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Una caja de galletas, de Josep Salvia

Una caja de galletas

Una caja de galletasDice Josep Salvia en las últimas páginas de este cómic que en todas las casas hay una caja de galletas llena de recuerdos y que antes de que sea demasiado tarde deberíamos preguntar a nuestros abuelos por ellos. Y me es inevitable sonreír con cierta nostalgia, porque sí, en mi casa había una caja de galletas. Estaba repleta de postales, fotos en blanco y negro de personas que no había visto nunca, cartas escritas en braille por mi tío ciego y hasta un retrato roto de Elvis Presley, de cuando mi madre era adolescente. Y yo abría esa caja una y otra vez, y preguntaba a mi abuela. Preguntaba tanto, que creo que soy el miembro más joven de mi familia que aún atesora recuerdos familiares de hace casi un siglo.

Desgraciadamente, yo era muy pequeña entonces y el paso de los años hace estragos en la memoria. Ya he olvidado gran cantidad de detalles y hasta historias completas. Pero ya no está aquella caja de galletas ni tampoco mi abuela para que la atosigue con mis preguntas. Más suerte ha tenido Josep Salvia, pues él ha llegado a tiempo para retratar sus historias familiares en este cómic: Una caja de galletas. Una historia de guerras y dibujos.

El germen de este libro lo encontró Josep Salvia en la caja de metal que su abuelo Clement guardaba en el armario. En ella había una foto en la que el hombre aparecía junto a un grupo de compañeros, todos ellos jovencísimos y vestidos con uniforme. Esa foto despertó su curiosidad y preguntó a todos los familiares que habían vivido en aquella época. Así pudo reconstruir las aventuras y desventuras de su abuelo Clement, chófer de un oficial durante la guerra civil, y su tío abuelo Claudi, encargado de transportar a los milicianos de Durruti. Entre los momentos más impresionantes para mí, destaca que presenciaran la caída de las bombas en la basílica del Pilar, que afortunadamente no explotaron y que todavía se exhiben allí. Y entre medias de estas historias se cuela Manuel Goas, un hombre sanguinario del que poco a poco vamos descubriendo más detalles.

Pero Una caja de galletas no solo se compone de las historias sobre la guerra civil que sus familiares le han contado, sino de las propias vivencias de Josep Salvia al abrirse paso en el mundo del cómic, y hasta de la propia historia de esta obra, que comenzó siendo algo muy diferente hasta que, por diferentes rechazos y desencuentros, acabó reconvertida en lo que ahora es. Lo que me ha hecho recordar Mauss, la célebre novela gráfica de Art Spiegelman, en la que también se entrelazaban los duras experiencias vividas por el padre del autor durante la Segunda Guerra Mundial con el proceso creativo del cómic mismo. Aunque el sentido del humor es un elemento fundamental en Una caja de galletas, a diferencia de la obra de Spiegelman, que tiene un enfoque mucho más desesperanzador.

Como Josep Salvia reconoce, Una caja de galletas. Una historia de guerras y dibujos es un «cómic sobre las aventuras de una familia catalana atrapada entre el fuego cruzado de la guerra y el arte de un dibujante también ávido en esto de esquivar las balas. Aunque sean de editoriales». Así que, al mismo tiempo, la creación de este cómic le ha servido como terapia para digerir los vaivenes de tu trayectoria como ilustrador y como reivindicación de la figura de los abuelos, esos que son «nuestro patrimonio de la identidad». Un cómic por momentos duro, pero sobre todo entrañable, que nos recuerda que no debemos dejar morir esas historias que nos esperan guardadas en el interior de una caja de galletas de metal. Yo, por mi parte, le tomo el testigo a Salvia y haré lo que esté en mi mano para que las historias que me contaba mi abuela no desaparezcan conmigo.

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De polvo eres y en polvo te convertirás, de Enrique Herreros

De polvo eres y en polvo te convertirás

De polvo eres y en polvo te convertirásCuando me aventuré a leer De polvo eres y en polvo te convertirás, yo no sabía quién era Enrique Herreros, su autor, más allá de que era un soltero de noventa años que en este libro rememoraba a las cuatro mujeres que habían dejado mayor huella a lo largo de su larga vida. Eso y que había trabajado en el mundillo cinematográfico, codeándose con artistas de la época, como Sara Montiel y Carmen Sevilla, y participando en la promoción de películas oscarizadas como Volver a empezar y Belle Époque. Todo ello me hizo pensar que Enrique Herreros tendría una de esas vidas que merecen ser leídas y allá que fui a averiguarlo.

No se trata de unas memorias al uso, sino más bien de unas memorias selectivas (aunque todas lo son, si lo pensamos). Como bien aclara el subtítulo, son «Cuatro vividas narraciones de Amor». ¿Y quiénes son las afortunadas protagonistas de estas narraciones? Para empezar, su abuela, conocida como doña Blanca de los cojones, de la que, según él, heredó ese carácter de perseguidor de ideas y proyectos, de hombre constante y hasta tocahuevos. El primer capítulo es el que está dedicado a ella, aunque tiene tanto o más protagonismo su abuelo don Abelardo. También hay hueco en estas páginas iniciales para otro tipo de recuerdos de su infancia, como las revueltas que vio en la plaza de enfrente de su casa cuando se proclamó la Segunda República.

A partir de ahí, el resto de narraciones hablan de otro tipo de amor: el pasional. La segunda mujer rememorada es Miiko Taka, la actriz que protagonizó Sayonara junto a Marlon Brando. Con ella vivió uno de esos amores de juventud tan locos como inolvidables. Sin duda, mi narración de Amor favorita de las cuatro que componen este libro. En el tercer capítulo recuerda a la parisina Katherine Elm, con la que estuvo más cerca de comprometerse. Y en último lugar, Charo Palacios, quien, además de dejar huella en su corazón, tuvo mucho que ver en los derroteros profesionales que tomó Enrique Herreros.

Aparte de estas relaciones amorosas, a las que el autor adjudica un puesto de honor en su vida, hace mención a otras. De algunas ni siquiera menciona el nombre, mientras que a otras les dedica también varias páginas, como es el caso de la actriz española Emma Penella. Sin olvidar las repetidas alusiones a Sara Montiel, con la que trabajaron tanto él como su padre, famoso pintor y humorista gráfico. Aunque de ella no habla precisamente maravillas, llegando a definirla como «diva barata».

