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La vida es sueño, de Ricardo Vílbor, Alberto Sanz y Mario Ceballos

La vida es sueño

La vida es sueño… mas desperté del dulce desconcierto

y vi que estuve vivo con la vida,

y vi que con la vida estaba muerto.

No son versos de Calderón, sino de Quevedo. Y aunque las diferencias entre ambos son palpables -pues mientras el segundo nos narra un sueño erótico, el primero nos ofrece una visión metafísica de la vida-, lo cierto es que la metáfora de la vida como sueño parece haber inspirado a más de un grande de nuestro siglo de oro. La metáfora, desde luego, no es cosecha de don Pedro, sino que se remontaba bastantes siglos atrás. Calderón, sin embargo, tomó como punto de partida este viejo concepto platónico y creó una obra maestra universal cuya influencia se extiende hasta la cultura popular de nuestros días. ¿Qué son películas como Matrix, Inception, Desafío Total o incluso Pesadilla en Elm Street, entre muchas otras, sino nuevas aproximaciones al tema de la realidad frente a la fantasía?

¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión.

Quiero creer que cualquier español, incluso aquél que, como nuestros líderes políticos más significados, no lea más que tuits, reconocerá estos versos calderonianos que, como muchos otros de La vida es sueño, han pasado a formar parte del acervo popular. Sin embargo, con el paso del tiempo, y por el motivo que sea, el aspecto visual de la obra ha quedado a la sombra de los versos. Dicho de otra manera: decimos Hamlet y todo el mundo tiene ante sí al príncipe danés hablando a la calavera de Yorick. Decimos Romeo y Julieta, y vemos a nuestros tortolitos haciéndose arrumacos en el balcón veronés. Decimos Segismundo y… ¿qué vemos, míseros de nosotros? Pues bien, aquí es donde entra en escena, nunca mejor dicho, esta excelente adaptación del clásico de Calderón.

Porque La vida es sueño, como cualquier obra de Hamlet, Sófocles o Tennesee Williams, está repleta de imágenes icónicas que el nombre de Segismundo debería evocar en nosotros. Sin ir más lejos, ¿qué imagen hay más poderosa que la del hombre encadenado en una torre desde su niñez? Y esta es sólo una de las muchas imágenes memorables que encontramos en este fantástico trabajo de Ricardo Vílbor (guión), Alberto Sanz (dibujos) y Mario Ceballos (color), que recuperan para el lector, tanto para el que ya la conoce como para el que se acerca a ella por primera vez, una obra de absoluta vigencia.

Claro que, hablando de vigencia, el lenguaje del siglo de oro, como muy acertadamente se apunta en la introducción, puede en algún momento espantar al lector joven. Es posible que, en general, la lectura de nuestros clásicos necesite cierta preparación. Al fin y al cabo, no podemos pedir al que no ha leído más que Harry Potter o El señor de los anillos (sin el menor ánimo de desmerecer) que abrace con entusiasmo una obra que empieza de esta guisa: Hipogrifo violento / que corriste parejas con el viento… Por eso brilla Vílbor en su adaptación del texto original, que, sin perder de vista el espíritu de la obra y manteniendo sus versos más conocidos, lo agiliza y hace más accesible. Y que canten misa los puristas.

El primero de los tres actos se abre con peces muertos, un recién nacido maldito, y una atmósfera envuelta en un rojo sangriento. Los lectores de novelas gráficas no acostumbramos a dar al color la importancia que se merece. Por ello es de agradecer el interesantísimo making of que tenemos al final de este libro, que nos hace pasar las páginas hacia atrás para apreciar de nuevo las ilustraciones, de estilo ágil, atractivo y sin florituras estilísticas, y sobre todo, el extraordinario uso de la luz, que tanta importancia tiene en esta historia y, como nos recuerdan en las viñetas finales, en el teatro. Que es de lo que se trata.

 

 

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Con amor, Simon, de Becky Albertally

Con amor, Simon

Con amor, SimonOs tengo que reconocer que una de mis películas favoritas de cuando tenía unos trece años era Una Cenicienta moderna. Una cursilada de película donde Hilary Duff se enamoraba de un chico de su instituto pero que no sabía exactamente quién era. Es decir, ellos se mensajeaban a través del ordenador y ambos ocultaban su identidad, de manera que estaban seguros de que se habían visto en el instituto pero no sabían con certeza quién era quién. Y luego hay una escena súper ridícula en la que quedan en un baile típico americano en el que hay que ir disfrazado. Ella va con un antifaz ¡un puñetero antifaz!, pero él no es capaz de reconocerla. En fin, Hollywood…

Con amor, Simon, me ha recordado inevitablemente a esa etapa oscura de mi vida. Y esto se debe a que en este libro conocemos a Simon, que es gay pero todavía no ha salido del armario. Y sea como sea, conoce a un chico de su instituto a través de internet (y que no tiene la menor idea de quién puede ser) y al final acaba enamorándose de él tras innumerables mensajes que se mandan bajo un alias. Ya veis que la trama es más que parecida, pero las similitudes se quedan ahí. El libro del que vengo a hablar hoy, escrito por Becky Albertally y editado por Puck, va más allá. Al poco de empezar a leerlo conoceremos a Martin, el típico abusón de instituto, que descubre que Simon es gay ya que este se deja el correo abierto en un ordenador de la biblioteca (¡hay que ser estúpido, Simon!) y entonces decide extorsionarle pidiéndole un favor a cambio de no desvelar “ese oscuro secreto”.

