
Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez

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Una novela sobria, valiente y conmovedora sobre la complejidad de la convivencia y sobre el dolor de la pérdida.
Recuerdo que durante mi época de universitario, solía quedar con algunos compañeros para estudiar – al menos esa era la excusa– en el piso de uno de ellos. Como después de comer era preceptivo descansar un rato (a pesar de que la mayoría de las veces aún no habíamos abierto los libros) solíamos jugar a un juego bastante tonto: encendíamos la televisión y elegíamos un canal en el que a esas horas siempre ponían uno de esos dramas americanos de tercera fila rodados directamente para televisión (sí, una de esos “basada en hechos reales”); el juego consistía en adivinar antes que los demás de qué iba la película.
En realidad era fácil, porque sólo había tres opciones: una típica familia americana se enfrenta al secuestro de una hija, una típica familia americana en la que el padre guardaba un oscuro secreto o una típica familia americana en la que la mujer o uno de los hijos contraía una enfermedad incurable. Generalmente bastaban un par de minutos y, antes de que finalizaran los títulos, ya habíamos adivinado el argumento del melodrama del día.


Cuando terminé de leer esta novela de Oscar Wilde, dejé escapar de mi boca dos expresiones; la primera contenía una valoración contundente: “¡Qué maravilla!” La segunda iba acompañada de dos signos de interrogación bien grandes: “¿Cómo hago para reseñar todo esto?” Y al decir “todo esto” no crean que me refiero a un libro del tamaño de Los Miserables o El Quijote. Nada más lejos: El retrato de Dorian Gray no llega a las 300 páginas. Estoy hablando, en cambio, de la inmensidad de temas que abarca esta obra, fácil de leer, pero con un contenido profundo que lleva al lector a elevados estados de reflexión.
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Naoki Urasawa se ha convertido en las últimas décadas en todo un exponente del manga seinen (cómic japonés con temáticas adultas) y ha llegado a traspasar las fronteras del país nipón y hacerse un hueco en nuestro mundo editorial. Obras como Monster o 20th Century Boys son claros ejemplos de la grandeza de este autor, en ellas se entremezcla el thriller y el misterio con pinceladas de esa magia narrativa tan características de los japoneses. A estas alturas, Urasawa se ha convertido en todo un fenómeno editorial en su país: obras como Pluto (una reescritura en clave de novela negra de un arco argumental de Astroboy , uno de los mangas realizados por el que es considerado como el “dios del manga”, Ozamu Tezuka) demuestran que el autor se encuentra en un momento de su carrera en el que puede hacer lo que quiera, la crítica y los aficionados se han rendido a sus pies y razones no les faltan.
Los prejuicios deben quedar a un lado cuando hablamos de las obras de Urasawa, algo harto complicado de hacer comprender al lector medio de nuestro país, sobre todo si hablamos de cómic y, para más INRI, de cómic japonés; no hay fronteras para los personajes que nos presenta el autor, ni para entender la culpa y la instrospección a la que se ve sometido el Dr. Tenma, protagonista de Monster; ni para comprender la forma magistral en la que se tratan temas ya manidos de la ciencia ficción en Pluto. Urasawa merece que todo el mundo le dé una oportunidad.
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Recuerdo perfectamente cómo conocí a Arundhati Roy. Fue en un kiosco. Entré a comprar el periódico y me fijé por casualidad en una de esas colecciones con oferta de lanzamiento: dos novelas de la mejor narrativa de Anagrama a un precio irrisorio. Aquellos dos libros eran ‘Seda’ y ‘El dios de las pequeñas cosas’. Los compré por impulso y desde entonces los llevo conmigo en un rincón del corazón, pues fueron de esas lecturas que lo conmueven a uno especialmente.
Caso curioso; después de casi diez años no había vuelto a leer ni a Baricco ni a Arundhati Roy. Pareciera como si aquellos dos libros me hubieran resultado tan especiales, tan llenos de magia y encanto, que tuviera el mismo miedo a reencontrarme con sus autores que el de un amante con su amada idealizada. Más aún en el caso de la escritora india, y es que ‘El dios de las pequeñas cosas’ me pareció una novela brutal y enternecedora, prodigiosa, hermosa e insuperable. Lo mismo debió de pensar ella: no ha vuelto a escribir otra.
Pero ni la literatura, ni mucho menos la vida, terminan con la novela. Arundhati Roy ha escrito mucho y vivido aún más en esta última década. Activista política, defensora de los derechos humanos y firme enemiga de la globalización económica impuesta por las grandes multinacionales, ha publicado multitud de ensayos, entrevistas y artículos de opinión. Algunos de ellos se recogen en este volumen bajo el sugestivo título de ‘Retórica bélica’.


