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Assassination Classroom 15, de Yusei Matsui

assassination classroom 15

assassination classroom 15«¡El sonido de los disparos retumba en el aula a primera hora de la mañana! La clase de 3º-E de la escuela secundaria Kunugigaoka es un aula de asesinato en la que todos los alumnos intentan matar a su profesor. ¡Empieza una peculiar dinámica diaria entre profesor y alumnos, que son víctima y asesinos en potencia respectivamente!».

Las premisas de los mangas suelen plantear dilemas morales muy atrayentes. Por eso, cuando leí la sinopsis de Assassination Classroom, de Yusei Matsui, no me fijé en nada más y me lancé a leerlo. Entonces me percaté del número 15 que acompaña al título y me di cuenta de que me había perdido demasiados capítulos de esta historia. Obviamente, me temí lo peor. Pero la presentación de personajes, el breve resumen inicial y los continuos recordatorios de acontecimientos anteriores han hecho posible que me ubicara en la trama y disfrutara de este volumen en solitario, aunque haya comenzado la lectura en un punto avanzado de la historia. Queda claro que, un tiempo atrás, un monstruo destrozó la Luna y, después de anunciar que dentro de un año haría lo mismo con la Tierra, se convirtió en el tutor de la clase 3º-E, donde acaban todos los alumnos que se portan mal, despreciados por el resto de la escuela. En el volumen 15 están a mitad de curso y este peculiar profesor ya ha salido airoso de más de una tentativa de asesinato. Los alumnos, muy aplicados, no dejan de intentarlo, por supuesto.

Es inquietante que tu tutor sea un monstruo que amenaza con destruir el mundo. Que el objetivo de la asignatura sea matarlo, también, y más aún cuando su nombre, Korosensei, significa «profesor imposible de matar». Pero el colmo es su ¿simpático? aspecto, su amabilidad y su perenne sonrisa.

korosensei

«Uno: Tratad de matarme de modo que os puedan mirar con orgullo y una sonrisa en el rostro.
Dos: Aceptaré cualquier intento de asesinato en cualquier momento, siempre y cuando eso no suponga un obstáculo a vuestros estudios.
Tres: No haré ningún daño a los alumnos que traten de matarme. Más bien me encargaré de que no se oxiden los cuchillos».

Según Korosensei, no los está enseñando a matar, sino a vivir. Tanto él como el director y los alumnos dejan algunas reflexiones sobre los ideales educativos y la muerte, y ahondan en esa dualidad de la moral de la que hablaba al principio. Su lectura, al igual que la de otros títulos manga, te deja con la sensación de no saber diferenciar el bien del mal.

En el volumen número 15 de Assassination Classroom se desvelan algunos secretos que sorprenderán a los que siguen este manga desde el principio, y estarán un poco más cerca de saber el verdadero motivo por el que hay que matar al encantador Korosensei antes de que finalice el plazo de un año. A los lectores despistados como yo, les plantea las suficientes preguntas para que se interesen por esta colección y quieran descubrirla desde el principio. Son 21 volúmenes (si no me equivoco) y además hay película, anime y videojuego inspirados en ellos. Así que, después de todo, no he llegado tarde: me queda mucho por descubrir de Assassination Classroom y su desconcertante protagonista.

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Industrias y andanzas de Alfanhuí, de Rafael Sánchez Ferlosio

industrias y andanzas de alfanhui

industrias y andanzas de alfanhuiLa edición ilustrada que Literatura Random House ha publicado de Industrias y andanzas de Alfanhuí es atípica: por sus dimensiones, inferiores a las habituales (un tamaño ideal para llevar en el bolso, he de decir); por el tacto rugoso de su tapa, dura y blanca; y por el trazo sencillo del dibujo del niño protagonista en la cubierta —creado por Asen Stareishinski, como todas las ilustraciones de la obra— con solo un toque de color bajo sus labios. Una edición atípica, que incluso desentona en la estantería de novedades literarias, pero la edición idónea para esta historia que, publicada por primera vez en 1951, también se desmarcó de los cánones de la época y del realismo predominante. La encuadernación y las ilustraciones le otorgan un halo de libro antiguo que es perfecto para la historia del niño llamado Alfanhuí, pues sus andanzas nos llevan al mundo primigenio, ese donde la naturaleza y la inocencia intentan prevalecer sobre todo lo demás.

Industrias y andanzas de Alfanhuí, el primer libro publicado por Rafael Sánchez Ferlosio, puede verse como una novela de aprendizaje, las vivencias de un niño de camino a la madurez. Aunque, en realidad, es el pequeño Alfanhuí el que da más de una lección a los adultos de su alrededor, como si fuera una especie de Principito, enseñándoles que son tesoros todo aquello que no se puede vender, lo que vale tanto que no vale nada. Se podría considerar también que es una historia de realismo mágico, donde hay una criada disecada, pero que sonríe de vez en cuando, y una marioneta se mueve como Pedro por su casa por las calles de Madrid. Pero la verdad es que se publicó mucho antes de que eclosionara el género como tal en Hispanoamérica, y no todos sus elementos casan con esta corriente literaria. Tal vez solo sea un retablo de maravillas, donde Sánchez Ferlosio exploró el lenguaje y la fantasía a tal nivel que, aún hoy, resulta sorprendente. Encasillamientos aparte, Industrias y andanzas de Alfanhuí es una lectura para el deleite, pues pocas veces el lector se encontrará con una prosa que invada sus sentidos como lo consigue esta.

