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Las hijas de las horas

Las hijas de las horas, de Teresa Buzo Salas

las-hijas-de-las-horasEl protagonista de Las hijas de las horas, Virgilio, tiene, en principio, una única característica que hace que queramos saber más de él y que no lo abandonemos a las primeras de cambio: se le ha muerto una hija de sólo 15 años, y el hombre sigue destrozado mientras la vida continúa. Él no comprende cómo la vida puede continuar para todos los demás, incluso para esos viejecitos que siguen caminando a trancas y barrancas por la calle con sus andadores y a quienes él mira con desprecio, con odio incluso; también para su exmujer, que tiene nueva pareja y nueva familia. Para todos excepto para su hija, Celeste, y se diría que para él mismo, que no encuentra ningún asidero en la vida, no halla acomodo ni sentido, y el único motor que lo sigue manteniendo en pie y relativamente funcional es esa rabia, ese odio por el resto del mundo, el amor que ya es incapaz de sentir por nada ni por nadie salvo por el recuerdo de su hija y por su anónimo perro, que lo sigue a todas partes a pesar de ese agriado carácter.

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La vuelta del torno

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La vuelta del torno, de Henry James

la-vuelta-del-tornoRecuerdo vagamente una cita de una película según la cual (la cita, no la película), “todo es Shakespeare”, queriendo decir, se supone, que toda la vida y el mundo todos están recogidos en la obra de Shakespeare. Pues yo no sé si “todo es La vuelta del torno” (obra clásica más conocida como “Otra vuelta de tuerca” y que Libros del Asteroide nos presenta en una nueva traducción, de ahí el nuevo título), pero sí puedo decir, tras haberlo leído, que La vuelta del torno contiene un todo en sí mismo y también el potencial de dar lugar a todo, porque, al parecer, todo tipo de interpretaciones, alegorías, simbolismos y exégesis pueden tener y tienen cabida en esta novella clásica de Henry James. Una zambullida en la red ya da idea de la cantidad de teorías, tesis, libros enteros que se han escrito intentando explicar qué quiso decir James cuando escribió su obra, un libro con capacidad de obsesionar hasta al más pintado, a poco que tenga una mente ligeramente analítica y en búsqueda insaciable de respuestas.

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El silencio de las tierras altas

El silencio de las tierras altas, de Steinar Bragi

el-silencio-de-las-tierras-altasSe suele ver como un signo de superior calidad y mayor calado la impenetrabilidad de un texto literario (lo mismo pasa, notablemente, con las películas). El elogio de los elogios parece ser, en estos tiempos posposmodernos de relatividad estética y moral absolutas, decir de un libro que “es tan complejo/profundo/rico/simbólico que no se entiende con solo leerlo una vez” y “hay que volver a leerlo varias veces para entenderlo”.

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La última salida

la ultima salida

La última salida, de Federico Axat

la ultima salidaLa última salida tiene menos de un mes de vida, y ya es todo un fenómeno editorial. En Destino pregonan con orgullo los derechos de traducción a veintiséis lenguas y la futura adaptación cinematográfica a cargo de una gran productora de Hollywood. Con una carta de presentación así, cualquier otra promoción que se haga de este tercer libro de Federico Axat se antoja casi innecesaria.

Pero sin embargo, los lectores curtidos en esto de los best-seller, siempre tenemos algo en nuestro interior que se pone en alerta cuando afrontamos la lectura de este tipo de libros, poniendo quizá un nivel de exigencia mayor, y más cuando las expectativas son tan altas, pues no son pocas las veces que el mercado editorial intenta darnos “gato por liebre”.

Esta exigencia lectora dura apenas unos minutos, el tiempo que tarda uno en asumir que la frase promocional del libro (“Abre la puerta. Es tu última salida”), no solo va dirigida al Ted, protagonista de la historia; también al lector, que una vez que entre será difícil que pueda escapar del complicado sistema de laberintos por el que le conducirá Axat.

