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JLA: La Nueva Frontera, de Darwyn Cooke y Dave Stewart

jla la nueva frontera

jla la nueva fronteraLa unión hace la fuerza. Todos para uno y uno para todos. Cualquier poder si no se basa en la unión, es débil. Son solo tres citas que nos recuerdan que unidos podemos llegar a conseguir hitos que por separado probablemente serían imposibles de alcanzar o que como mucho llegaríamos solo a rozar con la punta de los dedos. La idea de un grupo de personas trabajando juntas, luchando, dejándose la piel por un mismo fin, un fin justo, siempre me ha fascinado. Supongo que es debido a esto que los cómics en los que varios superhéroes unen sus poderes para darle su merecido al villano de turno me encantan. Y si tuviera que elegir a uno, a un único grupo de superhéroes, me decantaría, y sin pensármelo demasiado, por La Liga de la Justicia de América.

JLA: La Nueva Frontera empieza con el fin de La Segunda Guerra Mundial. El conflicto ha acabado, bienvenidos a la postguerra. Mientras Europa resurge de sus cenizas los americanos, atrapados por una incertidumbre política que alimenta miedos, se nutren de una enfermiza paranoia que los lleva a una inmisericorde caza de brujas. Cualquiera que no piense como ellos es un rojo, un comunista o un enemigo de la patria. Malos tiempos para los enmascarados que no siguen a rajatabla las leyes. La Sociedad de la Justicia de América, y cualquiera que utilizara métodos similares, son repudiados y tachados de anti americanos y criminales. Así pues, unos huyen, otros se esconden, algunos permanecen al pie del cañón entre las sombras (¡ese es mi Batman!) y otros, como Wonder Woman y Superman, se ponen a las órdenes del gobierno con la idea de intentar cambiar las cosas desde dentro. Pero todos saben que por separado, por muchos esfuerzos que hagan, no lograrán sus objetivos.

Los que indudablemente sí han logrado que sus esfuerzos dieran sus frutos, al crear un cómic de diez, han sido Darwyn Cooke, guionista y dibujante, y Dave Stewart, colorista de JLA: La Nueva Frontera. Con todo, mentiría si no dijera que al principio, tras pasar unas pocas páginas, me sentí abrumado, algo confuso e incluso un poco frustrado. El motivo de estos sentimientos fueron a raíz de que Cooke salta de un personaje a otro (y no son pocos) cada tres o cuatro páginas, explicando momentos claves, no solo de dicho personaje sino también de la situación política y de la sociedad americana del momento. Esa sensación de desorientación desapareció rápido, en cuanto descubrí que Cooke manejaba con soltura los diferentes hilos narrativos, a la vez que daba una voz excepcionalmente particular a cada uno de ellos, facilitando el trabajo del lector. Cooke es un genio (era, pues por desgracia murió a mediados de este año 2016), por el cual me quito el sombrero, pues consigue ir solapando todas esas voces con sutileza hasta que encajan de forma tan apropiada como lo hace el anillo de los Green Lantern Corps en el dedo de Hal Jordan. Lo que queda claro casi desde la página uno es que esta no es una de las cientos de historias de JLA en las que las hostias como panes están por encima de un buen guion.

El dibujo de Cooke es marca de la casa; de estilo clásico, limpio y muy vistoso. Luego Dave Stewart hace su magia y, et voilà! Ya tenemos obra de arte. Añadir también que si este estilo cartoon os recuerda a la serie de animación de Batman que se emitió allá por los años 90, vais por el buen camino, pues Cooke fue el encargado de realizar los storyboards. Dicho lo cual, en las páginas de este cómic encontrareis féminas que recuerdan a las pin-up de los años 50 o muchachotes, de cuadrada mandíbula, que bien podrían haber aparecido en los anuncios de tabaco americano de aquella época. Que Cooke ha trabajado en el mundo de la animación queda patente en escenas como en la que Hal Jordan eyecta de su avión y los restos de éste le golpean, en ese angustioso ahorcamiento de John Henry por parte del Ku Klux Klan (ambas escenas dibujadas en una inmersiva y alucinante primera persona) o esas melancólicas viñetas en las que por la cabeza de Flagg pasan las escenas de una vida que jamás tendrá.

Cooke se esmera, gracias a un arduo trabajo de documentación, en mostrarnos como era esa época; mediante edificios, automóviles o incluso la forma desviada de pensar de ciertos sectores de la población, además de la segregación racial, la doble moral americana, el patriotismo ciego y sobretodo el miedo enfermizo a lo desconocido. Un período muy jodido, sin duda. La televisión, la radio y los periódicos también tienen su parte de protagonismo, pues el autor se ayuda de estos medios (al estilo Watchmen) y los utiliza como recurso narrativo para dar complejidad y consistencia al principal hilo conductor, el cual nos llevará hacia ese peligro que pondrá en jaque a toda la humanidad. Ello nos conducirá hacía uno de los clímax más emocionantes y ambiciosos de la historia de la JLA. Para luego, seguidamente, transportarnos a un epílogo en el que el propio John F. Kennedy pone su voz para dejarnos con los pelos como escarpias. ¡Pero, no se vayan todavía pues aún hay más! Ya que la edición de lujo de ECC (de las de exponer en un museo tras leerla) trae más de 100 páginas de extras: anotaciones del autor, portadas, arte conceptual, diseño de personajes y nuevas historias que se contaron con motivo del estreno de la película de animación.

En definitiva, JLA: La Nueva Frontera además de una respetuosa y colosal oda a la Edad de Plata de los superhéroes, a los cómics de DC en general, a todos los autores que pasaron por la editorial durante aquel periodo, es un cómic deslumbrante, inolvidable y, con el tiempo, un clásico, además de ser una de esa obras que me hacen sentir dichoso de ser lector del noveno arte.

