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La justa, de Ricardo Sánchez de Madariaga

La justa

La justaHay muchas mujeres en mi vida a las que admiro. La primera, mi madre. Hemos vivido las dos solas durante muchísimo tiempo y no hemos necesitado a nadie más. Ella me ha demostrado siempre que una mujer se puede valer por sí misma: la he visto usar herramientas como el taladro o la rotaflex. También la he visto hacer cosas asombrosas como construir una escalera. A día de hoy yo le digo que vale, que no necesitaré a nadie a mi lado para colgarme un cuadro, pero que no pretenda que yo construya sola una escalera porque lo veo bastante improbable. Pero ella siempre me dice que no se trata de poder o no poder: se trata de querer hacerlo o no. Si quieres, lo haces (o al menos lo intentas), sin excusas de condición que valgan. 

A mi abuela también la admiro muchísimo. Ha sido capaz de criar a cuatro hijos y sacarlos adelante a pesar de que su voz, como la mayoría de las mujeres de su época, no valía absolutamente nada. El otro día se atrevió a venirse conmigo a Alemania para ver a su hermana. Era la tercera vez que montaba en avión y mientras despegábamos me decía que ese viaje, hace unos años, hubiera sido del todo imposible. La he visto disfrutando durante una semana entera sin preocuparse por nada ni por nadie. Con eso me conformo.

Y también admiro a mi mejor amiga, que lucha día a día por demostrar su valía. Recuerdo que con seis años me decía “odio a los machistas”, sin tener ni ella ni yo idea de lo que hablaba. Pero ahí sigue, demostrando que ella sola se sirve. Que mejor sola que mal acompañada. 

Sí, las mujeres de mi vida son un pilar fundamental en ella. También los hombres de mi vida, no os vayáis a pensar. Por suerte, son varios y puedo decir que me siento tremendamente orgullosa de ellos. Pero hoy estoy aquí no para hablar de los hombres (ya lo haré en otro momento, lo prometo), sino para hablar de las mujeres, las grandes protagonistas de La justa, el nuevo libro de Ricardo Sánchez de Madariaga. 

Este libro está compuesto por seis relatos, algunos más breves que otros, que tienen escenarios y personajes muy variados. Son muy diferentes entre sí aunque tienen una cosa muy importante en común: todos ellos están narrados por hombres enamorados. Enamorados de mujeres que, a veces les corresponden, otras no tanto y otras no de la forma que ellos hubieran imaginado. Son hombres que están a la merced de una mujer, se llame Linda o Marie France. O incluso a la merced de una mujer sin nombre. No importa.

Como siempre me pasa cada vez que me enfrento a un libro de relatos breves, siempre encuentro uno que es mi favorito. Uno que, por encima de todos los demás, llama especialmente mi atención. Es ese relato el que me vendrá a la mente cada vez que piense en ese libro en concreto, siendo muy posible que el resto de ellos pase rápidamente al olvido. En este caso, ese relato ha sido el titulado como Verano del 78, donde el protagonista conoce a Marie France, una chica que será el eterno amor adolescente del chico que nos está narrando el relato. Entre escenarios de teatro, música y pianos, conoceremos esa historia de amor “fugaz como el sol del veranillo de San Martín” que diría Sabina. Y quizá sea el que más me ha gustado porque los amores de verano tienen ese no sé qué que engancha: sabemos que es una historia que ya fracasa desde el principio, que nace muerta, pero aun así no podemos dejarla escapar. Tal vez sea esa derrota temprana lo que nos empuja a luchar por ella, como si se tratara de una cuestión de orgullo que nos hace intentar derrotar al destino. 

El último relato, Talk to me, también me ha gustado mucho. Sobre todo por el trasfondo que tiene. Trata de un hombre que tiene una aventura con una chica mucho más joven que él. Su matrimonio le pesa y necesita huir de él aunque sea solo un rato. Pero su aventura no es como la de los demás: consiste en hablar. Únicamente en hablar. Es un relato muy sincero y que le da un final perfecto al libro.

Hace poco leí otra obra de Ricardo Sánchez de Madariaga: Historia de la columna infame, que era también un conjunto de relatos cortos. De ese libro recuerdo con cariño un relato que tenía como protagonistas a un chico y una chica que viajaban por todo el norte de España. Durante las horas que duraba ese viaje hablaban como si fuera el último día, la última oportunidad. Ese fue el relato que me marcó y que ahora compite con Verano del 78 por ser el que más me ha gustado de los dos libros. En conjunto, me quedaría con La justa, ya que la veo como una obra más redonda, con más sentido, donde todos los relatos tienen algo en común. Es un todo. Pero si tengo que elegir un relato en concreto… me quedaría con el del viaje por el norte. No sé qué tenía, pero ha conseguido convertirse en mi favorito. 

Pero aun así me quedo con el libro que estoy reseñando hoy, porque me ha gustado eso de que todos los relatos tuvieran la misma esencia. A pesar de que no tiene por qué ser así, a mí me gusta más cuando todos los relatos están unidos por algo que tienen en común. En este caso, como decía al principio, ese punto de convergencia son las mujeres. Ellas son las que le dan sentido a este libro convirtiéndose en protagonistas aunque en teoría no lo sean. 

