaginar, las cosas se tuercen, surgen imprevistos, intereses cruzados, aparecen mujeres con secretos, ejecuciones, asaltos nocturnos, bombardeos, masacres, torturas, persecuciones… Vamos, la cosa se anima.
No quería irme sin deciros que lo que más me ha gustado de esta novela han sido los diálogos. Muchos de ellos son como los de las películas antiguas, esas en las que Orson Welles se marca un discurso sobre los relojes de cuco o Lauren Bacall le pregunta a Humphrey Bogart si sabe silbar. Diálogos que, por supuesto, no suceden en la vida real, y por eso tenemos que recurrir a las novelas y al cine para vivirlos.
En otra entrevista, Pérez-Reverte dijo que ha creado a Falcó con la idea de que los hombres quieran irse de copas con él y las mujeres llevárselo a la cama. Después de ver al tipo en acción, puedo aseguraros que acostarme con Lorenzo Falcó es lo último que se me pasaría por la cabeza. Pero tal vez una copa, apuntándole con una Luger por debajo del abrigo, me la tomaría.
El título de esta novela lo dice todo. Dice tanto, que parece el título de un microcuento, de esos en los que, al acabar, comprendes que todo encaja, que el título era la clave de la historia. Porque el sintagma “la violencia justa” condensa el tema de la novela y la esencia de sus dos protagonistas: Alexis Rodón, ex policía al que condenaron por torturar a un criminal y Teresa Olivella, víctima de violencia de género en busca de venganza.
Como ya he dicho por aquí en otro momento, me gusta la novela negra y criminal y por eso Andreu Martín no me viene de nuevo. Es uno de los autores nacionales más prolíficos en este género (es –casi– imposible haber leído todos sus libros) y el padre, a medias con Jaume Ribera, de mi detective juvenil favorito, Flanagan.
Pero volvamos a su última novela, La violencia justa. Esta novela habla de los límites morales, siempre difusos, de la violencia. Habla sobre el derecho que tenemos, o no tenemos, a hacer uso de la violencia de manera privada y sobre su monopolio por parte del Estado. Y lo hace encarnando dos actitudes opuestas en sus dos personajes principales, Teresa Olivella y Alexis Rodón. En teoría, Rodón defiende el monopolio de la violencia por parte del Estado y Olivella su derecho a hacer uso de ella de manera privada para vengarse y cerrar sus heridas. En la práctica, las cosas son mucho más complicadas y hay mucha menos palabrería. No olvidemos que esto es una novela negra y no un libro de filosofía.
La violencia justa comienza con Teresa Olivella, una cocinera divorciada y algo pirada –lo justo, como todos nosotros– , que empieza a fraguar una obsesión: Alexis Rodón. Una compañera del gimnasio le habla de él, de lo que hizo para acabar inhabilitado, y a Teresa se le ocurre un plan para enterrar su pasado de una vez por todas. Este plan, por supuesto, pasa por utilizar a Alexis Rodón. La trama enseguida pasa al punto de vista de Rodón que, tras el incidente que acabó con su carrera como policía, no se gana mal la vida como jefe de seguridad en unos grandes almacenes. Las cámaras de los almacenes pillan a una mujer robando y, cuando la llevan a su despacho para esperar a que llegue la policía, la mujer se derrumba y le ruega a Rodón que la dejé marchar porque la mafia que la explota prostituirá a su hijo de un año si ella no vuelve al local. ¿Cómo une Andreu Martín todos estos hilos? Los une, y magistralmente.
Y además, la novela tiene un juego de puntos de vista y unos personajes principales muy bien trabajados, que no caen nunca en el cliché (¡qué fácil hubiera sido convertir a Teresa en una femme fatale pérfida!), un trabajo de documentación minucioso pero que nunca llega a agobiar al lector con datos, muchísimo ritmo y unos cuantos tiros, incendios, cadáveres, accidentes de coche y destrucción en general. Por otro lado, además de ser negra, La violencia justa tiene toques de erótica, un par de escenas que, si os gusta el fútbol, os harán saltar de la silla y bastante humor (negro y del otro) sobre todo por parte del personaje de Teresa.
Antes de acabar quería comentar algo más. Pero tenéis que prometerme que no os asustaréis. La violencia justa también cuenta una historia de amor. Aunque, como pasa con la trama criminal, no es un amor convencional, de esos pastelosos que cantan por la radio. Es un amor interesado, a veces ruin, que no crees que vaya a funcionar pero, al final, puede que funcione. Es, en una palabra, imperfecto. Como los personajes de esta novela y su historia que no puedo dejar de recomendaros. Por si os preguntáis cuál de las dos violencias gana, solo puedo deciros que la novela ofrece algunas respuestas pero, como toda buena historia, deja al lector con más preguntas de las que tenía cuando empezó.
El vino es parte de nuestra cultura desde hace milenios. Encontramos sus primeros vestigios con las grandes civilizaciones de la Antigüedad y ha acompañado a nuestra historia desde antes de que aprendiéramos a escribir. A nosotros nos llegó a través de los fenicios, los griegos y los romanos y es un regalo común que abrazamos las diversas culturas, primero, mediterráneas y, más tarde, europeas.
Pero el vino es más que pasado, también es presente. Está vinculado a nuestros mejores recuerdos. Muchos os habréis enamorado con una copa de vino en la mano, todos hemos pasado veladas con amigos y fiestas en familia regadas por varias botellas de nuestros excelentes vinos. Es un elemento discreto, cotidiano, que nos acompaña en aspectos muy diversos de nuestras vidas. Y, entre ellos, no podemos olvidar el arte.
Os cuento todo esto porque he tenido la oportunidad de visitar la exposición “Vivanco, pensando en vino: 40 años de coleccionismo” en Briones, La Rioja, y de ver con mis propios ojos hasta qué punto el vino es un pilar fundamental en nuestra identidad.
