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Videorreseña: La caza, de M.A. Bennett

Hay una especie de magia dentro del universo de los libros. Se puede manifestar de muchas formas y una de ellas es la siguiente: se da cuando en un instante ves un libro y sabes, sin ningún motivo aparente, que te va a encantar. Eso es lo que me pasó exactamente a mí cuando vi el libro del que vengo a hablaros hoy, La caza.

Esta novela de tintes juveniles está escrita por M.A. Bennett y editada por RBA. Pero, sinceramente, en eso ni me fijé cuando me topé con él por primera vez. Ni siquiera me dio por leer la sinopsis… Luego me enteré de que básicamente iba de una chica que, para entrar en el club selecto de su instituto, tenía que pasar un fin de semana de caza con la jet set del mismo. Todo parecía ir bien, hasta que alguien murió. Sabremos muy pronto quién es la persona que muere (eso me ha gustado especialmente), pero no sabemos ni cómo ni cuándo (eso es lo que me tuvo enganchadita).

Si quieres saber más detalles del libro, no te pierda este vídeo en el que hablo de él. ¿Se notará lo muchísimo que me ha gustado?

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El monasterio, de Luis Zueco

Dos años han pasado desde la última vez que hablamos de Luis Zueco, un autor ya referente en el mundillo de la novela histórica, pero también, y eso es algo que no debemos olvidar, de las grandes intrigas; algo que parece ir especialmente vinculado a la historia de cualquier país, nación o reino.

Iniciábamos esta aventura con El Castillo, novela en la que veíamos el nacimiento y gran expansión del Reino de Aragón.  Loarre, un castillo sin el que no hubiese sido posible la reconquista, ni el nacimiento de la España que hoy conocemos. La segunda novela fue La ciudad, una historia perfectamente entretejida que se desarrolla en la bella ciudad medieval de Albarracín.

Al parece ha dicho el autor que llega la hora de cerrar esta trilogía, así llamada aunque no comparte ni tramas ni personajes, ni tan siquiera se sigue en el tiempo, y lo hace con este libro titulado El Monasterio, que nos sitúa en esa misma época medieval por la que nos ha paseado en sus anteriores novelas. En concreto nos vamos al Siglo XIV y a uno de los más importantes monasterios del Cister, el primero en el Reino de Aragón, Santa María de Veruela, situando este último Thriller en ese impresionante Moncayo, azul y blanco, del que tanto hablaron los poetas. Esa gran montaña de más de 2000 metros de altura que es la separación casi natural de los reinos de Aragón, Castilla y Navarra. No es de extrañar que el Cister eligiera este enclave para Veruela, indaguen sobre los lugares en los que han dejado huella con sus extraordinarios monasterios, todos en entornos bellísimos pero sobre todo estratégicos.

Así que estamos en plena época de la llamada Guerra de los Dos Pedros, Pedro I de Castilla y Pedro IV de Aragón, además de todos contra todos, con incursiones de franceses e ingleses en la península para apoyar, según su propio beneficio, a unos u otros.

En este escenario llega hasta el monasterio el joven Bizén de Ayerbe, ayudante del Notario Real de Zaragoza, con el fin de reclamar los restos del infante Alfonso que reposan en el interior del monasterio. Algo que naturalmente no le podrán fácil ni el Abad, ni el Prior, ni ninguno de los que habitan en Veruela, cada cual por sus personales, misteriosas y oscuras razones. Uno de los monjes aparecerá asesinado y a partir de ahí empezamos a desentramar uno de los muchos misterios que esconde El Monasterio.

Una vez más el autor nos mezcla personajes reales con ficticios, y utiliza mucho de la tradición popular más oscura de la zona. Recuerden, y para ello pueden releer las leyendas de Becquer, ya saben que pasó un tiempo en ese monasterio, que el Moncayo y su zona de influencia ha sido siempre un terreno envuelto en temibles y terribles leyendas, incluso sigue existiendo en la actualidad Trasmoz, un pueblo en la falda de la gran montaña, sobre el que pesan, y así lo recuerda Luis Zueco en El Monasterio, terribles historias de brujería y aquelarres, habiendo sido excomulgado el pueblo entero y sus habitantes ya en el Siglo XII, llegando así hasta nuestros días.

El autor sabe mucho sobre estos temas y esta zona, pues no podemos dejar de mencionar que es de Borja, y si de algo saben los borjanos es de vino, de castillos, monasterios y de la influencia del Moncayo en su forma de vida… ¡¿He dicho vino?! Pues sí, este será otro asunto no ajeno a esta historia.

Un monasterio del cister era mucho más de lo que hoy entendemos como tal, entonces eran recintos amurallados que se convertían en auténticas ciudades donde se producía de todo para poder subsistir.

El libro tiene una potente trama dentro de lo que es estrictamente el interior del monasterio pero naturalmente la historia sale extramuros para poder llevarnos por la zona y mostrarnos la forma de vida de los lugareños. Quien ha leído ya alguno de sus libros sabe que son tramas que enganchan con facilidad al lector y le lleva de la mano por un tiempo pasado bien recreado.

Podría decirles que conozco bien la zona, de hecho ya siendo pequeña estuve de campamentos en un pueblecito llamado Vera de Moncayo, y ya saben que uno de niño es mucho más receptivo a estas cosas de brujas y de cuentos. Pero he vuelto al Moncayo muchas veces, y he estado en el Monasterio de Santa María de Veruela, una maravilla que no deberían dejar de visitar ahora que está completamente restaurado, creo que pronto se convertirá en Parador Nacional.

