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Últimos testigos, de Svetlana Alexiévich

Últimos testigos

Últimos testigos«¿Qué es mejor: recordar u olvidar?».

¿Para qué hablar una y otra vez de la Segunda Guerra Mundial? ¿Para qué rememorar continuamente las atrocidades de ese episodio de nuestra historia reciente si ya no podemos ponerle remedio? ¿Para qué ensalzar o criminalizar a uno u otro bando, si lo pasado, pasado está?

«Repaso los recuerdos de la guerra para comprender. Si no, ¿para qué sirven los recuerdos?».

Comprender. ¿Es posible? ¿Leer cientos de páginas nos hará entender a esos hombres que torturaban y mataban a sus semejantes?, ¿que pasaban de fusilar a una familia entera a jugar con un perro?, ¿que se entretenían aterrorizando a una niña, volando con su bombardero cerca de ella?

«¿Sigue vivo aquel piloto? ¿Cómo son sus recuerdos?».

Imposible imaginarlo. Nada hay más desconcertante que el ser humano: capaz de lo mejor y de lo peor, incluso en la guerra. Pero, aunque nunca lleguemos a comprender ni una mínima parte de tanto sufrimiento y maldad, es necesario leer esas páginas que nos hablan de lo que sucedió, porque olvidarlo sería cometer una injusticia más.

«¿Eso es todo? ¿Todo lo que ha quedado de aquella pesadilla? Solo unas cuantas docenas de palabras…».

Últimos testigos, de la ganadora del Premio Nobel de Literatura 2015, Svetlana Alexiévich, es un libro que recoge los testimonios de decenas de bielorrusos que vivieron la guerra siendo niños, y es, para mí, una obra imprescindible sobre ese periodo histórico. Ni Hitler, ni los aliados, ni grandes y decisivas batallas: solo la realidad de unos niños que tuvieron que luchar y sobrevivir en una guerra que llegó una mañana cualquiera, quemando su casa y matando a sus padres en la mayoría de ocasiones.

«Vi cosas que no se deben ver… Cosas que un ser humano no debe ver. Y las vi siendo niño…».

Encabezados con una frase, el nombre, la edad que tenían cuando comenzó la guerra y la actual profesión, Svetlana Alexiévich enlaza los testimonios de unos y otros, dando una identidad individual a todos y remarcando, con ese apunte a su actual profesión, que ellos sí pudieron tener un futuro, a pesar de las pérdidas, las hambrunas, la orfandad, las torturas.

«La gente que no ha visto a una persona matando a otra es otro tipo de gente».

Los niños de la guerra no fueron niños cualesquiera porque no les dejaron tener infancia. Han tenido que cargar con secuelas de por vida, pero también aprendieron a ver el mundo con otros ojos: en toda su crudeza y con una inconcebible compasión.

«Mi hermano y yo crecimos entre gente desconocida. Nos salvó gente desconocida. Pero ¡si no son desconocidos! Toda la gente es familia. Vivo con esa sensación, pero a menudo me decepciono. La vida en tiempos de paz es otra cosa…».

Niños que vieron a su familia morir frente a ellos y niños que mataron. Niños que daban lo poco que tenían de comer a un soldado alemán hambriento y niños que utilizaban los cadáveres congelados de los nazis como trineos. Últimos testigos es un libro lleno de contrastes, donde las frases lapidarias se suceden sin parar, pues no hay imagen más precisa que aquella que describe la emoción vivida y grabada en la memoria.

«La guerra tardó mucho en acabar… Dicen que cuatro años. Durante cuatro años nos dispararon… ¿Cuánto tiempo nos llevó olvidarla?».

Svetlana Alexiévich traza un hilo conductor entre los recuerdos de los entrevistados a través de preguntas que quedan implícitas en los discursos: ¿qué recuerdos tienes de antes de la guerra?, ¿qué dejó una huella más intensa en tu memoria en aquellos días?, ¿tenías algún sueño?, ¿qué te quedó del orfanato? El resultado es un retrato abrumadoramente sincero, tanto de la realidad cotidiana del aquel episodio bélico como de la forma de vida de las familias bielorrusas de la época.

«No grites, boba. El Führer os está liberando de Stalin».

Últimos testigos es, en definitiva, un necesario homenaje a los últimos supervivientes de la Segunda Guerra Mundial y una puesta en valor de sus recuerdos y reflexiones.

«Somos los últimos testigos. Nuestro tiempo se acaba. Tenemos que hablar… Nuestras palabras serán las últimas…».

Nunca está de más un nuevo intento de comprender el pasado si así aprendemos a actuar en el presente, recordando que hoy en día también hay millones de niños que son testigos y víctimas de guerras, para que dentro de cincuenta años no nos demos cabezazos al escuchar los testimonios de sus supervivientes. Porque con ellos estamos a tiempo de cambiar su futuro. Porque, con ellos, el olvido no es solo injusticia, sino crimen.

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Pequeña & Grande Marie Curie, de Mª Isabel Sánchez Vegara y Frau Isa

pequena grande marie curie

pequena grande marie curieWilhelm Conrad Röntgen, Hendrik Lorentz, Pieter Zeeman, Antoine Henri Becquerel, Pierre Curie, John William Strutt, Philipp Eduard Anton von Lenard, Joseph John Thomson, Albert Abraham Michelson, Gabriel Lippmann, Guglielmo Marconi, Karl Ferdinand Braun y Johannes Diderik van der Waals.