Entonces veremos cómo Simon se tiene que enfrentar a la disyuntiva de ceder ante ese chantaje o plantarle cara a Martin y zanjar todo el asunto. Evidentemente, si hubiera ocurrido esta segunda opción, no habría novela, ya que se hubiera terminado en el primer capítulo. Pero bueno, aun así, nosotros veremos cómo se encara a ese dilema y las consecuencias que ello le va a traer a lo largo de todo el libro.

Becky Albertalli tiene una forma de escribir muy peculiar y es que esta novela está narrada en primera persona. Al ser así, ella adopta el lenguaje de un chico de dieciséis años, es decir, un lenguaje repleto de muletillas y frases hechas. Y leerlo es muy divertido, ya que el lector se puede imaginar perfectamente que es Simon el que le está contando la historia directamente a él, sin intermediarios. Esto hace que quien lo lee se sienta todavía más unido al personaje, considerando al protagonista como un viejo amigo al que se le quiere aconsejar al ver que la está cagando. Esto me recuerda a cuando mi abuela le habla a la telenovela y yo me río. Pues eso. Igualitas.

Me ha gustado especialmente que los personajes secundarios estuvieran muy cuidados. Estos evolucionan a la vez que los hace el protagonista, ya que ellos también tienen sus problemas, sus idas y venidas. En concreto, me ha gustado mucho el papel de Leah, ya que en ella se puede ver muy bien el hecho de que cada uno lleva dentro su propio infierno personal. No solo el protagonista lo pasa mal, no solo Simon tiene problemas, sino que cada uno de ellos está luchando sus propias batallas.

Y aunque ya, en pleno año 2018, no deba decir esto, lo voy a decir igualmente: me gusta que haya libros que tengan personajes gays. Me gusta que su relación gay sea lo principal de la historia. Me gusta que no sea chico chica. Y no debería decirlo porque ya no debería ser motivo de mención. Es decir, debería ser más que normal leer una historia de gays, lesbianas, trans o lo que sea, sin necesidad de decir “ah sí, esa novela en la que el prota es gay”. Cuando leo un libro de John Green nadie me dice “ah, sí, esa novela de heteros”. Pues eso. No sé si  me estoy explicando o no, la verdad es que en mí cabeza esto está más claro, pero creo que el mensaje que quería dar lo he transmitido.

Así que nada, para terminar diré que igual la comparación que he hecho al principio no le hace justicia a este libro. Bueno, igual no. No le hace justicia. Pero no me digáis que la relación no es más que evidente. Y dado que todavía no puedo ver la adaptación de Con amor, Simon, creo que me conformaré viendo está noche a mi querida Hilary Duff y su vestido de Cenicienta.

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Fuente Ovejuna, de Lope de Vega

Fuente Ovejuna

Fuente OvejunaMe interesa leer obras literarias de otros siglos porque me fascina descubrir cómo trascendieron en el tiempo. ¿Fue por la historia que contaban? ¿Por sus personajes? ¿Por las innovaciones artísticas que introdujeron? Puedo disfrutar más o menos al leerlas, pero siempre me parece enriquecedor conocer los motivos por los que destacaron entre el resto, haciéndose un hueco en la historia de la literatura universal.

Si hablamos de clásicos españoles, es casi una obligación mencionar a Lope de Vega, el dramaturgo que, pese a su prolífica trayectoria, ha quedado fijado en la memoria colectiva por Fuente Ovejuna, obra teatral publicada por primera vez en 1619, en la que ficcionaba un hecho real ocurrido en este pueblo cordobés en 1476. Porque ¿quién no ha oído alguna vez «Fuente Ovejuna, todos a una»? Que una obra adquiera mucha más relevancia que el hecho histórico del que habla y que llegue a formar parte del refranero popular da buena cuenta de su impacto más allá de la literatura, por eso este título en concreto llevaba mucho tiempo en mi lista de pendientes.

Sabía de qué iba Fuente Ovejuna y, por supuesto, su famoso desenlace, pero quería conocerla de primera mano. Y ha sido una suerte hacerlo con la edición de José Antonio Torregrosa Díaz, recién publicada por Anaya, ya que ha modernizado la ortografía lo suficiente para facilitar la lectura, pero respetando giros propios de la época y la estructura original del teatro del barroco. Eso, unido a las anotaciones al pie de página con explicaciones sobre cuestiones históricas, vestimentas y costumbres de aquellos años, ayuda a comprender mejor el texto y a profundizar en las múltiples lecturas que hay en la historia de Fuente Ovejuna.

Como es habitual en este tipo de ediciones destinadas al ámbito académico, José Antonio Torregrosa Díaz hace una introducción extensa para contextualizar la obra dentro del Siglo de Oro, un periodo especialmente convulso en lo político y económico. También explica cómo era el teatro entonces. Me ha llamado la atención que en aquellos tiempos el director de la obra se apropiara del texto, hasta el punto de reescribirlo o publicarlo sin tener en cuenta al autor del mismo. Lo que me hace pensar que cualquier versión de Fuente Ovejuna que leamos ahora estará lejos de ser una reproducción exacta de la que escribiera Lope de Vega en su día.