El color es un elemento clave a lo largo de la historia. Alfanhuí planea mil industrias para atrapar los colores de su entorno, esa belleza de la que nadie más parece percatarse. Su capacidad de ver más allá, de crear inventos inverosímiles, asusta a muchos y fascina a unos pocos. Y movido por las reacciones de unos y otros, viaja por el interior de España, desde las tierras de Guadalajara o Palencia hasta la ciudad de Madrid, cruzándose con personajes que quebrantan todas las leyes de la lógica y que, por eso mismo, resultan fascinantes. Pero entre tantos colores, peripecias y fantasías, se entromete el blanco, la muerte y la incómoda realidad, todo eso que parece tan ajeno a Alfanhuí, pero a lo que tarde o temprano ha de enfrentarse.

Un toque de Principito, decía, y del Lazarillo de Tormes, añado. Y, pese a las semejanzas, esta obra es diferente porque su prosa y su inventiva lo son. Sánchez Ferlosio describió imágenes tan visuales y originales que hoy causan el mismo impacto que hace sesenta años. De ahí que Industrias y andanzas de Alfanhuí siga siendo una pequeña rareza literaria, y se revaloriza con el paso del tiempo, con ese encanto que tienen los retratos de otras épocas, en los que aún nos reconocemos.

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Las hadas ya no existen, de José Fonollosa

las hadas ya no existen

las hadas ya no existenLas hadas ya no existen, así de triste es nuestro mundo. José Fonollosa lo sabe y por eso esta historia lleva años rondándole por la cabeza, variando de forma: desde aventura épica hasta comedia adorable. Pero cuando por fin las ilustraciones han cubierto las hojas en blanco, el tono no ha sido ni uno ni otro. Las hadas ya no existen es un cuento oscuro, pero no por ello exento del encanto de la magia.

El hada Bella Noche renace en el mundo de los humanos. Desubicada, observa cómo ha cambiado todo. ¿Cuánto tiempo ha pasado? Nadie parece acordarse de ella ni de las de su especie, ni siquiera las ratas, el clan que siempre se encargó de protegerlas. Bella Noche se niega a creer que sea ella la última del Pueblo Noble y se adentra en la ciudad, dispuesta a encontrar a sus hermanas. El permanente ruido de coches y máquinas, el olor viciado de las calles, el mal humor de los humanos…, nada queda del lugar que una vez conoció.

El hada protagonista es la que da el toque de dulzura al relato, aunque esté lejos de ser una indefensa y delicada criaturilla. Sin embargo, lo que se cuenta, tanto los acontecimientos pasados como los presentes, es triste e incluso macabro en algunos momentos. Gran culpa de ello la tiene el villano, un personaje tremendamente interesante que le da una vuelta de tuerca más al simbolismo de la obra, que ya de por sí tiene varias lecturas.

Fonollosa ilustra la aventura de Bella Noche con imágenes en blanco y negro, a veces cercanas al boceto, con pocos detalles. Pero, pese a la aparente sencillez, el movimiento es asombrosamente fluido. Los planos parecen grabados por una cámara que sigue a la pequeña hada perdida por la gran ciudad y que hace zoom en el momento preciso para que no perdamos detalle. Las viñetas, como secuencias de una película, nos atrapan, y cuando queremos darnos cuenta, hemos llegado a la última página sin haber soltado el cómic en ningún momento.

¿Es esta hada el último reducto de la infancia perdida, esa que ya no vemos por ninguna parte, aunque en secreto la busquemos con el rabillo del ojo? Quizá. Bella Noche: la ilusión olvidada; la ciudad anodina: las obligaciones de la edad adulta que arrasan con todo a su paso. Tal vez esta solo sea mi interpretación de Las hadas ya no existen, pero igualmente es una triste historia, en la que es necesario el regreso de las hadas —de la mirada infantil de cuanto nos rodea— para transformar nuestras monótonas vidas.

No podemos ser niños de nuevo, sentir con la misma intensidad de entonces que todo es posible, ¡ojalá! Pero podemos leer el magnífico cómic de José Fonollosa, rescatando la curiosidad y valentía que perdimos tras la infancia y mandando a paseo el raciocinio que se impuso después, aunque sea por unas horas. Creer que las hadas han vuelto y que de nosotros depende que se queden, ¿no sería maravilloso?

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El jardín de cartón, de Santiago Álvarez

el jardín de cartón

el jardín de cartónCada marzo, una tradición única en el mundo tiene lugar en Valencia: en los cruces y plazas se erigen fallas. Más de setecientos cincuenta monumentos satíricos, enormes jardines de cartón, se apoderan de las calles, convirtiendo a Valencia en una impresionante exposición de arte e ingenio, además de en una ciudad peatonal sin ley. Porque en Fallas todo vale: que las carpas de los falleros te cierren el paso al garaje, incluso semanas antes de que empiece la fiesta; que una pandilla de críos juegue con mecheros y pólvora; que las verbenas acaben a las tantas de la madrugada y, en cuanto logres conciliar el sueño, te despierten con petardos al amanecer, aunque sea día laboral. Hasta que la noche del 19, San José, todos esos monumentos fastuosos quedan reducidos a cenizas en tan solo unos minutos, mientras las Falleras Mayores lloran porque se acaba su reinado. Tras días de estruendo, la ciudad enmudece por unas horas. Pero al día siguiente renace de nuevo, pensando en cómo superarse el próximo año. Valencia en Fallas es una fiesta incomparable, y ya no solo lo decimos los valencianos, que somos de aparentar mucho, sino la Unesco. Por algo será.