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Días entre estaciones, de Steve Erickson

Días entre estaciones

Días entre estacionesNada de lo que he leído se parece a Steve Erickson, no hay nada en su forma de construir ambientes, lugares, momentos, sensaciones, personajes, relaciones de amor o de amistad, que pueda, aunque intente echarme atrás en las décadas de lectura que tengo, compararse. Pudiera pensar alguien que esto no sea algo positivo, que sea el extraño texto o el insólito tema que un escritor haya ideado para sorprender en en vacío. Pero no. No. “Días entre estaciones” no es un libro deshilachado, no son un conjunto de retales de colores diversos, no es una novela enigmática, no es un texto para iniciados. Es un relato sorprendente, es una viaje por un mundo casi en destrucción, que parece derrumbarse desde la nada y hacia la nada, en los que las personas viven y sobreviven aceptando esa decadencia casi diaria que los lleva por los mundos más extraños, por las situaciones más peligrosas: desde las tormentas de arena que asolan y destrozan Los Ángeles, hasta el frío extremo en París que hace que el Sena se congele y las calles sean un desierto helado; o la inusitada desaparición de las costas naturales por la retirada del mar. En ese ambiente que pareciendo apocalíptico no lo es, se crea una situación que podría alguien llamar surrealista en el planteamiento de la situaciones vitales, porque surgen de los momentos, e imágenes, más oníricos, donde las cosas van y vuelven, donde surge y explosiona lo ilógico o lo que está en la frontera de lo real y lo irreal; los sueños se repiten y expresan, y vuelven al presente; las cosas se extravían pero siempre vuelven como una vida en círculo. Así, parece, que los sueños se van convirtiendo en realidad y la realidad en sueños. Pero ¿qué ocurre en este ambiente y decorado casi apocalíptico?…

En algún momento de mediados del siglo XX en Estados Unidos nace Lauren. Años después se casa con Jason, un ciclista profesional, que continuamente desaparece de su vida durante meses para correr carreras por todo el mundo… Desaparece totalmente, se esfuma, se encoge entre cartas sin responder, carreras y relaciones con otras mujeres. Huye o se desvanece hasta cuando Lauren tiene un hijo, que él no desea, que no parece reconocer, que no comprende. A pesar de todo, a pesar de las otras mujeres, de las desapariciones, de los momentos de rabia, a pesar de los desprecios; Lauren ama a Jason, y por ello soporta sus perdidas, sus viajes, su egoísmo, sus olvidos…todo, hasta que conoce a Michel; un vecino que ha olvidado todo sobre su propia vida. Y en ese descubrimiento de los meandros donde se ha escondido el origen de sus existencias y la reconstrucción del presente de Lauren, que no olvida, y la del pasado  olvidado y hasta remoto de Michel, y de la relación carnal, amorosa y vital entre los dos; se compone y recrea la novela.

La investigación, o el descubrimiento, sobre la vida de Michel llega hasta sus lejanos antepasados en Francia. En ella parecen redescubrirse los motivos olvidados de las cosas, la raíces de su mundo; y todo, toda esa maraña de personajes y sentimientos nace allá en los primeros años del siglo XX, surge desde un prostíbulo de París. Ahí parece estar el mundo originario. Un big bang nacido de un río y dos niños abandonados pero un solo Moisés, salvado por prostitutas y no por faraones. Así es el impulso seminal y primigenio de Michel: y que se manifiesta desde un mundo donde se mezcla el amor casi infantil por una bastarda nacida en el burdel, con un intento de asesinato, combinado y sumado con una película, casi más leyenda que realidad, que nació del amor de Adolphe. el antepasado de Michel, por el cine y su admiración por D.W. Griffith… Seguir y desentrañar madejas de existencias y rollos de películas no será tanto función de Michel como de otro personaje que sale de entre los entresijos de la novela, para saludar como imprescindible, amable y deslumbrante personaje de su reparto. Uno entre la legión de personajes que componen esas historias pasadas de familia y de sus alrededores, y que no son parte de un cuadro estático sino de una película de personajes principales y secundarios, donde se describe el pasado, el presente y el futuro de todo, y que acompañan a Lauren, a Jason y a Michel. Todos tan extraños como imprescindibles, tan surrealistas como evidentes, tan reales como soñados.

La vida de Lauren se desentraña más por sus miradas, por su actos, por lo que parece estar pensando o no estar haciéndolo, que por lo que Erickson cuenta directamente de ella. Es Lauren, la mágica mujer que habla con los gatos, la que parece vivir siempre en el mismo sitio aunque cambie de ciudades; Lauren la mujer bendita y sensual… sensual y sexual; la mujer que perdona en los ojos pero no olvida en su mente; la que acepta todo lo que le pasa pero no sabe la razón por lo que lo hace; Lauren, la que pensaba amar para siempre a Jason, hasta que ve el mundo de otra manera, ve a Michel, la persona que parece surgir de una imagen de su pasado, o, acaso, de la nada, o de los rumores olvidados, o del futuro… Lauren, la mujer que vive entre sueños y realidades, en ese lugar en la que parece confundirse todo lo que ha existido en el mundo y el presente y el posible futuro parecen encontrarse en algún momento, de nuevo o por primera vez, en la tierra; y en este caso en los ojos y cerebro de ella. La existencia cruza por nuestro lugar en el mundo, aprovecharla es solo una opción, lo estático o lo atónito o el movimiento tienen las mismas posibilidades para ella, las utilizará siempre con su lógica extraña y apabullante.

Días entre estaciones” habla del amor, de todos los amores: el filial, el sensual, el sexual, el oficial, el equívoco, el traicionado, el olvidado,……Pero lo hace sin aspavientos, lo hace mirando  sus desastres y caídas, sus victorias y decisiones erróneas, removiendo sus recovecos. Y como todo libro que habla de sentimientos, también habla de pérdidas: la perdida es consustancial al amor y al odio, al suspiro y la lágrima. Esa visión Erickson la crea sin frases ampulosas, ni románticas, nada más lejos de este libro; no, él lo hace desde lo explícito de la mirada, lo hace desde un fugaz susurro, de una mueca de rabia o de desdén, de un gesto que expresa más que una legión de palabras o un grito desorbitado. Así, el mundo que nos aparece se sostiene en bases sin raíces, porque puede que lo que te cuenta sea un sueño, o sea, solo, sensación de huida, de escapada, pero que siempre vuelve; todas las cosas están presas a una especie de Eterno Retorno, todo parece estar predestinado a verse de nuevo, a repetirse; hasta los sueños más improbables, parecen repetirse en la realidad. Así el mundo parece caerse y solo se puede sostener en un pequeño espacio que parece hecho de hierro, amor y sexo que es la relación de Lauren y Michel.