He echado en falta más detalles sobre su trayectoria profesional, ya que Herreros es, probablemente, uno de los principales conocedores de lo que ha dado de sí la industria cinematográfica de nuestro país en este último siglo. Eso es problema mío, claro, ya que la portada deja bien claro que esto va de narraciones de amor. Sin embargo, lo que sí me parece un gran defecto de esta obra es la descuidada labor de corrección. Será deformación profesional, pero las continuas comas y puntos fuera de lugar y el uso arbitrario de mayúsculas y cursivas me sacaban continuamente de la historia. Una pena, la verdad, ya que el relato de la ajetreada vida de Enrique Herreros bien merecía una edición más cuidada. Espero que para próximas reediciones lo tengan en cuenta.

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Una noche con Sabrina Love, de Pedro Mairal

Una noche con Sabrina Love

Una noche con Sabrina LoveEl primer contacto con el sexo ya no es tan inocente como lo era hace diez años e imagino que casi no se parece a lo que era hace veinte. Hoy en día las primeras relaciones no se tienen con una chica o un chico de tu misma edad, sino con actores experimentados, que practican todo tipo de posturas acrobáticas en tu smartphone o tablet. Quizá ese sea el motivo por el que, de acuerdo con estudios universitarios recientes, los millennials (la generación nacida entre 1980 y 1990) lo hacemos menos que nuestros antecesores: porque la curiosidad ya no es tan grande como hace unos años. Y, precisamente por eso, la lectura de Una noche con Sabrina Love, libro que se publicó por primera vez en 1998, es tan interesante: porque nos acerca a los inicios de esta manera, sin duda errónea, de descubrir la sexualidad.

La novela da comienzo poco antes de que Daniel, un chaval de diecisiete años, gane un sorteo organizado por un canal de televisión de pago, en el que el premio es pasar una noche con Sabrina Love, una estrella del cine porno. Él vive en Curuguazú, un pequeño pueblo situado a una gran distancia de Buenos Aires, la ciudad en la que se le cita para que se produzca el encuentro. Pese a que la situación económica de este joven huérfano no le permite hacer un viaje al uso, sus ansias por perder la virginidad (y por hacerlo, además, con la mujer a la que en tantas ocasiones ha visto en la pantalla) le llevan a emprender un trayecto a contrarreloj en barco, camioneta y a pie, en el que acaba encontrando mucho más de lo que esperaba.

Esta novela es una suerte de road movie, una narración intensa en la que, partiendo de una trama sumamente sencilla, el autor consigue enredar al lector, al prometerle un desenlace casi inminente de los acontecimientos. El estilo narrativo de Pedro Mairal, además, se hace muy agradable de leer; las conversaciones fluyen con naturalidad y el transcurso de la historia va inteligentemente de la mano de la evolución del protagonista. Así, si en un principio nos encontramos ante un Daniel con una mente bastante cerrada y obsesionado con la pérdida de su virginidad, el viaje le lleva a cambiar de lleno su manera de ver la vida. Las personas y las situaciones que encuentra a su paso son muy distintas a las que había conocido en su pequeño pueblo y son éstas las que le sirven para cruzar la barrera invisible entre la adolescencia y la adultez, la misma que él solo creía poder superar de otro modo. Además, Mairal sabe transmitir a la perfección la diferencia entre dos ambientes antagónicos, tan fácilmente extrapolables a cualquier país: el pequeño municipio en el que todos se conocen y la gran ciudad, tan llena de oportunidades como de dificultades.

El autor publicó esta novela con apenas 27 años, lo que, como comenta en el prólogo de esta última edición, le supuso un éxito tan notable como inesperado, que acabó traduciéndose en un Premio Clarín y en una adaptación al cine. Logros sin duda merecidos, dado que Una noche con Sabrina Love es una novela que, como le confesó Bioy Casares a Mairal el día en que se le entregó el citado premio, se coge y resulta imposible desprenderse de ella.

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Marvels, de Kurt Busiek y Alex Ross

Marvels

MarvelsLa meta de cualquier narración, no importa el género ni el medio, es conseguir que quien se acerque a ella quede totalmente atrapado. Para ello resulta esencial hurgar en ese lugar donde se aloja nuestra capacidad para sentir empatía; esa disposición innata que tenemos para encontrar semejanzas entre algunos de los aspectos de los personajes protagonistas o las situaciones que viven a lo largo de la historia y nuestro propio ser o nuestras propias vivencias.

En los cómics de superhéroes la idea es ponerte en el pellejo de uno de ellos. Así es cómo te sentirías siendo el portador de un martillo capaz de destruir a tus enemigos de un solo golpe. De esta forma treparías por los edificios de la Gran Manzana. Sí, tú que sufres de vértigo. ¿Y qué te parece lanzar hechizos con tan solo pensarlo? Nunca hubieras imaginado que ser una bruja pudiera molar tanto. Pero lo cierto es que no empatizamos con ellos por todo el poder que ostentan, sino porque en muchas ocasiones caen (para volver a levantarse), lloran (como hacemos nosotros), sufren pérdidas irreparables y viven momentos mágicos de máxima felicidad junto a la familia y amigos. Vemos en su lado más humano un reflejo de nosotros mismos.

Ahora bien, ¿qué me decís de ser un simple humano en un mundo repleto de superhéroes? Ser testigo de primera mano de enfrentamientos que pueden destruir media ciudad. ¡Tu ciudad! Ser el pobre tipo al que una llamarada perdida de la Antorcha Humana derrite su coche recién comprado. Quedar atrapado en un monumental atasco porque Los 4 Fantásticos están zurrando a un villano. Un fastidio, ¿verdad? Ver por televisión cómo el Capitán América acaba él solito con un escuadrón de soldados. ¡Sublime! A priori puede ser menos atrayente que estar en el pellejo de un superhéroe pero el concepto de Marvels, donde los humanos corrientes y molientes se llevan el protagonismo, lleva el cómic superheroico a otro nivel de realidad.

En Marvels, el guionista Kurt Busiek nos muestra lo que es el día a día del ciudadano de a pie, ese que vive en una gran urbe e intenta llevar una vida normal. La ciudad en cuestión es Nueva York y la normalidad pasa por convivir con seres especiales que aparecen y desaparecen creando el caos. Phil Sheldon es uno de esos ciudadanos, además de fotoperiodista freelance. Todo el cómic es una crónica contada por este hombre mundano que cámara en mano, y a lo largo de más de treinta años, seguirá las andanzas de Los Prodigios, que es cómo él los acabará llamando. Esto sirve de excusa a Busiek para mostrarnos los hitos más importantes de La Casa de las Ideas. Desde el nacimiento de la primera Antorcha Humana (no confundir con Johnny Storm de Los 4 Fantásticos) hasta la dramática muerte de Gwen Stacy. Pasando por el sentimiento desmesurado de patriotismo que el Capitán América inspiraba en la sociedad hasta ese miedo absurdo hacia el diferente que los mutantes de la Patrulla-X tuvieron que soportar en sus propias carnes. De esta forma el guionista nos muestra lo mejor y lo peor del ser humano: la forma en la que cae en constantes contradicciones por sentirse con el derecho a tratar a los superhéroes como si fueran de su propiedad, pero también ese júbilo, mostrado sobre todo por los jóvenes, por todas y cada una de las proezas con final esperanzador que los superhéroes regalan a la humanidad. Las dos caras de una misma moneda.

