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Pánico al amanecer, de Kenneth Cook

Pánico al amanecer

Pánico al amanecerUn tímido brillo de luz se intenta colar entre las ranuras de la persiana. Mi cabeza es un nido de agujas que se clavan en el cerebro. Puedo sentir las punzadas y los calambres que ocasionan. La resaca es monumental. Escucho la sintonía de una emisora de rock que procede desde el salón. ¿O puede que sea la cocina? La voz chulesca y rota del locutor da paso a la canción «Say Hello 2 Heaven» de Temple of the Dog. Por el sonido enlatado doy por supuesto que la radio suena desde los altavoces del ordenador portátil donde mi compañero de piso estará toqueteando y buscando noticias en Google. Me sorprende que radien esa canción y a esa inmensa banda de unos aún más inmensos músicos. A continuación vuelve a intervenir la rota voz del locutor de radio. Abro los ojos de par en par y me levanto como un resorte de la cama luchando contra el inmenso dolor que martillea en mi cabeza. Chris Cornell se ha ahorcado. Eso ha dicho el locutor. Y acto seguido mi cerebro muestra un recuerdo. Algo que leí la noche anterior justo antes de acostarme. La primera página con la que se abre un libro soberbio:

«Que sueñes con el diablo y sientas pánico al amanecer».

Un mal sueño y solo eso puede ser lo que esté sucediendo, me digo, pero no. Estoy despierto, roto; por el pánico, la resaca y la trágica noticia.

Sirva esta introducción en la reseña para dos cosas muy necesarias; una, rendir en este espacio de cultura que es Libros y Literatura el tributo que el músico Chris Cornell me merece y a quien considero la voz de toda una generación, y otra para meterme en el rol del etílico estado que padece el protagonista de esta sublime novela australiana, Pánico al amanecer, de Kenneth Cook.

Publicada en 1961, esta novela fue un éxito editorial en Australia y tuvo su adaptación al cine una década después. En España tuvimos que esperar hasta el año 2011 para obtener su edición traducida en nuestra lengua de la mano de Pedro Donoso en la editorial Seix Barral. Cuando me hice con ella leí las críticas impresas en la solapa de la sobrecubierta. Una de ellas pertenecía al músico Nick Cave. Todas coincidían en la misma idea general: La mejor y más aterradora historia que existe sobre Australia. ¿Soy de los que se deja embaucar por las opiniones ajenas, por muy famosos que sean o por mucho que aprecie a dichos famosos? En este caso, sí. Cierto es que a veces se da el caso de que cuando de un libro se escriben tantas citas favorables y quedan reflejadas en el libro, al final lo único que se buscaba era conseguir vender lo invendible. En este caso están justificadas.

La historia se desarrolla en un árido pueblo de Australia en pleno desierto. Es el comienzo de las vacaciones de verano. El único profesor de la escuela de ese pueblo se prepara para abandonar por fin ese lugar y pasar las próximas semanas en las idílicas playas de Sydney. En su pequeña maleta de viaje lleva su ropa, el cheque que le ha pagado la escuela por su trabajo y unos pocos libros. De camino a Sydney, John Grant, el joven profesor, deja la maleta en el hotel y se va a tomar una cerveza mientras espera a que salga el tren que le llevará a sus ansiadas vacaciones en las grandes ciudades. Algo le ocurre tras esa cerveza, una mala decisión que se convierte en el detonante para que en aquel polvoriento lugar se dirija al infierno de su propia destrucción. Lo que tenía que ser una estancia de paso se convierte en un pasar de noches de pesadilla que le harán sentir pánico cada mañana.

Es esta una novela de suspense psicológico que consiguió en mi primera lectura que experimentara el tórrido y polvoriento calor que padecía su protagonista, degustar el amargo sabor de la cerveza bajando por la garganta y sentir los labios resecos y las constantes migrañas tras la resaca que acompaña a las primeras luces del día. Todo gracias al discurso empleado por su autor, directo, sin alejarse en ningún momento de la trama y guiándome por las desventuras que padece John Grant.

Pánico al amanecer es dura, visceral, sincera y emocionante. Un aterrador retrato de la Australia desconocida, la de los desiertos, la del carácter de sus gentes autóctonas de pueblos casi inhóspitos donde pasarse el día bebiendo cerveza y apostando en el juego parece ser su único entretenimiento. Eso y aterrar a aquel que no sea capaz de seguir su ritmo.

