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El milagro, de Ariel Kenig

El milagro

El milagroRecuerdo la primera vez que entré en Internet. Como en casi todo en la vida, no fui de los primeros de mi cuadrilla; una tarde, animado por uno de mis amigos, fui a una ciberteca, una sala habilitada por el Ayuntamiento en la que te permitían conectarte durante una hora a la red. Siendo sinceros, creo que empleé ese tiempo en su totalidad en jugar a minijuegos en el navegador —algo que en aquellos tiempos me parecían lo máximo— y a hacerme una cuenta de Hotmail para poder acceder a ese invento que estaba substituyendo a las llamadas al teléfono fijo a la hora de hacer planes con los amigos: el Messenger. Qué tiempos aquellos (y qué rápido nos hacemos los viejos algunos).

Hoy en día todos tenemos tan interiorizada nuestra conexión continua a la red que resulta complicado imaginar cómo era el mundo sin YouTube, sin WhatsApp, sin smartphone… Y esta revolución tecnológica es precisamente el punto de partida sobre el que Ariel Kenig construye El milagro, una pequeña novela que saca a relucir algunos de los inconvenientes de este proceso a partir de una jugosa anécdota. El propio Kenig, protagonista y narrador en primera persona, es contactado por una antigua compañera de instituto para ofrecerle unas fotografías. En ellas aparece Pierre Sarkozy, el hijo menor del por entonces presidente de Francia, disfrutando de unas vacaciones ostentosas junto a unos amigos en Brasil; nada inesperado, desde luego. Sin embargo, el interés de esas imágenes radica en que días antes se había informado oficialmente de que el joven había sobrevivido a una avalancha de lodo en ese país, por lo que las fotografías podrían hacer mucho daño a la campaña del padre, algo que a Kenig, un firme opositor de éste, le atrae bastante.

A medida que inicia su peregrinaje por los distintos medios de comunicación franceses para comprobar el interés por las imágenes, el protagonista muestra dudas acerca de su legitimidad para entrometerse en este asunto, lo que le lleva a cuestionarse también su propio estatus. ¿Tiene derecho a criticar con dureza a las clases acomodadas una persona cuya situación económica es más cercana a la de éstos que a la de los más desfavorecidos? A través de los pensamientos del protagonista Kenig nos acerca este y otros problemas habituales de nuestros tiempos, como la lucha de clases, la soledad camuflada en la conexión continua, la crisis de la prensa…

El autor mezcla realidad y ficción en su relato, lo que hace que aquellos que, como yo, no estén muy puestos en la vida social francesa, no sabrán a ciencia cierta en algunos pasajes si los datos y personajes que se nos describen son reales o sólo existen en la mente de Kenig. También se intercala en este texto la narración puramente novelesca y el ensayo, lo que da lugar a un híbrido tan original como, en ocasiones, caótico. En contraposición a esto, uno de los aspectos más atractivos para mí de este trabajo es la forma tan cruda y directa con la que el escritor describe a la sociedad de su tiempo, que me ha traído a la mente a otros autores compatriotas suyos, como Houellebecq o Beigbeder.

En definitiva, esta es una novela que ayuda a visibilizar cómo nuestros usos y costumbres, en especial todo lo relacionado con nuestra privacidad, se han visto afectados por nuestra continua exposición a la red de redes. El milagro no es sino el relato de un treintañero que echa la vista atrás para reflexionar sobre la forma en la que ha evolucionado el mundo que conocemos en un corto periodo de tiempo. Y es que, tomando prestada una frase de la recomendable serie Californication, Kenig, al igual que el protagonista de esta ficción televisiva, es un hombre analógico atrapado en un mundo digital.

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Mentes maravillosas. Lo que piensan y sienten los animales, de Carl Safina

mentes maravillosas

mentes maravillosasQue los animales sienten y padecen es algo que siempre he sabido. ¿No es de sentido común? Si tienen un sistema nervioso sienten el dolor. No hay vuelta de hoja. En serio, no la hay, por muy cavernícolas que algunos energúmenos se pongan, pero hoy no vamos a tratar del dolor. O al menos, no del meramente físico.

A los jóvenes científicos, afirma el autor del libro de hoy, se les enseña que la mente animal (si existe –y sí, existe–) es insondable. Hay que evitar a toda costa las cuestiones acerca de la vida interior de los animales, y sin duda la tienen. Es una cuestión que no hay que tratar porque nos cuesta reconocer que la barrera entre humanos y animales es artificial, ya que los humanos también son animales. En la década de los 70, el libro La cuestión de la conciencia animal provocó que muchos etólogos marginaran a su autor, David Griffin, quien averiguó el uso que hacían los murciélagos del sonar para orientarse. “Sugerir que otros animales podían sentir algo, cualquier cosa, no solo podía provocar un momento incómodo, sino que podía acabar con tu carrera”.

¿Es que necesitamos tan encarecidamente creer que somos tan tan superespeciales, tan únicos en el mundo? No lo somos. De hecho, somos lo peor. Lo más bajo. No seríamos capaces de sobrevivir en la selva simplemente con un taparrabos. Todos somos distintas formas de vida compartiendo (y lo de compartir es un puto eufemismo) el mismo mundo.

Es imposible hablar de Mentes maravillosas sin llenar la reseña de extractos y citas del mismo. Llenaría páginas y páginas con ellos porque explicarían mejor que yo lo que los animales son capaces de sentir, de hacer por ellos mismos, por sus compañeros y familia, por otras especies e incluso por los humanos. En este libro se demuestra que lo que entendemos por “mente” no es algo que únicamente posea nuestra especie.

“Un elefante se acerca al agua pensando ya en el alivio de refrescarse y en los placeres del barro. Cuando mi perro se tumba de espaldas para pedirme que le rasque la tripa, lo hace porque ya está pensando en la sensación relajante del cálido contacto entre los dos. Incluso cuando no tienen hambre, mis perros siempre disfrutan de una golosina. Y repito: disfrutan.”

“Unos investigadores presenciaron cómo una elefanta arrancaba algo de comer y lo introducía en la boca de otra, cuya trompa estaba gravemente magullada. Los elefantes sienten empatía”.

Incluso ayudan a las personas. En el libro se cuenta la historia de una anciana medio ciega que se perdió al atardecer y se tumbó bajo un árbol. Se despertó en plena noche y vio a un elefante olisqueándola con la trompa. Acudieron más elefantes y en un momento todos estaban rompiendo ramitas y cubriéndola. ¿La dieron por muerta y la cubrieron, pues ella estaba paralizada por el miedo, o motivados por la empatía la sepultaron para protegerla de hienas y leopardos?

Mentes maravillosas ha sido posible gracias a décadas de observaciones a varios grupos de animales: los elefantes de Amboseli (Kenia), los lobos de Yellowstone y las orcas del Pacífico Noroeste. Es en parte un ensayo científico asequible y sin vocabulario técnico, que se ve enriquecido (y mucho) con hechos y anécdotas de animales que en ocasiones nos harán emocionarnos, y en donde la mano del hombre suele joderlo todo. En realidad, el libro es lo contrario: un conjunto de historias observadas a los animales, salpicadas de vez en cuando por explicaciones científicas.

