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Wabi Sabi, de Amaia Arrazola

Wabi Sabi

 

Wabi Sabi

Uno sabe siempre cuándo empieza un viaje pero no cuándo se acaba. Suele pasar que, mucho tiempo después de volver a nuestra casa, aún seguimos rumiando las direcciones y los atajos del lugar visitado. Hay algo que queda en la ropa o en el pelo, algo que no estaba al principio de nuestra aventura. Quizás es la magia y la maldición de viajar, que cambia para siempre no sólo la persona que somos, sino también el lugar al que volvemos. Amaia Arrazola es el ejemplo perfecto de esto. Tras recibir una beca para pasar un mes en Tokio, decide aprehender todo lo posible la cultura japonesa y plasmar en ilustraciones el potencial tokiota. Desde sus calles y comercios, hasta personajes y conceptos que todos hemos escuchado de pasada pero que pocos saben definir. El resultado de este proceso es un libro que salió a la venta hace unas semanas de la mano de Lunwerg. Una auténtica delicia visual para aquellos que sufren como yo la fiebre nipona.

A medida que pasan las páginas y los días, el lector siente que acompaña a Arrazola en su viaje. La idea de estructurar el libro en las semanas que la artista estuvo en Japón también ayuda. Así vemos que, conforme avanza su estancia, Amaia pasa de un estado de estupefacción constante al de una normalidad autoinducida. Ella lo explica mejor, dejando claro que el proceso consta de tres fases. Primero, flipas con todo; segundo, empiezas a entender los entresijos de la sociedad japonesa; tercero, comienzas a adaptarte a sus costumbres. Es como si el instinto de supervivencia se esforzara en combatir la epilepsia pop que uno sufriría en Japón si no llegase a normalizar la sobrestimulación.

Los propios los nativos sufren de este bombardeo constante de luces de neón y anuncios de mascotas. Justo por eso, ante la supremacía de lo frenético hay una fuerza antagónica basada en el silencio y en la naturaleza. Amaia Arrazola indaga dentro de esta dualidad y la analiza con sus maravillosas ilustraciones. Nos habla de las religiones predominantes en Japón y su influencia en estos paréntesis zen que salpican la ciudad. Templos, parques y zonas de desconexión donde la hiperrealidad desacelera para dejar paso a una versión más amable del mismo país.

Frente a otras guías y libros ilustrados que he podido leer, Wabi Sabi funciona como un manual para principiantes maravilloso. Y es que más allá de las vivencias locas de una occidental que viaja al otro lado del mundo, Arrazola nos explica conceptos muy básicos de la cultura japonesa. Ideas y realidades que pueden sonarnos pero cuyo mal uso puede haber diluido la definición más certera. ¿Es lo mismo una meiko, una geisha y una oiran? ¿El ikebana es un arreglo floral puro y duro? ¿Sabría uno diferenciar entre el teatro y el kabuki? ¿Los samuráis pertenecieron al periodo Edo o a la era Meiji? ¿Para qué sirve un daruma? Con la más absoluta sencillez y haciendo gala de un trazo limpio, la artista nos explica todos estos conceptos de una manera directa y asequible. ¿Es el wabi sabi que da título a la obra ese condimento verde hecho a base de rábano picante que acompaña a cualquier degustación de sushi? La autora tiene una respuesta también para esto.

Llegados a este punto quiero hablar del estilo de Arrazola. La autora, nacida en Vitoria, ha llevado a cabo numerosos proyectos artísticos anteriores al título que nos ocupa. Sin embargo, no había tenido la oportunidad de cruzarme con ellos. Siendo este mi primer contacto con su obra, no puedo más que alabar el talento de la artista. Siento recurrir a un cliché manido, pero en este caso es cierto. Consigue que lo difícil parezca fácil. Y eso es algo que sólo consigue gente con mucho talento. En un primer momento el trazo aparentemente infantil te hace bajar la guardia. Te hace gracia y poco más. Pero a medida que avanzan las páginas y las semanas, ves que has cometido un error de apreciación. Aquí hay años de práctica y un estilo definido —que no definitivo—.

Cuando Arrazola se arma de valor y recrea estampas japonesas del siglo XIX con un respeto absoluto por la obra original, uno no puede más que sonreír y correr por la casa para enseñarle las imágenes a cualquier otro. Como si hubiera interiorizado  la idiosincrasia japonesa, los dibujitos monos conviven con ideas mucho más maduras y elaboradas. El resultado final es alentador y te obliga a memorizar bien el nombre de Arrazola para no perderle la pista.

Para cerrar quiero añadir que aquí se nos insta a unirnos a un viaje muy personal. Como ya hicieron en su día Florent Chavouet con Tokyo Sanpo o la más desconocida Kate T. Williamson con A year in Japan. Este libro es una invitación en toda regla a sumarnos a una aventura desde la mirada de la artista. El Japón que encontramos aquí es el de Arrazola y no el de los mapas. Hay una bendita ignorancia y una suerte de subjetividad que consiguen contagiarnos el estupor y las ganas de salir corriendo al aeropuerto más cercano. ¿Destino? Narita.

Si es verdad eso de que Japón es lo más parecido a una realidad alternativa que podemos encontrar hoy día, Wabi Sabi es el complemento perfecto para perderse. Para entender que no existen representaciones extrapolables del país nipón. No es la guía más perfecta que puede uno encontrar, pero ahí radica su belleza. Ahí reside el ansiado wabi-sabi.

 

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Orlando, de Virginia Woolf

Orlando

OrlandoSi por algo destaca Virginia Woolf en la Literatura, y justamente es uno de los motivos por los que ha pasado a la historia, es por su increíble valentía a la hora de plasmar la libertad que debería ser inherente a todo ser humano, especialmente a la mujer, en pleno siglo XIX y principios del XX. Y este es precisamente uno de los grandes temas que he encontrado en Orlando, el eje sobre el que gira toda la trama y uno de los motivos por los que me alegro de haberme adentrado en esta lectura.

Pero, ¿quién es realmente Orlando? Por un lado, es un noble inocente y tremendamente educado, favorecido por la reina de Inglaterra, que desea enamorarse y vivir. Pero, por otro, es simplemente un joven apasionado de la escritura, que siente que la corte no es su sitio y que quizás no es tan feliz como pensaba. Es increíble cómo la autora va plasmando en el libro estas dos partes tan diferenciadas de Orlando y cómo consigue que se aúnen en una misma persona para que el lector empatice con ella desde el principio. Al menos, conmigo lo ha logrado de tal forma que al final también me enamoré del personaje, al igual que la misma autora.

