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Pax: Una historia de paz y amistad, de Sara Pennypacker

pax: una historia de paz y amistad

pax: una historia de paz y amistadEra pequeñita. Su pelaje era de color canela. Un blanco impoluto jaspeaba sus patitas. Tenía la naricilla rosada y su nombre hacía honor a La reina del rock. Mi perrita, al igual que cualquier otro can, era fiel; leal a mí y a su familia de humanos. Yo hubiera hecho lo que fuera por ella, y ella seguro que también por mí. Podría decirse que desde entonces acostumbro a leer libros sobre animales (buscando tal vez reencontrarme con sensaciones arrebatadas por el sueño eterno), pero no es cierto. En realidad, ya lo hacía incluso antes de tener aquel aburrido gusano de seda, el pez negro y bobalicón de ojos saltones o aquel pollo que, todo ufano él, nos despertaba cada día al alba con su estridente canto. He leído libros con animales como protagonista desde que era muy niño. He hallado, en esos libros, amigos de largas colas, de bellos plumajes o de escamas plateadas. ¡Incluso he encontrado amigos entre los golosos plantígrados! Así pues, no era de extrañar que una portada rebosante de un otoño de tonos ocres, con un zorro de pelaje rojizo que, sobre una suave loma, observa como el día declina, me cautivara. Ese zorro se llama Pax, y él es el protagonista de este libro de mismo nombre.

Pax es un zorro doméstico. Un animal salvaje que, acostumbrado a vivir entre humanos, es dócil como un perrito. Amigo incondicional de Peter, el niño que lo recogió cuando era un cachorro y que desde entonces lo cuida con devoción. Amigos para siempre. Pero entonces la guerra entra en escena. La inestable armonía en la que se sostenía la relación de Peter con su padre se derrumba. Primero tras conocer la noticia de que éste debe marchar para defender a su país, y que él, en su ausencia, será dejado al cuidado de su abuelo. Y luego tras abandonar a Pax en el solitario margen de un bosque. Peter en un primer momento acatará las órdenes de su padre. Los mayores mandan. Pero más tarde, una vez haya ordenado sus ideas, decidirá hacer el petate, dejar una nota a su abuelo y huir en busca de su peludo amigo. Cientos de kilómetros los separan pero si la lealtad es inquebrantable el camino se hace más liviano. Pax, por su parte, deberá buscarse la vida mientras espera ansioso la vuelta de su amo. Cazar para comer, defenderse de depredadores o relacionarse con los de su misma especie, serán algunas de las lecciones que se verá obligado a dominar si quiere sobrevivir en el bosque. En definitiva, aprender a ser un zorro.

Pax: Una historia de paz y amistad habla de evolución, de adaptarse, pues mientras Pax intenta ser el animal salvaje que nunca fue, Peter debe dejar atrás su niñez y convertirse en un hombre. Pax y Peter, cada uno se verá inmerso en su propio viaje iniciático, a la vez que cada uno intenta llegar hasta el otro. La guerra, como enemigo implacable e indefinido, les saldrá al paso una y otra vez para que no consigan su cometido. “La guerra es una enfermedad humana…”. Pax habla también de guerra, pues es un libro que no solo explora los daños colaterales que ésta produce entre civiles inocentes, sino también entre la naturaleza más pura y los animales salvajes que la pueblan. Pero la guerra no afecta solamente de forma física, pues lo hace también de forma psicológica. “La gente debería decir la verdad sobre el coste de la guerra.” Destroza proyectos futuros. Bombardea pensamientos positivos. Y deja atrapadas a personas, en jaulas creadas por ellas mismas, en los horrores de guerras pasadas. Pax habla también de paz y de esperanza.

Sara Pennypacker utiliza un lenguaje sencillo que rápidamente obtiene el compromiso del lector para seguir las peripecias de Pax y Peter. Su punto más fuerte es la forma, fluida y específica, en la que describe el comportamiento de los zorros, no solo el del animal protagonista, sino el de otros compañeros de especie que, a diferencia de él, se han criado en la naturaleza. Gruñidos y ladridos. Posturas de desafío, de temor o respeto. Hocicos que olfatean todo olor que se filtra en su territorio. La forma de abalanzarse sobre una presa. Sara Pennypacker se esmera para que Pax sea un zorro de verdad, y lo consigue; abriendo además el apetito de conocimiento del lector. No tardaréis mucho en descubriros navegando por internet en busca de fotos y videos sobre estos animalillos.