Días entre estaciones” es un libro magnífico sobre el amor, sí, pero también sobre la comprensión y el olvido -el imposible olvido-, sobre el perdón, sobre la casualidad y los sueños, sobre la investigación y el descifrado del pasado, sobre el azar de la vida y la predestinación, sobre la muerte y la pasión, sobre la fantasía y los fantasmas, sobre la nada y sobre todo lo que puede existir en el mundo…en los mundos…En ese universo que es la novela brota y deslumbra toda una generación de personajes surgidos de lugares recónditos de la literatura -ya dije más arriba que nada parece parecerse a Erickson, pero yo no conozco, por fortuna, toda la literatura-. Y lo cierto es que de los paisajes más austeros o más barrocos salen personajes incluso por las esquinas dobladas del libro, por los lomos del ejemplar, por el anverso de las hojas, y salen ideas extrañas, mundos casi paralelos, momentos casi mágicos donde parecen ser puro ejercicio sobre la belleza de un momento de la novela -lo bello en lo extraño, en lo derruido, en lo construido, en lo fascinante, en lo distinto-; y todo se une con los personajes y las historias, en principio casi inconexas pero que van casándose, fundiéndose en una sola vía: la de Lauren y Michel. Como un Adan y una Eva que no son inocentes porque no pueden ni saben serlo, pero que no tienen el pecado original porque son tan puros como pueden serlo los que no conocen qué es una serpiente ni qué es un dios, están más allá.

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Las chicas son guerreras. 26 rebeldes que cambiaron el mundo, de Irene Cívico, Sergio Parra y Núria Aparicio

las chicas son guerreras

las chicas son guerrerasAtención, examen:

¿Quién escribió la primera novela moderna de ciencia ficción?

¿Quién publicó los primeros artículos de periodismo de investigación?

¿Quién elaboró la primera descripción de software de la historia?

¿Quién ostenta el título de deportista más versátil de todos los tiempos?

¿Quién dirigió la primera película narrativa?

¿Quién introdujo el recurso «flujo de conciencia» en la literatura?

¿Quién fue la persona más buscada de la Segunda Guerra Mundial por los nazis?

¿Quién ideó la mayoría de funcionalidades que hoy encontramos en un libro electrónico?

¿Quién fue el primer humano en ser aceptado totalmente en una comunidad de chimpancés?

¿Quién ganó el Premio Nobel de la Paz a la edad más temprana?

¿Qué tal? ¿Habéis sabido muchas? ¿No? ¿Ni siquiera un sufi raspado? Vaya… ¡Pero si son hitos históricos! ¿Cómo es posible? Ahora me vendréis con eso de que en vuestro temario no salían, la clásica excusa. Pero puede que esta vez tengáis razón. La mayoría de los logros de estas personas no han quedado registrados en los libros ni se han hecho películas taquilleras al respecto. Resulta extraño, ¿no? ¡Con lo que han aportado al mundo! ¿A qué se debe esta amnesia selectiva de la historia? Pues a que son éxitos protagonizados por mujeres. Y no sé si os habéis percatado, pero las áreas en las que han sido pioneras —literatura, informática, deportes, dirección de cine, espionaje o electrónica— son precisamente esas que se consideran «cosas de hombres». Curioso, ¿verdad? No me voy a poner reivindicativa, porque no es necesario: los hechos hablan por sí solos. Las chicas son guerreras, capaces de conseguir lo que se propongan, y Sergio Parra, Irene Cívico y Núria Aparicio han hecho el libro para demostrarlo.

Las chicas son guerreras recoge los mayores logros y la forma de ver la vida de 26 rebeldes que cambiaron el mundo. Desde las que han logrado alcanzar la fama o su hueco en la historia, como Hipatia de Alejandría, Mary Shelley, Marie Curie, Virginia Woolf, Coco Chanel, Clara Campoamor, Agatha Christie, Amelia Earhart, Frida Khalo, Simone de Beauvoir, Audrey Hepburn, Rosa Parks, Jane Goodall, Lady Gaga o Malala Yousafzai, hasta otras que, desgraciadamente, son unas completas desconocidas para el común de los mortales (o, al menos, para esta simple mortal que os escribe), como Ada Byron, Nellie Bly, Lottie Dod, Alice Guy, Ángela Ruiz Robles, Irene Sendler, Nancy Wake, Hedy Lamarr, Susan Sontag, Annie Leibovitz o Valentina Tereshkova.

Con las ilustraciones de Núria Aparicio, que son una auténtica belleza, y las explicaciones amenas de Irene Cívico y Sergio Parra, Las chicas son guerreras. 26 rebeldes que cambiaron el mundo nos enseña esa parte velada de la historia, o sobre la que se ha pasado de puntillas, que ha hecho que hoy en día el mundo sea tal y como es, e incluso un lugar mejor. Descubrimos las fascinantes historias de mujeres de las que no habíamos tenido noticia y nos enteramos de anécdotas protagonizadas por las más famosas, que nos hacen conocerlas más a fondo.

El resultado es un libro que sorprende página tras página. En muchos casos, no se trata de «la primera mujer que logró tal cosa», sino del «primer ser humano de la historia que lo consiguió». ¿Cómo es posible que seamos desconocedores de tales hechos? ¡No tiene sentido! Esta clase de libros son un paso más para subsanar estas flagrantes omisiones de la historia. Así que os animo a leer Las chicas son guerreras. 26 rebeldes que cambiaron el mundo; no es solo justicia histórica, es cuestión de cultura general.

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Cocina tu cambio, de Lucía Gómez

Cocina tu cambio

Cocina tu cambioRecuerdo que cuando era pequeña odiaba el desayuno. Cuando me levantaba por las mañanas para ir al colegio y veía la leche con las galletas, se me venía el mundo encima. A la fuerza, desayunaba y después me pasaba media mañana con la tripa hinchada y de mal humor. Siempre tenía molestias en el estómago y mi madre me decía: “te tendría que haber llamado Dolores, en vez de Ana”. Varias veces acabé en el hospital con un dolor terrible en la tripa. La primera vez me dijeron que era apendicitis y cuando ya estaba casi todo listo para llamar al cirujano, se dieron cuenta de que no era así. La siguiente vez que acabé en urgencias, me dijeron que mis molestias derivaban de dolores menstruales. La tercera vez, ya cuando estaba en la Univerisdad, era estrés y ansiedad, que se me reflejaba en forma de dolor de estómago. Y la última, el día de Reyes de 2012, tuve que ir a urgencias, ya que llevaba muchos días sin comer nada y no podía casi ni levantarme de la cama. Allí  me dijeron que tenía una úlcera. Así que me derivaron a un especialista y, al hacerme la endoscopia correspondiente y cotejándola con una analítica de sangre, se descubrió la verdad: era celíaca. Y me había pasado casi veinte años de mi vida con molestias hasta que mi cuerpo dijo “hasta aquí hemos llegado”.