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Las defensas, de Gabi Martínez

las defensas

las defensasHay vidas que dan para un libro, y es una lástima que sus protagonistas no suelan pedirle a un escritor que se lo escriban para que podamos conocerlas. Sin embargo, Domingo Escudero sí lo hizo. Un día de Sant Jordi, se acercó a Gabi Martínez y le ofreció su historia, la de un neurólogo que se había vuelto loco durante una etapa de su vida. Igual que hubiera sido apasionante para sí mismo tratar como médico su propia enfermedad, pues era un caso excepcional y ni siquiera se conocía todavía el tipo de trastorno estaba padeciendo, también lo fue para Gabi Martínez desde el punto de vista literario y aceptó el reto de novelarlo.

Así surgió Las defensas, una historia narrada en primera persona por Camilo Escobedo, un neurólogo que rememora su vida desde el psiquiátrico para dilucidar cómo ha acabado allí. A través de su relato, recorre no solo los últimos treinta años de su vida (su matrimonio y paternidad por inercia, su obsesión por la neurología y especialmente por las enfermedades autoinmunes, su acoso laboral…), sino también los acontecimientos que han marcado España, en general, y Cataluña, en particular, desde la Transición hasta hoy.

La deriva de Camilo Escobedo es extrema y, aun así, la mayoría de los lectores se verán reflejados en muchos de los episodios que protagoniza. La historia retratada en Las defensas cuestiona la forma de vivir de nuestra sociedad, en la que la presión del entorno determina cómo debemos ser y a qué debemos aspirar, tanto en el ámbito personal como en el laboral, aunque ello suponga altas cotas de estrés y de frustración que van mermando nuestra salud física y mental. Y, además, pone en el punto de mira el sistema sanitario desde varios frentes. Por un lado, denuncia el corporativismo y los abusos de poder. Y, por otro, aboga por un nuevo enfoque de las enfermedades neurológicas, que tenga en cuenta que es posible curarlas y que «se puede llegar a los sentimientos leyendo el lenguaje del cuerpo».

Pese a lo que pueda parecer, no es suficiente contar una historia real y contextualizarla en un entorno que todos conocemos para que sea verosímil. Por eso Gabi Martínez ha ficcionado los hechos para crear una novela creíble, sin aclarar cuánto de lo que relata ha sucedido de verdad y cuánto es fruto de su imaginación. Y es que, como dijo Juan Rulfo, la literatura es una mentira que dice la verdad. Las defensas en un buen ejemplo de ello: la ficción de Gabi Martínez no se ciñe a los hechos tal y como sucedieron, pero hace que el lector se tope con esa realidad que tiene ante sus ojos y que no siempre se atreve a enfrentar. Ni siquiera a su protagonista de carne y hueso le han importado esas licencias, pues la novela inspirada en su vida ha transmitido esa verdad que quería reflejar.

Hay vidas que dan para un libro, como la de Domingo Escudero, pero en manos de un escritor como Gabi Martínez, además se convierten en buena literatura; esa que nos hace ver más allá de una vivencia particular para descubrirnos a nosotros mismos.

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Derecho Natural, de Ignacio Martínez de Pisón

Derecho Natural

Derecho NaturalSi hay una nueva novela de Martínez de Pisón, ya me interesa. Así son las cosas, porque hoy por hoy es uno de los narradores a los que más me gusta leer. Es posible que la historia que cuenta guste más o menos, pero de lo que no hay duda es de la calidad de lo que vamos a leer.

Ya les adelanto que en general también las historias me gustan, me entretienen, y en muchos casos, como ha sido este, me han resultado mucho más interesante de lo que en un principio esperaba.

Es decir, si esperaba mucho, he obtenido más.

Con esta frase empieza el libro: “Mi padre no siempre se pareció a Demis Roussos”. Así de sencillo y así de fácil ha sido que este autor cree en mí esta necesidad de conocer más sobre lo que sigue a esas nueve palabras.

Derecho Natural ha recibido el Premio Nacional de Narrativa, y, sinceramente, no me extraña en absoluto; lo merece, y eso que yo no soy ni de premios ni de lisonjas, pero si alguna novela le ha salido redonda absolutamente, yo diría que es ésta.

Una historia que nos cuenta Ángel en primera persona, un relato familiar que llega al lector, porque es un buen retrato de la época de la que nos habla, la Barcelona de los años setenta y el Madrid de los Ochenta. Lugares que pueden ser representativos de lo que ocurrió en casi todas las capitales de provincia de este país. En definitiva, una España reconocible por todos nosotros.