Donde no he estado nunca ha sido en Trasmoz, y debería, porque allí está la casa del poeta a la que he sido invitada en alguna ocasión, una edificación de piedra bajo el castillo que la Editorial Olifante compró al Ayuntamiento de Trasmoz, es una residencia de trabajo con estancias de un mes para poetas, los poetas que allí van deben ceder sus manuscritos y realizar algún encuentro con los vecinos… Igual que se invita a los poetas, yo les invito a todos ustedes a leer El Monasterio, y a visitar el Moncayo, y verlo desde las distintas perspectivas y orientaciones, y a visitar Veruela, y los pueblos de la zona, seguro que se acercarán a Borja y no se irán sin comprar algo de vino en alguna de sus bodegas. Yo, de momento, me voy a acercar a Trasmoz, no descarto que allí puedan vivir en directo algún que otro aquelarre 😉

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Todo Messi, de Jordi Puntí

Todo Messi

Todo MessiIba a empezar diciendo que debe quedar claro que me declaro miembro sempiterno del bando de los que defienden a Messi como mejor futbolista del mundo – y de la historia -, pero ahora estoy pensando que viendo el título del libro que voy a reseñar no creo que quepan muchas dudas sobre ello. Así que, de todas formas, lo diré: soy del bando de los que ve a Messi como el mejor futbolista del mundo y de la historia, del mismo bando que tantos otros aficionados al fútbol, del mismo bando que Jordi Puntí, el autor de este Todo Messi que publica Anagrama dentro de su colección ‘crónicas’.

Primero de todo diré algo en contra, y es que no estoy nada a favor de libros que tratan la figura de alguien que todavía está en activo. Básicamente porque, en este caso, si Messi gana en unas semanas el Mundial, ¿dónde quedarán todas esas argumentaciones que Puntí tiene que dar para defender a Messi por encima de todos aquellos que sí que lo consiguieron, como por ejemplo Maradona? Si Messi gana el Mundial, ya todos – por fin – pensarán igual que los que no necesitamos que lo gane para pensarlo. Pero lo bueno de Todo Messi es que esa parte no tan buena que acabo de comentar la equilibra – en realidad, la supera – con el maravilloso texto que se saca de la manga Jordi Puntí, culer hasta la médula. Porque lo mejor de este tan genial como corto libro no es las anécdotas alrededor de Messi que contiene, las citas de otros futbolistas sobre el astro argentino, las situaciones de juego que ha presenciado el propio autor o los goles que se narran, sino que lo mejor aquí es la prosa de Puntí. Todo ello sin darse cuenta de que la magia que Messi consigue en el campo él la está consiguiendo sobre otro terreno de juego, el narrativo: sobre el papel.

Jordi Puntí hace en Todo Messi un repaso de su experencia en la contemplación de alguien único, irrepetible e incomparable como es Messi. A través de experiencias propias y ajenas, Puntí hilvana una serie de ‘ejercicios de estilo’ – como él se digna en llamarlos al estilo de Raymond Queneau – en los que recrea las más importantes hazañas del argentino mezcladas siempre con la maestría del catalán en la glosa, en la comparación, en el análisis meditado y (des)medido, en la digresión sangrante de pasión por el fútbol. Y no solo quedándose en el mero entorno futbolístico, sino que Puntí – escritor y periodista de renombre – es capaz de coger a Messi y enmarcarlo, por ejemplo, dentro de los cinco conceptos que Italo Calvino predijo que marcarían el arte del siglo XXI. Porque, ¿no es arte lo que hace Messi?

Podría decir que aunque no te guste Messi – cosa que no concibo si te gusta el fútbol – te va a gustar este libro, porque básicamente, aunque con Messi por bandera, es este un canto al fútbol como filosofía, como la religión de un cúmulo de humanos que vemos en ese ‘dar patadas a un balón’ toda una serie de elementos perceptivos capaces de hacernos llorar, capaces de hacernos gritar como nunca lo hemos hecho, abrazarnos a alguien con quien nunca nos hemos abrazado, dar un beso a, por ejemplo, un trozo de tela que llevas por camiseta, a una lata de cerveza, a ese amigo de al lado que a quien como mucho hasta ese momento habías dado una palmada en el hombro. Eso es el fútbol. La última vez que lloré fue con un gol de Iniesta.

En definitiva, Todo Messi es algo más que un mero libro sobre fútbol, que un simple libro sobre otro futbolista más. Y, para explicarlo bien, qué mejor que acudir a las palabras del propio autor: «Quizás se podrían definir estas páginas como un cromo en movimiento, uno de esos vídeos cortos que hay ahora por internet y que resumen en diez segundos toda una jugada. Solo que el movimiento se lo daré yo con mis palabras: inspirándome vagamente en el patrón del escritor Raymond Queneau y su célebre libro, intentaré trazar unos ejercicios de estilo a partir de la figura de Leo Messi. Deconstructing Messi. Reescribir a Messi. Él será el protagonista de cada texto, las mil caras del estilo, y mi ejercicio consistirá en capturar en estas páginas la belleza, la voracidad, el genio, la modernidad, la obsesión y el instinto, entre muchas otras cosas, de un futbolista que es el mejor de la historia.» Nada más y nada menos que eso. Con todos ustedes: D10S.

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La chica del cumpleaños, de Haruki Murakami

La chica del cumpleaños

La chica del cumpleañosHace unas semanas acudí a una charla de Juan Cerezo, director editorial de Tusquets. Lógicamente, esperaba que en ella se hablara del éxito de Patria, de cómo se gestó, de cómo lo vivieron por dentro, de qué se hizo para estirar la cuerda hasta hoy, cuando aún sigue estando en las primeras posiciones de los más vendidos. Pero no puedo negar que yo fui ahí – aparte de como lector y amante de Patria, claro – como fiel seguidor de Murakami con la esperanza de sacarle algo sobre la próxima publicación murakamiana. No éramos muchos y él estuvo realmente cercano – si consideramos, además, que de todos los presentes solo un servidor había leído Patria -, con lo que vi el camino totalmente despejado para preguntarle por lo que realmente me interesaba. Me dijo que tenían pensado publicar la nueva novela de Murakami -que ya se está traduciendo – como bombazo del Día del Libro pero que, lógicamente, con el éxito de Patria no tenían tanta prisa e iban a esperar a después del verano para hacerlo. Lo que no me dijo en ningún momento fue que, de mientras, como se suele hacer en el mundo editorial, sacarían este La chica del cumpleaños – traducido, como siempre, por Lourdes Porta – para ir haciendo boca. Así que: sorpresa.

