
Os voy a contar uno de mis recuerdos favoritos de mi infancia. Yo tendría unos ocho años y acogimos en nuestra casa a un primo de mi madre durante una temporada que, por problemas que no vienen al caso, necesitaba pasar una temporada en Madrid. Le encantaba leer, se pasaba las horas con un libro entre las manos. Yo podía ver en su cara cómo disfrutaba mientras lo hacía; sin duda, era su vía de escape. Estaba a salvo en otros mundos que no eran el suyo. Cada noche venía a mi habitación a contarme un cuento para que yo me durmiera. Era un cuento muy especial, en el que la fantasía era la grandísima protagonista. Él cogía un libro viejo que teníamos por casa, en cuya primera página había un mapa sobre el cual me contaba la historia. Se la sabía de memoria, no le hacía falta abrir el libro para saber todos y cada uno de los detalles de la trama. Se lo había leído tantas veces que era incapaz de decirme exactamente cuántas habían sido. La historia la protagonizaba un tal Frodo y su misión era destruir un anillo.
A mí me fascinaba. Como si se tratara de Las mil y una noches, yo esperaba a que llegara la hora de irme a dormir para que él me contara un trocito más de esa historia tan increíble. Me intrigaba saber qué pasaría con el anillo, si los protagonistas serían capaces de derrocar a todos esos orcos horribles y al que estaba detrás de todo el plan. Y sobre todo, si Gollum dejaría atrás su egoísmo. Ese era mi personaje preferido.
Ese fue el momento exacto en el que yo me enamoré de las historias de fantasía.
Y todo esto me ha venido a la mente porque el libro del que vengo a hablaros hoy, Señores del mundo, no podría contener más fantasía en sus páginas.
Lo bonito de este libro es que dentro de él podemos encontrar varias tramas que se entrelazan. Por una parte, tenemos a un chico que deberá descubrir su verdadera identidad, pues son muchos los secretos que acechan dentro de su propia familia. También tendremos unos hermanos que se enfrentarán entre ellos: sangre contra sangre. No podrían faltar las profecías que hacen que la tensión en la historia aumente de manera notable ya que auguran un futuro muy oscuro para el mundo que hasta ahora habían conocido. Y, por si fuera poco, todo se viene al traste cuando Belcentes, el rey que lo mantenía todo en orden, fallece, dejando el mundo en manos de la incertidumbre y el desamparo. Y cómo no podría ser de otra manera, todo esto desencadena en una terrible guerra en la que los dos bandos enfrentados deberían estar más unidos que nunca. Pero eso, esa verdad que los pueblos deberían saber, solo la conoce Dilmala, que vive en el pueblo loggi y que tendrá en sus manos una tarea tan importante como es reconducir el destino de su mundo.
Desde el primer momento nos encontramos con una historia que atrapa al lector. A pesar de que el libro tiene alrededor de setecientas páginas, su lectura se hace ágil. No os voy a engañar: cuando lo recibí y vi su grosor pensé que me iba a costar mucho terminarlo, pero no ha sido así en absoluto. La forma que tiene Yolanda Corona de narrar me ha resultado muy amena. Los diálogos son muy abundantes y en la mayoría de las ocasiones son los propios personajes los que nos cuentan lo que está pasando. Eso es lo que más he agradecido, porque dada la extensión de la obra, si la autora prescinde demasiado de los diálogos y mete muchas descripciones, creo que se me hubiera hecho un tanto pesada. Pero, como os digo, no ha sido así. Además, el ir intercalando las historias de todos los personajes (que no son pocos), ha hecho que este libro me resultara muy fluido y fácil de leer.
En cuanto a los personajes, encontramos algunos que están más desarrollados que otros. Esto es evidente, ya que la importancia que tienen depende directamente de su propio papel. Pero los que ostentan más protagonismo tienen una personalidad muy cuidada que me ha gustado mucho. Sería una pena desaprovechar esta historia tan bien hecha no desarrollando a los personajes de la manera correcta.