La Fundación Vivanco tiene el mejor Museo de la Cultura del Vino (y no lo digo yo, lo dice la Organización Mundial del Turismo) y el mayor Centro de Documentación vinícola que existen. Más de 10.000 fotografías, 9.000 monografías y 6.000 postales dedicadas al sector del vino. Imaginaos la tarea de selección que hay detrás de la muestra “40 años de coleccionismo”, que ha sacado a la luz los tesoros de la colección de la Fundación Vivanco para que todos podamos disfrutarlos.
Pero os cuento. La exposición del Museo nos permite recorrer los últimos siglos de la historia del vino de la mano de artistas, científicos y empresarios. Comprendemos su largo viaje, del imaginario grecolatino al actual, a través de libros, postales, sellos, exlibris, minutas, fotografías, telegramas, cartas de embarque, poemas…
Una de las obras expuestas que más me impactó fue el manuscrito de la “Oda al vino” del poeta chileno, no lo olvidemos, tierra de vinos, Pablo Neruda. Es un texto escrito en tinta verde, con un un trazo ligero y grácil, que ocupa ocho folios de color crema. Seguro que conocéis esta oda; comienza:
Vino color de día vino color de noche vino con pies de púrpura, con sangre de topacio, vino, estrellado hijo de la tierra
Iba a dejaros una fotografía del manuscrito de Neruda, pero prefiero que lo veáis en directo y descifréis los versos escritos con una caligrafía rápida, en tinta verde. Es una joya.
Pero no la única. Para los aficionados a los libros antiguos, en la exposición de la Fundación Vivanco, podréis ver de cerca varios incunables, entre ellos el De rustica de Columela, autor hispano que cuenta en latín (¡y en verso!) el cuidado de los campos, la vinicultura, los olivos y el ganado. También veréis una bonita Historia natural de Plinio el Viejo del siglo XVII y varios exlibris con motivos vinícolas. Seguro que salís de la muestra pensando en dónde encargar vuestro exlibris.
Y, dejando de lado los libros, también podréis ver carteles publicitarios de diversas épocas. En especial, son muy bonitas las litografías modernistas de Alfonse Mucha, que contrastan sobremanera con el estilo de otro de los tesoros de la exposición Vivanco: las fotografías de Cartier-Bresson.
Las fotografías, en blanco y negro, tomadas con la leica del fotógrafo francés, son conocidas por todos y llaman la atención en las paredes oscuras del Museo. Un niño en pantalones cortos, con sonrisa traviesa y dos botellas de vino, una bajo cada brazo. Un hombre mayor, que bien podría ser ese niño muchos años después, en una sala de estar bien decorada, con flores frescas sobre la chimenea, mirando la botella de cristal oscuro que tiene ante él, sobre la mesa.
Son fotografías simples y sugerentes, fruto del trabajo y el buen ojo de uno de los padres del foto reportaje. Pero Cartier-Bresson no es el único fotógrafo expuesto en el Museo Vivanco. Veréis varias piezas fotográficas y de arte contemporáneo que interpretan de maneras muy diversas el tema del vino.
También hay lugar para la música en la exposición de Vivanco. La música ha tenido una estrecha relación con el mundo vinícola, no olvidemos que Mozart, Verdi o Wagner escribieron en sus óperas arias alabando al vino. También lo han hecho músicos populares del siglo XX como Peret. Y, en la muestra, encontrareis alguna partitura y podréis escuchar diversas canciones que tienen al vino como eje de sus letras.
En su faceta más documental, la exposición “Vivanco, pensando en vino: 40 años de coleccionismo” muestra una selección del ingente archivo documental de la Fundación. Son fondos familiares adquiridos por Vivanco en los últimos cuarenta años con los que aprenderéis qué hay detrás de una botella de vino. Y, ¿qué hay? Una cantidad inmensa de trabajo y sobre todo papeleo: cartas donde se unen la trama personal y los negocios, albaranes, contratos con capitanes de barcos mercantes… Un paraíso para los cotillas y también para los fans de la documentación histórica.
Entre estos papeles también podréis ver una carta original de Louis Pasteur, el científico francés que describió paso a paso el proceso de fermentación que nos permite obtener el vino.
Y, por supuesto, encontraréis sellos, postales y fondos de barrica que harán las delicias de los más nostálgicos, y también un montón de material más que me he dejado en el tintero. Porque cada uno de nosotros forja sus recuerdos con los fragmentos de memoria que más le han marcado y, si visitáis la exposición, es probable que recordéis material diferente del que llamó mi atención.
Podéis disfrutar de la exposición “Vivanco, pensando en vino: 40 años de coleccionismo” en Briones, La Rioja hasta el 23 de abril de 2017, Día del Libro y aniversario de la muerte de Cervantes y Shakespeare. Una bonita coincidencia. Os la recomiendo encarecidamente. Y, quién sabe, quizás de la experiencia, os surgen ideas para una novela.
Cuando este libro cayó en mis manos, sentí que volvía a tener catorce años. No fue solo por el tema, aventuras a bordo de una goleta, y por el autor, Jack London, al que no leía desde la adolescencia; fue también por la edición. Esta versión de El lobo de mar forma parte de la colección ‘Tus libros selección’ (hay que reconocer que es un nombre bastante soso para una colección) de la editorial Anaya y fue precisamente en estos tomos de clásicos dirigidos a jóvenes donde leí por primera vez a Stevenson, Lewis Carroll, Conan Doyle, Mary Shelley o Bram Stoker.
Tengo mucho que agradecerle a los editores de Anaya. Porque han tenido la valentía de poner al alcance de adolescentes, es decir, en el momento adecuado, textos que tal vez muchos jóvenes de mi generación no hubiéramos escogido porque pensábamos que eran demasiado difíciles, adultos o aburridos para nosotros. Esto no le pasó a generaciones anteriores a la mía, que saqueaban las bibliotecas de sus padres y abuelos tan alegremente y se zampaban un tocho de Verne con la misma pasión que un tebeo de Tintín. Pero los nacidos en los ochenta ya teníamos todo un mercado editorial montado a nuestro alrededor (la llamada “literatura infantil y juvenil”) y, en muchos casos, acabábamos percibiendo que lo que estaba fuera de ese nicho, no era accesible para nosotros.