Al principio no fue nada fácil. El tema de las intolerancias es un mundo. Cuando me enfrenté a la enfermedad me dije: “bueno, quitamos el pan, la pasta y la bollería y listo”. Pero nada más lejos de la realidad. ¡Hasta el café podía contener gluten! Y luego está el tema de la contaminación cruzada… así que lo de comer en un restaurante, difícil, difícil. En casa empezamos a cocinar todo sin gluten y creamos estanterías en las que separamos la comida prohibida de la permitida. Hoy, después de un tiempo, ya es una rutina diaria que llevo muy bien. Se ha normalizado y el estrés que me producía pensar qué iba a comer ha ido desapareciendo.

Lo que más miedo me daba era viajar, sinceramente. A mí siempre me había encantado viajar y la comida nunca había sido un problema… pero imaginad ir a otro país, con otro idioma y tener que explicar que sufrís una intolerancia. Mi primer viaje como celíaca fue a Londres. Fue una escapada corta, tres días, así que me dije que podía sobrevivir aunque fuera comiendo manzanas. El caso es que en Inglaterra el tema de los alérgenos está más que bien, ya que todos los productos tienen una etiqueta que incluye todos y cada uno de los productos que podrían causar problemas a los intolerantes. Además, en los supermercados, tenían secciones de comida preparada, tipo sándwich, sin gluten, sin lactosa, libre de frutos secos… Así que fue una experiencia muy positiva que hizo que no me planteara dudas a la hora de viajar nunca más. He de decir que Argentina es el país más preparado en este sentido que he visitado. De verdad, increíble.

Os cuento todo este rollo (perdón por la extensión, pero es que cuando me pongo…) porque Cocina tu cambio trata precisamente de esto. Es un libro que habla de las dificultades que encuentra una persona cuando le diagnostican una intolerancia alimenticia. Y cuando todo queda en casa, bueno, nos podemos apañar. Pero imaginad tener que comer fuera, o en una mesa repleta de gente que no está acostumbrada a las alergias. ¡Imaginad cómo son las Navidades! En estas últimas nos hemos reunido unas veinte personas, así que en la mesa tuvimos que hacer un reducto sin gluten al que no podía acercarse ni una miga. Pero, por suerte, tengo varios vigilantes repartidos por la mesa para que estén pendientes de si un solo trozo de pan sobrevuela la ensalada. Al final, es un modo de vida y hay que aprender a manejarlo de la mejor forma posible. Y, aunque parezca mentira, en casa se van acostumbrando ¡Si hasta mi primo de tres años me avisa de que las patatas que está comiendo son sin gluten!

A Lucía Gómez le pasó algo parecido a lo que estoy contando y se dio cuenta de que su vida iba a cambiar por completo. Que tendría que esforzarse por seguir una dieta muy estricta si quería estar sana. Y por eso creó Cocina tu cambio. No solo va dirigido a personas con intolerancias que, involuntariamente, se ven obligadas a seguir una dieta. Sino a todas aquellas personas que deciden retirar de su dieta diaria determinados alimentos. Con este libro, aprendemos que podemos comer de todo si tenemos la imaginación suficiente. Que si llega la Navidad y me apetece turrón pero no encuentro ninguno apto para mi dieta, me lo puedo hacer yo en casa sin ningún problema. Aunque no soy muy buena en la cocina, pondré en práctica algunas de las recetas que he visto en este libro. Y, sobre todo, hay que aprender que tenemos que aceptar nuestras intolerancias, tenemos que aprender  a convivir con ellas y a manejarlas para estar sanos. Al final, con fuerza de voluntad e imaginación, se puede llegar a tener una dieta con la que volver a disfrutar de la comida.

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Cómo explicar física cuántica con un gato zombi, de Big Van, científicos sobre ruedas

como explicar fisica cuantica con un gato zombi

como explicar fisica cuantica con un gato zombi¿Sabrías explicarme física cuántica con un gato zombi? ¿No? Ya, es que la física cuántica en muy complicada. ¡Ah! ¿Que lo dices porque no tienes un gato zombi? Yo tampoco, la verdad. Tendremos que recurrir entonces a Big van, científicos sobre ruedas, un grupo de monologuistas científicos, casi todos ellos doctores e investigadores en activo de diferentes áreas del conocimiento, como matemáticas, química, física o biología. Acaban de publicar un libro para demostrar que hasta la ciencia más compleja se puede explicar de manera sencilla ¡y divertida! Solo necesitan dos adolescentes curiosos, un científico loco y, por supuesto, un gato zombi o, al menos, uno que lo parezca.

Cuando Ada y Max llegan a casa de su abuela para pasar las vacaciones, conocen a su nueva mascota: una gata con una cicatriz sobre el ojo derecho y un bocao en la oreja izquierda, llamada Mórtimer. Un día, la gata se cuela en la casa del vecino científico, en mitad de uno de sus experimentos. Ada sospecha que Mórtimer se ha convertido en una gata zombi y cuántica y, a partir de ahí, empieza a leer sobre esta rama de la física para respaldar su loca teoría. Max también se interesa por esta ciencia —para tener argumentos con los que llevar la contraria a su prima, básicamente— y Sigma está encantado de explicar todos sus conocimientos cuánticos y aclararles las dudas.

Con esta historia como hilo conductor, los chicos de Big Van explican, de forma didáctica y desenfadada, conceptos tan complejos como el principio de incertidumbre, el efecto túnel, la acción fantasmal a distancia o la paradoja del gato de Schrödinger. Lo mismo te retransmiten un partido de fútbol entre continuistas y atomistas, que te hacen unos test para saber si sufres de superposición o de entrelazamiento. Todo ello aderezado con curiosidades sobre científicos, sus teorías y los últimos descubrimientos en física cuántica, con alusiones a la cultura popular de los adolescentes para conectar con ellos. Por eso, Cómo explicar física cuántica con un gato zombi es un libro ideal para motivar a los más jóvenes a interesarse por la ciencia y, sobre todo, por esta rama que causa tanto respeto por ser el súmmum de lo incomprensible.

La física cuántica estudia fenómenos a escalas atómicas, donde las leyes de la mecánica clásica dejan de cumplirse, de ahí que sus posibilidades nos parezcan ciencia ficción: ¿el teletransporte es real?; ¿el hierro se puede convertir en oro?; la antimateria, esa partícula con un poder destructivo mil veces mayor que la más potente bomba nuclear, ¿puede salvarnos la vida? Gracias a las conversaciones de Ada, Max y Sigma encontraremos respuestas a estas cuestiones y, lo más importante, descubriremos si realmente Mórtimer es dual, se superpone y se teletransporta. O quizá acabemos con más dudas que antes. Y es que con la física cuántica nunca se sabe. Lo único que está fuera de toda duda es que Cómo explicar física cuántica con un gato zombi es una lectura divertida e instructiva, que demuestra que la física cuántica es apasionante.