Jon Klassen se encarga de ilustrar Pax. Su trabajo es de una preciosidad casi mágica en la portada (casi se puede oler la humedad del bosque u oír la respiración del zorro). En su interior una docena de ilustraciones sencillas y en blanco y negro (¡qué lástima que no sean a color!) resultan ser la compañía visual adecuada para acompañar a la narración.

Pax: Una historia de paz y amistad, es un cuento. Un cuento que no endulza una realidad tan dura como es la guerra. Un cuento que, por su lenguaje, es perfecto para los más jóvenes pero, por lo que dice y de la forma en que lo hace, deberían leer también los adultos; sobre todo los adultos, pues somos los que tenemos mayor responsabilidad en el asunto. Pax es, en definitiva, uno de esos cuentos que puede transformar una agobiante noche de insomnio en algo tan productivo como una didáctica reflexión sobre cómo alcanzar diferentes tipos de paz.

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Mi primer Sony, de Benny Barbash

Mi primer Sony

Mi primer SonyÚltimamente, sin yo buscarlo, he leído varios libros que trataban el judaísmo de algún modo. Ya os hablé de Una virgen imprudente y de Lamentaciones de un prepucio. No es que tengan mucho en común más allá del elemento judío, pero me resulta curioso. Mi primer Sony, el libro del que hoy os hablo, también nos habla sobre una familia de judíos. Y tampoco tiene mucho que ver con los otros. Cada uno tiene un argumento diferente, pero gracias a estas tres lecturas he aprendido bastante sobre el judaísmo, algo en lo que yo estaba bastante pez. No es que sea yo muy religiosa (de hecho soy cero religiosa), pero me gusta aprender y eso es algo que también busco en mis lecturas.

Mi primer Sony me atrajo principalmente por su título y su original y colorista portada. Después leí esto y supe que tenía que leerlo: “Mi familia se está separando. Yo intento meterla en una casete.” No me digáis que no os llama la atención.

Yotam es un niño de diez años, que vive con su madre Alma, su padre Asif, su hermano mayor Shaul y su hermana pequeña Naama. Lo que nos cuenta esta novela no es más que el intrincado mundo de las relaciones familiares, que no es poco. Todo esto narrado por Yotam, o más bien, por su grabadora. En una ocasión, su padre le regaló una grabadora y le dijo que grabase todo y eso es lo que Yotam ha estado haciendo desde entonces. Graba todas las conversaciones, ruidos y silencios y los guarda en su habitación en cintas que él mismo va clasificando.

Los personajes de esta novela y sus peculiares caracteres son el punto fuerte de Mi primer Sony. Yotam es un niño gordito, tímido y bueno que asiste al derrumbe de su núcleo familiar como un espectador y como un reportero (por aquello de la grabadora). Naama, la hermana pequeña, aún es demasiado inconsciente para darse cuenta al cien por cien de lo que corre y Shaul, el hermano mayor, tiene clara su posición: su padre es el máximo traidor y así se lo hará saber.

Benny Barbash, el autor, es el fundador del movimiento pacifista israelí Peace Now y ésta es su novela más conocida. La forma en que se nos presentan los personajes y la trama, así como la prosa de Benny Barbash es realmente interesante. Es cierto que la manera en que el libro está escrito puede echar para atrás a algún lector (¡no, insensatos!). La novela no tiene capítulos y está narrada de manera rápida por Yotam y su grabadora. Hay pocas pausas y toda la trama se desarrolla casi como un diálogo. En ocasiones hay que coger aire para seguir leyendo. Aun así, os prometo que se lee fácilmente, que el autor sabe bien lo que se hace y que esta forma de narrar es una forma de meternos de lleno en la historia de la novela.