El libro intenta explicar también lo errado de los métodos usados al observar a los animales e intentar medir su inteligencia u otras capacidades. “Como somos humanos, tendemos a estudiar la inteligencia de tipo humano de los no humanos. Si un león pudiera hablar, no lo podríamos entender”.

Este ensayo recoge en su mitad unas cuantas fotos de los animales que son los auténticos protagonistas, de los que se nos está hablando (elefantes, lobos, orcas), de los que llegamos a interesarnos y a comprender, pues, en el fondo, no es tan difícil si se les observa bien.

“Los depredadores deben de entender la muerte en cierto sentido práctico. Saben que intentan acabar con el sufrimiento de la presa, y pasan del modo matar al modo comer cuando la presa se relaja.”

Un libro muy entretenido y emocionante, que gana en interés según avanzamos en su lectura, que va a sorprender por sus increíbles historias y que espero que abra los ojos a mucha gente. Porque muchas veces siempre, los animales son más humanos que los humanos y no merecen el trato que reciben.

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El odio a la poesía, de Ben Lerner

El odio a la poesía

El odio a la poesíaUn título contundente el de este libro que enseguida llamó mi atención. A mí, que me encanta la poesía, que la uso para poder escribir y ordenarme, que me parece indispensable, necesaria e intrínseca al ser humano, ¿qué me puede contar este ensayo sobre odiarla? Es más, ¿por qué si quiera debería existir esa posibilidad? Ah, amigos, pero existe y más de una vez me he sorprendido y sentido identificada leyendo este libro. Más de una vez le he tenido que dar la razón al autor. Ahora os explico por qué, pero dejadme que os hable primero de Ben Lerner.

Este norteamericano, nacido en 1979, autor de varias novelas, profesor de lengua inglesa y autor de tres colecciones de poesía me ha sorprendido muy gratamente. Su estilo a la hora de escribir es impecable, sugerente y directo. Tanto es así que he leído el ensayo de una sentada, porque en cierto modo, me tenía atrapada y no podía parar. He descubierto en él a una persona muy inteligente, que sabe bien de lo que habla y que tiene una vasta cultura que, sin alardes, usa a su favor en este ensayo. Y eso que los ensayos no es que sean mi género favorito, pero no podía pasar de largo esta lectura.

En El odio a la poesía, Ben Lerner dilucida sobre ese dualismo que despierta la poesía, un género que al mismo tiempo que se ha ganado su prestigio, también ha despertado indiferencia e incluso odio. “A mí también me desagrada”, partiendo de estas palabras de la poeta Marianne Moore, Lerner elabora un ensayo mediante el cual trata de averiguar ese recelo y desdén que provoca la poesía y al mismo tiempo, encontrarle un sentido y una función en la actualidad. Como veis no es una tarea fácil la que se propone.

Hay reflexiones muy lúcidas en este ensayo. De hecho, creo que he subrayado medio libro mientras lo leía, pero ya os he dicho que me he sentido muy identificada con determinadas reflexiones.

Según Lerner, “hay mucho más consenso en el odio a la poesía que la propia definición de lo que realmente es la poesía”. Y eso que realmente, siendo la poesía la forma de expresar mediante el lenguaje nuestra individualidad, todos somos, ciertamente, poetas. “Eres un poeta, lo sepas o no, porque ser parte de una comunidad lingüística -ser invocado como un tú- equivale a ser investido de capacidad poética”. Lo que ocurre es que, a medida que maduramos, nos vamos alejando de esa capacidad, la vamos dejando de lado porque, ¿cómo vamos a ser todavía poetas? y, lo que es peor, esa pregunta maldita: “¿no podrías encontrar un trabajo de verdad y dejar atrás tus costumbres infantiles? Y yo soy la primera que más de una vez he preferido decir que escribo a que soy poeta, porque es cierto que en ocasiones la gente te mira con recelo. Claro, que para la gente todo cambia cuando les dices que eres poeta y que te han publicado. Porque, como dice Lerner, “Todo el mundo puede escribir un poema, pero, ¿ha sido tu poesía considerada auténtica e inteligible por los demás? (…) Esto explica la persistente asociación entre poesía y fama – de otro modo desconcertante, ya que no hay poetas famosos entre la población general.”

Y siempre está ahí esa cuestión de si la poesía es realmente un trabajo o placer. Mucho se ha escrito sobre este asunto. Se supone que “uno de los problemas de los poetas es su fracaso en alcanzar la universalidad, en hablar por y para todo el mundo”. Pero me quedo con esta reflexión del autor: “el poema que puede abarcar a todo el mundo es una imposibilidad en un mundo caracterizado por las diferencias y la violencia”. No existe el poema perfecto, el poema universal. ¿Cómo va a existir en algo tan subjetivo? Esto es lo que despierta el odio a la poesía en los no-poetas (e incluso en los poetas).

He disfrutado muchísimo leyendo este ensayo que recomiendo tanto a poetas como a aquellos haters de la poesía. El ejercicio que ha realizado Ben Lerner en El odio a la poesía es brillante, complejo y muy esclarecedor.

Y voy a terminar la reseña otra vez citando textualmente al autor, porque creo que yo no podría expresarlo mejor:

“Todo lo que le pido a los que la odian – y yo también soy uno de ellos- es que se esfuercen por perfeccionar el desdén que sienten, que incluso consideren la posibilidad de aplicarlo a los poemas mismos, porque allí, lejos de disiparse, ganará en profundidad y, porque allí, al crear un espacio para lo posible, un lugar donde la ausencia se transforma en presencia (como la irrupción de una melodía que jamás ha sido escuchada por nadie), esto de lo que hablamos podría llegar a parecerse al amor”.

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El monarca de las sombras, de Javier Cercas

el monarca de las sombras Quien iba a decir a los habitantes de Ibahernando, que quizá su pueblo pase a la historia porque Javier Cercas ha comprendido que para que nadie escriba su historia tenía que convertirse en escritor y escribirla él mismo.

Un día Javier Cercas nos sorprendió a todos con su novela Soldados de Salamina, que ya era su cuarto libro pero el primero para mí y para la mayoría de los lectores. Una novela en la que entrelazaba ficción con historia real, y que versaba sobre la figura de Rafael Sánchez Mazas y sobre el hecho concreto de haber sobrevivido a su fusilamiento durante la Guerra Civil Española.

Pues bien, y aunque nunca se llegase a ir del todo del tema de la Guerra Civil y de la Historia en general, llega con El monarca de las sombras el Cercas que más me gusta, el que cuenta cosas que le importan porque son cosas personales que le afectan, y porque hay margen para jugar con la historia y la realidad hasta hacer que una y otra converjan.

Ahí está lo mejor de un escritor que tiene que bucear en la historia para que parezca que cuenta la verdad que nadie más contará, por ser la suya, la más cercana. Ese, como les decía es el Cercas que me gusta y me ha gustado. No hace mucho leí El balcón del invierno, de Luis Landero, en el que nos contaba la vida de su familia y sus orígenes, y creo que también en esa novela lo dio todo, porque también Landero quería que nadie contara una historia que solo él podía y debía contar.