Quedan muchas cosas por explicar de nuestro universo, así que espero que Big van, científicos sobre ruedas, sigan viajando por España y publicando libros como este para hacernos reír con la ciencia. Parecía imposible, como explicar física cuántica con un gato zombi, pero ellos lo han conseguido.

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Porcelain, de Moby

Porcelain

PorcelainAntes de leer este libro mis suposiciones sobre los orígenes de Moby eran tan erróneos como prejuiciosos. Creía, por su forma de vestir pulcra y elegante, por las gafas de pasta que tantos años llevan acompañándole así como por su cara de no haber roto nunca un plato que sería un ejemplo más del niño pijo al que le sobraba el tiempo y el dinero para probar suerte en el mundo de la música electrónica, con la seguridad de que papá le reservaba un puesto en su empresa en caso de que su talento no hubiese sido suficiente para ganarse la vida holgadamente. Porcelain, la que presumiblemente será la primera parte de las memorias del artista neoyorquino, apenas tardó un par de líneas en dejarme claro que estaba completamente equivocado.

Moby comienza el repaso de sus orígenes en el mundo de la música con una de esas anécdotas que marcan un antes y un después en la vida de toda persona. Cuenta como escuchar Love Hangover, de Diana Ross, le dio esperanzas de que había un futuro para él más allá de los suburbios de Harlem en los que le había tocado nacer. Pese a ello, aunque introduce alguna otra anécdota de su infancia, este libro se centra en las vivencias del descendiente de Herman Melville —autor de Moby Dick entre los años 1989 y 1999, una época en la que pasó de tocar en salas con veinte personas o en fiestas swinggers a llenar estadios y raves multitudinarias, con diversos altibajos. Fue precisamente en 1999 cuando alcanzó el éxito global con Play, trabajo con el que vendió más de diez millones de discos y que le consolidó como uno de los referentes del techno.

Muchos músicos, al menos dentro de lo que he podido leer hasta la fecha, tienden a caricaturizarse en sus autobiografías, consciente o inconscientemente. Así, es frecuente ver destacadas anécdotas en las que, ya sea para bien o para mal, proyectan la imagen que la gente ya tiene en sus cabezas antes de la lectura. Porcelain no se encuentra dentro de este tipo de trabajos, dado que Moby no se esfuerza por dar una imagen estereotipada de sí mismo, sino que se limita a relatar distintos momentos de su vida y son éstos, sin colorantes ni edulcorantes, los que ayudan a construir a la persona. Así, el chico nacido entre adictos al crack y botellas de vidrio es capaz de desnudar su alma al completo, sin dejar de lado ninguna de sus contradicciones: “Un cristiano abstemio que trabajaba en clubes animados por las drogas”, resume. Moby no sólo no evita hablar de sus malos momentos, tanto a nivel personal como profesional, sino que se reboza en ellos, sin maquillar ni justificar algunos actos que podrían considerarse reprochables. Tampoco tapa sus fiascos amorosos, sus malos pensamientos o sus peores decisiones, como sus idas y venidas con el alcohol. Me ha parecido que hay mucho de redención en este trabajo, aunque puede que sólo haya sido una muestra más de la voluntad del artista por ser lo más trasparente posible en su relato.

También toca, aunque con menos detallismo que otros compositores, el proceso de creación de sus temas. Es un aspecto que me ha parecido especialmente interesante, ya que en la música electrónica tiende a subestimarse mucho más que en otros géneros este aspecto y, a través de algunos fragmentos puntuales, se puede conocer mejor la complejidad de este trabajo y sus similitudes con el que desarrollan otros compañeros de profesión.

Porcelain, más que una autobiografía musical al uso es un fragmento de una vida, un texto tan natural y sincero que merece la pena leer independientemente del interés que se tenga por el autor y su música. Porque al igual que uno se lleva decepciones —y muchas— con los libros que sacan algunos de sus artistas favoritos y que no se acercan ni de lejos a las expectativas creadas, estas memorias aportan mucho más que un simple repaso a una carrera con luces y sombras: ofrecen, parafraseando a Calamaro, honestidad brutal. Y muy pocos son capaces de poner eso sobre la mesa.

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Nosotros en la noche, de Kent Haruf

Nosotros en la noche

Nosotros en la nocheLa verdad es que esta novelita de apenas ciento veinte páginas me ha conmovido hasta límites insospechados y me ha removido y sacudido bastante. Tan solo con leer la sinopsis supe que me iba a gustar. Digamos que fue algo así como un flechazo.

Cuando leí el libro iba por su segunda edición. No sé si ha cambiado algo desde entonces, pero me parecería normal que fuese ya por una tercera. Se lo merece. Además, Nosotros en la noche, publicado por Literatura Random House, ha sido galardonado con el premio Whiting Award y nominado al National Book Award. No es una novelita cualquiera.

Kent Haruf, un escritor americano autor de cinco novelas más, es el creador de este libro. Yo no conocía a este escritor, pero creo que después de leer este libro voy a tratar de leer sus otras novelas. La historia que rodea a la escritura de esta novela es un poco nostálgica (algo así como el propio libro). Resulta que en 2014 los médicos diagnosticaron a Haruf pocos meses de vida. Aun estando enfermo, escribió esta novela y justo después de haber entregado a su editor las últimas correcciones, falleció. Nunca llegó a verla publicada, nunca supo que había vendido miles de ejemplares. Triste, ¿verdad? En realidad, lo que más me conmueve de todo esto es que, sabiendo que iba a morir, tuviera las fuerzas y las ganas de escribir un último libro. Me conmueve la historia que narra en él, porque todo adquiere otro cariz cuando conocemos las condiciones en las que la escribió. Me conmueve enormemente el mensaje que deja en él. Yo, que soy tremendamente sensible y este libro que es tremendamente emotivo. Ya podéis haceros una idea de lo que ha significado para mí, ¿no?

No me gusta destripar los argumentos de los libros y con éste corro el riesgo de hacerlo porque me van a poder la ganas y porque, aunque corto, es intenso. Tranquilos, voy a contenerme, no seré tan malvada.

Louis y Addie son los protagonistas de Nosotros en la noche. Ambos son vecinos desde hace muchos años en Holt, Colorado. Los dos, ahora en la vejez de sus vidas, llevan viudos muchos años. Y éste es uno de los primeros puntos que me toca especialmente la fibra: la gente mayor que vive sola, que se ha acostumbrado irremediablemente a la soledad. Addie, sin embargo, le echa valor y un día va a casa de su vecino Louis con una proposición: dormir juntos. Simplemente eso. Cuando anochece son las horas más difíciles para los dos, el momento en que la soledad se instala en sus casas y en sus cuerpos. Por eso, Addie quiere que su vecino vaya a su casa a dormir con ella. Así podrán charlar, podrán entretenerse y olvidar, durante esa noche, que están solos.