Pero volvamos a la novela. El lobo de mar es una de las primeras obras de Jack London, ese aventurero-escritor cuya vida es tan fascinante como sus obras y que incluso sale como personaje en Corto Maltés. La novela cuenta la historia de un intelectual acomodado que naufraga en la bahía de San Francisco y es rescatado por una goleta foquera al mando del capitán Lobo Larsen. El capitán se niega a devolver a Van Weyden, nuestro protagonista, a tierra, así que el pobre hombre se ve obligado a trabajar en el barco y a sobrevivir varios meses en condiciones muy duras, hasta que acabe la temporada de caza de focas. Hasta aquí, el inicio es muy similar al de Capitanes intrépidos de Kipling: un hombre rico es rescatado por un barco en el que, por primera vez, tiene que trabajar con las manos y, allí, lejos de su mundo, se ve obligado a revisar su modo de vida y las relaciones que establece con los demás. Pero hasta aquí llegan las similitudes. Mientras la novela de Kipling es optimista y hace que el duro pero justo capitán Disko Troop transforme al odioso protagonista en un hombre honesto, Jack London muestra la crueldad, el desapego y la inhumanidad de la vida en el barco foquero y, sobre todo, de su capitán, el temible y arrollador Lobo Larsen.
Porque aunque el protagonista teórico de la novela es Humphrey Van Weyden, su némesis, el capitán Lobo Larsen, es tan importante que copa hasta el título del libro (el lobo de mar es, evidentemente, Larsen). Jack London encarna en estos dos personajes filosofías opuestas. Lobo Larsen es el superhombre de Nietzsche: un hombre amoral, egoísta, brutal, materialista pero también muy inteligente, culto y leído, físicamente perfecto, y con un talento inmenso que se ha visto truncado a causa de su origen social. Van Weyden personifica el idealismo, la vida fácil y la intelectualidad, pero también la creencia cristina de una vida más allá de la muerte y de la permanencia del alma sobre el cuerpo, e incluso cierta idea ilustrada de civilización y la bondad del hombre que la vida en el barco de Larsen tira por tierra.
Es en el barco foquero, entre guardia y guardia y durante el largo viaje hacia los criaderos de focas en el mar de Bering, donde Van Weyden tiene la oportunidad de ver a Lobo Larsen en acción pero también de tener largas conversaciones con él en las que discuten sobre literatura y filosofía. Aunque no os vayáis a creer que El lobo de mar se reduce a páginas y páginas de dos hombres charlando en la cabina de un barco. Porque a lo largo de la travesía las cosas se complican en la goleta. Hay motines, asesinatos, peleas, tormentas, persecuciones, huidas, naufragios e incluso una mujer, que llega a bordo para mostrarnos la peor cara de Lobo Larsen y la mejor de Van Weyden.
El lobo de mar, como muchas otras novelas de aventuras, esconde diversos grados de lectura que la dotan de una especial complejidad. Podría hablar aquí de la relación homoerótica entre Van Weyden y Lobo Larsen. Podría hacer una lectura feminista del libro y argumentar como el binomio masculinidad/ feminidad no hace ningún favor a ninguno de los personajes de la novela. Podría hablar de la obsesión con el concepto de virilidad que planea sobre gran parte de la literatura estadounidense y que en London no está menos presente que en Hemingway o Kerouac, que por supuesto han leído al aventurero-escritor. Pero entonces me alargaría muchísimo en esta reseña.
Así que, para acabar, solo deciros que si os gustan las novelas de aventuras en el mar, casi sentir el salitre y la humedad empapándoos la ropa, esta novela es para vosotros. Si os interesa Nietzsche y queréis ver la encarnación de un superhombre en acción, esta novela es para vosotros. Y, por último, si tenéis curiosidad por saber quién vence, el ingenioso Van Weyden o el implacable Lobo Larsen, no os perdáis esta novela de Jack London.
Fernando Goitia vive en Madrid, es jefe de Actualidad del dominical XL Semanal y ha recibido premios como el Iberoamericano de Periodismo Fernando Lázaro Carreter. Aunque, antes de todo esto, viajó por medio mundo y vivió en lugares como Londres, Río de Janeiro o Nicaragua. La sacudidaes su primera novela y condensa sus experiencias cubriendo los estragos del huracán Mitch en Centroamérica. Pero La sacudida es más que eso, es un thriller que va más allá del tópico y se adentra en temas como la amistad, la culpa y la posibilidad de redención.
En Libros y literatura hemos podido entrevistarle y aquí os dejamos el resultado:
1. Al final de la novela adjuntas una nota en la que cuentas cómo surgió el germen de la novela y porqué decidiste escribir sobre el Mitch. Pero quería preguntarte sobre la idea inicial de los personajes. ¿Cómo surgieron Miguel y Julio? ¿Cuándo tuviste clara la historia que querías a contar?
Miguel y Julio nacen al calor de mis obsesiones y fantasmas personales. Miguel es un etarra que traiciona a sus compañeros y huye a América Latina; Julio es un ex guerrillero hondureño-nicaragüense reconvertido en sicario al término de la guerra. Al crearlos y reunirlos fui descubriendo que su aventura me permitía hablar de muchas de las cuestiones que siempre me han interesado. Entre ellas, del País Vasco y de Nicaragua, dos lugares, fundamentales en mi vida, que han sufrido la descomposición individual y colectiva que produce la violencia. La historia, en todo caso, vino definida por los personajes. Ambos surgieron de repente, un día Julio, otro día Miguel, al escribir los dos primeros capítulos de la novela, narrados por cada uno de ellos en primera persona. Aparecieron, visualicé el resto de la historia y todo empezó a encajar.