Porque este interesante protagonista hace que te mantengas pegado a las páginas de este libro hasta descubrir todos los misterios que esconde, sin importar su sexo. Porque este es otro de los grandes temas sobre los que reflexiona Orlando, la libertad del hombre y la mujer a la hora de elegir su sexo y mostrar su verdadera personalidad. Y esto, personalmente, me ha encantado y me ha parecido tremendamente transgresor para la época en la que escribía Virginia. Y me hace admirarla aún más.

Pero no solo por los grandes temas que esconde la novela, que buscan hacer reflexionar al lector y plantearse ciertas cuestiones, que a día de hoy todavía se continúan debatiendo en la sociedad, sino por su brillante pluma. Las descripciones de esta autora son impresionantes. Además de la gran atención que muestra a todos los detalles, llevándonos hasta el lugar en el que desea que nos encontramos y sintiendo todas las emociones que quiere que sintamos, destaca su gran sutileza y el toque romántico con el que está escrita toda la novela. Da igual las páginas que tenga, que consigue que la leas con una sonrisa y aumente tu amor por la literatura. Tengo que admitir que este toque característico en sus libros, ese punto original, que la hace diferente, es una de las cosas que más me maravillan de ella.

Pero, enfocándonos especialmente en esta novela, Orlando desprende alma y personalidad. Y es que refleja, personificada en la figura de su protagonista, una mujer a la que amó Woolf en su vida real. Y la sutileza, la ternura y el cariño con el que describe a este personaje a lo largo de todo el libro, me ha parecido tremendamente brillante y real, quizás precisamente por ese motivo. Y ahí es donde demuestra, además, su enorme valentía a la hora de escribir, sus ganas de mostrar que el amor, a veces, puede con todo. Tanto en la literatura como en la vida real. Y por eso esta es una de sus novelas más optimistas, alegres y reales. Y también una de las más transgresoras para la época, por tratar un tema como es el cambio de sexo, con esa sutileza y ese interés por la libertad. Un canto de amor a la vida, que creo que seguirá impresionando a todos aquellos que se animen a leerla. Al menos, conmigo lo ha conseguido en esta edición ilustrada y tan cuidada, que hace que los apasionados de esta autora (y aquellos que aún no han tenido el gusto de conocerla), la amen aún más y disfruten de ella con todos los sentidos.

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Experimento Magallanes, de Alejandro Alvado

Experimento Magallanes

Experimento MagallanesHoy estoy emocionada. Sí, estoy especialmente contenta. Ha sido un día estupendo: en el trabajo ha salido todo redondo, me he permitido el lujo de darme un paseo de una hora sin pensar en nada, he recibido muy buenas noticias y he terminado el libro que me ha acompañado estos últimos días.

Y, vale, esto último ocurre muy a menudo, al menos dos veces a la semana, así que tampoco tendría por qué ser una novedad. Pero lo cierto es que sí lo es, porque este libro, Experimento Magallanes, me ha encantado.

Si leéis mis reseñas ya sabréis que no suelo decirle que no a ningún libro, aunque no me atraiga demasiado en un principio. He aprendido a no juzgar por una presentación, por una temática o por una sinopsis. Prefiero dejarme llevar y ver qué me depara ese libro. Y, si me leéis, también sabréis que no soy una gran aficionada a las novelas históricas, ya que normalmente me suele costar bastante conectar con la trama y engancharme a ella. Y sí, el libro del que vengo a hablar hoy es una especie de novela histórica. Digo especie, porque ahora, después de haberlo leído, no sé muy bien cómo catalogarlo. Después de leer esta reseña me entenderéis mejor.

Alejandro Alvado nos trae una novela muy cortita, que no llega a las cien páginas, y cuya historia transcurre en el siglo XVI teniendo como escenario principal el viaje que Magallanes emprendió y que tenía como fin el dar la vuelta al mundo. Podríais pensar que el protagonista de este libro, como sería lógico, es Fernando de Magallanes, pero lo cierto es que no. Los protagonistas son tres hombres con tres historias que contar que verán cómo sus vidas giran irremediablemente alrededor de la del luso. Concretamente, uno de ellos tendrá la misión de salvar la vida del explorador portugués, contando con un as en la manga muy peculiar: el saber cómo termina realmente la historia.

Este halo de ciencia ficción es algo que me ha gustado particularmente. Imaginaos: muchos marineros que transportaban mercancía de un continente a otro acababan muertos a manos del escorbuto, por no tomar la suficiente vitamina C. Cuántas vidas se hubieran salvado si alguien le hubiera dicho a estos marineros que el clavo que transportaban tan habitualmente era rico en esa vitamina. Y, como esta anécdota, muchas más: cómo hubiera cambiado el curso de la historia si alguien llegara del futuro contando todo lo que estaba por suceder.

Sin duda, una trama curiosa, ¿verdad? Pero no solo eso, ya que Alejandro Alvado lo cuenta todo con tanto humor que es inevitable dejar que una risa se escape de vez en cuando. Sobre todo si uno lee los títulos de los capítulos con detenimiento, ya que no tienen desperdicio.

Así que, sí, Experimento Magallanes es una novela muy difícil de catalogar. ¿Histórica? ¿Ciencia ficción? ¿Humor? Pero, si no somos muy quisquillosos y no necesitamos catalogar absolutamente todo lo que nos rodea, podremos contar con la ventaja de descubrir que una sola cosa puede tener multitud de virtudes y cualidades. Como es el caso. Espero que ahora me entendáis cuando os digo que he tenido un gran día.

Además, tengo que decir que la narración, la forma de escribir que tiene Alejandro Alvado, me ha gustado muchísimo. Utiliza un lenguaje elaborado pero para nada engorroso. Me ha resultado muy fácil introducirme en la trama (cosa que, como os dije, me cuesta bastante cuando se trata de novelas históricas) y eso ha sido gracias al lenguaje fluido que usa el autor. He de confesar que cuando me llegó a casa y vi lo cortito que era, pensé que en una noche podría leérmelo entero. Pero la verdad es que no ha sido así, porque he querido dosificarme. Podría haberme sentado y haberlo leído del tirón, pero he preferido disfrutarlo más lentamente, leyendo un par de capítulos por noche. No quería que se terminara tan pronto. Pero no os culpo si, al leerlo, os dura un suspiro; lo entendería perfectamente.

Si hay algo que se echa en falta, quizá sea el desarrollo de los personajes protagonistas. Alejandro Alvado apenas da unas pinceladas de cada uno de ellos, dejando mucho a la imaginación. Pero no tenemos que tomarlo como algo negativo, precisamente porque este es un libro en el que lo importante no es tanto el contenido, sino el continente. Nos da igual no saber cómo son los personajes en profundidad, o cómo piensan. Nos da igual no entender sus emociones o su forma de ser, sencillamente porque no lo necesitamos. Eso es lo bueno: que el trascurso de la historia sigue igual tanto si sabemos esas cosas, como si no. Así que, me ha gustado que el autor no se detuviera en darnos detalles innecesarios y fuera directamente el grano. Si se tratara de otro tipo de novela o narración, os podría decir que no, que yo necesito que me den personajes muy desarrollados y creíbles. Pero en este caso la historia en sí es tan interesante, que lo demás me ha dado absolutamente igual.

