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Mil veces hasta siempre, de John Green

Mil veces hasta siempre

Mil veces hasta siempreNo os podéis imaginar las ganas que tenía de leer este libro. Conocí a John Green relativamente tarde, bastante tiempo después de que se publicara Bajo la misma estrella, título que le llevó directamente a la lista de súper ventas a nivel mundial. Al principio era bastante reacia a leer aquel libro. Porque estaba muy de moda, porque la historia no me llamaba, porque todo el mundo hablaba de él. No sé, llámalo equis. Pero un día me lo regalaron y acabé leyéndolo en una sola noche sin poder despegar mis ojos de las páginas que volaban ante mí. Así que después fue inevitable que viniera Ciudades de papel, luego Buscando a Alaska, también Will Grayson, Will Grayson y, por último, El teorema Katherine. Se me habían acabado los cartuchos con este autor. Vale, todavía tengo pendiente el libro en el que colaboró con otros autores —Noches blancas— y que pronto caerá, pero como que ya necesitaba otra vez la esencia de John Green en mi vida. Necesitaba sus historias para nada corrientes y a sus personajes altamente especiales. Así que, sí, tenía la fecha marcadísima en mi calendario avisándome de que lo nuevo de este autor, Mil veces hasta siempre, salía a la venta. Y me hice con él. Y me lo llevé a Nueva York y casi me lo termino en el viaje de ida. Lo tuve que cerrar para poder traerlo de vuelta conmigo a España y saborear el final lentamente y sin prisas. Y así lo hice. Y así lo terminé. Y ahora estoy delante de mi ordenador intentando ordenar mis ideas para poder explicaros por qué me parece el libro más fascinante escrito por Jonh Green hasta la fecha.

Tenemos que partir de la base de que este libro es una especie de autobiografía. Aunque la protagonista sea una chica y aunque la acción se desarrolle en la actualidad. No esperéis encontrar la infancia de John Green narrada por él, porque este libro no se trata de eso. El autor ha cogido todos sus puntos débiles, que al parecer no son pocos, y los ha condensado hasta que ha conseguido personificarlos en Aza, la protagonista de su obra. Aza es una chica muy especial que vive en una espiral de ansiedad. Dentro de su mente anida otra Aza que va a mil por hora, cuestionándose absolutamente todo lo que está a su alrededor. Sobre todo es una hipocondriaca reconocida que solo se calma cuando toma medicación y acude a las sesiones con la psiquiatra. Esa Aza que vive dentro de la Aza real hace que tenga que desinfectarse las manos constantemente, para no coger la temida bacteria C. diff, por ejemplo. Todos los escenarios que se imagina ella en su mente acaban igual: con ella muerta por una horrible infección.

Menos mal que tiene a Daisy, su mejor amiga y que la entiende mejor que nadie. Sobre todo porque ayuda a que la Aza de su cabeza se vaya durante un rato para que pueda actuar como una adolescente normal. Pero la espiral comienza a hacerse más estrecha y a resultar agobiante cuando se reencuentra con Davis, un antiguo vecino al que hacía años que no veía. Hijo de un multimillonario que ha desaparecido y que ha dejado toda su herencia a una tuátara —esto es una historia un poco larga que no voy a contar aquí—, encuentra en Aza un refugio, aunque esta se empeñe una y otra vez en encontrar a su padre desaparecido. Aza empieza a mirarle con otros ojos y comienza a querer pasar más tiempo a solas con él, pero ¿cómo eres capaz de tener una relación normal con un chico si sabes que cuando te beses con él ocho millones de bacterias pasarán de su cuerpo al tuyo para vivir dentro de ti para siempre? Difícil, ¿verdad?

Así es la vida de Aza, agobiante y caótica. Me ha encantado especialmente la manera de redactar de John Green, porque realmente consigue que esa ansiedad traspase el papel para llegar a tu cabeza. Con los personajes de sus obras me pasa una cosa muy curiosa, y es que llego a ser extremadamente empática con ellos. Consigo entender sus problemas y comprender todas las decisiones que toman como consecuencia de aquellos. Consiguen removerme las entrañas, como si el protagonista fuera mi mejor amigo y de verdad estuviera pasando por todas esas cosas que se cuentan en el libro. Eso, sin duda, es lo que más me gusta de este autor.

Todavía no me atrevo a decir que Mil veces hasta siempre se haya convertido en mi libro favorito de John Green, aunque sí creo (como dije al principio) que es el más fascinante. Tengo que dejarlo reposar unos días y analizar detenidamente todo lo que he sentido al leerlo. Pero sí que os puedo asegurar que está al nivel de Bajo la misma estrella, sin duda. He leído críticas de todo tipo, tanto buenísimas como horrorosas. No sé… yo lo tengo claro. Me parece un libro increíblemente bueno. Será porque a veces me he sentido tan débil como Aza. A veces me he dejado llevar más por mi yo agobiado y que se preocupa por todo que por mi yo racional, hasta el punto de no dejarme disfrutar de la vida como debería. Me estoy dando cuenta que, a medida que avanza el tiempo y me hago consciente de que esa ansiedad que a veces se apodera de mí es real, aprendo a lidiar mejor con ella. Sin ir más lejos, como os decía antes, hace un par de semanas estuve en Nueva York. Yo tenía un plan perfectamente hilado de lo que haríamos durante los ocho días que íbamos a estar allí. Con tan mala suerte que el primer día nos pilló un diluvio y tuvimos que cambiar los planes radicalmente. Al principio me afectó hasta el punto de querer echarme a llorar, porque todo iba a estar mal, porque no era lo que había planeado, porque no iba a ser todo perfecto. Pero me apoderé de esa voz interna tan negativa y que a veces me dan ganas de asfixiar para poder decir: “hasta aquí”. Y disfruté del viaje como nunca. Y me dio tiempo a hacer un montón de cosas que no tenía planeado en un principio. Así que, sí. He amado a Aza durante todas y cada una de las páginas de este libro. Porque la he entendido. He empatizado con ella. Y he sentido todo lo que describía.