Todos querríamos escribir la historia de nuestra familia para que no quede en el olvido, pero esa es la historia más difícil de contar para un autor, aunque si sale bien la jugada será sin duda su gran obra.

En esta ocasión parece extraño pero muy acertado que el protagonista sea su tío abuelo, Manuel Mena, fallecido con tan solo 19 años por fuego republicano en la Batalla del Ebro.

La novela que nos ofrece Cercas parece sencilla, unir escribiendo aquello que va descubriendo mezclado con viejos recuerdos de su madre y de otros familiares y viejos del lugar, pero solo lo parece, esa es la trampa con la que se encuetra una y otra vez el autor, la naturalidad en la literatura es de máxima dificultad.

De fondo está David Trueba, no solo como amigo o acompañante, es el artista, el cineasta comprometido, el que aporta empuje y seguridad al autor….

Contar la historia de un joven falangista de 19 años para contar la historia de uno mismo… Ya saben, yo siempre he sido de la opinión de que no está todo contado sobre la Guerra Civil, porque no es solo que cada familia tuviese su propia historia, es que cada persona de forma individualizada la tiene. Los que como Manuel Mena murieron, fueron trasladados a su pueblo y recibieron santa sepultura con todos los honores; los que siguen en cunetas sin entierro digno, los que murieron de tuberculosis en las cárceles o campos de concentración… Y la mujeres, las grandes sufridoras de las guerras, vejadas, humilladas, silenciosas… Nosotros somos descendientes de esos españoles, de los unos y de los otros, y la historia no está para enfrentarnos pero sí para conocerla, para que cada cual sepa de donde vienen las palabras o los silencios pronunciados en cada casa.

Investigar no es malo, eso tan de antes de “deja las cosas como están” no es una solución, lo sabe bien cualquier pueblo que quiera cerrar heridas, hay que saber, hay que ponerse en el lugar del otro, no todo era lo que parecía, no cada cual estaba en el bando en el que creía, no fue lo mismo vivir en un pueblo de Burgos que vivir en uno de Valencia, pero para saber eso hay que haber conocido la historia y el desarrollo de nuestra guerra, porque por mucho que queramos verla con distancia está aun ahí, en la fotos de los muertos de nuestra familia, en las calles, en los cementerios… pero no en el olvido ¿Por qué olvidar cuando es mucho mejor conocer y afrontar?

Me vienen al recuerdo aquellas palabras que tanto repetimos en nuestro club de lectura de que todos nacemos con una mochila… pero no podemos juzgar lo que hay en esa mochila que cargamos, no sería justo medir hoy lo ocurrido en aquel 36, pero es digno saber y reconocer de dónde venimos cada cual… También lo explica bien, para el que quiera verlo, Javier Marías en su libro Así empieza lo malo.

Cercas cierra aquellos Soldados de Salamina y hace suyas la palabras de Trueba de que no son los libros los que deben estar al servicio del escritor, sino el escritor al servicio de sus libros, solo siendo así de honesto puede uno hacer una historia como la que el autor nos ofrece.

Al hilo de un artículo que creo que leí en un periódico sobre este libro, El monarca de las sombras, recordé unos versos que escribí hace unos años y publiqué en mi primer poemario:

Nueve palomas vuelan
sobre tu huerta,
Sobre los trigales
Que a agostean.

Nueve palomas blancas
Año tras año,
Regresan.

Regresan a Farasdués,
y en Farasdués, llueven penas.
Nueve palomas llegan
de nueve estrellas,
las nueve que fusilaron,
las nueve buenas.

Miguela,
Francisca,
Candelaria,
María,
Paulina,
Josefina,
Antonia,
Raimunda,
Eusebia.

Las nueve buenas.

Escribí este poema cuando se empezaba a hablar de la Guerra Civil, cuando en los pueblos la gente se empezó a atrever a contar su historia, cuando Dulce Chacón conmovió a todo este país y nos hizo individualizar a los muertos, cuando los historiadores empezaron a hacer su trabajo, un trabajo que, como el que ha hecho Javier Cercas, SIRVE, porque me sirve a mí y le sirve a su propia madre, y servirá, no lo dudo a muchas personas que se han erigido en jueces de historias de hace 80 años…

Estamos hablando de una guerra.

Para hablar de la posguerra habría que hablar de otros poemas, de otras historias, de otros jueces, de otras muchas penas, de hambre y de miseria…

Ya ven empezaba esta reseña hablando del pueblo de Cercas y lo termino hablando de Faradués, un pequeño pueblo del interior de las Cinco Villas, que, como Ibahernando, también merece tener su propia historia.

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Un libro para ellas, de Bridget Christie

Un libro para ellas

Un libro para ellasLa definición de FEMINISMO, según la RAE:

“1.- Ideología que define que las mujeres deben tener los mismos derechos que los hombres.

2. m. Movimiento que se apoya en el feminismo.”

Imagino que ante esto nadie tendrá ninguna objeción, sin embargo aun hay muy pocos hombres que se definan a sí mismos como feministas, e incluso hay demasiadas mujeres que dicen eso de yo soy feminista PERO…

¿Qué pero se le puede poner a esa definición?

Ninguno.

Aunque Un libro para ellas, es de una autora inglesa, no teman, está traducido y se entiende bastante bien, de hecho está tan bien traducido que hasta podrían leerlo algunos hombres (de los que no se consideran feministas) y también serían capaces de pasar un buen rato. Y es que como ya sabrán, y si no yo se lo cuento, Bridget Christie es una humorista muy conocida en Gran Bretaña, de hecho ella nos cuenta en el libro lo difícil que ha sido esa evolución de ser una monologuista más, a ser conocida e incluso reconocida por su propio nombre.

Verán al parecer todo empezó con un pedo, si, tal cual, hay quienes se convierten en feministas por una charla-coloquio de Caitlin Moran (Como se hace una chica), otros escuchando la poesía de Begoña Abad o de Ana Pérez Cañamares…, pues bien, la vida de nuestra autora cambió porque en una librería la zona dedicada a la literatura feminista sucedía algo peculiar, digamos que era el área de mayor expresión fétido activa del librero… En fin, pero esta es una historia que podrán leer con todo lujo de detalles en el libro.

Que nos podemos reír mientras hablamos de feminismo, está claro, que las feministas podemos ser mujeres divertidas, es indiscutible, que las hay que son altas, bajas, anchas, estrechas, modernas, históricas, lesbianas, heterosexuales, bisexuales, trisexuales, con flequillo, incluso sin flequillo, y no solo mujeres morenas, también las rubias y pelirrojas pueden ser feministas; es cierto, las feministas podemos ser divertidas pero como también dice la autora, estamos generando unas terribles problemas sociales, a saber:

“El feminismo es el único responsable de la recesión, el calentamiento global, el terrorismo, las pandemias, las cancelaciones de vuelo, las erupciones volcánicas, la puntualidad de los trenes y la normativa de salud y seguridad excesivamente restrictivas.Ya nadie puede tomar bebidas calientes en el trabajo por culpa del feminismo, ni subirse a una escalera de mano en las bibliotecas. Ya no hay quien se coma una langosta sin gafas de soldador por culpa de las feministas. Por su culpa, nadie puede abrir una puerta si quiera. Ahora hay que arrojarse a través de las ventanas de doble vidrio para entrar y salir de los edificios. Todas las puertas han sido tapiadas por culpa de las feministas. Es como impuestos del siglo 17 que grababa las construcciones en función del número de ventanas que tenían, pero aplicado a las puertas… “

Pues sí, esto es muy divertido para las feministas, pero, no crean, cuando les hablaba antes de ponerles este fragmento del libro de que el feminismo podría generar graves problemas en el orden mundial, de eso no tengo ninguna duda ¿Se imaginan que ya ninguna mujer quisiera hacer de cuidadora, o todos esos oficios auxiliares que parecen destinados a ellas salvo que fuera o fuese a título oneroso? ¿Se imaginas que quisieran cobrar exactamente lo mismo por el mismo trabajo que sus compañeros varones?, o ¡¿Incluso cobrar algo?!