Pero en Martínez de Pisón siempre hay algo más, ese algo más son sus personajes, tan ciertos y honestos que el lector se los cree, yo me los creo; no los hay carentes de personalidad ni desdibujados, todos están en su papel, todos forman parte de la historia que transmite, de la historia que forma parte de la Historia para que todo encaje.

Yo estudié unos años Derecho, aprobé, y no con mala nota, Derecho Natural, era una asignatura que me gustaba, no era fácil pero sí interesante. Hoy ya no se llama así, pero el Derecho Natural como la Filosofía del Derecho son asignaturas como hechas para mí, porque de no haber iniciado esa carrera seguro que me hubiese gustado hacer Filosofía, esa que dicen que ya no sirve para nada pero que todos los estudiantes de medicina, biotecnologías y diversas ramas de la ciencia buscan para organizar su propia mente y su propia alma.

Pero estábamos hablando de Derecho Natural, del Derecho Natural que nos trae Martínez de Pisón, de esas historias familiares que son al mismo tiempo historias para mostrarnos la España de un tiempo concreto, además del comportamiento humano en las situaciones normales o anormales de la vida.

A mí, esta forma de relatar del autor, me recuerda a los grandes autores de aquellas sagas familiares rusas que todos tenemos en la mente, pero también se me dibujan en su escritura hombres como Pio Baroja o Sender y en ello coincido plenamente con el crítico y también autor, Antón Castro, aunque para mí, también anda presente por sus palabras mi querido Delibes, y es por ello que para algunos es un autor catalogado como clásico, incluso hay quien opina que es un autor que no arriesga.

En mi humilde opinión les diré que Pisón consigue sus objetivos sobradamente. Su forma de escribir crea lectores, fusiona cercanía y calidad, y en esta ocasión nos lleva a una transición en la que veremos ese tiempo del nacimiento de la democracia desde su parte más humana, la transformación de las personas, que al final es lo que lleva a los cambios sociales.

Cambio físicos y mentales que nos irán mostrando cada uno de los personajes sin que apenas nos demos cuenta de lo que están describiendo; la vida en tránsito, la mujer en tránsito, la sociedad en tránsito, la familia en tránsito, y cada uno de los personajes reinventándose como buenamente puede.

Cuando estas cosas se cuentan en primera persona suelen atar al autor a un ritmo dado, pero Pisón sabe moverse por el tiempo y el espacio sin que el lector aprecie el efecto, haciendo fácil lo que para otros autores es imposible, de hecho en algunos suena tan poco natural que puede parecer moderno o arriesgado, cuando lo que realmente hay es falta de pericia literaria.

Una historia que me ha conmovido, divertido, entretenido, me ha hecho recordar el gusto por leer sin que haya una traducción de por medio, me ha hecho reflexionar sobre el buen trabajo que desarrollan estos autores que dejan por escrito las huellas de nuestro pasado, pero poniendo al ser humano en primer plano, hablando de aquellas cosas que parece imposible poder pasar del plano particular al general… Y eso es lo que pasa con el Derecho Natural, con ese derecho no escrito, el que brota de nuestra propia especie, de nuestra básica condición humana.

Como ven, en esta ocasión no me ando por las ramas y les digo que lean a Martínez Pisón e intenten descubrir si hay algo más allá de las palabras, pero si no quieren ustedes hacer ese trabajo lector, léanlo y sencillamente disfruten.

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George Orwell fue amigo mío

George Orwell fue amigo mío

George Orwell fue amigo míoConocía dos formas de quedarse solo. La primera es ver cómo aquellos que te importan se van alejando a través de un desplazamiento físico o emocional. La segunda es ver cómo aquellos que se marcharon vuelven sin ser los mismos. El cambio queda patente y las presentaciones se vuelven necesarias. De un modo u otro, uno sufre una pérdida y la consecuente amalgama de soledad y reinvención. Sin embargo, tras leer a Adam Johnson he aprendido seis nuevas formas de pedir comida a domicilio para una persona. Y es que sus seis relatos aquí reunidos, que le valieron el National Book Award de 2015, no sólo demuestran las infinitas posibilidades de estar ajenos a otro humano. También constatan el talento del escritor norteamericano y su capacidad para desenvolverse en cualquier tipo de situaciones. Podemos hablar de tecnología avanzada, de huracanes devastadores, de Corea del Norte y de promesas que nadie nunca debería obligarnos a hacer. Pero sobre todo, podemos hablar de hombres solos y de mujeres ausentes.

