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La japonesa calva, de Jesús Tíscar Jandra

la japonesa calva

la japonesa calva¿Y cómo hago yo una reseña de este libro si cada vez que leo su título me recuerda a La cantante calva? A eso me recuerda el título de esta novela y no a otra cosa, pero digo el título, no la novela ni la obra de teatro que no he visto, solo me lo recuerda el título. Y cómo hacerlo si hasta su autor, Jesús Tíscar Jandra, que en la foto de la solapa me recuerda a Hernán Migoya, que puede ser que sean cosas mías, ¿pero es cosa mía que Migoya y Tíscar se parezcan o a alguien más se lo parece?, y digo que si hasta Tiscar no tenía claro haber escrito una novela negra hasta haberla terminado y dice que “no es una novela negra al uso, ni de coña, pero es una novela negrísima” la novela que ha escrito el Tíscar este que se parece al Migoya, vaya que si se parece, y que ha ganado el XXI Premio de Novela Negra de Getafe 2017, que es un premio que lo da un jurado en el que entre otros está el Lorenzo Silva ese que escribe sobre una pareja de beneméritos y es un premio del que ya reseñé en su día Ángulo muerto y esta novela, La japonesa calva, ha ganado el premio este año.

Lo cierto es que nada más leer la sinopsis del libro de Tíscar que se parece al Migoya supe que tenía que leerlo, eso supe nada más leer la sinopsis, y cuando comencé a leerlo caí ante su estilo descriptivo palabrero, y yo no soy de fijarme mucho en descripciones, pero esa forma suya de escribir que parece que escriba letras de jotas, letras de jotas parece que escribe, le funciona, o a mí me parece que le queda muy bien a la novela que ha escrito y ha ganado el premio, y además la historia que se inventa, porque se lo saca todo de esa cabeza suya que se tapa con una gorra en la foto de la solapa en la que se parece a Migoya, es brillante, como el arroz brillante, y acompañado con la prosa que emplea es además vibrante.

¿Y la historia? La historia que cuenta es una historia de vidas cruzadas y en la que casi todos los personajes que “no es que sean antihéroes sino primos de los antihéroes” orbitan alrededor de Kazumi Kuriwako, que es la japonesa calva del título que ha ganado el premio este año, pero que no es calva, sino rapada, y que tiene un poder analgésico y maravillante que funciona en casi todas las pieles y que también hace pajas y mamadas, eso hace la marranona esa que no es calva sino rapada y que no se desplaza porque solo recibe en su domicilio. Con ella se va a cruzar un asesino que se peina como Los Chunguitos y que quiere convertirse en asesino en serie y buscar una patua para poder ser asesino en serie porque todos los asesinos en serie siguen patuas; y Luciana Crespillo que encontró a la japonesa que no es calva sino rapada en el Candir Dóner Kebab, que es el lugar más descorazonador de la Tierra y que a sus setenta y un años recién cumplidos no ha visto ni tocado chorrinas y va a comerse su primer kebab; y Franco Baena, al que sus padres pusieron Franco por Franco (Ferrol 1982-Madrid 1975), un guardia civil enamorado de la marranona que no es calva sino rapada y que se está poniendo fino a Bacardís; y Cobriza Pemberton, la pelos oxidados y mujer del picoleto enamorado de la marranona que no es calva sino rapada, que se siente una mujer irremplazable, una pedazo de hembra; y la niñaca Melisa Benítez cuyo primo dice de ella que es mala de mala, pero mala, no sabes tú lo mala que es; y Rafael Benítez, que se muere de amor y se muere finalmente de la vida por la niñaca antes de declararle su amor por wásap; y una anciana a la que el pelo perla le huele a película de Charlot; y el Sai con su dáun; y un azafato del Decathlon… y algunos personajes más que me dejo que hacen de esta novela que ha ganado el premio en el que Lorenzo Silva, el que escribe de Vila y Chamorro, entre otros, está de jurado, merezca muchísimo la pena, eso es lo que merece, muchísimo la pena.

Porque si tengo que destacar algo es el estilo narrativo y la estructura del Tíscar que se parece al Migoya, en la foto, no en la escritura. Un ejercicio de escritura prodigioso, que se dice fácil pero no lo es, que el Tíscar ha tenido que devanarse mucho la sesera para encontrar la estructura, eso ha hecho el Tíscar, y la ha adornado con una trama que tiene que gustar a cualquier fanático de la novela negra y, si me apuro, a cualquier lector. Un vaivén de personajes entrando y saliendo a escena, cruzándose sin saberlo entre ellos, que son muchos y no se conocen todos aunque pueden estar relacionados, cada uno con su lío y angustia vital y problemas vitales y estreses vitales, que la gente es así en realidad, o más o menos, pero que yo creo que sí, que la novela esta es realista que te cagas y moderna que te cagas y, además, puede que incluso dibuje alguna sonrisa en algún lector.

Y el vocabulario es fácil, de la calle, adaptado a cada personaje, y la lectura ágil, fresca, rápida, que permite devorarse, que es un tópico que ya aburre a las ovejas pero es que es verdad que el libro del Tíscar que se parece al Migoya, no se puede soltar, porque para algo ha ganado el premio importante en el que Lorenzo Silva, entre otros, es miembro del jurado, y que es puro gozo y disfrute, como si la japonesa calva, la marranona esa que no es calva sino rapada, te estuviera dando un masaje… con final feliz.

La japonesa calva es una lectura obligatoria para los novelanegramaníacos y el Tíscar que se parece al Migoya ha hecho una novela redonda. Imprescindible. Eso es lo que es y no otra cosa y hay que leerla porque da mucho placer hacerlo y está muy bien hecha la novela esta de la japonesa calva que no es calva sino rapada.

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El truco, de Emanuel Bergmann

el truco

el truco¿Qué es más fácil, hacer reír o hacer llorar?

Es evidente que en temas de humor no todos reaccionamos igual. Algunos podemos encontrar tronchante una situación absurda, una conversación de besugos o una broma escatológica. A otros en cambio les asoma una traviesa sonrisilla cuando alguien da un traspiés, cae escaleras abajo y se parte la crisma o ante un chiste de Carrero Blanco y sus dotes como saltador olímpico. La Audiencia Nacional, por ejemplo, no estaría entre los del segundo grupo.