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El hombre de tiza, de C. J. Tudor

El hombre de tiza

El hombre de tizaFriends siempre ha sido una de mis series favoritas. Creo que la he llegado a ver entera unas cuatro veces. Me acuerdo de una vez que terminé el último capítulo y del tirón comencé a verla otra vez desde el principio. Un vicio. Me llegué a aprender los diálogos y soltaba frases de la serie en cuanto tenía ocasión. El resultado era que la gente me miraba raro… aunque cuando las decía delante de alguien fan de la serie, se convertía en un momento maravilloso. 

Recuerdo con mucho cariño un capítulo en el que Joey le confiesa a Rachel que su libro favorito es El resplandor pero que en algunas ocasiones termina por meterlo en el congelador cuando llega a una escena de mucho miedo. Entonces Rachel se ríe de él… porque no considera que sea para tanto. Así que Joey le reta a leerlo y a cambio él leerlá el favorito de ella, que es Mujercitas. El resultado es que ambos terminan por meter sendos libros en el congelador, ella porque se muere de miedo y él porque se muere de pena. 

Y no he podido evitar acordarme de este capítulo mientras leía El hombre de tiza porque durante las cien primeras páginas lo llegué a pasar un poco mal. Vale, aquí quiero hacer dos apuntes: uno, yo soy bastante cagona y me asusto por todo, así que si sois personas a las que les gusta el cine de terror o las novelas de miedo y estáis habituadas a esa temática (cosa que no me pasa a mí en absoluto), es probable que todo lo que diga a continuación no os interese, porque es posible que el terror que me ha producido esta novela haya sido por mi propia “gallinidad”. Y dos, vivo en una casa muy antigua en un pueblo muy pequeño en mitad de las montañas. De noche no se escucha ni un solo ruido, bueno, alguna vez se escucha a un búho ulular, pero nada más. Y leer una novela así en ese contexto puede hacer que las sensaciones se magnifiquen. 

Así que sí, ha habido algún momento en el que me he cagado de miedo. Pero vayamos por partes.

El hecho es que este libro de C.J. Tudor es una novela a dos tiempos: viajaremos a los años ochenta donde conoceremos un terrible asesinato de una joven a la que despedazaron y de la que jamás se encontró la cabeza. Y, a la vez, volveremos al presente, donde la pandilla de amigos protagonista, la que descubrió aquel crimen, vuelve a recibir cartas con hombres de tiza dibujados, exactamente igual que pasaba en los años ochenta. Esos hombres de tiza empezaron a aparecer misteriosamente cada vez que sucedía un asesinato, y nadie logró resolver jamás quién era el responsable de esos dibujos.

De verdad que las primeras cien páginas llegaron a asustarme. La historia no es demasiado tétrica pero los finales de capítulo conseguían ponerme los pelos de punta. Ya os digo, yo no estoy demasiado acostumbrada a leer novelas de terror y menos por la noche. Así que puede ser que, como decía antes, todo lo que sentía se viera magnificado irremediablemente. Aquella primera noche que cogí el libro lo pasé un poco mal, llegué a tener pesadillas, por lo que decidí que al día siguiente lo leería a plena luz del día para ver si era el contexto el que me ayudaba a sentir todo lo que estaba sintiendo o es que de verdad el libro daba muchísimo cague. Porque claro, todos sabemos que no es lo mismo ver El exorcista a las dos de la tarde con un sol reluciente y con un montón de amigos, que verlo a las doce de la noche, un día de tormenta, sin una luz de por medio y con la única compañía de los crujidos de la escalera…

Y aquí sucedió una cosa muy curiosa: me pareció que el libro era otro totalmente diferente al que había estado leyendo la noche anterior. Me intrigaba en la medida en que quería saber quién era el asesino, pero no me estremecía ni me hacía querer meter el libro en el congelador como pasó la otra vez. Y esto puede ser por dos motivos: uno, porque de verdad las circunstancias en las que leí la primera parte hicieron que me asustara muchísimo o, dos, porque a partir de la segunda parte el libro cambia de registro y ya no da tanto miedo como la primera. 

Me imagino que nunca lo sabré con certeza… bueno, si alguno de vosotros lo lee, me gustaría que compartiera conmigo sus impresiones, para sacar una conclusión más clara. Como resumen, El hombre de tiza, de C.J. Tudor me ha gustado, pero me dejado con un sabor agridulce al final, porque si bien he disfrutado mucho la historia haciendo de detective para averiguar quién había matado a la chica (os advierto: lo adiviné), me quedó una sensación de desazón porque pensé que por fin había encontrado mi Resplandor personal, ese libro que hubiera metido en el congelador sin pensármelo dos veces.

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Moravia, de Marcelo Luján

Moravia

MoraviaSonaba Gardel por el equipo de música de aquel café argentino de Lavapiés donde desayunaba. Un equipo de música moderno incapaz de restarle ese sonido mono tan característico de un viejo tango. Mi Buenos Aires querido se confundía con el chocar de vasos y platos, las voces de los habituales apoyados en la barra y el aroma del café. En la calle, unos perros ladraban. Ya sabía qué libro quería leer.

A veces, circunstancias ajenas a la literatura te llevan de la mano a elegir un libro como si alguien hubiera escrito que así fuera. Acontecimientos, en principio, sin conexión pero que cobran todo su sentido a medida que se van enlazando. El destino fijado, el inevitable desenlace y no poder escapar de él, es el rasgo principal de esta embaucadora novela que voy a presentar.

