
Antes de nada, deberíamos preguntarnos algo: ¿qué es el arte? A partir de aquí, seguro que muchos – yo el primero – ya estaríamos totalmente perdidos. Sí, no sabría definir qué es el arte ni tampoco defender por qué hay cosas de lo que se denomina arte que me gustan y otras que no. Me gusta comer y ya que como quiero comer bien, ¿es la gastronomía un arte? Puede que así lo sea y en este caso, por suerte, no tengo que aparecer yo defendiendo algo que no sé defender porque ya están los dibujos de Benjamin Chaud para hacerlo en este Arte a la carta que trae como novedad Libros del Zorro Rojo.
El ilustrador francés, que podemos ver normalmente en ilustraciones de libros infantiles, se destapa ahora ofreciendo a los amantes de la literatura ilustrada treinta y dos visiones de los más grandes artistas de los últimos tiempos, todos con un denominador común: el plato, la mesa, la comida. Chaud coge el estilo característico de cada uno de los artistas representados y lo lleva a su terreno. Los sienta a una mesa y les da un giro irónico con el que consigue mezclar el arte de estos con la vida cotidiana de todo comensal. Vemos ese arte en forma de hilo tan característico de Louise Bourgeois transformado en una inmensa araña que la artista francesa se encuentra en la sopa, o a Van Gogh contemplando atónito cómo un cocinero japonés convierte su oreja en ‘nigiri’, o a Andy Warhol ante el descubrimiento de que la sopa de tomate es aburrida.
Treinta y dos ilustraciones que sacan el rasgo diferenciador de cada uno de los artistas a los que representan para explotarlo de la forma más gastronómica posible. Cargados todos de humor y color, los dibujos de Benjamin Chaud son un soplo de aire fresco ante lo cargado que está el aire alrededor de figuras tan consagradas como las representadas. Todo en esta vida es risible, nada pesa tanto como pueda parecer. Coger a Dalí y hundirle el reloj en una ‘fondue’ de queso, darle a comer a Frida Kahlo su propio corazón o vacilar a la Venus de Milo con un McMenú para llevar son algunos de los ejemplos de ello.
Sentados a una mesa el tiempo discurre leve e incluso a veces da la sensación de que desaparezca, y con él desaparecen las trabas, las barreras que nos imponemos, los filtros, las máscaras, nosotros. Déjate desaparecer, olvídate de que eres o no eres importante, huye de ti mismo lo más lejos que puedas. ¿No te pasa esto cuando te sumerges en un buen libro? Hazlo con Arte a la carta, es lo que él busca y quiere.

Ya no recuerdo si os he contado que cuando yo era pequeña mi tía tenía una librería. Puede que sí, son ya muchas reseñas contándoos mis batallitas. En cualquier caso, me encantaba perderme por aquel pasillo estrecho (y que recuerdo más largo de lo que en realidad era) y enredar con los libros que había por allí. En casa de mi tía había un libro que me fascinaba y que debía ser de mi prima y supongo que venía de la librería. El libro en cuestión tenía un cuento para cada día del año. Me parecía súper original. Además, como no era mío y no podía disfrutar de él durante el resto del año, aprovechaba cada vez que iba para leer todos los cuentos posibles de una vez. El primero siempre era el del día de mi cumpleaños.
Ernest Thompson Seton pasa por poco de la treintena cuando llega a Nuevo México en la última década del siglo XIX. Es el último recurso de los rancheros, un experto cazador de lobos, curtido en Gran Bretaña y Canadá, que acude para dar muerte de una vez por todas al escurridizo Lobo, rey de Currumpaw, líder de la manada que amenaza a los rebaños de toda la región. Por más de un lustro, Lobo y sus compañeros, acorralados por la creciente civilización, han vencido a todos aquellos que han intentado terminar con ellos.
Yo no sé las películas que me monto en la cabeza cuando veo la portada de un libro y leo, así por encima, su sinopsis. ¿No os ocurre? Os imagináis vuestra propia historia y según vais leyendo el libro descubrís que habéis acertado o que, todo lo contrario, el libro no tiene nada que ver con lo que vosotros habíais pensado. Pues eso es lo que me ha pasado a mí con este libro, que no tiene nada que ver con lo que yo me había imaginado a través de la portada y lo poco que había leído sobre él. Cualquier día de estos me dan un Óscar.
Mira que a mí, los libros que versan sobre las temibles Guerras Mundiales que asolaron Europa, no es que me hagan demasiada gracia, pero llevo una temporada que, muchos de los libros que leo, versan —o al menos en parte— sobre estas barbaries. El último ejemplar de este estilo que reseñé fue 
Hubo un tiempo en el que Karmelo C. Iribarren era poco menos que una leyenda urbana. Hablábamos de él, entre cerveza y cerveza, tejíamos complejos planes para asaltar el sanatorio de Mondragón y sacar a Leopoldo María Panero de allí y llevarlo a tomar unas cañas donde Karmelo, del que alguien nos había dicho que perpetraba aquellos poemas que tanto nos gustaban detrás de la barra de un bar. Nos encantaba Karmelo, una versión en bruto, si es posible eso, de Roger Wolfe, uno de los pocos poetas locales que habíamos podido descubrir en nuestra biblioteca municipal estirando un imaginario hilo desde nuestras lecturas de la generación beat hasta la España de los noventa.


Ser una apasionada de las sagas es un arma de doble filo. Normalmente cuando tengo que elegir un libro para pasar unas horas junto a él, mis ojos se van directamente a las sagas. Y es que, a veces, una historia que se cuenta en un único tomo, se me hace corta y necesito más. Si me engancha la trama, no me importa leerme los libros que sean necesarios con tal de no salir de ese mundo. Por lo que, la saga de La reina roja, como no podía ser de otra forma, cayó en mis manos con esa intención. Con la promesa de ser una trilogía apasionante que hiciera que me mordiera las uñas esperando la siguiente entrega. El año pasado pude leer las dos primeras partes, 
Desde pequeño me gusta Thor. Y no sé por qué razón, pues hasta que no fui mucho más mayor (pero mucho mucho más) no leí ningún cómic, ni dibujos animados ni nada del icónico personaje de Marvel. Ni siquiera veía la serie de Vicky, el vikingo. Puede que viera alguna figura del dios del martillo, de esas de antes, de las de plástico oloroso, no las “action figure”, articuladas de ahora, que son otro mundo aparte. Lo cierto es que en la universidad, cuando Internet comenzaba a rular y el correo electrónico era aún desconocido, mi primera cuenta de correo era “martillodethor-arroba-la-plataforma-que-fuera-en-aquel-momento”, y seguía sin haber leído nada del hijo de Odín. No sé. Thor se metió en mi cabeza no sé cómo y ahí sigue todavía, pero ahora sigue porque soy yo quien lo quiere conscientemente ahí dentro.


Me ha costado mucho decidir cómo iba a enfocar la reseña de esta novela, confieso. Yo escribo un poco por impulso sobre lo que me sugiere lo que leo, las sensaciones que he tenido, lo que me ha recordado. Luego tengo que pararme bastante a elaborar lo que quería decir porque al principio es algo caótico.
Kansas. Dos de enero de 1985. Una mente perturbada acaba con la vida de una madre y dos hermanas. Su madre, sus hermanas. De aquella matanza solo se libró Libby, que tenía siete años cuando su hermano, desquiciado, asesinó al resto de su familia a sangre fría.