Lo que nos aflige, lo que provoca ese nudo en la garganta (preludio de lágrimas amargas que tal vez alivien ese gran pesar que sentimos en el pecho) probablemente nos dispone a todos en un único grupo. ¿Quién no lloraría la muerte de una madre o padre que lo ha dado todo por sus hijos? ¿Y la de ese amigo íntimo que estuvo a las duras y a las maduras siempre apoyándote? ¿Y qué me dices de tener la cruda certeza de que jamás volverás a acariciar el suave pelaje de ese perro que estuvo a tu lado más de diez años? ¿Quién no ha llorado alguna vez al encontrarse cara a cara ante el cruel rostro del desamor? La soledad, la incomprensión, la enfermedad, el abandono… ¿una cebolla?

La verdad, no sé si es más fácil hacer reír o hacer llorar pero de lo que sí estoy seguro es que es dificilísimo narrar una historia en la que ambas emociones mantengan cierto equilibrio. El truco de Emanuel Bergmann es una de esas obras.

El truco es la historia de dos personajes. Dos vidas separadas por el tiempo pero unidas por los acontecimientos. Por un lado tenemos a Mosche Goldenhirsch: un anciano desvergonzado y de carácter huraño, con tendencias suicidas, que se pasa la vida en clubes de streptease en busca de compañía que previo pago le hagan sentir menos vacío. Pero Mosche es solo la sombra desvaída de lo que antaño llegó a ser. Anteriormente se le conoció como el gran Zabbatini, el famoso mago mentalista que recorrió la Europa que posteriormente sería ocupada por los nazis. El otro personaje es Max Cohn: un muchacho de diez años que se enfrenta a la cruda realidad de descubrir que sus padres están a punto de separarse. Por una de esas extrañas casualidades de la vida Max descubrirá que existe un conjuro de amor que podría volver a unir a sus padres. El único capaz de realizar dicho conjuro es Zabbatini. Así pues, el muchacho escudriñará cada rincón de su ciudad con tal de encontrar a ese gran mago y mentalista que podría salvar la felicidad de su familia.

En El truco hay magia, esperanza, desencanto y disparatadas aventuras narradas en clave de tragicomedia. Esa tragicomedia que es en sí misma la vida y el acto de vivir; esa valentía de afrontar retos, de aceptar las pérdidas y las derrotas pero también de mantener los pies en el suelo cuando se triunfa. El personaje de Mosche, anciano casi centenario, sabio a su manera y repleto de experiencias (algunas tienen que ver con el amor, otras con la magia y las peores con El Holocausto perpetrado por los nazis) es la representación de aquellos que se sienten desengañados por una vida demasiado larga y tortuosa. Por otro lado, y como contrapartida, Max, todavía puro de corazón, sensible como solo un niño puede serlo y optimista, es el agradable punto de candidez que contrarresta el cinismo de los desencantados que se toman la vida demasiado en serio. Ambos personajes convergerán no sin que antes Emanuel Bergmann nos relate, con una prosa fácil de leer, elegante y embaucadora, como era la vida de cada uno antes de que sus destinos se cruzaran. Con todo, a pesar de que la historia de Max no está mal, está claro que su protagonismo es sobre todo una excusa esencial a la hora de poner en marcha los recuerdos de Mosche: la verdadera historia de esta novela. Una historia que tarda en arrancar pero que cuando lo hace se muestra repleta de momentos divertidos (en ocasiones haciendo uso de humor algo simplón), de situaciones algo absurdas y de un truco de magia, un fantástico e inolvidable truco, que conseguirá que tus ojos llenos de lágrimas susurren tristeza mientras tu sonrisa grita esperanza.

El truco de Emanuel Bergmann publicado por Anagrama aúna con cierta pericia la comedia y el drama, esos dos géneros narrativos que por separado presionan unas teclas determinadas y dispares creando melodías únicas pero que al unirse, como en este libro, componen una sinfonía agridulce; una suerte de broma melancólica que perdura más allá de la última página.

 

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Kes, de Barry Hines

Kes

Kes

Todos necesitamos una vía de escape, algo que nos aleje durante al menos unos minutos de la realidad en la que nos ha tocado vivir. Algunos valientes emplean esa necesidad en construir algo positivo; otros se conforman con unas cervezas a medio enfriar, un partido de fútbol al que mirar con desgana y una conversación insulsa y mil veces repetida. Pero todos requerimos de algo que nos ayude a combatir el día a día, que nos dé un empujón cuando suena el despertador cada mañana incluso si, como en el caso de Billy Casper, todo invita a tirar la toalla.

Y es que el citado Billy Casper, el protagonista de Kes, es un chaval que lo tiene todo para odiar su vida: criado en una familia pobre y sin padre, en la que la madre está más preocupada por su vida sentimental que por la felicidad de sus hijos, sufre acoso sistemático, tanto en el colegio como en casa, ya que su hermano lo maltrata sin necesidad de razón alguna. Además, las notas invitan a pensar que tampoco es una persona excesivamente brillante, aunque el mayor de sus problemas no deja de ser que no encuentra nada en el mundo que le motive. O al menos esto es así hasta que Kes entra en su vida. Esta cría de halcón, que Billy arrebata de un nido, consigue impresionarlo fuertemente y a partir de ese momento el joven pasa a dedicar todo su tiempo libre a aprender a entrenar al cernícalo.

Aunque acabe de ser publicada por primera vez en España por la editorial Impedimenta, Barry Hines escribió esta novela en 1968 y fue llevada al cine por Ken Loach un año más tarde. Tanto en la versión escrita como el la cinematográfica se recogieron especialmente bien los ambientes en los que se desarrolla la trama: por un lado, la sucia y deprimente ciudad minera, en la que nada ofrece esperanzas de mejora; por otro, el bosque, en el que Billy puede gozar de plena libertad para ser él mismo. En estos dos escenarios pivota la narración, la cual se desarrolla en espacio temporal muy corto, de apenas unos días. De hecho, la novela ni siquiera está dividida en capítulos; apenas unos pequeños apartes oxigenan el libro entre escena y escena, lo que contribuye a darle continuidad al relato y a que los acontecimientos vayan produciéndose con naturalidad y sin giros demasiado bruscos.