Se puede crear conciencia desde el humor, y si alguien tiene humor en este mundo somos las mujeres feministas, de hecho yo también soy bastante simpática, y hace muy poquito leí un libro estupendo de una mujer palestina que también tenía una buena dosis de humor, que yo creo que eso es lo más; incluso confieso que tengo amigas que también son bastante divertidas. Ahora que pienso sobre ello, creo que es posible que alguna sea incluso más divertida que yo, que en ocasiones me gusta ponerme como trascendental, puro postureo, ¡claro!

¿Cómo en un libro de humor se puede hablar de mutilación genital femenina, de la brecha salarial, del físico como seña de identidad de la mujer, de lo sexualizada que está la sociedad, o incluso hablar del test de Bechdel? Y eso que ya les advierto que una vez que uno investiga sobre este test ya nunca deja de pensar en él mientras está viendo una película…

Yo sé, como la autora, muy poco sobre feminismo, también creo que el feminismo es algo intuitivo o de sentido común, pero de ella me ha gustado mucho su mirar el mundo con un humor provocador e inteligente, unas veces irónico y otras veces tan ácido que se le revuelven a una las neuronas (si lo que se le revuelven al lector son las tripas, es posible que tenga un problema como el del librero del que hablábamos al principio).

Quizá a muchos no nos suenen algunos nombres de mujeres feministas (o no) inglesas (o no) famosas (o no) de las que habla, bueno, pues para eso está internet, pero otros personajes sí que nos sonarán, y nos situarán en las posturas políticas de cada cual, porque claro, también los políticos (personas del mundo político en general) deberían dejar claras sus posiciones… Y algunos las dejan, ya verán.

En definitiva, solo les puedo decir sobre este libro que el que quiera pasar un buen rato y salir un poquito más concienciado sobre el porqué hay que ser y apoyar al movimiento feminista, esta puede ser una forma interesante.

¿Es Un libro para mujeres? Puede ser, claro, pero también podría ser un regalo para el día del padre y tampoco pasaría nada…

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En torno al casticismo, de Miguel de Unamuno

En torno al casticismo

En torno al casticismoYa de por sí siempre me ha atraído ese tipo de pensadores que antes de teorizar dudan de lo que van a exponer. No me gustan los que afirman, aseguran y confían ciegamente en sus pensamientos y creencias. ¿Es esto malo? No lo sé, yo también dudo. Yo dudo mucho. Defendía Unamuno lo que se ha venido a llamar afirmación de los contrarios, que no es más que el apartarse de la búsqueda de respuestas para estar próximo a la creación constante e interminable de preguntas. Y yo me pregunto mucho. ¿Tú también?

En torno al casticismo es una sucesión de preguntas que el pensador vasco dirige al lector, lector que él espera con cierto afán intelectual y cargado de dudas en torno a un país en caída libre que acaba de ser sacudido por el desastre del 98. España huye despavorida de todo lo relacionado con el pensamiento que aflora en otros países de Europa, si bien es cierto que algunos intelectuales españoles, como es el caso de Unamuno, intentarán acercarse a esas posturas, leyendo, carteándose, viajando, viviendo. Alianza vuelve a editar ahora estos cinco artículos que Unamuno publicó en su momento (1895) en la revista La España Moderna, y en los que intentaba llamar la atención del español ciego y sordo y plantear a su vez su visión del presente. Destacando el primero y el último de los artículos – “La tradición eterna” y “Sobre el marasmo actual de España” – En torno al casticismo muestra por primera vez el concepto unamuniano de «intrahistoria» entendido como el fondo olvidado del país, el alma de sus gentes, que es lo más importante para él de una nación. En vez de fijarse en lo que siempre reflejan los libros históricos, Unamuno redirige la mirada hacia el pueblo, pero no individualizándolo sino hacia el pueblo en colectivo, hacia esas gentes que trabajan día a día por hacer que el país siga latiendo, por todos los que se despiertan mañana tras mañana para seguir viviendo.

Tener entre manos este libro de Unamuno puede provocar el típico rechazo que suele golpearnos cuando alguien nos dice que esto es lo que se debe leer. Y es cierto que este rechazo muchas veces está bien fundado. Pero no es el caso de Unamuno. Como afirma Enrique Rull en la introducción del libro, «echaba en falta el escritor vasco una verdadera juventud, un vigor renovador y un sentido crítico que se atreviera a poner el dedo en la llaga de las cosas». Esto es lo que pedía Unamuno hace más de 100 años. ¿No es lo que pedimos también ahora nosotros?

Decía Heráclito que nunca te bañas dos veces en las mismas aguas; aunque repitas lugar, aunque repitas río, las aguas nunca son las mismas. Pero yo reconozco que muchas veces parece, y sobre todo cuando el agua está en calma, que estamos en el mismo lugar que antes, que nada ha cambiado, que todo sigue corrompido y que nada va a cambiar. Pero las aguas cambian, eso nos decía Heráclito. Hasta que llegó Unamuno y nos sumergió bien hondo en el río para enseñarnos que el fondo siempre es el mismo, que la intrahistoria es un tatuaje imborrable y eterno en nuestra piel, que aunque veamos el agua correr siempre estaremos siendo golpeados por lo mismo. Y lo mismo sucede con los libros. Los momentos cambian, incluso la persona que eras cuando lo leíste la última vez era distinta a la que eres ahora. Puede cambiar también la edición, como me ha pasado a mí con este libro. Y lo abres, te das cuenta de que huele distinto y confías en que esta vez no te golpeará tan fuerte porque son otras páginas, porque quizás incluso ha cambiado el escritor. Pero no. Y es entonces cuando entiendes lo que significa la intrahistoria de Unamuno. Unamuno somos todos.

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Kaspar Hauser, de Paul Johann Anselm von Feuerbach

Kaspar Hauser

Kaspar HauserEl mito del hombre salvaje ha interesado al ser humano desde la antigüedad, seguramente desde el mismo momento en el que comenzó a convivir en sociedad. La curiosidad por cómo seríamos si no estuviésemos influidos por todas las costumbres y las reglas que nos vienen preestablecidas desde nuestro nacimiento es lógica y, si bien en la cultura tiene su máximo exponente en Tarzán, no son pocas las obras que han tratado el tema a lo largo de la historia. Sin ir más lejos, la decepcionante película de terror Mama o la más recomendable novela La niña que amaba las cerillas son dos ejemplos recientes que exploran esa idea.