Quizá en otro tipo de cómic el dibujo de Alex Ross resulte demasiado ostentoso, pero en uno que intenta ser lo más realista posible resulta apropiado. Sus acuarelas, aguadas y la utilización en ocasiones del aerógrafo se conjugan para mostrarnos una ciudad de Nueva York repleta de vida, con edificios emblemáticos fácilmente reconocibles y calles atestadas de tráfico y transeúntes. Una ciudad que emana vida pero repleta también de claroscuros. En lo referente a dibujar superhéroes, Ross debe ser el único dibujante capaz de poner arrugas en trajes sin que estos parezcan disfraces cutres de carnaval. Y aunque su estilo humaniza sobremanera, y alcanza cotas de realidad nunca vistas en el noveno arte, no resta ni un ápice de espectacularidad a todas esas luchas que se suceden a lo largo de la obra. Y a pesar de ello, las mejores escenas, las de excelsa factura, están reservadas a situaciones más terrenales. Como ese momento dramático en el que una barahúnda de personas enardecidas crean el caos en las calles en busca de mutantes. O esa otra, la más hermosa y conmovedora escena del cómic, en la que una cándida Gwen Stacy se maravilla bajo la llovizna provocada por los vehículos submarinos de Namor y nos hace entender que la belleza está en los ojos del que mira.

En esta nueva edición que nos trae Panini Cómics, y al igual que ocurría con La Visión de Tom King, la mitad es cómic y la otra mitad son extras. Gracias a los extras podremos adentrarnos mucho más en la historia planteada por Busiek y descubrir todas esas referencias a las historias clásicas de las que el guionista se sirvió para crear Marvels. Y, sobre todo, valorar todavía más el gran trabajo de investigación que hay tras el cómic. Entre el cuantioso material extra se encuentra una galería con más de 50 ilustraciones en las que podremos deleitarnos con el soberbio arte de Alex Ross. Los Guardianes de las Galaxia, Capitana Marvel, Daredevil, Spider-Woman, entre muchos otros y en su máximo esplendor, forman parte de este extraordinario compendio de ilustraciones. A destacar esa otra sección (que yo he llamado “cameos”) en la que descubriremos que por entre las páginas de Marvels se pasean personajes como Stan Lee, Clark Kent y Lois Lane, e incluso Buho Nocturno y Espectro de Seda, ambos personajes de Watchmen.

En definitiva, el cómic Marvels es único por su enfoque y extraordinario por su dibujo, además resulta un respetuoso homenaje a todas esas historias y personajes que se convirtieron en los pilares sobre los que hoy se sustenta la editorial Marvel.

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En qué pensamos cuando pensamos en fútbol, de Simon Critchley

En qué pensamos cuando pensamos en fútbol

En qué pensamos cuando pensamos en fútbolIgual es un poco exagerado lo que voy a decir, pero tengo la impresión de que hoy en día, en algunos ambientes, queda feo reconocer que a uno le gusta el fútbol. Incluso en conversaciones coloquiales los seguidores de este deporte tenemos que andar a la defensiva, anteponiendo a nuestros comentarios expresiones exculpatorias como “me gusta, pero no soy forofo” o “sé que no me va la vida en ello, pero…”. Y es que es difícil defender desde la razón el interés que los futboleros prestamos a aspectos tan banales como el número de tarjetas amarillas que saca de media un árbitro de la liga portuguesa, el enfado que nos provoca no haber podido fichar al jugador que queríamos en el Comunio o las horas muertas que pasamos delante de un videojuego que nos permite ser los directores deportivos, o directamente, los futbolistas de nuestro equipo favorito.

No obstante, tampoco entiendo el rechazo extremo que provoca en algunos este deporte; como periodista, he conocido a compañeros que directamente repudiaban cualquier pieza, fuese de la calidad que fuese, que se hubiese hecho en torno a un tema deportivo. Son los mismos que creen que el fútbol son solamente 22 millonarios musculados tratando de meter un trozo de plástico hinchado entre tres palos. En el fondo les admiro: hay que ser muy fuerte para mantenerse inmune ante esa bendita enfermedad.

El filósofo inglés Simon Critchley también es consciente de que su pasión por el Liverpool F. C. no proviene de un profundo proceso reflexivo ni le ayuda a construir su soñado teatro de la memoria. Pero eso no le impide buscar (y encontrar) ideas atrayentes en torno al balón y a los seres que lo rodean. Por eso, en En qué pensamos cuando pensamos en fútbol, tras recalcar la escasa importancia real de este juego, Critchley deja los prejuicios a un lado para ofrecer interesantes reflexiones, muy apegadas a su disciplina. Así, en este pequeño libro el autor lanza proclamas tan interesantes como que el fútbol es un deporte con alma socialista, por tratarse de un juego en el que sus partes trabajan para el colectivo y con un objetivo común, pero con un cuerpo profundamente capitalista.

A lo largo de los capítulos, Critchley mezcla la divagación filosófica con sus experiencias personales como aficionado red, así como con numerosos ejemplos de jugadas y eventos del mundo futbolístico, la mayoría muy recientes y conocidas por el gran público (la expulsión de Zidane en la final del Mundial de 2006, el polémico nombramiento de Qatar como país anfitrión de este mismo evento para el invierno de 2022, el teatro de Pepe en la final de la Champions de 2016….).

En sus reflexiones, de no más de tres o cuatro páginas, oxigenadas con fotografías de instantes icónicos de este deporte, el británico hace un esfuerzo divulgativo para acercar sus afirmaciones más complejas al público que, como yo, no tiene unos grandes conocimientos de filosofía. Por ejemplo, dedica bastante espacio a desgranar su idea de que el fútbol es un acto que se mueve entre los mundos de la objetividad y la subjetividad (os prometo que se acaba entendiendo).

Una de las ideas que más se defiende en este libro es la que he comentado al comienzo de esta reseña: la de que un acto que mueve tantas pasiones, sentimientos tan distintos y que trastoca en muchos casos la lógica de nuestros países, lo queramos o no, es mucho más que un deporte. Y, reconociendo, como hace Critchley, que el fútbol no deja de ser un entretenimiento banal, que aporta poco o nada a nivel intelectual y que, en numerosas ocasiones, transmite valores muy poco positivos, el rechazo al mismo no deja de ser algo mucho más necio, ya que significa dar la espalda a una parte de lo que somos.