He indagado un poco y he leído una nota que dejó la propia autora en la que decía que por fin había cumplido su sueño y había conseguido juntar sus dos pasiones: la escritura y la historia. Con este libro Yolanda Corona demuestra que ambas pasiones no podrían ser más acertadas y que las dos han ayudado a que Señores del mundo hoy sea una realidad. Gracias a su amor por la historia, ha sido capaz de confeccionar esta novela donde todas las tramas están atadas a la perfección y todo adquiere sentido, como si todo esto hubiera pasado de verdad y la autora no estuviera haciendo más que contárnoslo. Eso es maravilloso. Incluso hay momentos en los que he tenido la sensación de que la novela no ha sido inventada, sino que todo tenía tanta lógica y la trama estaba tan cuidada, que pensaba que estaba leyendo un libro de historia y no de fantasía. Yolanda Corona es el ejemplo hecho persona que nos dice que debemos perseguir nuestros sueños, cueste lo que cueste, y apostar siempre al rojo, hasta que toque.
Os diré que pasados unos años, después de que el primo de mi madre ya no viviera con nosotras, intenté leer El señor de los anillos. Lo intenté con muchas ganas y teniendo en mente lo que me gustaba la historia. Pero no fui capaz. Supongo que me fascinó tanto cuando era pequeña y me lo había imaginado yo tan a mi manera, que después quedé un poco decepcionada. Por eso me alegra tanto encontrar novelas como las que hoy os traigo, que me dan esa dosis de fantasía que necesito para poder seguir amando la lectura.


Llevo una temporada muy larga en la que casi no veo series. Pero hace un tiempo pasé una época en la que era muy fácil que me enganchara a una y no pudiera parar de ver capítulos y capítulos hasta terminarla. Me pasó con muchas, pero con la que más, fue con Pequeñas mentirosas, esa serie en la que unas adolescentes son acosadas por una persona que se hace llamar A y cuya identidad tenemos que descubrir. La serie en sí era bastante mala, pero qué queréis que os diga, a mi tenía enganchadita y no podía parar de verla. Y la cosa fue derivando a medida que las temporadas avanzaban y los muertos empezaban a sucederse y había teorías conspiradoras por todo Internet y uno ya no sabía ni lo que estaba viendo. Pero yo, ahí seguía, semana tras semana hasta que por fin supe quién era A.
nar, que cada vez consigue sorprenderte más con sus libros, que siempre te dejan con una sonrisa en los labios y con demasiadas ganas de más. En mi caso, una de estas escritoras es 
Solo hay una decena de libros que no presto nunca. Son aquellos que cumplen una doble condición: que me hayan herido gravemente y que no pueda encontrar otra copia de ellos con facilidad en caso de pérdida. Uno de esos, quizá el más icónico de esta categoría, es El ladrón de morfina, de Mario Cuenca Sandoval, que en su día publicó la difunta 451. Su impacto me arrastró a conseguir los libros anteriores de Cuenca Sandoval, incluso Boxeo sobre hielo (a pesar de mi aversión a su editor), y que espere cada uno de los posteriores con una ilusión que ni en los mejores días de los Reyes Magos.
Hoy en día parece que todo está dicho en el género de la ciencia ficción. Los típicos viajes temporales, las naves espaciales, los robots cada vez más minimalistas, los extraterrestres… son algo que parecen de inclusión obligatoria en este campo. Y, sin embargo, desde el 

Cuando tenía dieciséis años, solo había una cosa que me importara en la vida: viajar. Hasta esa fecha solo había salido de España dos veces, pero necesitaba conocer mundo, fuera como fuera. Mi plan era terminar el bachillerato y conseguir una beca que me permitiera irme lejos a seguir estudiando. Pero para eso todavía faltaban dos años, tiempo que veía inconmensurable… Así que tenía que buscar una forma de poder viajar sin que me costara dinero (ya que no tenía un duro y las cosas en casa no estaban como para que yo me fuera por ahí de turismo). Y la encontré: me iría a trabajar de niñera a Inglaterra durante un verano. ¡Era el plan perfecto! Solo tenía que comprar los billetes de avión —los más baratos— y después me pasaría todo un verano en un país que recorrería de norte a sur gracias al dinero que me iban a pagar por cuidar de un niño.
Hay libros que siempre recordamos con cariño. Para mí, uno de ellos es El crimen del padre Amaro, la obra con la que descubrí al escritor portugués 


