
No me puedo imaginar lo que sentiría si mañana me despertara y no recordara absolutamente nada de mi vida. Ni quién soy, ni dónde vivo, de dónde vengo. Ni siquiera mi nombre. Como si acabara de nacer, así, de repente. Pienso en lo que sería echar la vista atrás para descubrir algo de mi pasado, aunque fuera solo una cosa pequeñita y solo ver un borrón negro. Nada más. ¿Por dónde empezar? ¿Qué hacer?
Algo así le pasó a Krups, uno de los protagonistas del libro del que vengo a hablar hoy, El sueño de Newton. Un día se despertó y no recordaba nada, como si le hubieran lavado el cerebro o se lo hubieran reseteado. Tiene que ser muy frustrante no saber ni cómo te llamas, por eso se autobautizó como Krups, lo primero que le vino a la mente. Un día, en terapia, conoció a Mara, que acudía a esos encuentros para superar la adicción a la droga en la que había caído después de la muerte de su madre. Como si el destino existiera, como si este quisiera que Krups y Mara estuvieran en la misma habitación en el mismo momento. Como si fuera necesario que se conocieran. Y tanto que era necesario… a medida que iban pasando las páginas de este libro, comenzaba a entender poco a poco por qué.
Pero la historia no se queda ahí, ya que para entender todo y desentrañar el misterio oculto en esa pérdida de memoria de Krups, tendremos que remontarnos al siglo XVII, concretamente a 1693. Al momento en el cual Isaac Newton hizo un descubrimiento que, de conocerse, podría cambiar todos los axiomas científicos y religiosos en los que creemos hoy en día. Por eso mismo, por las consecuencias que ello podría acarrear, Newton no se quiso arriesgar y lo dejó todo plasmado en un manuscrito que no llegó a sacar a la luz.
También tendremos que viajar en el tiempo y contemplar un cuadro pintado por Rembrandt, así como ser un tripulante más de una expedición que se hizo en la Antártida muchos años atrás.
Y, por supuesto, también viajaremos a Kenia y a Uganda, donde se esconde la confirmación a esa teoría que Newton tenía.
Y, pensaréis ¿qué tiene que ver todo esto con Mara y con Krups? Pues muy sencillo: Mara sabía de la existencia de esta teoría, la llevaba estudiando mucho tiempo. E, igual que sabía que cada día estaba más cerca de la respuesta que tanto tiempo llevaba buscando, también era consciente de que esa investigación la ponía en grave peligro. Así que, por ese miedo a desaparecer del mundo llevándose su investigación con ella, lo dejó todo plasmado en un diario para que, en caso de que la pasara algo, la persona que lo tuviera pudiera continuar lo que ella había empezado. Cuando Mara puso rumbo a Kenia para confirmar lo que ya venía sospechando desde tiempo atrás, ese diario fue a parar a las manos de Krups, que se vería involucrado en la investigación de una manera irremediable.
Tengo que decir que normalmente no suelo extenderme tanto en la descripción de la trama de un libro, ya que me gusta más centrarme en otras cosas que, a veces, me parecen más importantes. Pero esta vez quería desgranar cada uno de los componentes de esta historia escrita por la madrileña Carolina Redondo de una manera más detenida. Tal vez solo con la intención de que entendáis ante qué tipo de libro estamos. Digo esto porque es una trama de aventuras, en la que los protagonistas tendrán que pasar una verdadera odisea para conseguir lo que más ansían: la verdad. Los continuos saltos en el tiempo que nos llevan a los diferentes lugares que tienen que ver con la investigación, hacen que la historia sea muy entretenida. Pero no solo eso: nos mantienen muy atentos, ya que el protagonista está cambiando constantemente y nos va dando pistas sobre lo que nos podremos encontrar después.