Pero si en algo profundiza Kes es en la relación de cariño y respeto que puede llegar a producirse entre una persona y un animal. Y es que Billy no quiere en ningún momento domesticar al ave; él sólo quiere ser partícipe de su crecimiento, entrenarla para que desarrolle sus capacidades lo mejor posible, pero sin querer convertirla en ningún momento en un animal dócil y amaestrado. Una forma, posiblemente, de expresar cómo le gustaría ser tratado a él por su entorno, que lo coacciona y señala simplemente por no ser como los demás.

Si a algo no me atrevo con esta novela es a etiquetarla para un tipo de edad concreta, dado que, aunque su historia invita a identificarla como un relato juvenil, la crudeza que nos encontramos en sus páginas me hace dudar acerca de si no está más destinada a un público más adulto, que pueda afrontar mejor las situaciones injustas y dramáticas que se nos exponen. A lo que sí que me atrevo es a decir que se trata de una novela premeditadamente sencilla, que busca y consigue conmover por medio de un mensaje comprometido con la naturaleza y con el derecho a ser uno mismo.

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El ministerio de la felicidad suprema, de Arundhati Roy

El ministerio de la felicidad suprema

El ministerio de la felicidad supremaLeí El dios de las pequeñas cosas hace tiempo. Se convirtió en mi libro preferido de aquel año y, aún hoy, lo considero uno de los que más han impactado en mi vida. Desde entonces, he querido leer más historias de Arundhati Roy, adentrarme de nuevo en su expresiva y cálida prosa, pero esta autora india no había escrito ninguna novela más. Por eso, cuando vi su nombre en la portada de El ministerio de la felicidad suprema, recién publicada por Anagrama, me lancé de cabeza. No me hizo falta saber de qué iba. Era el regreso a la narrativa de Arundhati Roy y con eso me bastaba.

Ya en la primera página encontré ese tono mágico que me enamoró en su primera novela. En ella, recrea una fábula de zorros voladores, buitres, murciélagos y gorriones. Sin embargo, de lo que habla, en realidad, es de la sociedad india en permanente conflicto. Pero aún estaba en la primera página y me faltaba mucho para entenderlo. Era solo el hilo inicial que me lanzaba Arundhati Roy para atraparme en su inmenso tapiz.

Al principio, pensé que El ministerio de la felicidad suprema contaba la historia de Anyum, una hijra (una mujer del tercer sexo, mitad mujer, mitad hombre) con acuciantes ganas de amar y ser madre. Pero, de repente, fue Tilo quien se apoderó del relato: una mujer en constante huida de sí misma y de los tres hombres que la amaron. Y yo, que estaba fascinada con el personaje de la adorable Anyum, tardé en acostumbrarme a los nuevos protagonistas, y vagué perdida por decenas de páginas, contemplando desde diferentes prismas la barbarie de la guerra sin fin de Cachemira. Pero, parafraseando a Kafka, la incisiva prosa de Arundhati Roy era como un hacha que rompía el mar helado dentro de mí, y eso me hacía seguir adelante. Se iban sumando personajes y escenas a esta historia de historias y, poco a poco, yo iba encontrando los hilos que unían a unos con otros. Solo al acabar sus más de quinientas páginas logré contemplar la obra en perspectiva y atisbar el sentido de ese tapiz de dolor y esperanza, si es que es posible comprender una ínfima parte de tanto desgarro.

Esta novela no puede entenderse sin conocer el activismo de Arundhati Roy en estos años. Su lucha contra la globalización o las guerras de Afganistán e Irak y su posicionamiento a favor de la independencia de Cachemira y de la abolición de las castas se plasman en las páginas de El ministerio de la felicidad suprema, donde los conflictos de los personajes son una forma más de ilustrar una sociedad hecha añicos. Quizá no sea tan memorable como El dios de las pequeñas cosas, al menos, para mí; pero Arundhati Roy vuelve a demostrar que es una excelente contadora de historias y que es capaz de transformar hasta el suceso más truculento en poesía. Solo por eso, su retorno a la narrativa ya es una gran noticia para la literatura. Espero que no tengamos que esperar otros veinte años para volver a disfrutar de ella.

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Las últimas voluntades, de Juanjo Monrabal

Las últimas voluntades

Las últimas voluntadesLa verdad es que tengo que confesar que me siento pequeña. Puede que suene raro, pero dejad que me explique. Cuando leo un libro que me ha acompañado durante varios días, que además me ha gustado y que tengo que reseñar, normalmente me sobreviene esa sensación. Me sobrecoge toda la información que he recibido, los buenos momentos y me siento tremendamente pequeña cuando tengo que hablar de él. Si además, añadimos el hecho de que el libro del que os hablo es el primer trabajo de un escritor, todavía me empequeñezco más. Qué extraña sensación esta, ¿no? Es una mezcla de nostalgia, admiración y qué se yo, lectores. Pero allá voy, como si tengo que subirme  a una escalera para hablaros de Las últimas voluntades. Merecerá la pena.

Juanjo Monrabal es el autor de esta interesante novela.  Nacido en Madrid en 1976 es licenciado en Derecho y trabaja como Oficial de Notaría en Madrid desde hace 18 años y el libro que hoy me ocupa es su primera novela. Algo que cuesta creer, lectores, pero no seré yo quien dude de un Oficial de Notaría.

Las últimas voluntades trata sobre Vicente, un joven estudiante de Derecho que regresa a Colimba, la ciudad donde pasó su infancia y adolescencia para acudir al entierro de su padre. Ese regreso al lugar que le vio crecer traerá consigo un montón de recuerdos  que, uno a uno, irán llamando a la puerta de su memoria. Y Vicente no puede más que abrir la puerta y dejarlos entrar para reorganizar el puzle de lo que ha sido su vida hasta entonces. Todas las piezas tienen su lugar, todas parecen encajar. Y aunque la mayoría de estas piezas, estos recuerdos, duelan, sabe que tiene que dejarlas entrar de nuevo en su vida.

La relación con su padre, el notario del pueblo, un hombre rígido y distante con el que siempre ha mantenido una relación de admiración y frialdad. El recuerdo de su madre, soñadora, frágil y su muerte. Su relación con Román, su mejor amigo y Marta, la hermana de éste, quien se convertirá en su primer y único amor. Todos estos recuerdos que vuelven a él como una realidad cuando, tras trece años de ausencia, vuelve a pisar Colimba. Porque Vicente quería huir, quería huir de esa vida y por ello se marchó a Madrid a estudiar, dejando atrás esa vida que vuelve a aparecer ante sus ojos como un fantasma, como la sombre de lo que fue.

