
Es curioso: no suelo leer ciencia ficción, pero cuando lo hago, son libros que me encantan. Sin ir más lejos, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? o Jurassic Park son novelas que siempre recomiendo y que no me importaría volver a leer. Y aun así, la ciencia ficción sigue siendo un género al que me resisto. Quizá por eso me dio por leer la adaptación al formato cómic que Ted Adams y Mark Torres han hecho de El hombre menguante, en vez de acudir a la obra original de Richard Matheson. Es una buena alternativa cuando deseo conocer una historia, pero me abruma enfrentarme al texto completo. Ya lo hice con Crítica de la razón pura, de Inmanuel Kant y En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust , y como en ambos casos la experiencia fue más que satisfactoria, he decidido repetir.
Puede que muchos no conozcáis esta novela de Richard Matheson escrita en 1956, pero seguro que os vienen a la cabeza algunas de las películas que se han inspirado en su planteamiento. Por ejemplo, a los que crecisteis en los años noventa como yo, os recordará a Cariño, he encogido a los niños. Sin embargo, nada de cómico tiene la historia de El hombre menguante. Al contrario, el trasfondo de la novela, evidente en su magnífico final, es de un calado existencialista que a mí me dejó noqueada. Si hubiera tenido al señor Matheson enfrente, le hubiera dado un aplauso.
¿Qué pasaría si cada día encogieras tres milímetros? Al principio, ni siquiera te darías cuenta, pero poco a poco, ese cambio inexorable de tamaño iría limitando tu día a día y, lo que es peor, la forma de percibirte tú mismo y los demás. Eso es lo que le ocurre a Scott, el protagonista de El hombre menguante. La narración va intercalando episodios en los que Scott mide más de un metro ochenta, pero comienza a notar la mengua, y el momento en el que apenas supera el centímetro de altura y está atrapado en su sótano, donde alcanzar la caja de galletas o escapar de una araña suponen toda una odisea.
Con adaptaciones tan buenas como esta de Ted Adams y Mark Torres, el cómic se consolida como un medio excelente para redescubrir clásicos, pero también reivindica su valor literario. Sus ilustraciones imprimen el ritmo adecuado a la historia y transmiten la creciente inseguridad de Scott, la incomodidad de su pareja, el desprecio de los extraños, la certeza de que desaparecerá en pocos días. De este modo, nos metemos en la piel de Scott, sentimos su desesperanza y su terror y, sobre todo, nos planteemos si nosotros tendríamos también ese instinto de supervivencia.
Para profundizar en la grandeza y originalidad de El hombre menguante, Planeta Cómic ha incluido una introducción de Peter Straub, un prefacio de David Morrell y un artículo de Ted Adams donde explica cómo fue el proceso de adaptación. Como el mismo Adams reconoce, este cómic nació con el objetivo de animar a los nuevos lectores a leer el texto original de Matheson; y lo han logrado, al menos conmigo. Mis estúpidas reticencias con la ciencia ficción tienen los días contados si leo a maestros del género de este calibre.

“El principio de Incertidumbre dictamina que uno puede saber dónde se encuentra una partícula, o puede saber a dónde se dirige, pero no puede saber ambas cosas al mismo tiempo. Y resulta que con las personas pasa lo mismo. Y cuando lo intentas, cuando te fijas demasiado, contraes el efecto del observador, que significa que, cuando intentas descubrir lo que está ocurriendo, interfieres en el destino. Una partícula puede estar en dos sitios a la vez. Una partícula puede interferir en su propio pasado. Puede tener muchos futuros y muchos pasados. El universo es complicado”.
Bienvenidos a El Asco, yo seré su guía.
Penúltima página de mi diario de lectura del manga Assassination Classroom.