¿Qué tienen en común todos estos nombres? Primero, que son científicos. Segundo, que ganaron el Premio Nobel de Física durante la primera década del siglo XX. Y tercero, que son hombres. Pero ¿no falta nadie? Fijaos bien. ¿No está ahí un tal Pierre Curie? ¡El marido de Marie! Marie Curie. La primera mujer en ganar un nobel, junto a él y Antoine Henri Becquerel, en 1903. También, la primera persona de la Historia en ganar dos nobeles. Una de las dieciséis mujeres que han ganado un nobel en la rama de ciencias en más de cien años de galardón. La gran Marie Curie, una excepción que confirma la regla.

La colección Pequeña & Grande de editorial Alba es otra excepción en el mundo de los cuentos infantiles, centrada en dar a conocer al público infantil la existencia de grandes mujeres de la Historia. Tras Coco Chanel, Frida Khalo, Audrey Hepburn y Amelia Earhart, llega el turno de Marie Curie, esa mujer que dio su vida por la ciencia y que legó a la medicina todos sus descubrimientos sobre el radio y el polonio. El cuento escrito por Mª Isabel Sánchez Vegara e ilustrado por Frau Isa, hace un repaso de los momentos más relevantes de la vida de Marie Curie, la mujer más inspiradora de la ciencia moderna (y eso que falleció hace ya casi un siglo).

«La pequeña Marie se había hecho una promesa: de mayor sería científica antes que princesa». Con esta frase da comienzo el cuento, toda una declaración de intenciones. Hoy en día, ¿quiénes son los referentes de las niñas?, ¿existen para ellas alguien más allá de las estrellas Disney? ¿Cómo esperar que el número de mujeres que ganan el Premio Nobel o que obtienen éxito en las diferentes áreas profesionales se equipare al de los hombres si ni siquiera las motivamos a que sueñen con ello? ¿Cómo podemos aspirar a que haya más Maries Curies en el mundo si apenas sabemos qué hizo la original? Por todo eso, la colección Pequeña & Grande de editorial Alba es tan necesaria e inspiradora: no se trata de decir a las niñas que parten en situación de desventaja, que esas mujeres de las que hablan los libros son las excepciones que confirman la regla de que los mayores triunfos siguen reservados para los hombres, sino de contarles la historia de Marie, Frida, Audrey, Coco o Amelia como una historia más, normalizar que una niña aspire a ser científica o aviadora con apenas cinco años.

Dar a conocer estas mujeres a las niñas es imprescindible; darlas a conocer a los niños es necesario; que los adultos reconozcamos el lugar que se merecen en la Historia es vital. Por eso, la colección Pequeña & Grande ha de crecer y ser imitada por otras publicaciones. Solo así conseguiremos que en un futuro —espero que no muy lejano— estas mujeres y estos cuentos dejen de ser las malditas excepciones que confirman la regla.

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El niño que amaba a la luna, de Rino Alaimo

El niño que amaba a la luna

El niño que amaba a la lunaHoy vengo a hablaros de una dulce historia, la de El niño que amaba a la luna. Este álbum ilustrado, escrito y dibujado por Rino Alaimo, cuenta cómo un niño se enamora de la luna y supera toda clase de obstáculos y rechazos hasta que logra conquistarla. Se trata de la adaptación de un cortometraje del mismo autor, que la editorial Picarona nos ofrece en esta preciosa edición en cartoné.

En las ilustraciones predominan los tonos cobre y amarillo, como si fueran las sombras de la noche y la luz de la luna, la de un faro, la de la perla más exquisita del mundo, la del ojo de diamante de un temible dragón, las propias ilusiones del niño, que nunca se apagan. Son dibujos de trazo muy sencillo, pero destilan gran expresividad y ternura. La portada, donde el protagonismo lo tiene el título en vez del dibujo, algo poco habitual en los cuentos dirigidos a los más pequeños, no sé si captará la atención de los niños en una estantería junto a otros libros infantiles con los típicos colores vivos, pero a mí me parece una maravilla y creo que derrocha ese halo de sueño y fantasía que tiene todo el cuento.

Como la mayoría de las historias infantiles, su lectura se termina con una sonrisa. Hemos vivido con ese niño todas sus aventuras y derrotas y quedamos satisfechos cuando por fin la luna le hace caso. Por lo tanto, podría verse como una historia de amor, donde los obsequios materiales fracasan frente a los regalos hechos desde el corazón, pero esa no es la única lectura. Personalmente, yo la veo más como la historia de un sueño cumplido: porque ese niño, aunque aspira a algo tan inalcanzable como conseguir la luna, nunca se rinde ni hace caso a los que le dicen que si nadie antes que él lo ha conseguido, él tampoco lo hará. Por eso, por su perseverancia y valor para enfrentarse a cualquier adversidad, solo él logra lo que otros creyeron imposible. También transmite la idea de que lo difícil no es alcanzar la luna, sino mantenerla a su lado, metáfora de una realidad de la que los adultos muchas veces no somos conscientes y que provoca que muchos sueños acaben siendo, a la larga, enormes decepciones.

En definitiva, El niño que amaba a la luna es una historia que no solo hace soñar a pequeños y a grandes, sino que los alienta a creer en ellos mismos y a luchar. ¿Qué os atreveríais a hacer para conseguir el amor verdadero? ¿Qué os atreveríais a hacer para cumplir vuestros objetivos? ¿Cuántos obstáculos seríais capaces de sortear y cuántos fracasos y decepciones superaríais sin cejar en vuestro empeño? Porque alcanzar la luna es costoso, sí, pero cuando se logra, es extraordinario; este niño lo sabe bien.