Desde aquí quiero dar las gracias a John Green por mostrarnos un poquito de su alma y por haber confesado todos esos miedos que no por tenerlos eres más débil. Y gracias por seguir dándonos personajes inolvidables. También por la parte final del libro donde incluye los agradecimientos, ya que deja el número de teléfono del Centro Español de Información y Formación sobre la Enfermedad Mental (902131067) para que todas las personas que se sientan así sepan que no están solas y que tienen la ayuda que necesitan más cerca de lo que se piensan.

Por cierto, y ya para terminar, si en algún futuro —esperemos, no muy lejano— esta historia pasa a formar parte de un guion de una película… creo que Lily Collins sería una Aza perfecta.

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La casa de los nombres, de Colm Tóibín

La casa de los nombres

La casa de los nombresNos gusta creernos especiales, que nuestros problemas son más importantes y distintos a los del resto, que nuestras vidas y nosotros mismos somos únicos y que lo que nosotros hemos o estamos pasando nadie más lo ha pasado. Nos creemos que nadie más ha sufrido tanto y lo mismo que nosotros; en definitiva, nos creemos el centro del universo. Pero además de eso, también creemos que hemos evolucionado enormemente desde las épocas pasadas. Sí, hemos evolucionado una barbaridad en muchos puntos, pero si hay algo en lo que no lo hemos hecho es en lo personal. Nuestras circunstancias y nuestra manera de vivir han cambiado: nuestra casa, nuestra ropa, nuestra educación, nuestro ocio… Sin embargo, nuestros problemas y nuestros sentimientos más básicos siguen siendo los mismos que han tenido a lo largo de la historia todos nuestros antepasados. ¿Cómo lo sabemos? Gracias a los libros. Lo que estos demuestran es que las vidas de antaño no nos son tan ajenas como creemos. Y, por eso, más allá de la narración y el estilo, muchas obras antiguas son eternas e inmortales, porque podemos sentirnos identificados con lo que cuentan, que se aplica tanto a aquella época como a la nuestra. Éste es precisamente el caso de La Orestíada de Esquilo, una de las grandes y épicas tragedias griegas. Temas y sentimientos como el odio, la justicia, el amor, la venganza, la ambición, la culpa, la muerte… no tienen fecha de caducidad.

Colm Tóibín, autor de Brooklyn y Nora Webster, actualiza estos temas y esta historia en La casa de los nombres, una nueva interpretación de algunos grandes clásicos griegos como La Orestíada, de Esquilo; Electra, de Sófocles; y Electra, Orestes e Ifigenia en Áulide, de Eurípides. La historia comienza cuando Agamenón, rey de Argos, sacrifica a su hija Ifigenia para que los dioses les honren con vientos favorables para ir a Troya. Años después, cuando el héroe regresa a casa vencedor de la Guerra de Troya junto con su amante, Casandra, es degollado por su mujer Clitemnestra y su también amante, Egisto, como venganza. Pero la sangre derramada no acaba aquí, ya que Clitemnestra será asesinada por su hijo Orestes, a instancias de su otra hija Electra, para vengar el asesinato de su padre.

Me he familiarizado con el olor de la muerte. El olor nauseabundo y dulzón que se coló con el viento en las estancias de este palacio […]. Es mucho lo que se ha esfumado, pero el olor de la muerte permanece. Tal vez haya entrado en mi cuerpo y este lo haya acogido como a un viejo amigo de visita. El olor del miedo y del pánico. El olor está igual que el mismísimo aire; retorna igual que retorna la luz de la mañana. Es mi compañero constante.

Los Átridas son una de las familias más sangrientas y conocidas de la historia de la literatura, que inspiraron otras grandes obras como, por ejemplo, Hamlet. Aunque La casa de los nombres se basa en esta historia y en estos personajes conocidos por todos, se podría decir que se trata de una obra completamente nueva, que Colm Tóibín ha reescrito rellenando los “huecos” con su propia imaginación. Las reversiones de libros antiguos son complicadas ya que partimos de la base de que es prácticamente imposible superar a la original, por eso, suelen ser mejores cuando se meten elementos nuevos que aportan algo a la obra original. Pero sobre todo, y más cuando lo que se reescribe es una obra tan conocida, hay que hacerlo desde la humildad y el respeto, lo que en este caso, Colm Tóibín cumple con creces. Mantiene los personajes, el argumento y la forma, pero le da un aire fresco que la convierte es una obra nueva, aunque con la fuerza y el sentimiento de la antigua.

Lo más complicado era meterse en la piel de Clitemnestra, Orestes y Electra; conseguir explicar sus sentimientos, sus pensamientos y sus motivaciones sin destrozar la visión que todos tenemos de ellos y, he de decir, que el autor irlandés lo consigue. Utilizando la primera persona en el caso de las dos mujeres y la tercera en el caso de Orestes, permanece fiel a sus retratos originales pero dotándolos de una nueva vida rica en detalles. Y es que, estos personajes son complejos, no pueden dividirse en buenos y malos, porque todos son héroes y villanos, todos están cargados de razones para pensar y actuar como lo hacen. Son personajes reales, crudos y oscuros.

Cabe destacar que además de sentimientos tan poderosos como el odio, el amor, la venganza o la culpa, en este libro también tiene un hueco importante la religión, pero no de la manera en la que lo esperamos. Mientras que la superstición y la fe en los dioses es lo que lleva a Agamenón a sacrificar a su propia hija; años después, en el periodo en el que se centra el libro, Clitemnestra, Electra y Orestes han perdido la fe y actúan por sí mismos, por sus propias razones, y no por lo que unos dioses déspotas y sangrientos les requieran.

Entre los dioses no hay nadie que ofrezca ayuda, que supervise mis actos y conozca mis pensamientos. No hay nadie entre ellos a quien pueda recurrir. Vivo sola con la estremecedora certeza solitaria de que el tiempo de los dioses ha pasado. No les rezo.