Primero de todo, quiero avisar, no es un texto nuevo, ya salió publicado en Sauce ciego, mujer dormida, pero eso sí, trae cosas nuevas y muy interesantes, como son las ilustraciones de Kat Menschik – que ya ilustró aquel bonito Asalto a las panaderías de Libros del Zorro Rojo, entre otros – o el texto final del propio Murakami hablando de su experiencia en día de cumpleaños.

Claro, como fan de Murakami, yo os diría que solo por ese texto – tan extraño como él sabe ser – ya vale la pena comprarlo, pero es que además el libro es muy bonito, huele muy bien, está cuidadosamente hecho, y decora la estantería como el que más. La historia, como siempre, es aparentemente sencilla: una chica que trabaja a tiempo parcial de camarera tiene que suplir a una compañera suya precisamente el día de su vigésimo cumpleaños. Pero claro, la cosa no quedará ahí. El restaurante lo regenta un hombre del que nadie sabe nada, a expensas del jefe de la chica, quien le lleva al dueño cada día a la misma hora su cena. El dueño vive encima del restaurante. Nada más se sabe. Pero ese día, el día de su cumpleaños, el jefe de la chica enferma, tiene que irse corriendo al hospital y entonces le toca a ella llevarle la cena al dueño del local. Ahí empieza todo.

Con la maestría cuentística de un Murakami que a mí a veces me parece que se desdobla o que es dos escritores diferentes por lo bien y diferente que hace sus cuentos y lo bien y diferente que hace sus novelas, La chica del cumpleaños es un libro ideal para regalar y regalarte. Porque tiene todo lo comprable por fuera y tiene todo lo comprable por dentro. Una historia de Murakami, una anécdota de Murakami, un libro de Murakami. Mientras esperamos la novedad. Si hay que hacer cosas en apariencia inútiles pero tan bonitas como esta, que se sigan haciendo. Porque no lo serán y porque para cosas inútiles y encima feas ya tenemos suficientes, ¿no? Unos centímetros más para ocupar la ya de por sí extensa línea horizontal de libros Murakami en nuestras estanterías.

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El vestido azul, de Michèle Desbordes

El vestido azul

El vestido azul es una extraña novela y lo es no porque explore vidas de personajes reales o porque se sumerja en la mente de alguien a quien las convenciones sociales tuvieron por loca, tampoco porque describa las dificultades de mantener equilibrio al andar sobre la línea roja que separa el arte de la locura, lo es por su mirada, por su capacidad para ver sin juzgar, para describir con una suerte de frialdad cálida que llega al lector allá donde las moralinas, los efectismos y las apelaciones primarias habituales no llegan.
Me encanta algo que dice el texto de contraportada que resume a la perfección lo que es este libro: “nos cuenta la tragedia «tranquila» de habitar los límites de uno mismo”. Tragedia que sin duda lo es, tranquila solo cuando uno se derrota o le derrotan. Es el caso de la anciana protagonista, la escultora Camille Claudel, quien a su innegable talento artístico suma la relación tempestuosa que le unió al escultor Rodin, cuyo desborde sentimental acabó dando con ella en el manicomio por muchos años. Su extravagancia y la voluntad de su familia, que tal vez habría tolerado mejor su condición de “mujer con gatos” si no se hubiesen unido a ella su notoriedad artística, su carácter indómito y su tendencia al escándalo. Mi sensación es que en aquella época la diferencia entre la genialidad y el manicomio no era otra que el género. Si Camille Claudel hubiera sido hombre habría pasado a la posteridad como un genio extravagante, en lugar de vivir décadas en el manicomio en el que, finalmente, murió olvidada.
El vestido azul no sólo repasa su vida, también pasea con Camille por los senderos del manicomio, nos muestra cómo coge una silla y sale con ella a esperar a su hermano, las muy escasas visitas de su hermano al que le une una relación tan contradictoria como intensa. Nos acompaña en su esplendor, en su amor, en su reclusión, en su rendición. La imagen de esa anciana con un vestido raído, sentada es una silla mirando a la entrada y esperando tiene una gran potencia literaria, y la forma de afrontarla de la autora, sin efectismos (y mira que los tenía a mano) intensifica sin duda las emociones del lector. Toda una lección de literatura.