Tras esta introducción, se da paso a la obra, la que no me molestaré en explicar porque es mundialmente conocida. En el caso de que quede alguno que no sepa el argumento, suerte tiene, ya que así podrá disfrutarla en mayor medida si cabe. En las últimas páginas del libro, José Antonio Torregrosa Díaz dedica un apartado a analizar la obra y su repercusión, y eso enriquece mucho más la lectura.

Todo aquel que ya la haya leído, que se posicione: ¿es Fuente Ovejuna la historia de la lucha de un pueblo por su supervivencia o simplemente una exaltación de la monarquía? ¿Acaso es posible hacer lecturas tan diferentes de una misma obra? Como decía un profesor mío de la universidad, cuando algo suscita opiniones tan extremas es porque, seguramente, no se posiciona ni en un lado ni en el otro, sino que va mucho más allá. Por eso, el mensaje de esta obra de Lope de Vega sigue siendo actual, pues puede interpretarse según las circunstancias de cada momento. Ahora ya sé que ese es el motivo por el que Fuente Ovejuna se ha hecho un hueco en la literatura universal. Y por esa misma razón os recomiendo su lectura por muchos años que pasen.

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Me acuerdo, de Joe Brainard

Me acuerdo

Me acuerdoQué mal lo he pasado con este libro, de verdad. No lo he pasado mal en el sentido de “qué libro más horrible”, qué rollo, que se acabe ya”. Nada de eso. A mí el libro me ha encantado, pero ha sido una lectura larguísima y llena de interrupciones. Y la culpa es mía, o de Brainard, según se mire.

Voy por partes, que me lanzo. Me acuerdo es un libro inclasificable, porque tiene un poco de todos los géneros. Pero digamos que se mueve entre la narración de unas memorias muy poco convencionales y algo de poesía. Publicado por primera vez en 1970, Me acuerdo resultó ser un libro tan inspirador que, el mismo Georges Perec le copió la idea más tarde con su libro Je me souviens (por supuesto, se lo dedicó a Brainard).  Autores como Perec o el poeta Padgett se preguntaron: “¿Por qué no se nos habrá ocurrido a nosotros una idea tan elemental?”. Eso mismo se habrán preguntado muchos otros. Hasta yo misma me lo he preguntado mientras lo leía. ¿Por qué? Pues porque estas cosas se les ocurren a los genios, a mí desde luego que no. Y qué bien que haya gente tan maravillosa y polifacética como Brainard, que tienen esa lucidez de escribir un libro tan simple y perfecto como este.

La fórmula es sencilla. Todas las frases que contiene este libro empiezan con un “Me acuerdo” y así surge lo que os decía, una especie de autobiografía de lo más original.

“Me acuerdo de, cuando trabajaba en un snack-bar, el coraje que me daba la gente que pedía batidos con leche malteada”.

“Me acuerdo de intentar imaginarme cómo era por dentro”.

“Me acuerdo de fantasear con vivir en el pasado y de tener la ventaja (y en ocasiones la desventaja) de saber lo que iba a pasar antes de que pasara”.

Hay tantos “me acuerdo” en sus casi ciento cincuenta páginas que es imposible no acabar sintiendo una tremenda empatía con Brainard por su forma de narrar sus memorias, a veces poética, a veces divertida, a veces cruel. He disfrutado muchísimo con este libro, lo prometo, pero qué mal lo he pasado también. ¿Por qué? Pues porque para mí ha sido dificilísimo avanzar. Cada vez que leía uno de sus “me acuerdo” me venían a la memoria los míos y he tenido que pararme a escribirlos, por miedo a olvidarlos. Así que leer este libro se ha convertido al final en la escritura de uno propio. Mi propio “Me acuerdo”. Que llevo ya setenta páginas, no os vayáis a pensar que estoy exagerando. Una auténtica delicia que no puedo dejar de recomendaros. Qué forma más maravillosa de recordar junto a Brainard.

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Cuentos españoles del siglo XIX, edición de Juan Carlos Fernández Serrato

Cuentos españoles del siglo XIX

Cuentos españoles del siglo XIXYo traía el amor por la literatura de serie, pero si hubiera sido por el colegio o el instituto, se me hubiesen quitado todas las ganas de leer. Libros de texto de solo teoría, una lectura obligatoria por trimestre y poco más. ¿Qué quedaba de todo eso al final de curso? Algún nombre memorizado, algún concepto vagamente familiar y después, el olvido, cuando no el odio más acérrimo por ciertos escritores que nos metían con calzador (Azorín, estoy pensando en ti).

Comprendo que es difícil explicar la historia de la literatura, aunque nos ciñamos a un solo siglo. Pero unos cuantos escritores, obras y fechas dichos de corrido y sin establecer relaciones entre ellos no es el método más indicado, eso seguro. Ojalá hubiera tenido yo de lectura obligatoria libros como Cuentos españoles del siglo XIX y un profesor capaz de salirse del guion para transmitir el amor por las letras.