2. Siguiendo con los personajes. Tus dos protagonistas son muy diferentes. Tienen un origen, un carácter y una biografía dispares. Pero, en el fondo, son dos caras de la misma moneda. ¿Esta confusión entre presa y cazador formaba parte del plan inicial?
Sí, aunque no de una forma tan premeditada. Ambos personajes se inspiran en gentes que he conocido y que han vivido experiencias similares; esa ambivalencia del criminal que se convierte en víctima de sus propios crímenes. A Miguel y a Julio los une, aunque ellos ignoren quién es el otro, su pasado violento; haberse visto empujados a matar por las circunstancias en que crecieron. Acaban por darse cuenta del error que cometieron y de la manipulación de la que fueron objeto, pero ya es demasiado tarde… La pregunta original sería: ¿cómo se las arregla para seguir adelante alguien que ha asesinado a otras personas por motivos ideológicos cuando ya se ha arrepentido o desengañado?
3. ¿Cuál es tu método de escritura? ¿Eres de los que se sientan ante la pantalla sin un plan previo o de los que esquematizan toda la novela?
‘La Sacudida’ es mi primera novela. He aprendido muchas cosas al escribirla, pero, sobre todo, aprendí con ella a escribir una novela. No leí manuales al respecto ni nadie me dijo cómo debía proceder. Me senté y, poco a poco, surgió. Lo primero que tuve claro fue el viaje, el camino que los personajes iban a recorrer: Nicaragua y Honduras arrasados por Mitch. Sabía, por consiguiente, el principio y el final de la ruta. Ya el resto, digamos que me fui dejando llevar por el huracán interior de los personajes. En todo caso, antes de definir la historia, arrancaron muchas otras tramas que no llegaron tan lejos. Ahora, al empezar a preparar la segunda, sin embargo, todo estuvo más definido desde el comienzo.
4. En La sacudida se nota el conocimiento de primera mano de los espacios y las culturas en las que se sitúa la acción, pero también de la desolación que causó el desastre del Mitch. ¿Fue difícil encontrar el equilibrio entre contar lo que viste y mantenerte en la ficción?
La verdad es que no. Yo conocía el paisaje devastado por el Mitch y los testimonios de supervivientes que salpican la narración; los llevaba ya conmigo. Es decir, coloqué a mis personajes en unos escenarios que ya conocía y que deseaba mostrar de un modo mucho más amplio a lo que pude mostrar como periodista. No es que esa parte fuera fácil, digamos, más bien, que fluyó sin muchos problemas.
5. Me ha encantado cómo has logrado diferenciar las voces de los dos personajes que narran la historia: Miguel, vasco, y Julio, nicaragüense. Pese a haber vivido en Nicaragua, ¿tuviste dudas sobre la lengua de Julio?
Me alegra mucho que digas eso, porque creo que esta estructura de dos narradores es una pieza clave de la novela. Nunca tuve dudas sobre ella y, menos aún sobre Julio. Él siempre habló en primera persona y con sus modismos nicaragüenses. Mi fascinación por el habla de la zona en los años que viví allí me fue de gran ayuda. Las dudas, si acaso, surgieron, una vez finalizada, al pensar en su comercialización. «¿Serán estos localismos un obstáculo para el lector?». Es posible. Confío en que, una vez que el lector se familiarice con el español de Julio –porque habla español, no lo olvidemos–, acabe disfrutando tanto de esa riqueza de nuestro idioma como lo hice yo al escribir ‘La Sacudida’.
6. Aunque periodistas y escritores comparten muchas herramientas y técnicas, escribir ficción y no ficción debe de ser muy diferente. ¿Cómo viviste el paso a escribir una novela de 360 páginas?
Como un aprendizaje hacia nuevos caminos en mi forma de escribir. La novela ofrece libertad a la imaginación –algo que jamás debes aplicar al periodismo– y un laboratorio inmenso para experimentar con el lenguaje. Eres libre de hacer lo que quieras: estilos, estructuras, diálogos, descripciones…, y esa experimentación alimenta tu escritura, escribas lo que escribas. Por otro lado, el libro tiene también un componente periodístico, ya que la acción se desarrolla en una especie de cobertura novelada del desastre, coqueteando muy de soslayo con el reportaje cuando así le conviene al desarrollo de los personajes.
7. En la novela se habla mucho de libros, se menciona a autores como Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa o Vázquez Montalbán. ¿Cuáles son tus referentes a la hora de escribir La sacudida?
Nunca pensé en referencias concretas, pero hay tres libros que han causado un especial impacto en mi vida: El asesino dentro de mí, de Jim Thompson; El ruido y la furia, de William Faulkner, y Conversación en la catedral de Mario Vargas Llosa. Son novelas demoledoras y escritas sin miedo, tanto en el uso del lenguaje y la técnica narrativa como en su temática. La lista de mis libros fascinantes es larga y abarca varias épocas y países, pero estos tres siempre los tuve en un rincón aparte.
8. La novela es un thriller y también un road trip. ¿Mientras escribías te planteabas que estabas haciendo un thriller o preferías no pensar en el género?
Puede que la estructura beba mucho del thriller, pero esto deriva del desarrollo de la acción más que de una intención literaria. Al escribir, pensaba en el género, sin duda, en cómo resolver los enfrentamientos latentes en la trama y en cómo culminaría la huida de los protagonistas, pero la novela cuenta, sobre todo la historia de estos dos personajes –afines y antagónicos, a un tiempo– y la relación que se establece entre ellos.
9. ¿Tienes algún otro proyecto de ficción en marcha? ¿Algo que se pueda contar?