Cuando él llegaba la encontraba allí, medio adormilada de tanto esperar, con aquellas ropas tan holgadas y la cabeza hundida sobre el pecho; entonces la miraba, permanecía de pie delante de ella un momento, contemplando aquel rostro demacrado y fatigado, aquellos párpados pesados y tan transparentes que podían verse las venitas, el pulso sanguíneo a flor de piel; ella, Camille, con su viejo vestido, su viejo abrigo y aquellas zapatillas de fieltro verde que no se quitaba nunca; y cuando abría los ojos, él estaba delante de ella, hablando en voz baja y diciendo que había llegado, que el camino había sido largo y que había tardado más de lo que habría querido; ella se sobresaltaba, recomponía su peinado o la tela arrugada sobre las rodillas, luego le tiraba de un brazo para que se sentara un momento en la otra silla, se quedaban allí un rato y después marchaban por los senderos, cada vez menos lejos, cada vez menos tiempo, decían que ahora se cansaban más, y al volver al pabellón, bebían en aquella pequeña habitación el té que él había traído de China, o el que le había regalado Jessie Lipscomb cuando estuvo allí de visita, miraban las fotografías; uno al lado del otro, en aquella cama pequeña, la tela de la colcha sobre la que ella colocaba las fotografías que arrancaba de la pared, quitándoles las chinchetas que las fijaban y, tomando una foto detrás de otra, se inclinaban sobre el papel aun brillante cuyos negros y grises se degradaban hasta convertirse en ese pálido color sepia en el que los rostros, las miradas parecían querer desvanecerse y recuperar su misterio, su insondable lejanía, y levantándose a veces para acercarse a la ventana y poder ver mejor, recordaban el día y el año y a aquellos que estaban allí son ellos; ella decía que no olvidaba, que no hacía otra cosa que recordar, y él respondía con aquella voz siempre fuerte y ruda, a pesar de la dulzura. De la ternura que intentaba emplear en aquellos días.

Camille anota las visitas de su hermano, un registro con tantas ausencias que debía ser el cuaderno más triste del mundo, pero ella siente la necesidad de anotarlo todo. Probablemente fuera su asidero, su clavo ardiendo. Aunque demostrase la infrecuencia de las visitas, también ponía negro sobre blanco que eran reales. Ella escribía y esperaba, y nosotros podemos, como dice Patrick Kéchichian en Le Monde “escuchar admirablemente la vibración de un tiempo detenido”. Eso es lo que tuvo que vivir Camille, un tiempo detenido en sus ausencias, en su derrota.
El vestido azul es la crónica tranquila de una vida intensa y libre, mientras fue vida, y de un triste compás de espera mientras fue ausencia y reclusión. Y es verdaderamente notable que Michèle Desbordes haya encontrado suficiente belleza en ambas como para construir esta delicada, elegante y muy recomendable novela.

Andrés Barrero
contacto@andresbarrero.es
@abarreror

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Videorreseña: Bajo nuestros pies, de Francisco Javier Olmedo Vázquez

Las novelas de terror tienen algo que no termina de convencerme. Será por lo mal que lo paso leyéndolas o porque después no puedo quitarme de la cabeza esa historia durante días. Y mira que sé que se trata de ficción, pero cuando una historia me cala hondo, después no hay forma de olvidarme de ella. Cuando empecé Bajo nuestros pies, libro escrito por Francisco Javier Olmedo Vázquez y editado por ExLibric, no tenía ni idea de lo que iba a encontrarme. Lo que en un principio parecía una historia normal, con el trascurso de las páginas fue adquiriendo unos tintes sobrenaturales y de ciencia ficción que nada tienen que ver con lo que yo entiendo por “normalidad”.

Este libro tiene algo muy peculiar, y es que está contado usando la técnica epistolar. A través de una serie de cartas conoceremos al profesor Kleinman, una persona cuya ambición puede llevarle a la desgracia. Esas cartas, dirigidas a su pupilo más brillante, serán el medio que nosotros utilizaremos para adentrarnos como un protagonista más en esta historia de terror y angustia.

Además, con este vídeo estamos estrenando sección, que se va a llamar “Nuevos autores”, donde daré a conocer obras de autores que están empezando, así que no dudes en echar un vistazo y suscribirte para enterarte de más contenido.

 

 

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Una vida en venta, de Yukio Mishima

Una vida en venta

Una vida en ventaSí, es el Mishima que te suena, el mismo de Confesiones de una máscara, del que siempre has oído que fue merecedor del Nobel, el que se hizo un seppuku – más conocido por aquí como harakiri – a los 45 años al presenciar lo que para él era la degeneración de su amado país, Japón. Ese Mishima, el mismo. Pero esta vez con una novela que nunca antes se había publicado en España, una novela que apareció en Japón por entregas – de ahí su velocidad conseguida a base de capítulos cortos y efectistas -, que fue más un divertimento del autor que algo en lo que ponerse seriamente pero que, ahora, de repente, los jóvenes japoneses están leyendo en cantidades tan ingentes que el eco de ese éxito ha llegado hasta las oficinas de Alianza, quien se ha decidido a publicarla bajo el título de Una vida en ventaPodéis hacerme caso, tiene muchas cosas para merecerse ese repentino éxito.

Una vida en venta narra la vida de un joven llamado Hanio Yamada quien, tras intentar suicidarse sin éxito por no sentirse cómodo con su vida de publicitario, decide poner su vida en venta. Tan fácil como poner un anuncio en el que se lee: «Vida en venta. Quien la compre puede utilizarla como le plazca.» A partir de este momento se quita el pestillo de todo un seguido de sucesos que rozan lo absurdo e inexplicable en la vida de un Yamada que tiene poco o nada ya de sentido. Lo que pasará a partir de entonces es que el joven treintañero se verá vendiendo su vida al primero que llame a su puerta, sin importarle el precio que paguen por ella, sin preocuparle que se le asegure que tras esa venta morirá. Él, con los brazos bien abiertos a la muerte, se dará siempre de bruces hacia una vida que no le es recíproca. Él no la quiere, ella a él sí. Será de esta forma como Yamada, poco a poco y sin ser consciente, irá apegándose a su vida y, cuando sienta que de verdad está aferrado a ella – cosa que no tiene por qué ser ni voluntaria ni agradable -, sentirá de verás que puede perderla.

Leyendo esta breve novela de Mishima nos encontramos con todo eso que nos gusta de él, el vaticinio de un autor descontento con el mundo y la vida, personajes que tienen mucho de quien los ha creado y que, tras una máscara de absurdo y surrealistas, esconden taras de todos, heridas universales, lágrimas en continuo movimiento. Una mujer vampira, una joven que lo ama al igual que ama la locura y el LSD, una organización secreta de espías que puede o no existir; todas estas serán situaciones que tanto tú como Yamada deberéis vivir en no más de 300 páginas – muy infladas, por cierto -.