En Madrid, Vicente consigue cambiar el rumbo que parecía que le había sido predestinado. Comienza a estudiar Derecho y a vivir otras aventuras, tan distintas de aquellas que Colimba podría ofrecerle. Conocerá a Javier, su amigo sevillano, a Nacho y Teresa, con quienes se verá en inmerso en un destructivo triángulo amoroso. Porque los excesos tienen un precio y Vicente lo sabe bien. Pero también sabe que la vida a veces nos da segundas oportunidades y que hay que saber aprovecharlas.

Las últimas voluntades es una novela dura, sinceramente. Una novela que sobrecoge, que nos hace pensar y que puede, que como a mí, también os haga sentiros pequeños. Está escrita con un ritmo fácil, bien construido y que atrapa al lector. A mí me ha mantenido unida a Vicente, a su vida, sus decepciones y esperanzas. Pero a pesar de la dureza, también es una novela con luz, esa luz que irradian las oportunidades, el optimismo. Tengo que aconsejaros la lectura de esta ópera prima de Juanjo Monrabal. Una manera exquisita de comenzar una carrera literaria.

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Costanza del silencio, de Mario Barra Jover

Costanza del silencio

Costanza del silencioVenecia. Siglo XVIII. Una joven huérfana que sueña desde que comienza el día con una vida mejor. Una mujer que quiere que se le reconozca su talento para la música, más allá de su mero papel de flautista en los conciertos de Vivaldi. Utilizada para lograr sus objetivos, cada día se siente más perdida y lucha por encontrarse a sí misma en un mundo en el que nadie la ha visto como realmente es.

Me engañaría a mí misma si dijera que Costanza del silencio es una historia alegre, de esas que saboreas desde el principio y hasta el final por su positivismo y su final feliz. Pero la vida de las mujeres del siglo XVIII, que es donde se sitúa este libro, no era nada fácil. Y más si no tienen una familia, como nuestras protagonistas. No tenían elección y lo sabían desde que nacían. En su caso, dedicarse a la música, siempre que su Maestro lo quisiera así, y vivir únicamente para satisfacer sus deseos; o casarse, en el mejor de los casos, y vivir tan solo para satisfacer a su marido hasta el fin de sus días.

Sin embargo, esta ha sido una de las cosas que más me han gustado de esta novela. No creo que haya sido nada fácil para el autor ponerse en el lugar de una mujer de otro siglo, sin opciones en la vida, algo muy distinto a lo que estamos acostumbrados en el siglo XXI. Y esto es lo que hace grande esta obra. Una visión completamente feminista que profundiza en lo que la mujer deseaba en esos momentos, que se le reconociera su papel en el mundo y la capacidad de elegir. La falta de libertad lleva, en este caso, a Costanza, a una vida infeliz en un mundo en el que primaban los deseos de los hombres.

Pero, pese a todas estas dificultades y estos obstáculos con los que se encuentra, Mario Barra Jover ha creado un personaje valiente, que reivindica su papel en la sociedad y que no tiene miedo a expresar lo que piensa, aunque esto le traiga más de un problema. Un personaje con fuerza y determinación, que incluso va adquiriendo más voz y personalidad a medida que avanza la novela, mientras pasan los años en su vida. El desarrollo de su personaje, a medida que aprende de sus vivencias, es de lo que más he disfrutado desde que comencé a leer este libro.

Y a su vez, algo muy importante, es que no solo ha dado voz a la protagonista, Costanza, sino a todas sus compañeras músicas del orfelinato. Estas que ayudaban a los grandes genios de la música clásica a convertirse en lo que son actualmente. Se les reconoce su labor y su trabajo, aunque sea tan solo en estas páginas y tantos años después…

A pesar de ello, un tema al que también hace mención es al de la competitividad y las envidias entre estas mujeres y compañeras. Una delicada y compleja cuestión que se podría dar de igual forma en la actualidad pero que se agrava en la época, ya que cuando una mujer no destacaba entre las demás, significaba que no tenía muchas opciones. Los insultos, la falta de ayuda mutua y las envidias que provocaba, por ejemplo, nuestra protagonista, le hacían sentirse sola en tantos momentos que hace que empatices con ella. ¿Qué ha hecho para merecer eso? En tu caso, ¿qué harías? ¿Te disculparías por tener talento? Es algo en lo que reflexionar, ya que esto se da a día de hoy y me parece que Mario Barra saca a colación por algo…
Algo igualmente importante, y en lo que el escritor hace hincapié, es en la música. No sé si será un apasionado o si disfrutará con ella, pero es algo muy relevante en la historia. Es un elemento que ocupa una gran parte de sus descripciones, logrando captar la atención del lector y emocionándole como si estuviera en un teatro y realmente la escuchara. Al menos a mi me ha evocado a esos momentos de tranquilidad, en los que escuchar música clásica me relaja y me transporta a un mundo en el que parece (solo parece) que todo es mejor. Supongo que también es un elemento que era necesario en esta triste historia, por poner algunas notas de luz en medio de tanta desesperación y soledad (aquí podéis escuchar una completa playlist con todos los fragmentos que son tocados en la novela)

Respecto a la narración, debo decir que es una de las pocas cosas con las que no he disfrutado tanto de esta novela. A pesar de que el escritor muestra un gran dominio del lenguaje, con descripciones detalladas y un uso impecable de las figuras retóricas, debo decir que en ocasiones me ha aburrido. Pero, aunque creo que le cuesta arrancar al principio, y que el ritmo en ocasiones se me ha hecho demasiado lento, siempre ocurre algo que te anima a continuar con esta historia.

Y creo que me dejo lo mejor para el final, ya que, por si no fuera poco, Marrio Barra introduce un tema de actualidad en esta novela: la homosexualidad. Algo completamente tabú en el siglo XVIII y que está a la orden del día en la actualidad. Y profundiza además en ello, en el placer que pueden aportarse mutuamente dos personas del mismo sexo. Algo que hace a la vez que Costanza se confunda y crea que es inmoral.