Como te decía estoy escribiendo una segunda novela, aunque está en un estado primigenio. Años 60 y años 30, País Vasco y procesos de descolonización en el Tercer Mundo, una familia partida por la política… Vaya, creo que ya te he contado demasiado, jajaja…
Hay novelas que te muestran tu propia realidad y hay novelas que te hacen viajar. Algunas logran las dos cosas. Este es el caso de La sacudida, la novela debut del periodista Fernando Goitia con la que viajamos a Centroamérica y al mismo tiempo nos quedamos muy cerca de casa.
La sacudida tiene uno de los mejores arranques que he leído este año. Comienza en Nicaragua ante ese titán que fue el huracán Mitch. Inundaciones, terremotos, riadas de lodo que se llevan por delante pueblos enteros, vientos a doscientos kilómetros por hora, un volcán que sepulta en lava a más de dos mil personas. Y entre toda esa devastación, la más absoluta que podamos imaginar, una mano y un rostro descarnado asoman entre el barro. Un periodista español se acerca al hombre enterrado y empieza a hacerle fotografías pensando que está muerto. Pero está vivo. Así arranca la historia de Miguel y Julio, dos hombres muy diferentes y al mismo tiempo casi dobles. Dos hombres oscuros, que lo han perdido todo, y a los que seguiremos a lo largo de trescientas cincuenta páginas buscando respuestas.
Como podéis imaginar, La sacudida es un thriller, pero al mismo tiempo es una novela que trata temas muy humanos en medio de la destrucción y la huida. Hubiera sido fácil irse por una ficción más peliculera, con páginas y páginas de acción y ríos de sangre pero, si buscáis algo así, La sacudida no es vuestro libro. Esta novela cuenta la historia de dos hombres de carne y hueso que huyen de su pasado. Y, por supuesto, el pasado, como buen enemigo, se empeña en darles alcance y ponerles contra las cuerdas. En esta novela hay dolor, hay sangre y persecuciones, sí. Pero también hay humor, amistad, erotismo y segundas oportunidades.
El argumento de un thriller es siempre es difícil de contar porque temes dar algún detalle clave que pueda considerarse spoiler. Intentaré no hacerlo, os juro que no adelanto más que las primeras páginas de la novela. La sacudida empieza con Miguel, un periodista vasco que vive en Nicaragua y está intentando cubrir para diversos medios la desolación del huracán Mitch. Enseguida sabemos que Miguel Goikoetxea no es su auténtico nombre y que vive en una paranoia constante. La novela nos revelará qué sucedió en España para que Miguel, sea cual sea su verdadero nombre, deba esconderse de este modo. Por su parte, Julio es un exguerrillero reciclado en asesino a sueldo que está en camino de hacer su último encargo antes de irse a vivir, con su mujer y sus hijas, a Estados Unidos. Pero antes de salir en búsqueda de la víctima, le cae (literalmente) un volcán encima. Las consecuencias del huracán Mitch unirán los destinos de estos dos hombres. Como habéis adivinado, Miguel es el periodista que devuelve a la vida a Julio, el sicario que tiene órdenes de matarle. Ya os lo he dicho, uno de los mejores arranques del año.
Es importante decir que la novela está contada en primera persona por sus dos protagonistas y va intercalando capítulos con la voz de uno y otro. Esto hace que no tengas claro en ningún momento quién es la víctima y quién el verdugo, que no puedas escoger bando y añade tensión a la relación entre el salvador y el superviviente. Otra de las cosas que más me ha gustado de La sacudida han sido las descripciones de los espacios, de las costumbres, el habla nica y la gastronomía centroamericana. Como decía al empezar, esta novela te hace viajar. Fernando Goitia, echando mano a sus propios recuerdos, lleva al lector a Nicaragua y Honduras de los años noventa y, aunque nunca hayas pisado esas tierras, sientes que ya has estado allí.
Aunque no olvidemos que la novela se sitúa en una de las peores catástrofes naturales de los últimos treinta años. La sacudida también es un road trip en el que encontramos a secundarios de lujo (quedaos con el nombre de Latania) y testimonios de la desolación y miseria producidas por el Mitch tan realistas que parecen voces grabadas in situ y trasladadas por el narrador a las páginas de su ficción. Todo esto bien macerado con el estilo del autor: personal, preciso y camaleónico a la hora de plasmar el acento y léxico de sus dos protagonistas.
Solo me queda reiterar la recomendación de esta historia y felicitar a Fernando Goitia, periodista y escritor que se estrena con esta novela, y del que espero poder leer más en los siguientes años.
¿Te gusta escribir y quieres compartir tus historias con el mundo? ¿Quieres sacarle el máximo partido a tus textos y conquistar a los lectores?
Desde Libros y Literatura siempre estamos buscando nuevos modos de aportar valor a los lectores. Sabemos que muchos de vosotros escribís y queremos seguir a vuestro lado también en esa faceta de vuestra vida.
Por esta razón organizamos una tercera convocatoria de nuestro Curso de Escritura Online. Las primeras dos convocatorias, que lanzamos el pasado verano, fueron un éxito rotundo y se ocuparon todas las plazas disponibles. Ahora os traemos la tercera convocatoria, programada para octubre de 2016.
¿Por qué nuestro curso es diferente? ¡Esta entrada es para contártelo! El curso dura un mes, en él se trabajan los aspectos fundamentales de la escritura creativa y tiene un punto muy especial: se hace un seguimiento personalizado de cada alumno.
¿Cuándo es? ¡Esta es fácil! Del 5 de octubre al 6 de noviembre de 2016.
Fechas de inscripción: del 12 de septiembre al 4 de octubre o hasta agotar las plazas.
Estructura y contenido:
El curso consta de cinco unidades en las que se muestran los aspectos fundamentales de la narrativa:
Los personajes son el motor de la historia. Cómo crear personajes con alma.
Vídeo extra: la creación de personajes.
El tiempo y el espacio. Cómo ambientar tu novela para que el lector se sumerja en ella.