Como os decía, los personajes son geniales. El padre, un escritor mujeriego y con un sentido del humor muy particular; la madre, una argentina revolucionaria que cuando se enfada con el irresponsable de su marido suelta tacos en español; los abuelos, tanto paternos, como maternos, unos personajes en ocasiones adorables, en otras exasperantes; los hermanos del padre y las hermanas de la madre, a cada cual más excéntrico y desequilibrado y por supuesto, Yotam y sus dos hermanos, tres niños que asisten a situaciones de lo más extrañas y, en muchas ocasiones, no aptas para menores.

El humor con el que Benny Barbash narra el declive de una familia hace de esta novela una auténtica maravilla. Me he reído bastante mientras leía algunos diálogos imposibles y desquiciados. Pero todo ese humor tan sutil e irónico esconde también mucha dureza y dolor. Ya sabéis que el humor es a veces una forma de enmascarar la desgracia y esta novela también es amarga.

No es extraño que el libro haya sido traducido a diez idiomas ni que haya recibido el Premio ADAI-WIZO (Italia) y el Premio del Público en el Salón del Libro de París. Es una novela que desprende sinceridad, humor y fatalidad a partes iguales y que, a pesar de todo, deba un buen sabor de boca. A mí me ha sorprendido bastante, lectores. Totalmente recomendada.

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La mujer zurda, de Peter Handke

La mujer zurda

La mujer zurda«La soledad es la causa del más gélido, del más repugnante de los sentimientos: el de la inesencialidad. Después, uno necesita gente que le enseñe que todavía no está del todo degenerado».

¿Qué es lo mejor que puedes hacer cuando lees un libro de un autor de renombre y sales con la sensación de que éste no te acaba de convencer? Darle una segunda oportunidad, seguramente. Y ojo que esta es una decisión arriesgada, ya que en esta segunda oportunidad, como ocurre con casi todas las que se dan en la vida, es difícil dejar a un lado todo aquello que no te gustó la vez anterior. Si ya es difícil quitarse de los prejuicios, imagínense de los juicios. Pero si bien en mi primer intento con Peter Handke salí con un sabor agridulce y extraño, después de leer La mujer zurda las sensaciones son bien distintas. Al igual que en El miedo del portero al penalti, el tema que sobresale es la soledad, aunque tratado de forma muy diferente: a través de la separación de una pareja, en este caso.

El miedo a la soledad es uno de los más habituales en el ser humano. Lo sufrimos desde bien pequeños, cuando lloramos con amargura cuando sentimos a nuestra madre lejos, aunque sea sólo en lo que tarda en ir a calentar el biberón. Después vamos creciendo y la soledad pasa a convertirse en algo más complejo; demasiada nos deprime, pero demasiado poca nos satura. No podemos permitirnos el vivir sin contacto con los demás, pues somos animales sociales, pero, de cuando en cuando, nos resulta imprescindible alejarnos de todo y de todos para poder conversar con nosotros mismos, que es muchas veces el ser querido al que menos atención prestamos.

Marianne, la protagonista, es la mujer que, de forma inesperada, decide poner fin a su relación de pareja para comenzar una vida nueva con su hijo, lo que coincide con su vuelta al trabajo de traductora de libros, que había dejado tiempo atrás. Ella se ve obligada a reinventarse en prácticamente todos los niveles, tras años viviendo a las espaldas de un marido impulsivo, dominante y, posiblemente, adúltero.

Si en El miedo del portero al penalti descubrí algunos aspectos de la escritura de Handke que también se repiten, aunque en menor medida, en este libro, como su obsesión por los detalles minúsculos o su forma fiel de expresar las pequeñas decepciones y dramas del hombre contemporáneo, en esta novela el austriaco hace más concesiones al lector a la hora de ofrecerle una lectura más sencilla de digerir y de interpretar, lo que no evita que en buena parte del relato se mantenga ese simbolismo tan rebuscado suyo, que obliga a leer entre líneas para poder sacar conclusiones.