Desde ya quiero dejar claro que estamos ante el mejor libro de relatos que he leído desde aquel maravilloso Diez de diciembre de George Saunders. Y quizás ambos comparten unos rasgos muy distintivos. La capacidad de usar el humor y los futuros cercanos para hablar de la miseria del hombre de nuestro tiempo me hacen englobarlos en un mismo conjunto. Sin embargo, he de decir que Johnson tiende un poco más que Saunders a la hermosa introspección a la que uno se abandona cuando el exterior se vuelve implacable. Nirvana, el cuento que abre la colección, brilla justo por eso. En dicho relato un hombre, cuya mujer paralítica no deja de escuchar al grupo de Kurt Cobain, crea un holograma del presidente de los Estados Unidos -asesinado recientemente- para poder enfrentarse a las vicisitudes de su vida conyugal. Este diálogo con el dirigente apenas puede considerarse como un verdadero intercambio de impresiones, pero permite la salida de aquello que el protagonista es incapaz de verbalizar. Y esto es sólo el comienzo. Los otros cinco cuentos restantes no se quedan atrás. En Datos curiosos, la mujer del propio escritor narra sus impresiones tras haberle sido diagnosticado cáncer de mamas. Pero lejos se volverse melodramático o quedarse estancado en lugares comunes, el relato vira hacia una dirección en la que incluso uno se permite el lujo de la risa y la venganza. Es aquí donde tuve que rendirme ante Johnson ya que no sólo el cuento funciona por lo que cuenta, sino porque el relato contiene una cámara secreta de carácter metaficcional que no pude más que elogiar y maldecir a partes iguales. Johnson no se permite flaquear en ninguno de los ejercicios de estilo que nos regala y nos lleva a lugares muy diferentes en cada nueva historia. Si en La sonrisa de la fortuna nos devuelve a la Corea que le valió el Pulitzer, en George Orwell fue amigo mío nos invita a visitar una Alemania reunificada que no olvida el pasado, pero que tampoco lo recuerda bien del todo. Quizás estos dos relatos son los que más tienen en común, ya que ambos ahondan en los abusos cometidos por sistemas totalitarios dejando que el individuo se convierte en un engranaje más de la maquinaria del estado.

Escribir una novela y escribir un relato son dos actos diametralmente opuestos. En ambos casos uno juega a que lo quieran y, en ambos casos, el tiempo juega en nuestra contra. Y es que tan difícil es decir te quiero tras veinte años de matrimonio que tras la primera cita. Uno es escéptico. Uno cree haberlo visto todo y las palabras a veces no llegan o a veces llegan demasiado tarde. Johnson ya había demostrado con creces con El huérfano su talento para las distancias largas. Pero desarrollar en poco más de cincuenta páginas un mundo completamente ajeno al tuyo y en el que se van desgranando cada código y cada conducta hasta que uno acaba ligado para siempre al relato es inaudito. Es mágico y es absolutamente aterrador. En estos términos se manifiesta Pradera oscura, el único relato del que no diré nada. Porque todo lo que llega con él es poético y monstruoso. Nos arrastra desde el rechazo hasta la empatía y nos acaba conmoviendo sin obligarnos a renunciar al miedo. Y todo en la primera cita.

Junto con la soledad siempre hay espacio para la esperanza. Y no sería justo con Adam Johnson si no dijese en esta reseña que en sus textos también nos enseña a mirar con indulgencia el tiempo presente. En sus relatos deja una ventana abierta para que las segundas oportunidades lleguen también a la vida de sus personajes. Y, por ende, a la vida del lector. Aunque estas segundas oportunidades vengan disfrazadas de las formas más inverosímiles posibles. Léase un algoritmo que combina videos y textos colgados en la red para crear una especie de confesor. Léase una eyaculación sobre un jardín de rosas.

George Orwell fue amigo mío se ha convertido en uno de mis libros de 2017 y estoy seguro de que dará que hablar en los meses venideros cuando allá por diciembre estemos hablando de las mejores lecturas del año. Pero que esta predicción no te lleve a error alguno, esta colección de relatos tiene peso suficiente como para no quedarse encorsetada en un tiempo concreto, porque sentirse solo no es una moda pasajera.

 

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Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante

tres tristes tigres

tres tristes tigresLo único que sabía de Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante, es que aparecía en más de una lista de libros imprescindibles. Y yo, que siempre tengo curiosidad por descubrir qué tendrán esos libros para merecer tan alto reconocimiento, he aprovechado la edición conmemorativa por su cincuenta aniversario que le ha dedicado Seix Barral para descubrirlo.

