
«¿Qué es mejor: recordar u olvidar?».
¿Para qué hablar una y otra vez de la Segunda Guerra Mundial? ¿Para qué rememorar continuamente las atrocidades de ese episodio de nuestra historia reciente si ya no podemos ponerle remedio? ¿Para qué ensalzar o criminalizar a uno u otro bando, si lo pasado, pasado está?
«Repaso los recuerdos de la guerra para comprender. Si no, ¿para qué sirven los recuerdos?».
Comprender. ¿Es posible? ¿Leer cientos de páginas nos hará entender a esos hombres que torturaban y mataban a sus semejantes?, ¿que pasaban de fusilar a una familia entera a jugar con un perro?, ¿que se entretenían aterrorizando a una niña, volando con su bombardero cerca de ella?
«¿Sigue vivo aquel piloto? ¿Cómo son sus recuerdos?».
Imposible imaginarlo. Nada hay más desconcertante que el ser humano: capaz de lo mejor y de lo peor, incluso en la guerra. Pero, aunque nunca lleguemos a comprender ni una mínima parte de tanto sufrimiento y maldad, es necesario leer esas páginas que nos hablan de lo que sucedió, porque olvidarlo sería cometer una injusticia más.
«¿Eso es todo? ¿Todo lo que ha quedado de aquella pesadilla? Solo unas cuantas docenas de palabras…».
Últimos testigos, de la ganadora del Premio Nobel de Literatura 2015, Svetlana Alexiévich, es un libro que recoge los testimonios de decenas de bielorrusos que vivieron la guerra siendo niños, y es, para mí, una obra imprescindible sobre ese periodo histórico. Ni Hitler, ni los aliados, ni grandes y decisivas batallas: solo la realidad de unos niños que tuvieron que luchar y sobrevivir en una guerra que llegó una mañana cualquiera, quemando su casa y matando a sus padres en la mayoría de ocasiones.
«Vi cosas que no se deben ver… Cosas que un ser humano no debe ver. Y las vi siendo niño…».
Encabezados con una frase, el nombre, la edad que tenían cuando comenzó la guerra y la actual profesión, Svetlana Alexiévich enlaza los testimonios de unos y otros, dando una identidad individual a todos y remarcando, con ese apunte a su actual profesión, que ellos sí pudieron tener un futuro, a pesar de las pérdidas, las hambrunas, la orfandad, las torturas.
«La gente que no ha visto a una persona matando a otra es otro tipo de gente».
Los niños de la guerra no fueron niños cualesquiera porque no les dejaron tener infancia. Han tenido que cargar con secuelas de por vida, pero también aprendieron a ver el mundo con otros ojos: en toda su crudeza y con una inconcebible compasión.
«Mi hermano y yo crecimos entre gente desconocida. Nos salvó gente desconocida. Pero ¡si no son desconocidos! Toda la gente es familia. Vivo con esa sensación, pero a menudo me decepciono. La vida en tiempos de paz es otra cosa…».
Niños que vieron a su familia morir frente a ellos y niños que mataron. Niños que daban lo poco que tenían de comer a un soldado alemán hambriento y niños que utilizaban los cadáveres congelados de los nazis como trineos. Últimos testigos es un libro lleno de contrastes, donde las frases lapidarias se suceden sin parar, pues no hay imagen más precisa que aquella que describe la emoción vivida y grabada en la memoria.
«La guerra tardó mucho en acabar… Dicen que cuatro años. Durante cuatro años nos dispararon… ¿Cuánto tiempo nos llevó olvidarla?».
Svetlana Alexiévich traza un hilo conductor entre los recuerdos de los entrevistados a través de preguntas que quedan implícitas en los discursos: ¿qué recuerdos tienes de antes de la guerra?, ¿qué dejó una huella más intensa en tu memoria en aquellos días?, ¿tenías algún sueño?, ¿qué te quedó del orfanato? El resultado es un retrato abrumadoramente sincero, tanto de la realidad cotidiana del aquel episodio bélico como de la forma de vida de las familias bielorrusas de la época.
«No grites, boba. El Führer os está liberando de Stalin».
Últimos testigos es, en definitiva, un necesario homenaje a los últimos supervivientes de la Segunda Guerra Mundial y una puesta en valor de sus recuerdos y reflexiones.
«Somos los últimos testigos. Nuestro tiempo se acaba. Tenemos que hablar… Nuestras palabras serán las últimas…».
Nunca está de más un nuevo intento de comprender el pasado si así aprendemos a actuar en el presente, recordando que hoy en día también hay millones de niños que son testigos y víctimas de guerras, para que dentro de cincuenta años no nos demos cabezazos al escuchar los testimonios de sus supervivientes. Porque con ellos estamos a tiempo de cambiar su futuro. Porque, con ellos, el olvido no es solo injusticia, sino crimen.

Wilhelm Conrad Röntgen, Hendrik Lorentz, Pieter Zeeman, Antoine Henri Becquerel, Pierre Curie, John William Strutt, Philipp Eduard Anton von Lenard, Joseph John Thomson, Albert Abraham Michelson, Gabriel Lippmann, Guglielmo Marconi, Karl Ferdinand Braun y Johannes Diderik van der Waals.
Hoy vengo a hablaros de una dulce historia, la de El niño que amaba a la luna. Este álbum ilustrado, escrito y dibujado por Rino Alaimo, cuenta cómo un niño se enamora de la luna y supera toda clase de obstáculos y rechazos hasta que logra conquistarla. Se trata de la adaptación de un cortometraje del mismo autor, que la editorial 
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«¿Qué entienden por “Galicia”, o por “Francia”, o por “España” quienes escriben su historia y los lectores que se disponen a leerla?». Con esta pregunta, Justo Beramendi inicia su ensayo Historia mínima de Galicia. Para él, la historia es un instrumento político. Con aplicar un tramo temporal concreto, es posible justificar la existencia objetiva de cualquier nación, del poder establecido o, incluso, de un proyecto alternativo. La historia también ha sido instrumentalizada de este modo en la construcción de la identidad gallega, por lo que Beramendi, en esta obra, ofrece un recorrido desde la Prehistoria hasta nuestros días, para mostrar si la visión generalizada se basa en certezas o en distorsiones históricas.
De niños creemos que el 

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