Louis acepta y como supondréis al principio es una situación bastante extraña. Cuando cae la noche, Louis coge su pijama y su cepillo de dientes y se planta en casa de su vecina. Pero esa sensación incómoda tarda poco en desaparecer. Pronto empezarán a sentirse muy a gusto en compañía. Charlan, repasan sus vidas, sus matrimonios y sus sueños. Y lo que es más importante, les importa muy poco lo que los demás habitantes del pueblo puedan pensar de esta atípica relación nocturna.

Sin embargo, aunque ellos, por decirlo de una manera coloquial, estén de vuelta de todo, no todo el mundo piensa ni siente igual que ellos. Y aquí, amigos, hay una lección muy grande para todos. Si dos personas adultas no tienen ningún miedo a la opinión del resto de la gente, ¿quién se cree la gente para opinar sobre ellos?, ¿quién nos creemos que somos? Sí, me enerva este tema y a la vez me emociona. Qué bien si no tuviéramos prejuicios, ¿verdad? Qué genial sería si la gente pudiese hacer lo que le dé la gana sin tener que dar explicaciones. Sabrán ellos, sobre todo nuestros mayores, lo que quieren, ¿no? Preciosa novela. Preciosa lección, lectores.

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El evangelista, de Adolfo García Ortega

El evangelista

El evangelistaTodo en esta vida pide e incluso nos exige que cambiemos la perspectiva a la hora de observarlo. De este modo, nada tiene una única cara y por tanto nada tiene una única verdad. ¿No sería terrorífico que todo fuera como “es”? Un claro ejemplo de esta necesidad de perspectivismo es la historia de Cristo. Esta nos ha llegado a través de un libro, la Biblia, que en muchas ocasiones tiene más de novela que de narración histórica, y es inevitable preguntarse mientras se piensa en ello: ¿qué hay de verdad en la narración? Nunca lo sabremos a ciencia cierta, por eso especulamos. Y una especulación más de esta historia es la novela de la que hablo hoy: El evangelista, de Adolfo García Ortega, publicada por Galaxia Gutenberg.

Por la mayoría de nosotros debería ser aceptado que hay cosas que nos han sido contadas de la historia de Jesús que para cualquier persona con dos dedos de frente se presentan como imposibles – y yo soy de aquellos que día tras día entonan el gastado lema del «nada es imposible» -. Seguro que a la hora de analizar esas hazañas – si se ha intentado – se ha llegado a la conclusión de que mucho de lo contado son exageraciones fruto de la necesidad de algo así, fruto de la imaginación, de mentes perturbadas en una época necesitada de cambios. Adolfo García Ortega nos sitúa junto a un escriba que será quien nos explique en primera persona las andaduras de Yeshuah, al que llaman el Visionario. Capaz de curar con sus manos y de ver el futuro a través de sueños, el Visionario consigue captar a un grupo de rebeldes – con Iskariot Yehudá a la cabeza – que ven en él al Rey que necesitan para implantar su nuevo Reino en el territorio ocupado por los romanos. Fruto de su maestría en la palabra y el manejo psicológico de las gentes, Yeshuah consigue un buen número de fieles dispuestos a morir en la lucha contra los romanos por el poder.

Nuestro escriba nos cuenta sus vivencias al lado de este grupo de rebeldes – del cual nunca formará parte – a la vez que rellena los vacíos de la historia con relatos de oídas, cartas robadas o testimonios que se encuentra en su camino. A través de este escriba conocemos la vida de Yeshuah, lo que nos lleva a posicionarnos ante ese narrador no fiable que nos pide que creamos en él y en su verdad con respecto a la narración. ¿Qué creer y qué no? ¿Fue Jesús un santo enviado por Dios capaz de obrar milagros o fue un simple rebelde rebosante de carisma y sabedor de las formas de convencimiento humanas? ¿Es su historia tal y como nos la cuentan o es una gran bola que ha ido creciendo con el boca oreja a lo largo de la Historia? ¿Tiene razón García Ortega o tiene razón la Biblia? ¿Alguien tiene razón?

Según El evangelista, la vida de Jesús no sería más que la de un líder comandando a un grupo ansioso por apartar de su territorio a los recién llegados romanos. Sin milagros, sin ese aura angelical que los rodea, sin la etiqueta de santos; con mucha sangre de por medio en su avance. No sería más que la historia de un hombre común capaz de dejarse matar por su pueblo. No sería más que la narración de la vida de un héroe que acaba en tragedia. Tragedia humana. Porque si nos basamos en el eco espiritual dejado por esa muerte – ya sea por la muerte en sí o por las habladurías que ella provocó – sí podemos decir que es la muerte con más éxito de la Historia. ¿Vosotros qué – y en qué – creéis?

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Dorothy debe morir, de Danielle Paige

Dorothy debe morir

Dorothy debe morirUna joven llamada Dorothy, un simpático perro que la acompaña a todos lados, un camino de baldosas amarillas, un tornado que es capaz de trasladar una casa a un mundo nuevo y unos brillantes zapatos rojos capaces de hacer magia… Es increíble que tantos elementos dispares quepan en una sola historia y que esa historia se haya convertido en una de los libros más famosos jamás escritos.

El mago de Oz, de L. Frank Baum, es una historia espectacular que nos recuerda mediante la magia y la fantasía cómo algunos valores como la verdad o el valor son imprescindibles en nuestras vidas, para convertirnos en la mejor versión de nosotros mismos. Por ello, ha dado vida a numerosas adaptaciones, tanto en la literatura, como en el teatro o el cine, con el fin de explorar nuevas formas de contar una historia que, sin saber por qué, lleva funcionando tantos años. Pero no solo la historia de este libro sino los otros relatos escritos por este autor y recreados en este mismo mundo.

Esta novela, Dorothy debe morir, es una de estas últimas adaptaciones. Aunque esta es más bien un retelling, ya que utiliza a múltiples personajes y escenarios de la novela original para construir una nueva historia, muy diferente. En esta ocasión nos encontramos a Amy, una joven del mundo real que se ve trasladada al mundo de Oz. Sin embargo, no se lo encuentra tal y como se lo imaginaba por las historias que tanto conocía, sino que ahora es un mundo lleno de oscuridad y terror.