Moravia, de Marcelo Luján, tiene el rumor de un tango amargo y el tinte doloroso de las tragedias griegas. Un relato que, por su fuerza descriptiva del Buenos Aires de 1950 y el desarrollo de los personajes, te apresa y te libera a partes iguales, te acaricia y te golpea con rabia, te deleita con la melodía de un bandoneón para después abandonarte desnudo frente al dolor. Todo en una novela de menos de doscientas páginas. No necesita más su autor para demostrar que el reconocimiento recibido por su última obra, Subsuelo, no fue gratuito. La riqueza lingüística de este texto, con la mezcla de sabores y colores de Argentina, Nueva Orleans y la antigua Checoslovaquia, le dan mayor vida a un relato de bellísima trama.

Así, la historia sucede en febrero de 1950. Juan Kosic, ahora un famoso bandoneonista, regresa a su Buenos Aires natal que tanto le decepcionó quince años después de haberla abandonado. Junto a él, viajan su esposa y su hija. Juan Kosic lleva dos cosas como equipaje: un maletín lleno de dinero y el rencor de demostrarle a su madre que en Nueva Orleans triunfó en aquello que ella tanto le negó y que fue motivo de su separación y huida de Argentina, la música.

Para ello, idea un plan: ocultará su identidad y se presentará en la pensión que regenta su madre junto a su hermana en Colonia Buen Respiro, un pueblo perdido de La Pampa. Allí, se hará pasar por turista adinerado, acomodándose incluso en una habitación, esperando a desenmascarar la verdad y vengarse por tanto dolor y burla sufridos en el pasado. Un suceso trágico hará cambiar por completo el camino de los acontecimientos.

La maestría del relato de Marcelo Luján reside en la estructura de tragedia griega que ha conseguido crear: desde un coro en la figura de los perros que custodian la pensión de la madre y que anuncian con sus ladridos el desenlace, hasta el sabor edípico que deja en los labios esta amarga novela. No es hasta el final cuando se desencadene la catarsis trágica excepcionalmente trenzada por Luján.

También, cabe citar la influencia que ha tenido en el autor un fragmento de El extranjero de Albert Camus que ha guiado el desarrollo de esta historia. Valiéndose de aquel extracto, ha escrito una obra dividida en dos actos: por un lado, la llegada al puerto de Buenos Aires del trasatlántico que llevó a Juan Kosik y Lidia, su esposa, de Europa a América. Ahí, a través de sus recuerdos, se muestran los pasados de cada uno. Todo aquel pasado que no eran más que eslabones que forjaban el destino de sus protagonistas. En el segundo acto, se desarrolla la acción en el tiempo presente en Colonia Buen Respiro, el pueblo natal de Juan Kosic: el eterno viaje en tren hasta el pueblo, ocultar su identidad ante los habitantes, presentarse en la pensión, lo que allí sucedió.

Moravia, cuyo título hace mención a la ciudad checoslovaca desde donde emigraron a Argentina los ascendientes del protagonista, ha sido reeditada y puesta de nuevo en librerías por la editorial Salto de Página tras haber estado descatalogada en su anterior editorial. La crítica considera esta novela como género negro. Desligado por completo del relato policíaco, que no interesa en absoluto a su autor, lo principal del relato destaca en la negrura que subyace en el ser humano desde la fluidez; donde hay tiempo para pensar, para elegir, para reaccionar, y que, sin embargo, decide ejecutar la maldad. Una reflexión sobre la condición humana que también exploró en su siguiente novela Subsuelo.

Sin duda es una lectura que se hace imprescindible acompañarla de un viejo disco de Carlos Gardel. La música está presente durante todo el relato. Del mismo modo, deja también el regusto de las buenas películas de cine clásico. Porque esta novela se disfruta como tal: un plano en blanco y negro a bordo de un barco, la actriz mira por última vez alejarse el puerto de la ciudad de Buenos Aires, antaño, viviendo su época gloriosa; de fondo, un músico ejecuta una melodía con rumor de despedida.

«Rencor, mi viejo rencor, no quiero sufrir esta pena sin ti.
Si ya me has muerto una vez, ¿por qué llevaré la muerte en mi ser?» (Rencor, de C. Gardel)

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¡Quiero volar!, de Pere Duch, Adrià Duch, Jènifer Solsona y Adriana Santos

¡Quiero volar!

¡Quiero volar!¿Habéis soñado alguna vez que voláis? Para mí es uno de los mejores sueños del mundo mundial. Hace ya tiempo que en mis sueños no vuelo, pero las veces que lo he soñado me lo he pasado de maravilla. He visto ciudades desde el cielo y he sentido ese cosquilleo en el estómago mientras volaba y volaba. Eso sí, siempre que sueño que vuelo tengo que mover mis brazos como si fueran alas. Por eso creo que en alguna otra vida he debido de ser un pajarillo y aún me queda ese sentimiento por ahí.