Rino Alaimo nos lo cuenta en este álbum ilustrado, para que, mientras luchamos por alcanzar nuestras ilusiones, tengamos dulces sueños gracias a esta fantástica historia de amor entre un niño y la lejana luna.

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Nefando, de Mónica Ojeda

Nefando

NefandoEs peligroso comenzar una lectura con las expectativas altas porque así es más fácil decepcionarse. Desde que acudí a la presentación de Nefando, donde oí a la autora, Mónica Ojeda, una ecuatoriana de apenas veintiocho años, reflexionar sobre el arte, la moral o la maldad, tenía unas ganas tremendas de leer esta novela. «Como esta mujer escriba la mitad de bien que habla, madre mía, qué joya», pensé. Y no me equivoqué, si acaso, me quedé corta.

El título de esta novela no engaña: habla de cosas indignas y repugnantes que causan horror. Sus personajes hacen alegatos a favor de la pederastia o encuentran placer en el maltrato animal. Muchos lectores se escandalizarán por su contenido o se negarán a adentrarse en él, y esos se estarán perdiendo un libro valiente e imprescindible, una rareza de la literatura que, afortunadamente, la editorial Candaya se ha atrevido a publicar.

Nefando es una obra diferente, tanto en fondo (se adentra en infinidad de temas tabú) como en forma (muy lejos del clásico planteamiento-nudo-desenlace); nunca he leído nada igual. El punto de partida de la trama, o la excusa, es Nefando: viaje a las entrañas de una habitación, un videojuego en línea poco conocido y pronto eliminado de la red a causa de su contenido sensible, y los capítulos de la novela se centran en los seis jóvenes que compartían el piso donde se gestó dicho juego: tres ecuatorianos, dos mexicanos y un español. Pero, en realidad, Nefando es una reflexión filosófica sobre el lenguaje como arma para entender el mundo y enfrentarse a él, sobre el arte como medio de expresión o sobre los límites de la moral.

«No sabía muy bien lo que quería escribir, pero escribía para saberlo», dice uno de los personajes en un momento dado, y eso mismo reconoció Mónica Ojeda durante la presentación. Es evidente que en la obra expresa sus obsesiones, en un intento de dar respuestas a las preguntas que le acucian.

No voy a negar que Nefando es una lectura difícil, porque saca toda la inmundicia de nuestro mundo a flote y la expone sin pudor, y enfrentarnos a ella no es agradable. Pero que algo no sea agradable no significa que tengamos que ignorarlo, porque aunque cerremos los ojos, seguirá estando ahí. «Los poemas no son agradables, al menos no los que son buenos. La poesía que realmente merece la pena es la que te deja caer», es otra de las frases de la novela, y le viene como anillo al dedo. Nefando no es agradable, por eso su lectura merece tanto la pena: te deja caer, te vuelve del revés. Cumple el objetivo esencial de la literatura, ese que cada vez es menos frecuente.

Nefando habla de temas horribles y, sin embargo, me parece una obra de extraordinaria belleza. Ojeda también es poetisa y eso se nota en sus frases, que atraviesan la piel. Hace tal despliegue de recursos narrativos y de adaptación del lenguaje a cada personaje, según su nacionalidad y condición, que no me queda otra que rendirme a sus pies, porque un virtuosismo así no se ve todos los días.

Por mucho que nos incomode, Nefando no habla de monstruosidades, sino de humanidades, porque «lo repulsivo merecía ser articulado, alguien debía ensuciarse en el lenguaje para que los demás pudieran verse». Ojeda lo ha hecho porque necesitaba expresar sus obsesiones, quizá para liberarse de ellas. Espero que no lo haya conseguido o, por lo menos, que le surjan otras, para que sienta de nuevo la imperiosa necesidad de buscar las palabras exactas para plasmarlas sobre papel. Así, nosotros, los lectores, podremos seguir disfrutando de obras como esta: que no dejan indiferente, que remueven, que desasosiegan. Que son pura literatura, al fin y al cabo. Una mentira llena de verdad. Una joya.

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La temporada de los accidentes, de Moïra Fowley-Doyle

la temporada de los accidentes

la temporada de los accidentesHay libros que tienen magia. No hablo solo de aquellos en los que realidad y fantasía se entrecruzan hasta no saber distinguir dónde acaba una y empieza la otra, sino de esas historias con una atmósfera tan conseguida que logran envolvernos y dotar de credibilidad incluso lo que escapa a toda lógica. La temporada de los accidentes, de Moïra Fowley-Doyle, es uno de esos libros mágicos, en ambos sentidos.

Ha llegado octubre y, con él, la temporada de los accidentes. Cara y su familia saben que en esa época del año todos se vuelven inexplicablemente propensos a los accidentes: golpes, roturas, muertes… Ni las capas de ropa de más ni todas las precauciones posibles les libran de ellos y durante ese mes viven con el miedo de que los accidentes desemboquen en tragedia. Bea, la amiga bruja de Cara, ve en sus cartas que este octubre será terrible, y no sabe hasta qué punto tiene razón, ya que esta vez las heridas serán por dentro y por fuera. Y por si esto no fuera suficiente preocupación, Cara se da cuenta de que Elsie aparece en todas sus fotos: un tobillo, un rizo, su sombra… De una forma u otra, Elsie siempre está en ellas. ¿Cómo no se había percatado antes? ¿Y por qué hace días que Elsie no va a clase y nadie parece acordarse de su existencia?