Pero, ¿qué es inmoral y qué no lo es? ¿Quién decide eso? El autor nos hace reflexionar con la protagonista sobre esta cuestión, y es que es realmente cierto: ¿Quién nos puede decir qué es correcto o incorrecto? Creo que, simplemente, la sociedad es la que imponía y, a veces, sigue respondiendo a esta pregunta y nos lo enseñan desde nuestra infancia. Pero somos nosotros mismos quienes podemos decidir qué creer y qué no…

Costanza del silencio es una novela que me ha hecho reflexionar, que me ha hecho amar la música más de lo que ya lo hago, y que profundiza en el papel de la mujer más allá del siglo en el que se encuentra ambientada. La falta de libertad y de opciones es algo que ya no existe en este siglo pero sí es cierto que seguimos viviendo en un mundo en el que algunas veces, seguimos encontrándonos con situaciones machistas. Pero, como el autor recuerda en este libro, hay que seguir luchando pese a las circunstancias en las que vivamos. Si Costanza pudo, nosotros también podremos. ¿O no?

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El ferrocarril subterráneo, de Colson Whitehead

el ferrocarril subterráneo

el ferrocarril subterráneoEl ferrocarril subterráneo, de Colson Whitehead, está en boca de todos porque ha sido galardonado con el premio Pulitzer 2017, el National Book Award 2016 y la Andrew Carnegie Medal of Excellence, un hito literario que contados libros han conseguido.

Los premios, y más si son de la categoría de los mencionados, hacen que el gran público se interese por estas obras, pero no siempre sus impresiones coinciden con las del jurado y la crítica. Los lectores tienen grandes expectativas con lo que se van a encontrar y, en consecuencia, estas son muy difíciles de cumplir. Eso me ha sucedido a mí con El ferrocarril subterráneo.

A parte de los galardones, las frases promocionales tuvieron la culpa. The Boston Globe decía: «Una obra maestra, una peculiar mezcla de historia y fantasía que permite compararla con Toni Morrison y García Márquez». Pero yo no he encontrado el realismo mágico que esperaba, tras esa comparación con dos de los referentes del género. Y la novelista Anne Tyler la describía como «una desgarradora saga sobre la esclavitud mágicamente elevada por el ferrocarril que le da título». Y tampoco esta historia tiene los elementos para considerarse saga, pues se habla de pasada de la madre y de la abuela de Cora, la protagonista, pero la única vida en la que nos adentramos es en la suya. Así que yo iba en busca de un tipo de libro y me encontré con otro totalmente distinto. Pero no merece esta historia que la juzgue por mis expectativas al acercarme a ella.

¿De qué va esta novela? El Ferrocarril Subterráneo fue una agrupación abolicionista clandestina del siglo XIX que ayudó a los esclavos a huir a estados libres, y Colson Whitehead ha imaginado cómo hubiesen sido esas huidas si literalmente hubiera habido un ferrocarril que recorriera el subsuelo del país. Esa pequeña transformación de la realidad le sirve como hilo conductor para contarnos la historia de Cora, una esclava que decide escapar de una plantación algodonera de Georgia junto a otro esclavo, Caesar. Para él, ella es su talismán de la suerte en la huida, pues se dice que su madre, Mabel, ha sido la única que ha logrado escapar. Tras ellos irá Rigdeway, un cazador de esclavos fugados, cuya única mancha en el expediente es que nunca atrapó a Mabel, por lo que cazar a Cora será también algo personal.

Pero El ferrocarril subterráneo es mucho más que la historia de una persecución. Es la recreación de un periodo histórico del que mucho se ha escrito y del que, sin embargo, nos queda tanto por saber. Colson Whitehead mantiene una narración más bien fría, sin afectaciones. Tampoco Cora es la clásica protagonista inocente en busca de una vida mejor a la que los lectores compadecen al instante, sino una mujer complicada e incluso egoísta, que hace lo que tiene que hacer, esté bien o mal, para sobrevivir. Y es que a Colson Whitehead no le hace falta utilizar los manidos recursos en este tipo de historias para conmovernos. Lo que nos retuerce el corazón es la crudeza de los hechos en sí mismos, ejecutados por una sociedad que se creyó con el derecho de comprar, vender, explotar y matar a otros seres humanos solo por tener un color de piel diferente. Estación tras estación, nos vamos impregnando de la desesperanza de sus protagonistas, que solo ven oscuridad tras las ventanas de ese ferrocarril que les promete la libertad.

Quienes se acerquen a este libro movidos por premios y frases promocionales, es posible que se creen una imagen equivocada y se decepcionen. En mi opinión, el esfuerzo que requiere su lectura no suele ser del gusto del gran público y hasta al lector avezado le costará entrar en la historia. Sin embargo, si dejamos a un lado las expectativas y nos dejamos llevar sin prisas por su contundente prosa, comprobaremos lo necesario que era hacer este viaje literario, aun sin saber si habrá luz al final de ese túnel construido por Colson Whitehead para mostrarnos el lado más infame del ser humano.

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El viento en la cara, de Saphia Azzeddine

El viento en la cara

El viento en la caraEl viento en la cara es Bilquiss. Y es que la mujer que protagoniza esta historia escrita por Saphia Azzeddine es uno de los personajes más potentes que he leído en los últimos tiempos. Con sus ingeniosas réplicas, su cinismo y su orgullo, Bilquiss va a contracorriente (de ahí, el atinado título del libro) y se impone a todo lo demás. Y ese «todo lo demás» no es poca cosa, os lo aseguro. Ese «todo lo demás» es un país que la ha ninguneado desde su nacimiento y un juicio en el que su condena será la lapidación en la plaza pública.

¿Y por qué? ¿Qué ha hecho Bilquiss para merecer semejante castigo? Ser mujer, simplemente. Y no tener hombre alguno que se ocupe de meterla en vereda, además. El jurado y los espectadores quizá expongan más motivos. Dirán que se atrevió a ocupar el lugar del muecín a la hora del rezo. Incluso que compró berenjenas y calabacines con formas fálicas. ¡Qué descaro! ¿Cómo no va a merecer una buena somanta de latigazos? ¿Cómo no van a querer tirarle piedras hasta que dé su último suspiro?