A la niña protagonista de este cuento, ¡Quiero volar!,  le sucede lo mismo que a mí: le encanta volar. Eso sí, si yo me limito a hacerlo en sueños o, como mucho en avión, ella lo que quiere es volar despierta. Desde que era bien pequeña Balma ha tenido el mismo deseo: volar y surcar los cielos. Por eso disfruta tanto observando a los pájaros con sus prismáticos y viendo documentales sobre animales que vuelan. Esos animalitos tan libres le fascinan. Cuando en el cole le hablaron de Leonardo Da Vinci, Balma alucinó. ¿Así que había un inventor que había querido crear algo para que las personas volaran? Sin duda ella tenía que seguir el trabajo de Leonardo, así que se puso manos a la obra.

Y así lo hizo, Balma ideó y construyó muchos tipos de aparatos voladores, pero, a pesar de que lo intentó con todas sus ganas, ninguno funcionaba como ella quería. O, más bien, ninguno servía para volar. Desesperada, un día en la playa tuvo una revelación: ¡las cometas! Esos aparatos sí que podían volar bien alto y libres en el cielo. Balma empezó a construir cometas y cometas hasta que por fin logró hacerlas a la maravilla. Eso sí, después de hacerlas volar por el cielo ella siempre las dejaba libres, como esos animales que tanto le gustaban. Aunque hay un secreto: Balma siempre deja una nota en cada cometa que libera. ¿Queréis saber cuál es el mensaje que Balma deja en sus cometas? Entonces tenéis que estar muy atentos al cielo, a ver si conseguís encontrar una de sus cometas o… también podéis leer ¡Quiero volar!, un libro divertido, con unas ilustraciones preciosas y con un mensaje tan libre y bonito como las cometas que crea Balma.

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Las falsas imágenes, de Josep González Ribera

Las falsas imágenes

Las falsas imágenesMe gusta leer poesía porque siempre encuentro un poquito de verdad en cada verso. Normalmente los autores intentan camuflar su sinceridad con metáforas o historias ocultas y que hacen difícil vislumbrar aquello que de verdad hay que ver.

Cuando leo poesía me siento un poco detective: voy buscando detrás de cada verso, de cada palabra aquello que está escondido y que pide a gritos salir a la superficie. 

Así que esta vez, con Las falsas imágenes, no iba a ser diferente. Su autor me mandó este libro en formato digital hace un par de semanas y al día siguiente ya me lo había terminado. Entonces me escribió diciéndome que también meló haría llegar en papel así que, en vez de hacer la reseña en aquel momento, decidí esperar un poco a que me llegara el físico para volver a leerlo. Y sí, en dos semanas el resultado obtenido es que lo he leído dos veces. Y esto quizás se haya debido a que en un principio me quedé con ganas de más, ya que es un libro muy finito. Y tengo que recalcar que eso para mí no es ningún problema, pero me ha dado la sensación de que este poemario podría ser la antesala de algo. Es como si me hubiera puesto la miel en los labios y eso hubiera hecho que me quedara con ganas de más. 

Pero, por otra parte, el volver a leerlo no se ha debido únicamente a eso, a esas ganas de más, sino que creo que este libro se merece una relectura para desentrañar, como decía al principio, todo lo que oculta.

Las falsas imágenes, escrito por Josep González Ribera es una compilación de poemas que hablan de temas variados. Pero he visto algo en común en casi todos ellos: la identificación de las deidades con la propia naturaleza humana, haciendo referencia en varias ocasiones a Diana cazadora, o a los susurros imperceptibles de los dioses en el viento, por ejemplo. También es un libro que habla de construir muros que deberían estar desarmados, de las luces divinas que atraviesan el Palacio de Cristal, de la poca consideración que tiene el tiempo al pasar tan deprisa. Y también recuerda a tiempo de trovadores, damas y castillos. 

Es una mezcla curiosa, no os voy a engañar y es que hay partes que parecen de una ficción irremediable y otras que te conducen directamente a una realidad palpable. 

No suelo hacer esto de transcribir literalmente frases de un libro, pero cuando lo hago, lo hago por necesidad. Hoy es uno de esos casos y creo que con ello vais a entender mejor lo que decía al principio:

Cuando el poeta / aún no ha hablado / puede, en sus adentros, / degustar la poesía, / jugar todavía con las palabras, / es todavía dueño de su creación. / Cuando el poeta habla, / sin embargo, su poesía / ya no le pertenece, / ya no es dueño / de sus palabras, / ni responde solo / ante sí mismo. / Cuando las palabras / levantan el vuelo, / como pájaros, / cuando la poesía se culmina, / ya no pertenece al poeta, / pertenece al mundo. 

Antes hablaba de sinceridad y para mí ese poema es un claro ejemplo. Y aunque a priori puede parecer que simplemente Josep González Ribera está haciendo una declaración diciendo que una vez que el poeta escribe ese escrito deja de pertenecerle, yo creo que va mucho más allá. ¿Qué pasa si el poeta escribe algo que no debería, que no gusta a todos? ¿Qué pasa si una persona se ve tan reflejada en un poema que llega a obsesionarse con él? ¿Qué pasa si alguien cambia su forma de pensar por haber leído unas determinadas palabras escritas en un papel? ¿Y si estás cambiando una vida? ¿Y si las consecuencias de escribir se te van de las manos? Porque las palabras vuelan cuando se plasman en un papel (o en un procesador de texto, como estoy haciendo yo), se te escapan, dejan de pertenecerte para formar parte de la vida de quien está al otro lado de esas palabras. 