Lo primero que destaca de esta obra es la fijación que tuvo el Ministerio de Información y Turismo español por censurarla, allá en los años sesenta, y cuyos respectivos expedientes se recogen en esta edición. «Obsceno», «moralmente objetable» y «políticamente condenable» son algunas de las razones alegadas y por las que se postergó su publicación hasta 1967, tres años después de haber ganado el Premio Biblioteca Breve. Reconozco que tiene varias escenas sexuales que pudieron escandalizar a algunos en la España de aquellos tiempos, aunque en la actualidad no causarán ni sonrojo; también que hay afirmaciones moralmente criticables, incluso hoy en día delictivas, pero que acepto como opiniones de los personajes y no del autor (espero); pero lo que apenas he percibido es ese ensalzamiento de determinadas ideas políticas, pues sus alusiones a Trotsky, Batista o Fidel Castro son, a mis ojos, anecdóticas.

Lo segundo más llamativo de este libro es que Cabrera Infante escribió lo que le dio la gana. Literalmente. Porque si me preguntáis de qué va Tres tristes tigres, no sé qué decir. Quizá, que de Cuba, porque Cuba lo impregna todo; y también de la noche, del sexo, de la desinhibición, de la muerte y del humor. Y de pasión, porque hay muchísima pasión; por las mujeres, por la música, por el cine, por la lengua, por la literatura. Recoge relatos al uso, reflexiones, duelos dialécticos, juegos de palabras, trabalenguas, dibujos, escritos al revés, páginas en negro o en blanco. En definitiva, un cúmulo de textos dispares, en el que todo tiene cabida si sirve como medio de expresión.

Lo tercero que sorprende de Cabrera Infante y su Tres tristes tigres es el uso que hace de la lengua. Desde la primera página se salta las normas de la gramática y la ortografía, las acribilla sin miramiento, captando la esencia de las diferentes jergas habaneras (saveis de ke os avlo, no?), para más tarde pasar a un discurso con el vocabulario más cultivado, saltando de un registro a otro como si nada. Este arriesgado ejercicio está al alcance de muy pocos, solo de aquellos que dominan el lenguaje a la perfección, como es el caso de Cabrera Infante, que juega probando sus límites, coqueteando con el inglés, mezclándolo con el español, creando «palabras a-fines» para sus «ideas sinfines».

Que Tres tristes tigres sea tan moderna hasta para los tiempos que corren, fuera de cualquier encorsetamiento artístico, y, pese a ello, tan reconocida, me asombra gratamente. No busca la perfección, sino que disfruta de la imperfección, muchas veces más expresiva. Una obra atípica que nos demuestra que con «dos palabras y cuatro letras» se pueden crear «un himno y un chiste y una canción» y esa es, a fin de cuentas, la grandeza del lenguaje y de los escritores. Personalmente, no considero que Tres tristes tigres sea una lectura imprescindible para cualquier lector, pero sin ninguna duda me parece que es una obra indispensable para la historia de la literatura.

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Prólogo para una guerra, de Iván Repila