Con un prólogo del traductor Jordi Fibla y un epílogo del crítico literario japonés Suehiro Tanemura, este Una vida en venta es un genial pasatiempo – “engañosamente sencilla”, como puede leerse en uno de esos textos – para todos aquellos amantes – en los que me incluyo – de la risa con regusto sangriento. Esa mueca optimista que haces cuando lees a autores que son muchísimo más listos que tú y que saben convertir lo que para ti son quejas en diálogos o pensamientos divertidos, risibles, jocosos. Autores como Mishima, capaces de vivir lo peor como para llegar a suicidarse y que sean capaces de volcar en textos algo que al otro, al lector, le haga reír son esos autores que merece la pena revivir abriendo y reabriendo sus libros continuamente. Quizás no llegó a la edad en la que le darían el Nobel, pero sí ha llegado a la edad – y para esa no hace falta estar vivo – en la que los jóvenes siguen leyéndolo. En Japón y aquí. Yo por lo menos.

«-¿Por qué esta cansado?

-No es por nada importante, pero en cualquier caso estoy cansado.

-¿No será algo tan mediocre como estar cansado de la vida o cansado de vivir, ¿verdad?

-¿Qué otros motivos puede haber para estar cansado?

Reiko le miró de reojo y se echó a reír.

-Usted mismo lo sabe bien. Está cansado de tratar de morir.»

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Pensamientos desde mi cabaña, de Kamo no Chōmei

Pensamientos desde mi cabaña

Pensamientos desde mi cabañaEl planteamiento de este libro no podía ser más atractivo, es una obra fundamental de la literatura clásica japonesa, un ensayo sobre la vida sencilla y la relación con la naturaleza y además prologado por Natsume Soseki y muy bellamente editado por Errata Naturae. Kamo no Chōmei, tras una vida azarosa tanto a nivel personal como social, ya que le toco vivir no pocos desastres cuya narración es sumamente interesante, abandona la capital, la residencia familiar y una relativa comodidad como funcionario de la corte y, llevado por sus convicciones budistas, se retira primero a una casa modesta y después a una cabaña de unos tres metros cuadrados que construye él mismo en el bosque, en el monte Hino.
Cuando supe de la existencia de Pensamientos desde mi cabaña me vino a la cabeza, supongo que es inevitable, Walden, y pensé que debía ser toda una experiencia leer a una suerte de Thoreau japonés. Sin embargo no es parecido, Chōmei no despliega un gran aparato argumental, su filosofía de sencillez la expone en sus textos haciendo gala de la misma en su forma de escribir y en su modo de vida, y logra de alguna forma extraña y elegante construir una obra pequeña y de gran belleza, inspiradora y sugerente. No voy a decir que a uno le entren ganas de escapar a la montaña, montarse una cabaña portátil con ramas y dedicarse a la escritura y la vida contemplativa, pero no puede dejar de admirar la habilidad de los clásicos japoneses para construir, con pocas herramientas, obras tan bellas y reconfortantes.
Natsume Soseki comienza diciendo que la obra de un genio lo contiene todo, y hay que darle la razón, a la vez que hay admirarse ante el hecho de que ese todo quepa en un recipiente tan pequeño. En ciento cuarenta y siete páginas caben los Pensamientos desde mi cabaña, el prólogo de Soseki, un postfacio de Jacqueline Pigeot y un texto sobre el autor, titulado Retiro y Poesía, de Tamamura Kyo. El prólogo, es obligado decirlo, resulta especialmente deslumbrante.
Podría resultar contradictorio envolver una obra cuya razón de ser es la vida sencilla en tanta explicación, en tanto razonamiento, pero no lo es. Ambas cosas son necesarias, se llega a los mismos lugares por distintos caminos y para llegar al destino de Pensamientos desde mi cabaña viene muy bien disponer de un buen mapa. Porque a menudo las referencias nos resultan complicadas y resultaría triste que nos perdiésemos en cuestiones como Tu cabaña se asemeja a la de Jōmyō-koji, pero observas las enseñanzas aun peor que Shūri-Handoku. A las dificultades que en occidente nos plantea a menudo la literatura japonesa se unen en este caso las propias de la condición de monje budista del autor.
No puedo resistirme a lanzarles un cebo, a mostrarles por una rendija la vida de Chōmei en el bosque:

Si una mañana siento la vida fugitiva como la estela blanca que se deja a la popa, me dedico a contemplar los barcos que navegan por Okanoya y trato de escribir a la manera de Mansami. Al atardecer, cuando el viento mueve los árboles de Katsura, y hace sonar sus hojas, me acuerdo del río Jin-yo y pulso la biwa, imitando a Gentotoku. Cuando tengo ánimo, acompaño la melodía del viento con el «Canto de las brisas de otoño», o el murmullo del agua con un pasaje célebre de la «Fuente que mana». No soy un gran artista, pero tampoco toco para deleitar a un auditorio. Toco para mí mismo, para dar sustento a mi corazón.

Esta crónica de la vida de un poeta, escrita cuando el rocío de su vida ya se evaporaba, es una verdadera delicia, su prosa elegante, sus imágenes hermosas y evocadoras y su filosofía de sencillez no son sólo motivo de deleite y reflexión, sino que por un tiempo probablemente demasiado breve sirve también de antídoto a los efectos perniciosos de esta vida nuestra, tan contraria a la que él describe y a menudo tan desquiciada. No parece muy recomendable retirarse hoy día a vivir en una cabaña como la de Chōmei, pero tenemos la ventaja de que podemos construirnos una con sus palabras y retirarnos un ratito a descansar cuando sintamos la vida fugitiva como la estela blanca que se deja a la popa.

