
No os podéis imaginar las ganas que tenía de leer este libro. Conocí a John Green relativamente tarde, bastante tiempo después de que se publicara Bajo la misma estrella, título que le llevó directamente a la lista de súper ventas a nivel mundial. Al principio era bastante reacia a leer aquel libro. Porque estaba muy de moda, porque la historia no me llamaba, porque todo el mundo hablaba de él. No sé, llámalo equis. Pero un día me lo regalaron y acabé leyéndolo en una sola noche sin poder despegar mis ojos de las páginas que volaban ante mí. Así que después fue inevitable que viniera Ciudades de papel, luego Buscando a Alaska, también Will Grayson, Will Grayson y, por último, El teorema Katherine. Se me habían acabado los cartuchos con este autor. Vale, todavía tengo pendiente el libro en el que colaboró con otros autores —Noches blancas— y que pronto caerá, pero como que ya necesitaba otra vez la esencia de John Green en mi vida. Necesitaba sus historias para nada corrientes y a sus personajes altamente especiales. Así que, sí, tenía la fecha marcadísima en mi calendario avisándome de que lo nuevo de este autor, Mil veces hasta siempre, salía a la venta. Y me hice con él. Y me lo llevé a Nueva York y casi me lo termino en el viaje de ida. Lo tuve que cerrar para poder traerlo de vuelta conmigo a España y saborear el final lentamente y sin prisas. Y así lo hice. Y así lo terminé. Y ahora estoy delante de mi ordenador intentando ordenar mis ideas para poder explicaros por qué me parece el libro más fascinante escrito por Jonh Green hasta la fecha.
Tenemos que partir de la base de que este libro es una especie de autobiografía. Aunque la protagonista sea una chica y aunque la acción se desarrolle en la actualidad. No esperéis encontrar la infancia de John Green narrada por él, porque este libro no se trata de eso. El autor ha cogido todos sus puntos débiles, que al parecer no son pocos, y los ha condensado hasta que ha conseguido personificarlos en Aza, la protagonista de su obra. Aza es una chica muy especial que vive en una espiral de ansiedad. Dentro de su mente anida otra Aza que va a mil por hora, cuestionándose absolutamente todo lo que está a su alrededor. Sobre todo es una hipocondriaca reconocida que solo se calma cuando toma medicación y acude a las sesiones con la psiquiatra. Esa Aza que vive dentro de la Aza real hace que tenga que desinfectarse las manos constantemente, para no coger la temida bacteria C. diff, por ejemplo. Todos los escenarios que se imagina ella en su mente acaban igual: con ella muerta por una horrible infección.
Menos mal que tiene a Daisy, su mejor amiga y que la entiende mejor que nadie. Sobre todo porque ayuda a que la Aza de su cabeza se vaya durante un rato para que pueda actuar como una adolescente normal. Pero la espiral comienza a hacerse más estrecha y a resultar agobiante cuando se reencuentra con Davis, un antiguo vecino al que hacía años que no veía. Hijo de un multimillonario que ha desaparecido y que ha dejado toda su herencia a una tuátara —esto es una historia un poco larga que no voy a contar aquí—, encuentra en Aza un refugio, aunque esta se empeñe una y otra vez en encontrar a su padre desaparecido. Aza empieza a mirarle con otros ojos y comienza a querer pasar más tiempo a solas con él, pero ¿cómo eres capaz de tener una relación normal con un chico si sabes que cuando te beses con él ocho millones de bacterias pasarán de su cuerpo al tuyo para vivir dentro de ti para siempre? Difícil, ¿verdad?
Así es la vida de Aza, agobiante y caótica. Me ha encantado especialmente la manera de redactar de John Green, porque realmente consigue que esa ansiedad traspase el papel para llegar a tu cabeza. Con los personajes de sus obras me pasa una cosa muy curiosa, y es que llego a ser extremadamente empática con ellos. Consigo entender sus problemas y comprender todas las decisiones que toman como consecuencia de aquellos. Consiguen removerme las entrañas, como si el protagonista fuera mi mejor amigo y de verdad estuviera pasando por todas esas cosas que se cuentan en el libro. Eso, sin duda, es lo que más me gusta de este autor.
Todavía no me atrevo a decir que Mil veces hasta siempre se haya convertido en mi libro favorito de John Green, aunque sí creo (como dije al principio) que es el más fascinante. Tengo que dejarlo reposar unos días y analizar detenidamente todo lo que he sentido al leerlo. Pero sí que os puedo asegurar que está al nivel de Bajo la misma estrella, sin duda. He leído críticas de todo tipo, tanto buenísimas como horrorosas. No sé… yo lo tengo claro. Me parece un libro increíblemente bueno. Será porque a veces me he sentido tan débil como Aza. A veces me he dejado llevar más por mi yo agobiado y que se preocupa por todo que por mi yo racional, hasta el punto de no dejarme disfrutar de la vida como debería. Me estoy dando cuenta que, a medida que avanza el tiempo y me hago consciente de que esa ansiedad que a veces se apodera de mí es real, aprendo a lidiar mejor con ella. Sin ir más lejos, como os decía antes, hace un par de semanas estuve en Nueva York. Yo tenía un plan perfectamente hilado de lo que haríamos durante los ocho días que íbamos a estar allí. Con tan mala suerte que el primer día nos pilló un diluvio y tuvimos que cambiar los planes radicalmente. Al principio me afectó hasta el punto de querer echarme a llorar, porque todo iba a estar mal, porque no era lo que había planeado, porque no iba a ser todo perfecto. Pero me apoderé de esa voz interna tan negativa y que a veces me dan ganas de asfixiar para poder decir: “hasta aquí”. Y disfruté del viaje como nunca. Y me dio tiempo a hacer un montón de cosas que no tenía planeado en un principio. Así que, sí. He amado a Aza durante todas y cada una de las páginas de este libro. Porque la he entendido. He empatizado con ella. Y he sentido todo lo que describía.
Desde aquí quiero dar las gracias a John Green por mostrarnos un poquito de su alma y por haber confesado todos esos miedos que no por tenerlos eres más débil. Y gracias por seguir dándonos personajes inolvidables. También por la parte final del libro donde incluye los agradecimientos, ya que deja el número de teléfono del Centro Español de Información y Formación sobre la Enfermedad Mental (902131067) para que todas las personas que se sientan así sepan que no están solas y que tienen la ayuda que necesitan más cerca de lo que se piensan.
Por cierto, y ya para terminar, si en algún futuro —esperemos, no muy lejano— esta historia pasa a formar parte de un guion de una película… creo que Lily Collins sería una Aza perfecta.