Una tradición tan peculiar —incomprensible para muchos turistas y para más de un valenciano— bien merecía una novela. ¿De qué género? Negra, sin duda, en honor a todos esos que manejan los hilos. Y Santiago Álvarez la ha escrito, tras el exitazo de La Ciudad de la Memoria, la primera aventura del detective Mejías y su ayudante, Berta, en la Valencia actual, que publicó en 2015. En esta segunda investigación, la trama se desarrolla durante esos días en los que Valencia arde. En una carrera contrarreloj, en la que varios casos se solapan, la Nit de la Cremà puede suponer también el fin de la agencia de Mejías.

Hay dos tipos de valencianos: los que adoran las Fallas y los que las detestan. Tanto a unos como a otros les gustará El jardín de cartón. A los primeros, porque les contará los orígenes de la fiesta, recreará las sensaciones que solo una buena mascletà provoca, los hará perderse por los pasillos de la Exposició del Ninot o les desvelará qué pasa dentro de un casal de Sección Especial. A los segundos, porque se sentirán identificados con los pensamientos de Mejías, que solo ve los inconvenientes y el caos que conllevan, y con las duras críticas que exponen otros personajes sobre el clasismo y la autocomplacencia que se esconden tras los adorables ninots. De igual manera, este libro será del agrado de los enamorados de Valencia y de los que deseen descubrirla, pues acompañarán a los protagonistas por las callejuelas del centro, en la subida al Miguelete o en la visita a la Albufera. Y, cómo no, El jardín de cartón también será del gusto de los lectores del género negro. El detective Mejías es un personaje carismático, socarrón y extravagante, y la química con Berta, de lo mejor de la novela: real y hasta entrañable. Porque puede haber una pareja protagonista que nos mantenga pegados a las páginas sin necesidad de que haya tensión sexual no resuelta, y Santiago Álvarez nos lo demuestra página tras página.

El jardín de cartón es como una buena falla: tras el humor burlesco de cada escena y diálogo, hay una crítica al poder y a las injusticias. Un divertimento si se lee como tal, pero que no deja indiferente, que pica, si uno presta atención a los detalles. Mejías y Berta culminan su aventura entre fuegos de artificio y cenizas, para quedarse en silencio al acabar la última página. Pero estos grandes personajes renacerán pronto. Santiago Álvarez ya está planeando su siguiente caso. Tendremos que esperar para saber si se supera.

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Stardust, de Neil Gaiman

stardust

stardust«Había una vez un joven que deseaba conseguir el Deseo de su Corazón».

Con esta frase tan de cuento comienza Stardust, de Neil Gaiman. Un inicio típico, incluso ñoño, pero con Gaiman nada es nunca lo que parece. Puede que haya un joven enamorado dispuesto a cruzar el mundo para conseguir una estrella caída y regalársela a la joven más hermosa del pueblo a cambio de un beso, o cualquier otra cosa que él le pida, pero también hay unos hombres sombríos, acompañados por los fantasmas de sus hermanos muertos, que buscan esa misma estrella, dispuestos a matarse entre ellos para que el último que quede en pie se proclame Señor de Stormhold. Puede aparecer un unicornio para velar por los héroes de esta aventura, pero también hay tres brujas que los vigilan, maquinando cómo acabar con ellos.

Es inevitable imaginarse junto a una chimenea, una noche cualquiera, escuchando esta historia dulcemente siniestra. Gaiman es un gran contador de historias y sabe cómo envolvernos en una atmósfera mágica sin que perdamos de vista la realidad. Desde el principio nos advierte que esta aventura comienza en el pueblo de Muro, a muy poca distancia del caótico Londres, en los tiempos en los que la reina Victoria aún era soltera y Charles Dickens escribía Oliver Twist. Con estos anclajes al mundo real, Gaiman consigue que la historia se mueva entre la línea de la fantasía y el «pudo ser». Porque sí, ahí reside el encanto. Pudo ser, ¿por qué no? En aquella época en la que los seres humanos no habíamos sucumbido del todo a nuestras grises existencias, cuando más allá del bosque aún había una tierra adonde acudir para alcanzar nuestros sueños si éramos capaces de luchar lo suficiente por ellos.

En esta historia hay mucha magia, pero también mucha humanidad. Gaiman se sirve de los elementos clásicos del género para cuestionarlos o darles la vuelta: los héroes tienen hambre y dolor y las damiselas son ariscas y están hartas de que intenten salvarlas. Tal vez este planteamiento ya no sea novedoso, e incluso esté de moda en el cine y en la literatura, pero Gaiman publicó por primera vez Stardust en 1999, dejando claro con esta, su segunda obra, que había llegado para convertirse en referente del género. Con ella ganó los premios American Library y Mythopoeic, y Charles Vess, su ilustrador de cabecera y creador de las ciento setenta y cinco ilustraciones del libro, obtuvo el World Fantasy al mejor dibujo. Su despliegue de estilos y recursos no merecía menos, y fue una contribución inestimable para que Stardust se convirtiera en una obra encantadora.