En qué pensamos cuando pensamos en fútbol, publicado en España por Sexto Piso, contiene muchas frases que merece la pena subrayar, pero me he quedado con una en especial, ya que transmite perfectamente ese vínculo irracional del que tan difícil me resulta escapar: “lo que te mata del fútbol no es la decepción, sino la esperanza constantemente renovada”. Porque, después de otro curso amargo, estoy seguro de que la próxima temporada es en la que la Unión Deportiva Logroñés va a ascender a Segunda División, después de diez años intentándolo. Y voy a ir ahorrando dinero para poder comprar el FIFA para entonces.

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Rock ‘n’ roll. El ritmo que cambió el mundo, de Adrian Vogel

Rock n roll El ritmo que cambió el mundo

Rock n roll El ritmo que cambió el mundo

«Todos hablando de hombres ilustres

y de Elvis Presley

nadie habla jamás».

Canción: Presumida (1961), de Teen Tops.

Rescato esta estrofa que ya destaqué en la reseña de Bikinis, fútbol y rock & roll, crónica pop bajo el franquismo sociológico (1950-1977), de Adrian Vogel, que leí el verano pasado, porque le viene al pelo a su nuevo libro: Rock ‘n’ roll. El ritmo que cambió el mundo. Si en su anterior obra ya nos demostró cómo la cultura en general tiene un poder silencioso (y silenciado) para traspasar fronteras, unir a pesar de las diferencias y hacernos ver la vida desde otra perspectiva, en Rock ‘n’ roll. El ritmo que cambió el mundo nos relata cómo este género musical en particular supuso un antes y un después en el mundo, además de en la historia de la música.

La larga trayectoria de Vogel le avala como un experto en rock, rock ‘n’ roll, rock & roll, y en cualquiera de sus variantes. Para comenzar, nos deja claro que la elección de «rock ‘n’ roll» para titular el libro no ha sido al azar, como tampoco son arbitrarias las diferentes escrituras del nombre. A partir de ahí, el autor vuelve a desplegar su sabiduría rocanrolera y su capacidad analítica para abordar el nacimiento del rock desde sus diversas variables. De este modo, logra plasmar de forma clara y amena lo que se coció en aquellos años, tanto de cara al público como en la trastienda.

Rock ‘n’ roll. El ritmo que cambió el mundo se centra sobre todo en las figuras y acontecimientos más significativos de los años 1955 y 1959: el nacimiento de discográficas independientes que cambiaron las reglas del negocio y modificaron las estructuras de poder de la industria; los sobornos conocidos como la payola y relacionados con el crimen organizado, que decidían quién sonaba y quién no; los primeros pasos de artistas como Chuck Berry, Elvis, Jerry Lee Lewis, Little Richard y Bill Haley, pioneros de todo lo que vino después, incluyendo alguna mención a aquellos aspectos personales o escándalos que condicionaron sus carreras musicales; el papel del cine en la construcción del imaginario colectivo en torno al rock (las camisetas blancas, las chupas, los Cadillac, la rebeldía…) y la repercusión de los medios de comunicación para convertir este género musical y todo lo que se movía a su alrededor en cultura de masas.

Adrian Vogel nos hace viajar a esa segunda mitad de los años cincuenta del pasado siglo a través de las canciones más radiadas y las historias que se esconden tras ellas, y nos relata cómo hicieron tambalear la moral de la época y unir a negros y blancos en una pasión común. No es de extrañar que a la política y a los demás poderes establecidos les incomodara ese nuevo ritmo que volvía a todos  locos. O, quizá, tan solo un poco más libres.

Nunca antes se había hecho un libro tan completo sobre esta temática en España y, sin duda, nadie mejor que Adrian Vogel para escribirlo. Rock ‘n’ roll. El ritmo que cambió el mundo es una lectura imprescindible para entender el origen y evolución del rock y la razón por la que, para muchos, se ha convertido en un estilo de vida. Aunque si sois rocanroleros, seguro que esto último no necesitáis que os lo expliquen. Pero para todo lo demás, no os perdáis el libro de Adrian Vogel.

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La crueldad de abril, de Diego Ameixeiras

La crueldad de abril

La crueldad de abrilAunque uno por edad pertenece a la generación millennial, ando lejos de considerarme uno más dentro de este grupo social. Sin embargo, voy a coger prestada una de sus palabras más utilizadas para hablar de la reseña de hoy. Y es que vengo a hablaros de Diego Ameixeiras, uno de los escritores españoles de novela negra con más hype del momento. Desde hace un año no he parado de ver en periódicos, blogs y redes sociales buenas críticas hacia su anterior novela, Conduce rápido, que incluso aparece entre las nominadas a los premios más importantes de los festivales noir que tanto abundan en nuestra península. Tanto es así que ya tenía la intención este verano de hacerme con la novela para comprobar de primera mano todo lo bueno que de ella se dice. Pero como la actualidad manda, he aprovechado que Akal publicaba su última historia, La crueldad de abril, para empezar a conocer a este escritor.

Diego Ameixeiras lleva años publicando con éxito en Galicia, siendo considerado por muchos uno de los mejores escritores en lengua gallega de la actualidad. Sus novelas reflejan nuestra realidad social y política a través de la marginalidad y la delincuencia. En La crueldad de abril todo empieza con la muerte de dos vagabundos en el incendio de la vivienda que ocupaban. Una noticia a la que cualquier medio de comunicación le dedicaría unos pocos minutos, pero en la que el autor ve la oportunidad de retratar un mundo que, pese a no ser el nuestro, tenemos ante nuestras narices y convivimos con él, por más que nos esforcemos en mirar hacia otro lado.

La novela, que se lee en un suspiro, se desarrolla a base de capítulos cortos. El ritmo que imprime Diego a la trama es pausado, con una escritura subyugante, con cierta crítica social y en ocasiones llena de lirismo, representado a la perfección en el personaje de Elvira. Su ritmo pausado contrasta con tramos violentos cada cierto tiempo, a modo de bofetada a un lector que va descubriendo de ese modo todas las piezas del puzle. Sin embargo, a pesar de contar solo con 132 páginas, la novela ofrece al lector más contenido que muchas que cuentan en su haber con 400 o 500, dando por válido el dicho aquel de “lo bueno, si breve, dos veces bueno”.

La crueldad de abril propone una narración dura y cruenta. Ameixeiras compone una novela de suburbios, pobreza, droga e inanición. Una historia con aroma a perdedor y a marginalidad. Una novela llena de personajes de los bajos fondos, para los que vivir es un castigo divino que les ha sido impuesto, y cuya única solución es convivir con el hastío que provoca el día a día.

