
Antes de ir a la presentación que hizo Jesús Cañadas este octubre en Barcelona yo ya había leído Pronto será de noche (para mí siempre será “el libro del toro en la portada”) y, en realidad, fue por eso por lo que acabé yendo a la librería Gigamesh, pese a que aquel día se estuviera cayendo el cielo a trocitos sobre Barcelona.
Tenía buen recuerdo de la novela anterior, de esos recuerdos que son emociones (emociones chungas porque es un libro de terror) y, en el momento de llegar a la presentación de Las tres muertes de Fermín Salvochea, solo tenía una idea sobre el autor: me gustaba cómo escribía. Su estilo. Así se lo dije al mismo Cañadas, pero el tío me soltó: “pues esta no tiene nada que ver”. Y cuánta razón tenía.
No he leído la primera novela de Cañadas (en realidad, la segunda pero la primera dice que ni se nos ocurra cogerla, que se muere de la vergüenza), pero con las dos últimas ya me ha quedado claro que este es un autor que no va a escribir dos veces lo mismo ni de la misma manera. Si el estilo de Pronto será de noche (la del toro, vamos) era seco, opresivo, crudo, el de Las tres muertes de Fermín Salvochea es muchas veces lírico, al mismo tiempo que cercano y repleto de humor, porque en esta novela Cañadas recupera la lengua de su infancia en Cádiz.
Y me diréis, sí, sí, pero ya te estás enrollando como en la reseña anterior. ¿De qué va la novela? Eso es algo difícil de contar sin mataros a spoilers. Podría decir, “de aventuras”, “de vampiros”, pero no es eso exactamente. Alguien la ha definido como una mezcla entre Penny Dreadful y los Goonies y, para mí, en la parte de Penny Dreadful tiene toda la razón. Las tres muertes de Fermín Salvochea empieza como una novela costumbrista, cuatro niños pobres por aquí, un padre borracho por allá, un hospicio, el funeral de un señor –un tal Bigotes, el exalcalde Fermín Salvochea–, un circo de los horrores liderado por un fulano al que llaman Edgardo Poe… Y entonces, ZASCA. Empiezan a pasar cosas raras. Pero muy raras. Empieza con una señora que tiene cuatro brazos, aunque enseguida lo entiendes, de acuerdo, son siamesas. Pero cuando sale el hombre pez y los vampiros del agua… Bueno, entonces no queda mucho espacio para la duda.
O sí. Porque todos esos bichos no salen propiamente en la historia principal, sino en las historias que le cuenta su padre a Sebastián, el chaval de trece años protagonista de la novela. Y, claro, su padre, Juaíco, es un borracho y un mentiroso, así que el lector duda siempre de lo que está contando. Duda como lo hacen los cuatro niños protagonistas de la novela –Sebastián, el Pani, Candela y Julieta–, que se pasan páginas y páginas recorriendo la Cádiz pobre e industrial de principios del siglo XX en busca de torres voladoras y cuevas de contrabandistas. Ellos quieren que todo lo que cuenta Juaíco sea verdad porque si no, como dice Candela: “yo no soy más que una huérfana coja, los niños del Hospicio se han muerto porque la comida está podrida, y […] no quiero que sea así, Sebastián. No quiero”. El lector tampoco. El lector quiere que todas esas leyendas gaditanas –el circo romano, la Bella Escondida, las cuevas de María Moco– que Cañadas ha devuelto a la vida en su novela sean ciertas. En la ficción, se entiende, porque no me veo cazando vampiros.
Y ha sido la tensión entre mundo real y mundo fantástico, entre costumbrismo y barcos voladores hasta arriba de piratas una de las cosas que más me ha gustado de Las tres muertes de Fermín Salvochea. También los homenajes a las novelas de aventuras que hay por todas partes y, sobre todo, el tono. Esto del “tono” parece muy técnico, muy serio, pero es bien fácil. Convertir una ciudad como Cádiz, que todos pensamos luminosa, blanca, en un lugar sombrío y lleno de monstruos sin que nos olvidemos ni por un momento de donde sucede la acción tiene mucho, mucho mérito. Y lograr que los personajes hablen como gente de la calle, de su condición social y de su época (eso del costumbrismo), pese a estar abriéndole la caja torácica a un vampiro, también. Por ejemplo, que un hombre pez en una caverna llena de contrabandistas diga, señalando al prota, “y a este me lo matáis” y que eso quede bien y te haga reír, mola mucho. Y justo eso es el tono de la novela, que un narrador te diga que “Candela les veía venir de lejos” (y no por la calle precisamente) y en otro momento te describa una voz que “enhebraba recuerdos de mujeres corsario y ron de caña”. Eso es estilo, y Cañadas lo tiene. Aunque lo más flipante no es que lo tenga, es que pueda cambiarlo en cada novela porque le da la gana (y porque puede).