Un cuento de hadas narrado de forma sencilla, hasta infantil, pero repleto de imágenes certeras, en el que el mundo y los personajes creados por Gaiman e ilustrados por Vess nos atrapan, con su dulzura y con su crueldad. Al pasar cada página, atravesamos Faerie, la tierra de las hadas, ese lugar donde «te quitan la manta para verte de verdad» y tal vez acabes convertido en un animal o, quizá, solo liberen la bestia que habita en tu interior. Es un viaje peligroso, pero no hay que temer. Con un poco de suerte, cuando lo concluyamos, ya no tendremos que volver a nuestra existencia gris: Gaiman nos habrá enseñado el camino de la fantasía. Y podremos regresar —a Gaiman, al género fantástico— siempre que lo deseemos.

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La Esposa joven, de Alessandro Baricco

la esposa joven

la esposa jovenAlessandro Baricco.

¿He de decir algo más para que desees leer La Esposa joven?

¿¡Sí!?

Eso es porque no has leído antes a Baricco. Quien lee Seda queda fascinado para siempre, leyendo un libro tras otro, a la espera de hallar en otros autores la belleza y la lucidez que irradia Alessandro Baricco en cada frase. Y no es que yo sucumba con tanta facilidad a las artes de un diestro escritor, es que con Tierras de cristal me cautivó más si cabe. La conexión fue total. ¿Has sentido alguna vez que un escritor había escrito exactamente la historia que querías leer? ¿Has sentido alguna vez que esa era la historia que tú hubieras deseado escribir? Pues eso es lo que me pasa con Baricco.

Cuando vi La Esposa joven ni siquiera leí la sinopsis, algo impropio de mí. ¿Qué más me da de qué fuera? ¿Una joven de dieciocho años, la Esposa joven, llega a la casa de sus futuros suegros y se queda a vivir allí, a la espera de que regrese de su viaje el Hijo, con el que se casará? Pues bien, esa es la premisa, la excusa. No importa lo que pase desde ese momento hasta el final, solo quiero disfrutar de Baricco, palabra por palabra, de su humor desbordado de melancolía.

Los mundos de Baricco son inescrutables, con sus propias y extravagantes reglas. Aquí se teme a la noche, la infelicidad no es bienvenida porque es una pérdida de tiempo y tampoco se puede leer, pues es un paliativo de la vida innecesario. Los desayunos son actos ceremoniosos que duran horas, el Tío se pasa el día durmiendo, sin que eso le impida realizar sus labores e intervenir en las conversaciones cuando es necesaria su excepcional lucidez, y Modesto, el mayordomo, ha perfeccionado la tos como sutil código de comunicación y advertencia. Personajes que recuerdan a la literatura sudamericana, otra de mis grandes debilidades, donde los puntuales actos fuera de lo común se convierten en formas de vida.

El Padre, la Madre, la Hija; aquí nadie de la Familia tiene nombre, igual que hiciera Saramago en Ensayo sobre la ceguera. Y esa no es la única similitud que he encontrado con mi otro autor fetiche, pues los diálogos se suceden sin raya que los señalen, ni acotación que aclare quién parlamenta, aunque sin llegar al extremo de unirlos en una línea continua, recurso característico del nobel portugués. Y es que cuando la narración está en manos de genios, como lo son Baricco y Saramago, no se precisan etiquetas que concreten y limiten (los suyos son arquetipos universales) ni de líneas que guíen al lector (sus voces son siempre inconfundibles).

Por si esto fuera poco, Baricco también se permite un juego metaliterario, donde el narrador tiene su propia historia y se entromete en la acción de los protagonistas siempre que quiere, alterando las voces narrativas a su antojo, y reconociéndolo abiertamente, a sabiendas de que provoca quebraderos de cabeza al lector. Y tanto en la trama como en la subtrama: sexo, recurrente y obsesivo. Porque en La Esposa joven todo pasa a través de los cuerpos: conocer o desconocer el mundo y a las personas; amarrarse a la vida o abstraerse de ella.

La Esposa joven ha sido mi regreso a Baricco. En este libro he reconocido sus habituales personajes —extrañamente iguales, totalmente distintos—, esos que viven atados a sus pasiones y habitan un mundo entre lo real y lo onírico. Quizá sea porque todas las historias no son más que una, a fin de cuentas, y este escritor italiano sabe que el único gesto exacto es la repetición.

Seda, Tierras de Cristal o La Esposa joven.

Pero Baricco.

Siempre Alessando Baricco.

¿Hace falta algo más?

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El gran imaginador, de Juan Jacinto Muñoz Rengel

el gran imaginador

el gran imaginadorQuien haya leído las anteriores obras de Juan Jacinto Muñoz Rengel, como El asesino hipocondríaco,  habrá visto que este autor malagueño busca la novedad en la escritura y le gusta romper los encorsetamientos de los géneros literarios.

Quien haya acudido a alguna de sus presentaciones o charlas habrá comprobado que es un apasionado de la ficción, en su vertiente creadora pero también en la lectora, y posee un significativo bagaje cultural, por lo que sus referencias a otros autores son habituales y muy instructivas.