Pasan los años y la novela negra española sigue demostrando que todavía puede sorprender a sus lectores. En este caso Diego Ameixeiras nos enseña una nueva forma de afrontar este género, alejado de los focos policiales o detectivescos y centrado solo en los perdedores de la historia, esos a los que muchas veces solemos obviar. Y también nos enseña que no hace falta contarlo todo, pues el lector es capaz de sacar sus propias conclusiones rellenando los silencios y las páginas en blanco que ofrece el libro.

Si antes de leer La crueldad de abril ya tenía programada para este verano la lectura de algún otro libro de Diego Ameixeiras, después de esta experiencia tan notable habrá que darle prioridad dentro de mi larga lista de lecturas pendientes.

César Malagón @malagonc

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La caza, de M.A. Bennett

La caza

La cazaVas a una librería. Empiezas a mirar todos los estantes, revisando una a una todas las novedades que han llegado esa semana. Entonces ves un libro que no estaba ahí hace unos días. No te suena de nada, no conoces de nada al autor. Ni siquiera sabes si es autor o autora, hasta ese punto llega tu desconocimiento. Pero te da igual, ya nada te importa, porque sabes que quieres leer ese libro. No es que quieras: es que lo necesitas. Ni siquiera has dedicado un minuto de tu tiempo a darle la vuelta y leer la sinopsis. Te da exactamente igual lo que ahí puedas leer. Sabes que te lo vas a llevar a casa porque ese libro te está llamando y sabes que vas a acertar si lo haces.

¿Os ha pasado alguna vez? A mí sí, varias. Y el libro del que vengo a hablaros hoy es el vivo ejemplo de la última vez que me ha ocurrido esto.

Me topé con La caza por casualidad y ocurrió todo lo que he descrito en el primer párrafo. Me dio todo exactamente igual, pero había algo que me decía que ese libro me iba a encantar. Y así fue. Cuando llegó a mi casa tardé en leerlo unas cinco o seis horas. No podía soltarlo, era como si una fuerza invisible hiciera que el libro estuviera pegado a mis manos.

Y cuando cuente de qué va lo entenderéis todo. Greer es nueva en el colegio más elitista de Inglaterra. Ha llegado allí gracias a una beca que no piensa desaprovechar. El colegio es muy antiguo, todo de piedra, como si se tratara de Hogwarts. La tecnología no está bien vista y un aire viejuno lo inunda todo. Y hay un grupo de chicos, conocidos como los Medievales, que son los que manejan el cotarro. Solo unos pocos son los elegidos para formar parte de su élite y, para ello, hay que superar el conocido fin de semana de “caza, tiro, pesca”. Con tan mala suerte de que ese año, ese precisamente en el que Greer es candidata para formar parte de los Medievales, alguien muere.

Y entonces empiezo a leer y me presentan el colegio (una maravilla) y conozco a los Medievales (más maravilla todavía) y comienza el fin de semana de caza, tiro, pesca (una locura) y alguien muere y no se sabe por qué (la catarsis).

La agilidad de la escritura de su autora, M.A. Bennett, hizo que no pudiera parar de leer La caza ni un solo segundo. Además, al estar la historia narrada en primera persona (desde el punto de vista de Greer) todo se hace mucho más intenso. Esto es porque ella nos va contando todas sus impresiones, sus miedos, sus dudas… es como si estuviéramos dentro de su cabeza incluso llegando a ser ella en algunas ocasiones.

La ambientación también es un punto a destacar, ya que está tremendamente cuidada. Nos encontramos en la Inglaterra profunda, donde los lagos y los bosques son los grandes protagonistas. El castillo donde se ubica el colegio nos hace remontarnos al pasado, así como la orden que dirige la institución, que concuerda perfectamente con toda la ambientación.

Además es una novela que toca muchos palos, porque critica la desigualdad entre clases y también el racismo. Esto se ve desde el principio pero a medida que va avanzando la historia nos metemos más de lleno en esa crítica que luego resulta evidente. Bravo, M.A. Bennett, de verdad.

Si yo me digo a mí misma que debo fiarme más de mi instinto. Si lo sé. Pero hay veces que me pienso demasiado qué libros leer. Os diría eso de “a partir de ahora…” pero la verdad es que no sé si voy a ser capaz de cumplirlo o no. Desde luego, esta vez no estaba equivocada, os lo aseguro. Aunque creo que, a partir de ahora, iré con más cuidado cuando vaya a andar por el bosque…

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Denuncia inmediata, de Jeffrey Eugenides

Denuncia inmediata

Denuncia inmediataJeffrey Eugenides es un genio. No es una cuestión de apreciaciones infladas o falta de criterio. Lo es de un modo a la que poca gente le puede poner peros. Su literatura se dilata en el tiempo pero no por ello puede calificarse de extensa. Tan sólo cuenta con tres novelas y esta recopilación de su narrativa breve. Sin embargo, en cada uno de sus libros hay una delicadeza extrema a la hora de narrarnos la vida privada de sus personajes. Este talento para la inmersión le llevó a ganar el Pulitzer en 2003 por Middlesex. Un retrato tan asombroso como cotidiano de una persona intersexual, tema que vuelve a recuperar en uno de estos relatos. La pregunta es si estas alabanzas y buen hacer han calado también en sus cuentos. La respuesta corta es que sí. La larga exige un poco más de explicación ya que la creación de estas piezas ha tenido lugar a lo largo de treinta años. Y aunque estoy seguro de que se han visto sometidas a una fuerte revisión, lo cierto es que hay algo imperecedero e intraducible en la obra de Eugenides que convierte cada nueva publicación en un motivo de celebración y confinamiento.

Hay una cosa que me ha tenido enganchado a estas historias y es algo para lo que ya venía preparado. En la mayoría de los relatos, la historia no sucede fuera, sino dentro de los personajes. No es que estén aislados o no tengan lugar eventos diversos o conflictos a los que hacer frente. Si bien todo eso también ocurre, importa más el foco desde el cual somos testigos que la resolución del problema que se nos plantea. En Correo aéreo no sabemos si su protagonista supera o no la fuerte intoxicación estomacal que sufre, pero como lectores acabamos el relato sabiendo que el nuevo estado de conciencia al que llega importa más que la enfermedad que padece. O en La vulva oracular, donde el antropólogo que protagoniza la historia tiene diversos frentes narrativos abiertos, pero Eugenides nos sitúa en un conflicto inmediato, radical e inesperado. Hay otros como los que cierran y abren el libro, Quejas y Denuncia inmediata en los que los dos personajes que nos presentan trabajan constantemente la dinámica establecida entre ellos e indagan en la mutua influencia que ejercen, así como en las consecuencias en el mundo real de dicha relación.