Por eso quería darle tanta importancia a la trama, porque me parece muy interesante y muy confeccionada. Esto me ha gustado mucho porque se nota que hay una labor de investigación detrás del libro y que hace que las historias de los diferentes personajes en las distintas épocas estén muy hiladas. Aunque tantos cambios y tantas tramas pueden hacer que al principio nada tenga sentido. Los capítulos van pasando y los saltos en el tiempo comienzan a aparecer. Puede ser que esto resulte un poco lioso cuando todavía no sabemos muy bien de qué va toda la historia, pero os aseguro que va cobrando sentido poco a poco. Además, es un libro bastante cortito (tiene alrededor de doscientas páginas) así que no tenemos que esperar demasiado para que eso ocurra.
Por supuesto, ha sido un placer ir a África de la mano de Carolina Redondo. Tuve la suerte de poder ir a Kenia hace justo un año. Allí me quedé impactada por todo lo que vi, lo que sentí y, sobre todo, por lo que me contaron. Fui afortunada y en el viaje me acompañó un guía que me fue explicando todo lo que yo quería saber sobre ese increíble país. Sus creencias, su mitología, su forma de vivir la religión y lo extraordinario. Me quedaba embobada escuchando todas las historias que ese hombre tenía que contarme, así que volver a viajar a Kenia junto con Mara y descubrir todo lo que ella descubrió allí (y después en Uganda) ha sido una experiencia fantástica.
El sueño de Newton ha tenido una cosa que me ha gustado especialmente: la forma que tiene la autora de enredar lo corriente con lo extraordinario pareciendo que ambos mundo están unidos con un nexo irrompible. Se mezcla la ciencia con lo fantástico, la religión con lo mundano, de una manera muy sutil y delicada, haciéndonos entender que una cosa no puede vivir sin la otra. Es ese tipo de historia en la que ya no sabes qué es de verdad o qué es inventado, porque todo podría llegar a tener sentido. Carolina Redondo toma como base historias reales y después las usa a su antojo, dándonos un libro de aventuras muy peculiar.
En definitiva, una buena sorpresa que me ha llevado a escribir hoy estas palabras. Y, no, todavía no sé lo que haría si me levantara sin memoria una mañana. Ojalá tuviera un diario como el de Mara para dejar plasmado en él todo lo que no quiero olvidar. Pero, ¿sabéis lo bueno? Lo bueno es que podría leer muchísimos libros de nuevo con la ventaja de volver a ilusionarme como lo hice la primera vez.

«Si realmente les interesa lo que voy a contarles, probablemente lo primero que querrán saber es dónde nací, y lo asquerosa que fue mi infancia, y qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y todas esas gilipolleces estilo David Copperfield, pero si quieren saber la verdad no tengo ganas de hablar de eso.» Sí, yo, el azote de los clásicos, el firme defensor de la idea de que estos son aquellos libros de los que todos hablan pero que nadie en realidad ha leído, voy a hablaros de un clásico. ¿Acabaré leyendo la Odisea? ¿Me veréis en verano tirado en una playa con la Eneida entre las manos? Que dios nos coja confesados. Esto es, como bien sabréis con este icónico inicio, El guardián entre el centeno, de 
Quería empezar esta reseña hablando de la conexión que ciertas personas sienten hacia algún elemento de la naturaleza. Por ejemplo, están los que aman el fuego, los que se sienten atraídos por ese color o esa fiereza que tanto le caracteriza. También están los que sienten un vínculo especial con las piedras, con el poder que transmiten y la conexión que experimentan cuando tocan una cargada de energía. Conozco personas que adoran el viento (como mi madre), a las que no hay nada que les guste más que estar en mitad de una montaña sintiendo cómo el viento les rodea. Y luego están los que, como yo, sienten algo especial cuando están dentro del agua.


El Universo Cinematográfico Marvel dio su pistoletazo de salida en 2008 con el estreno en cines de Ironman. Con la película del Vengador Dorado se iniciaba la denominada Fase 1 de un plan muy ambicioso. A lo largo de los años y a través de múltiples películas, no solo se han ido incorporando un sinfín de personajes, sino que también, mediante crossovers, se ha ido tejiendo una historia en común. De igual forma que diversos afluentes acaban desembocando en un río mayor, las películas han tenido su propia trama pero han trazado un camino en común para, y poniendo punto y final a la Fase 3, llegar hasta Vengadores: Infinity War.