La casa de los nombres es una reversión profunda, poderosa y poética, con el espíritu de la versión original pero recreada con maestría para que tanto aquellos que aman la versión antigua, como aquellos que no se han atrevido a leerla nunca, puedan disfrutarla. Es una obra que se centra en la familia y su dinámica; en el poder y en las luchas que este conlleva; en la muerte y en el asesinato, y en las motivaciones que llevan a ello y la culpa que le sigue. Pero, sobre todo, el libro que nos trae Colm Tóibín, es una obra de lenta digestión, de esas que se te meten dentro y días después te descubres pensando y reflexionando sobre ellas. Es, en definitiva, un libro que llega destinado a quedarse entre nosotros recorriendo los laberintos de nuestra mente, de igual modo que los fantasmas de los asesinados entre los muros del palacio micénico de los Átridas, vagan cada noche por sus pasillos.

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A cada momento seguimos vivos, de Tom Malmquist

a cada momento seguimos vivos

a cada momento seguimos vivos Seleccioné esta novela como lectura única para este inicio de otoño, esa época en que el frío ya se va apoderando de la estación y desaparece el calor y los bellos colores para dejar paso, como así ha sido, al manto blanco que ya veo desde aquí tanto en la cima del Moncayo, como de los picos de los Pirineos. Supongo que para mí hablar de libros nórdicos, en este caso sueco es el autor, es transportarme inmediatamente a los días fríos de invierno, aun cuando no importe que en esta historia pasemos por varias estaciones.

Nada conocía del autor, es lógico, ahora sé que ha sido su primera novela, aunque bien podría haberlo conocido como poeta, ya que parece que es muy reconocido en Suecia. No me ha extrañado en absoluto la enorme repercusión que este libro ha tenido en su país. Verán, la primera noche que me puse a ello me resultó atrapantemente agotador, me sentía completamente agobiada con la lectura, tanto por la forma como por el fondo. Aún así me resistía a dejarlo para el día siguiente. Quizá me hizo recordar el estilo angustioso pero adictivo de Saramago.

A cada momento seguimos vivos es difícil de calificar si no hablamos del duelo, del dolor y de la asunción de la pérdida; es la vida de Tom Malmquist, pero no del escritor, es otro Tom Malmquist, otro que nos mostrará como la vida puede ser tan dura como queramos que sea, como los momentos se pueden juntar o separar en el tiempo y hacernos ver todo el dolor más o menos amontonado o más o menos dosificado.

Es lógico que los suecos estén leyendo esto si realmente es la imagen de su forma de vida y su forma de muerte, es pues también normal que entre los muchos premios que ha recibido esta obra esté el del Jurado del Gran Premio del Consejo Nórdico de Literatura, para nosotros será hipnótico precisamente porque como mediterráneos no comprenderemos algunas de las situaciones.

Otras de las cosas que nos gustará es ver las diferencias entre nuestro sistema sanitario y el sistema sueco; o la familia, la necesidad que al parecer tienen los suecos por abandonar el nido, el valor de la independencia, o la burocracia, jamás habríamos pensado que en un momento tan vitalmente doloroso como el que sufre Tom, un problema con la administración podría ser tan invasivo y tan poco comprensivo con el administrado, o sí, porque para eso nos cuentan lo fríos que son los nórdicos en cuanto a las relaciones personales, así que debería haber supuesto que esas relaciones con las administraciones no serían mucho más calurosas, pero tampoco imaginaba yo que hubiese una burocracia tan brutal. Y a pesar de todo y por encima de todo, está el hombre, el ser humano que ama y siente, el que quiere calor y el que lo ofrece en la medida en la que puede.

La traducción de A cada momento seguimos vivos es de Carmen Montes, la felicito, yo siempre suelo felicitar a los traductores, pero es este caso es imprescindible, leer este libro con esta riqueza léxica y además conservando el indudable ritmo frenético al que nos arrastra el autor, no debió ser fácil, pero el resultado es magnífico, una de esas ocasiones en que lees sin pensar en ningún momento que es una traducción.

Que Tom es poeta, es evidente, que un libro sueco hable de unos versos de Antonio Machado nos tiene que decir sin duda alguna que el autor es un amante de la poesía, pero también que posee el conocimiento de la vida de los poetas, ¡qué bien traído está machado en ese momento, que bien traído está su recuerdo en A cada momento estamos vivos!

Y casi me marcho sin contarles nada de esta historia donde el protagonista es Tom, un joven que pasa por una terrible experiencia que deberá ir asumiendo… Aunque ahora que lo pienso, lo único que deberán saber para adentrarse en esta novela es que si aun le perdura el gusto y la curiosidad por la literatura menos convencional, adéntrese en A cada momento seguimos vivos y deje que la historia le sorprenda.

