
Adelante, abre El desorden de los números cardinales. Pero ándate con ojo con su autor, Vicente Marco, y las historias que te va a contar.
Te encontrarás con un portero hablando con uno de los vecinos del edificio que vigila. Con la historia de una mujer que es abordada por un desconocido que le pide que entregue un sobre. Con la de un hombre que se entera de que un excompañero de clase, el número uno en la lista, acaba de fallecer. O el relato de tres borrachos que se suben a un taxi. Nada fuera de lo normal, ¿verdad? Historias cotidianas que cualquiera de nosotros podría presenciar o protagonizar.
Espera un momento… ¿Te has dado cuenta de ese diálogo? ¿Y de esa escena desconcertante? La realidad empieza a resquebrajarse. Las cosas no son lo que parecen y tratas de buscarle la lógica. Mira que te advertí que fueras con cuidado, pero ya es tarde: has entrado en el juego de Vicente Marco.
En los doce relatos que componen El desorden de los números cardinales entremezcla varios géneros literarios. Hay historias aparentemente realistas, sí. Otras fantasiosas desde el principio. ¿O tal vez no lo son? La verdad es que no sabes a qué atenerte. Ni siquiera te fías de los relatos de humor, que acaban siendo terroríficos. Pero, con el paso de las páginas, empiezas a pillarle el truco a Vicente Marco. Te ha quedado claro que no desvela sus verdaderas intenciones hasta la frase final de cada relato. Así que te relajas y te dejas llevar por la narración: te ríes de su ironía, disfrutas de su imaginación y asientes a sus críticas sociales (unas veces, directas; otras, sutiles; siempre certeras).
Pobre ingenuo. Vicente Marco no se va a conformar con eso. No le interesas si eres un lector pasivo; así que no te dejará que lo seas, aunque te resistas hasta el final. Y será en el momento en el que acabes de leer El desorden de los números cardinales cuando te des cuenta de que no son doce relatos, sino uno solo. Tus doce certezas se esfuman. Y tú que te creías que sabías de qué iba esto. Pero no, claro que no.
No te queda más remedio que desandar tus pasos. Has detectado algunas señales durante la lectura, solo es cuestión de recapitular los personajes que saltan de una historia a otra y las referencias a Susi Bon, para esclarecer el verdadero papel de esa mujer en todo esto y descubrir qué lugar es ese al que llaman Hemisferio. Vuelves al principio, relees cada relato, tratas en vano de atar todos los cabos. Pero en cada relectura encuentras nuevas señales, nuevos mensajes entre líneas, nuevas realidades que nunca se te habían pasado por la cabeza. Siento decirte que es ahí, justo ahí, donde Vicente Marco te quería tener.
Enhorabuena, por fin has entrado en el Hemisferio. ¿A que no está tan mal, visto desde dentro? Vicente Marco te da la bienvenida. Y yo misma, que también te estaba esperando, como todos los lectores que se han asomado antes que tú a las páginas de El desorden de los números cardinales. Te dije que fueras con ojo, pero lo cierto es que sabía que no podrías resistirte a este juego metaliterario. Así que siéntate y disfruta. Aquí todo es posible. Lo pasaremos bien en el Hemisferio.

Este es un libro difícil. No malo, difícil. Lo es por el delicado tema que abarca, cuyas hipótesis pueden dañar muchas sensibilidades, y por la abrumadora cantidad de datos ofrecidos. Aunque más que por las hipótesis vertidas, por el tono burlón con el que desmitifica cada uno de los asuntos relacionados con la Iglesia de Roma, La puta de Babilonia.
“Todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada.” El principio de 
Hay veces que pienso que la vida se compone de retos. A veces me imagino la vida como una especie de escalera en la que cada peldaño es un nuevo desafío. Más difícil y más duro que el anterior. Me imagino subiendo un peldaño, exhausta, sin aliento, mirando hacia atrás y viendo el largo recorrido que llevo. Y después miro hacia delante y veo otro escalón más. Muy alto, con espinas por todos los lados y cocodrilos mirándome amenazantes. Sufro por un momento, sopeso los pros y los contras y… empiezo a avanzar. Siempre es así, en todas las facetas de mi vida. Por supuesto, también me ocurre como lectora. Llevo leyendo desde que tengo memoria y, afortunadamente, los peldaños de mi escalera no han supuesto siempre un gran reto para mí. Aunque mis primeros desafíos llegaron muy temprano. Con doce años leí a 
Hoy tengo mucho sueño. Más del que normalmente suelo tener, quiero decir. Y todo por un motivo: anoche me quedé leyendo hasta muy tarde. Normalmente a las doce de la noche cierro el libro, esté como esté la cosa de interesante. Apago la luz y mañana será otro día. Pero anoche no. Ni siquiera miraba las manecillas del reloj, que se iban arrimando vertiginosamente a unas horas indecentes. Así que hoy visto ojeras moradas, bostezos y tontería en la cabeza. Muy bonito todo. ¿Y sabéis gracias a quién ha sido esta vez? Sí, de nuevo, ha sido gracias a 
Vamos a jugar a un juego. Yo os digo una palabra y vosotros pensáis en otra, la primera que se os venga a la mente. Si yo os digo libro, ¿qué pensáis? Otra: león. Una más: coche. Y si ahora os digo… no sé, por ejemplo… cuento. ¿Qué es lo primero que os viene a la cabeza si os digo la palabra “cuento”? A mí, sin lugar a dudas, niñez. Eso es lo que pienso. O, más bien, recuerdo. Me veo a mí misma metida dentro de una mullida cama, con las mantas tapándome casi hasta la nariz y a mi abuela contándome mi cuento preferido. ¿Sabéis cuál es? El de los siete cabritillos. Ese en el que una mamá deja a sus siete hijitos en casa mientras se va a trabajar y un lobo intenta entrar engañando a los pequeños. Eso es lo que se me viene a la mente cuando oigo la palabra “cuento”. No sé qué habréis pensado vosotros, pero probablemente (me apostaría lo que fuera) palabras relacionadas con la infancia. No podemos evitar pensar que los cuentos son cosas de niños, historietas que se crearon para que Morfeo se llevara a los más pequeños de la casa cuando ningún otro remedio funcionaba. Es natural. Es lo que hemos aprendido desde pequeños y, por lo tanto, es la reacción lógica.