Kaspar Hauser, editado en castellano por Pepitas de calabaza, nos acerca a este fenómeno a partir de un extraño suceso que ocurrió en la ciudad de Núremberg el 26 de mayo de 1828. Aquel día apareció un muchacho joven cuyos rasgos y, sobre todo, cuya manera de comportarse pronto delataron que no había sido criado en sociedad. El chico adquirió popularidad rápidamente, tanto en el país como a nivel internacional, y fueron muchos los interesados en educarle y en estudiarle. Entre ellos se encontraba Paul Johann Anselm von Feuerbach, un célebre jurista alemán que acudió a la ciudad un mes más tarde de su aparición y que elaboró esta detallada crónica de su vida.

Estamos ante un gran reportaje en profundidad, en el que los esfuerzos del autor por contrastar todos los datos a su alcance y por dar la mayor cantidad de detalles posible son palpables; de hecho, en muchos casos las anotaciones a pie de página con información complementaria tienen más extensión que el propio relato del autor. Este detallismo también se extiende a las descripciones, tanto físicas como psicológicas, que se aportan de Kaspar cada poco tiempo para ir dando cuenta de su evolución. Feuerbach hace una disección tan minuciosa del joven que en ocasiones llega a abrumar, pero que sin duda es lo más interesante del libro, ya que en su progresiva ‘humanización’ y en lo que ello conlleva es donde reside la gran aportación de este trabajo. Es un estudio psicológico del más alto nivel, narrado con un lenguaje asequible pero preciso y rico en matices.

La inocencia pura y sin cortar de Kaspar, su ignorancia —en el sentido más limpio del término— de todo tipo de protocolos y de formas de actuar preestablecidas hace que muchas de sus actuaciones sorprendan aún hoy en día. Y es que, con todos nuestros hábitos, nuestros refinamientos, nuestros límites, nuestras concepciones acerca de lo políticamente correcto…es imposible no sentir cierta admiración por un ser que se mueve únicamente por sus instintos, al no haber sido todavía contaminado por la socialización. Así enternece leer la empatía del chico por todo lo que le rodea, independientemente de si es una persona, un animal o un mero objeto; da igual lo avanzados que vayamos en el texto, las ocurrencias de Kaspar no dejan de producir un sentimiento entre la sorpresa y la ternura.

Al texto de Feuerbach le acompañan otros escritos, como un informe pericial de un doctor que le trató durante los primeros meses o el relato de su muerte, tras ser acuchillado por un desconocido. Estos caen en muchos casos en la reiteración de lo ya contado por el autor, por lo que en mi opinión tienen un interés mucho menor, aunque incluyen algún que otro detalle interesante para completar nuestra imagen de Kaspar. Quizá lo más interesante es el fragmento autobiográfico del chico, en el que narra su cautiverio, así como la reflexión final que Julio Monteverde hace en el epílogo de esta edición.

Para crear un libro decente suele hacer falta contar bien con una historia llamativa, bien con un gran narrador. Por regla general, con disponer de uno de estos ingredientes es más que suficiente para ofrecer una lectura interesante a un amplio número de lectores. Por eso, cuando te encuentras con una obra como Kaspar Hauser, en el que tanto la historia como la forma de contarla por parte de su autor son sencillamente sobresalientes, solo queda recomendarla abiertamente y guardarla en un lugar visible, para poder volver a ella en futuras ocasiones.

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Una temporada en Tinker Creek, de Annie Dillard

Una temporada en Tinker Creek

Una temporada en Tinker CreekMe he dado cuenta en todo este tiempo de lecturas que hay libros que te hacen sentir grande y otros que te hacen sentir muy pequeño y no sé por qué siempre me he sentido atraído por los que me han empequeñecido. ¿Os acordáis de cuando Alicia crece y se encoge? El día a día nos hace crecer y sentirnos absurdamente importantes y de repente aparece alguien, algo o nada disfrazado de libro y nos hace pequeños, muy pequeños. Ese alguien, ese algo, esa nada, ha sido para mí en este caso un libro, este: Una temporada en Tinker Creek, de Annie Dillard, premiado con el Pulitzer de Ensayo y que llega a España de la mano de Errata Naturae en su colección Libros salvajes.

Dillard comenta nada más comenzar que busca llevar a cabo lo que Thoreau denominó «un diario meteorológico de la mente», y – ojo ‘spoiler’ – lo consigue. Pero también consigue mucho más. Porque como he dicho hace un momento, hace que empequeñezcas y entres en el maravilloso mundo de la Naturaleza. Antes de empezar el libro, su información te transmite que estás delante de una escritora que superó una fuerte neumonía siendo muy joven y que decidió trasladarse a las montañas. Pero tras leerlo te queda la certeza de que es en ellas, en las montañas, donde Dillard sana de verdad. Siempre envuelta de una envidiable soledad, la autora estadounidense se convierte en nuestros ojos a través de sus palabras y nos muestra un mundo que solo se ve si te paras a verlo. No es suficiente con solo mirar, hay que pararse a mirar, hay que meditar con los ojos para así conseguir que florezca todo lo que nos envuelve.

Os voy a confesar algo. Yo, al final de la semana, tras varios días empapado por la contaminación de una ciudad como Barcelona, me veo casi obligado a subir a alguna de las montañas que protege la vertiente sólida de mi pueblo – en la otra hay mar – para desenganchar de mí ese humo negro que veo cada mañana antes de entrar a la ciudad. Pues bien, esa subida semanal a la montaña ha pasado a ser diaria gracias a Una temporada en Tinker Creek. Con este libro en las manos – del cual he devorado sus cerca de 400 páginas en un par de días – sentía que caminaba por la Naturaleza. Nunca unas páginas de un libro habían sido tanto un bosque vivo.

Dillard nos habla detalladamente de sus experiencias en el bosque, ya sea con animales, insectos, hojas, plantas, árboles o personas – aunque personas, pocas –. Nos habla de todo ello, de tú a tú, dejándose ir en muchas y muy valiosas ocasiones. Cuando Dillard se explaya y habla tan filosóficamente, tan metafóricamente, tan desde dentro, tan vital de la Naturaleza, no queda otra que cerrar momentáneamente el libro y buscar el árbol más cercano para darle las gracias; las gracias por existir.

No sé si este libro gustará tanto a alguien que no ame la Naturaleza, no sé si provocará que entren tantas ganas de verde;lo que sí sé, y es lo que intento expresar siempre en mis líneas, es lo que yo he sentido leyendo. Y yo he sentido el olor de la hierba mojada cuando ya ha salido el sol en cada momento en que abría sus páginas, he sentido que el pequeño viento levantado al mover sus páginas curaba mis heridas – las superficiales y las muy muy profundas -, he sentido que yo también me curaba sin saber previamente que estaba enfermo.