Prólogo para una guerra

Prólogo para una guerraMe enfrento a Iván Repila por primera vez con este Prólogo para una guerra, recién publicado por Seix Barral. Me cuenta todo el mundo lo maravillosa que era su novela anterior, y la propia editorial está tan ansiosa de comunicármelo que me lo dicen en la faja, en las dos solapas, en la cuarta de cubierta de este volumen en rojo y blanco. Mal empezamos. Bastantes más palabras para definir lo bueno que ha sido Repila que lo bueno que es Prólogo para una guerra.
Y sin embargo es buenísimo, o al menos es lo que pienso cuando voy tragándome las primeras páginas a buen ritmo. Se lo digo a mis amigos, se lo cuento a mi novia, estoy a punto incluso de comprar otro par de ejemplares de la novela para irlos regalando por la calle.
Una de las cosas que más destacan de Iván Repila (aquí, al menos) es que hace que lo más difícil parezca facilísimo. Porque mantiene un discurso de alta calidad literaria sin perder la legibilidad; llena el texto de frases decisivas sin vaciarlo de sentido, todo resulta coherente en una puesta en escena que dispone sobre el tablero las piezas justas. Por un lado esboza un decorado casi de ciencia ficción: un futuro próximo en el que las ciudades han ganado la batalla del espacio, en las que la arquitectura alcanza su esplendor como vertebradora del desarrollo del Hombre y no solamente del que corresponde a los espacios que habita. Algo que provoca tensiones, fricciones con sus pobladores, represión y enfrentamientos, aunque se cuida Repila de convertir el texto en un desfile de clichés sobre el asunto.
Por otro lado, en medio, sitúa a los protagonistas. Los dos principales: Emil y el Mudo, un arquitecto de éxito embarcado en su gran proyecto, la construcción de un barrio entero, frente a un desplazado de la sociedad que se propone vivir ensimismado y sin pronunciar palabra después de haber experimentado un dolor extremo en su vida cuyas circunstancias concretas nunca termina de explicar Repila; Prólogo para una guerra es una novela de sobreentendidos, metafórica, alegórica, en la que se sugiere más que se dice y se intuye más que se aprehende. Entre ellos, Oona, tangible pero a la vez inasible, mítica para el Mudo, arena que se escapa por la palma de la mano abierta de Emil. También están Hache, la prosaica compañera del Mudo, y el perro de este, uno de los mejores personajes animales que he encontrado nunca en un puñado de páginas. El resto no dejan de ser anónimos sin nombre.
Conforme pasan las páginas me entra un ligero cansancio. Nunca me parece que la novela termine de aterrizar, una parte de mi yo lector desea, exige, algunas explicaciones. Y no las encuentra. Hay un desarrollo narrativo, los personajes evolucionan, y de qué manera, los hechos se suceden de tal forma que no podría decir que Repila pasa el rato comiéndonos la cabeza. Simplemente no se puede dejar la cafetera puesta mientras se lee Prólogo para una guerra, ni hay que cogerlo un día en el metro, otro en la consulta del dentista y el último en la más recóndita soledad. Es un libro que exige, de un autor que propone, y me temo que necesita un lector que ponga bastante de su parte.
Pierdo un tanto el entusiasmo inicial, pospongo la compra de los ejemplares extra y llego a las últimas páginas más tarde de lo que había previsto. Y aunque el cierre es deslumbrante, no termino de encajar bien el conjunto.
Aun así, me parece que Prólogo para una guerra es un texto excelente. Aborda con hondura temas capitales en la actualidad: la desobediencia civil, la intimidad en un mundo conectado, los límites al desarrollo y la consciencia individual de las decisiones colectivas. Me parece también que Iván Repila es magnífico escena a escena, algunas de ellas se me han quedado grabadas y permanecerán tiempo en mi disco duro.
Pero resulta necesario advertir de la difícil digestión de esta novela. Permanece siempre un paso por delante del lector, no baja del plano metafórico general más que en un par de escenas concretas, no da nunca tregua en la impresión de que Repila quiere conjugar el verbo insinuar por encima de cualquier otro.
Como la cuerda sobre la que hace sus equilibrios el funambulista, Prólogo para una guerra necesita esa tensión, pero también puede romperse por ella.

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El camino del perro, de Sam Savage

El camino del perro

El camino del perroDesde hace años tengo por costumbre leer acompañado de un bolígrafo de tinta negra y de una pequeña libreta de hojas cuadriculadas. Años atrás solía subrayar en los libros las frases que me gustaban y anotaba en los márgenes algunas opiniones que me transmitía lo que había leído, pero pronto comprendí que eso era una auténtica guarrada. Desde entonces siempre intento tener cerca mi libreta, para que todo aquello que me impacta de una nueva lectura no se me escape. Digo esto porque El camino del perro ha sido el primer libro en mucho tiempo que me ha obligado a abandonar este ritual. Y es que, cada vez que me gustaba una idea abría el cuaderno, pero no sabía cómo recogerla. Y algo parecido me ocurría al leer antes de acostarme, dado que a la mañana siguiente intentaba hacer memoria sobre lo que había leído la noche anterior pero no era capaz de explicarlo. Sólo sabía que esa novela no era como las demás. Y ese es uno de los aspectos que más valoro en mis lecturas.

Lo nuevo de Sam Savage es, a grandes rasgos, el largo monólogo interior de un antiguo pintor y mecenas de escaso éxito, en lo que parecen los últimos días de su vida. A través de Harold Nivenson, el protagonista, Savage lanza reflexiones ácidas y feroces sobre todo tipo de cuestiones, desde los traumas de la infancia a la industria del arte, aunque centra su crítica en el consumismo, la religión mayoritaria en este siglo XXI. Nivenson, quien parece iluminado por la cercanía de su último respiro, suelta pensamientos amargos a borbotones y construye un desprecio admirable contra la sociedad buenista, hipócrita y pequeñoburguesa que le rodea y de la que él no se siente parte activa. Sólo parece mostrar algo de cariño por dos seres ya fallecidos: Roy, su perro, y Peter Meininger, un pintor alemán con el que mantuvo una compleja relación de admiración y envidia durante sus años de mecenazgo.