En esta novela, como podemos ver, nada es lo que parece. El personaje principal, Amy, es una joven normal y corriente, locuaz, sincera y valiente que se encuentra ante un escenario en el que parece que todo está al revés. Las brujas están de su parte mientras que Dorothy y sus leales amigos (el Espantapájaros, el Hombre de Hojalata y el León) están en su contra. Todos los elementos del cuento original se revierten en esta nueva recreación del universo mágico, de tal forma que la protagonista, Amy, se ve envuelta en una serie de problemas al encontrarse en Oz y su persona experimenta una palpable evolución al sentirse parte de un problema que cree que debe ayudar a reflexionar. Por eso, aprende gracias a las brujas (malvadas en la historia original) a usar la magia y a luchar para plantarle cara a la nueva Dorothy y sus compinches.

La pluma de Danielle Paige, la autora de Dorothy debe morir, es sencilla pero ágil en esta innovadora novela juvenil. Me ha encantado, sobre todo, el ritmo que ha mantenido a lo largo de esta historia, ya que te mantiene pegado a sus páginas desde el principio hasta el final y sabe mantener el misterio en todo el desarrollo de la misma. Sobre todo en las escenas finales, con una sorpresa que me ha dejado con demasiadas ganas de leer su continuación, que ya ha sido publicada también por la editorial Roca: Los malvados se alzarán.

En definitiva, la primera parte de la trilogía Dorothy debe morir me ha parecido una original reinvención del universo y de los antiguos personajes que conformaban Oz. Una novela muy entretenida, con cortos capítulos que agilizan su lectura con y unos personajes de los que te encariñas desde las primeras páginas. A pesar de sus enormes diferencias con la novela original, la he disfrutado casi a partes iguales y me ha sorprendido mucho, ya que no me esperaba la disfrutaría tanto.

“Sigue el camino de baldosas amarillas y adéntrate en el nuevo y malvado mundo de Oz…”

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Manejamos la pena, de Elsa Veiga

Manejamos la pena

Manejamos la penaYo, cuando soy consciente

del otoño

dejo caer las hojas

que me sobran.

Retiro la coraza

con premura

y en carne viva

dejo que me veas.

 

Como carta de presentación, estos versos me parecen perfectos. Son los mismos que leí en la contraportada del libro. También son los primeros que leí de Elsa Veiga. Y sí, me enamoraron. No sé por qué, pero me identifico mucho con ellos. Quizá porque yo también soy muy del otoño, muy de las hojas muertas.

Elsa Veiga es una escritora gallega y Manejamos la pena (Torremozas) es su primer poemario. Pero Elsa no es una escritora novata, ya ha recibido el primer premio de relato corto de Binéfar 2009 (Huesca) y ha sido finalista en el XXVII Premio Ana María Matute de Relato 2015 con El verano de Tom Sawyer.

A Elsa Veiga la conozco por las redes sociales (ah, bendito Internet).  Así es como supe que acababa de publicar este poemario y así es como crecieron mis ganas de leerlo. Cuando lo tuve entre mis manos esperé el momento adecuado para leerlo. La poesía espera su momento, tanto para ser escrita como para ser leída. ¿No os pasa lo mismo? Y así fue como, una mañana de invierno, en el asiento de copiloto del coche con las piernas ardiendo en el salpicadero (muy a lo Quique González) y el sol dándome en la cara me dispuse a perderme por sus líneas. El poemario me duró un asalto, o lo que es lo mismo, el viaje. Al acabarlo, la sensación placentera del sol de invierno dándome en la cara y todas las sensaciones que me habían provocado el poemario se entremezclaron y debo deciros que me sentía completamente satisfecha.

Manejamos la pena es un poemario duro, así como lo son el otoño y el invierno. Pero es a la vez un poemario muy dulce, como el baile de las hojas de otoño con el viento, como ese sol de invierno que atraviesa los cristales de la ventanilla y te acaricia las penas.

El poemario se divide en tres secciones: La vida se desliza, De otoños y de inviernos y un verano y Observo y rememoro. La primera parte del poemario arranca con un poema titulado A enfermedad me elevo (grito en tres partes) que es desgarrador y sumamente emotivo:

(…) Renuncio a la existencia

sin temer esa muerte

que dicen prematura.

Ser cadáver en vida

nunca ha sido tan triste.

 

Quisiera ser locura

y llorarme una ausencia,

la mía, no la ajena (…)

Perfectos, hirientes y desgarradores versos, ¿no os parece?

Arreméteme a fondo,

ráyame el aire

para perderme dentro.

Pero arranca, no dudes,

el corazón que sufre.

Aún está vivo, sigue,

arranca de raíz.

Los versos de Elsa Veiga me incomodan y me duelen, tengo que ser sincera. Pero es todo para bien. Me duelen porque como ya os he dicho, me identifico con su poesía, con su forma de sentir. Supongo que ese es el fin de la poesía, ¿no? Sentirse atrapado por los versos de otra persona, hacerlos tuyos, dejarte arrastrar por su cadencia.

No llegamos a serlo,

no seremos felices,

no al menos, y es seguro,

el uno con el otro (…)

Para mí la poesía de Elsa Veiga ha supuesto todo un descubrimiento. Internet tiene sus cosas malas y sus cosas buenas, ya se sabe. Algo bueno es poder descubrir nuevas voces de la poesía actual. Amantes de los versos, de las palabras y el frío, de la crudeza y la realidad, Elsa Veiga nos ha regalado un poemario precioso. Tenéis que dejaros llevar, os gustará. Esta poeta hace poesía con mayúsculas, esa que tanto me gusta.

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Nacidos de la bruma 4. Aleación de ley, de Brandon Sanderson

Nacidos de la bruma 4. Aleación de ley

Nacidos de la bruma 4. Aleación de leyLa fantasía, la ciencia ficción, los personajes divertidos y bien desarrollados, desconectar durante horas y no querer soltar un libro, no saber nada de un escritor y, solo con leer un primer capítulo suyo, querer saberlo todo sobre él, mola. Todo aquello que me haga pasármelo pirata mola. Y con Brandon Sanderson, todo eso que tanto me gusta, no parece tener fin. Y eso… sí, eso mola.

Hace poco terminé de leer el libro que cerraba la trilogía de Nacidos de la bruma. Canela en rama. Una maravilla. Pero, ¿ahí se acaba? No. Sanderson no da puntada sin hilo y creó una secuela que ha hecho renacer lo mejor de las aventuras de los brumosos. Un cambio de imagen, de escenarios, una nueva época. Ha llegado a Scadrial, esas tierras que dejaron de ser bañadas por la ceniza tras una batalla de proporciones bíblicas en El héroe de las eras, ha llegado, como digo, la Revolución Industrial. Continúa la magia, pero renovada en Nacidos de la bruma 4. Aleación de ley.