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Diástole

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“Diástole”, de Emilio Bueso

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Hacía tiempo que quería leer algo de Emilio Bueso, un autor que se ha consagrado en el género de la ciencia ficción y del terror, como bien lo avala el hecho de ser poseedor de los premios Celsius y Nocte, y del que todo el mundo habla (muy) bien.

Tenía esa espina clavada decía, y por fin ha llegado el día en el que he podido sacármela. Aunque me temo que al arrancarla, no sé cómo, la espina se ha astillado y voy a necesitar más lectura de Bueso para curarme. Lo noto. Una fiebre  me invade y voy a necesitar sus libros como un yonqui a la heroína. Como un pintor a sus pinceles…

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Cuentos inquietantes

Cuentos inquietantes, de Edith Wharton

cuentos-inquietantesA lo largo de mi vida lectora, me he encontrado con muy pocos autores que me hayan convencido de verdad con el género del relato, cuento o novella. La razón es que ese género da una falsa apariencia de ser fácil, una suerte de sucedáneo o formato menor de la prosa, algo que un escritor hace entre novela y novela o cuando no tiene nada mejor que hacer. Nada más alejado de la verdad: como cualquier escritor que lo haya intentado sabe muy bien, es condenadamente difícil escribir un relato redondo que no deje en el lector la sensación de que el final ha sido demasiado abrupto o precipitado, de que ha quedado una gran parte de la historia fuera de campo y uno tiene que rellenar el hueco con su imaginación o con sus suposiciones, o de que aquello no tiene ni pies ni cabeza y más parece un apaño hecho con retazos abandonados de una novela que el autor abandonó a medio hacer pero cuyo material preparatorio quiere aprovechar. Las sobras, vaya.

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El crimen de Orcival

El crimen de Orcival, de Émile Gaboriau

0 TComo novela de misterio, como novela psicológica, como retrato de personajes, como documento maestro sobre cómo escribir una novela, y no necesariamente una novela criminal, sino una novela a secas, El crimen de Orcival es un libro de diez. No es de extrañar que Émile Gaboriau esté considerado -si bien no entre los lectores de lengua española, entre los cuales es bastante desconocido- uno de los padres fundadores de la novela policíaca moderna. Pero constreñir esta obra maestra a sólo eso es hacerle una profunda injusticia. Y ahora, de la mano de dÉpoca y a su preciosa edición en tapa dura e ilustrada, lo podemos comprobar por nosotros mismos y reparar esa injusticia.

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Cicatriz

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“Cicatriz”, de Juan Gómez-Jurado

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“Mucho más que el mejor thriller del año. Una obra maestra del género.”

Esta y otras frases figuran en la faja que promociona Cicatriz. La mercadotecnia grandilocuente es lo que tiene…

Después de tanto hype y tanta crítica y reseña buenrrollera pululando por la red tengo que ser yo el que venga a decir que NO. Este NO es el novelón del año ni es el mejor thriller del año. Esos títulos se lo han ganado más, por ejemplo, Hombres buenos, Observada o Hambre a borbotones, sin ir más lejos. Es muy arriesgado decir cosas como “el mejor lo-que-sea del año”. Puede decirse, eso sí,  “el mejor lo-que-sea que yo he leído este año” y así no clasificar tan categóricamente todo lo que se ha publicado y has dejado de leer. Pero no, la gente en seguida se apunta al carro del adjetivo superlativo.

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Gokumon-to, la isla de las puertas del infierno

Gokumon-to, la isla de las puertas del infierno, de Seishi Yokomizo

gokumon-toEntonces, estábamos de acuerdo en que hay dos grandes tipos de infierno, dos niveles inferiores a todo lo infernal, dos círculos dantescos que el genial poeta de Florencia dejó en el tintero -acaso porque sabía que no hacía falta escribir sobre ellos, puesto que quien más, quien menos, está condenado a sufrirlos en vida-: el infierno que son los otros y el infierno de los pueblos pequeños.

Ahora, imagínense una novela que aúne los dos. Escalofriante, ¿verdad?