En Cuentos españoles del siglo XIX, Juan Carlos Fernández Serrato ha seleccionado quince cuentos para hacer un recorrido por las diversas estéticas que se dieron lugar en la literatura española del siglo XIX. Desde artículos de costumbres, pasando por las leyendas con ecos del romanticismo hasta llegar a las primeras muestras del modernismo, esta edición es una forma didáctica de ver y comprender la transformación la literatura española a lo largo de esa centuria. No podía faltar la introducción teórica inicial, en la que se explican los principales acontecimientos políticos y económicos de la época, así como las ideas filosóficas y literarias más representativas, que si bien no es la parte más amena del libro, está relatada con la suficiente claridad y concisión para cumplir su papel de contextualizar todos los cuentos que vendrán después. Fernández Serrato tampoco se olvida de hacer un breve resumen de qué se considera cuento y de la evolución que tuvo este género durante el siglo que nos ocupa. Y a partir de ahí, los relatos escogidos, escritos por los autores más relevantes de la época.

«El café», de Mariano José de Larra, en el que describen a los típicos parroquianos de un café de entonces, aunque bien podrían ser los de un bar actual, por sus discusiones fanáticas sobre política y sus continuas muestras de desprecio hacia cultura y el trabajo.

«El pastor clasiquino», el ejercicio literario de José de Espronceda para criticar a los poetas neoclásicos pasados de moda.

«Pulpete y Balbeja», de Serafín Estébanez Calderón, una divertida historia sobre un duelo de honor, donde lo que menos importa es quién gane y lo que más, reflejar fielmente el lenguaje popular andaluz y la jerga de los delincuentes.

«La cruz del diablo», de Gustavo Adolfo Bécquer, en el que el famoso escritor sevillano muestra su madurez literaria dejando atrás la mera recreación de folclore. Así logra un cuento más redondo en todos sus aspectos artísticos.

«La hija del sol», de Cecilia Böhl de Faber (aunque en sus tiempos firmara como Fernán Caballero), en el que cuenta un suceso real con intención moralizante.

«La mujer alta», de Pedro Antonio de Alarcón, considerado por muchos críticos uno de los mejores cuentos de terror españoles.

«La leva», de José María de Pereda, en el que queda plasmado con sumo detalle la forma de comportarse y de vivir de las clases populares del siglo XIX.

Una ración doble del gran Leopoldo Alas Clarín: por un lado, «¡Adiós, Cordera!, un entrañable cuento que representa el choque entre la civilización y el mundo rural; y por otro, «La rosa de oro», narrado en forma de leyenda, aunque sin elementos fantásticos, en la que critica la religión.

Y también la representación de Emilia Pardo Bazán a través de dos relatos muy distintos: «En tranvía», donde muestra el trato hipócrita de los burgueses con los pobres, y «El contador», en el que deja patente su visión moderna de la sociedad y las relaciones.

«¿Dónde está mi cabeza?», en el que el máximo exponente del realismo español, Benito Pérez Galdós,  hace sus pinitos en la fantasía con un relato original y divertido en el que se burla del positivismo científico mostrando cómo la lógica racional puede convertirse en locura.

«El maestro Raimundico», de Juan Valera, que recuerda a «Pulpete y Balbeja», y con el que el autor solo pretende entretener, pues defendía que la literatura no siempre tiene que defender tesis sociales o morales.

«Golpe doble», de Vicente Blasco Ibáñez, donde este escritor valenciano vuelve a recrear la huerta y los abusos de poder.

Y cierra la antología «La niña Chole», de Ramón María del Valle-Inclán, que por estructura parece una novela corta y que reúne las características innovadoras que desembocarían en la literatura modernista de principios del siglo XX.

Cuentos españoles del siglo XIX es, por tanto, una acertada selección de relatos para comprender la evolución de la literatura en España durante el siglo XIX. Pero también es un retrato costumbrista de nuestro país, por las descripciones detalladas sobre vestimentas, comportamientos, relaciones y formas de hablar. Y por si esto fuera poco, nos recuerda el dominio de la lengua y la rica cultura que poseían los escritores de esa época, y que al menos yo echo en falta más de una vez en la literatura actual. Por todo eso, os animo a leer Cuentos españoles del siglo XIX, aun si habéis dejado atrás la época estudiantil. Es una forma de hacer las paces con los clásicos, aquellos que los tengáis atragantados desde entonces. O de volver a disfrutar de ellos si, como yo, apreciáis su enorme legado.

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Videorreseña: Creía que eran cuentos, de Ricardo Gallardo

En el vídeo de hoy os presento un nuevo libro perteneciente a la sección Nuevos Autores. Se trata de Creía que eran cuentos, una compilación de relatos breves escrita por Ricardo Gallardo y editada por Ediciones del Boulevard. En su interior podemos encontrar multitud de relatos cuya extensión oscila entre la corta y la muy corta. ¡Porque hay algunos que tan solo ocupan unos breves párrafos! A pesar de ello, el autor consigue contar perfectamente todo lo quiere contar en cada uno de ellos, de una manera concisa y yendo al grano.