Moïra Fowley-Doyle se sirve de esta premisa aparentemente paranormal y de otros elementos fantásticos para hablarnos de una realidad en la que todos nos veremos fácilmente reflejados: los secretos. Esos secretos que ni siquiera nosotros conocemos porque nuestros cerebros traicioneros —o, quizá, compasivos— los niegan y nos los esconden. «Tengo miedo de mis secretos. (…) Tengo miedo de los secretos de todo el mundo», escribe Cara en la cabina de los secretos de su instituto —donde todos los alumnos escriben de forma anónima aquellos pensamientos que no se atreven a confesar a nadie—, y esa sensación es la que impregna cada página: la certeza de que lo que se esconde en su interior y en el de cada persona de su entorno es realmente lo que más daño puede causarle.

La novela está narrada en primera persona por Cara y está plagada de situaciones ambiguas, que no siempre tendrán una explicación racional. Fowley-Doyle, en esta, su novela debut, se maneja bien en esa difusa línea entre realidad y fantasía, logrando un atmósfera inquietante a la vez que convincente. Sus personajes y sus inquietudes, unas típicamente adolescentes y otras no tanto, son creíbles. Me ha sido fácil adentrarme en el mundo de Cara y sus amigos y empatizar con ellos, con sus cadáveres exquisitos y su fiesta de Halloween, donde todos deben ir disfrazados como realmente se sienten: con sus demonios expuestos.

La temporada de los accidentes está protagonizada por adolescentes y el instituto es uno de sus principales escenarios, por lo que podría catalogarse como una novela juvenil, pero creo que tiene suficientes elementos para gustar a lectores de cualquier edad. Al menos, yo he conectado con la forma de narrar de Moïra Fowley-Doyle, con su manera de recurrir a la magia para plasmar las inseguridades, miedos y traumas de sus personajes. Será que yo también soy de las que cree que la magia está presente en nuestras vidas: son todas esas situaciones que no sabemos o no queremos explicar. Porque a veces es más fácil creer en la magia y huir de los fantasmas que hacerles frente y convertirlos en realidad.

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Un esquimal en Nueva York, de José Ramón Alonso

Un esquimal en Nueva York y otras historias de la Neurociencia

Un esquimal en Nueva York y otras historias de la Neurociencia¿Que no entendéis la ciencia?

¿Que las humanidades no sirven para nada?

Si sois de los que se posicionan en un bando o en otro, como si fueran territorios irreconciliables, os presento a José Ramón Alonso, un reputado divulgador científico, que con su nuevo libro, Un esquimal en Nueva York y otras historias de la neurociencia, vuelve a demostrar que ciencia y humanidades son dos partes inseparables del ser humano y su cultura, y que todos podemos aprender y divertirnos con ellas.

José Ramón Alonso nos cuenta historias y anécdotas sobre el cerebro, sus funciones y enfermedades o cómo ha evolucionado su estudio a través de los siglos. Con un estilo didáctico y divertido, nos alienta a conocer el cerebro, ese órgano de kilo y medio que rige nuestro sistema nervioso, indispensable para entender el mundo y a nosotros mismos. Este libro habla de neurociencia, sí, pero sobre todo del ser humano, de sus fracasos y sus pasiones, de su maldad y su valentía.

¿Por qué Un esquimal en Nueva York? Porque la historia que abre esta recopilación relata cómo el explorador polar Robert Edwin Peary llevó (secuestró) a seis inuit a Nueva York, para recabar información sobre su etnia. Lo que Peary y sus colegas hicieron con ellos es solo uno de los ejemplos que recoge este libro sobre la escasa moral de ciertos investigadores en su baldío intento de demostrar la supremacía del hombre blanco. También hay historias que ponen en cuestión nuestras diferencias respecto a los animales. Las actividades que consideramos exclusivamente humanas, como el lenguaje, el uso de herramientas, la planificación o el sentimiento de pérdida, también están presentes en algunos animales, y José Ramón Alonso nos cuenta algunas evidencias que nos dejan con la boca abierta.

Además de estas historias que nos hacen reflexionar sobre nuestra esencia humana y nuestros actos, culturales o innatos, recopila curiosidades con las que lucirnos en cualquier reunión o ganar al Trivial: ¿por qué el pulpo Paul acertaba quién ganaría en los partidos del Mundial de Fútbol de 2010?; ¿a qué sabe el umami, el quinto sabor?; ¿te habías dado cuenta de que La Mona Lisa sonríe o no, según cómo la mires?; ¿sabes a qué político estadounidense se le ocurrió lo del maldito cambio horario?; ¿te puedes creer que en Tanganica hubo una epidemia de risa que afectó a miles de personas y duró más de medio año?; ¿habías notado que la diferencia de longitud entre el dedo índice y anular varía entre hombres y mujeres? Y, para los amantes de los libros, hay ración extra de curiosidades sobre escritores: la sinestesia de Nabokov, Baudelaire o Arthur Rimbaud; la curiosa amistad de Arthur Conan Doyle y Houdini y por qué acabó; o la constante presencia de personajes epilépticos en las obras de Dostoievski.

Podría continuar con más ejemplos, pero creo que con estos queda demostrado que Un esquimal en Nueva York y otras historias de la neurociencia es un libro ideal para lectores curiosos. Da igual si son de humanidades o de ciencias porque, tal y como demuestran estas historias, unas no tendrían sentido sin las otras y, cuando se juntan, resultan todavía más apasionantes.