Intento recordar cuál fue el momento en el que empecé a interesarme por las estrellas, pero me resulta imposible. Cuando vivía en Madrid, rodeada de asfalto y contaminación apenas me fijaba en ellas. Sabía que estaban ahí, pero muy pocas veces conseguía verlas. Por eso, cuando llegaba el verano y me iba al pueblo, lo único que deseaba era que cayera la noche para poder mirar por la ventana todas esas maravillosas estrellas. Y yo no entendía por qué entonces sí podía verlas y cuando estaba en Madrid, no. Por eso empecé a pensar que había algo más, que solo se veían las estrellas cuando el día siguiente iba a ser maravilloso. En Madrid esos días casi no existían porque la monotonía y la rutina ya se encargaban de que así fuera. Pero en cambio, la vida en el pueblo era muy diferente. Ahí sí que había días maravillosos. Y no fallaba: cuando había una noche estrellada, eso significaba que al día siguiente podría ir a la playa, o que podría ir al río sin que la lluvia lo arruinara todo, o que incluso podría montar en bici durante horas y horas.
Hace unos días conocí a un chico por Wallapop, esa página de venta de segunda mano que está tan de moda ahora. Yo andaba buscando un libro de Murakami que no fuera de bolsillo y que no me costara un dineral. Y él lo tenía. Empezamos a hablar y a intercambiar opiniones sobre nuestros escritores y libros favoritos y de ahí pasamos al cine. Yo le recomendé mis películas favoritas (que, por cierto, ya había visto) y él hizo lo mismo conmigo. Gracias a él he descubierto películas increíbles, pero una de las que más me ha gustado es Hacia rutas salvajes. Ya no solamente por lo bien dirigida que está, ni por la increíble fotografía que tiene. Fue la historia del protagonista, Alexander Supertramp, la que hizo que no pudiera apartar mis ojos de la película. Esa aventura que él solo emprende y que le lleva a conocer a tantas personas peculiares que tienen algo que contar, me fascinó.
A veces me pasa. Veo un libro y sé que tengo que leerlo. No sé muy bien por qué. Ni siquiera me importa leer la sinopsis o saber de qué trata. Simplemente, es como si el libro me llamara a mí directamente y lo tuviera que leer, sin elección. No me pasa normalmente, claro. Soy bastante rigurosa con mis lecturas y escojo muy a fondo lo que quiero leer en cada momento. Tengo una lista repleta de lecturas pendientes que acaban ahí por recomendaciones o porque la sinopsis me ha llamado muchísimo. También tengo autores predilectos que hacen que lea cualquier cosa que escriban o editoriales que sé que son una apuesta segura. Pero hay ciertos momentos en los que, sin motivo alguno, se me antoja un libro porque sí.
Ya comenté en la reseña de 
Que Vaughan es bueno haciendo cómics es como decir que la lluvia moja. Antes del éxito de Saga, Ex-Machina y Paper girls, 
e vez en cuando, cuando revistas, telediarios llenos de videos de youtube o autopromociones de series o realitis –cosas que cualquier informativo que se precie forzosamente DEBE incluir– se quedan con huecos que rellenar, echan mano de “noticias” comodín. Una de las que con más frecuencia se repite es la de las ciudades o países en los que es mejor vivir o en los que se es más feliz. Cada vez que sale alguna así me pregunto en que puesto queda Gotham. Si yo fuera gothamita, ni de coña me quedaba en esa ciudad en la que cada día, solo por salir a la calle, te la juegas. La ciudad en la que cualquiera puede ser víctima de algún payaso disfrazado, cobaya de algún doctor chiflado, destinatario de alguna bala perdida, envenenado con el agua corriente, asfixiado por el gas de la risa o moneda de cambio de algún secuestrador con ínfulas elevadas.
“Corto me enseñó a soñar con una existencia febril e incierta”, del prólogo de François Busnel