Habiendo dicho todo esto, no es de extrañar que ahora tenga una tremenda sensación de satisfacción. Cuando terminé el libro, lo hice con una sonrisa en la cara. No me podía creer que un libro de historia me hubiera gustado tanto. Sí, sin duda, hoy ha sido un gran día.

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La señora Fletcher, de Tom Perrotta

La señora Fletcher

La señora FletcherSi os digo la verdad, hacía ya varios libros que no me divertía tanto con uno como con el libro del que hoy os hablo. A veces me pongo muy intensita con mis lecturas y me olvido de que la literatura también sirve para entretener y divertir, así que cuando me llega uno de estos libros los disfruto muchísimo. La señora Fletcher es uno de esos libros que no esperaba que me fuera a gustar tanto y cuya lectura me ha sentado de maravilla. Gracias, Libros del asteroide y Tom Perrotta, por estos días en los que he acompañado a Eve y al resto de personajes en esta genial historia, me habéis alegrado las vacaciones de Semana Santa.

La señora Fletcher es Eve, una mujer de cuarenta y pocos años divorciada que vive con su hijo Brendan. Este será el primer año de Brendan en la universidad y el primer año que Eve tendrá la casa y todo su tiempo para ella sola. Así que Eve decide apuntarse a la universidad a un curso de “Género y sociedad” donde conocerá a personajes dispares que acabarán por convertirse en su nueva familia. Brendan, por su parte, descubrirá que la vida universitaria no es tan divertida como él pensaba.

Madre e hijo se enfrentan a una especie de crisis de identidad. Eve, en su papel de madre que empieza a vivir de nuevo, a redescubrir la amistad y aprovechar su soltería indagando en todas las posibilidades sexuales que le ofrece esta nueva etapa. Y son muchas, creedme. Y de lo más variado, como la vida misma. Y Brendan afrontando por primera vez su etapa de adulto y descubriendo que todo lo que había imaginado que sería su vida en la universidad no tiene nada que ver con la realidad.

El personaje de Eve me ha parecido una auténtica maravilla. Me gusta porque, durante mucho tiempo, las mujeres de esta edad parecían invisibles para el cine, la televisión e incluso la literatura. Como si a partir de los cuarenta sus vidas ya no fueran interesantes y no pudiera ocurrirles nada nuevo. Menos mal que hay gente como Tom Perrotta que nos demuestra que hay vida más allá de los cuarenta. Que las mujeres de esta edad también sienten, viven y disfrutan sus vidas.

No sé si es porque Tom Perrotta es guionista de series como The Leftovers, pero no dejaba de imaginarme esta novela llevada a la pantalla y las enormes posibilidades que tiene. En cualquier caso, su estilo literario es muy bueno también y se lee y disfruta de maravilla.

La señora Fletcher ha sido todo un descubrimiento y ha supuesto un gran flechazo literario para mí. Así que, obviamente, no puedo dejar de recomendaros este libro. Os prometo que lo vais a pasar bien.

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Cuaderno de naturaleza, de Julia Rothman

Cuaderno de naturaleza

Cuaderno de naturalezaEs totalmente cierto lo que Errata Naturae dice en la contracubierta del libro con lo de «Ningún libro sustituirá nunca a la naturaleza», y mucho más si quien tiene el libro en cuestión entre manos es un amante de ella, como supongo que le pasará a todo aquel que compre este. Pero también es cierto que el libro puede ser el brazo que te empuje hacia un mundo que siempre está abierto, donde todas las puertas son de entrada y al que le da igual quién y cómo seas: el mundo natural. De este maravilloso mundo habla Cuaderno de naturaleza, de Julia Rothman, autora de La vida en el campo.

Descubrí el mundo natural, en su plenitud, a raíz de adoptar a un perro (añado la “a” porque para mí son como humanos, o mejor). En realidad, para ser exactos, una perra. Ella, con su infatigable ánimo, me empujó a la montaña, me llevó por caminos repletos de árboles que parecían espejos por todo lo que me enseñaban de mí. Fue a partir de entonces, hace ya cosa de cuatro años, cuando vi que había un lugar en el mundo desprovisto de ojos en el que estar verdaderamente a solas. A medida que pasaba el tiempo y me acostumbré a mirarme estando inmerso en un bosque, empecé a mirar alrededor, a fijarme en todo lo que componía aquello que tan bien me hacía sentir, y descubrí un mundo sin fin. La montaña es algo así como el escaparate de una tienda favorita que abre las veinticuatro horas del día y no te pide dinero a cambio, solo un poco de amor, un poco de respeto, de buen trato, de ti. Tiempo después, me di cuenta de que también había libros que podían hacerte sentir algo parecido a lo que sientes cuando estás rodeado de verde. Leí alguno, me vi reflejado en ellos, sentí en ciertos momentos (todavía hoy lo siento) que alguien estaba escribiendo mi historia sin pedirme permiso pero dando completamente en el clavo. Una de las editoriales que más fuerte me golpearon (y golpea) en ese sentido fue y es Errata Naturae.

Hoy hablo de un título fuera de colección como es este nuevo Cuaderno de naturaleza, de Julia Rothman, un libro hecho por una amante de la naturaleza para amantes de la naturaleza. En él, Rothman desgrana el mundo natural desde su visión personal con datos, curiosidades, secretos y muchos dibujos. Amante de todo lo natural, consigue impregnar las páginas (aparte de con el maravilloso olor que desprende el papel, cosa, imagino, que no dependerá de ella) de un amor absoluto hacia un mundo que coexiste con nosotros y al que le debemos muchísimo más de lo que pensamos. Compuesto por siete capítulos, Cuaderno de naturaleza recorre desde lo más profundo de los ríos y lagos hasta lo más alto del universo: moscas grúa, cachalotes, tipos de abeja, constelaciones, anatomía de una hoja, formaciones nubosas con las que predecir el tiempo, etc. Todo ello acompañado siempre por su visión, su experiencia a través de paseos, pruebas, conversaciones. Además, incluye aportaciones propias y ajenas de, por ejemplo, recetas de cocina con hojas comestibles, metodología para una mascarilla natural, pasos para pintar un paisaje con acuarelas o para decorar tu pared con calcos de hojas del parque más cercano a tu casa. Todo muy simple, sí, pero certero.