Savage publica este trabajo a los 75 años. Toda una vida a sus espaldas, dedicada a profesiones tan diversas e inconexas como la de mecánico de bicicletas, profesor de filosofía o pescador de cangrejos. Hasta 2005 no publicó su primera novela y fue en 2007 cuando alcanzó un notable reconocimiento con Firmin, la historia de una rata nacida en el sótano de una librería que se alimenta, intelectual y digestivamente, de los libros que va encontrando.

Su sexta novela, la primera que he leído del autor, es un libro al que cuesta hacerse, lo confieso. De hecho, si me hubiesen preguntado mi opinión sobre ella cuando sólo había leído veinte páginas, creo que ni el propio Savage me hubiese sacado una respuesta agradable. Es lógico, ya que este libro nos obliga a cambiar el chip a todos los que estamos acostumbrados a leer tramas más o menos convencionales. Sin embargo, la reflexión cruda y descarnada que nos ofrece Savage en las 150 páginas que ocupa este libro llega a crear empatía ya que, pese a que Nivenson parece despreciar todo lo que le rodea, su crítica a lo terrenal se conjuga con una solemne admiración hacia lo artístico e intangible.

Si eres de esas personas que tienen una taza de Mr. Wonderful y tu descripción en Twitter reza algo así como “enamorado de la vida”, “carpe diem”, o “ciudadano de un lugar llamado mundo” te invito a que te alejes de este ensayo todo lo que puedas. El camino del Perro es café para muy cafeteros; un libro breve pero lo suficientemente intenso como para dejar un poso amargo y duradero en el lector, al que invita a reflexionar sobre lo absurdo e hipócrita del mundo en el que nos ha tocado vivir.

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Últimas tardes con Teresa, de Juan Marsé

Últimas tardes con TeresaTener veinte años, un coche y un verano por delante. Eso es todo lo que se necesita para enamorarse hasta las trancas y poner el corazón en lo que mejor saben hacer los muy jóvenes, sobre todo en verano: soñar. Estamos ante una reedición de la ya clásica novela de Juan Marsé Últimas tardes con Teresa, una de las más importantes de la segunda mitad del siglo XX en España, y a la obra pura y dura se añaden prólogos de Pere Gimferrer, Manuel Vázquez Montalbán y el propio Marsé, además de un apéndice con copias facsímiles de documentos y cartas que atestiguan la pugna con la censura del año 1966 y las justificaciones que debió hacer el autor. Estos aditamentos, si bien son bienvenidos y se leen con agrado, en realidad no son necesarios, porque una obra magna, como es ésta, no necesita de adornos ni de añadidos.

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Razones para seguir viviendo, de Matt Haig

Razones para seguir viviendo

Razones para seguir viviendoUno nunca sabe qué va a encontrarse en lo que decide leer. Hay un libro imaginado y un libro real, y a veces de ese choque de expectativas surgen la mejores historias de tu vida. Otras veces, el mayor tiempo perdido. Cuando decidí hincarle el diente a lo nuevo de Matt Haig no sabía muy bien de qué iba. Trataba sobre la depresión. Y era una experiencia personal narrada por el propio autor. A partir de ahí, dragones. Pura ignorancia. Me daba vergüenza encontrar un libro de autoayuda, quiera eso lo que quiera que signifique. Y me daba miedo que se trivializara el asunto a través de una sucesión de consejos y decálogos para hacerte sentir mejor. Quería que fuese algo que conectara conmigo, algo que me sirviera mí y a otros para entender lo que sucede dentro de una cabeza que va a mil por horas. Digamos que este era mi libro imaginado. El libro real fue una serie de sorpresas. Una mezcla rara y válida de aquello que quería encontrar y de aquello que temía encontrar. Alguien dijo eso de quien busca la verdad corre el riesgo de encontrarla. Y ahí estaba, expuesta en una sucesión de páginas que hablaban de ansiedad, suicidio y pérdida del yo, pero también de esperanza, fuerza de voluntad y segundas oportunidades. Razones para seguir viviendo no pueda tomarse como un manual, pero sin duda funciona como un testimonio totalmente necesario sobre la necesidad de entender la enfermedad invisible que vive dentro de nuestras cabezas. Sigue leyendo Razones para seguir viviendo, de Matt Haig