¿Ahora entendéis por qué he tenido que leer este poemario dos veces? Porque Las falsas imágenes ha causado ese efecto en mí: el de ver más allá de las palabras. Que también es posible que este libro me haya pillado en un momento de mi vida en el que necesitaba buscarle tres pies el gato. Puede ser que el autor no quisiera decir más que lo que estaba diciendo, pero no sé, llamadlo intuición, pero yo creo que no es así. Seguramente este efecto se haya derivado de la biografía tan misteriosa que se puede leer en la solapa del libro, en la que el autor dice que los poemas “quizás sean un estudio de mi alma, quizás una confesión en momentos más oscuros o más luminosos, o quizás solo una ficción”.

Desde luego ha sido inevitable querer ver más allá después de leer esa biografía, ¿no creéis? Así que desde aquí os dejo mi consejo si decidís adentraros en estos poemas: no dudéis en volver a leerlo, en dejaros llevar por la curiosidad y por la imaginación que surge al intentar descubrir qué quiere decir el autor. Esa será la única forma en la que de verdad disfrutéis este poemario. 

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The room. Un desastre fílmico convertido en obra de culto, de Guillermo Triguero

The Room

The Room

A comienzos de este siglo, Tommy Wiseau, un inmigrante polaco que ya rondaba la cincuentena logró cumplir su sueño: la película que él había producido, rodado y protagonizado había llegado a los cines estadounidenses (a dos, concretamente). Todo ello tras el desembolso de unos seis millones de dólares de dudosa procedencia. Para su sorpresa, aunque no para la de cualquier ser humano racional, la película apenas atrajo a un puñado de espectadores, de los cuales un buen número no llegaba a aguantar ni media hora sentado en la butaca. Algo lógico, puesto que lo que pretendía ser un drama romántico había quedado relegado a un sindiós, en el que el guion competía con la interpretación de Tommy por ver cuál de los dos era más absurdo e indescifrable.

La casualidad quiso que uno de esos escasos espectadores fuese Michael Rousselet, administrador de una web humorística, el cual, cautivado por la sinrazón a la que había asistido, comenzó a recomendarla a sus amigos. Poco a poco se fue creando una entregada comunidad en torno a la obra, que adoptó costumbres como lanzar cucharas a la pantalla o pasarse balones de fútbol americano durante el visionado. Dentro de este grupo de fieles, que, quince años más tarde, siguen asistiendo a convenciones y defendiendo el valor del producto, se encuentra Guillermo Trigueros, autor de The room. Un desastre fílmico convertido en obra de culto.

El libro aborda todo el proceso de la formación del fenómeno, desde el intenso y caótico rodaje que la originó hasta el lanzamiento de The Disaster Artist, la película basada en un libro homónimo que dio el último empujón para que un trabajo que en otra época no hubiese pasado de un fracaso estrepitoso se haya convertido, con el paso de los años, en toda una obra de culto.

Desde el principio se nota que este texto está escrito por un fan acérrimo de la película, no sólo por el detallismo con el que Trigueros comenta cada uno de los aspectos que la rodea, sino porque, aunque intenta ser objetivo en su crítica, el autor no evita transmitir su pasión por el caos, el desconocimiento y la osadía que llevaron a un personaje tan variopinto como Wiseau a entregarse en cuerpo y alma para sacar adelante un proyecto en el que sólo él creía. Finalmente, su ansia por darse a conocer en el mundillo del séptimo arte acabó cumpliéndose, aunque a costa de ser el artífice de “la peor película de la historia”.

Sin duda merece la pena asomarse a la leyenda que existe tanto en torno a la película como alrededor de Wiseau. Es bastante sencillo: hay cientos dede vídeos en YouTube que recogen los mejores/peores momentos, así como artículos, documentales y libros notables como The room. Un desastre fílmico convertido en obra de culto. Con todo, recomiendo intentar verla de cabo a rabo. No es seguro, pero quizá acabes desarrollando el mismo sentimiento de ternura por este compendio de errores que embriaga desde hace años a sus fans. Y es que, como ocurre en la fábula, a pesar de la risa nerviosa que provoca en un primer momento, todos acabamos sintiendo empatía (y algo de lástima) por ese emperador que se cree vestido con un maravilloso traje a pesar de estar mostrando todas sus vergüenzas. Y lo mágico de The Room es que, al final, uno acaba incluso disfrutando con ellas.

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Raros, radicales y rebeldes, Microbiografías ilustradas, de Carlos Cubeiro

Raros, radicales y rebeldes, Microbiografías ilustradas

Raros, radicales y rebeldes, Microbiografías ilustradasNo sé por qué, pero suele suceder que a las personas que tildan de raros, radicales y rebeldes suelen ser las más interesantes. Supongo que porque todo lo que se sale de lo común, aquello que es diferente e innovador nos produce, en general, tanto miedo que tendemos a señalarlo con adjetivos más bien peyorativos. A veces somos así de tontos, qué le vamos a hacer. Raros, radicales y rebeldes son, sin duda, los mejores adjetivos que podrían usarse para describir a todas las personas que aparecen en este libro y os animo a que os acerquéis a ellos siendo conscientes de todo lo bueno que esos adjetivos aportan. ¿Raros? Claro que sí. ¿Radicales? Por supuesto. ¿Rebeldes? Desde luego. La selección de personajes célebres que aparecen en estas microbiografías tienen todos esos componentes.