Las tres muertes de Fermín Salvochea es una novela que me ha hecho leer como cuando tenía diez años y me ha dejado las mismas sensaciones que La princesa prometida o El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Os la recomiendo si os gustan las historias de aventuras, de vampiros y monstruos (de los de verdad, que los otros ya no se llevan), en las que, por otro lado, pasan cosas muy jodidas (que no tienen por qué estar relacionadas con los bichos) y no todo siempre es bonito para el prota y sus compañeros.
Laura Gomara

Si alguna vez has oído hablar de la Atlántida o de Tule y has conectado tu parabólica mental a esa conversación, si fuiste de aquellos que hicieron clic en la noticia viral de hace unos años donde se hablaba de la isla inexistente del Pacífico que sí salía en los mapas de Google, si eres curioso por naturaleza, si te gustan las islas o lo desconocido o el rumor o el mito o la historia creo que te gustará este libro, que además viene cargado de ilustraciones de Katie Scott y huele de maravilla.
¿Qué es más fácil, hacer reír o hacer llorar?
¡Arr! ¡Barco a la vista! ¡Mostrad los colores, miserables ratas de sentina! ¡Sacadle brillo a vuestras espadas y clavadlas en los fétidos corazones de esas cucarachas hambrientas!
Cuando Charles Darwin expuso su teoría de la evolución no fueron pocos los enemigos que se granjeó por esta causa. Las diversas conquistas en ciencias a mediados del siglo XIX irrumpían en el colectivo basado en folclore y supersticiones, religiosidad y fe, que poca cabida dejaban a argumentaciones sobre la procedencia de las especies y sus costumbres evolutivas. Los tiempos cambiaban y el pensamiento se supeditaba a esta nueva corriente. 
Terry Pratchett solo había uno.
Hero of war es una de las canciones más conocidas del grupo estadounidense Rise Against. En ella, un hombre cuenta en primera persona cómo fue reclutado para el ejército y qué tuvo que hacer durante el tiempo en que estuvo destinado en una guerra. El protagonista de esta canción, al igual que los personajes que Tim O’Brien creó unas décadas antes, no se alistó como soldado por convicción, por tener deseos fervientes de defender a su patria. Simplemente, sin saber muy bien cómo, acabó con un arma entre sus manos y terminó asimilando que en los conflictos armados hay que hacer cosas que no se quieren hacer.
A veces, la literatura se adelanta al futuro. El género de la 
Justicia. Valor. Benevolencia. Cortesía. Honestidad. Honor. Lealtad.
A lo largo de la historia del arte ha sido de sobra conocida la relevancia y la impronta que deja en un autor la labor de su maestro. Conocimientos y técnicas que se trasmiten en sus talleres en los primeros años del artista cuando su mente creativa ansía absorber hasta el más mínimo detalle. Miguel Ángel se formó en el taller de Ghirlandaio, Leonardo en el del Verrochio, Francisco Pacheco instruyó a un joven Diego Velázquez y Francisco de Bayeu hizo lo propio con Goya. En cada uno de esos casos, y en muchas de sus obras, se produjo el fenómeno de genialidad en la que el alumno supera al maestro. Muchos años después, y en otra de las expresiones artísticas más relevantes y apreciadas, el denominado Noveno Arte, los talleres o, como a mí me gusta llamar en su voz italiana bottegas, siguen cobrando suma importancia y, en consecuencia, generan nuevos valores de muy elevado nivel. Sirva como ejemplo el sucedido en esta serie de cómics que ha lanzado en España la interesante editorial 
Yo soy de sonrisa fácil y de risa difícil. Así me describieron una vez, y la frase me pareció tan atinada que aún la recuerdo. Por eso me llaman la atención los libros de humor, porque busco ese que consiga hacerme reír a carcajadas. Y como Hasta arriba, de W. E. Bowman, se anuncia como «un clásico del humor y del alpinismo» y como «El libro más divertido que he leído en mi vida», según 