En general todos los relatos me han gustado, aunque evidentemente, alguno más que otro. Pero en especial hay uno que a mí me ha encantado una barbaridad y que ha hecho que este libro, para mí, cobrara sentido. Se trata de La cartera de María, donde me vi tan reflejada que tuve que leerlo incluso seis veces. Espero que si tú, lector, te adentras en estos maravillosos cuentos, también te encuentres en alguno de ellos tal y como hice yo.

Sin más, aquí te presento el vídeo que espero que disfrutes.

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La novena hora, de Alice McDermott

La novena hora

La novena horaAmbientada en el Brooklyn de principios del siglo XX, La novena hora es una de esas historias con cierto sabor a mundo perdido, que representa un pasado que en cierta manera reconocemos aunque nos sea ajeno, pero sobre todo que muestra la lucha por salir delante de unas personas con las que resulta extraordinariamente sencillo sentirse identificado. Alice McDermott consigue envolver al lector con un manto de cotidianeidad, con un ambiente por lo demás tan irlandés como corresponde a los protagonistas, hasta el punto que uno se siente parte de la historia y se cree blindado ante las sorpresas, que parecen algo imposible, pero sin embargo las hay, y alguna extraordinaria, pero como la historia se vive tan desde dentro no parecen tales, sino simplemente vida.
La novena hora es una historia de pobreza, de la lucha por salir adelante a veces con dificultad, otras con mucha dificultad, de una especie de monjas ya entonces en peligro de extinción que realizan una labor extraordinaria que sustituye al inexistente servicio social pero que sobre todo viene determinado por su descubrimiento (en algunos casos) del milagro de la flexibilidad, de un enfoque humano de la justicia, y de la vida de una niña que se cría entre ellas y que tiene que descubrir, con no poco esfuerzo, que no es una de ellas.
Parte de una escena de una fuerza literaria tremenda, el suicidio de un empleado irlandés que es despedido y se ve incapaz de hacer frente a sus obligaciones, que incluyen una mujer embarazada. La preparación de su final, su detalle, su eficacia, su profesionalidad, narradas con naturalidad logran que el lector se enganche irremisiblemente desde esas primeras páginas. Las consecuencias de ese acto, la intervención de las monjas y la vida de los afectados después del mismo constituyen, junto con el propio Brooklyn, el esqueleto de La novena hora, armazón que Alice McDermott llena de vida y literatura, perdón por la redundancia, hasta lograr una obra pequeña, pero enorme.
Annie, la viuda, trabaja después durante muchos años en la lavandería del convento de estas monjas que ayudan a que pueda rehacer su vida, y ese trabajo que lleva a cabo junto a la hermana Illuminata constituye algunas de las páginas más sorprendentes, no desde un punto de vista de la trama sino por la descripción de las técnicas y trucos que ponían en práctica, del terrible esfuerzo e incluso de la peligrosidad de algo tan cotidiano. En ese caso la lavandería era del convento, pero sirve de ejemplo de algo que está muy presente en la novela, el terrible esfuerzo que cargaban sobre sus hombros las mujeres en aquella época en general y en aquel ambiente en particular. Un escenario en el que la brutalidad masculina era habitual, una vida que cargaba sobre los hombros de las mujeres tanta responsabilidad como alcohol y violencia sobre los de los hombres. Puede parecer que la historia homenajea a esas monjitas y su labor tan importante para su comunidad, pero por encima de eso creo que La novena hora constituye un homenaje merecido a las mujeres que hicieron de la época un lugar humano y habitable pese a padecer siempre la desgracia y el dolor que la miseria y los actos de sus maridos provocaban. Una de las hermanas le preguntaba a las mujeres que conocía si su hombre la trataba bien, y creo que es mucho más que un recurso literario.
Y hay muchas tramas, muchos personajes, mucha vida que merece la pena leerse. Alice McDermott ha logrado tejer una gran historia, un verdadero placer para cualquier lector.

Andrés Barrero
@abarreror
contacto@andresbarrero.es

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Videorreseña: Todo lo que fuimos, de Alberto Villarreal

Contar una historia de amor a través de poemas es lo que ha hecho Alberto Villarreal en este libro. Bueno, en realidad, una historia de desamor sería el término adecuado en este momento, ya que mediante sus palabras conoceremos sus propias vivencias en las que los errores jugaron un papel fundamental.

Todo lo que fuimos es una compilación de poemas y relatos cortos que además está acompañada por unas ilustraciones maravillosas que concuerdan perfectamente con la historia que el autor nos cuenta. Sin embargo, yo no he terminado de congeniar del todo con su contenido y estoy segura de que ello se ha debido a que no era el momento indicado para que yo leyera este libro.

En el vídeo de hoy hablo de lo importante que es encontrar un libro en un momento exacto. ¡Y de lo difícil que es a veces! Las circunstancias pueden ser las que decidan si una obra nos llena o no lo suficiente. Y qué rabia da… porque una tiene la sensación de que no puede hacer nada al respecto…

Si te sientes identificado con lo que digo, échale un vistazo al vídeo. ¡Es imposible que yo sea la única!