Confieso que, en primer lugar, me sentí atraída por la idea de que cada biografía viniera ilustrada por Carlos Cubeiro y que el libro tenga la opción de cortar por la línea de puntos y quedarte con la biografía/ilustración que quieras. Ya me había imaginado que haría una especie de cuadro collage con aquellas que más me interesasen y que lo pondría en alguna pared de casa. Luego mi idea se ha ido desinflando porque soy de ese tipo de personas a las que nos parece una aberración destrozar un libro. Sí, ya sé, con este espíritu nunca formaré parte de uno de esos libros, pero, ¿qué le hago yo? Así que aún estoy con ese debate, ya os diré en qué queda.

Raros, radicales y rebeldes, Microbiografías ilustradas viene con tres opciones de portada. A mí me tocó la de Roberto Bolaño (cosa que me hace muy feliz), pero también hay una con David Bowie y otra con Amy Winehouse. Entre sus páginas no vamos a encontrar grandes biografías. Claro, por eso se llaman “microbiografías”, so lista. Y eso son, pinceladas de las vidas de personas que hicieron lo que quisieron y como quisieron y que por ello más de una vez tuvieron que oír cómo les acusaban de raros, radicales o rebeldes.

Últimamente hay muchos libros así, sobre todo feministas. Libros ilustrados y preciosos como Valerosas, Mujeres de Ciencia o Cuentos de buenas noches para niñas rebeldes. Temía un poco encontrarme  algo parecido y volver a leer sobre las mismas vidas e historias, pero Raros, radicales y rebeldes, Microbiografías ilustradas me ha sorprendido por su selección de personajes y por la exquisitez con que están escritas estas pequeñas biografías. Originales, concisas y claras. Una auténtica delicia la combinación de las ilustraciones con los textos.

Algunos de los personajes sobre los que podemos leer son: Jacques Brel, Facundo Cabral, Camille Claudel, Jean Genet, Corita Kent, Anaïs Nin, Chicho Sánchez Ferlosio, Erik Satie, Chavela Vargas, George Sand  o Luis Cernuda. Son muchos los raros, radicales y rebeldes que podemos encontrar en su interior y, como veis, también de lo más variados. Para mí ha sido todo un acierto este libro tan original y necesario. No puedo más que recomendároslo e invitaros a disfrutar el conocer un poquito más sobre personas tan imprescindibles y sí, también raras, radicales y rebeldes.

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Videorreseña: Con amor, Simon, de Becky Albertalli

¡Cuántas ganas tenía de hablar de este libro! Aunque tengo que decir que el “fenómeno Simon” ya lleva un tiempo proliferando, ha sido ahora (coincidiendo con la reedición por parte de la editorial Puck) cuando yo lo he descubierto y he querido leer el libro.

Trata sobre Simon, un chico que no ha salido del armario y que se está enamorando de un chico con el que chatea a diario. El problema es que no sabe quién es, sabe que va a su instituto y que se hace llamar Blue, nada más. Pero ese no es el único problema, también está el factor Martin, un compañero de clase que descubre todo el pastel y que chantajea a Simon. Si no quiere que se lo cuente a todo el instituto, debe conseguirle una cita con su mejor amiga. Eso es todo. Simon entonces tendrá que pensárselo mucho: ¿ceder al chantaje? ¿plantarle cara? ¿salir de una vez del armario?

Con amor, Simon es una novela muy tierna y divertida que también nos muestra lo dura que es la vida de un chico al que no se le permite ser como realmente es.

Si quieres saber más sobre este libro y mis impresiones sobre él, ¡no te pierdas este vídeo!

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Red Sonja. La balada de la diosa roja, de Roy Thomas, Esteban Maroto y Santi Casas

balada diosa roja

balada diosa rojaAntes de nada debo aclarar que no había leído nada de Red Sonja hasta ahora. Conocía el personaje de vista y sabía que aparecía como “secundaria o compañera o amante”, o algo así,  en algunas de las historias de Conan (que es otro mocete del que tampoco he leído nada, aunque sé que es natural de Cimmeria, que vivió durante la Era Hiboria, que llegó a ser rey y de pequeño vi las dos pelis de Schwarzenegger). Además, esperaba con ganas la, por desgracia aún inexistente, película de Robert Rodríguez que iba a protagonizar Rose McGowan, y me encantan casi todas las portadas de sus cómics que llegan a mí de una u otra forma.

Por eso, porque quería tener la oportunidad de saldar una deuda he podido liquidarla bien liquidada aprovechando el anuncio de Planeta Cómic de la edición directa, en nuestro país antes que en cualquier otro, de una historia de creación propia de la mano de aquellos que, ya hace más de 40 años, crearon la imagen icónica del personaje: Roy Thomas y el español Esteban Maroto, el cual, por cierto, fue quien diseñó su “armadura” de escamas metálicas quedando este ya como su aspecto definitivo.

¿Qué vamos a encontrar en este lujoso cómic de gran formato y papel del bueno? Lo que se espera de un cómic del género que promete ya desde su portada, como no podía ser de otra forma: espada y brujería. Mucha espada y un poquito de brujería. Una historia en dos tiempos que nos cuenta el origen de la diablesa de la espada y su venganza.