Pero, como digo, lo que ha hecho que saliese con buen sabor de boca de esta breve historia ha sido el equilibrio entre los momentos surrealistas y febriles con aquellos en los que la trama toma un camino más o menos lógico y sugerente. Ello, unido a un final de puro vodevil, hace que La mujer zurda me parezca un buen punto de partida para aquellos que quieran atreverse a descubrir a este complejo  y original escritor.

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El miedo del portero al penalti, de Peter Handke

El miedo del portero al penalti

El miedo del portero al penaltiSiempre se ha dicho que los porteros, principalmente los de fútbol pero me atrevería a decir que aún más los de otros deportes como el balonmano o el hockey, son gente  realmente peculiar. Y es que hay que ser bastante especial para decidir desde bien pequeño que quieres ocupar una posición en el campo en la que muy bien lo tienes que hacer para cubrirte de gloria y donde, sin embargo, un mínimo despiste te puede hundir en la miseria. Eso además de la frecuencia con la que tienes que jugarte el tipo para evitar que el balón, pelota o disco toque tu red. Aún con todo, estoy seguro de que ningún portero —de los profesionales, al menos— tiene una personalidad tan extraña y amarga como Josef Bloch, el protagonista de El miedo del portero al penalti.

Con esta novela he descubierto a Peter Handke, un escritor a quien tenía ganas de enfrentarme desde hacía tiempo, sobre todo por la fama que le precede de polémico y críptico. Y tras leer la que posiblemente sea su obra más célebre (bajo uno de esos títulos que valen oro por sí solos), debo decir que esta reputación me ha parecido más que merecida, dado que me ha resultado una lectura tan compleja como difícil de catalogar, de esas que te dejan a medio camino entre el odio y el amor, de las que sales con serias dudas del porcentaje de la misma que has logrado comprender.

El punto de partida de la novela y, posiblemente, el único momento en el que ésta aporta un argumento nítido, cuenta como, tiempo después de dejar los terrenos de juego, Bloch es despedido de su empleo como mecánico y empieza a dedicarse a jornada completa a vagar por las calles y los bares sin destino ninguno. Todo en el libro gira en torno a él, un tipo incapacitado para la vida en sociedad y que no tiene ninguna intención de modificar su comportamiento. Dentro de su personalidad, el aspecto que más y mejor explota Handke es la dificultad comunicativa que tiene el personaje, que lleva hasta puntos extremos y realmente chocantes, con diálogos absurdos, violentos e incompletos. Este aspecto hizo que, en más de una ocasión, la sinrazón dialéctica del protagonista me llevase a reflexionar sobre mis propias taras comunicativas, lo que no es poco y más sabiendo que la novela fue escrita muchos años antes de que el WhatsApp, el Instagram y el Facebook pasasen a sustituir a buena parte de nuestras comunicaciones cara a cara.

Handke también se esmera en buscar los detalles más nimios y recónditos en los que poner el foco, lo que en varias ocasiones lleva a empatizar con las pequeñas molestias y placeres del día a día —que, al fin y al cabo, son las que ocupan la mayor parte de nuestras vidas— pero que en otros casos resulta difícil encontrarles una explicación más allá de la de describir a un hombre al que todo lo que le rodea le resulta ajeno y aterrador. La trama, si es que existe, queda completamente subordinada a las pequeñas reflexiones y ensoñaciones del antiguo portero, a quien nada le agrada ni le entristece y parece pasar por su propia vida como un mero espectador.

Una novela, como decía, de la que resulta tan difícil sacar un significado como una valoración. Ojalá pudiera decir que me ha parecido una maravilla de principio a fin y que todo el mundo debería tenerla en su librería; ojalá pudiera decir que nadie debería acercarse a ella a menos de 50 metros salvo con prescripción facultativa. Pero nada de ello sería cierto. Quizás lo único que puedo decir sin temor a equivocarme es que El miedo del portero al penalti no deja indiferente a nadie, para bien o para mal.

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Crononautas, de Mark Millar

crononautas

crononautasBueno, bueno… No tenía ni idea, pero ni de lejos, de lo mucho que iba a disfrutar este cómic. Me ha encantado. Y tampoco decía mucho la sinopsis. Lo justo. Es lo bueno de dejarte guiar a veces por tus intuiciones. Lo único que sabía de él era lo que aparece en la web de Panini: “Dos genios científicos se embarcan en el primer viaje en el tiempo de la historia, que les llevará desde la Antigua Roma hasta los mejores conciertos de los años ochenta, pero jugar con la Historia no siempre tiene consecuencias divertidas”.

