
No puedo imaginarlo. No puedo saber qué se siente. Debe de ser una tragedia. Una grandísima tragedia. ¿Qué es un héroe sin sus poderes? ¿Un humano más (o un alienígena más en el caso de Supes)? ¿O el heroísmo es algo más que una suma de habilidades por encima de lo normal, algo más profundo e inherente a la persona? Sea como sea la filosofía al respecto, siempre es una putada tener algo tuyo y perderlo. Ahí, en el recuerdo de lo perdido, es cuando más se valora eso que antes dabas por supuesto que era tuyo para siempre porque siempre había sido así y siempre seguiría siéndolo y que ya casi ni notabas que estaba contigo. Poder volar, ser más rápido que el rayo, materializar a placer tu voluntad, gozar de una fuerza asombrosa, poseer visión calorífica…
¿Y si un buen día estos dioses modernos se quedaran huérfanos de poderes? ¿Qué harían? ¿Cómo lo afrontarían? Está claro que a Batman no le afectaría. Ni a muchos otros como Green Arrow, Nightwing, La Cazadora, Canario Negro… Pero, y los que sí… Superman, Wonder Woman, Flash, Aquaman, Green Lantern, Detective Marciano (este atrapado en su forma alienígena), Shazam,… ¿cómo van a afrontar esta nueva etapa? ¿Seguirán con una vida civil o intentarán seguir realizando gestas con ayuda de una tecnología que supla, sin llegar nunca al nivel anterior, la pérdida de sus habilidades?
Esto es lo que propone JLA Acto divino. Un cómic enmarcado en el sello “Otros mundos”, caracterizado este por hacerse las típicas preguntas “¿Y si…?”, colocar personajes en mundos alternativos o en otras épocas con conocimiento o sin él de la época de la que proceden.
Publicado en 2001, este cómic arrastra ese clima sombrío que inauguró Frank Miller por el 86 en donde afirmaba que “los guionistas les hacen la vida demasiado fácil a sus personajes; les resulta muy fácil ser virtuosos”. Y no le faltaba razón. Desde entonces pudimos mejores historias: la muerte de Superman, a Bane rompiendo la espalda de Batman, a Aquaman sufriendo la amputación de su mano, a Daredevil pasándolas muy pero que muy putas gracias a Kingpin en el IM-PRES-CIN-DI-BLE Born Again (en el mismo 86 y de la mano del propio Miller),…
Así que cómo no probar una putadita a escala global deceíta. Los resultados son muy gratificantes (no es que sea masoquista y me guste ver a los buenos pasarlo (tan) mal) como lectura. Unos se refugiarán en la bebida, otros en la religión y algunos en la compasión más lastimera. Ver a Superman (con lo poco fan que soy del boy scout) en el estado en el que queda, da pena, penita, pena.
Otros intentarán surgir de sus cenizas y dejarse adoctrinar por alguien, Batman, que ha sido un héroe por sí mismo desde siempre. Y habrá también quienes lo acepten e incluso sientan que se han quitado un peso de encima.
Al mismo tiempo se lleva a cabo una investigación para descubrir por qué motivo ha sucedido todo esto. ¿Es algo que han tramado los villanos o por el contrario es eso que dice el título, un acto de Dios?
Globalmente el cómic es bueno. El dibujo cumple con creces y la historia gusta y convence. Está bien elaborada y cuenta lo justo. Sin embargo, no acaba de ser esa obra brillante por culpa del papel que juegan los villanos. No el líder de estos, ese sí, sino los villanos (particularmente uno que siempre tiene un papel estelar y es de los de primera fila) que actúan como subcontratados de ese líder.
En fin. Un mundo alternativo que se lee con placer y que lanza el interrogante de qué es lo que realmente hace falta para ser un héroe. Una lectura muy reveladora de superación personal y de aprendizaje que nos descubre el carácter oculto de algunos de los personajes más conocidos de DC en sus horas más oscuras. Una sorprendente revelación con momentos agridulces. Una excelente lectura.

Bueno… Pues parece que ahora sí que sí. Este es el fin, amigos. La, como dice la contra, “épica conclusión” de una etapa fantástica orquestada por 
Hará cuestión de un mes que se estrenó el tráiler de The Defenders. La nueva serie de Marvel reunirá a Daredevil, 
La verdad es que tiene que ser un rollo cuando eres pequeño y cada dos por tres te estás mudando y cambiando de colegio y amigos. A pesar de haber vivido unas cuantas mudanzas, tuve la suerte de que mi familia se instalara en Cáceres definitivamente cuando yo tenía tres años, así que toda mi vida escolar la he vivido aquí. Mis hermanos, mayores que yo todos, no tuvieron la misma suerte y en más de una ocasión, debido al trabajo de mi padre, tuvieron que cambiar de ciudad y, por ello, dejar atrás sus coles y sus amigos.


