
Aurora boral, de Äsa Larsson

Cuando tenía doce o trece años, mis padres me daban veinte duros para pasar la semana. Ahora no recuerdo cuánto costaba el cine o las chuches de la época, pero a mí me pareció siempre que me asignaban poco dinero. Era 1981 y fue por aquellos días en los que apareció en los quioscos una colección que se llamaba “El club del Misterio”. Era una recopilación de lo mejor de la novela negra de siempre: Dashiell Hammet, Raymond Chandler, Patricia Highsmith, Conan Doyle… Cada libro costaba 95 pesetas y, cada jueves, como un reloj, me compraba uno.
Estas fueron dos constantes que se manifestaron en mi infancia y que se han perpetuado el resto de mi vida: mi atracción por la novela negra y la mala administración de mis ingresos. No falté a la cita ningún jueves durante casi un año, hasta que mi madre se hartó de ver aquellos libritos de colores que invadían sistemáticamente su mueble en el comedor. Se acabó la colección.
Todo esto viene porque acabo de terminar “Aurora boreal”, primera novela de Äsa Larsson, y me ha venido a la memoria aquella serie de libros. Me pregunto si dentro de unos cuantos años alguien la incluirá en un nuevo club del misterio. A lo mejor sí. Por lo menos, si se hace en los países nórdicos.