Una de las obras clave del teatro del absurdo; un drama angustioso y desolador en el que, a pesar de que no sucede nada, se encuentra retratado con precisión todo el género humano.
Sobre el escenario, un camino en medio de un paraje yermo y desolado. A un lado un árbol sin hojas, seco. Al otro, dos personajes harapientos, dos vagabundos, esperan. Hablan, pero no conversan. Tratan de tomar algún tipo de decisión, pero son incapaces de moverse del sitio. Sólo esperan.
Esperan a Godot, aunque no saben para qué le esperan o si vendrá. En realidad no tienen ni idea quién es ni están seguros de que exista. Puede incluso que sean ellos los que no existen.

Una imagen como ésta ya estaba formada en mi mente antes de comenzar a leer Esperando a Godot; así sucede con algunas obras universales de la literatura, como La metamorfosis de Kafka, por ejemplo: su huella en nuestra cultura es tan profunda que “ya sabemos de qué van” aunque nunca hayamos mostrado el más mínimo interés por ellas.


Hay un lado bueno y otro malo cuando te gusta mucho un libro y confías en la escritura de ese autor. Después de haber leído una de sus novelas, la escritura de Nick Hornby me había divertido tanto y su historia me había capturado de tal forma que no dudé al comprar otro libro de él. Entre sus títulos, leí la contraportada de este libro de color celeste y no me detuve hasta hacerme con un ejemplar. Todo por una chica de Nick Hornby fue lectura rápida, de esas que uno empieza casi con desesperación por volver a un autor que disfrutó con anterioridad.
Sam nos habla en primera persona. Datos básicos de este adolescente: tiene 16 años, pasa su tiempo libre arriba de su skate, adora a Tony Hawk –profesional reconocido a nivel mundial por realizar magia con su patineta- , su madre es joven (lo tuvo a los 16 años) y aspira a estudiar en la universidad.
Conoce a Alicia, una chica de su edad con aspiraciones que prefiere ocultar a sus padres, típicos profesionales de clase alta. Se enamoran, con esa intensidad y velocidad propia de la edad. Ese pequeño motor que lleva a creer que el mundo se acaba si no pasan todos los momentos juntos, porque no pueden darse el lujo de perder un segundo en ese romance.
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Una amalgama de paranoia y humor ácido, de conspiraciones y desintegración social y personal, habitada por personajes tan inverosímiles que parecen de carne y hueso.
En 2003, el más influyente gurú de la literatura norteamericana, el prestigioso y en ocasiones polémico Harold Bloom, afirmó que, en su opinión, había cuatro escritores estadounidenses en activo que “merecen nuestro halago”. Los afortunados eran –y son– Philip Roth, Don DeLillo, Cormac McCarthy y Thomas Pynchon. (Me pregunto si el motivo por el que Paul Auster no forma parte de un club tan exclusivo es simplemente que vende muchos libros o si, por el contrario, existen razones de mayor calado literario que a mí se me escapan, pero esa es otra cuestión.)
Por aquel entonces, guiado por estúpidos prejuicios, yo apenas prestaba atención a la literatura norteamericana contemporánea; no concebía que en un país donde la gente llevaba sombrero de vaquero por la calle y adornaba sus automóviles con cornamentas de vaca pudieran escribirse novelas comparables a las de los autores latinoamericanos o europeos.
Por suerte, una de las virtudes de la lectura es que resulta ser un remedio muy eficaz contra la ignorancia y yo, gracias a Dios, estoy mucho mejor de lo mío; en los últimos años he disfrutado en varias ocasiones de Auster y de los tres primeros integrantes del “cuarteto magnífico” de Bloom, y con ellos (y con otros menos conocidos, pero igualmente merecedores de reconocimiento) he descubierto una narrativa que no tiene nada que envidiar a las que ya conocía y que, además, nace de planteamientos completamente distintos. Solo me faltaba leer a Pynchon. Hasta hoy.
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Recuerdo la primera vez que se me acercó un chaval (no confundir en ningún caso con un niño, que eso quedó ya muy atrás) para preguntarme la hora y me habló de usted. ¿Recuerdan esa sensación? Me dieron ganas de decirle: Perdona querido, pero yo aun soy capaz de dejar volar mi imaginación y emocionarme mientras leo Olvidado Rey Gudú de Ana María Matute, ¿y tú? Pero como todos, me tragué la respuesta, le dije la hora y seguí tirando “pa lante”.
Cuando llegó este libro a mis manos lo primero que llamó mi atención fue su cuidadísimo diseño, el azul, un azul tan luminoso que lo llena todo, y aun sin empezar a leerlo pensé que de haberse escrito y editado en EEUU, el libro, habría salido a la calle con un potente marketing, precedido de todo tipo de merchandising, para terminar con la consiguiente serie televisiva o película.
Un libro juvenil de ¿fantasía o ciencia ficción?