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Doctor Rat, de William Kotzwinkle

Doctor Rat

Doctor RatNo he leído El nadador en el mar secreto, libro por el que William Kotzwinkle recibió elogiosas críticas, pero sí la reseña que le dedicó mi compañero Diego, y puedo asegurar que, tras leer Doctor Rat, me he quedado con la misma sensación que tuvo él: reseñarlo va a ser difícil porque la trama es dura, muy dura. Y eso que esta novela puede considerarse, en muchos aspectos, de humor.

La culpa de todo la tiene Doctor Rat, una rata de laboratorio que se ha puesto del lado de esos investigadores que amputan, inoculan tumores o hierven a las de su especie o a cualquier otro animal, en nombre de la ciencia. Doctor Rat es un ser carente de empatía, que se cree superior a sus iguales: modelos básicos, sin sentimientos ni alma, que merecen la tortura a la que son sometidos para saciar la curiosidad humana. Cuando, de repente, algunos de ellos reclaman su derecho a la libertad, Doctor Rat se erige como salvador de la ciencia. Este doctor chiflado tiene paralelismos más que evidentes con Hitler a lo largo de toda la novela y, aun así, su retorcida personalidad provoca escenas hilarantes, lo que lo convierte en un personaje difícil de digerir y de olvidar.

El equilibrio entre los extremos demuestra la maestría del William Kotzwinkle. Es capaz de recrearse en las atrocidades que se llevan a cabo en los laboratorios, granjas y mataderos y en la impasibilidad con la que los humanos contemplan la desesperación y el sufrimiento animal, con un tono sarcástico e incluso surrealista que aligera la carga y nos provoca la risa. Y, encima, intercalar momentos conmovedores, escritos con un extraordinario lirismo, como aquellos en los que se adentra en la conciencia de los animales que viven en libertad; águilas, tortugas, perros, elefantes, ballenas o perezosos que conocen el verdadero sentido de la vida, los pequeños placeres que hacen que todo merezca la pena, y que se niegan a que los humanos les hagan sentirse inferiores y vacíos. La desazón, la risa y la esperanza confluyen constantemente en esta novela, por eso, su lectura es una experiencia incomparable a la de cualquier otra.

Doctor Rat asquea, incomoda, divierte y conmueve, todo al mismo tiempo. La rata protagonista es una lunática despreciable y deseamos que fracase ante los animales rebeldes. Pero se parece demasiado a nosotros, los humanos, y eso es lo que más perturba: nosotros somos el enemigo y nos merecemos ser batidos.

Doctor Rat es un alegato contra la tortura animal y sus vacuas justificaciones. Una novela animalista, dirán algunos, ahora que está tan extendido el término. Y es cierto que es un libro muy oportuno, aunque William Kotzwinkle lo escribió hace cuarenta años y ya fue premiado entonces con el World Fantasy Award. Ahora que el debate sobre la inmoralidad del maltrato animal está sobre la mesa, Doctor Rat es una lectura necesaria e ineludible, que removerá la conciencia hasta de los lectores más reacios a esta cuestión. Pero repito que es una historia dura, muy dura, no apta para aquellos humanos especialmente sensibles al sufrimiento ajeno; de esos que aún quedan, aunque ninguno de ellos aparezca entre las páginas de esta novela.

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El fantasma sin rostro y otras historias de terror, de Lafcadio Hearn

el fantasma sin rostro y otras historias de terror

el fantasma sin rostro y otras historias de terrorUn condenado a muerte amenaza a los presentes con que su espíritu regresará para atormentarlos por haber cometido esa injusticia con él. Una dama helada mata a un leñador y advierte al compañero que lo buscará para matarlo si cuenta a alguien lo que ha visto. Una mujer se arrepiente de haber donado su espejo para construir la campana del templo y la maldice para que sea destruida. Un ciego es secuestrado cada noche por los espíritus de clan Heike para que les recite sus batallas con su extraordinaria voz. Un fantasma sin rostro se aparece en la cuesta de Kii a los caminantes solitarios. Un joven acoge en su casa a un samebito, un hombre tiburón del mar, que ha sido desterrado. Estos son los puntos de partida de los seis relatos recogidos en El fantasma sin rostro y otras historias de terror.

En este manga escrito por Sean Michael Wilson e ilustrado por Michiru Morikawa, aparecen algunas de las historias que recopiló Lafcadio Hearn, un escritor griego-irlandés que vivió en Japón los últimos catorce años de su vida. Unas son versiones japonesas de historias chinas; otras, antiguos textos nipones y, el resto, cuentos que los japoneses siguen relatando por las noches, a la luz de los farolillos.

La palabra original que les da nombre es kaidan, que significa algo así como cuentos clásicos sobre lo raro, lo extraño y lo místico. Suele traducirse como «relato de terror» de forma equivocada, pues esa no es su pretensión, pero sus continuas referencias a la muerte y a todo lo que la rodea hace que los occidentales lo cataloguemos de ese modo. Los kaidan de El fantasma sin rostro muestran la difusa línea entre los vivos y los muertos, tan característica de la cultura nipona, donde los espíritus tienen poder sobre los mortales e irrumpen en sus vidas para maldecirlos o premiarlos. Tienen un toque macabro (presente también en los cuentos de autores decimonónicos como Edgar Allan Poe) que no llega a transmitirnos horror, pero sí nos causa cierta inquietud.