Otro de los temas recurrentes en estos relatos es el del fracaso y la mediocridad asociados, en numerosos casos, a un aspecto financiero y matrimonial. La América de las mil oportunidades deja de brillar con tanta fuerza en relatos como Música antigua o Magno Experimento, donde las parejas protagonistas se enfrentan a una edad adulta bastante precaria. Son cuentos donde las soluciones posibles brillan por su ausencia y donde los personajes acaban entrando en un estado de escapismo o sucumbiendo a la ilegalidad. El autor norteamericano disecciona las fallas en los planes de vida que todos confeccionamos en la veintena y convierte dichas fisuras en motores narrativos. Es absolutamente implacable a la hora de señalizar dónde tropezamos todos. Nuestras aspiraciones no son muy diferentes a la de los personajes de estos relatos. Los problemas de ellos se parecen a los nuestros. Eugenides observa con eficiencia el mundo que le rodea, esa falsa tierra prometida en la que se ha convertido Occidente. Y encuentra sin dificultad las arrugas, las manchas en la piel y los eccemas de un sistema de valores que ya no se sostiene por sí solo mientras nos esforzamos en mirar hacia otro lado.

Uno de los aspectos que me ha parecido curioso de esta recopilación de relatos, es que cada uno de ellos marca el año en el que fueron escritos. Y si bien no han sido establecidos en orden cronológico, lo cierto es que es innegable la evolución del autor. Su prosa más temprana deriva a veces en acciones innecesarias con el fin de mover a los personajes hacia cierta dirección. Cosa que resulta un poco forzada y que poco tiene que ver con el Eugenides que conocemos hoy. Debido a ello, uno de los relatos que menos me han convencido es Huertos caprichosos, donde un par de hombres que sufren la crisis de la mediana edad encuentran en dos excursionistas y en un huerto milagroso la solución a la mayoría de sus problemas. Pero no hay que preocuparse mucho, ya que la cosa no hace más que mejorar. Y los relatos se van pareciendo cada vez más a lo que el autor de Las vírgenes suicidas nos tiene acostumbrado.

Voy a acabar recalcando que estamos ante una de las mejores radiografías narrativas que podemos encontrar ahí fuera, en esa jungla literaria que son las librerías. Un libro en el que vemos evolucionar a un autor que lleva ya años entre nosotros sin hacer mucho ruido. En esa vorágine capitalista que ensalza constantemente la novedad, un autor que publica un libro cada siete años suele pasar desapercibido. Sin embargo, hacerle caso omiso a Eugenides sería un error. Su literatura es una de esas magníficas paradojas que tienen en su haber los grandes autores: a pesar de estar todo el tiempo hablando de personas como tú o como yo, no hay nada ahí fuera que se le parezca. Un logro, sin duda, en este mundo nuestro del copia y pega.

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La guerra de las salamandras, de Karel Čapek

La guerra de las salamandras

La guerra de las salamandrasEra una salamandra. Ya están aquí. ¡Todo ha terminado!

Y menudas salamandras: inteligentes, organizadas, alienadas como comunidad homogénea… y sí, de un tamaño considerable, feas, cabezota gorda y negra y con un punto de mala leche aprendida que no dudarán en llevar a la práctica. Son la representación simbólica del conformismo ciudadano devorado por el voraz apetito del régimen totalitario y capitalista. Son la más ácida representación de los actos impunes de un sistema erróneo, que pagará caro sus consecuencias. Esto es La guerra de las salamandras, de Karel Čapek, una de las más divertidas, irónicas y espectaculares novelas de ciencia ficción de todos los tiempos.

Decir que he disfrutado leyendo esta novela se queda en poco. Poquísimo. Decir que admiro la calidad de edición del libro resultaría obsceno. Obscenísimo. Libros del zorro rojo ha publicado una novela genial y en un formato que merece el favor de considerarse obra de arte. Si el texto de Čapek es excelente, no menos resultan las ilustraciones que lo acompañan de Hans Ticha, genial ilustrador checo, heredero del Pop Art. Según los datos biográficos del artista, quedó prendado de La guerra de las salamandras cuando tenía diecisiete años y decidió ilustrar la novela. Veinte años después presentó su obra al editor y la novela fue publicada con los dibujos de Ticha. Fue considerado el libro más bello de la República Democrática Alemana en 1987.

La novela se divide en tres actos donde se aprecia la transformación de las salamandras en contacto con los regímenes totalitarios y el crecimiento armamentístico que denuncia el autor en la novela. Desde su descubrimiento, pasando por su estudio y hasta la evolución lógica de unos seres oprimidos que consiguen organizarse y rebelarse, poco a poco seremos testigos del deterioro de un sistema al que se intentó someter a los anfibios.

La primera parte del libro comienza con el descubrimiento por parte de un viejo capitán de barco de una especie de salamandra gigante que vive en una pequeña isla del Pacífico. Aquí se puede encontrar referencias a otras novelas de viajes y aventuras, como puedan ser El mundo perdido, de Conan Doyle o Los mitos de Chtulhu de Lovecraft, por la descripción y ambientación de los acontecimientos en localizaciones paradisíacas. A ello le sigue la presentación de unos seres legendarios que crean inquietud en el lector. El autor nos lleva de la mano a conocer a estos peculiares anfibios. El capitán pronto se dará cuenta de la capacidad intelectual de estos seres de los que se aprovecha para extraer perlas del fondo del mar. Más adelante, considerando las enormes posibilidades que ofrecen estas salamandras como mano de obra, contacta con un empresario para construir diques y realizar obras de gran importancia. Les enseñan a emplear herramientas de trabajo y a hablar, y después les reparten armas para poder defenderse del ataque de tiburones y así poder producir más.

El nivel demográfico de las salamandras fue aumentando considerablemente, así como sus conocimientos. A medida que el humano interactuaba más con ellas, crecía la necesidad de otorgarles derechos laborales, así como leyes que regularan el abuso y explotación de los animales y hasta una religión. Sin consideración alguna acerca de sus sentimientos o derechos, el humano hacía un uso indiscriminado de ellas hasta que la situación empezó a volverse inestable. Superaron en número al humano y necesitaban de espacio para poder vivir, ya que las costas escaseaban. En un acto imprudente del sistema capitalista al que habían sometido a las salamandras, estas se sublevaron y comenzaron a expandirse. La guerra había comenzado.

Es inevitable también la cercanía comparativa con su predecesora La guerra de los mundos, de H. G. Wells. En esta novela, Wells quería disfrazar, bajo el aspecto de unos seres extraterrestres invasores, el riesgo de invasiones de ejércitos extranjeros en caso de guerra, haciendo hincapié en un dato que comparte en común con la novela de Čapek, el aumento armamentístico. La diferencia de esta novela con la de Čapek está en que la del autor checo no ofrece el relato de una invasión fortuita, sino el resultado de unos actos originados por el propio y ambicioso sistema económico, religioso y político occidental.