Nos encontramos en una época salvaje, en una en la que la vida de los hombres vale menos que un puñado de dólares y la supervivencia depende de la velocidad con la que desenfundes tu revólver y la sangre fría con la que dispares al hombre que tienes enfrente. La época en la que algunos hombres osados y rebosantes de fe volcaban todas sus esperanzas en encontrar una pepita de oro y otros, los verdaderos nativos del lugar, defendían su territorio con lanzas y flechas. Es el Salvaje Oeste. El de los pioneros y el de los forajidos. El de Buffalo Bill y Billy “el niño”. Es en este marco, único e incomparable, de la historia de los Estados Unidos de América donde hallamos a Chris Adams: un pistolero excelente con un marcado sentido de la justicia. Ahora dispara, una y otra vez, contra los malhechores que entran en bandada en el pueblecito. A su lado su mejor amigo Vin, al igual que los otros cinco hombres que reclutó, hace lo propio. Pese a sus dudas, Adams no se arrepiente de ser uno de los siete pistoleros que están defendiendo ese pueblecito y a sus humildes habitantes de la sanguinaria banda de maleantes que los atemorizaba.
Fijaos en la portada de este libro. Apuesto a que la mayoría de los que leéis estas líneas reconocéis esas siluetas. Y es que Pixar lleva veintidós años creando personajes memorables que, a través de sus historias, nos hacen ver la vida desde otro punto de vista: el de los juguetes que no quieren que su niño les abandone; el de los monstruos que necesitan de los gritos infantiles para vivir; el de la rata que está harta de comer basura; el del robot solitario que vive en un mundo arrasado por los humanos; el de las emociones que bullen en la cabeza de una niña camino a la adolescencia…


No pasa nada, no os avergoncéis. Todos tenemos ese lado cotilla. A todos nos gusta saber qué hace fulanito o por qué menganito ha dicho lo que ha dicho. Y ya si la cosa va de amores, nuestro radar cotilla se dispara. ¿Que Petri ha dejado a Paco?, ¿quién es aquella rubia con la que sale Pepito? No me digáis que no. Si nos gusta cotillear sobre nuestros vecinos, imaginad lo que es cotillear sobre famosos a los que ni siquiera conocemos. Gloria bendita. Pero, si de verdad queréis cotilleos de los buenos, sin tener que pasar por los Aargg y los Uhhh de las revistas dedicadas a tales asuntos, os recomiendo encarecidamente Romances de cine.
Siempre me cuentan que al poco tiempo de quedarse mi madre embarazada, se recorrió media Europa en un crucero. Esa es la explicación que dan los que me conocen cuando les digo que estoy planeando un viaje nuevo. Desde que tengo uso de razón he estado viajando. También ayudó el hecho de que mi padre fuera humorista, teniendo que actuar cada día en una ciudad diferente. Mi infancia se pasó entre coches, escenarios y hoteles. Cuando la afición por viajar arraigó del todo dentro de mí, no hubo frontera que me parase. Primero París, luego Túnez, pasando por una decena de destinos más hasta llegar al último, Kenya, donde estuve hace apenas cuatro meses.
Me gustan mucho los libros que permiten descubrir plenamente al autor. Ese tipo de libros que, cuando los lees, tienes la sensación de estar tranquilamente tomando café con el autor, dialogando con él sobre sus ideas. Eso es lo que me ha ocurrido con El hombre razonable y otros ensayos. No solo he disfrutado la lectura, sino que he tenido el placer de poder conocer en profundidad la opinión de la autora sobre ciertos temas. ¿No es maravilloso ese diálogo que puede llegar a establecerse entre autor y lector?