Sean Michael Wilson ha mantenido el lenguaje de Hearn, introduciendo los cambios justos para adaptarlo al formato visual. De esta manera, sus historias centenarias se presentan ante los lectores actuales con aire renovado pero con la esencia de la tradición japonesa: supersticiones, misterios y fantasmas. Son historias breves y sus finales, abiertos, turbadores o incluso felices. La sencillez de su lenguaje y estructura nos retrotrae a su origen oral y, en ese contexto, no dudo que estas historias provocaran más de un escalofrío.

Japón sigue siendo un país enigmático y atrayente para los occidentales, porque poco o nada tiene que ver su visión de la muerte, y de otras muchas cuestiones, con la nuestra. Por eso, he disfrutado con cada una de las historias de El fantasma sin rostro y otras historias de terror, desde las más inocentes a las más retorcidas. Pero me ha sabido a poco: solo seis historias, solo una pequeña muestra de los mitos de Japón. Así que, a la espera de un nuevo volumen compilatorio de los relatos de Lafcadio Hearn, veré qué otras joyas de la literatura japonesa ha rescatado la editorial Quaterni, para seguir enamorándome de ese lejano país tan fascinante.

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Tardía fama, de Arthur Schnitzler

Tardía fama

Tardía fama¿Hay más ego que talento en el mundo artístico? ¿La sociedad infravalora a sus artistas? ¿Cómo se dictamina quién tiene talento? Y, sobre todo, ¿qué es ser artista? Todas estas preguntas se plantean en la novela Tardía fama, de Arthur Schnitzler.

Eduard Saxberger es un anciano funcionario con una vida monótona y burguesa. Un día, recibe la inesperada visita de Meier, un joven escritor que le habla de su tertulia literaria Entusiasmo. En ella, todos han leído Andanzas, el poemario que Saxberger escribió hace décadas, y les encantaría que acudiera para poder demostrarle su admiración. Halagado, Saxberger asiste a la tertulia y, desde ese momento, rememora sus tiempos de poeta, cuando todavía no se había dejado vencer por los problemas cotidianos y era capaz de ser diferente, de hacer algo grande. ¿Es demasiado tarde para volver a escribir? ¿Es demasiado tarde para alcanzar la fama que un día le dio la espalda?

Con esta sencilla premisa y en apenas cien páginas, Arthur Schnitzler hace una sátira totalmente actual del mundo literario, pese a que escribió Tardía fama hace casi un siglo. Por ella desfilan escritores, poetas y actores desconocidos que ansían el día en el que les llegue la fama. El escritor casi adolescente al que nadie toma en serio, el que se pasa el día hablando de la escritura aunque nunca la ponga en práctica, el que ha conseguido publicar pero al que nadie ha leído… Todos esperan el reconocimiento de su valía, por parte de Saxberger y del público en general, y se menosprecian entre ellos, porque cada uno se cree único y mejor que el resto.

El arte atrae y quien más quien menos ha hecho sus pinitos. Escribir un cuento, dibujar un cuadro, hacer de actor por un día. Crear produce en nosotros una sensación placentera, muchas veces adictiva. Y cuando, satisfechos de nuestro trabajo, lo mostramos a los demás, esperamos que se asombren con nuestra habilidad y nos digan: «Eres muy bueno. Yo sería incapaz de hacer algo así». Sin embargo, la alegría de crear se frustra si nadie presta atención a nuestras obras, mientras otras, de mucha menos calidad —¡dónde va a parar!— se venden por miles. No sentimos incomprendidos. Son ellos, ese público aborregado, los que no saben qué es el verdadero arte. Pero ¿cuánto resistirá nuestra ilusión a estos envites? ¿Qué más da lo que tengamos que decir si nadie nos va a escuchar?

Tardía fama es una irónica reflexión sobre el arte, un homenaje y una crítica a ese sueño juvenil que se apaga con los años. Las respuestas a qué es ser artista y quién está en potestad de decir quién tiene talento no están en esta novela, incluso diría que plantea más dudas. Mejor así, porque si el arte fuera un mundo de certezas, perdería su esencia, su encanto.

Tras la lectura de esta obra póstuma de Arthur Schnitzler, me quedo con la sensación de que, tanto los que quieren inspirar emociones en los demás a través del arte como los que solo buscan ser aclamados por su talento, necesitan unos ojos que los miren. Tal vez, la vanidad del artista no sea un pecado capital, sino solo su medio de subsistencia. O, al menos, eso es lo que mi ego de escritora me hace creer.

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Historia mínima de Galicia, de Justo Beramendi

Historia mínima de Galicia

Historia mínima de Galicia«¿Qué entienden por “Galicia”, o por “Francia”, o por “España” quienes escriben su historia y los lectores que se disponen a leerla?». Con esta pregunta, Justo Beramendi inicia su ensayo Historia mínima de Galicia. Para él, la historia es un instrumento político. Con aplicar un tramo temporal concreto, es posible justificar la existencia objetiva de cualquier nación, del poder establecido o, incluso, de un proyecto alternativo. La historia también ha sido instrumentalizada de este modo en la construcción de la identidad gallega, por lo que Beramendi, en esta obra, ofrece un recorrido desde la Prehistoria hasta nuestros días, para mostrar si la visión generalizada se basa en certezas o en distorsiones históricas.

Yo no conozco Galicia, aunque me gustaría. Desde siempre ha sido la parte de España que más me ha atraído, por su folclore, su gastronomía, su acento. Esa es la razón de que me interesara por Historia mínima de Galicia, aun sin saber lo que me iba a encontrar. Y lo que me encontré fue un ensayo sobre la demografía, la economía, la política, la cultura y la estructura social de este territorio; un trabajo minucioso, pese a contar millones de años en menos de trescientas páginas.