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Cuentos de buenas noches para niñas rebeldes 2, de Elena Favilli y Francesca Cavalo

Cuentos de buenas noches para niñas rebeldes 2,

Cuentos de buenas noches para niñas rebeldes 2, Ha pasado un montón de tiempo desde que reseñé Cuentos de buenas noches para niñas rebeldes y os prometo que parece que fue ayer. Este es un comentario muy de abuela, lo sé, pero es verdad. Supongo que esa es una buena señal, porque cuando un libro se queda tan dentro de ti durante tanto tiempo es que verdaderamente ha significado algo para nosotros. Os lo dije con el primer volumen de estos cuentos y vuelvo a repetirme: no pueden gustarme más estos libros. Imposible.

Unos meses no son suficientes para que se cumpla mi vaticinio, que los niños de hoy en día aparezcan en libros como este. Tenemos que darle tiempo al tiempo, pero estoy segura de que una buena forma de comenzar a educar a futuros niños y niñas cuyas historias merezcan ser contadas es regalándoles este libro, enseñándoles las historias de todas esas mujeres que lucharon y luchan por sus sueños, que no se rinden ante nada ni nadie, que saben bien lo que quieren.

Si en el primer volumen aparecían mujeres tan interesantes como Virginia Woolf, Ada Lovelace o Amelia Earhart, Cuentos de buenas noches para niñas rebeldes 2 cuenta con una nueva maravillosa selección de mujeres rebeldes. Algunas tan conocidas y con vidas tan interesantes como Audrey Hepburn, Beyoncé, Angela Merkel, Oprah Winfrey o Madonna. Otras, por desgracia, bastante menos conocidas, pero que gracias a libros como este todos los niños y niñas (y los que no lo somos tanto) podemos llegar a disfrutar y conocer.

Mujeres como Aisholpan Nurgaiv, la primera mujer mongola que se dedica la cetrería; la pirata Anne Bonny o las Black Mambas, un grupo de mujeres que controlan, defienden y protegen su territorio: la sabana.

Podría hablaros de todas ellas, porque todas son espectaculares, pero descubrirlas y conocer sus historias a través de Cuentos de buenas noches para niñas rebeldes 2 es  una gozada. Ojalá yo hubiese tenido un libro así cuando era pequeña, ojalá haber conocido a todas estas mujeres inspiradoras entonces. Lo bueno es que siempre habrá mujeres así y la historia seguirá escribiéndose con mujeres valientes, rebeldes y que hacen lo que ellas realmente quieren.

Como decía en la anterior reseña, solo espero que muchos de los niños y niñas que hoy leen Cuentos de buenas noches para niñas rebeldes 2 encuentren entre sus páginas su inspiración, su modelo a seguir y que ellos sean los protagonistas de los próximos volúmenes. Eso sí que sería una auténtica maravilla.

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Historia de la columna infame, de Ricardo Sánchez de Madariaga

Historia de la columna infame

Historia de la columna infameQueridos lectores, permitidme que empiece esta reseña dirigiéndome directamente al autor del libro del que vengo a hablar. Después de esta introducción, os contaré todo lo que queréis saber sobre el mismo.

Estimado Ricardo Sánchez de Madariaga:

Tengo que decirte que no sé qué idea me había hecho yo de tu libro. Cuando llegó a mi casa lo hojeé por encima y leí la sinopsis. Cuando llegué a ella vi que tan solo se mencionaba el nombre de lo que (me imaginé) iban a ser los siete relatos que componían la obra y tan solo una frase al lado de cada uno de ellos que identificaba vagamente su contenido. Después me quedé mirando un buen rato la portada: un hombre roto de dolor llora delante de lo que parece un tanque (desde ya digo que mi conocimiento sobre lo bélico es completamente nulo) y justo al lado, un cuerpo del que solo se ven las piernas y que predice la peor de las desgracias. Entonces en mi cabeza se fue formando una idea de lo que iba a encontrarme dentro de esa obra: guerra, sangre y dolor.

Pero nada más lejos de la realidad. Es un libro lleno de vida y de ilusión. Tan solo dos de los relatos tienen como escenario una guerra (Adiós Vaterland e Historia de la columna infame). Todos los demás, los otros cinco, nada que ver.

Así que, querido Ricardo, yo me enfadé mucho. Porque si te soy sincera empecé tu libro sin demasiadas ganas, porque como ya te habrás imaginado, mi pasión por lo bélico es más o menos la misma que mi conocimiento sobre ello. Pero cuando lo comencé y fui pasando las páginas y descubriendo esas historias y esas sensaciones que transmiten todos los relatos… me dije a mí misma: “Ana, has vuelto a fallar”. Y me enfadé porque, de verdad, considero que la portada y la sinopsis no hacen justicia a este libro. Te prometo que si lo hubiera visto en una librería, jamás lo habría lo comprado, porque mi reacción al ver la portada hubiera sido la de “este libro no es para mí”. Y otra vez, nada más lejos de la realidad.

Por lo que, estimado Ricardo, mis más sinceras disculpas por haberme hecho una idea de tu libro completamente errónea y mis más sinceros agradecimientos por los relatos que en él has plasmado.

Bueno, dicho esto, vamos a lo que vamos. Ahora ya sí, me dirijo a ti, lector, que estás detrás de la pantalla leyendo estas líneas.