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Tránsito, de Rachel Cusk

Tránsito

TránsitoTodo se renueva, evoluciona, se transforma, no hay nada que no sea susceptible de mutar. Nuestra existencia está plagada de cambios, y de hecho hay temporadas enteras durante las cuales, como si habitáramos el ojo de un ciclón, el universo entero da vueltas a nuestro alrededor y no tenemos claro cuánto se va a parecer lo que resulte de la caída de nuevo al suelo de los objetos a lo que era nuestra vida hasta entonces.
Faye acaba de comprar una casa en un barrio de Londres donde, por lo general, no podría permitirse vivir. La casa, a cambio, necesita una renovación profunda, de la que no está muy segura de salir con éxito. La tortuosa reforma se convierte en una analogía perfecta de su situación personal: separada recientemente, dos hijos, un trabajo (escribir) que nunca da la seguridad suficiente para plantearse la vida más allá de los años más cercanos y de vuelta en la gran ciudad después de una década viviendo en el campo, no tiene alrededor precisamente muchos asideros.
El tiempo que abarca Tránsito lo pasa Faye entre citas con amigos, contratistas, conocidos y las clases de escritura creativa que imparte, inmersa en escenas muy del estilo de “Las invasiones bárbaras” solo interrumpidas por las llamadas telefónicas de sus hijos y las intervenciones de sus vecinos para hacerle la vida imposible. En ningún momento desentraña el sentido de su vida ni soluciona casi ninguna de sus dudas, así que visto en perspectiva lo que tenemos finalmente es polvo en suspensión, ruido y caos.
Sin embargo, esta mezcla no arroja como resultado una obra entrópica. Al igual que ocurría en A contraluz, su antecesora, Tránsito es una novela ordenada, reposada y tranquila que además no da la impresión de hacerse larga o tediosa. Los capítulos están más compartimentados y quitando el par de capas que constituyen las obras de la casa y sus hijos, el resto de historias que construye Rachel Cusk son efímeras y no vuelven a aparecer en momentos posteriores al que les corresponde. También como ocurría en la anterior, aprendemos sobre la protagonista en boca de otros, a través de las descripciones y de las preguntas de quienes la rodean. Esta manera elegante de narrar ya no sorprende si se ha leído a Cusk anteriormente, pero no deja de tener un mérito extraordinario. La protagonista escucha y pregunta, y a través de su curiosidad aparecen en el texto grandes temas como la soledad, la pugna entre la libertad individual y el compromiso de pareja, el cambio, cómo no, y la manera que tenemos de enfrentarnos a él. Temas capitales y otros más livianos, la vivienda en la gran ciudad, por ejemplo, porque la realidad tiene estas cosas, que mezcla cal y arena sin que podamos evitarlo, y porque ser intenso mucho tiempo resulta tan cansado como aburrido.
Aquellos que ya estén enamorados de esta autora no encontrarán argumentos para romper con ella después de leer Tránsito. También la disfrutarán los más aficionados a escuchar, los que aprecian que cualquiera les cuente su historia, los empáticos, como ahora está de moda decir. Para mí es una nueva obra redonda de Rachel Cusk, dos de dos, y mención especial otra vez a la traducción de Marta Alcaraz, que, sin haberla comparado con el original, me parece perfecta. Tengo la impresión de que el estilo preciso y detallista del que hace gala el texto no es solo mérito de la autora original, y merece la pena comentarlo.
Después de sus dos primeras entregas queda una tercera, Kudos, que tendría que aparecer en 2018. Las ganas de que llegue, por supuesto, continúan intactas tras recorrer Tránsito.

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La pequeña Roque, de Guy de Maupassant

la pequeña Roque

la pequeña RoqueNo hay muchos escritores que hayan pasado a la historia por sus cuentos, habiendo escrito novelas. Guy de Maupassant, el célebre autor francés del siglo XIX, es uno de ellos, y eso demuestra la calidad de sus relatos cortos.

¿Cuál fue su secreto? Nadar contracorriente, diría yo. Guy de Maupassant no cumplió ninguna de esas pautas que hoy en día se repiten hasta la saciedad en cualquier curso de escritura. No buscaba una frase inicial atractiva para enganchar, un conflicto nunca antes visto con el que sorprender o crear personajes con los que fuera fácil empatizar. Al contrario, su narración se limitaba a encadenar hechos que solo adquirirían sentido al final y los personajes se movían por instintos como el sexo o la avaricia, para humillar e incluso destruir a los que eran buenos e inocentes. Unos rasgos que ya percibí cuando leí, hace un par de años, Carta encontrada a un ahogado, y en los que he profundizado ahora con La pequeña Roque, un relato más extenso y que he disfrutado muchísimo.

Reconozco que yo no me fijo especialmente en las primeras frases de una historia (aunque sé reconocer un buen inicio cuando lo veo), que no me hace falta un conflicto trascendental para engancharme y que tengo predilección por los personajes de moral distraída. Así que me fue fácil sucumbir a la narración de Guy de Maupassant en La pequeña Roque, una historia que nos traslada a una idílica campiña francesa para contarnos el hallazgo del cadáver de una niña y la búsqueda del culpable entre sus apacibles habitantes. Un argumento truculento que el autor relata con suma elegancia. Además, la preciosa edición en cartoné de Yacaré Libros acompaña el texto con las ilustraciones de Yolanda Mosquera. Sus trazos sencillos y sus tonos grises nos hacen adentrarnos todavía más en el ambiente sombrío que se adueña del pueblo tras el crimen de la pequeña Roque, en la incertidumbre de los habitantes y en la creciente tensión del culpable.

Más allá del esclarecimiento el crimen, lo que Guy de Maupassant quiere plasmar es la psicología de los personajes, como individuos y como colectivo. Los diálogos son una muestra excelente de cómo se pueden traslucir los prejuicios de una época en tan solo unas frases. Sabe dosificar la información y el lector intuye desde el principio que nada es lo que parece, pero descubrir al culpable acaba siendo lo de menos. Eso deriva en dos giros de la trama que hacen que el desenlace resulte inesperado.

Sin duda, Guy de Maupassant no es un buen ejemplo para ilustrar los consejos de escritura tan en boga hoy en día, pero manejaba con destreza esos mecanismos narrativos no tan evidentes que son los que consiguieron que sus historias fascinaran a sus lectores de entonces y sigan haciéndolo a los de ahora, más de un siglo después. Tal vez sea difícil desentrañar los elementos concretos que convierten a un relato en atemporal, pero es fácil sentir que están presentes en historias como La pequeña Roque. Olvidémonos por un momento de hallar el secreto de la buena literatura y disfrutemos simplemente de ella.

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El regalo de los Reyes Magos y El poli y el himno, de O. Henry

El regalo de los reyes magos el poli y el himno

El regalo de los reyes magos el poli y el himnoYacaré Libros sigue haciendo de las suyas: publicar relatos de escritores atemporales (o que deberían serlo) en una edición ilustrada y cuidada hasta el extremo. El libro que voy a reseñar en esta ocasión es el homenaje de la editorial a O. Henry, un relatista de principios del siglo XX relegado al olvido. Y eso que, en su época, fue bastante conocido, hasta el punto de que la gente catalogaba los finales sorpresivos como «giros a lo O. Henry». Pero al carecer de una obra cumbre, la historia de la literatura no lo ha visto merecedor de figurar junto a otros escritores contemporáneos de renombre como Mark Twain.

Es una lástima que O. Henry no haya conseguido su hueco en la posteridad, porque escribió mucho, muchísimo. Para que os hagáis una idea, publicó un cuento semanal desde 1902 a 1910. Supongo que tener tiempo libre ayudó, ya que muchos de ellos fueron escritos durante su estancia en la cárcel. Y eso que su editor, Robert H. Davis, lo describía como un hombre infantil carente de malicia. Pero es que O. Henry, como sus historias, estaba lleno de sorpresas.