Comenzamos en el presente, en el castillo del rey Thallos, que ha masacrado pueblos enteros y se ha hecho con una gran fortuna pero, el rey está triste, ¿qué tendrá el rey? Pues la crisis de los cincuenta va a ser. O de los sesenta. Thallos se da cuenta de que por más riquezas que tenga, llegará un momento en el que no le servirán de nada porque estará muerto, así que lo que ambiciona ahora es saber dónde están las aguas que alimentan la vida. Será entonces cuando un misterioso bardo (no, no es Sonja disfrazada), cante una balada sobre nuestra protagonista, en la que se nos va a contar la violación múltiple a la que fue sometida y cómo después se bañó en esas aguas guiada por la diosa Morrigan, la cual también le dio armas y ansias de venganza.

Lo que sigue tras este flashback no lo voy a reventar, aunque tampoco es muy difícil de imaginar, la verdad.

En cuanto al dibujo, lo primero que hay que decir es que La balada de la diosa roja es tricolor: blanco, negro y rojo. Santi Casas es todo un descubrimiento personal. Me ha gustado mucho su estilo detallado y de una Sonja más madura, robusta y con cicatrices, “más bárbara, salvaje e indomable” como afirma el propio Casas, así como el resto de figurantes. Dibujo ágil, apropiado y muy buena composición de la página. Sé que para muchos será un sacrilegio, pero me ha gustado más su dibujo que el de Maroto, (ojo, muy disfrutable también), el cual se ocupa de contarnos el origen de la guerrera en bikini.

Sea como sea, el hecho de que sean dos dibujantes distintos los que cuenten etapas temporales diferentes del personaje hace que la historia resultante se complemente a la perfección y que se aprecie la evolución, el antes y el después de Sonja.

La balada de la diosa roja es una historia tan bien ambientada que casi pareces oír de fondo la vihuela de ese curioso “trobador” (¡ay, esa “b” traicionera!), con un personaje femenino fuerte, muy sexualizado, independiente, con valores de justicia e igualdad, dentro de una aventura épica y dramática que, si bien puede no ser muy original, atrapa igualmente y sirve de enganche para quienes quieran iniciarse en Red Sonja. (A mí, desde luego, ya me ha enganchado).

Por último, comentar que tras la historia podemos gozar de una extensa galería de bocetos con comentarios de los dos dibujantes.

Lo dicho, un gran cómic ideal para crear afición al género, al personaje y, en general, al mundo del cómic.

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Mashenka, de Vladimir Nabokov

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mashenkaDespués de mi gran estreno con Vladimir Nabokov, disfrutando de Risa en la oscuridad, no he querido esperar más tiempo para seguir conociendo de primera mano todo lo bueno que este autor dejó escrito y que todavía no había tenido la suerte (o la decencia, según se mire) de leer. Es Mashenka la primera obra del escritor de origen ruso, publicada en Berlín en 1926. Y es en la capital germana donde se desarrolla la acción, pese a que la Madre Rusia estará presente en todo momento en el argumento y sus personajes.

En una humilde pensión berlinesa convive Ganin, nuestro protagonista, con un grupo de exiliados rusos; un viejo poeta, una mujer de exuberantes pechos, dos bailarines homosexuales y un hombre mediocre que, por azares del destino, resulta estar casado con Mashenka, antiguo amor de juventud de Ganin. Sus cuitas diarias y el anhelo por su país se entremezclan en la narración junto a los desvelos de Ganin por recordar su pasado e intentar aclarar su presente, que se ve amenazado por la inminente llegada de la mujer que da título a esta historia.

Tienen las escenas de este libro algo de teatral. Los personajes entran y salen de las habitaciones como si de una dramaturgia se tratara. Al igual que pasaba con Risa en la Oscuridad, Nabokov dota a Mashenka de un fino humor ya desde la primera escena, esa en la que Ganin y Alfiórov se conocen dentro de un ascensor a oscuras. Pero en esta obra se observa, además, un doble ritmo a la hora de narrar, que separa claramente el pasado del presente narrativo. Si hablamos del pasado, la añoranza por la patria perdida hace al autor ser más reflexivo, con descripciones más largas y concienzudas, recordando cómo eran aquellos tiempos en los que el amor por Mashenka cubría toda la vida del joven Ganin. Sin embargo, el presente, el de la pensión, carece de esa lentitud, sostenido por un ritmo más alocado y armonioso.

Obviamente, como opera prima que es, tiene Mashenka algunos fallos de forma, costándole al autor encontrar un buen encadenamiento entre escenas en determinadas ocasiones. Sin embargo, mi descubrimiento de la bibliografía de este autor sigue proporcionándome grandes momentos de lectura. Quizá la clave esté en que Nabokov parece hacer fácil lo difícil. De su prosa sencilla y alegre subyace un autor enorme, de gran ingenio, que incluso decide poner en sus primeras obras parte de sus vivencias personales, esas que no siempre están visibles, pero forman una parte importante de la vida de cualquier escritor.

Debido a la extremada lejanía de Rusia, y debido a que la nostalgia ha sido un constante y loco compañero a lo largo de toda mi vida… no me molesta en absoluto confesar el doloroso sentimentalismo que hay en mi cariño hacia mi primera obra.

Cómo no podía ser de otra manera, y como bien aclara el autor en la introducción, Mashenka tiene mucho de lo vivido por Vladimir Nabokov en sus años adolescentes en Rusia. Y es ese amor por el pasado lo que hace de esta historia un debut literario de altísima calidad.