Quien se aventure a leer su nueva novela, El gran imaginador, encontrará esa novedad, rotura de etiquetas y referencias literarias habituales en él, y disfrutará de su historia más ambiciosa (hasta el momento) y de un protagonista que tiene los elementos necesarios para pasar a la posteridad. Porque Nikolaos Popoulos, el imaginador, el soñador anacrónico, el fabulador interior, el salvador del mundo, nacido en Grecia, la tierra de la tragedia, los dioses prodigiosos, los héroes legendarios y los monstruos imperecederos, es el personaje que todo escritor quisiera crear… o ser, pues tiene el talento de inventar desde la nada, recordar todo lo visto y lo nunca visto y adelantarse siglos a sus contemporáneos.

No voy a adentrarme en detalles sobre la trama, ya que la grandeza de esta obra es su capacidad de sorprender al lector. Solo decir que podría considerarse una novela iniciática a grandes rasgos, una amena novela de aventuras por el Occidente y Oriente del siglo XVI, una puntual inmersión en los géneros de terror y ciencia ficción, una trama con fuertes anclajes históricos, una narración con un maravilloso toque de realismo mágico y un despliegue absoluto de fantasía, todo ello aderezado con el humor característico de Muñoz Rengel. El subtítulo de la obra, La fabulosa historia del viajero de los cien nombres, aporta el resto de información necesaria.

El gran imaginador es un libro que solo un gran lector podría escribir. Está plagado de guiños a otras obras, desde clásicos como Homero a contemporáneos como Oliver Sacks o G. R. R. Martin, aunque las referencias más evidentes y continuas son a Cervantes y El Quijote. Muñoz Rengel plantea así un juego metaliterario para los lectores más avezados, sin olvidarse de los lectores ocasionales, que encontrarán igualmente una historia llena de acción.

Pero El gran imaginador es, sobre todo, una obra que solo un gran escritor podría crear. La invención de un personaje de la magnitud de Popoulos y el manejo de una compleja estructura, que ensambla sin aristas ficción y hechos históricos, demuestran la capacidad de un autor que ha alcanzado su madurez narrativa y el excepcional trabajo de documentación que ha llevado a cabo. No sorprende que Muñoz Rengel haya invertido catorce años en gestar este libro.

Los amantes de la lectura empatizarán con Popoulos, pues les hará revivir la emoción infantil con la que se descubre la literatura y el cataclismo interior que provocan ciertos libros. Pero aún más lo harán los escritores, que comparten con él ese desbordamiento de las ideas, esas ganas de publicar, ese deseo de escribir el libro para el que han sido creados.

Popoulos dice, en un momento dado de la novela,  que no se puede sentir otra cosa que admiración por los autores de los libros que encierran vidas y mundos enteros, que nos transportan y embriagan y que nos hacen vivir un tiempo regalado. Y estoy completamente de acuerdo con él. Por eso, quiero mostrar en estas últimas líneas mi admiración, como lectora y escritora, hacia Muñoz Rengel, por si en el resto de la reseña no ha quedado evidenciado. Quien lea El gran imaginador, creo, coincidirá conmigo.

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El funambulista, de Jean Genet

el funambulista

el funambulistaDicen que un buen libro tiene más de una lectura y eso es lo que le pasa a El funambulista, de Jean Genet: un relato que se lee en apenas una hora, pero que daría para conversar una noche entera. Publicado por primera vez en 1958, se ha editado regularmente desde entonces, porque este poema en prosa que escribió Genet cuando tenía cuarenta y cinco años, para Abdallah Bentaga, de dieciocho, es una soflama atemporal y universal.

Las obras literarias no siempre han de contarnos una historia real o imaginaria —aunque seguramente vislumbremos alguna entre líneas—, sino que su principal razón de ser es provocarnos emociones. En El funambulista, a primera vista parece que Genet aconseja al joven Abdallah —hasta entonces, acróbata de suelo y malabarista— cómo afrontar el aprendizaje del sublime arte del funambulismo: has de amar al alambre, cuando nada te ate al suelo podrás danzar sobre él… Sin embargo, para cada lector, esa cuerda tendida sobre el abismo será una metáfora sobre otras cuestiones: ¿la vida?, ¿el amor?, ¿el arte?, ¿todo a la vez, quizá?

¿Acaso vivir no es ponerse en riesgo? ¿El amor no es entrega absoluta, aun a expensas de uno mismo? ¿El arte no es la belleza de la (aparente) perfección? ¿No actuamos todos ante un público que, unas veces, se tapa los ojos para no participar de nuestra caída y, otras, nos aplaude por nuestros actos excepcionales, para olvidarse de nosotros un momento después? El funambulismo como metáfora de la existencia; o de la no existencia, porque, como es obvio, la muerte —en toda la extensión de la palabra— está siempre presente: en ese abismo; en ese paso en falso; fuera del circo, en esos gestos cotidianos y anodinos… Genet se lo recuerda a Abdallah, o tal vez a sí mismo, ya que en un discurso tan pasional se camuflan sus propios sueños proyectados en la grandeza del otro, e incluso su soledad y fragilidad. Por lo que, por momentos, no sabemos si Genet sigue hablando del alambre y la peculiar realidad circense o de su ambigua relación con Abdallah, y es que seguramente ambas cuestiones estén suspendidas sobre un abismo al que tanto uno como otro temen caer.