El regalo de los Reyes Magos y El poli y el himno, originariamente recopilados en The Four Million, son los dos relatos que se recogen en este volumen de Yacaré Libros dedicado a O. Henry e ilustrado por Mikel Casal. Por un lado, en El regalo de los Reyes Magos nos cuenta la tristeza de Della, una mujer que quiere el mejor regalo del mundo para su Jim, pero que solo ha conseguido ahorrar un dólar con ochenta y siete centavos. Y, por el otro lado, El poli y el himno relata las vicisitudes del pobre Soapy durante una noche en la que, con el invierno a la vuelta de la esquina, hace todo lo posible para dar con sus huesos en el calabozo, pero parece condenado a la libertad. Es inevitable acabar la lectura del libro con una sonrisa. De qué tipo sea esa sonrisa dependerá de si lo cerramos por la historia conmovedora y por la humorística. Que cada lector elija, según sus preferencias o estado de ánimo.

O. Henry era conocido por sus finales sorpresa, pero también criticado por escribir historias intrascendentes del gusto del gran público y por buscar la lágrima fácil. Sirva la publicación de Yacaré Libros para comprobar si sus coetáneos estaban en lo cierto o es la literatura la que está siendo injusta con él al no reservarle un lugar en su historia. Y sirva también para conocer tanto sus ficciones como su historias real, a la que se le dedica un interesante prólogo. Estoy segura de que leer El regalo de los Reyes Magos y El poli y el himno despertará la curiosidad de muchos lectores por O. Henry, un autor lleno de contrastes en lo personal y en lo narrativo. Y quién sabe si el reconocimiento que no le ha dado la historia de la literatura se lo hagan los lectores al ponerlo en la primera línea de sus librerías particulares.

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Querido diario: hoy ha empezado la guerra

Querido diario hoy ha empezado la guerra

Querido diario hoy ha empezado la guerraNos cuentan Tania y Gonzalo en la introducción, cómo llega hasta ellos este curioso diario de Pilar Duaygües, y de paso nos ponen en situación para conocer a todos los miembros de esta familia que se trasladará poco antes de empezar la guerra, de Melilla a Barcelona, y que está compuesta por el padre, la madre y cuatro hermanas: Teresa, que se enroló como miliciana y trabajó en la organización de la defensa pasiva de la ciudad de Barcelona, y era tras la que realmente andaban buscando información; Mary, que trabajó en el periódico republicano El Diluvio; Ruby que fue destinada al frente como enfermera, y Pili o Pilar, nuestra protagonista, que es de las hermanas la más pequeña y también la que nos podrá dar una visión más general de cómo se vivieron los años de la guerra en la ciudad de Barcelona.

No viene al caso hablar del valor literario de Querido Diario: hoy ha empezado la guerra, esta obra que hoy se nos presenta, aunque naturalmente sí podemos hablar de ello para hacernos una idea de cómo se expresa y de cómo escribe la población, la gente normal de clase media, y en ello podemos encontrar quizás, ese punto de valor literario. Aunque si algún valor hay que darle y prevalece ante los demás, será es el valor de testimonio histórico directo.

Nuestra joven protagonista en una buena estudiante, gran lectora e impresionante aficionada al cine. De hecho podemos hacer un recorrido exhaustivo del cine visto en Barcelona entre Junio de 1936 hasta el final de la guerra. Supongo que siendo los cines sitios seguiros en tiempo de guerra era normal que allí se pasasen muchas horas. Además hay que tener en cuenta que en la mayor parte de los caso hablamos de sesiones dobles o incluso en ocasiones triples ¡TRES PELICULAS SEGUIDAS! Está claro que ahora sería algo imposible por muchísimos y diferentes motivos que no comentaré pero que estarán en la cabeza de todo y cada uno de ustedes. De hecho hay un momento en que Pilar se da cuenta de que ella y su familia han tocado fondo cuando no tiene de donde sacar los dos reales que cuesta la entrada de cine una vez tomada Barcelona, y no sirviendo ya para nada el valor del dinero republicano.

“Domingo 5 de Febrero de 1939

Ni que decir tiene que estoy aburridísima. Ya han empezado el cine y hoy, que tenía ilusión de ir, no tenía ni dos míseros reales. Dos reales que cuesta y no poseerlos. Cuando pienso que antes los daba a un pobre que encontrase… “

Pili, aun cuando es probable que fuese en algunos de sus ámbitos de vida catalanoparlante, escribe en castellano, y está claro que también estudia en castellano, a pesar de que lo hace en academias e institutos de la Barcelona republicana. Me ha recordado mucho a mi infancia, a muchas de las personas que había a mi alrededor que hablaban a medias el catalán y que utilizaban expresiones que ahora he visto aquí escritas de la mano de Pilar, expresiones como “hacer sábado”, “subir al terrado”, utilizar de forma abusiva la palabra “padecer”, o la curiosa forma de expresar las horas que tienen en Cataluña.

Ha sido realmente curioso leer este Querido Diario, diario al fin y al cabo de una adolescente, pues empieza la guerra con 15 años. Una joven fuertemente influenciada, lógicamente, por sus hermanas mayores y es de suponer que también por sus padres. La guerra le cambia la vida de forma radical, es cierto que es una privilegiada y puede seguir sus estudios en la academia y posteriormente en el Instituto Obrero, pero todo ello le cuesta un gran esfuerzo personal, son días de hacer largas filas para todo, para comida, para transporte, para combustible, y estando sus hermanas trabajando, entre ella y su madre tienen que organizarse para todo, incluidas las faenas de casa. Esos madrugones para las filas, con frío y con calor, y las muchas noches de desvelo por los aviones enemigos, hacen que sea reiterado el cansancio y el sueño en nuestra amiga…

Días duros que nos irá narrando mientras va descubriendo amistades, deslealtades, amores, desamores, la vida… La vida que seguía entre bombas y pistolas, seguían las clases, seguían los bailes, los cines, hasta las muertes nos llegan a parecer números, un rato de dolor y luego la vida que sigue… y el dolor que queda por los que no regresan o de los que no se sabe nada. Y el odio por todo lo faccioso, incluso odio abierto hacia algunos familiares directísimos, pero al final es un odio que dura lo que dura el dolor y luego poco a poco, casi sin darnos cuenta, se va disolviendo en la normalidad, en la cotidianidad… “Ahora hay más comida, pero menos dinero para comprarla…”.