Conflicto, cliffhanger, tramas y subtramas. Cómo estructurar tu argumento para que no puedan dejar de leer.
Vídeo extra: cómo empezar y acabar los capítulos.
El punto de vista y los diversos narradores. Quién cuenta tu historia y por qué esa es la mejor opción.
Trucos para escribir narrativa de grandes y pequeños maestros.
¿Cómo funciona?
Como ves arriba, el curso consta de cinco unidades. En cada unidad se trabaja un tema fundamental para la escritura (personajes, tiempo y espacio, trama, punto de vista…) y al final de las cuatro primeras se pide una práctica, normalmente un texto de creación o que tenga relación con el proyecto personal del alumno (desarrollar un personaje propio, presentar una escena, la estructura…).
Las prácticas deben enviarse a la profesora en la fecha que indica el calendario (¡no más tarde!) por correo electrónico. Ella las corregirá y las devolverá a cada alumno durante la semana siguiente a su entrega, de manera personalizada. Es importante decir que estas prácticas son privadas (su corrección no se colgará en los foros públicos).
Porque en el curso también habrá foros en los que debatir todo tipo de temas. Por un lado, estará el foro de dudas sobre las unidades en el que responderá la profesora. Y, por otro, foros generales en los que compartir temas relacionados con la literatura, escritura, vuestros proyectos… en los que no participará la profesora.
Por último, deciros que el acceso al curso se cerrará dos semanas después de la fecha de finalización, así que tendréis tiempo de seguir debatiendo y de descargaros todos los materiales una vez terminadas las unidades.
¿Las plazas son limitadas? Sí, para que el grupo funcione bien y que la profesora pueda prestar debida atención a cada alumno, el máximo de plazas es de 30 personas. Por otro lado, ¡ojo!, también hay un mínimo. Si no llegamos a 8 personas tendremos que cancelar el curso. En el caso de que esto suceda, se devolverá el 100% del pago de manera inmediata.
¿Quién es la profesora? Laura Gomara es la profesora de este Curso de Iniciación a la Escritura. Enseñar escritura creativa es una de sus tres grandes pasiones. Como podéis adivinar, las otras dos son leer y escribir. Tiene una amplia experiencia como docente, tanto en cursos presenciales como online, y las opiniones de sus alumnos la avalan. Además, trabaja en el sector editorial, así que podrá resolver cualquier duda que tengáis sobre este mundo que a veces da tanto respeto a los escritores noveles. Si queréis saber qué cursos ha dado o qué ha escrito, solo tenéis que consultar su web.
Precio: El precio del curso es de 150 euros, pero para las primeras ocho personas inscritas, ¡ofrecemos un precio especial de 99 euros! Date prisa, todavía estás a tiempo de hacerte con el precio especial.
Una vez recibido el pago del curso, nos pondremos en contacto contigo para confirmar tu plaza.
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Este mes de agosto se ha cumplido un año de la muerte del escritor Rafael Chirbes. El autor valenciano murió a los 66 años a causa de un cáncer de pulmón fulminante y nos dejó a todos un poquito más huérfanos. Digo un poquito porque todavía nos acompañan muchos referentes –que cada uno piense en los suyos– de esta gran familia que es la literatura.
Chirbes dejó escritas diez novelas y diversos libros de ensayos. Entre las primeras se encuentra el libro que nos ocupa hoy, En la orilla. Esta fue la última novela publicada en vida del escritor y ha sido bautizada por la crítica como “la gran novela de la crisis”, esa caída en picado que se inició en 2008 y en la que seguimos todavía hoy. Aunque a Chirbes no le apasionaba esa calificación, En la orilla encaja muy bien en la etiqueta. La novela fue escrita durante los primeros años de crisis y vio la luz en 2013 y, por lo tanto, refleja el gran choque y el inicio del hundimiento de la vida de muchas personas en España. También el grado de mercantilismo caníbal de los que acumularon capital a costa de otros y, cuando vinieron mal dadas, huyeron con todo lo que pudieron reunir. Durante la lectura me he preguntado varias veces qué habría escrito Chirbes sobre lo que pasó después, durante 2013, 2014 o 2015.
Como podéis imaginar por el tema que trata, En la orilla es una novela dura, incómoda, escrita con mucha lucidez y un poco de mala leche. Todos esos ingredientes son básicos para tratar la historia con realismo, para hacer que el lector –y esto es algo que seguro que os sucederá si la leéis– vea su mundo, su barrio o su casa reflejados en muchas de las situaciones que cuenta Chirbes.
La novela se sitúa en diciembre del año 2010. La burbuja inmobiliaria ha estallado. Todas las obras del país están paralizadas y las sombras de las grúas y los esqueletos de hormigón de miles de construcciones amenazan a una población con más del 20% de paro. El retrato de esta crisis se cuenta desde el punto de vista de Esteban, un carpintero arruinado por culpa de una estafa, pero que tampoco es ningún santo. Es un pobre infeliz que da voz a toda una generación. Esteban es cordial, paternal, ruin, está resentido. Ha tenido una vida triste en la carpintería de su padre, un antiguo republicano que se arrepintió de no morir en la Guerra Civil y que ha sobrevivido a toda su familia. Esteban, con más de setenta años, cuida de su padre dependiente y se arrepiente de todo lo que no llegó a hacer. De las vidas que no tuvo y de todo lo que le ha tocado tragar en los últimos años que le quedan de vida. Porque Esteban lo ha perdido todo: la carpintería, la casa, los terrenos, el coche, los platos en los que come. Y piensa que está viejo para estas cosas, para un desahucio, para que le arranquen las migajas que le quedan de vida.
Pero la novela no se queda ahí, en los ojos de Esteban. Aunque su historia es la que predomina sobre las demás, presenciamos otras voces, otras narraciones. La de los trabajadores que el propio Esteban ha dejado en la estacada, la de sus familias y finalmente la del constructor que les ha traicionado y ha huido con todo el dinero que ha podido arramblar. En gran parte, el dinero del viejo Esteban y de su padre, todavía más viejo.