Cuaderno de naturaleza es uno de esos libros que suelen llamarse de cabecera o de mesilla de noche, un libro al que recurrir cuando se tienen en la cabeza dudas tras, o durante, los paseos. ¿Cómo se llama ese árbol que siempre florece a estas alturas del año y que me tapa la luz de la habitación cuando lo hace? ¿Cómo es el cuerpo del murciélago que da vueltas alrededor de la luz de la farola que ilumina el parque de mi barrio? ¿Qué me dice el interior de un tronco cuando veo un árbol caído por el bosque? Todo ello y mucho más en un libro repleto de todo aquello que nos gusta a los que nos gusta lo natural. Un libro que solo por su olor ya debería comprarse. Y que encima tiene muchas cosas más. Para los que piensan en verde, en los que me incluyo, un nuevo tesoro para nuestras bibliotecas.

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Guía ilustrada de monstruos y fantasmas de Japón, de Sekien Toriyama

Guía ilustrada de monstruos y fantasmas de Japón

Guía ilustrada de monstruos y fantasmas de JapónCreo que ya he demostrado más de una vez que me fascina la cultura japonesa y que tengo predilección por las publicaciones de la editorial Quaterni, pues recupera obras antiguas para que disfrutemos de la esencia nipona. Hace un tiempo os hablé de El fantasma sin rostro y otras historias de terror, de Lafcadio Hearn y de Kaiki. Cuentos de terror y locura, una selección magnífica de relatos de varios autores, y hoy os traigo Guía ilustrada de monstruos y fantasmas de Japón, de Sekien Toriyama, el primer bestiario de fantasmas y monstruos japoneses de la historia, traducido por primera vez a una lengua occidental.

Guía ilustrada de monstruos y fantasmas de Japón se compone de cuatro libros de Sekien Toriyama. El primero es El desfile nocturno de los cien demonios ilustrado, que fue publicado allá por 1776 y clasifica a los seres en tres apartados: «Sombra», «Luz» y «Viento». El segundo volumen es Cien demonios ilustrados del presente y el pasado, que vio la luz en 1779 y se compone de las partes «Lluvia», «Último día» y «Mañana». El tercero es una extensión del anterior y lleva por nombre Suplemento de los cien demonios del presente y el pasado; se publicó en 1780 y se divide en «Nube», «Niebla» y «Lluvia». Y, por último, La bolsa de los cien utensilios aparecidos al azar, de 1789, que consta de los volúmenes «Superior», «En medio» e «Inferior». Además, cada uno de los libros incluye el prólogo y prefacio originales y, en esta segunda edición, la editorial Quaterni ha mejorado la calidad de las ilustraciones, pintadas hace más de dos siglos. Aunque no todas las criaturas que aparecen nacieron de las leyendas ancestrales niponas: algunas fueron importadas de China y Corea e integradas a la cultura japonesa y otros tantas, inventadas por el propio autor.

No me puedo olvidar de la traducción de Isami Romero Hoshimo, que ha sido lo más fiel posible al texto de Sekien Toriyama, pero que encima ha hecho una gran labor añadiendo algunas explicaciones para ayudarnos a comprender el nacimiento y el simbolismo de las decenas de seres que habitan esta enciclopedia tan peculiar.

La tradición nipona crea monstruos y fantasmas —a veces, vengativos y otras, bienhechores— para protegerse o dar respuestas a los fenómenos meteorológicos, a los desastres naturales, a las muertes inesperadas y, en general, a cualesquiera de los miedos humanos que surgen ante lo desconocido o lo socialmente censurado (como, por ejemplo, los burdeles, que tienen gran protagonismo en sus leyendas siniestras). Incluso los objetos cotidianos adquieren poderes paranormales para maldecir o premiar a los hombres. De este modo, al contemplar los grabados del pintor Sekien Toriyama descubrimos qué espíritu es el que nos quita la almohada de la cabeza cuando dormimos, cuál es el responsable de los desprendimientos de rocas o de los ahogamientos, por qué oímos tantos ruidos extraños por las noches o que una criatura puede aparecer en nuestro baño para lamer la suciedad si no somos demasiado aseados.

Es asombrosa la variedad de criaturas que surgen de las leyendas niponas y cómo, hoy en día, siguen inspirando sus mangas, animes, películas y literatura. Después de leer Guía ilustrada de monstruos y fantasmas de Japón, apetece volver a revisarlas para encontrar las mil referencias. Y es que, cuando uno se adentra en la cultura japonesa, ya nunca la abandona.

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El sueño de Newton, de Carolina Redondo

No me puedo imaginar lo que sentiría si mañana me despertara y no recordara absolutamente nada de mi vida. Ni quién soy, ni dónde vivo, de dónde vengo. Ni siquiera mi nombre. Como si acabara de nacer, así, de repente. Pienso en lo que sería echar la vista atrás para descubrir algo de mi pasado, aunque fuera solo una cosa pequeñita y solo ver un borrón negro. Nada más. ¿Por dónde empezar? ¿Qué hacer?

Algo así le pasó a Krups, uno de los protagonistas del libro del que vengo a hablar hoy, El sueño de Newton. Un día se despertó y no recordaba nada, como si le hubieran lavado el cerebro o se lo hubieran reseteado. Tiene que ser muy frustrante no saber ni cómo te llamas, por eso se autobautizó como Krups, lo primero que le vino a la mente. Un día, en terapia, conoció a Mara, que acudía a esos encuentros para superar la adicción a la droga en la que había caído después de la muerte de su madre. Como si el destino existiera, como si este quisiera que Krups y Mara estuvieran en la misma habitación en el mismo momento. Como si fuera necesario que se conocieran. Y tanto que era necesario… a medida que iban pasando las páginas de este libro, comenzaba a entender poco a poco por qué.

Pero la historia no se queda ahí, ya que para entender todo y desentrañar el misterio oculto en esa pérdida de memoria de Krups, tendremos que remontarnos al siglo XVII, concretamente a 1693. Al momento en el cual Isaac Newton hizo un descubrimiento que, de conocerse, podría cambiar todos los axiomas científicos y religiosos en los que creemos hoy en día. Por eso mismo, por las consecuencias que ello podría acarrear, Newton no se quiso arriesgar y lo dejó todo plasmado en un manuscrito que no llegó a sacar a la luz.

También tendremos que viajar en el tiempo y contemplar un cuadro pintado por Rembrandt, así como ser un tripulante más de una expedición que se hizo en la Antártida muchos años atrás.

Y, por supuesto, también viajaremos a Kenia y a Uganda, donde se esconde la confirmación a esa teoría que Newton tenía.