Andrés Barrero
contacto@andresbarrero.es
@abarreror

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Una arruga en el tiempo (la novela gráfica), de Madeleine L’Engle y Hope Larson

Una arruga en el tiempo

Una arruga en el tiempoUn fin de semana cualquiera del pasado mes de febrero, mi sobrino me dijo que quería ver una película que estaban a punto de estrenar en el cine. Se llamaba Un pliegue en el tiempo. El nombre me pareció de lo más sugerente, y cuando me contó de qué iba, también. Por eso busqué el tráiler, aunque reconozco que este no me atrajo demasiado.

Poco tiempo después, me di cuenta de que esa no había sido la primera vez que había oído hablar de la historia. La tenía apuntada en mi lista de lecturas con el nombre Una arruga en el tiempo, desde que Random Cómics había anunciado en enero que próximamente publicaría su novela gráfica.

Luego me enteré de que Una arruga en el tiempo era en realidad una novela de Madeleine L’Engle publicada por primera vez en 1962, y que había sido el punto de partida de más libros protagonizados por las familias familias Murry y O’keefe. Eso me asustó. No me apetecía meterme en otra saga. Y así fueron pasando las semanas, hasta que por fin tuve en mis manos Una arruga en el tiempo (la novela gráfica), de Hope Larson.

A los que no hayáis visto la adaptación cinematográfica de Disney ni leído la novela original, os pongo en situación: Una arruga en el tiempo cuenta la historia de Meg Murry, una chica «que todo lo hace mal», o, al menos, así se lo hacen sentir sus compañeros de clase. Su padre es un científico que lleva tiempo desaparecido y su hermano Charles Wallace, un niño prodigio. Una noche de tormenta, la señora Qué irá a visitarlos y les hablará de los teseractos: las arrugas del universo que permiten viajar en el espacio y en el tiempo. El tema sobre el que estaba investigando su padre. Así, gracias a las señoras Qué, Quién y Cuál, Meg y su hermano, junto a su nuevo amigo Cal, viajarán a otros planetas para averiguar qué ha sucedido con su padre.

La novela de Madeleine L’Engle se adentraba así en las teorías de física cuántica, pero no solo eso. A través del comportamiento de los habitantes del planeta que visitan los personajes, filosofaba también sobre si los conceptos de sociedad justa, igualitaria y feliz eran posibles o si estaban realmente relacionados. Aspectos la mar de interesantes que, sin embargo, en la adaptación de Hope Larson solo quedan esbozados. No sé si será por las limitaciones que ofrece el formato cómic o porque esta también es la primera entrega de otras muchas que vendrán detrás, pero eso ha hecho que me defraudara un poco.

Aunque Una arruga en el tiempo (la novela gráfica) se desenvuelve correctamente en el trazado de los personajes protagonistas y en la aventura en sí, le falta todo el trasfondo filosófico y metafísico que convirtió a la obra de Madeleine L’Engle en una novela de culto dentro de la ciencia ficción. Me han entrado ganas de leer la novela original, y no descarto echarle un ojo a la película con mi sobrino, que al final se quedó con las ganas. A ver si, imbuyéndome de todas las versiones, consigo satisfacer esas expectativas que llevo alimentando desde hace meses.

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Amores contra el tiempo, de Dolores Conquero

Amores contra el tiempo

Amores contra el tiempoA veces tengo la sensación de que mi propia vida no me pertenece, que todo lo que haga o diga va a ser analizado por alguien y va a ser juzgado sin que yo lo pida. En algunas ocasiones dejo de hacer cosas por lo que se pueda llegar a pensar de mí. Os juro que es algo que intento solucionar (ya que sé que no está bien) y que poco a poco me va importando menos. Pero, sinceramente, a veces me sigue pasando.

Y menos mal que he nacido en la época en la que lo he hecho. Porque hoy en día, aunque todavía nos quede un larguísimo camino por recorrer, parece que las mentes de las personas empiezan a ensancharse y a dejar de ser tan cuadriculadas como lo eran antes. Veamos por ejemplo todo el movimiento LGTBI. Que se atreviera alguien hace cincuenta años a decir que era intersexual… imposible. Y como digo, aunque todavía hay mucho trabajo por hacer, parece que los seres humanos estamos empezando a entender que cada uno es como es y que no existe una misma directriz que todos podamos seguir. Sobre todo en el amor.

Porque en el amor todo vale. Uno no elige de quién se enamora. No elige el momento exacto en el que la mente (porque ya no es un tema del corazón) se queda embobada al pensar en esa persona. Ya no hacen falta etiquetas porque ya no tienen sentido. Uno se enamora y ya está. Lo demás, cosas sin importancia.

Pero todavía hoy en día hay un tipo de relación que no, que no termina de encajar en nuestra sociedad: la de una mujer mayor con un chico joven. La situación a la inversa es lo típico, lo que estamos hartos de ver en películas y en nuestro día a día. Se entiende que una mujer joven puede estar con un hombre mayor, pero al revés no. Y yo me pregunto: ¿por qué? Pensé que después de leer el libro escrito por Dolores Conquero (a la que podéis encontrar en Twitter como @noviojoven) hallaría la respuesta a este interrogante, pero la verdad es que no ha sido así.