Claro que me ha resultado curioso el libro, mucho, me quedo con estos cuadernos escrito por una joven española en Barcelona, me quedo con sus ilusiones, con su inocencia, me quedo con sus miedos, y tendré que quedarme también con ese primer enamoramiento narrado con tantísima intensidad.

Y me quedo, ¡cómo no! con su amor incondicional por la lectura, el cine, la pintura… Las artes que tanta falta hacen para evitar desastres como las guerras.

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Tranvía 83, de Fiston Mwanza

Tranvía 83

Tranvía 83Onírica. Si tuviese que definir esta novela con una sola palabra sería esa sin duda. Y es que pocas veces he tenido una sensación tan parecida a estar en mitad de un sueño como durante la lectura de esta novela, sobre todo a lo largo de sus primeros capítulos. Porque esa percepción de encontrarte en escenarios completamente surrealistas, a los que por mucho que te esfuerces no consigues encontrarles sentido alguno, pero que, con el paso del tiempo, logran hacerte sentir que verdaderamente la realidad es eso y no otra cosa es lo que más me ha marcado de Tranvía 83.

A Fiston Mwanza, su autor, se le ha vinculado por su singular estilo con los beatnicks, aquella generación de escritores estadounidenses que revolucionaron la literatura en la década de los cincuenta, pero yo me atrevería a afinar un poco más la comparación. Desde las primeras líneas del libro la escritura de este autor congoleño me ha hecho retrotraerme al realismo sucio más primigenio, el de John Fante o Charles Bukowski. No en vano, algunos de los recursos que más emplea, como las larguísimas enumeraciones de elementos, el lenguaje directo y a medio camino entre lo obsceno y lo culto o la utilización de frases recurrentes a modo de estribillos son el santo y seña de estos dos autores. También me ha forzado a establecer esta comparación su especial interés por lo más crudamente mundano y vulgar, por el sexo explícito y los detalles escatológicos o de mal gusto. O las frases catedralicias que va sembrando con mimo, de esas que te obligan a estirar la mano para buscar un rotulador o un pósit para señalarlas, al más puro estilo de Ray Loriga.

Mwanza construye unos ambientes incómodos, cargantes, obsesivos y claustrofóbicos, que maridan perfectamente con unos personajes tremendamente extravagantes y con las conversaciones y situaciones absurdas que protagonizan. El caos en este libro llega a hacerlo costoso de leer en algunos tramos, ya que, especialmente en su comienzo, uno puede llegar a pasar un buen número de páginas sin intuir siquiera algo parecido a una trama. Pero, como comentaba al inicio, de forma prácticamente imperceptible uno va asimilando las situaciones esperpénticas que se producen en torno al Tranvía 83, un club en el que cada noche se reúne lo peorcito de una sociedad que ya es lo bastante mala de por sí; en la Ciudad-país ideada por Mwanza todo se resume en sexo y dinero. Es un territorio hiperpoblado y peligroso, repleto de sicarios, prostitutas, yonkis, estafadores, violadores, alcohólicos, corruptos… Y en ese ambiente, Lucien, un escritor recién llegado que busca desarrollar su potencial, se ve continuamente superado y aislado. Da la impresión de ser el último hombre en la Tierra cuyos intereses se apartan de los placeres del bajo vientre.

Creo que Tranvía 83 obliga a ser leído con la voluntad del que no quiere leer una novela. Aquel que busque una historia cerrada y de desarrollo lineal se llevará una decepción. Al fin y al cabo, durante su desarrollo apenas pasa gran cosa a nivel argumental; quizás el mayor interés a este respecto se encuentre en la relación de amor-odio entre Lucien y Réquiem, un pícaro y oscuro compañero de batallas que se mueve como pez en el agua en los peores ambientes y compañías. Pero es en las descripciones y en las relaciones entre los personajes principales donde se fragua la esencia de este libro. En estas y en el particular estilo de Fiston Mwanza, cuya musicalidad y técnica me han hecho disfrutar de un sueño tan surrealista como atractivo.

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Diario de un incesto, de Anónimo

diario de un incesto

diario de un incesto“Tengo, y siempre he tenido, la impresión de que en realidad mi padre quería matarme, y que yo le seduje para impedir que lo hiciera. Recurrí a la sensualidad para seguir con vida. Salvé mi vida dándole placer sexual. Y él se hizo adicto a nuestras relaciones sexuales, y a mí me ocurrió lo mismo”.

Es jodido hablar de este libro. Es jodido recomendarlo también. El título ya deja bien claro lo que vamos a encontrarnos dentro, no es como uno de esos títulos ambiguos en los que el autor o la editorial se estrujan el magín hasta dar con uno que perfectamente puede intercambiarse por otro, como puede ser, por decir algo, La víspera de casi todo, A plena luz… No. Aquí no hay confusión posible: Diario de un incesto (aunque lo cierto es que no sigue la estructura lógica y cronológica de un diario sino que, más bien, parece algo que la autora nos cuenta con saltos atrás y adelante en el tiempo, como si ella estuviera tumbada en un diván y nosotros fuéramos su terapeuta) es una narración en primera persona de los abusos, maltratos y violaciones que la protagonista sufrió desde los tres hasta los veintiún años. Una narración que gracias a esa forma de diario consigue aportar el componente de confidencia y sinceridad y que en muchas ocasiones desgarra al lector por dentro. Una narración brutal, concisa y descarnada, con un lenguaje seco, y directo que llama al pan pan, al vino vino, a la polla polla y al coño coño, y da como resultado una mezcla extraña de erotismo-porno y literatura provocando como resultado un abanico de sentimientos tales como asombro, comprensión y asco.

Para muestra un botón, y es que podría plagar toda la reseña de putas citas, a cual más desconcertante, y aún me quedarían cientos. No hay página que tenga desperdicio:

“Mi padre es mi secreto. Sus violaciones son mi secreto. Pero el secreto que encierra ese secreto es que a veces me gustaba. A veces lo estaba deseando y a veces lo seducía para que me follara”.