Y, pensaréis ¿qué tiene que ver todo esto con Mara y con Krups? Pues muy sencillo: Mara sabía de la existencia de esta teoría, la llevaba estudiando mucho tiempo. E, igual que sabía que cada día estaba más cerca de la respuesta que tanto tiempo llevaba buscando, también era consciente de que esa investigación la ponía en grave peligro. Así que, por ese miedo a desaparecer del mundo llevándose su investigación con ella, lo dejó todo plasmado en un diario para que, en caso de que la pasara algo, la persona que lo tuviera pudiera continuar lo que ella había empezado. Cuando Mara puso rumbo a Kenia para confirmar lo que ya venía sospechando desde tiempo atrás, ese diario fue a parar a las manos de Krups, que se vería involucrado en la investigación de una manera irremediable.

Tengo que decir que normalmente no suelo extenderme tanto en la descripción de la trama de un libro, ya que me gusta más centrarme en otras cosas que, a veces, me parecen más importantes. Pero esta vez quería desgranar cada uno de los componentes de esta historia escrita por la madrileña Carolina Redondo de una manera más detenida. Tal vez solo con la intención de que entendáis ante qué tipo de libro estamos. Digo esto porque es una trama de aventuras, en la que los protagonistas tendrán que pasar una verdadera odisea para conseguir lo que más ansían: la verdad. Los continuos saltos en el tiempo que nos llevan a los diferentes lugares que tienen que ver con la investigación, hacen que la historia sea muy entretenida. Pero no solo eso: nos mantienen muy atentos, ya que el protagonista está cambiando constantemente y nos va dando pistas sobre lo que nos podremos encontrar después.

Por eso quería darle tanta importancia a la trama, porque me parece muy interesante y muy confeccionada. Esto me ha gustado mucho porque se nota que hay una labor de investigación detrás del libro y que hace que las historias de los diferentes personajes en las distintas épocas estén muy hiladas. Aunque tantos cambios y tantas tramas pueden hacer que al principio nada tenga sentido. Los capítulos van pasando y los saltos en el tiempo comienzan a aparecer. Puede ser que esto resulte un poco lioso cuando todavía no sabemos muy bien de qué va toda la historia, pero os aseguro que va cobrando sentido poco a poco. Además, es un libro bastante cortito (tiene alrededor de doscientas páginas) así que no tenemos que esperar demasiado para que eso ocurra.

Por supuesto, ha sido un placer ir a África de la mano de Carolina Redondo. Tuve la suerte de poder ir a Kenia hace justo un año. Allí me quedé impactada por todo lo que vi, lo que sentí y, sobre todo, por lo que me contaron. Fui afortunada y en el viaje me acompañó un guía que me fue explicando todo lo que yo quería saber sobre ese increíble país. Sus creencias, su mitología, su forma de vivir la religión y lo extraordinario. Me quedaba embobada escuchando todas las historias que ese hombre tenía que contarme, así que volver a viajar a Kenia junto con Mara y descubrir todo lo que ella descubrió allí (y después en Uganda) ha sido una experiencia fantástica.

El sueño de Newton ha tenido una cosa que me ha gustado especialmente: la forma que tiene la autora de enredar lo corriente con lo extraordinario pareciendo que ambos mundo están unidos con un nexo irrompible. Se mezcla la ciencia con lo fantástico, la religión con lo mundano, de una manera muy sutil y delicada, haciéndonos entender que una cosa no puede vivir sin la otra. Es ese tipo de historia en la que ya no sabes qué es de verdad o qué es inventado, porque todo podría llegar a tener sentido. Carolina Redondo toma como base historias reales y después las usa a su antojo, dándonos un libro de aventuras muy peculiar.

En definitiva, una buena sorpresa que me ha llevado a escribir hoy estas palabras. Y, no, todavía no sé lo que haría si me levantara sin memoria una mañana. Ojalá tuviera un diario como el de Mara para dejar plasmado en él todo lo que no quiero olvidar. Pero, ¿sabéis lo bueno? Lo bueno es que podría leer muchísimos libros de nuevo con la ventaja de volver a ilusionarme como lo hice la primera vez.

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Un bello misterio, de Louise Penny

Hay un rasgo de las novelas de Louise Penny –y, supongo, de la propia Louise Penny– que me las hace especialmente queridas y atractivas, y es su total y absoluta ausencia de humor y, yendo más allá, la tendencia de la narradora –y, supongo, de la autora y de la persona– a hacer eso que en inglés, elocuentemente, se llama overthinking. Sobrepensar, ultraanalizar y, en suma, ejercer eso que yo denomino introspección brutal.

Del primer rasgo, la ausencia de tintes jocosos que, de un tiempo a esta parte, se han tornado una moda cada vez más mayoritaria en el género de intriga y misterio, sólo tengo que decir que disfruto de ello porque me gustan mis historias de misterio así, consideradas y contadas como las tragedias que son, no sólo porque giran en torno a una muerte violenta, sino porque la tragedia se extiende a todos los personajes comparecientes, abarcándolos e impregnándolos en mayor o menor medida; el misterio, o el crimen que está en el centro del misterio, entendido como metáfora de la gran transformación, antesala o eco terrenal de la transformación y el misterio supremos de la muerte.

Dicho rasgo es una constante en la producción de Louise Penny, y es parte de la voz de la autora, de su visión como escritora y, seguramente, de su cosmovisión; es igualmente profunda y sentenciosa no sólo cuando se refiere a la investigación del crimen propiamente dicha, sino también al narrar diálogos menos trascendentes entre el inspector jefe Armand Gamache, protagonista de sus novelas, y su inseparable e incondicional segundo al mando, Jean-Guy Beauvoir. Su estilo es profundo y grave lo mismo al describir el pensamiento de sus personajes cuando están enfrascados y absortos en la resolución del misterio como cuando refiere escenas cotidianas o domésticas de sus personajes. Es así. Esto hace que, justo al contrario de lo que sucede con muchos escritores, que usan el humor para restar seriedad a lo que se supone es un asunto serio y grave, por no decir trascendente, Louise Penny añade seriedad y trascendencia –pero también serenidad y sosiego, y una constante invitación al lector para acompañarla en el viaje a lo oculto, a lo poco visible y a lo inaprehensible que puede ocultarse en los recovecos de la realidad más banal– a la descripción de la realidad más insustancial. Una implicación de esto, a la par que consecuencia, es que nada es exactamente insustancial en los relatos de Louise Penny. Todo adquiere un significado, que puede permanecer sumido en los territorios de lo sutil o de lo vago hasta que la propia autora nos revela el sentido que ella quiso darle o ver en ello. Y esa voz y esa sensibilidad especiales hacen posible que los misterios que nos narra Louise Penny con su estilo profundo y perceptivo sean eso, misterios, no historias dramáticas pero banales, ni narraciones de intriga mediocres y sin ningún interés. Louise Penny ve algo digno de mención en todos los personajes, situaciones, momentos y objetos que cruzan sus páginas; usualmente, algo revelador desde el punto de vista psicológico.