Acompañado por un inspirado prólogo de Miguel Morey, cuya lectura es tan gratificante como la del relato en sí, y por un postfacio donde se comentan algunos datos de contextualización de la obra, El funambulista es una lectura breve (que no rápida) de poso largo, escrita con un lirismo que nos hipnotiza del mismo modo que el volatinero danzando sobre una cuerda de escasos milímetros de espesor. Y se convierte en uno de esos libros a los que es posible volver cada cierto tiempo para encontrar un mensaje diferente, una nueva reflexión existencial que había pasado desapercibida.

Dicen que no se lee nunca dos veces el mismo libro porque nosotros, los lectores, hemos cambiado cuando regresamos a él. Y si esto es cierto en la literatura en general, aún lo es más en El funambulista, de Jean Genet. Un relato que nos muestra el alambre y la vida como horizontes de tensa realidad y nos alienta a que los crucemos, asumiendo que vivir y morir no son sino una misma cosa.

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Las uvis de la ira, de Enfermera Saturada

las uvis de la ira

las uvis de la iraPrimero fue La vida es suero y después llegó El tiempo entre suturas. Yo no sé a vosotros, pero a mí con esos títulos ya me tienen ganada. Por eso, cuando he visto que se publicaba Las uvis de la ira no he podido resistirme a conocer las aventuras de Enfermera Saturada.

¿Y quién es Enfermera Saturada? Pues Satu, una gallega treintañera que trabaja como eventual en el sistema sanitario público, a la que también conocen como «la mujer de la bolsa de empleo» y que, de tanto saltar de oposición en oposición y de planta en planta, ha desarrollado personalidad múltiple y muchísimo sentido del humor. Aunque, en realidad, es el álter ego de Héctor Castiñeira, un enfermero que se ha servido de este personaje de ficción para narrar su día a día en el hospital y sus reflexiones sobre la precariedad de su situación y de su ámbito laboral, así como sus pensamientos sobre la vida misma. Comenzó autopublicando La vida es suero en 2013, que llegó a ser el libro más vendido de aquellas navidades, para un año después fichar por Plaza & Janés. Las uvis de la ira es su tercer libro, y es evidente que habrá muchos más. Enfermera Saturada tiene algo especial que conecta con la gente, sean del gremio sanitario o no, porque es real, como esa amiga que te cuenta sus avatares diarios, riéndose por no llorar.

Porque ¿quién no tiene un familiar o un amigo que trabaja (o intenta trabajar) en el ámbito sanitario? Yo tengo algunas amigas y conocidos enfermeros y, al leer las anécdotas de Enfermera Saturada, ha sido irremediable que los tuviera presentes todo el tiempo, recordando las historias que me han contado, algunas totalmente surrealistas que no desentonarían en absoluto en estos libros. Y es que los hospitales son microuniversos que dan muchísimo de sí.

Las uvis de la ira es un libro de humor, El club de la comedia edición sanitaria, que a simple vista parecen anécdotas bien hilvanadas sobre pacientes, supervisoras, compañeras, médicos y monitores que se rebelan, con las que es fácil conectar y echarse unas risas, pero que a la vez son una reflexión y crítica sobre el estado actual de la sanidad pública española, las condiciones laborales (igualmente malas) de los profesionales de enfermería que emigran a otros países o la menoscabada atención primaria.

Es evidente que si se pertenece al gremio sanitario se disfruta más de la lectura, porque mientras a mí los chistes sobre amoxicilina y el ácido clavulánico me dejan con cara de lela, a mis amigas enfermeras les provocan carcajadas. Pero, incluso así, recomiendo los libros de Enfermera Saturada a cualquier persona que quiera pasar un buen rato, ya que además le servirán para descubrir la complicada situación de este gremio y para aprender cosas, como que ese palito de madera con el que el pediatra nos miraba la garganta se llama depresor de lengua (hay que ver qué nombre tan complicado para algo tan sencillo).

Héctor Castiñeira nos demuestra que la mejor forma de afrontar el dolor es con una sonrisa. Y como me temo que vamos a necesitar una buena dosis de sonrisas para hacer frente a la sanidad de los próximos años, os animo a leer Las uvis de la ira. Quizá así, la próxima vez que tengáis que visitar un hospital, entendáis por qué hay tanta enfermera saturada.

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Yo fui a EGB 4, de Javier Ikaz y Jorge Díaz

Yo fui a EGB 4

Yo fui a EGB 4Soy nostálgica desde siempre. Me encanta rememorar los viejos tiempos, guardar cosas de mi infancia, visionar de nuevo series y películas de los ochenta y noventa. Hace unos años, allá por 2013, descubrí el blog Yo fui a EGB y, como no podía ser de otra manera, me encantaron sus secciones: ¿Qué fue de…?, canciones de dibujos animados, juguetes ochenteros… Al poco tiempo, aprovechando el exitazo del sitio web, sus creadores publicaron el primer libro recopilatorio, que los reyes magos, que me conocen muy bien, me regalaron por Navidad.

Hoy, año 2016, tengo en mis manos Yo fui a EGB 4. Es evidente que la nostalgia está de moda. Las editoriales se han dado cuenta —o la han fomentado— y cada vez hay más libros que rememoran nuestros recuerdos. Pero creo que los principales responsables de esta moda son Javier Ikaz y Jorge Díaz, que no esperaban que su pequeño blog acabara siendo un fenómeno de internet y editorial.