Sin embargo no resulta nada fácil comprender a la protagonista. En varias ocasiones a lo largo del breve relato (128 páginas) manifiesta su odio, asco y ganas de matar a su padre o incluso dar de comer con su cuerpo a los perros, pero afirma que a la vez lo desea y disfruta siendo usada por él.

“Mi padre sigue excitándome y sigue dándome miedo. Cada vez que pienso en él me pongo a cien. Percibo en el coño una tensión, una sensibilidad constante, y a veces incluso unos dolores agudos. Noto el estómago tenso y siento crecer un agujero negro en él. “

Pero más doloroso aún que el hecho en sí del incesto es el silencio familiar. Una madre que no quiere saber nada del tema, un hermano que no puede afrontar la verdad, y una amiga que le dice que lo olvide. El no hablar y afrontar el tema, la incredulidad de los seres que te rodean dejan a nuestra anónima aún más herida y desprotegida, en completa soledad.

Por supuesto, cuando un libro de este tipo sale al mercado es inevitable que genere polémica y se creen dos bandos: el de aquellos que lo valoran por su valor testimonial, por hacer visible algo que es real y tabú y el de otros que solo reparan en los detalles más crudos y lo califican de pornográfico, gratuitamente morboso y repugnante.

En mi opinión, es un libro necesario y Malpaso ha sido muy valiente al editarlo en España.

Escrito con una prosa clara y cortante como un bisturí. Sin adornos ni recursos estilísticos que distraigan al lector de la gravedad de lo que se le cuenta, hay incluso quien lo califica de “extraordinariamente bello”.

En cualquier caso, Diario de un incesto es un libro sobre el horror, pulcra y hermosamente escrito, (eso no puede negarse), que te obliga a leer página tras página, no por morbosidad, sino por intentar comprender a la superviviente y al infierno mayor al que se enfrenta años después.

Para acabar me gustaría recordar que en España el incesto no es delito salvo que se produzca sin consentimiento de una de las partes o como producto del abuso de un menor. Ahí lo dejo…

Como decía al principio, un libro realmente jodido e imprescindible, pero no apto para cualquier tipo de lectores.

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La banda de los niños, de Roberto Saviano

Nadie en su sano juicio envidiaría la vida que lleva Roberto Saviano. Pese a ser todavía joven (38 años), el escritor italiano lleva más de una cuarta parte de su vida escoltado a capa y espada, concretamente desde que publicó Gomorra, un libro a caballo entre la ficción y la investigación periodística en el que explicaba el modus operandi de la Camorra napolitana. Desde entonces, en lugar de acobardarse por las constantes amenazas de muerte que caen sobre él, Saviano no ha dejado de combatir con sus textos al crimen organizado. No obstante, en el caso de La banda de los niños estamos más ante una advertencia de cómo algunos jóvenes italianos están viendo en la mafia una salida a sus aspiraciones de dinero y rápido y poder.

Así, basándose en el caso real de un grupo de chavales del barrio de Forcella (Nápoles) se nos narra la forma en la que unos adolescentes van descubriendo progresivamente el atractivo del crimen organizado y pasan a formar parte de él con una naturalidad aterradora. Y es que los protagonistas no se nos presentan como jóvenes nacidos en la más absoluta pobreza o en familias desestructuradas. En su mayoría son chicos con padres de clase trabajadora que se preocupan por ellos, pero que se ven empujados por sus ambiciones personales y por la presión de grupo a traspasar las líneas de la legalidad y la moralidad.

Nicolás, apodado Marajá, es el gran protagonista, ya que asume desde el primer momento el papel de capo de la nueva banda mafiosa. A sus quince años presenta muchas de las cualidades necesarias para este cometido: es autoritario, violento con los que le ofenden, protector con los suyos, ambicioso a más no poder… No obstante, a pesar del papel predominante de este personaje, Saviano ha construido una novela bastante coral. Durante sus cerca de 400 páginas el escritor nos introduce en el día a día de los Dientecito, Briato, Dragón, Bizcochito… si bien todas sus personalidades quedan muy tapadas por el capo, que asume la voz cantante en todos los pasos que se siguen para profesionalizar a la banda.

Esta construcción desde cero de una estructura criminal resulta verdaderamente interesante, dado que se va dibujando de forma lenta, pero sin pausa, y con la característica añadida de que nos encontramos ante unos jóvenes que no le dan tanto valor a la vida como podrían darle personas con una o dos décadas más de edad. Así, en cortos capítulos se nos van narrando las pesquisas iniciales que va cometiendo el grupo: desde sus primeros tratos con los mafiosos napolitanos a anécdotas más banales de su día a día. Este proceso de criminalización va acompañado de una progresiva pérdida de inocencia que se palpa en las conversaciones y decisiones que les van acompañando. Dentro de este proceso es especialmente pintoresco, pero también muy creíble, como los protagonistas reflejan en sus actitudes todas las influencias que tienen de las series y películas que han visto a lo largo de su vida, así como de videojuegos y vídeos de YouTube. ¿Cómo no va a ser así con una generación que se ha criado frente a la pantalla?

No puedo decir otra cosa salvo que La banda de los niños me ha parecido una novela redonda: una trama consistente, una prosa cuidada pero muy cómoda de leer y un mensaje que cala hasta en los que no estamos acostumbrados a vivir con la sombra de la violencia a nuestras espaldas. En definitiva, un gran trabajo. Y eso, cuando las expectativas son tan altas como las que ya carga consigo el valiente escritor italiano, es decir mucho.