Destacar todo esto tiene más razón de ser al hablar de Un bello misterio, incluso, que de otras novelas de la serie protagonizada por Armand Gamache, precisamente porque en esta novela se ahonda aún más en lo sutil, en lo levemente perceptible, como detalle que diferencia lo normal de lo extraordinario. Se puede entender la última palabra que pronuncia un hombre moribundo de una manera o de otra muy diferente, y en ello puede residir la clave de un misterio. Se puede ver en un objeto que nos acompaña cada día algo sin importancia o algo único en todo el mundo. Una edificación puede aparentar ser sólo un montón de ladrillos –bien que magistralmente apilados– pero en realidad ser algo mucho más trascendente que una simple obra bella. Un gesto, un fruncir de labios, una caída de párpados, puede desencadenar un drama psicológico. Y el paso del amor al odio puede ser muy pequeño; tanto, que se puede llegar a dar ese paso en cualquier momento. Y de ahí al asesinato puede mediar una distancia milimétrica. Ese juego de infinita riqueza es el que plantea Louise Penny en Un bello misterio, con mayor dedicación e intención que en cualquier otra novela anterior de Gamache. Y es que ningún escenario podría ser más propicio para la enorme capacidad de sugerencia y de penetración psicológica de Louise Penny que este monasterio perdido en lo más salvaje de Canadá, allí donde ni los lobos osan poner sus patas. Un monasterio perdido, tanto que mucha gente incluso desconoce su existencia, y también la de la orden que la habita, la misteriosa orden monacal de los gilbertinos. Una comunidad de estricta clausura y voto de silencio que se ve empujada a la crisis por causa del asesinato de uno de los hermanos. O, tal vez obviamente, quizás el asesinato es fruto de la crisis y no su desencadenante.

Armand Gamache y, sobre todo, su inseparable Jean-Guy Beauvoir se encuentran desubicados y desarraigados en ese remoto monasterio. Gamache pronto hallará un gran consuelo en los cantos gregorianos en los que los hermanos gilbertinos son maestros; pero Beauvoir, descreído, cínico y aún librando una dura batalla interior (y exterior -en este caso, contra los analgésicos a los que se hizo adicto), verá resucitar algunos fantasmas y ello hará que su papel en esta novela sea mayor de lo que nos tiene acostumbrados.

Louise Penny consigue que cada monje de Saint Gilbert tenga personalidad propia y sea perfectamente distinguible de los demás. Cada monje es un personaje completo, a despecho de la sotana que pretende igualarlos a todos. Gamache verá muy pronto que el monasterio es una pequeña sociedad formada por individuos, por personas, con sus propias idiosincrasias, opiniones –en ocasiones, muy fuertes–, comportamientos, afinidades y aversiones. Una sociedad, en este caso, profundamente afectada por conflictos internos que saldrán a la luz a lo largo de la investigación. Pero también encontrará una sociedad con miembros que tienen algo muy importante en común, algo que todos ellos aman por encima de (casi) todo: la música. Si bien es siempre imposible describir la música por medio de la literatura, por bella y entregada que ésta sea –y la de Louise Penny lo es–, la autora se esfuerza por transmitirnos, si no el sonido de la música interpretada por los monjes, al menos sí las emociones que ésta puede inspirar. La música, en Un bello misterio, no es solamente un arte, sino también un instrumento que acerca a los monjes gilbertinos –y también a muchas otras personas seglares– a la divinidad, a un estado de paz y de contemplación muy parecido al éxtasis.

Un bello misterio es destacable también por el juego entre opuestos que Louise Penny nos propone, utilizando para ello diversos pares de motivos, personajes, situaciones, sentimientos, etc., donde cada uno es el opuesto del otro. Saint Gilbert queda así retratado como un lugar donde de forma persistente se presenta a cada personaje una elección entre dos caminos contrarios, lejos de la imagen dogmática, impositiva y autoritaria que uno pueda tener de la religión institucionalizada. Los monjes de Saint Gilbert –y también Gamache, Beauvoir y cualquier otro personaje no religioso de la novela– tienen continuamente libertad para elegir entre dos opciones contrapuestas. Dios no les castigará si optan por lo erróneo,pero sin duda hallarán un castigo en cualquiera de las infinitas formas que los castigos suelen adoptar en la vida terrenal. El asesinato se nos presenta entonces como error supremo,que debe hallar su castigo, aunque éste no sea el que comúnmente podamos atribuir a este crimen.

Un bello misterio es una obra singular dentro de la serie protagonizada por Gamache, con mayor profundidad psicológica, más matices, y más riqueza y capacidad simbólica en personajes, tramas e historias.

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Siete sitios sin ti, de Juan Berrio

Siete sitios sin ti

Siete sitios sin tiHay historias que son difíciles de contar. El amor y el desamor siempre han sido una fuente inagotable de motivación para escritores y, en este caso, para ilustradores como Juan Berrio. Pero, sinceramente, creo que narrar una historia de desamor con tanta sutileza y emoción como lo ha hecho el autor a través de sus dibujos debe de ser muy difícil. Así que valoro mucho la delicadeza del autor en esta preciosa novela gráfica.

Seguro que la historia os suena. La mayoría de nosotros hemos estado ahí, podemos identificarnos con lo que siente Elena. Pero, ¿qué es lo que siente Elena exactamente? Pues que está perdiendo a Jorge, su pareja sin saber muy bien por qué. Instalados en la casa de los padres de éste, Elena empieza a darse cuenta de que pasa demasiado tiempo sola, que Jorge ya no está en casa cuando debería, que apenas conversan y que la distancia es cada vez más insalvable.

Así que Elena decide irse de casa y acabar con la relación, si es que lo que tenían los dos aún podía llamarse así. Siete sitios sin ti narra la huida de Elena y su intento de recomponer lo que hasta entonces pensaba que tenía bajo control: su propia vida. Cómo veis no es una historia fácil. Y, como os decía, narrarla de forma ilustrada se me antoja más complicado si cabe. Pero el resultado es una maravilla. Estos siete sitios son los lugares de la ausencia de la relación, lugares y momentos por los que Elena pasa tratando de mirar hacia adelante, de entender qué ha sucedido y cómo puede salvarse de esa avalancha de emociones.

Con unos dibujos delicados, que trasmiten el argumento a la perfección y unos colores que atrapan y condesan de manera brillante toda esa revolución de sensaciones que experimenta Elena, Siete sitios sin ti me ha parecido perfecto y emocionante. Resulta muy difícil no sentirse identificado con esta historia repleta de silencios y sensaciones.