Pero Bilquiss no calla, aunque eso suponga acercarla un paso más a la muerte. Y cada una de sus peroratas pone en evidencia los dogmas bárbaros de su sociedad (que nada tienen que ver con la fe), las incoherencias de sus fieles creyentes y la bajeza de sus odios. Bilquiss no solo critica la injusticia de su país, Afganistán, sino también a esos occidentales que están llenos de certezas sobre lo que acontece en la sociedades musulmanas, a sus compromisos frívolos y a sus caridades intrusivas. Ese tipo de occidentales está representado en un grupo de soldados estadounidenses asentados en su país y en la periodista Leandra Hersham, que viajará hasta allí para tratar de ayudarla, tras ver su sesión de latigazos en Youtube. Sin embargo, Bilquiss no cede ante nadie. Se niega a ser un títere en manos de unos o de otros.

El viento en la cara es Bilquiss, sí, y eso que la narración no se centra solo en su punto de vista. También nos metemos en la cabeza del juez, que, muy a su pesar, se siente fascinado por la intensa mirada y las furiosas palabras de la acusada; y en la de la periodista estadounidense, cargada de buenas intenciones, pero lejos de saber a lo que se enfrenta. Ellos hablan, pero Bilquiss los desmonta. Porque su discurso es tan lúcido que, cuando ella alza la voz, solo pueden callar y escuchar.

Lástima que Bilquiss sea un personaje de ficción y que en la ficción haya tan pocos personajes como Bilquiss. Hoy en día, haría falta más gente así, en la sociedad y en la literatura. Afortunadamente, detrás de ella está Saphia Azzeddine, su creadora, a la que le presupongo el mismo carisma e inteligencia que le ha insuflado a su protagonista, y que lleva ya seis libros en su bibliografía. Así que espero que Saphia Azzeddine escriba mucho más, para que vapulee los prejuicios de millones de lectores y les dé un buen baño de realidad. Quizá así, algún día, entre todos hagamos que el viento cambie de dirección para que el sentido común nunca vuelva a ir a contracorriente.

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Esto no es América, de Jordi Puntí

esto no es america l

esto no es america lNo tenía ni pajolera idea de quién era Jordi Puntí hasta hace unos días. No importa. Afortunadamente, me gusta entrar en las librerías y leer las contras de los libros que me llaman la atención, y este lo hizo. Esa portada ilustrada con la obra titulada “Acordaos de rezar antes de hacer maldades” ya era un aviso de que el contenido iba a ser atípico, como mínimo. “Esperado regreso de Puntí al cuento” era la frase de la faja que secundó el impulso sin remedio hacia él. Leyendo un poco averiguo que hacía quince años que el tal Puntí no publicaba un volumen de cuentos y que es “uno de sus más dotados cultivadores en activo”. Prometedor, pienso esperanzado. Sigo leyendo y las breves sinopsis de los nueve cuentos de los que se compone el libro me convencen. Ya está. A la saca. Por si tenía poca lectura atrasada, uno más.

Sin embargo, Esto no es América ha sido una revelación. Una lectura más que agradable, que debe hacerse de manera reposada, que es, por otra parte, como deberían leerse la mayoría de libros, aunque no siempre podamos. Pero consejos vendo… yo los he leído con una voracidad desmedida porque no podía frenarme. Imposible. Con eso lo digo todo.

Casi todos, por no decir todos, los relatos tienen en común la soledad del narrador. Da igual que en algunos este se encuentre casado feliz o infelizmente, superando una crisis o sin problemas en el horizonte de su paraíso particular. Lo que leemos son los pensamientos, esperanzas, recuerdos y añoranzas (muchas de estas) de un protagonista que suele estar moviéndose hacia algún sitio y que en su odisea suele cruzarse también con otros solitarios.

“Tarde o temprano todos descubrimos qué papel nos ha tocado interpretar en el teatro de la vida.”

Dice la contra que “si hay un hilo conductor que une estos cuentos es la música”. En mi opinión, aunque la música esté presente, no me ha parecido con la suficiente fuerza como para hablar de hilo conductor. No es el común denominador. En cambio, el movimiento y la soledad, sí. Eso diría yo que definen estos cuentos. Eso y la figura del perdedor en distintos frentes: emocional, profesional, vital…

Pero, a pesar de este protagonismo del perdedor, los cuentos son optimistas y en algunos hay ligeros toques de humor. A ver, no son la alegría de la huerta, pero no son historias sobre gente hundida en la miseria, no van por ahí los tiros. Incluso en uno de los cuentos, el protagonista parece que acaba encontrando una pareja. Y en La madre de mi mejor amigo, un estupendo relato erótico, el protagonista tampoco acaba mal precisamente. Algunos tienen hasta un humor negro que te dejan un poco con el culo torcido, como en el caso del cuento Riñón.

Una cosa que me ha sorprendido ha sido la capacidad de Puntí de empezar una historia por un punto, desviarse hacia otro, de ahí poder hacer otro desvío y finalmente volver al punto inicial para seguir narrando. Así ya tenemos toda la información para poder entender al protagonista de turno de forma hábil y ciertamente entretenida.

En cuanto al estilo, no puedo estar más de acuerdo en que Puntí domina los resortes del cuento. Leerle es un auténtico placer. Escribe que parece fácil hacerlo, pues sus cuentos se dejan leer con una facilidad pasmosa que te arrastra sin darte cuenta y te permite observar las escenas cotidianas de la vida desde un punto de vista que creías tuyo propio.

En definitiva, Esto no es América es un libro que no veo como ningún amante de los cuentos puede dejar pasar. Puntí es todo un cuentista nato, y yo no voy a tener más remedio que acumular sus libros anteriores en la pila de pendientes, ahora que ya sí, lo conozco algo más.

Una lectura sublime y no, ni es América ni falta que hace.

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En estado salvaje, de Charlotte Wood

En estado salvaje

En estado salvaje

Se levantó de la cama y notó unos tablones duros bajo los pies. También la aspereza extraña del tejido de un camisón sobre la piel. ¿Quién se lo había puesto? Anduvo sobre los secos tablones de madera y se plantó, alargando el cuello para mirar el mundo a través del espacio estrecho y elevado de un ventanuco. Las dos farolas que había visto en sueños resultaron ser dos estrellas enormes en el cielo de color azul oscuro.

De este modo comienza En Estado salvaje de Charlotte Wood. Es la historia de diez mujeres que son encerradas en unos cubículos, que ellas mismas denominan perreras. Las obligan a llevar ropa vieja, áspera e incómoda y les rapan la cabeza. No saben que las ha llevado a esa granja aislada del resto de la humanidad, y tienen que enfrentarse a la escasez de comida y a la esclavitud a la que se ven sometidas por dos hombres y una mujer, que cada día las obligan a trabajar en la construcción de una carretera. Son maltratadas, humilladas y no tienen modo alguno de escapar debido a la valla electrificada que las separa del exterior. ¿Qué han hecho para merecer ese trato?