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Enséñame a olvidar, de Erica M.Chapman

Enséñame a olvidar

Enséñame a olvidarCreo que ha llegado el momento de confesar que dentro de mí hay una adolescente atrapada. No sé cómo ha podido pasar, la verdad. No sé si se debe al contacto diario con niños adolescentes o es algo que debería hablar con Freud, pero lo cierto es que a mis treinta y dos años aún hay una púber dentro de mí. Y esa adolescente es la culpable de que me trague películas como A tres metros sobre el cielo o la saga de Crepúsculo o que vea series como Gossip girl, 13 reasons why o My mad fat diary. No me juzguéis, malditos. No sabéis lo difícil que es compatibilizar los gustos de mi yo adolescente y mi yo adulta. Hasta ahora lo había llevado más o menos bien, en silencio, como un secreto, pero es que ahora que he leído un libro para este público, de estos de la edad del pavo en grado máximo y me ha gustado, tengo que quitarme la careta para hacer la reseña. Y aquí me tenéis, confesando cosas que jamás pensé que diría, ¿qué os parece?

El libro culpable de todo esto se llama Enséñame a olvidar. Y es el libro debut de, por lo visto, una de las autoras más prometedoras de la novela realista juvenil. Yo me decanté por él porque en cierto modo me recordó a la serie 13 reasons why. ¿Os he dicho que la vi entera en dos días?, ¿no? Pues quizás no debería seguir avergonzándome, pero parece que hoy he desayunado el suero de la verdad.

No sé si habéis visto 13 reasons why, pero tranquis que no voy a hacer mucho spoiler. Al igual que en la serie, la protagonista de Enséñame a olvidar ha decidido suicidarse. Ellery lo ha organizado todo: el día y la hora, ha preparado su propio entierro y ha comprado una pistola. Pero ese día algo falla. El gatillo se atasca y Ellery no consigue cumplir su propósito. Todo lo que había planeado se va al traste y, además, parece ser que el universo conspira en contra suya. Decide entonces poner otra fecha para su muerte. Se dará veintiocho días más para llevar a cabo su plan. Pero, en esos días, en los que ella intenta pasar desapercibida, un montón de cosas empiezan a sucederle. Colter Sawyer, un compañero del instituto, se fija en ella al reconocer en su mirada algo familiar. Pronto descubrirá su secreto y tratará de hacer todo lo posible por evitarlo.

En Enséñame a olvidar hay de todo: romance, amistad, niños apavados, suicidios, conversaciones irreales entre adolescentes irreales. De todo. Todas esas cosas que le encantan a mi yo en la edad del pavo y que han hecho que el libro me enganchara cosa mala, hasta el punto de leerlo en un tiempo récord.

Lo cierto es que tiene algo. No sé explicaros qué es, pero algo tiene este libro. Quizá sea ese regreso a la adolescencia, esos amores imposibles, esos niñatos que mantienen conversaciones que te dan ganas de boicotear. Pero engancha. Enséñame a olvidar atrapa. Y si encima también tenéis un adolescente dentro de vosotros, estoy segura que además os encantará.

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Mexique, el nombre del barco, de María José Ferrada y Ana Penyas

Mexique el nombre del barco

Mexique el nombre del barco27 de mayo de 1937.

Una fecha igual que otra. No está marcada en rojo en ningún calendario. ¿Qué importa lo que ocurriera ese día, si han pasado ochenta años?

Cuatrocientos cincuenta y seis.

Este también es un número cualquiera, compuesto por tres dígitos que se olvidan con facilidad. Es lo que tienen los números grandes, que se convierten en algo abstracto que ni siquiera retenemos en la memoria si no nos afecta de manera directa.

Pero ni esa es una fecha igual que otra ni ese es un número cualquiera, porque representan la tragedia de «los niños de Morelia».

Aquel 27 de mayo de 1937, cuatrocientos cincuenta y seis niños, hijos de republicanos españoles, subieron a bordo de un barco llamado Mexique, para viajar hasta Morelia, capital del estado de Michoacán de Ocampo (México). Iban a estar allí solo tres o cuatro meses, les dijeron sus padres; ninguno podía imaginar que ya nunca regresarían. Y es que la guerra truncó sus planes y sus vidas.

Mexique, el nombre del barco, escrito por María José Ferrada e ilustrado por Ana Penyas, cuenta ese viaje, para que nunca olvidemos esa fecha, 27 de mayo, ni ese número, cuatrocientos cincuenta y seis. Narrado desde el punto de vista de un niño, Mexique, el nombre del barco es pura poesía. Con frases sencillas, tan simbólicas como directas, ese niño nos transmite qué supone para él la república y la guerra, y nos pone los pelos de punta. Porque por muchas definiciones o largos ensayos que leamos, no hallaremos descripciones más certeras que las que hace un niño desde la inocencia y el desarraigo. Y las ilustraciones de Ana Penyas recrean aquel viaje y las emociones del niño haciendo uso solo de la gama de grises y rojos: grises para plasmar la tristeza y la incertidumbre; rojos para mostrar esa esperanza que se resiste a desaparecer.

Dice la editorial Libros del zorro rojo que Mexique, el nombre del barco es «un libro que interpela a todos los públicos». Pero hablar de tragedias no es fácil, y menos a los niños. Incluso diría que hoy en día hay pocos padres dispuestos a perturbar las plácidas existencias de sus hijos con historias de tragedias añejas. Sin embargo, esos padres se equivocan si consideran que este acontecimiento es cosa del pasado, pues por todos es sabido que el exilio de niños y la ruptura de familias enteras por culpa de las guerras es un drama actual. Y, desgraciadamente, hoy y siempre lo será. Sobre todo si nos empeñamos en mirar hacia otro lado, mientras no nos toque el turno, y en ignorar libros como este, que nos hablan de frente sobre el dolor y la soledad de esos niños que huyen de la guerra.

Mexique, el nombre del barco irradia tanta belleza y sensibilidad que compartir su lectura con los más pequeños no les ocasionará trauma alguno. Es más, no debemos temer que se conmuevan, porque, si eso ocurre, será buena noticia: estarán demostrando empatía y esa es, sin duda, una de las cualidades que más necesita la humanidad.

Así que niños y adultos debemos recordar a esos cuatrocientos cincuenta y seis niños que partieron en un barco llamado Mexique un 27 de mayo de 1937. Aunque lo de menos sea si fue ese día en concreto o una cantidad de niños diferente. Tragedias como las de «los niños de Morelia» acontecen todos los días y en nuestra mano está tenerlas siempre presentes para que algún día, por fin, pasen a la historia.

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