Fin.
Si tienes hijos o sobrinos seguramente estarás hasta el moño de ver los dibujitos animados que ponen en las nuevas cadenas infantiles. Dibujitos, en su mayoría, que pasan de demasiado infantiles a estridentes y raritos. Bob Esponja fue el comienzo de dibujitos psicodélicos. Ahora hay unos cuantos que he de decir que me han sorprendido gratamente. Se llaman Gumball o algo así, y fue junto a otras series tipo Sanjai y Craig, los canallas dibujos de un chaval y su mascota serpiente, los que más me han llamado la atención. Quizá por su irreverente carácter rebelde. Si puedes, ponte un capítulo que trataba sobre los personajes extra en la serie de Gumball, de lo mejorcito que he visto desde los antiguos Simpson, los buenos, los que molaban. Bueno, a lo que iba, desde que tengo sobrino veo muchos dibujitos nuevos en la tele. Y también leo algunas cosas más infantiles. Cosas tan tronchantes y divertidas como Teen Titans Go! 1, la nueva serie de cómics relacionada con los Jóvenes Titanes del Universo DC. También tiene su versión televisiva y mantiene el mismo estilo.
¡Scooby-Doo! ¿Dónde estás? Sí, así comenzaban los capítulos de los dibujos animados. Así que rescataré siempre este grito de guerra de Shaggy hacia su perruno compañero Scooby para reseñar la serie de cómics. Si se trata de rescatar detalles del programa de televisión ya lo hizo Sheldon Cooper de The Big Bang Theory y fan incondicional de Scooby en una divertidísima escena en la que, escondido en el asiento trasero del coche de Leonard le sorprende mientras este cantaba una canción de los Black Eyed Peas. En esa escena Sheldon, obligado a tomarse unas vacaciones, se niega a quedarse en casa y quiere asistir de incógnito a la universidad. Surge entre ellos un tronchante diálogo en el que se hace alusión a la serie Scooby-Doo. «Si alguien pregunta algo, di que llevas trampas para langostas», dice Sheldon escondido bajo una manta. «¿Trampas para langostas?» responde Leonard. «Sí. Así es como Vilma y Scooby escondieron a Shaggy en el viejo faro».
Durante los años 90 siempre andaba enfrascado leyendo con fervor a la Patrulla X. Tipos muy serios con 
Ante la publicación de un nuevo libro siempre actúo de dos formas. En la primera entra en juego mi mente más analítica. Así que indago un poco a la hora de embarcarme en esa nueva lectura, pues en ocasiones la sinopsis de la obra me suscita más dudas de las que me resuelve. También hurgo por ese cajón de sastre que es internet en busca de la biografía del autor. Las experiencias que éste ha vivido me pueden dar pistas sobre cómo habrá moldeado sus narraciones; o eso creo. Hay que tener en cuenta, además, la variable de la imaginación desmesurada de la que éste pueda gozar y que solo podrá confirmarse leyendo alguno de sus libros. El pez que se muerde la cola; una paradoja. El siguiente paso es, y siempre que el autor a investigar haya escrito más de un libro, encontrar similitudes de género entre sus obras, hallar esa suerte de dejà vu literario mientras aguardo a que, inesperadamente, el gusanillo de la curiosidad me pique; el estímulo definitivo para abordar cualquier lectura.
En la 
De pequeño tuve mucha suerte con mis abuelos: entre los cuatro sumaban tres pueblos de procedencia, por lo que mis veranos nunca fueron aburridos. Mi abuelo materno, de hecho, no nació ni siquiera en un pueblo; las calles que le vieron crecer fueron las de una pequeña aldea que aun hoy ha conseguido mantener su esencia. Desde pequeños, cuando íbamos a la aldea, sus nietos sabíamos que allí las reglas no eran las mismas que en la ciudad: no había televisión, ni Internet, ni móviles —en aquellos tiempos era por imposibilidad de acceso, hoy por resistencia poética—. Pero lo que sí que había (y era algo que nos encantaba) era un sentimiento de cercanía con prácticamente todos los vecinos, que hacía que nadie cerrase la puerta con llave salvo cuando regresaba a la urbe y que generaba que tu interés por la vida del resto de los veraneantes fuese mil veces más real que el que sentías por aquellos a los que veías a diario en tu barrio.