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Tiempos de hielo

Tiempos de hielo, de Fred Vargas

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Entre las múltiples, quizá infinitas maneras en que se podría definir lo que es un escritor, está posiblemente ésta: un escritor es un señor que lucha toda su vida por poner por escrito, en forma de alegoría o ficción, todo lo que sabe -o todo lo que le obsesiona- acerca de un tema, para ver si consigue responderse a las preguntas que se hace a sí mismo sobre tal tema. Ésa es la razón por la que se dice que todo escritor escribe una y otra vez la misma novela, y siempre la misma; son intentos fallidos de desentrañar aquello que él piensa y que quizás sabe, pero que no acierta a expresarse a sí mismo.

Por otro lado, también podemos decir que hay novelas de misterio y novelas de misterio, novelas policíacas para todos los lectores de novelas policíacas y otras novelas policíacas para algunos lectores de novelas policíacas. No es perogrullada y, para demostrarlo, cojamos la nueva novela de Fred Vargas. O, mejor cojamos su nueva novela y otra anterior; el título es lo de menos. Pongamos que esta reseñista lee ambas novelas, primero la otra y luego la más reciente. Cuando lee la otra, se pregunta qué tiene esta agua para que tanto la bendigan, porque, aparte de que la trama policíaca no tenía mucho chiste (la identidad del asesino no constituía ningún secreto digno de tal nombre), la trama daba vueltas como un tiovivo y se perdía por vericuetos rarísimos que acababan en ninguna parte. Eso, para dar una idea en plan muy resumido de la raridad que impregnaba la novela de principio a fin. Cuando la terminé, no sabía si me había gustado o no.

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Observada

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“Observada”, de Renée Knigth

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Estamos ante una novela negra, otra más dentro de la reciente oleada de novelas escritas por y sobre mujeres pero no solo para mujeres, que ya desde la primera frase (“Catherine se prepara para otra arcada”) nos advierte que algo está a punto de torcerse. Concretamente los cimientos de una familia.

Catherine Ravenscroft es una prestigiosa documentalista, (al igual que la autora, Renée Knight), inteligente, triunfadora y en la cuarentena. Su hijo ha dejado el nido (o más bien le han empujado a hacerlo), y ella y su marido Robert, se han mudado a un apartamento más acorde a esta nueva situación. Además, acaba de recibir un premio por su último trabajo y se ha tomado unos días libre para la mudanza y el acondicionamiento de su nuevo hogar.

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Misterios de un asesinato

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“Misterios de un asesinato”, de Neil Gaiman y P. Craig Russell

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Desde que leí esa obra maestra que es The Sandman, hace ya bastante, intento leer todo lo que puedo de Neil Gaiman (preferiblemente en formato cómic) pero se me había pasado por completo esta pequeña joyita, que no es otra cosa que una adaptación a la viñeta a cargo de P. Craig Russell de uno de los relatos cortos que Gaiman publicó en Humo y espejos.

Gaiman suele abordar temas en los que no se distinguen los límites entre el bien y el mal, lo terrenal y lo divino, el sueño y la realidad… con excelentes resultados y en esta ocasión vuelve a hacerlo, para deleite de todos sus fans, que somos legión.

En Misterios de un asesinato un anciano vagabundo le cuenta a un transeúnte en Los Ángeles, a cambio de un cigarro, la historia de un asesinato. Pero no un asesinato cualquiera, sino el primero de todos. Y no, no el de Caín y Abel. Uno mucho anterior. Uno ocurrido en el paraíso y en el que la víctima es un ángel y el asesino otro. Y es que llevar a cabo La Creación, no fue cosa fácil. Había cientos de ángeles, con sus rangos y jerarquías, y cada uno tenía una función concreta que conocían en cuanto se les era comunicado su nombre. Hasta ese momento permanecían en una especie de hornacina o celda. Y cuando se les necesitaba, Lucifer, el ángel de alas imponentes y plumaje perfecto, con la piel de color bruma marina, pelo rizado y plateado y ojos grises, les buscaba diciéndoles su nombre y misión.

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