Ya habrás sacado como conclusión que Historia de la columna infame no es lo que parece. Dentro de sus relatos (algunos muy muy cortos y otros que ocupan varios capítulos) encontramos varias historias que nos pueden resultar más o menos conocidas, como por ejemplo aquella en la que perseguir el amor es el objetivo principal o en cambio en otra en la que el éxito está en no dejarlo marchar jamás. Relatos que nos hablan de “la sensación de vivir” como bien pone en la sinopsis, y que no podrían definirse de mejor manera. Esa es la única pista verídica que he encontrado sobre el libro.

Es una obra muy cortita, ya que tiene unas ciento cincuenta páginas, y que nos invita a leerla con calma. Me he dado cuenta de que esto me pasa con todos los libros compuestos por relatos cortos, que aunque quiera leer de seguido unos cuantos, no puedo evitar alternar otra obra entre medias de cada uno de ellos. Seguramente sea porque intento poner un punto y final entre cada relato para poder saborearlos mejor y no mezclar las historias de unos y de otros. Como si fueran libros individuales. Pero si tienes la suerte de leerte unos cuantos seguidos, estoy segura de que este libro caerá de una sentada.

En cuanto a la redacción, Ricardo Sánchez de Madariaga utiliza un lenguaje directo y sencillo, para nada recargado. Me gusta mucho ese tipo de narración: la que te cuenta lo que te quiere decir sin necesidad de dar volteretas y carambolas. Va al grano. Y esa forma de escribir me resultó especialmente acertada en el relato El viaje hacia el Este que, por si me preguntáis, es mi favorito. En él, un chico y una chica recorren en coche el norte de España. Un viaje largo que en estas páginas se hace corto. Mientras lo leía estuve con una sonrisa en la cara todo el tiempo. Por esto mismo decía que me había enfadado tanto con la portada de Historia de la columna infame, porque de verdad creo que no tiene nada que ver con el contenido que encontramos dentro de él.

Por último, sí que me gustaría apuntar que hay alguna falta de ortografía que otra (realmente son nimiedades) que han hecho que mi lectura se ralentizara un poquito. Así que desde aquí animo a su autor a hacer una corrección para las siguientes ediciones, para así conseguir un resultado perfecto.

Y por si alguno en la sala se lo pregunta, no tengo ni idea de si esta obra está relacionada con Manzoni o si el título tiene una intención que a mí se me escapa. Quizás en la próxima carta que le mande al autor se lo pregunte. Para disipar todas las dudas.

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Amor fou, de Marta Sanz

Amor fou

Amor fouPues veréis, pensé que iba a ser bastante más fácil enfrentarme a este libro. No porque Marta Sanz sea una escritora que te pone las cosas fáciles, no. Yo ya sabía a lo que iba. A Marta la conocí gracias a su novela Clavícula, un libro que leí el verano pasado y del que solo puedo decir cosas buenas. Tampoco fue fácil su lectura. Conseguí sentirme identificada con ella en muchos momentos de la novela y ya sabéis que empatizar y doler suelen ser sinónimos. Fue duro y gratificante al mismo tiempo, por eso me gustó tanto leerla.

Amor fou, 2004, es anterior a Clavícula y es la novela que casi le cuesta la profesión a Marta Sanz, al menos eso es lo que podemos leer en la contraportada. Una novela inédita, sin lectores, que aparece hoy corregida y actualizada para alegría de sus seguidores. Es una pena que Amor fou hubiera quedado en el olvido, guardada en uno de esos cajones en los que acaban muchas novelas que nos perdemos. No sé si ha sido el éxito de Clavícula o que su trayectoria está ya más consolidada. Vaya usted a saber. Lo cierto es que esta novela es una realidad. Y vaya realidad.

Por supuesto que Amor fou habla del amor, ¿de qué si no? El amor está en todos los temas, en todos los sentimientos. Hasta en el odio hay mucho de amor. Y en esta novela hay un poco de las dos sensaciones: un amor que se mezcla con odio y un odio que se fundamenta en el amor. Dicho así suena bastante enrevesado, ¿verdad? Ya os he dicho que Amor fou tiene lo suyo, que Marta Sanz conoce bien sus armas.

Tenemos a Raymond y a Lala. Pero también están Lala y Adrián, aparentemente felices, viviendo en esa tranquilidad que tan solo el buen amor puede dar, la monotonía de una vida perfecta, hecha a medida. También tenemos a Elisa y a Esther, madre e hija, una relación completamente insana, casi tanto como los pensamientos que cruzan la mente de Raymond. Y es que Raymond, desde su atalaya, vigila constantemente los pasos de Lala y Adrián, esa vida perfecta que a lo mejor pudo ser la suya, que quizás deteste, pero que no puede dejar de controlar y analizar. Y es que en Raymond hay odio, pero aunque juegue al despiste con nosotros y con él mismo, podemos reconocer el amor; está ahí, al otro lado de la ventana.

Ha sido un viaje duro, ya os decía. La forma de escribir de Marta Sanz es punzante. Toda una bofetada de realidad. Pero no sé de qué manera, siempre encuentro una especie de tranquilidad en sus libros, un punto donde me siento realmente cómoda con sus historias. No sé qué tiene Marta Sanz, pero sea lo que sea, lo tiene.