En estado salvaje ha sido comparada con El cuento de la criada de Margaret Atwood, obra que en los últimos tiempos a reavivado su fama gracias, en gran medida, a la serie de televisión basada en su historia y al momento actual. Vivimos una época en la que el machismo, el feminismo, la igualdad… están en boca de todos y todo lo relacionado con el tema inmediatamente salta a las portadas y crea debate. No obstante, En estado salvaje tiene varios puntos que lo distinguen de la obra de Margaret Atwood. El más fundamental es que mientras que El cuento de la criada es una distopía (más cercana o alejada del presente), En estado salvaje no hace referencia a ningún tiempo y eso es porque se trata de una historia de ayer, de hoy y de mañana. Habla de misoginia pero también de esclavitud y de supervivencia.

Hace unas semanas los medios publicaron los datos que la Organización Internacional del Trabajo (OIT) presentó en la Asamblea General de la ONU en relación al alcance real de la esclavitud moderna. El estudio señala que más de 40 millones de personas en el mundo fueron víctimas de la esclavitud en 2016. El género femenino representa el 71%, casi 29 millones, de esa alarmante cifra. Y es que, el 99% de las víctimas del trabajo forzoso en la industria del comercio sexual y el 84% de los matrimonios forzosos, son mujeres.

De esto va el libro de Charlotte Wood, de mujeres que son castigadas por una sociedad que nos divide por nuestro género, que ha sexualizado de tal modo el cuerpo femenino que hace que las propias mujeres nos preocupemos por él, por si enseñamos o no enseñamos demasiado; que hace que algunas mujeres nos avergoncemos de él y otras lo usemos como un arma; que hace que éste levante pasiones y envidias por igual; y que, sobre todo, hace que en un porcentaje demasiado alto nos represente, nos etiquete y nos condicione…

El libro es ficción pero es muy real. Puede que no sea por las mismas razones, con el mismo fin, o a tantas mujeres de golpe, pero cada vez que un hombre acosa a una mujer, viola a una mujer, maltrata a una mujer… la está castigando por eso, por el simple hecho de haber nacido mujer en una sociedad que ha dotado a los atributos femeninos de una sexualidad que que la mujer no ha elegido.

Tras esta reflexión, me gustaría señalar que En estado salvaje no cae en el burdo mensaje de simplificar este conflicto en “mujeres víctimas, hombres verdugos”. Va más allá y nos muestra como las propias mujeres somos en muchas ocasiones nuestras peores enemigas y somos las primeras en prejuzgarnos y etiquetarnos las unas a las otras.

Las chicas veían como Teddy utilizaba a Nancy. Era asqueroso, como todos los hombres, convenían. Eran los hombres quienes empezaban las guerras, quienes cometían las matanzas, las violaciones y mutilaciones.

–Imaginad si las mujeres dirigieran el mundo –suspiró Izzy.

Se hizo el silencio.

–Pero a mí me gustan los hombres –musitó Rhiannon. Todos los rostros se volvieron hacia ella, así que añadió a toda prisa–: No estos, claro.

–Imaginad como sería este sitio si estuviéramos solo nosotras –dijo Barbs.

Las demás lo pensaros en silencio.

–Aún estaría Nancy –dijo por fin la vocecilla de Joy.

–Y Hetty –dijo Maitlynd.

Se estremecieron

Así que no, volviendo a la comparativa entre las obras de Charlotte Wood y de Margaret Atwood, no son la misma historia porque mientras que una podría ser real en algún momento, la otra ya lo es; pero eso sí, ambas cumplen una función y es hacernos pensar en todo esto.

Permitidme, por tanto, que ponga en relieve la importancia de que se escriban libros así. Libros que, a pesar de ser encuadrados en el género de la ficción, son muy reales y abordan la barbarie de la que es capaz el ser humano. En estado salvaje es una historia dura y despiadada que inquieta, que destroza y que en algunos pasajes te hace removerte incómodo; pero también, te hace abrir los ojos y reflexionar.

Charlotte Wood ha escrito una historia que horroriza y cautiva a partes iguales gracias a una prosa directa, natural y detallada hasta el extremo que te hace mascar la suciedad, la rabia, la claustrofobia, la incertidumbre, el miedo, la crueldad; y también, la fortaleza y la lealtad. Pero que nadie se equivoque, porque el estilo de Wood es tan irreverente como cuidado y elegante. Tal vez no es un libro apto para todos los públicos, especialmente para mentes delicadas y susceptibles, pero sí es un libro muy necesario por los temas que aborda.

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El final de todos los agostos, de Alfonso Casas

el final de todos los agostos

el final de todos los agostosDesde hace algún tiempo estamos viviendo a nuestro alrededor una fiebre nostálgica alrededor de los ochenta/noventa. Y digo yo que no será casualidad, que debe de ser la época que les toca añorar a quienes alcanzan ya cierta edad y que coincide que están al mando de ciertos medios. Series como Stranger things, constantes y a menudo innecesarios y horrendos remakes cinematográficos como la reciente It (aunque este ni horrendo ni innecesario) o el libro que ya ha se ha convertido en fenómeno social y de redes y el cual creo que ya va por su cuarta entrega, Yo fui a EGB, son algunos ejemplos que se me ocurren a bote pronto (pero hay cientos).

Lo jodidamente cierto es que, independientemente de la edad, todos hemos echado, echamos o echaremos la vista atrás y estoy convencido de que, a no ser que se haya pasado un infierno de infancia o alguna tragedia mayúscula, la mayoría estará de acuerdo con la archifamosa frase “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Por supuesto, ahora vivimos muy bien. Pero cuando oímos esa frase no nos referimos a un pasado en el que nos remontamos a la Edad Media, cuando no había antibióticos o analgésicos ni lavadoras o microondas. No. Cuando oímos esa frase nos referimos a un tiempo pasado vivido por nosotros; ese tiempo perdido que decía Proust en el que éramos felices sin saberlo y en el que todo era fácil porque apenas teníamos preocupaciones.