Nos gusta creernos especiales, que nuestros problemas son más importantes y distintos a los del resto, que nuestras vidas y nosotros mismos somos únicos y que lo que nosotros hemos o estamos pasando nadie más lo ha pasado. Nos creemos que nadie más ha sufrido tanto y lo mismo que nosotros; en definitiva, nos creemos el centro del universo. Pero además de eso, también creemos que hemos evolucionado enormemente desde las épocas pasadas. Sí, hemos evolucionado una barbaridad en muchos puntos, pero si hay algo en lo que no lo hemos hecho es en lo personal. Nuestras circunstancias y nuestra manera de vivir han cambiado: nuestra casa, nuestra ropa, nuestra educación, nuestro ocio… Sin embargo, nuestros problemas y nuestros sentimientos más básicos siguen siendo los mismos que han tenido a lo largo de la historia todos nuestros antepasados. ¿Cómo lo sabemos? Gracias a los libros. Lo que estos demuestran es que las vidas de antaño no nos son tan ajenas como creemos. Y, por eso, más allá de la narración y el estilo, muchas obras antiguas son eternas e inmortales, porque podemos sentirnos identificados con lo que cuentan, que se aplica tanto a aquella época como a la nuestra. Éste es precisamente el caso de La Orestíada de 


Todo se renueva, evoluciona, se transforma, no hay nada que no sea susceptible de mutar. Nuestra existencia está plagada de cambios, y de hecho hay temporadas enteras durante las cuales, como si habitáramos el ojo de un ciclón, el universo entero da vueltas a nuestro alrededor y no tenemos claro cuánto se va a parecer lo que resulte de la caída de nuevo al suelo de los objetos a lo que era nuestra vida hasta entonces.
No hay muchos escritores que hayan pasado a la historia por sus cuentos, habiendo escrito novelas. 




Onírica. Si tuviese que definir esta novela con una sola palabra sería esa sin duda. Y es que pocas veces he tenido una sensación tan parecida a estar en mitad de un sueño como durante la lectura de esta novela, sobre todo a lo largo de sus primeros capítulos. Porque esa percepción de encontrarte en escenarios completamente surrealistas, a los que por mucho que te esfuerces no consigues encontrarles sentido alguno, pero que, con el paso del tiempo, logran hacerte sentir que verdaderamente la realidad es eso y no otra cosa es lo que más me ha marcado de Tranvía 83.
“Tengo, y siempre he tenido, la impresión de que en realidad mi padre quería matarme, y que yo le seduje para impedir que lo hiciera. Recurrí a la sensualidad para seguir con vida. Salvé mi vida dándole placer sexual. Y él se hizo adicto a nuestras relaciones sexuales, y a mí me ocurrió lo mismo”.
Nadie en su sano juicio envidiaría la vida que lleva 
Creo que ha llegado el momento de confesar que dentro de mí hay una adolescente atrapada. No sé cómo ha podido pasar, la verdad. No sé si se debe al contacto diario con niños adolescentes o es algo que debería hablar con Freud, pero lo cierto es que a mis treinta y dos años aún hay una púber dentro de mí. Y esa adolescente es la culpable de que me trague películas como A tres metros sobre el cielo o la saga de Crepúsculo o que vea series como Gossip girl, 13 reasons why o My mad fat diary. No me juzguéis, malditos. No sabéis lo difícil que es compatibilizar los gustos de mi yo adolescente y mi yo adulta. Hasta ahora lo había llevado más o menos bien, en silencio, como un secreto, pero es que ahora que he leído un libro para este público, de estos de la edad del pavo en grado máximo y me ha gustado, tengo que quitarme la careta para hacer la reseña. Y aquí me tenéis, confesando cosas que jamás pensé que diría, ¿qué os parece?
27 de mayo de 1937.