Historia mínima de Galicia habla de sus personajes emblemáticos, desde el héroe celta Breogán, el obispo Prisciliano, el maqui Foucellas o su presidente más longevo (en todos los sentidos) Fraga. Analiza las supuestas raíces celtas de Galicia, el porqué de su retroceso técnico e industrial a lo largo de los siglos y los acontecimientos clave para que su reivindicación nacionalista nunca se haya asentado como en Cataluña o País Vasco. Cuenta también los orígenes de los castros, de los pazos y de la peregrinación al sepulcro del apóstol Santiago, que tantos réditos económicos sigue dando. Explica el nacimiento de la lengua gallega y las vicisitudes por las que ha tenido que pasar, y cómo grandes autores del Siglo de Oro —Cervantes, Góngora o Lope de Vega, entre ellos— asentaron el tópico de que Galicia es un sitio inmundo, lleno de estúpidos y bárbaros. No olvida mencionar a los artistas que lograron revalorizar la cultura gallega siglos después, durante el Romanticismo, como es el caso de Rosalía de Castro. Pone de manifiesto la importancia del papel social de las mujeres hasta el siglo VIII y apunta el curioso dato de que las cifras más elevadas de celibato y madres solteras de toda España se dieran en Galicia hasta el siglo XX. También aborda la controvertida cuestión del caciquismo y redes clientelares, que sobreviven al paso de los años y los sistemas políticos, y por qué la emigración es un rasgo intrínseco en la sociedad gallega. Y esto solo es una muestra de los múltiples temas tratados en esta Historia mínima de Galicia.

No puedo decir que sea una lectura recomendable para todo el mundo que esté interesado en la historia o en Galicia, pues habrá a quien se le atragante la sucesión de nombres y cifras, pero mentiría si dijera que su lectura me ha aburrido. Beramendi ha escrito con lenguaje sencillo un ensayo riguroso, con un marcado carácter divulgativo: tanto para llegar al público no especializado como para exponer hechos que no siempre aparecen en las versiones oficiales. Ha tratado de dar un punto de vista ecuánime, pero yo he agradecido especialmente los momentos en los que ha dejado de serlo, porque así he podido ver el lado humano del autor que hay detrás de tanto trabajo.

Tal vez, los lectores con una opinión formada sobre qué es Galicia se sientan incómodos ante esta obra, que pone en tela de juicio algunas de las convicciones más arraigadas. No ha sido mi caso, pues yo he querido conocer Galicia y no confirmar una idea previa. Posiblemente, si me enfrentara a la historia mínima de mi tierra, Valencia, me afectaría de otro modo. Pero, sin ninguna duda, la leería.

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Un monstruo viene a verme, de Patrick Ness

un monstruo viene a verme

un monstruo viene a vermeDe niños creemos que el monstruo se esconde debajo de la cama. Lo malo es que, de mayores, nos lo encontramos al abrir los ojos, sin manta a mano que actúe como escudo infranqueable. Tendemos a menospreciar los miedos infantiles, a empequeñecerlos frente a los problemas de la vida adulta. Pero ¿qué pasa cuando un niño ha de enfrentarse al monstruo que le acecha cada noche y a los que le esperan al despertar?

Un monstruo visita a Conor O’Malley. Aunque Conor solo es un niño de trece años, no teme a ese ser de treinta metros que surge del milenario tejo de enfrente de su casa. Y es que Conor O’Malley cada día ve cosas peores: su madre consumiéndose por el cáncer; Harry, Sully y Anton esperándole cada recreo para darle una paliza; las miradas y comentarios de la gente compadeciéndole. Un árbol que le cuenta historias estúpidas sobre príncipes, hombres invisibles y destrucción es lo que menos necesita cuando están pasando cosas más importantes. Pero el monstruo regresa cada vez que el reloj marca las 00:07, para hacerse escuchar. Sus historias persiguen y muerden, como todas las buenas historias.

El poder de una buena historia se demuestra incluso en el origen de este libro, Un monstruo viene a verme. La premisa y personajes fueron creados por Siobhan Dowd, pero el cáncer no le dio tregua para que llegara a desarrollarlos. Patrick Ness recogió el testigo porque sintió que esa historia debía ser contada, pero no creó el libro que Siobhan Dowd hubiera escrito, sino el que le hubiera gustado leer; ese era el mejor homenaje que podía dar a la escritora fallecida. Lo que no esperaba es que su reinvención del libro llegara tan lejos: publicado en diecisiete países, galardonado con el Premio Nacional Galaxy (concedido por libreros), el Premio The Red House (concedido por niños) y la Medalla Carnegie al mérito literario. Sin olvidar a Jim Kay, el ilustrador de la novela, al que se le premió con la Medalla Kate Greenaway al mérito artístico. Sus magníficas ilustraciones en tinta son crudas y demasiado oscuras para lo que se acostumbra en las publicaciones dirigidas al público infantil.

monstruo y conor
La edición especial publicada por Reservoir Books convierte a este libro en un objeto de colección. Las ilustraciones de Jim Kay, que fluyen de una página a otra en secuencias largas e ininterrumpidas, formando un contínuum, y los apéndices «La historia del libro» y «Cómo se hizo la película» (con entrevistas a director y actores de la versión cinematográfica recién estrenada), ahondan en la novela y en el fenómeno mundial que ha desencadenado. Pocas veces he tenido entre mis manos una edición tan hermosa y eso ha contribuido a que me enamorara de la historia.