Sí, soy una nostálgica, pero aun así, no he leído Yo fui a EGB 2 ni Yo fui a EGB 3 (aunque me gustaría). Al leer el cuarto volumen, inconscientemente lo he comparado con el primero, el original, que me pareció más variado y que tocó las principales teclas de mi nostalgia. Me pasé una semana atosigando a mis familiares y amigos con los recuerdos de juegos y costumbres escolares, programas y objetos ya desaparecidos, en los que no había pensado en los últimos veinte años y que Ikaz y Díaz habían rescatado del olvido con sus fotos y comentarios.

Yo fui a EGB 4 me ha gustado, aunque rememora varios temas que, por no formar parte de mi infancia en concreto, me han removido mucho menos. Y es que esta clase de libros no son una lectura sino una experiencia, por lo que el volumen que conmigo ha conectado menos puede ser el más evocador para otra persona. Pero, aun así, he sonreído página tras página: con el vocabulario ochentero, ese tan pasado de moda (y que yo uso de vez en cuando); con esas locuras que ahora nos resultan inimaginables por innecesarias, como alisarse el pelo con la plancha de la ropa (y sí, yo lo hice); con esa concha como jabonero o esa elíptica como perchero (objetos que perduran en casa de mis padres); con ese listado de precios en pesetas (¡ay! ¡cómo ha subido la vida!); con esas frases de carpeta que yo dediqué a todas mis amigas (menuda colección tenía) y esas cartas olorosas que conservo en algún cajón (y aún huelen, lo juro).

Yo fui a EGB 4 no solo nos hace recordar, sino que nos reta a demostrar nuestra memoria y la «secuelas» que nos han quedado de aquellos locos años, contestando a pequeños test. Y sí, por si no había quedado claro todavía, he constatado que a mí me quedan muchísimas. Además, como hay cosas que nunca deben caer en el olvido, también recopila recetas de los tradicionales postres de las abuelas y nos regala un parchís de Parchís, es decir, las fichas roja, verde, azul y amarilla son los integrantes del mítico grupo, sin olvidarse del dado, por supuesto.

Así que sí, lo reconozco: estoy encantada con que los chicos de Yo fui a EGB saquen uno, cuatro o veinte libros. Porque para mí es una gozada evocar los recuerdos y reírme de la niña que fui. Seguramente esta moda acabe pasando, pero para mí ya no hay solución: me hago mayor y la nostalgia se agrava con los años.

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Lorca, un poeta en Nueva York, de Carles Esquembre

Lorca un poeta en Nueva York

Lorca un poeta en Nueva YorkFederico García Lorca es el poeta español más leído en el mundo, y yo no conozco ni uno solo de sus poemas. La poesía, en general, me da pereza, me abruma, no me atrevo, y es una de mis eternas cuentas pendientes, un punto rojo en mi expediente de lectora voraz. Pero en el caso de Lorca me siento aún más culpable, no solo porque sea nuestro poeta más reconocido, sino porque sus obras teatrales me han maravillado. La casa de Bernarda Alba, Yerma o Bodas de sangre reflejan la psicología femenina y las opresiones sufridas con una profundidad extraordinaria, de la que solo es capaz aquel que tiene una sensibilidad y habilidad fuera de lo común. Por eso quiero leer al Lorca poeta, de verdad que quiero, aunque postergue el momento una y otra vez. Al ver la novela gráfica Lorca, un poeta en Nueva York supe que era la lectura perfecta para conocer un poco más del célebre poemario y, quizás, liberarme al fin de mis últimas reticencias.

Lorca, un poeta en Nueva York es una novela gráfica de Carles Esquembre, un músico y dibujante valenciano de treinta y un años. A partir de materiales y testimonios de la época, Esquembre narra el viaje que el poeta granadino hizo a Nueva York. Las ilustraciones, en blanco y negro, son de trazo cuidado y ricas en detalles. Además de ser un placer recrearse en ellas, es posible sentir las emociones de Lorca y la magnificencia de la ciudad sin ni siquiera leer los diálogos. Visualmente es una delicia, pero es que la historia que cuenta —la de una época y la de un hombre excepcional— es cautivadora.

El viaje a Nueva York, con la excusa de aprender inglés, fue trascendental para la vida de Lorca y también para la historia de la poesía universal. En esta novela gráfica se cuenta ese viaje mostrando el lado humano de Federico García Lorca: sus obsesiones y miedos, su creatividad y mirada artística y crítica de cuanto le rodeaba. En Nueva York, esa gran ciudad en la que en solo «tres calles cabe toda Granada», presenció desde el levantamiento de los edificios más emblemáticos —el Chrysler estaba en plena construcción— hasta el crack del 29 y sus «ríos de sangre y oro»; se adentró en Harlem, «el auténtico Broadway», e incluso se saltó la ley seca en numerosos bares clandestinos. Conocemos Nueva York a través de sus ojos, siendo la urbe la otra gran protagonista de esta obra, como no podía ser de otra manera, y sus infinitos rascacielos contrastan con el pequeño Lorca. Pese a todo, él es el punto de luz en el plano de una ciudad «mecánica, deshumanizada y cruel», con una «geometría y angustia» que le inspiraron para crear el poemario que le daría fama mundial. El joven artista necesitaba huir de la etiqueta de poeta gitano, de su estilo localista y folclórico, y Nueva York le sirvió para coger perspectiva de su país (una España dominada por Primo de Rivera), tomar conciencia de un mundo muy diferente al suyo y del fin de una época, e incluso pronosticar su fatal desenlace.