Auschwitz. Nueve letras que retumban en nuestra cabeza con el peso del horror. Una palabra, un lugar: Auschwitz. Hasta su sonoridad nos parece maligna, como si cada sílaba pronunciada encerrase una podredumbre que se atraganta en la garganta.
¿Pero qué significa realmente Auschwitz? Todos hemos visto esas fotos con el corazón encogido y la mirada herida, hemos estudiado la historia, se han hecho cientos de películas, documentales, entrevistas a los supervivientes, se han escrito libros y se han solemnizado los aniversarios. Quizás con todo ello el tópico ha ido poco a poco ocultando la descarnada naturaleza de los hechos. No lo sé. Personalmente, nunca hasta ahora he llegado a profundizar en la cotidianidad lúgubre y descabellada del holocausto, no he reflexionado suficientemente sobre ello hasta que he tenido la oportunidad de leer el estremecedor testimonio de Primo Levi.
‘Si esto es un hombre’ es el relato de los once meses que el autor pasó en el Lager de Monowitz-Auschwitz, un campo de trabajo que proporcionaba obreros esclavos para la industria química que los alemanes trataban de construir a las afueras de la localidad polaca de Auschwitz. Un libro terrible pero también aleccionador, que sobrecoge sobre todo por la austeridad con la que se describen los acontecimientos. Porque Levi renuncia expresamente a su condición de víctima y es entonces, desde la neutralidad del testigo, cuando la realidad se nos muestra en todo su alcance siniestro e ininteligible.
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El otro día, estando en mi casa, me llegó un paquete. Suelo recibir libros de forma más o menos habitual, pero éste tenía algo de especial. Sabía que me llegaría el libro, pero no sabía de qué novela se trataba. Al abrir la caja, me encontré con El tiempo que querría, acompañado de un bonito reloj de arena. Según reza la portada, más de un millón de copias en Italia la avalan. El autor, Fabio Volo, es un hombre todoterreno en el país transalpino; es escritor, actor, presentador, doblador y locutor de radio.
Una vez leída la contraportada (y visitando la página que tienen en Facebook, que os recomiendo), veo que me encuentro ante una novela muy intimista, quizá tirando al género romántico. Sé que es un territorio poco visitado por mí. Con algo de miedo, como quién anda hacia lo desconocido, inicio la lectura. Sorprendentemente, ese recelo desaparece con los primeros pasos, sintiéndome desde el primer momento como en casa. Una sensación de familiaridad me envuelve durante el tiempo que empleo en la lectura, algo no muy habitual con los libros que leo.
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Un recorrido por la obra de Gonzalo Rojas, el poeta “marcado por el asombro”.
Hay autores de los que sólo nos acordamos cuando reciben un premio o cuando fallecen. Es el caso del poeta chileno Gonzalo Rojas; lo descubrí tarde, a pesar de su larga y reconocida carrera literaria, cuando le galardonaron con el premio Cervantes en el año 2003, y ahora, al enterarme de su fallecimiento, he vuelto a tomar su Antología poética y a releer sus versos.
Gonzalo Rojas poseía una de las voces más características de la poesía latinoamericana actual, una voz a veces sensual, a veces dura, y siempre intensa y turbadora. Incluso para alguien como yo, que no suelo leer poemas y que rara vez me salgo de los autores más conocidos, es evidente, apenas se leen unos versos, que la poesía de Rojas tiene algo especial, algo diferente. Aunque sus orígenes se encuentran en el surrealismo, el chileno eligió seguir un camino propio, suma de onirismo, reivindicación social, búsqueda de sus raíces latinoamericanas… una amalgama que nunca deja indiferente al lector.
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