En Amores contra el tiempo la autora nos relata diferentes historias de mujeres que osaron (sí, osaron) tener una relación con un hombre bastante menor que ellas. Desde Diana de Poitiers hasta Fiona Campbell-Thyssen, pasando por la famosa Gala que conquistó el corazón de Dalí, encontraremos nueve historias de nueve mujeres fascinantes que se saltaron las normas. Todas ellas se enamoraron de hombres más jóvenes y sus relaciones no fueron en absoluto fáciles ya que no estaba bien visto que esto fuera así. Y vamos a fijarnos en que la primera que menciono vivió en el siglo XVI y la última al siglo XX. Lo que significa que, aun existiendo tantos años entre medias, la mentalidad parecía ser exactamente la misma al respecto.

Hay una cosa que quiero destacar especialmente de Amores contra el tiempo y es lo siguiente: cada relato en el que encontramos a las diferentes protagonistas, está perfectamente contextualizado en el tiempo. La autora hace una grandísima labor de investigación para darnos la máxima cantidad de detalles sobre aquella época en concreto. Esta parte es la que de verdad ha hecho que quisiera seguir leyendo, porque vamos a ver, la trama es la misma en todas las historias: mujer mayor con hombre joven, por lo que podemos llegar a caer en el error de pensar “leído uno, leídos todos”. Pero la contextualización y todos los detalles aportados por Dolores Conquero es lo que de verdad hace que este libro merezca la pena.

En mis reseñas ya he dicho en alguna ocasión que yo no soy una gran amante de la historia, porque me aburre y no me llama demasiado la atención. Pero cuando encuentro un libro, como este, que me narra una parte de la historia como si fuera un cuento y que hace que me interese por la misma, pongo en duda esta afirmación que acabo de hacer. Porque si no me gustara la historia… no podría disfrutar en absoluto con un libro así, ¿no creéis? Y ya os aseguro que he disfrutado con él. Así que igual es hora de repasar mis gustos y hacerle un lavado de cara a mi discurso sobre ellos.

Eso sí, una cosa os tengo que decir antes de acabar la reseña, es un libro que no he leído del tirón. Cuando lo empecé y leí el prólogo —de verdad, maravilloso— que hace la autora, pensé que iba a leérmelo de una sentada. Pero no ha sido así, ya que lo he hecho por capítulos, alternando estos con otras lecturas. Y yo creo que lo hice así porque cada capítulo contiene muchísima información sobre la época y los protagonistas, entonces cuando terminaba uno sentía que tenía demasiados detalles en mi cabeza y que me iba a ser difícil ponerme con el siguiente. Así que hice eso: fui alternando las diferentes historias con otros libros que tenía por ahí pendientes. Y así, siguiendo esta metodología, lo he disfrutado muchísimo. No sé si es la mejor manera de leerlo, desde luego, pero esa ha sido la mía y a mí me ha funcionado a la perfección.

Como decía, todavía sigo sin entender por qué este tipo de relaciones no está bien visto en la sociedad. Por qué cuando la Duquesa de Alba se casó con Alfonso Díez todo el mundo se echó las manos a la cabeza y en cambio veíamos algo tremendamente normal el que “Papuchi” apareciera cada día con una jovencita. Que, digo yo, a quién le importa lo que hagan los demás con su vida. Seamos todos felices de la manera en la que queramos serlo e intentemos olvidarnos de todos los convencionalismos. Claro, que es tan fácil decirlo… Bueno, yo ahora mismo estoy tranquila porque en esta reseña (igual que en todas) he dicho exactamente lo que quería decir sin importarme la opinión de nadie. Y eso, ya es un paso ¿no?

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Antología, de Osamu Tezuka

Antología

AntologíaEn la excelente exposición sobre Disney. El arte de contar historias que se puede ver estos días en el Caixaforum de Barcelona, he tenido ocasión de volver a ver algunos de esos cortos que tanto me maravillaban de niño, historias que podían ir desde El sastrecillo valiente a Los tres cerditos, y en las que, en un alarde de inagotable creatividad, los gags se sucedían sin dar tregua a los embobados ojos del niño, en este caso yo.

Luego uno crece, y además de la voz grave y el vello en las axilas, nuestras desbocadas hormonas producen un niñato resabido y con afán de envejecer que le hace despreciar lo que hasta ese  momento adoraba. Pues bien, la exposición sobre Disney me hizo volver a apreciar como se merece (se pongan como se pongan nuestros cansinos antiamericanos habituales) la grandeza artística de la factoría Disney, uno de los mayores iconos culturales de nuestro tiempo.

Alguien que se acerque con ínfulas intelectualoides a esta Antología de Osamu Tezuka podría caer en la misma falta que ese adolescente resabido que renegaba de la magia. Abrir al azar este contundente tomo y echar un somero vistazo a las casi mil páginas de vellón que lo componen puede hacer pensar a quien así obre que está ante una larga función de circo con acrobacias, coscorrones y persecuciones alrededor de un árbol, cuando en realidad, como aquellos cortos con un Mickey Mouse todavía sádico, se encuentra ante unas obras que fueron absolutamente revolucionarias en su día, que marcaron el curso que iba a seguir la novela gráfica, y que, a pesar de ello, no  son de interés meramente museístico para el lector actual.

Mirad, sin ir más lejos, las primeras páginas del libro y decidme si conocéis a un autor que sepa imprimir a sus viñetas ese ritmo, esa velocidad, ese dinamismo y ese inconfundible carácter cinematográfico que les daba el maestro Tezuka. En ese sentido, es posible que, estéticamente, La nueva isla del tesoro, sea más avanzada que las siguientes historias, en las que la influencia del cine pesa más que la exploración de un nuevo lenguaje para el cómic. Nos encontramos en esta historia a un Tezuka de, ojo al dato, 19 años que experimenta con el movimiento, el ritmo y las perspectivas, y que, fuertemente influido por la cultura occidental, adapta algunos de nuestros clásicos al manga, un manga al que él solito va a darle la forma con la que hoy conocemos este género.