Lorca no quería que el mito trascendiera al hombre, pero su prematura muerte no le dio alternativa. Sin embargo, esta biografía gráfica de Esquembres consigue que el hombre eclipse al artista para rendirle el homenaje que merece como tal. Pero como en Lorca parece imposible la disociación entre ser humano y artista, Lorca, un poeta en Nueva York es también un homenaje a la obra que le da nombre. Su lectura sirve para que los conocedores del poemario lo relean con nuevos ojos y para que el resto de lectores deseen adentrarse en él sin demora, sobre todo si ya disfrutaron de sus obras localistas, y comprobar cómo esos versos rompieron todas las etiquetas que encorsetaban a Lorca. Carles Esquembres nos hace ver, sentir y entender cómo Lorca escribió ese retrato atemporal de la ciudad que nunca duerme y por qué supuso «un grito para los que se quedan sin aliento». Así que, como este joven dibujante ha acabado con todas mis reticencias respecto a leer de una vez por todas Poeta en Nueva York, he de agradecérselo recomendado esta, su primera novela gráfica, una lectura imprescindible para los admiradores de nuestro poeta más universal.

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Robinson Crusoe, de Daniel Defoe

Robinson Crusoe

Robinson CrusoeSiento debilidad por los clásicos. Me atrae conocer de primera mano esas historias y esos personajes que han sobrevivido al paso de las décadas e incluso de los siglos, convirtiéndose en iconos de la cultura popular. Por eso tengo una larga lista de clásicos que quiero leer y cada año saldo la cuenta con unos cuantos títulos. Durante 2016, por fin he tachado de la lista de pendientes el Quijote, de Cervantes (bueno, solo la primera parte), El idiota, de Dostoievski, Rojo y negro, de Stendhal o El príncipe y el mendigo, de Mark Twain. Y cuando descubrí la preciosa edición ilustrada que Alfaguara ha hecho de la historia de supervivencia del náufrago más famoso de todos los tiempos, supe que había llegado el momento de atreverme con la primera novela moderna de la literatura inglesa: Robinson Crusoe, de Daniel Defoe.

Robinson Kreutznaer, conocido por todos como Robinson Crusoe, nace en 1632, en York, dentro de una acaudalada y honorable familia. Pero el jovencito Crusoe, lejos de querer dedicarse el resto de sus días a la abogacía, tal y como le aconseja su anciano padre, está deseoso de conocer mundo surcando los mares. Desobedeciendo a sus sensatos progenitores, se hace a la mar con diecinueve años y, desde el primer momento, parece destinado a que lo persiga la desgracia. Así dan comienzo las aventuras de este hombre, que acabará sobreviviendo veintiocho años en una isla desierta.

Narrada como si de una autobiografía se tratara, Defoe escribió un ficticio diario de supervivencia que, a pesar de ser publicado por primera vez 1719, no ha envejecido nada mal. Al fin y al cabo, por muchos avances tecnológicos que tengamos hoy en día, si naufragáramos en solitario en una remota isla deshabitada, nuestros únicos medios para sobrevivir serían nuestras fuerzas y nuestro ingenio, tal y como le sucedió a Crusoe. Sin embargo, la personalidad de su protagonista sí que chirría vista con los ojos y valores del siglo XXI, o al menos a mí me ha parecido así. La normalidad con la que ejerce el tráfico de personas y ese sentimiento de superioridad racial y moral que manifiesta en sus acciones ha hecho que este personaje no me cayera del todo bien. Sobre todo desde que entabla relación con el indígena, al que bautiza como Viernes porque sí y al que nunca se digna a preguntarle su verdadero nombre, ni siquiera cuando ya se comunican con soltura, además de creerse con el deber de cristianizarlo y alejarlo de sus costumbres «bárbaras».

Este es uno de los riesgos de leer a los clásicos: son el reflejo de una época que puede distar mucho de la actual y con la que no tenemos por qué estar de acuerdo. Es inevitable ver en este célebre personaje literario el ensalzamiento de la supremacía blanca y las virtudes del colonialismo, y eso me ha llegado a irritar como lectora. Pero también plasma valores universales, esos que han hecho que se convierta en una obra atemporal, como el afán de supervivencia del ser humano hasta en las condiciones más adversas y su necesidad de sociabilizar.

Eché en falta un Robinson Crusoe más humano, más emocional, que aparte del miedo o la soledad, sintiera añoranza de los seres queridos, disfrutara de la naturaleza —más allá de proveerse de ella— y demostrase, aunque fuera sutilmente, apetencia sexual. Pero es que este manual de supervivencia tan detallado es, sobre todo, un relato de aventuras y hay que leerlo como tal. Que logre entretener tanto a los lectores actuales como a los de hace tres siglos, tiene mucho mérito. Por eso, tras leer Robinson Crusoe, ya puedo decir con conocimiento de causa que comprendo que esta historia se haya convertido en un clásico y que este luchador náufrago marcara un antes y un después en la literatura inglesa y universal.

Un clásico menos en mi lista de pendientes y un personaje literario más para el recuerdo, tanto por sus virtudes como por sus defectos.

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