En la orilla entreteje voces y personajes, pero nunca se mueve de la costa valenciana, de Olba y Misent. Esos son los puntos fijos, concretamente el pantano de Olba, que engarzan toda la novela y también otras obras de Chirbes, como Crematorio. En la orilla, como Cien años de soledad de García-Márquez o Santuario de Faulkner, presenta una geografía propia, compuesta por esos dos lugares: Olba, el pequeño pueblo de las marismas, y Misent, el pueblo de éxito, costero, más sofisticado, más turístico, más caro. Ninguna de esas dos localidades existe sobre el mapa, pero sí en la cabeza de todos los que vivimos en la costa mediterránea, que no podremos evitar identificar Olba o Misent –o ambos– con decenas de localidades que conocemos bien.
En la orilla es una novela dura y fascinante al mismo tiempo. Como cuando pasas junto a un accidente en la carretera, no puedes dejar de mirar, de leer, sabiendo que, si no te tocó a ti pasar por las situaciones más duras que se entrevén en la obra, fue por pura suerte, porque naciste en otro lugar, porque tomaste, siempre a tientas, un camino que te mantuvo algo más resguardado de la tormenta.
También es un retrato de un país de caraduras, trileros y personajes sin escrúpulos. Tipos que cogieron el dinero y corrieron hasta perder el aliento –aunque para entonces ya estaban en Suiza— y que, además, querían hacer sentir culpable de su gran estafa a todos los demás.
Quiero cerrar esta reseña pidiéndoos que no dejéis de leer a Chirbes. Aunque sea duro, aunque haga que sea un poquito más difícil levantarse por las mañanas e incluso mirarse al espejo. Porque es bien sabido que la verdad duele.
Me gusta la novela negra clásica norteamericana. Así, con todas las etiquetas. Cuando cojo algo de Chandler, Hammett, Ross Macdonald, Margaret Millar, Patricia Highsmith, James M. Cain o alguno de sus congéneres sé que me va a gustar, ya está. Y por eso he leído bastante de este tipo de novela. Pero Alianza acaba de demostrarme que me queda mucho, mucho por leer. Y me ha dado una alegría.
Laura es una novela que no tiene nada que envidiarle a El caso Galton o a Extraños en un tren. Tiene todos los elementos básicos de la novela negra de los años cuarenta y cincuenta. Un asesinato, el de Laura Hunt, una atractiva publicista de Nueva York a la que disparan en la cara días antes de su boda. Un detective que se aleja bastante del modelo de perfección, Mark McPherson, un escocés que aprendió a valorar los libros (eso me recuerda al último Phillip Marlowe) tras una larga convalecencia que le dejó con una pierna ortopédica. Y diversos sospechosos: la criada, la tía de la víctima, el prometido, el mejor amigo… Hasta aquí el misterio clásico. Pero Laura, como la mayoría de las novelas de los autores que cito arriba, es mucho más que eso.
Para empezar, por su forma. La novela está dividida en cinco partes y cada una de ellas es narrada en primera persona por un personaje diferente. Así que vemos la realidad desde diversas perspectivas y con muchas de sus contradicciones. Y, además, este recurso le da una fuerza y un ritmo a la novela impresionantes. Solo os diré que la novela me ha durado menos de veinticuatro horas y en parte ha sido gracias ese gran creador de suspense que es el contar la historia desde diversas miradas (¿os acordáis de Perdida?). Porque, en Laura, si tanto el mejor amigo como el prometido, por ejemplo, tienen voz en la historia, ¿eso les descarta como posibles asesinos? ¿Puede una primera persona mentir al lector?
Y no solo la forma llama la atención en esta novela, la historia también es mítica, como se encargó de demostrar Otto Preminger en su adaptación cinematográfica de 1944. Pero antes de explicar este punto, debo confesar una cosa. Me cuesta mucho creerme a la mayoría de los personajes femeninos del american noir. Muchísimo. Cuando leo las motivaciones, pensamientos o diálogos de la mayoría de mujeres en estas novelas, hago un pacto de ficción con el autor y pienso “este personaje es intragable, pero la novela me gusta, así que sigamos”. Y, exacto, en Laura eso no pasa.
El personaje que da nombre a la novela tiene una solidez y una densidad impresionantes. Y ahí está el punto genial de la historia. Laura es compleja y es humana. No es la pérfida femme fatale ni tampoco una damisela en apuros. Y así lo va descubriendo el detective McPherson mientras lee sus diarios, revisa sus estanterías, sus cajones, su armario, su cocina, facturas y correspondencia en busca de pistas. Hasta que se acaba enamorando de un cadáver sin rostro.
A través de la investigación, McPherson no solo busca al asesino, también quiere comprender a la víctima. Y de este modo Laura se revela en toda su complejidad como novela y como personaje, y desde el otro barrio. Aunque de una manera menos horripilante que la Rebeca de Daphne Du Maurier.
La fuerza del personaje de Laura es, más que sus impresionantes puntos de giro, el punto fuerte de la novela. Una novela que habla del deseo de independencia de una mujer y de sus consecuencias, pero insertada en un género lleno de detectives duros, pistolas, palizas y femmes fatales. Y, para los escépticos, lo hace sin perder un ápice de crudeza e incluso sordidez. ¿Por qué iba a hacerlo?