Tras La nueva isla…, completan esta Antología Lost world (El mundo perdido), Metrópolis y Next world, todas escritas en apenas cinco años, los que van desde 1947 hasta 1952. Estamos, como veis, en plena posguerra, y no deja de pasmarnos ver la vitalidad con la que, en un Japón devastado, Tezuka creaba sin descanso unas obras rebosantes de fantasía, acción y sentido del humor. No faltan, por descontado, las referencias a la terrible tragedia que acaba de asolar el mundo, pero dichas referencias ocupan un segundo plano y están desprovistas por completo de moralina.

Lejos de la sofisticación de sus obras posteriores, dicho sea en el buen sentido de la palabra, en estas obras tempranas del maestro japonés tenemos un mundo poblado por buenos y malos, científicos chalados, agudos detectives, millonarios sin escrúpulos, niños sin miedo, animales parlantes, vida extraterrestre y todo lo que pueda plasmar en un dibujo una imaginación sin freno que ha mamado a chorros de la cultura americana. Y aquí es donde viene a cuento Disney, porque la influencia de la marca del ratón, así como de otras grandes productoras de animación, sobre nuestro idolatrado autor es evidente. Por estas páginas se pasean Mickey Mouse, Betty Boop, Popeye, además de Charlie Chaplin, los Hermanos Marx, Tarzán, los héroes del cine negro y muchísimos más. El propio Tezuka, que se permite de vez en cuando toques postmodernos, como esas referencias que hace un personaje a otro sobre la viñeta que flota sobre ellos, aparece en un cameo final, como si no pudiera estar ausente de ese sentido llamamiento a la paz mundial.

Disfrazada de mero entretenimiento, esta Antología de Osamu Tezuka es mucho más. Quizá el primer capítulo en la historia del manga moderno.

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El caso de Alain Lluch, de Mr. Kern

el caso alain lluch

el caso alain lluchHay veces que no sabes cómo encarar una reseña o cómo clasificar un cómic o incluso ambas cosas. Veces en las que acabas de leer algo que exige un reposo mental suficiente como para que puedas contar a todo el mundo la puñetera ida de olla que has terminado de leer, sin embarullarte, sin sufrir esa diarrea mental que aún desordena tu cerebro; para que seas lo obligatoriamente convincente como para inocular a la gente las ganas que tienes de que descubran algo que, por ser excesivamente underground, pueden llegar a perderse.

Y una vez recuperado, la primera cosa que te preguntas es: ¿qué coño se ha metido Mr. Kern para inventarse una historia tan… tan… tan así y tan loca que, para colmo, es su primer cómic? Porque es que la verdad es esa; todo el cómic es una mezcla de personajes famosos y anónimos, una trama imposiblemente real, lleno de mala uva, y un conjunto tan desagradablemente atractivo como lleno de oxímoron doquier.

Esta extraña y gamberra fábula sin moraleja comienza cuando Alain Lluch, responsable de la última cagada publicitaria para las albóndigas de la empresa de carne procesada para animales en la que trabaja, es “degradado” al departamento de carne picada.

Cuando llega a su casa intenta en vano descansar un poco, pero su mujer, Susan Boyle, no hace otra cosa que tocarle las pelotas cantando la de “Es una lata el trabajar”, de Luis Aguilé  y por no aguantarla sale a dar una vuelta. Será entonces, al pedir un kebab, cuando su vida cambie por completo de una manera inimaginable.

Alain Lluch enmendará su error empresarial, se convertirá en el empleado del mes, en la empresa el dinero entrará a raudales y el jefe lo agasajará con el champán más caro del mundo y con putas.”¡Claro que sí, cagondiós!”

A partir de aquí la espiral de la locura se retorcerá más aún y encontraremos caniches morados antropomórficos, supermusculados y con rabazo también. (También musculado y antropomórfico). Zoofilia, los lagartos de “V”, el encantador de perros César Millán, Sigmund Freud, Maradona, anillos gástricos, vómitos y diarreas, vacas superinteligentes, los personajes de la serie de los ochenta Érase una vez el cuerpo humano, peleas, Larry Bird e incluso un homenaje a El planeta de los simios. Ahí queda eso. Un montón de guiños al lector, de cierta edad algunos de ellos, por cierto, que enriquecen, ¡y de qué manera!, la lectura. A ver quién es el guapo que lo supera.

El dibujo es tema aparte. En ocasiones parecen pinturas hiperrealistas, sobre todo los retratos a toda página. Kern pinta bien y pinta bonito, a pesar de que muchas veces lo que pinta no son precisamente escenas renacentistas sino más bien, gores, escatológicas y de ese palo. Eso sí, pintadas con mucho mucho arte y muchos colores bonitos y alegres. El contraste es similar al de contemplar un bello unicornio blanco vomitando y defecando un arcoíris multicolor. O al revés.

Por supuesto, tras esta grotesca historia satírica no es nada difícil encontrar la crítica a la sociedad consumista y capitalista, a las grandes corporaciones en las que todo vale con tal de aumentar beneficios aunque sea a costa de la salud, a la codicia desmedida en la que solo cuentan los resultados… Un retrato de los tiempos que nos ha tocado vivir, vaya, a lo bestia.

La edición es muy curiosa, con unas tapas duras, pero duras de verdad, con las esquinas redondeaditas, y papel del bueno, del que hace ruido al pasar la página. Vamos, que Autsaider no ha escatimado y hasta un póster nos han regalado.

¿Qué más puedo decir? No tengáis miedo, no receléis de mis comentarios sobre lo gore y lo escatológico y acercaos a este cómic porque, palabrita, es un cómic cojonudo que, como mínimo una sonrisa te va a arrancar. Pocas veces te vas a encontrar algo tan irreverente y políticamente incorrecto y, por desgracia, parece que cada vez menos.

Una paja mental de cuidado.

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