Sin desgranar más del libro, porque de poco servirá para su deleite; leyéndolo es como uno disfruta en su totalidad, destacan varios puntos positivos: en primer lugar, el discurso periodístico empleado para narrar la historia, al que acompañarán infinidad de artículos y recortes de prensa, panfletos políticos, publicaciones y conferencias donde se exponen los diferentes puntos de vista de expertos sobre las salamandras y un largo etcétera de textos alternativos que convierten la novela en un juego para el lector. Otro de los rasgos elevados es el tono satírico del autor, que emplea el conflicto que empezaba a preocupar tanto a la sociedad en el año en que fue publicada la novela, en 1936, en pleno ascenso del nazismo, con una mezcla de humor y crítica ácida del crecimiento armamentístico y el colonialismo. Las ilustraciones de arte pop de Hans Ticha que destacaba al comienzo y, por último, el capítulo final: la ruptura de la cuarta pared en la que el propio autor mantendrá una reflexión consigo mismo (quizá, el sentir del lector) acerca del desenlace que le espera a la especie humana y a las salamandras.

— ¿Vas a dejar las cosas así?
— […] ¿Crees que yo quería que las cosas acabasen así? Esto es sencillamente la lógica de los acontecimientos.

La obra literaria de Karel Čapek gira en torno a la ciencia ficción social y política en la que la originalidad de sus textos y su contenido le hicieron destacarse junto a otros autores que vendrían después de la talla de Aldous Huxley. Su primera obra teatral, R. U. R. (Robots Universales Rossum), de 1920, marcó un hito en la ciencia ficción, primeramente, por ser la pionera en emplear el término robot en la literatura (aunque este término habría que adjudicárselo a su hermano que es quien lo introdujo). La palabra procede del checo robota, que significa servidumbre. Construyó para su texto dramático un escenario en el que la humanidad dota de sentimientos y razonamiento a los robots para comprobar su respuesta ante el trabajo forzoso. Un ejercicio de reflexión acerca de la esclavitud y la dictadura. Otras de sus obras se mantienen en la misma línea hasta que escribió La guerra de las salamandras, la novela que le catapultaría como una de las figuras literarias más importantes de ciencia ficción.

Esta fábula bien podría emparejarse a la realizada por George Orwell en Rebelión en la granja. De nuevo, en la figura humorística que ofrecen los animales, se desnuda un sistema de vida injusto, en el que para que unos se vean beneficiados, otros deben sufrir las consecuencias. Muchas de estas veces, la moraleja es el descontrol de esos actos que conlleva sus reacciones. La literatura como espejo de la sociedad ayuda a comprender un problema que persigue al mundo industrializado de occidente y que a estos autores no pasa desapercibido. La máscara que otorga el arte literario esconde la intención de llegar a la verdad a través de la belleza estética que envuelven los textos del escritor. En todos estos casos, la ciencia ficción siempre se ha visto muy ligada a la denuncia social y política. Sirva esta novela, acompañada de una cuidada edición, como útil de reflexión y deleite para cualquier lector que se proponga pasar unas divertidísimas horas de lectura.

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El dolor de los demás, de Miguel Ángel Hernández

El dolor de los demás

El dolor de los demás¿Cuánto pesan las maletas del pasado? Esta quizá sea una de las preguntas principales que asalte la cabeza de todo aquel que se adentre en la lectura de El dolor de los demás, el último libro – no me atrevo a decir novela – de Miguel Ángel Hernández, publicado por Anagrama. Y quizá sea esa una de las preguntas porque en este libro el murciano recurre a un recuerdo de juventud forzosamente olvidado que se encuentra enquistado en lo más profundo de su ser. Recurre a él para abrirlo, examinarlo cara a cara, afrontarlo, y con ello, superarlo, cerrarlo. ¿No es eso de lo que trata escribir? ¿No es eso de lo que trata leer?

Creo que ya he contado alguna vez esto que vi hace un tiempo por televisión pero me es inevitable relacionarlo también con este libro; y es sobre la entrevista que vi hace un tiempo hacer a Antonio Muñoz Molina por parte de un famoso entrevistador “libresco”. Este último le preguntaba al escritor sobre su última “novela” – lo entrecomillo porque en ese caso tampoco creo que sea la mejor etiqueta con la que designar la obra -. En cierto momento, el presentador – también director del programa – le comenta a Muñoz Molina que el personaje de la “novela”, aparte de llevar el mismo nombre que el autor, se parece mucho, en todo lo demás, a él; a lo que Muñoz Molina contesa: «No es que se parezca, es que soy yo». Y se ríen. Creo que eso sucedería de la misma forma si hay un intercambio espacio/tiempo entre Antonio Muñoz Molina y Miguel Ángel Hernández.

Pero bueno, adentrémonos en la ficción: el personaje Miguel Ángel Hernández, también escritor murciano y profesor de Historia del Arte, se da cuenta cierto día de que otro autor, Sergio del Molino, acaba de publicar una novela que trata sobre el tema que él justamente estaba escribiendo y pensando para su próximo libro. De una conversación entre estos dos autores, y amigos, uno de los cuales – el que nos concierne – en ese momento se encuentra perdido dentro de su labor como escritor de ficción, nace un nuevo tema partiendo de una frase del propio autor: «Hace veinte años, una Nochebuena, mi mejor amigo mató a su hermana y se tiró por un barranco». Así arranca El dolor de los demás. 

Miguel Ángel Hernández, que hasta ese momento lo único que había hecho dentro del mundo de la novela era convertir en ficción su ámbito de estudio y laboral – la Historia del Arte -, ve la posibilidad de un nuevo libro en el desarrollo de la investigación de un asesinato y posterior suicidio. El asesino: su mejor amigo de la infancia y posterior adolescencia. La víctima: la hermana de este. Como si fuera una nube que siempre ha acompañado a Hernández, el tema tabú entre todos los vecinos del pueblo murciano de Los Ramos vuelve a abrirse para acabar conformando un libro, el que ahora nosotros podemos ver en las mesas de novedades de todas las librerías de España.

El dolor de los demás, con una estructura bipartita en la que se siguen dos hilos narrativos – el del momento exacto del asesinato y el suicidio visto por un Miguel Ángel de dieciocho años y la investigación llevaba a cabo por el mismo Miguel Ángel veinte años más tarde -, emana todos los tópicos más característicos de la escritura: la escritura como ordenación, comprensión, confesión, cierre, etc. Pero también mucho más: como preguntas del tipo de si es posible seguir queriendo a un asesino que anteriormente ha sido tu amigo, de si es posible ver las cosas desde la otredad, desde el dolor de los demás, de si es posible reencontrarse con el pasado y salir entero de él, de si existe alguna manera de cerrar una herida abierta en colectividad.