Un cómic que es una reflexión sobre las relaciones de pareja y lo difícil de la convivencia cuando la pasión desaparece. Como señala la propia editorial, esta es la primera obra triste del autor, quien ya ha publicado con ellos La tirita o La moto de papá y que lleva más de 25 años dedicado al mundo de la ilustración y del cómic.

Emocionante, brillante y muy emotivo. Siete sitios sin ti me ha parecido una auténtica maravilla capaz de hacernos sentir y vibrar a través de sus ilustraciones.

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Una rama caída, de Rafael Donaire Casas

Una rama caída

Una rama caída

“Afortunadamente no recuerdo muchas cosas de mi niñez, pero de algunas sí que me acuerdo. Tengo grabadas en mi memoria las peleas entre mis padres, cómo mi padre golpeaba a mi madre…”

Hay sinopsis que te preparan para lo peor. Quien empiece a leer la de Una rama caída, sabrá por la misma que estamos ante una novela dura, muy dura. No seré yo quien diga otra cosa, pero tengo que agradecer sinopsis como esta que no son utilizadas para destripar el argumento. Lo mejor es que simplemente se haga un aviso al lector de lo que va a encontrar, como pasa en este libro de Rafael Donaire Casas. Detrás de esa dura y contundente primera frase llena de sufrimiento encontramos una historia sencilla, pero a la vez maravillosa.

Una historia que comienza en el barrio de Tetuán, en un Madrid de posguerra muy empobrecido. Juana se queda viuda con cinco hijos a los que tiene que sacar adelante. La pequeña de todos ellos, Isabel, empieza a cargarse de responsabilidades a muy temprana edad, creciendo poco a poco en el seno de una familia que no le proporciona felicidad y de la que se encuentra aislada en muchos momentos. Llega a la madurez con las ideas muy claras de lo que quiere encontrar, sobre todo en lo que a hombres se refiere, y terminará en los brazos de un apuesto joven llamado Francisco, con el que tendrá dos hijos. Y una vez llegados a este punto, prefiero, tras lo dicho en el párrafo anterior, no ser yo el que destripe toda la trama del libro. Aunque uno puede llegar a imaginarse que lo que sucede a continuación no será plato de buen gusto.

El inicio de la novela está narrado en tercera persona. El autor nos va presentando a los personajes y el pequeño mundo construido alrededor de los mismos. Será en la segunda parte cuando el relato pase a manos de Álvaro, el segundo hijo del matrimonio entre Francisco e Isabel. Este es sin duda el personaje con el que más he llegado a empatizar. Su vida no será sencilla, pero siempre intenta actuar de una forma correcta y concienzuda, lo que no siempre es sinónimo de acierto.

Una rama caída ha sido una sorpresa para mí. Esperaba una historia dura, y así ha sido, pero no esperaba encontrarme con un libro tan bien armado y desarrollado. Rafael propone una narración lineal, en la que vamos conociendo, amando y despreciando a sus personajes a partes iguales. El autor imprime a la novela un ritmo sereno, tranquilo. Con mucha narración y poco diálogo, la historia va calando dentro del lector, sufriendo con las desgracias de los personajes y alegrándonos con las pequeñas (y pocas) victorias que el día a día les otorga. El punto fuerte de esta novela se encuentra en la cercanía y la cotidianidad. La familia de Isabel y Francisco puede ser el reflejo de muchas familias que tuvieron que pasar desdichas e infelicidades durante décadas, sobre todo en épocas como el Posfranquismo o los años 80.

Que libros como este no lleguen al mercado editorial de la mano de algún sello más reconocido nos habla a las claras de lo difícil que está a día de hoy este mundo en el que nos movemos. Una rama caída es una pequeña joya que debería ser más conocida entre los lectores. Rafael Donaire Casas escribe una novela con un realismo que asusta; un libro lleno de amor y valentía, pero plagado también de tristeza, cobardía y desarraigo.

César Malagón @malagonc

 

 

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Memorias de una osa polar, de Yoko Tawada

memorias de una osa polar

memorias de una osa polarTengo sentimientos encontrados con Memorias de una osa polar, de Yoko Tawada, así que no sé muy bien cómo empezar esta reseña. Intentaré ir por partes.

¿Cuáles eran mis expectativas? Pues leer la historia de tres generaciones de osos polares: la abuela, que escribe sus memorias; Tosca, la hija, que trabaja en un espectáculo del circo y Knut, el nieto, que es la estrella de un zoo. Este último está inspirado en un oso real, pero supongo que lo que os ha llamado la atención ha sido que una osa polar sea capaz de escribir sus memorias. Eso es porque los tres protagonistas de esta novela tienen raciocinio y sentimientos similares a los humanos, pero sin perder su esencia animal. Y sí, eso es un enfoque interesante, ya que, de este modo, los lectores podemos adentrarnos en la mente de los osos y, a la vez, observar el comportamiento humano desde fuera.

Pero ¿qué me he encontrado al leer Memorias de una osa polar? No una saga familiar, si no tres historias independientes. Los osos protagonistas, aunque son familia, en ningún momento están juntos y la forma de narrar sus vidas es distinta, por lo que he estado desubicada durante toda la lectura. Por un lado, la abuela nos va relatando cómo escribe sus memorias a medida que recuerda pasajes de su infancia y, mientras tanto, acude a congresos con otros humanos, que la tratan con normalidad, aunque en ocasiones no le hagan mucho caso porque es una osa polar.

Después, pasamos a la segunda parte, donde es la cuidadora del circo quien nos habla de sí misma y de Tosca, la osa polar con la que comparte número. En ningún momento se deja claro si las conversaciones entre ellas se dan en la realidad o solo en sueños, y hasta el tramo final la osa no toma la palabra, y lo hace para hablar de su cuidadora, que es también su mejor amiga.

Por último, conocemos a Knut desde que es un recién nacido hasta que pesa más de sesenta kilos, y es él, al principio en tercera persona y luego, en primera, el que relata el entrañable vínculo que establece con su cuidador, al que ve como una madre.

¿Comprendéis mi extrañeza? Con los continuos cambios de perspectiva, el papel ambiguo de los animales y los escasos elementos en común entre los personajes, me empeñaba tanto en encontrarle un sentido al conjunto que no me dejaba llevar por la prosa y el sentido del humor de Yoko Tawada. Y es una lástima, porque como historias independientes me han funcionado, sobre todo la última, con la que es muy fácil empatizar.