Una temporada en Tinker Creek es la mejor lectura con la que me he encontrado en lo que va de año, es una suerte de calma dentro de la agitación diaria, es una oda a la observación meditada y a la meditación observada, es un paseo walseriano de los pies y de la mente, es una delicia cuidada de traducción por parte de Teresa Lanero, es la afirmación de la soledad, es el «Vosotros seguid. Yo me quedo aquí» que entona Dillard en sus páginas y es el «Algo no va bien en una persona que, en la ribera de un río, prefiere mirar aguas abajo. Es como contaminar tu propio nido. ¿Y a cambio de esto y de tumbarse en un diván la gente paga cincuenta dólares la hora?», porque «Uno no atrapa el presente, no lo persigue con anzuelos y redes. Uno lo espera con las manos vacías, así es como te llenas. Tendrás pescado de sobra. El arroyo es el único proveedor. Es, por definición, la Navidad, la encarnación. Este viejo planeta de roca recibe el regalo del presente todos los días por su cumpleaños.» Hoy siento que es mi cumpleaños, y todo gracias a un libro. Como siempre.

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Leñador, de Mike Wilson

Leñador

LeñadorLa llamada de lo salvaje vuelve a susurrarme con esta obra, Leñador, al igual que lo hicieran las novelas de Jack London o de Jon Krakauer con Hacia rutas salvajes. El territorio de Yukón, en Canadá, vuelve a ser el mágico escenario para evadirme de las distracciones y vulgaridades de la civilización. Una habitación rural en un hotel de Cercedilla en Madrid no es Canadá, pero yo, que soy lector de método y me meto en el papel de los personajes, me fui allí a leer este libro. Y fue el libro el que me hizo viajar mucho más lejos. La literatura, siempre la literatura, vuelve a convertirse en el mejor medio de transporte para viajar a lugares lejanos, naturalezas con tanta belleza como hostilidad y que, en mente y espíritu, me permite vivir una de las mejores experiencias. Experiencias sonoras: los vientos del norte, el ulular de las aves nocturnas, los aullidos de los lobos; experiencias olfativas: el olor de la miel recién extraída de los panales, el de las hojas de los pinos, el de la carne en las brasas; también visuales: los paisajes salvajes e inhóspitos de las tierras del norte, los atardeceres tras las montañas. Esas tierras a las que huyó el autor de esta obra, Mike Wilson. Sus motivos tenía para emprender este duro viaje y vivir la mayor aventura de su vida. En palabras de Thoreau, uno de los padres de la literatura estadounidense: «Cada cierto tiempo, el escritor debe recorrer la senda del leñador para beber en una nueva y más tonificante fuente de las musas».

Esa senda fue la que decidió seguir Mike Wilson cuando, en un acto de crisis existencialista, decidió abandonar cuanto tenía y conocía para emprender esta aventura y asentarse en una comunidad de leñadores al noroeste de Canadá. Quizá buscaba un motivo para encontrar sentido a la vida. Quizá tan solo necesitaba volver a sentirse vivo. Vivir es alejarse de las preguntas que se hacen los hombres; vivir es el fortuito encuentro con un oso o un alce en pleno bosque; vivir es seguir el curso del río para pescar allí donde confluye el cambio de corrientes; vivir es aullar por la noche junto a los lobos y por la mañana trabajar duro cortando leña.

Cuando supe de este libro no me lo pensé dos veces. Tras la experiencia de la novela ya citada de Jon Krakauer, esta aventura prometía aportar otra visión de alguien que, lejos de aislarse y buscar la soledad como el protagonista de esa obra, quería adentrarse en una comunidad. Vivir con una comunidad ruda como es la de los leñadores rurales de Yukón. Aprender con ellos, su trabajo, su día a día, su modo de cazar, observar lo cotidiano dentro de ese pequeño grupo en un lugar tan magnífico. Lo que no esperaba es que este libro se convirtiera en un atlas sobre la vida en el bosque. Ahora lo explico mejor.

Yo partía de la base de que se trataba de la experiencia personal de su autor y las aventuras que allí vivió convertidas en novela. Bueno, desencaminado no iba, pero este libro tiene eso y mucho más. Es novela, es una guía de viajes, es un diccionario, es un tratado de naturaleza, es… en fin, son muchas cosas que nunca había leído. Durante todas las páginas encuentras definiciones sobre todo aquello que empleaba en su día a día con los leñadores: desde herramientas de pesca, leña o caza con todas sus piezas y utilidades bien detalladas, a los orígenes de los inuit, antiguos pobladores de Yukón. Emplea en toda su obra los distintos tipos de textos: expositivos, descriptivos, instructivos y narrativos. Estos últimos son más escuetos y preceden o continúan a las explicaciones vertidas sobre un elemento de la naturaleza concreto. Por ejemplo, para narrar la experiencia que vivió de cómo los leñadores navajos le enseñaron a identificar las huellas sobre el terreno y las plantas, dedica unos párrafos a contar los hechos para después hilvanarlos con una explicación etimológica sobre el sistema de rastreo y el tipo de árboles o fauna que se encuentra en esa zona concreta.

Leñador, que no llamaré novela porque no lo es como tal —las etiquetas que puedo ponerle son infinitas—, tiene, también, varias formas de ser leído y comprendido. Se pueden leer solo los párrafos narrativos que desarrollan la acción y seguir, más o menos, el recorrido que experimentó el autor. Ya te digo que vas a seguirlo más bien menos. Puedes solo tomarlo como un atlas de vida salvaje, es la mar de práctico con todas sus descripciones y consejos informativos. O puedes leerlo en su totalidad y vivir, por unas cuantas tardes y tal como hice yo, lo que Mike Wilson vivió durante años en aquella comunidad. Todo comenzó así:

«Hui hasta llegar a los bosques de Yukón. Me recibieron en un campamento de leñadores […]. Eran hombres rudos. Me otorgaron un hacha, filo de acero. Aprendí cosas».

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Pequeños tratados, de Pascal Quignard

Pequeños tratados

Pequeños tratadosCuando decidí reseñar a Quignard sabía que me metía en un berenjenal. ¿Cómo le explicas Quignard a otra persona? No se lo explicas. Coges uno de estos pequeños tratados y le dices: lee. O les hablas a tus amigos con tanta pasión de su obra (sin decir nada en realidad, porque ya os lo dicho y lo repetiré varias veces: no se puede explicar) que acaban leyéndose uno de sus libros y luego otro, y otro. Pero como no os tengo a todos a mano para irnos a tomar unas cervezas, no puedo hacer ninguna de esas dos cosas. Así que intentaré explicarlo.

Los Pequeños tratados de Pascal Quignard son un compendio de cincuenta y seis textos breves en los que el autor mezcla vida, historia, pensamiento y ficción. Él mismo cuenta su génesis en el primero de ellos, dedicado a su amigo Louis Cordesse y que marca el tono de todos los demás. Los tratados fueron escritos entre 1977 y 1980, empezaron como un juego y pasaron por un largo periplo editorial hasta ver la luz en 1991. Ahora han sido traducidos por el catedrático Miguel Morey para Sexto Piso, que los presenta en dos volúmenes y en una edición excelente. Ellos mismos lo dicen, son “la joya de la corona”.