Una rata antropomorfa, algo achaparrada pero con un torso y unos brazos que serían la envidia de un culturista. Piernas menudas que finalizan en unas botas gigantescas. En su rostro una mirada aviesa bajo un ceño dolorosamente fruncido. Media sonrisa de suficiencia a la sombra de un morro que aparece coronado por una enorme narizota. En la espalda del roedor pende una escopeta recortada. La mala leche fluye desde cada átomo del animal. Así era Solo la primera vez que el dibujante 


La muerte va ligada a la vida. Es un hecho. No existe muerte sin antes vida. Una evidencia inquebrantable. La mayoría la temen. Algunos la aceptan. Todos saben que es ineludible. Tarde o temprano todos ajustamos cuentas con la Parca. Y debido a esto, por el hecho de pensarlo, de meditar unos instantes en nuestra transición (o la de nuestros seres queridos) hacia la transformación en materia del universo, en una conciencia que se hunde en la nada, ¿no deberíamos vivir una vida más plena? ¿No deberíamos aprovechar cada segundo de esta fugaz etapa?
La verdad es que no suelo leer muchos libros del género al que pertenece esta novela. De hecho, creo que sólo he leído Blade Runner, de Philip K. Dick. La ciencia ficción no es mi punto fuerte, pero al leerla, me pregunto por qué no habré leído yo más libros de este género.
¿Alguna vez os habéis parado a pensar que los avances tecnológicos nos pudieran conceder la inmortalidad? ¿Que cualquier daño físico que suframos, incluso la muerte, pudiera ser subsanado en un futuro no tan lejano? Aunque es algo difícil de imaginar, seguramente para las generaciones que vivieron a principios del siglo pasado, también lo serían los ordenadores, los teléfonos móviles e incluso las televisiones y las radios. La Inteligencia Artificial promete y mucho en las próximas décadas. Y no parece haber límites… Sin embargo, ¿no creéis que debería haberlos?
Considero que tengo una familia envidiable. Sin duda, es la mejor cosa que me ha pasado en la vida. A pesar de que mis padres se divorciaron cuando yo era muy pequeña y que los problemas familiares eran el pan de cada día, con el tiempo me he dado cuenta de que la familia es lo primero. No tengo hermanos, pero tampoco los he echado de menos porque durante muchísimos años vivió en mi casa mi tío David, que me saca catorce años. Él se encargó de hacer de hermano mayor, con las cosas buenas que implica y con las malas. Tengo muchos recuerdos de cuando era pequeña —mi familia me dice que es increíble la memoria que tengo— y uno de mis favoritos es aquel en el que yo salgo de clase y él está en la puerta del colegio esperándome. Entonces íbamos a casa, comíamos súper deprisa viendo los Simpsons y luego nos poníamos a jugar a la Play un buen rato. Hasta que venía mi madre y nos echaba la bronca por estar todo el día enganchados a la maquinita. Normalmente, él jugaba —sobre todo al Grand Theft Auto— y yo iba buscando en Internet trucos para que él los aplicara. Lo pasábamos en grande. Ahora él tiene dos hijos pequeños a los que veo día sí y día también. Ahora soy yo la que juega con ellos a la Play y les enseña todos los trucos que pueden hacer en el Spyro o les pasa las pantallas difíciles del Gran turismo. No os imagináis lo feliz que me hace eso.
Hikikomori es un término japonés que se utiliza para referirse a esas personas, en su mayoría adolescentes, que han decidido abandonar la vida social y vivir recluidos en casa. Nada de quedar para tomar un café con los amigos y charlar. Nada de planear una cena romántica con la pareja. Nada de salir de juerga el sábado por la noche. Los hikikomori, ya sea por timidez extrema, agorafobia, otro tipo de trastorno psicológico o por evitar el bullying, rehúyen de cualquier contacto social. Su vida se reduce a videojuegos, cómics, películas y mucha comida instantánea; todo ubicado en una habitación, una burbuja protectora, que en ocasiones pasa desapercibida para los padres hasta que es demasiado tarde. Aunque la mayoría de los casos de hikikomori ocurren en Japón (una sociedad ya de por sí con ciertos problemas a la hora de relacionarse), se han contabilizado algunos casos fuera del país nipón.
La nieve siempre es muy resultona como escenario de terror. Todavía recuerdo vivamente cómo, de niño, por aquel glorioso 1982, me impresionó aquella copiosamente nevada La cosa, de John Carpenter, una película no del todo apreciada en su momento, pero que ha ganado mucho con el tiempo.