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Laro, la leyenda del árbol milenario: Sangre, de Simón Hergueta

Laro, la leyenda del árbol milenario: Sangre

Laro, la leyenda del árbol milenario: SangreImaginaos lo que era para mí, como madrileña, pasar los veranos enteros en Cantabria. Llegaba el uno de julio y yo cogía una maleta llena de ropa, a sabiendas de que allí solo vestiría “la ropa del pueblo” que año tras años se iba quedando en los armarios de mi abuela. Y allí pasaba los dos mejores meses de todo el año, en un pequeño pueblo en mitad de las montañas donde lo único que se escucha es el viento, los pájaros y los campanos de las vacas. Imaginaos lo que era para mí, que al final acabé viviendo en ese pueblo.

Y recuerdo que llegaba el último fin de semana de agosto y una sensación agridulce me invadía. Por una parte, estaba triste porque tenía que dejar el norte para volver a la capital y a la rutina. Pero, por otra parte, estaba emocionada porque había llegado uno de los mejores findes del verano: el de Las guerras cántabras, unas fiestas que se celebran cada año en Los corrales de Buelna, donde se simula la invasión del ejército romano en las tierras cántabras. Se monta un poblado donde los cántabros hacen sus labores (todos perfectamente vestidos para la ocasión) y entonces llegan los romanos (también cuidando todos los detalles de la vestimenta) y se libra una cruenta batalla que termina en una fiesta por todo lo alto. Increíble. Algún día tenéis que ir a verlo, en serio. A mí se me ponen los pelos de punta solo con pensarlo.

Y esto venía porque hoy voy a reseñar un libro que trata de esto: de las guerras cántabras. Bueno, en realidad, Laro, la leyenda del árbol milenario: Sangre es el preludio a esas guerras. Si no me equivoco, estas se sucedieron más o menos en los años veinte antes de Cristo y el libro se desarrolla unos años antes, cuando todavía los romanos no habían sido capaces de dar caza a los cántabros. Y es que estos eran famosos por ser unos grandiosos luchadores. Sin duda, los romanos los querían esclavizar para que guerrearan a su lado, pero si de algo tienen fama los cántabros es de cabezones, así que decidieron que antes muertos que sometidos.

Simón Hergueta nos trae una novela muy entretenida que cuenta la historia de Laro, un niño que nace en una tribu cántabra y que ya desde pequeño transmitía un aura muy especial. Había algo en ese niño, algo que le convertiría en un gran hombre. A través de las páginas de este libro iremos conociendo su historia y la de sus amigos. Juntos tendrán que pasar las pruebas necesarias para convertirse en verdaderos guerreros y todo ello en un marco en el que la amenaza romana está más que presente.

Una de las cosas que más me ha gustado de esta novela es cómo el autor trata a la mitología cántabra. Yo recuerdo que cuando era pequeña había en mi casa un enorme cuadro lleno de seres extraños: una especie de duende, una preciosa hada, una señora con los pechos en echados a la espalda, un ser monstruoso con un solo ojo… Me encantaba mirar ese cuadro, resumía perfectamente la mitología de esa tierra que tanto quería (y quiero). Y si no me creéis os puedo asegurar que fueron muchos los años que llevé colgada una estela cántabra en mi cuello. Y toda esa mitología que quedaba recogida en un solo póster, Simón Hergueta la usa como escenario para su novela, enseñándonos la cultura tan fascinante que existió en aquellas montañas tan altas donde el blanco y el verde eran la bandera.

En cuanto a los personajes, se ve que el autor ha hecho un gran trabajo con Laro, el protagonista. Lo conoceremos como niño y, con el paso de los capítulos, veremos cómo crece y se convierte en un gran guerrero, uno de verdad. Su evolución está muy bien hecha y me ha parecido muy bonito ser cómplice de ese crecimiento. Pero también el resto de personajes evoluciona, como por ejemplo Maya, una chica que acompaña a Laro a través de la historia. A ella también la conoceremos como niña y también seremos testigos de su gran evolución. Ya os adelanto que Maya es toda una guerrera. Me cayó muy bien esa chica.

Laro, la leyenda del árbol milenario: Sangre es una novela muy entretenida que nos trae una temática muy original. Hace unos años tuvo mucho éxito un libro del estilo, El último soldurio, pero me consta que era más histórico que la novela de la que vengo a hablar hoy. Y será porque a mí la historia me echa un poco para atrás… pero el libro de Simón Hergueta me ha parecido la mezcla perfecta entre la novela y la documentación. En todo caso prima la trama, no la contextualización. Y eso es lo que ha hecho que me leyera del tirón casi medio libro. Ya os aviso que es la primera parte de lo que será una trilogía y que si leéis el primero probablemente os quedéis con ganas de más.

En definitiva, esta novela es una buena forma de conocer un poco más sobre la cultura cántabra y qué os voy a decir yo, si a mí me fascina. Y es que todavía, después de diez años mucha gente me pregunta que cómo fui capaz de dejar Madrid para venir a vivir a un pueblo de unos cuarenta habitantes, donde no tenemos ni una triste panadería (pero ojo, tenemos bar). Y yo siempre les digo: la pregunta es por qué no me vine antes, si todo lo que rodea a esta tierra es maravilloso.

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