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La tierra que pisamos, de Jesús Carrasco

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Cuenta la leyenda que, el ser humano, tiende en momentos de su vida a la autodestrucción. Que la violencia forma parte ineludible de aquellos que nos gobiernan, o de nosotros mismos, poco importa la agencia del acto, sólo la consecuencia. Y así vivir se convierte, de la noche a la mañana, en una batalla, una guerra, imaginada o no, donde la supervivencia, o el simple acto de ver un día más, es una especie de ganancia entre tanta pérdida. Algo así debe suceder cuando uno escribe. Leí, hace no mucho, que la escritura es un acto de autolesión, un acercamiento al Thanatos, un impulso hacia una muerte que se considera una muestra de valentía por algunos, una prueba de estupidez para otros. Me imagino siempre que puedo a los escritores encerrados en un habitáculo, cerrándose al ruido, y combatiendo los fantasmas que anidan sus cabezas, sus cuerpos, aquello que se guarda en el esternón. Y me imagino a Jesús Carrasco a solas, dilucidando, pensando en cómo la violencia nos ha hecho lo que somos, o ha creado tantas pesadillas que un simple acto, una variación en nuestra realidad, un pequeño detalle, consigue cambiarlo todo por dentro y por fuera. La tierra que pisamos ejerce un punto de presión en ese intervalo de distancia entre el terreno llano y el precipicio, y nos anima a sumergirnos en una guerra que bien podría ser la de la humanidad porque, al fin y al cabo, de lo que aquí hablaremos es de ser libres dentro de nuestras propias cadenas.

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La tierra que pisamos, de Jesús Carrasco

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título: La tierra que pisamos
Autor: Jesús Carrasco
Editorial: Seix barral
Páginas: 272
ISBN: 9788432227332

Leí Intemperie en su día, despacio, como la historia merecía, y pensé que Jesús Carrasco había extraído todo lo que se le puede pedir a la tierra en una novela, la tierra en referencia con el terruño, ya saben, esa en la que nacemos y cuyo polvo se incrusta poco a poco en nuestra alma y pasa, para bien o para mal, a formar parte de nosotros mismos.

Luego está “La tierra que pisamos”, aquella con la que nos vamos fundiendo por el camino de la vida, y a esa es a la que ahora nos lleva en esta durísima historia.

Una ucronía, como se la ha denominado, o novela histórica de ficción que pudo ser real, nadie nunca sabrá si la historia es como se cuenta o como se cree que fue, en realidad ¿quien cuenta algo con absoluto realismo y objetividad? No ya la respuesta sería absolutamente negativa respecto de la novela histórica, sino que no es real ni en los libros históricos documentados… Ir más allá sería invadir el terreno de la filosofía, complicarme la vida y meterme en terreno resbaladizo 😉 Sigue leyendo La tierra que pisamos, de Jesús Carrasco

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Cero K, de Don DeLillo

Cero K

Cero K

Don DeLillo ha vuelto de entre los muertos. Ha tardado seis años desde aquel Punto Omega en darle forma a una novela de trescientas páginas en la que explora los límites de la vida y del lenguaje, la desconstrucción de la familia a través de la memoria y la incapacidad para afrontar las pérdidas. Todo esto ubicado en un espacio que no tiene nombre y cuya arquitectura remite directamente a una ecología de lo artificial y lo aséptico. Seis años para esto. ¿Ha merecido la pena la espera? Sólo puedo responder con un sí irrevocable. Estamos ante una de las apuestas seguras de todos esos rankings que enumeran lo mejor del año. Cero K es un caballo ganador –o cuanto menos finalista-. Pero todo eso ya se sabía desde las dos primeras palabras de esta reseña.

El planteamiento de la novela roza la más pura ciencia ficción especulativa. Ross y Jeffrey Lockhart, padre e hijo, acompañan en sus últimos momentos a la segunda esposa del padre cuya vida va a verse interrumpida a través de un proceso de criogenización. Dicho experimento será llevado a cabo por una organización llamada Convergencia y cuya exclusividad y anonimato hacen que sólo esté al alcance de unos pocos. La idea de partida se va tergiversando poco a poco debido a la espera que sufren los personajes antes de que el proceso en cuestión se lleve a cabo. Momento que DeLillo aprovecha para sacarse de la manga un conjunto de personajes que fuerzan al lector a poner en duda el arte de la memoria y la idea de muerte como fin último.

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