Un monstruo viene a verme habla de enfrentarse a la pérdida, pero no desde la pena, sino desde la tristeza y la ira; solo quien las ha sentido sabe el abismo que media entre ellas. Habla también del monstruo que habita en nuestro interior, ese que no nos convierte en malos, sino en más humanos. Habla incluso de lo que es ser niño y dejar de serlo, con toda la incertidumbre que eso conlleva. Y sobre todo habla del miedo, ese miedo que es el mismo para niños y adultos, aunque se mude de disfraz para seguir atormentándonos.

Esta novela se merece todos los elogios que ha recibido. No porque sea una obra maestra, sino porque tiene esa capacidad de conmover al lector que, seguramente, la convierta en un clásico moderno de la literatura infantil y juvenil. Esta etiqueta no debería alejar al lector adulto, porque Un monstruo viene a verme es una buena historia y, como tal, puede gustarle a todo el mundo. Tiene los ingredientes para caer en la moralina y la lágrima fácil, pero no lo hace. Con un lenguaje sencillo pero certero, da donde más duele: la verdad a la que tarde o temprano nos enfrentamos, ese monstruo al que todos tememos. La emoción que aflore con su lectura no dependerá de la edad, sino de lo vivido. Para algunos lectores, el monstruo será una estremecedora revelación, y para otros, un viejo conocido, lo que lo hace, si cabe, más aterrador.

P. D. Todos los royalties generados por los libros de Siobhan Dowd, incluido este, van a parar a la fundación que lleva su nombre, con el fin de acercar el placer de leer a niños y jóvenes que tienen un acceso limitado o nulo a los libros. Una razón más para conocer esta gran historia.

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El príncipe y el mendigo, de Mark Twain

El príncipe y el mendigo

El príncipe y el mendigoEl príncipe y el mendigo es uno de los muchos clásicos que Mark Twain ha dado a la literatura universal. En el prefacio de la obra, el escritor estadounidense nos la presenta así: «Puede que sea histórico o solo una leyenda, pero pudo haber ocurrido. Puede que en otros tiempos creyeran en ello los doctos y los ilustrados, y puede que solo lo creyeran los ignorantes y humildes». Esas dos frases avanzan gran parte de lo que nos vamos a encontrar: un cuento con tintes históricos, en el que se contraponen formas de ver el mundo: la de los ricos y la de los pobres, la de los niños y la de los adultos.

Twain se remonta al siglo XVI para contarnos la historia de Tom Canty, un niño que sobrevive en uno de los barrios más pobres de Londres, y Eduardo Tudor, príncipe de Gales. Ambos nacen el mismo día y con semblantes idénticos, pero no es hasta que tienen diez años que sus caminos se cruzan. Movidos por la curiosidad de sentirse en la piel del otro, el príncipe se viste con harapos y el mendigo con el traje de gala, y una serie de malentendidos provoca que también tengan que intercambiar sus papeles. De nada sirve que reivindiquen su verdadera identidad: a Tom Canty lo toman por loco (¿dónde se ha visto que un príncipe quiera ser mendigo?) y todos se mofan de Eduardo Tudor cuando reclama su realeza. Atrapados en una vida tan opuesta a la suya, los dos niños aprenderán a verse a sí mismos y a su sociedad desde una nueva perspectiva.

La edición de El príncipe y el mendigo que Anaya ha publicado recientemente va acompañada del apéndice «Presentación en Delmonico’s», donde Vicente Muñoz Puelles recoge las reflexiones y ocurrentes respuestas que Mark Twain dio a la prensa durante la presentación de su libro en 1881. El escritor estadounidense reconoció que escribirlo había supuesto un reto para él porque, tras las polémicas que suscitaron los descarados protagonistas de Las aventuras de Tom Sawyer o Las aventuras de Huckleberry Finn, quería demostrar que podía ser un autor serio y crear una historia que no ofendiera a nadie. Su mujer y sus hijas estaban encantadas con este cambio de tono, pero los periodistas se temían que en ese cuento apto para todos los públicos no hubiera ni rastro del característico humor que había lanzado a la fama a Twain. Esto no es del todo así. Si bien es cierto que en esta historia priman los datos históricos (aunque con bastantes inexactitudes), Twain no se resiste a parodiar el absurdo boato de la Corona, que queda evidenciado cuando el humilde y cabal Tom Canty ocupa el trono. En ocasiones, parece que se excede tanto que cae en la caricatura, pero, entonces, la nota al pie de página nos advierte que la escena está basada en una anécdota real, y lo que parecía un chascarrillo se convierte en una certera sátira.

El príncipe y el mendigo es un cuento con una moraleja evidente: no te fíes de las apariencias. Pero también es un alegato contra la crueldad (en la Inglaterra del siglo XVI, hasta doscientos veintitrés delitos estaban castigados con pena de muerte), una crítica a la desigualdad social y una reflexión sobre qué es lo que define nuestra identidad.

Los lectores que busquen entretenimiento lo encontrarán en las peripecias de estos dos niños, y los que deseen que un libro les haga pensar, también. Que nadie se equivoque: Twain era un escritor serio hasta cuando hablaba en broma. Si nadie se escandalizó con El príncipe y el mendigo fue porque los aludidos llevaban muertos varios siglos. Al fin y al cabo, para la sociedad que leyó este libro en su primera publicación y para la que lo lee ahora, casi siglo y medio después, lo ofensivo es que le pongan sus miserias enfrente y, encima, se rían de ellas.

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