Han pasado trescientos años desde los acontecimientos que vivieron la banda de Kelsier y Vin. El ferrocarril, los canales, la iluminación eléctrica y los rascacielos invaden la ciudad de Elendel. Los conocimientos sobre ciencia y tecnología han avanzado mucho y pese a que la modernidad impera en el reino, el poder de la magia de los metales que se contaban en las leyendas sobre «el superviviente» siguen vigentes y tienen un fuerte protagonismo. Uno de los hombres capaz de obtener el poder de los metales es Lord Waxilium Ladrian, un alomántico y feruquimista. Él es un vigilante en las tierras lejanas de los Áridos. Por una tragedia familiar, se ve obligado a viajar a la metrópolis de Elendel donde tendrá que conseguir localizar y poner fin a una banda de ladrones que se encargan de robar la mercancía de los trenes y de secuestrar a diversas mujeres. ¿Con qué motivo? Tendrás que leerlo.

Tras los sucesos contados en las tres entregas anteriores, con un mundo de cenizas al borde de la muerte y un grupo de personajes con los que me encariñé desde el principio, tocaba un cambio necesario. Una vuelta de tuerca con un aspecto renovado pero con la esencia de Brandon Sanderson en su modo de narrar. Si el final de la trilogía me pareció una historia que funcionaba más lenta y con necesarias referencias a los libros que la precedían, esta secuela recupera la independencia con una historia completamente nueva sin abandonar la mitología de lo ocurrido en el Impero Final.

Esta historia juega con elementos acordes a su nueva época como son los robos por parte de una banda de pistoleros fuera de la ley y la importancia que cobran las armas y su fabricación. Y como no podría ser de otra forma —a estas alturas no espero otra cosa de Brandon Sanderson—, sus personajes protagonistas; Waxilium y Wayne. Una nueva pareja que con mucho sentido del humor y unos poderes muy interesantes (burbujas de velocidad, ya los leerás y seguro también te molan) consiguen hacer que el relato, más corto que los tomos de la trilogía, funcione con mucho ritmo y del modo más entretenido posible.

A la historia, además, no le falta carga de dramatismo al comienzo de la novela con un suceso cruel sobre Waxilium, pero pronto empieza a entrar en acción su compañero de batalla, Wayne, y con sus peculiares manías y sentido del humor, la diversión está asegurada.

Si eres nuevo en el universo fantástico de Sanderson, no te preocupes. Lo primero, no dudes un segundo en hacerte con la trilogía de Nacidos de la bruma. Es un buen flipe, créeme. Lo segundo, no va a haber necesidad de que te lo aconseje; tú mismo correrás a la tienda a por la secuela que estoy reseñando. Si, por otra parte, decides adentrarte a partir de esta cuarta entrega, creo que no es mala opción porque la novela puede funcionar muy bien por sí sola. Pero sí es cierto que a veces es necesario conocer las raíces ya que hace ciertas referencias a ellas y bueno, puede que la lectura quede algo coja en ese aspecto. Además, el legendario sobre Kelsier, «el superviviente», es la leche. Y lo que les ocurrió a aquellos que decidieron seguirle, igual.

Si quieres saber cómo evolucionó el mundo que crearon y soñaron los nacidos de la bruma y cómo se comportan en una tierra próspera e industrializada, debes leer Nacidos de la bruma 4. Aleación de ley.

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Acuario, de David Vann

Acuario

AcuarioOs confieso que sufro una especie de extraña adicción por David Vann. Su narración, a medio camino entre lírica, oscura y violenta, es tremendamente hipnótica e incómoda, como si uno quisiera parar de leer pero no pudiera dejar de hacerlo. Algo así también sucede en su nueva novela, Acuario, donde abandona por primera vez los páramos salvajes e indomables de las islas de Sukkwan Island y Caribou Island, las montañas de Goat Mountain y el verano asfixiante de California en Tierra, y se adentra en la fría ciudad de Seattle. No se aleja demasiado, es verdad. Después de todo, David Vann sigue sonando a David Vann y su naturaleza, aunque encerrada en tanques de cristal, continúa presente entre sus páginas.

Bien es cierto que ahora, más que algo hostil y amenazante, el acuario al que alude el título es un refugio. Un rincón para soñar y a partir del cual tratar de comprender el mundo. Allí pasa las tardes Caitlin, una niña de 12 años que espera paciente a que su madre la recoja al salir de trabajar cada día, hasta que una tarde irrumpe en su vida un misterioso anciano, cuya presencia, a ratos algo inquietante, es el detonante que desfigura el mundo, o la rutina, que ella y su madre han creado a su alrededor.

Acuario, un poco como Sukkwan Island, sucede en dos tiempos. Una primera parte, íntimamente relacionada con el mundo de los peces, hermosa, casi poética, con hojas de estrellas, medusas y dragones marítimos, de los que se cuelgan, eso sí, las notas de una triste balada, cantada o narrada en primera persona por la propia Caitlin. Y una segunda donde el aire de Seattle se vicia y se vuelve denso, y la realidad se vuelve oscura y angustiosa.

Y es que no importa cuántas veces el escritor cambie de escenario, o la fuerza que este ejerza sobre sus personajes, sus historias siempre están protagonizadas por el lado más salvaje y primario del ser humano. Ese lado oculto de las cosas que no vemos. Es ahí donde resuena la voz del viejo Vann que, aunque no golpee con la misma intensidad que Sukkwan Island, eso es cierto -ninguna de sus obras posteriores lo hacen-, regresa a algunos de sus lugares más comunes: el sentimiento de ira, la culpa heredada o los vínculos de sangre. Pero también a su gran obsesión, la familia como elemento de hostilidad. Tampoco es tan raro, a fin de cuentas ahí es donde empieza y termina todo.

Traducida por Luis Murillo Fort, no se separa en esto del resto de sus obras y, por momentos, aunque con una trama en su recta final algo más forzada, adquiere cuotas de suspense, casi de terror, con giros inesperados, o vueltas de tuerca, allí donde la prosa se aprieta y se torna más violenta, que sumergen al lector en un ambiente inquietante y perturbador. Cierto es que a sus ingredientes tradicionales, añade algún que otro elemento nuevo. Indaga en conceptos como el amor incondicional o el perdón y proporciona algo más de luz al texto, a pesar de que, en el universo retorcido de este autor, la niebla sea siempre demasiado espesa.

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