El pueblo de Los Ramos como un pasado estanco y sin posibilidad de evolución, como sucede con Nicolás, el asesino y amigo de Miguel Ángel, quien no es capaz de hacer madurar al que fue – y es – su fallecido amigo. Con una valentía sin límites – «Yo iba a ser el responsable de introducir en el gran escaparate digital en el que vivimos un suceso que tal vez debiera permanecer oculto para siempre» -, Miguel Ángel Hernández consigue volcarse en un libro que quizás la única frontera que tiene, el único amarre, es la etiqueta de ficción.

El dolor de los demás es la ouija con la que Miguel Ángel Hernández ha querido volver al pasado haciéndonos partícipes de ello. «Escribir no era exorcizar demonios; era convocarlos», puede leerse en alguna parte del libro. Encontrarse con ellos, llegar a una pasado que puede ser nuestro, cerrar definitivamente capítulos que quizá nunca deberían haberse abierto, y es que, terminando, como dice este narrador que tanto se parece al autor: «Es cierto que la investigación acerca del crimen de mi amigo había sido el detonante de todo, pero el auténtico crimen sobre el que yo escribía – el único, en verdad, que podía afrontar – era el que yo había cometido con mi pasado, con ese yo que había quedado sepultado en el tiempo».

Cuando leas ese «los demás» en el título piensa que también está hablando de ti. ¿Cómo puede ser que el asesinato de alguien hace veinte años en un pueblo perdido de Murcia esté hablando de ti? La clave está en que el dolor de los demás, sin negrita ni cursiva, es un dolor colectivo, global, universal. Y por eso deberías leerlo. Y por eso vas a leerlo.

 

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Las tres caras de la moneda, de Jordi Belda Valls

Las tres caras de la moneda

Las tres caras de la moneda

Lo cierto es que no suelo ver la tele. Me gusta mucho ver series y películas, pero para ello prefiero encender el ordenador y elegir lo que voy a ver ese día. No me gustan los realities ni enterarme de lo que hace la farándula española con su vida. Pero sí que hay una cosa, una sola, que tengo que ver todos los días: el telediario. En mi casa cenamos a las nueve en punto, lo que significa que mientras estamos en la mesa encendemos la tele y nos ponemos al día de lo que ha pasado en el mundo. Y todavía no entiendo el porqué. Ese rato, que apenas dura veinte minutos, es un rato lleno de angustia, de indignación, de drama, de desolación… muy pocas veces veo alguna noticia que consiga sacarme una sonrisa. Todo son desgracias.

Pero aun así, no puedo evitar verlo a diario. Necesito saber qué ha pasado por el mundo, cuál es la situación política actual, si hay algo de lo que deba enterarme. Y ya sé que cuando apague la televisión estaré muy cabreada porque nada de lo que he visto en esos minutos me ha parecido bien. Pero así es la vida, ¿no? Y después de ese rato, siempre recuerdo la lección: hay un bando que gana y un bando que pierde.

Porque la vida consiste en eso: en bandos. O al menos eso nos han hecho creer. Eres de Cola Cao o de Nesquik, de izquierdas o de derechas, de tortilla con cebolla o sin cebolla, de los que venden las armas o de quienes las usan.

Las tres caras de la moneda habla básicamente de esto, de bandos y de opiniones que se forjan a la fuerza dependiendo del momento y del sitio donde a uno le ha tocado vivir. Todo empieza con una tremenda explosión en la casa de los Ávid, donde el padre de familia fallece. Será su hijo el que tenga que descubrir quién está detrás de ese ataque y lo podrá conseguir gracias al nuevo puesto político que le ha llegado como caído del cielo. Mientras tanto, en el Desierto Naranja las cosas están cada vez más tensas y cualquier movimiento puede acabar en un fatal desenlace. Y también encontramos una historia paralela en la que una chica se enfrentará a todo lo habido y por haber con tal de defender sus ideales.

Como veis, es una novela que tiene tres caras, tres representantes que, dependiendo de su posición en la historia, nos contarán una versión u otra de los mismos hechos. Por lo tanto, es una trama contada a tres tiempos en la que se va desvelando poco a poco todo lo que necesitamos saber para poder resolver todos (o casi todos) los misterios que en sus páginas se esconden. Esto es realmente interesante porque los tres protagonistas que se encuentran en las diferentes caras de la moneda tienen un punto de vista sobre la historia que nada tiene que ver con el de los demás.

Jordi Belda Valls nos trae así su primera novela en la que podemos ver un retrato de nuestra propia sociedad. Ahora mismo solo vivimos en bandos y, dependiendo de en cuál te encuentres, tu visión del mundo será una u otra. Y realmente no creo que esto sea malo, no veo ningún problema en que alguien se posicione en un lado o en otro del conflicto. Lo que sí creo es que el problema viene cuando a uno se le olvida que los demás también pueden elegir bando y no tiene por qué ser el mismo que el nuestro. Tan legítimo es uno como el otro. Esto es algo que se nos suele olvidar y que podemos ver reflejado en Las tres caras de la moneda.

Un punto a favor de esta novela es que las tres historias se van alternando continuamente en los capítulos, de manera que cada uno de ellos está dedicado a uno de los protagonistas. Esto hace que la lectura sea muy ágil, ya que siempre va a haber una historia que nos llame más, lo que hará que leamos muy rápido para poder llegar a ella. Además, gracias a su corta extensión (tiene alrededor de ciento sesenta páginas), se puede leer casi de una sentada.

El desarrollo de los personajes no es malo pero quizás me ha faltado algo de caracterización. Me hubiera gustado que tuvieran más personalidad y un carácter más marcado que hicieran que me metiera más en la historia. Pero esto es algo que va más con mis gustos personales.

Tengo que destacar especialmente la ambientación, ya que todo esto sucede en un país inventado por Jordi Belda Valls. El Desierto Naranja, en concreto, me ha gustado muchísimo. Antes decía que todas las personas que leyeran este libro iban a tener una cara de la moneda preferida, pues para mí lo era la del Desierto, quizás por su protagonista (un chico huérfano que ha sido criado por una monja) o bien por lo exótico del lugar. Sea lo que sea, yo estaba deseando que los capítulos de las otras dos historias pasaran para poder llegar a mi parte favorita.

Después de haberlo leído sigo creyendo firmemente que la historia depende de quien la cuente y del bando donde esa persona se encuentre. Porque no todo es blanco ni negro y porque siempre hay más caras en una misma moneda que tenemos que tener en cuenta.

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