César Malagón @malagonc

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Al final mueren los dos, de Adam Silvera

Al final mueren los dos

Al final mueren los dos¿Qué harías si te dijeran que vas a morir en las próximas veinticuatro horas?

Así, más o menos, empieza Al final mueren los dos, una novela de Adam Silvera que propone una realidad un tanto futurista en la que existe una institución llamada “Muerte Súbita” y que se encarga de informar a la gente que va a morir de repente. Una llamada, un mensaje y ya sabrás que en las próximas horas vas a morir. Exactamente el cómo y el cuándo no lo vas a saber, ¿pero acaso eso importa ya?

Mateo y Rufus han recibido la llamada el mismo día. A decir verdad, no se conocen de nada. Pero al final coinciden en la aplicación que está tan de moda y que se llama algo así como el último amigo. Ahí se puede encontrar de todo: tanto Fiambres (los que van a morir), como personas que quieren dar apoyo a los que van a fallecer o como los que intentan aprovecharse de la situación (ya se sabe que de esos hay muchos por todas partes). 

Ambos no podrían ser más diferentes y, como era de esperar, su forma de afrontar la muerte venidera también es muy distinta. Mateo no quiere ni salir de su casa (¿para qué?), prefiere quedarse jugando a algún videojuego y a Rufus la llamada fatal le ha pillado pegándole una paliza a un tipo. Pero aun así, se encuentran. Aun así, se apoyan. Aun así, se convierten en lo único que al otro le queda en esta vida. 

Ese es el planteamiento general de esta novela que ya ha batido récords de ventas. Tiene una historia muy original con una trama que engancha. Los personajes van creciendo poco a poco y evolucionando. No les queda otra, pues solo tienen veinticuatro horas de vida para arreglar todo aquello que fastidiaron en su vida o bien hacer todo lo que no se atrevieron a hacer antes. Pero le encuentro un pero muy grande: la edición. He encontrado demasiadas faltas de ortografía y muchos errores de edición, lo que es una pena, porque es un libro genial que, si no fuera por estos errores, sería perfecto. Sinceramente espero que esto se revise a fondo para la siguiente edición (que estoy convencida de que no tardará demasiado en salir) para que así ya no haya una sola pega que ponerle. 

Al final mueren los dos me ha hecho preguntarme qué haría yo en caso de que alguien me llamara ahora mismo y me dijera que me voy a morir en un plazo de veinticuatro horas. No sé con quién lo compartiría o con quién no. No sé si querría salir a la calle o si quedarme en la cama llorando desconsoladamente. Ir a la playa o a andar por el monte. Escribir, terminar la novela con la que llevo tiempo. O tal vez leer, en concreto ese libro que tengo pendiente desde hace tanto que ya aparece hasta en mis pesadillas. Quizás ver esa película que me recomendó mi mejor amigo y que supuestamente me iba a encantar pero que me da tanta pereza ver. Saltar de un puente. O mejor, de un avión. Ir al restaurante más caro de la ciudad y hacer un simpa, o tal vez gastarme todo el dinero que tengo en la cuenta en una ONG. Echar un vistazo a todos los álbumes de fotos  donde aparezca mi familia y amigos o escuchar en modo bucle mi canción favorita. O directamente, encontrar mi canción favorita. 

Esperaba, sinceramente, que al sentarme aquí mi mente se aclarase y me dijese sin dudar qué tendría que hacer si yo me fuese a morir mañana. Pero no. Veo que son demasiadas cosas las que podría hacer, pero ninguna me convence lo suficiente como para decir categóricamente que haría eso hasta que llegara el momento de irme para siempre. Ay, qué decepción, de verdad. Ojalá fuera una persona con las ideas claras, pero ya veis que disto mucho de ser así. 

Definitivamente no sé lo que haría. Pero me ha gustado mucho encontrarme con este libro de Adam Silvera porque por unas horas no he podido quitarme esa pregunta de la cabeza. No creo que sea imprescindible darle una respuesta, no importa saber con exactitud o no lo que harías el día antes de tu muerte (que si lo sabes, mi más sincera enhorabuena), pero sí es imprescindible hacer una pequeña lista de cosas que sí que te gustaría hacer y, ahora que tenemos tiempo (espero), poner todo de nuestra parte para que esta se vaya reduciendo poco a poco. 

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Videorreseña: Juego de tronos, de George R.R. Martin

Ay… ya sé que debo hacer las cosas por partes y que todo en esta vida lleva un orden. Pero qué queréis que os diga… a veces la impaciencia me puede más que la manía de ser cuadriculada y termino haciendo cosas como leer la quinta parte de Canción de hielo y fuego antes que todas las demás. Es lo que tiene terminar de ver la cuarta temporada de la serie y necesitar saber más, así que por eso me compré el quinto libro y lo leí con la intención de saber cómo continuaría la serie (ejem, idiota, ejem).

Y no tenía yo pensado empezar la saga ni mucho menos (total, ya me había visto la serie), pero entonces leí una reseña de Juego de tronos (la primera parte de la saga), escrita por David Tejera Expósito, y después otra de Sergio Sancor y no pude resistirlo más.

En este vídeo, perteneciente a la sección Basándome en reseñas, os hablo de qué vi en esas reseñas que me hizo querer leer este libro.