Los más de cincuenta tratados, aunque siempre breves, viajan por los géneros (¿o acaso recuperan un género antiguo?) con una flexibilidad envidiable. En sus páginas encontramos desde reflexiones lingüísticas, hasta juegos de palabras; desde narrativa, como fragmentos de cuentos, una escena de novela suprimida o anécdotas históricas narradas con una técnica excepcional, hasta sentencias, citas de Tácito, de Horacio, pero también de Pierre Nicole, de Guy Lefèvre de la Boderie y de decenas de pensadores que configuran el universo referencial del autor.

Quignard conversa con su propia tradición y obsesiones y al mismo tiempo integra al lector en ese mundo que ha creado para sí mismo, pero también para los demás. Iba a escribir que “te lleva de la mano por ese mundo”, pero eso no es cierto. No te guía paso a paso a través de sus ideas, no te da el texto masticado ni te lo pone demasiado fácil. Leer a Quignard es un reto. A veces tienes que correr para seguirle, hay decenas de referencias que se te escapan y hay otras que acabas comprendiendo páginas después, cuando vuelve a ellas por tercera o cuarta vez. Los Pequeños tratados están plagados de puzles, de enigmas y juegos que el autor le plantea al lector, de retos intelectuales de los que poco a poco nos va dando más pistas. Y en ese reto, en la presión lúdica de seguir su hilo de pensamiento, radica la magia del texto. Cuando al fin comprendes, sientes que el trabajo lo has hecho tú. Y ahí Quignard también te engaña.

Estos Pequeños tratados podrían ser independientes, pero permanecen fuertemente conectados. Crean una obra completa y cohesionada aunque de una manera extraña; como dice el propio autor: son como una suite barroca. Son también un compendio de “cosas rechazadas”, de personajes históricos que han quedado en tercer o cuarto plano, de ideas oblicuas, complejas y recurrentes que los atraviesan como el hilo de una araña: escribir es callar, la voz y el silencio, el lenguaje es un constante desafío en el que sabemos desde el inicio que vamos a salir perdiendo. Pero no tiene sentido que intente explicároslo: tenéis que leerlo.

Porque otro punto que debéis ver por vosotros mismos es el estilo. Cuando la gente se aproxima al ensayo, y en última instancia este texto tiene más de ensayo que de narrativa convencional, tiende a pensar que lo que importa no es cómo está escrito, sino la información que aporta. Esa idea ha acabado saturando el mercado de textos sosos para dummies y de prosa directamente incomprensible. Olvidamos que, en realidad, es tan importante el fondo (qué se está contando), como la forma (cómo se cuenta). Y Quignard brilla en ambos campos. Todos hemos dejado ensayos porque el autor no lograba fascinarnos. Y otra cosa no, pero, en los Pequeños tratados, la fascinación está garantizada.

No quiero irme sin dejaros una cita de esta obra, el inicio del primero de los tratados, que justifica que Quignard sea uno de los autores que más he subrayado: “Todas las mañanas del mundo carecen de retorno. Tácito dice que no hay más que una tumba: el corazón de un amigo. Dice que la memoria no es un sepulcro sino una detención en el pretérito indefinido”.

Laura Gomara @lauraromea

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Contra el fanatismo, de Amos Oz

Contra el fanatismo

Contra el fanatismoHace poco leí que después de que Donald Trump venciera en las elecciones a la presidencia de los Estados Unidos, el libro 1984, de George Orwell, aumentó sus ventas en el país exponencialmente, 68 años después de su publicación. Incluso hasta España ha llegado la tendencia, ya que el libro entró entre los 50 más vendidos en nuestro país en 2016. Las similitudes entre el régimen distópico que construyó el autor nacido en el Raj británico y algunas de las actuaciones y declaraciones del nuevo ejecutivo norteamericano son verdaderamente alarmantes. Por desgracia, la llegada de este ser promuros y antimedios de comunicación a la Casa Blanca no parece que vaya a ser una excepción, sino una tendencia al fanatismo que comienza a tomar grandes apoyos en la opinión pública de occidente. Son muchas las causas a las que podemos atenernos para justificar esta deriva, como la crisis económica, el miedo al terrorismo islamista o el desencanto de la población con una clase política que se ha distanciado demasiado del pueblo al que representa. Sin embargo, si bien novelas como 1984 pueden ayudarnos a identificar los peligros que nos acechan, para combatirlos creo que son mucho más útiles textos como Contra el fanatismo.

Lo primero que me sorprendió al comenzar a leer este ensayo es la sencillez con la que escribe Amos Oz. Acostumbrado como estoy, por culpa de mi pasión (ligeramente masoquista) por la lectura de textos políticos, a tener que descifrar frases complejas y recargadas, la prosa directa y clara de este pensador israelí me hizo sentir como en mitad de una conversación coloquial en una cafetería, sin ningún tipo de grandilocuencia ni de excesos estilísticos. La otra de las claves, para mí, de este pequeño libro es la sinceridad que emana de sus palabras. Oz toma posición desde el comienzo y centra su discurso en el peliagudo conflicto palestino-israelí, más peliagudo aún de acometer si tenemos en cuenta que este escritor es natal de Jerusalén.

En torno a este tema el autor defiende la necesidad de un acuerdo entre los dos contendientes, que nazca desde el reconocimiento mutuo y en base a las concesiones imprescindibles para que ambos pueblos puedan tener un futuro digno y en paz. «Nunca lucharía por más territorios. Nunca lucharía por una habitación más para la nación. Nunca lucharía por los santos lugares ni por las vistas a los santos lugares. Nunca lucharía por supuestos intereses nacionales. Pero lucharía, como un demonio, por la vida y la libertad. Por nada más», resume es escritor.

Pero el texto de este libro que más valor simbólico tiene, en mi opinión, en los días que vivimos es en el que trata el  tema del fanatismo. «¿Quién iba pensar que al siglo XX le iba seguir el siglo XI?» se preguntaba Oz hace ya más de una década. En este capítulo se dedica a analizar en profundidad al fanático, al que etiqueta como un ser con una actitud de superioridad moral, que se caracteriza por preferir sentir a pensar. Y es que qué duda cabe de que muchas de las decisiones más preocupantes que se han ido tomando en el mundo en los últimos meses han salido de las tripas, y no del cerebro, de quienes mandan ejecutarlas. Frente a esta tendencia, Oz llama a combatir al fanático desde la inteligencia, obligándole a salir de sus marcos preestablecidos y haciéndole ver las múltiples contradicciones con las que siempre cargan los defensores del pensamiento único, pero que tanto se esfuerzan en esconder debajo de la alfombra de su mollera.

Pienso que Contra el fanatismo debería tener un sitio privilegiado en colegios e institutos de todos los lugares del mundo, ya que enseña una serie de valores que estoy convencido de que si se interiorizan bien en las primeras etapas de crecimiento intelectual, las nuevas generaciones estarán mucho más preparadas de lo que seguramente estamos las actuales para combatir a ese mal que tanta fuerza está tomando en estos últimos tiempos.

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Prosas reunidas, de Wistawa Szymborska

Prosas reunidasCasi siempre les digo que se dejen sorprender por la lectura, que los prólogos unas veces animan a la lectura del libro que tenemos entre las manos y otras pueden echarnos tan para atrás que volvamos a dejarlo en la estantería.