Memorias de una osa polar no solo es la historia de tres osos polares, es sobre todo una reflexión continua sobre el arte, la fama, los circos, la identidad, el idioma y los vínculos afectivos. Todo ello contextualizado dentro de los años de la Unión Soviética y la posterior caída del muro de Berlín, lo que da pie a una sátira política y social. Por tanto, contiene un sinfín de elementos atractivos, de frases memorables, de escenas divertidas e incluso emotivas. Y pese a todo ello, no he conectado con la novela. Y me siento culpable, porque creo que Memorias de una osa polar tiene tantas lecturas que soy yo quien no ha sabido captar ni la mitad.

Es la clase de novela a la que hay que volver pasado un tiempo y demorarse en la lectura entre líneas para captar algo nuevo cada vez. Y también es el tipo de historia de la que cada lector interpretará algo totalmente distinto. Esa es la virtud de Memorias de una osa polar y, al mismo tiempo, lo que dificulta su lectura. Así que absteneros si os gusta que os lo dejen todo clarito y atreveros si estáis buscando una novela diferente. No cometáis el error de ir con expectativas como yo, solo dejaos llevar por el ingenio de Yoko Tawada.

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La hoguera de los inocentes, de Eugenio Fuentes

la hoguera de los inocentes

la hoguera de los inocentes«Linchamientos, cazas de brujas y ordalías», así reza el subtítulo de La hoguera de los inocentes, el ensayo de Eugenio Fuentes. Y yo, con solo esa frase, me sentí atraída. No sé por qué, me gusta leer sobre el lado oscuro de los seres humanos, cómo somos capaces de llegar hasta los extremos más insólitos de maldad y sinrazón para hacer daño a nuestros semejantes. Eso esperaba encontrar en esta obra: un repaso histórico de estas prácticas de coerción y tortura. Pero, para mi sorpresa, hallé mucho más.

Todos sabéis qué son los linchamientos y las cazas de brujas, pero pocos habréis oído la palabra ordalía. No es de extrañar, ya que es un término medieval. Se denominaba así a los procedimientos judiciales en los que el acusado tenía que demostrar su inocencia. Del estilo: te ato de pies y manos y te tiro al mar; si no viene Dios a salvarte y mueres ahogado es porque eres culpable. Nunca se cuestionaba la sentencia (supuestamente) divina, ni siquiera cuando las pruebas o la misma lógica la rebatían. Era aterrador.

Podemos pensar que esas atrocidades pasaron a la historia, pero en 2017, en Nicaragua, Vilma Trujillo fue quemada en la hoguera, para liberarla del demonio. Aunque sea un caso aislado, eso no quita que la ordalía sigue vigente —e incluso revitalizada— en la actualidad, porque los seres humanos todavía nos dejamos llevar por miedos y prejuicios cuando acusamos —y sentenciamos— a otros por lo que son y no por lo que hacen.

Eugenio Fuentes nos habla sobre cómo se ha ido transformando la ordalía a lo largo de los siglos y, de este modo, no solo vemos cómo ha cambiado el procedimiento jurídico, sino también el contexto social y religioso en que se produce. Con todos estos elementos, este ensayo ya me hubiera encantado, pero es que encima incluye otro de mis temas favoritos: la literatura. Y es que Eugenio Fuentes profundiza en la (ausencia de) ética de las ordalías a través de la estética de las obras literarias que la han representado. No podía ser de otra forma, ya que el autor admite que el germen de este ensayo fue la novela El proceso, de Kafka.

El repertorio de obras mencionadas es largo: Ivanhoe, de Walter Scott, para confirmarnos que la ordalía se percibía como algo normal en la época medieval; El hereje, de Miguel Delibes, Castellio contra Calvino, de Stefan Zweig, y Nathan el Sabio, de Gotthold Ephraim Lessing, para profundizar en las diversas formas de la ordalía religiosa; el terrorífico libro Malleus maleficarum, de Heinrich Kramer y Jakob Sprenger, que incentivó la caza de brujas, junto a La bruja, de Michelet, y Las brujas de Salem, de Arthur Miller, para analizar las consecuencias de estas persecuciones; Intruso en el polvo, de Willian Faulkner, Matar a un ruiseñor, de Harper Lee, Blues de la calle Beale, de James Baldwin y En busca de Bisco, de Erskine Caldwell, para ejemplificar los casos de ordalía racial; Huracán en Jamaica, de Richard Hughes, Expiación, de Ian McEwan y La calumnia, de Lillian Hellman, para mostrarnos como la presunción de veracidad a la infancia también es un tipo de ordalía; Historia de la columna infame, de Alessandro Manzoni y De los delitos y las penas, de Cesare Beccaria, para reflexionar sobre el sinsentido de la tortura como método de confesión; Las «aventuras» de Caleb Williams, de William Godwin y El lugar de un hombre, de Ramón J. Sender, para examinar la ordalía social; El Palacio de los Sueños, de Ismaíl Kadaré, para adentrarse en las ordalías totalitarias que dominaron el siglo XX; Vindicación de los derechos de la mujer, de Mary Wollstonecraft, La letra escarlata, de Nathaniel Hawthorne, El cuento de la criada, de Margaret Atwood y Billy Budd, marinero, de Herman Melville, para ver la persistencia histórica de la ordalía sexista; Una extraña confesión, de Antón Chéjov, El anochecer, de David Goodis, e Inocencia trágica, de Agatha Christie, para enfocar este fenómeno desde la perspectiva de la novela negra, de la que Eugenio Fuentes es especialista; Cinco esquinas, de Mario Vargas Llosa, y Areopagítica, de John Milton, para abrirnos los ojos a la ordalía virtual de la que somos testigos (o protagonistas) en las redes sociales; y concluye con El caso de Maurizius, de Jakob Wassermann, con la que retrata cómo el ordalizado siempre es destruido.

Todas estas obras le sirven para disertar sobre la ordalía de una manera accesible y amena. Pero no se conforma con eso y también hace crítica literaria, destacando los puntos fuertes o carencias de las tramas y personajes, lo que nos provoca unas ganas tremendas de leer las obras de las que nos habla, aunque alguna que otra vez se extralimite y nos cuente hasta el desenlace.

A mí me fascina indagar en el lado oscuro de los seres humanos a través de la literatura, pero estoy harta de verlo cada vez que enciendo la televisión o entro en las redes sociales. Ahora, la ordalía puede ejecutarla cualquiera contra cualquiera y no hace falta recurrir a una hoguera para destrozarle la vida a alguien. Como afirma Eugenio Fuentes, «una ordalía refleja a la víctima, pero también a la comunidad que la ejecuta o lo consiente». Así que deberíamos plantearnos qué clase de sociedad queremos ser. La hoguera de los inocentes es una lectura muy útil para ello, pues nos hace tomar conciencia de que esa aberración llamada ordalía no es cosa del pasado, desgraciadamente.

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