Por otro lado, el estilo de la novela es directo, ágil y rápido. Como punto diferencial, en Laura se percibe una leve ironía que no he encontrado en sus contemporáneos masculinos. Por no decir que Vera Caspary, su autora, se chota directamente de cierto modelo de detective hard-boiled. Porque el detective McPherson es capaz de reírse de sí mismo y de sus deseos absurdos como “volver a mi antiguo barrio tras ganar el campeonato del mundo con Hedy Lamarr a mi lado, en el asiento de un descapotable de cinco mil dólares”. Pero romper con las reglas del hard-boiled es peligroso y eso Vera Caspary lo sabía. Incluso hace decir a uno de los personajes que no está escribiendo una historia policíaca, sino un romance entre el detective y la víctima. Toda esta sutil crítica al género al que se adscribe la novela, el género negro, seguramente era un arma de defensa de la autora, quien era consciente de las dificultades que tenía una mujer para no ser catalogada como autora de novelas románticas o imitadora de Agatha Christie, independientemente de lo que escribiera.
En definitiva, si os gusta cualquiera de los autores de los que he hablado en el primer párrafo de la reseña, corred a la librería a comprar Laura. Vera Caspary ha sido injustamente tratada por generaciones de lectores y editores y ella y su Laura merecen recuperar el lugar que les corresponde entre los mejores clásicos del género. Así que ya habéis oído, queridos editores, esperamos más traducciones de las novelas de Vera Caspary. ¿Para cuando Bedelia?
William Shakespeare. La reseña podría limitarse a esas dos palabras porque, en realidad, ninguno de nosotros necesita nada más para releer los Sonetos del bardo inglés. William Shakespeare. Pero como ante los clásicos sufro de una especial verborrea, me explayaré algunos párrafos más con mis impresiones sobre uno de los mejores poemarios que se han escrito.
En la introducción a esta edición de los Sonetos, dice William Ospina, su taductor, que el libro cuenta una historia de amor, desde la fascinación del inicio hasta los reproches finales. Y así es, con versos como los que siguen el poeta nos habla de su admiración, real o imaginaria, eso qué importa, por el ser amado: “mientras respire el hombre, y el ojo abarque y mida / vivirán estos versos, y te darán la vida”. Más tarde llega la dicha, podemos suponer que el amado le corresponde: “feliz por tanto yo, que amo y soy amado / por quien no ha de cambiarme ni puede ser cambiado”. Luego, como no, la felicidad da paso a las dudas, peleas y rupturas: “te tuve, como un sueño decidido a adularme, / y fui rey en mis sueños, y nada al despertarme”. A las reconciliaciones: “que ahora mismo tu ofensa en deuda se concluya / y si la mía te absuelve, que me absuelva la tuya”. Y, finalmente, a los reproches: “mientras por ti vigilo, tú estás en algún lado, / lejos de mí, y de otros muy cerca, demasiado”.
Como cualquier historia de amor clásica (y literaria), la primera parte del libro de Sonetos de William Shakespeare responde al patrón establecido de enamoramiento-dicha-traición-reconciliación(es)-traición(es)-ruptura. Un modelo no demasiado sano para establecer en nuestras relaciones personales, pero que leído queda muy pero que muy bien. Y, sí, ya sé lo que todos os estáis preguntando. Shakespeare (o su yo poético) se enamora pero, ¿de quién?
Al parecer los Sonetos están dirigidos a tres personajes, el Fair Youth o el joven de los primeros poemas con el que la voz lírica va fraguando una relación cada vez más estrecha; la Dark Lady, que presenta un amor físico y apasionado, totalmente opuesta a las mujeres angelicales y los amores platónicos de la poesía de la época; y el Rival Poet, o el poeta rival al que Shakespeare se enfrenta en algunos de los sonetos centrales.
La primera parte, y más extensa, está dirigida al joven, con el que se entiende que la voz poética tiene una relación platónica. O no tan platónica, en el soneto 20 le dice directamente: “y para mujer fuiste tú creado; / mas la naturaleza vino con sus desmanes / y con sus adiciones en ti me ha defraudado / añadiendo una cosa que no sirve a mis planes”.
La segunda parte la conforman unos treinta poemas dirigidos a la Dark Lady, una figura peligrosa, terrenal y fiera que trae de cabeza a la voz poética. Precisamente uno de mi poemas preferidos de los recogidos en los Sonetos va dirigido a ella y es una parodia, punto por punto, de los sonetos, todos iguales, con los que en la época se alababa a la dama. Como todos recordaréis, en esos poemas la dama tenía el cabello como el oro, la piel era nieve, los labios coral. Pues la dama de Shakespeare no cumple con ninguno de esos requisitos. Y sea juego poético o realidad, la descripción de esta figura tan diferente a las demás siempre me hace sonreír. Os dejo aquí los primeros versos:
Los ojos de mi amada al sol no se parecen, El coral es más rojo que sus labios maduros: Son negros esos hilos que en su cabeza crecen, Y si la nieve es blanca, sus senos son oscuros.
Quiero hablaros de dos cosas más antes de cerrar la reseña. La primera es la traducción. Porque todas estas citas que acabáis de leer no las escribió Shakespeare, sino William Ospina, que ha adaptado las palabras del poeta inglés a nuestra lengua en esta versión sencilla, directa y clara. A mi parecer, es una versión perfecta para leer despacio, disfrutando de la edición bilingüe de Navona y saltando del original a la traducción con facilidad y sin trabas. Traducir poesía, y además con estructuras tan fijas como el soneto, me parece uno de los retos más difíciles que se le puede presentar a un escritor. Y William Ospina lo borda.
Y la segunda es la editorial, Navona. No puedo irme sin hablaros de la edición del libro como objeto, del lujo que es tener estos Sonetos en la mano e ir pasando páginas antes de acostarte. Cubierta de tela de un intenso color granate, marca páginas interior de raso, pliegues cosidos y no encolados. Es un libro hecho para durar, para leer y releer, para consultar un verso y acabar leyendo quince sonetos, para olvidar que existe y redescubrirlo un día en la estantería. Y también, como no, para regalar.
William Shakespeare. Como decía arriba, es mi argumento más poderoso para recomendaros este libro. El poeta se vende solo. Y, si además viene con una traducción y edición como la que presenta Navona, releer los Sonetos es un auténtico lujo.
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