El final de todos los agostos va de algo así. No exactamente de la infancia en este caso, o solo en una pequeñísima parte, sino más bien de la temprana adolescencia. De una pregunta que creo que también nos hacemos de vez en cuando: ¿Qué habría pasado si hace años, en vez de haber elegido X hubiera elegido Y? ¿Qué sería de mi si hubiera hecho caso a Fulano y no a Mengano? Si hubiera hecho lo contrario de lo que decidí hacer.

Y también va de saber qué ocurrió con personas que fueron tan importantes en nuestra vida que en aquel momento no nos imaginábamos sin ellas pero que, sin embargo, desaparecieron de ella sin dejar el supuesto vacío que deberían provocarnos.

Dani es un fotógrafo que de pequeño iba cada agosto a veranear a un pueblo de la costa. En él conoció a Pumuki y se hicieron amigos. Ahí comenzó también, sin saberlo, su carrera de fotógrafo, haciendo su primera foto a ese niño pelirrojo con el que se metían y que se convertiría en su mejor amigo. Veinte años después de la última vez que pisara el pueblo, Dani, a pocos días de casarse, vuelve para fotografiar los mismos sitios y ver los estragos del tiempo con miras a preparar una exposición.

“El misterio hace a la gente más interesante y a veces es mejor quedarse con el recuerdo”

De eso va este cómic. Así explicado, tal vez no parezca gran cosa, pero, ¡coño!, lo es. Dani hace algo que muchos, bien por falta de tiempo, pereza o cualquier otra excusa legítima, pero excusa al fin y al cabo, no hacemos. Revive in situ los buenos y malos momentos que compartió con su amigo. Busca lugares, recuerda experiencias, aventuras, primeros cigarros y amores, bailes y verbenas, juegos en la playa y leyendas urbanas y va en busca de Pumuki.

“Es cierto eso que dicen sobre que la vida no es como uno la vivió, sino como la recuerda”

Alfonso Casas emplea hábilmente el blanco y negro azulado para narrar el presente y toda una rica paleta de color para contarnos el pasado, contrastando de este modo la felicidad del pasado con la ¿infelicidad? del momento actual. De igual modo, para remarcar el paso del tiempo de vez en cuando se insertan en el cómic unas hojas de papel cebolla (e incluso en la portada, aunque aquí es de ¿vinilo?) que consiguen el efecto deseado de contraposición presente/pasado, esperanza/realidad, blanco y negro/color, amistad/soledad…

El dibujo me ha gustado bastante. Desde la primera hoja, con la fachada del edificio que invita a ser arrancada y colgada en la pared. Casas no solo configura una buena historia sino que la caracterización de personajes va de la mano de la de los escenarios. Su dibujo no es complejo, pero tampoco es sencillo y me ha recordado a aquellos libros, creo que se llamaban Senda, que en EGB animaban a la lectura. Es la primera toma de contacto con Alfonso Casas y me han llamado la atención las enormes orejas con las que dibuja a todos los personajes (no sé si es una constante en su obra). En definitiva, un dibujo que engatusa al lector y un color aún mejor. Un color brutalísimo.

El final de todos los agostos es un estupendo cómic. Un ejercicio de nostalgia adulta que no cae en la ñoñería, que no provoca la lágrima ni lo pretende, pero que sí provocará en el lector preguntas y miradas a su propio pasado, como dándole un toque antes de seguir viviendo la vida.

Un indispensable. Sin ninguna duda.

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El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad

El corazón de las tinieblas

El corazón de las tinieblasVoy a contar algo: empecé a tener vértigo cuando fui por primera vez a Nueva York. Fue mirar hacia arriba paseando por sus calles y sentirlo. Me sentí muy pequeño. Desde ese día no he podido superar el vértigo. Lo extraño es que en realidad sí lo había sentido alguna otra vez antes, pero nunca paseando y muchos menos mirando hacia arriba. Lo había sentido, como lo he sentido estos días, con libros firmados por figuras que me hacen sentir pequeño. Joseph Conrad es una de ellas. Y yo pienso: ¿quién soy yo para hablar de esto? Hoy toca El corazón de las tinieblas, publicado por Navona en su colección Ineludibles y traducido por Juan Gabriel Vásquez.

Creo que esto ya lo he contado alguna vez pero viene muy al caso: un día leí una extraña novela en la que al protagonista, que también es el narrador, se le caen los ojos al suelo y se los vuelve a colocar. Pero – ¡vaya! – se los pone al revés y sin darse cuenta, en vez de narrar lo que hay fuera empieza a narrar lo que hay dentro. Y tengo la sensación de que eso es lo que ocurre en este libro. Joseph Conrad nos sube a un barco de esos que tanto le gustaban y nos hace sentarnos frente a Charlie Marlow para escuchar su historia. Este nos cuenta su aventura en el África colonial como capitán de un vapor belga. Pero esa historia es en realidad una bajada al inframundo humano. Nos topamos con la bajeza, la mediocridad que todos tenemos dentro, el rasgo salvaje que a todos nos marca. En ese viaje en barco al cuadrado, vivimos la diferencia entre el colonizador y el colonizado contada a través de los ojos del ganador. Ganador en principio, porque lo ontológico no puede combatir nunca en una batalla física.

Marlow va en busca de Kurtz, un agente colonial inmerso en la selva que se ha convertido en dios de los nativos. Esa búsqueda «en medio de la desmoralización de aquella tierra» golpea la mente de Marlow, al igual que ha golpeado la de los demás. Nadie sale victorioso de allí, aunque se esté formando parte del lado vencedor. Subido al vapor, que por momentos es su único amigo, Marlow va al encuentro de una figura misteriosa que por alguna razón le atrae impulsiva e incontroladamente. Y la encontrará. Ese viaje hacia las tinieblas, tanto externas como internas, producirá un cambio en él, una transformación. Cualquier viaje curte, hace callo.

El corazón de las tinieblas es eso, un viaje, y por suerte para nosotros, literario. Los libros son avisos de lo que nos podemos encontrar y este es un espejo que refleja la parte que no queremos ver de nosotros mismos. Todos contamos con nuestra dosis de crueldad, todos mataríamos por nosotros, todos seríamos todo si tuviéramos que serlo, si no hubiera alternativa. Pero la hay, y consigue que nos pongamos en situación solo con el libro abierto, en cuanto lo cierres ya todo seguirá igual. Sí, la hay: es leer.

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