Pues bien, este prologo pueden leerlo cuando quieran, es más, les confesaré que he pensado que si en alguna ocasión escribo un libro, o alguien se le ocurre hacer un libro con mis reseñas literarias, quiero que el prólogo lo haga alguien tan bueno como Manel Bellmut Serrano, que como verán es no solo quien ha realizado el prólogo de esta obra, sino que también es suya la no menos brillante traducción al castellano.

Y digo brillante porque yo, tengo que reconocerlo, no sé polaco y no puedo comparar con el original, pero esta traducción ha hecho que me enamore de la autora, de la que solo conocía, y poco, un puñado de poemas que busqué cuando recibió el Premio Nobel de Literatura. No fue fácil encontrarlos entonces, era 1996, finales del Siglo XX, y no se pueden hacer a la idea de lo mucho que ha cambiado internet mi vida desde entonces.

Por un lado este nombre, Wistawa Szymborska, que por aquellos finales de siglo no lo había oído jamás, esto suele pasar con algunos premios Nobel de literatura, del resto ni hablo; por otro lado está la forma de escribir de esta mujer, el dominio que tiene del vocabulario, la capacidad de concreción para decir tanto en con tan cortas reseñas.

El Premio Nobel se lo dieron por su poesía. Y ella, como suele ser habitual, leyó su discurso al recoger tan alto galardón, y un día yo leí este discurso, años después de ser pronunciado, después también de leer algo más de su poesía y hoy recuerdo, porque no podría ya olvidarlos, algunos fragmentos:

”…No existen profesores de poesía, lo que haría suponer que esta actividad requiere de estudios especializados, exámenes presentados en fechas precisas, disertaciones teóricas rematadas con bibliografía y notas y, finalmente, los diplomas recibidos con solemnidad. Todo esto, a su vez, significaría que para graduarse de poeta no bastarían las hojas de papel, aun cuando estuvieran llenas de excelentes versos, sino que se necesitaría, sobre todo, un papel con sello y firma…”

El final de su discurso fue:

“…De acuerdo, en el habla cotidiana, la cual no recapacita sobre cada palabra, usamos expresiones como la vida común, los acontecimientos comunes… Sin embargo, en la lengua de la poesía, donde se pesa cada palabra, ya nada es común. Ninguna piedra y ninguna nube sobre esa piedra. Ningún día y ninguna noche que le suceda. Y sobre todo, ninguna existencia particular en este mundo.
Todo indica que los poetas tendrán siempre mucho trabajo…”.

Todo su discurso me gustó, casi puedo decir para ser más exactos que me conmocionó, y es por ello que al ver que la editorial Malpaso reunía en un solo volumen toda la prosa de Wistawa Szymborska (¡menos mal que no me escuchan ustedes pronunciar el nombre!), no lo pensé dos veces y me dije, pues este para mí.

Y este es el libro que me ha acompañado en los últimos días allá donde fuera, y me he divertido como nunca pensé divertirme con una poeta polaca, y en la fila del banco o de correos la gente me miraba como si no comprendiesen que me podía hacer tanta gracia en un libro del que no podían pronunciar el nombre de la autora ¡Ya ven!

En realidad he descubierto que estas Prosas reunidas son reseñas literarias publicadas en diversos medios que alguien se ha preocupado de reunir y publicar. Un poco, y salvando las distancias ente una Nobel de literatura y nosotros mismo, como nuestro querido Anuario, pero en este caso solo reseñas y todas de ella, y lo que es más interesante, prácticamente todas las lecturas que utiliza para estos menesteres son ensayos, o en cualquier caso lecturas que ella entiende como no obligatorias, otras lecturas no obligatorias y más lecturas no obligatorias. Una mujer que como ven ha tenido tiempo para leer lo que dicen que importa y lo que quizá importe y no lo sepamos. Una gran lectora, y la imagino ahora también como una persona con un gran sentido del humor, porque sabe reírse hasta de sí misma, y eso es fundamental para reírse de los demás con inteligencia.

Me ha impresionado la capacidad de reflexión de esta mujer, su conocimiento sobre tantas cosas y su sinceridad para decir que algo no es capaz de comprender, o, de llevarlo al terreno en el que ella se mueve con más frescura que el propio autor del ensayo. Es muy ligera pero profunda, incisiva, divertida y coloquial, esto se nota mucho en la traducción, quiere que se le entienda, quiere que sea divertido lo que para ella es un placer, LA LECTURA, y es por ello que ensalza a los autores que le han hecho más sabia y más feliz con lo que han escrito, porque leer un ensayo no debe estar reñido con hacerlo de forma grata e interesante para el lector. Es como el profesor que sabe mucho de su materia pero que no es buen comunicador porque le falta pasión por lo que hace. Esos no deberían ser ni profesores.

Me encanta el ofrecimiento que Malpaso hace a sus lectores para obtener gratis este libro en formato digital, porque les aseguro que las esperas pueden ser mucho más gratificantes, casi desearán cuando lleguen a la consulta médica que esté abarrotada de gente, o dejará de importarles tener que hacer cada día un trayecto largo en metro o autobús poder leer alguna de sus reseñas; son cortas y da tiempo de aprender siempre alguna cosa sobre un hecho histórico, o sobre la vida de un actor, escritor, filósofo…, o buenas y malas biografías, o zoología, antropología, arqueología, botánica, psiquiatría, y otras muchísimas cosas y gentes (y naturalmente donde vean un masculino singular pueden poner ustedes mismos un femenino). Y efectivamente mediante su lectura comprobarán, como bien dice el traductor, que queda perfectamente marcado su antiantropocentrismo, vamos que niega que seamos la culminación del mundo animal y que este nos pertenezca.

Me encantaría poder dejarles aquí una de sus maravillosas reseñas pero no sabría elegir, me sería casi imposible, pero si algún día yo fuese capaz de escribir una reseña como alguna de las suyas no me importaría que fuese como la titulada ¡SEÑORES DEL TRIBUNAL!, que encontrarán en la página 120 y que habla de un libro titulado Animales nocturnos, de Hanna y Antoni Gucwinski, y que termina tal que así:

«… Pero basta ya de lamentaciones, es hora ya de contar un chiste aunque sea viejo. ¡Señores del Tribunal! —dice el abogado durante el discurso de la defensa—, mi honorable oponente se muestra pródigo a la hora de imputar a los acusados los más viles comportamientos humanos. Ayer acusó a un ciudadano de tener la inusitada osadía de robar a plena luz del día. Hoy acusa a otro ciudadano de tener la malevolencia necesaria para robar de noche. Y yo pregunto, Señores del Tribunal, ¿cuándo se supone que deben robar mis clientes?»

O como el titulado ESTÚPIDAS LISTAS, del libro Los cien mayores tiranos, de Andrew Langley, que empieza como se inician muchas de nuestras reseñas que ustedes leen todos los días, reseñas de estos locos lectores que nos dejamos llevar por cualquier cosa para adquirir un libro: La portada, el título, una sensación…

Si por conocer a la poeta y darle un abrazo por hacer de la poesía un lugar para todos hubiese dado cualquier cosa, por haber hablado durante una hora con esta mujer tras haber leído estas reseñas suyas, no sé lo que hubiese hecho, dicho o dado.

Y ya saben que no soy yo muy mitómana…

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