Viajes en el tiempo y cómic es algo que siempre combina bien (aunque ahora mismo no recuerdo el título de ninguno). Pero viajes en el tiempo, cómic y Millar… ¡Por Odín bendito! ¡Compro, compro! ¡Toma mi dinero, Millar, y cuéntame lo que te salga de… de donde te salgan las ideas! Supongo que no hace falta decir quién es Millar, ¿verdad? Da igual, de todas formas, lo diré por si acaso: otro Midas de los cómics. Guionista de Wanted, Kick Ass, Kingsman, Superman: Hijo rojo, Lobezno: El viejo Logan, The Ultimates, Civil War… Un guionista al que se acusa de hacer cómics con miras a que sean trasladados al cine. Puede que sea verdad, (y eso que Civil War, la serie de superhéroes más vendida de la industria en los últimos veinte años, surgió cuando las pelis de estos todavía estaban muy lejos de ver la luz), pero, ¿realmente importa? Si entretiene, si es visual y argumentalmente bueno, ¡¿qué más da?! Que yo sepa, nadie se ha quejado de que a Stephen King le adapten al cine o a la televisión la mayoría de sus libros… (Por cierto, Crononautas se va a llevar al cine –imaginad un emoticono de guiño aquí–).

A lo que iba: Millar es sinónimo de diversión, de historias originales y muy visuales, que conectan con el gran público y hasta con la crítica.

Aclarada la identidad de Millar, y siempre sin confundir con otro grande, Miller, sigamos.

¿A que parece que ya se ha hecho de todo con los viajes en el tiempo? Pues va a ser que no. Y es que esto de los viajes temporales, como casi cualquier tema, tiene tantos enfoques y variaciones posibles como se nos puedan ocurrir. ¿Y qué faltaba? El toque gamberro.

Sí. Si algo es Crononautas es gamberro. Es algo que se nota desde la primera hoja y nada más ver el dibujo, que por cierto, es soberbio. Mientras lo estaba leyendo no dejaba de pensar: “hay que ver lo mucho que se parece este dibujo al de American Vampire…” Y eso es porque el arte corre a cargo de Sean Gordon Murphy. Ahí es nada. Un dibujo de trazos simples y ligeros pero no por ello menos bueno. Qué va. Es grandísimo, es cojonudo. Me mola muchísimo. ¡Te da la vida ver ese dibujo!

Y todavía no he hablado del meollo, que en resumen es que el científico Corbin ha conseguido hacer la máquina del tiempo en forma de satélite y  retransmitir por televisión la batalla de Gettysburg de 1863. Poco después, el doctor Reilly, amigo del alma de Corbin logra mejorar la máquina y adaptarla a unos trajes que también retransmiten la señal de video. Lógicamente el siguiente paso no es otro que viajar en persona y ahí se lanza Corbin. Pero algo va mal y durante el salto temporal la base pierde el contacto con el viajero. Sin pensárselo dos veces y con la inicial oposición del resto del equipo técnico, Reilly irá al rescate.

Samarcanda 1504, Egipto 3000 a. C., Japón 1220, Nueva York 1929, Belén hace 2000 años, algún lugar del planeta hace 65 millones de años… son algunos de los lugares y momentos a los que acudiremos en compañía de estos dos tíos que parecen más salidos de una peli tipo Colega, ¿dónde está mi coche? que científicos.

Millar se concede la licencia de saltarse esa máxima sagrada de todo periplo temporal consistente en no tocar o alterar nada del pasado porque cualquier insignificante acción podría acarrear consecuencias impensables en el futuro. Lo dicho, para ser científicos se pasan la física cuántica bastante por el forro. Pero no importa, nosotros también se lo vamos a pasar por alto.

Y aunque hay mucho, muchísimo humor, o comedia mejor dicho, también hay hueco para la introspección personal y para saber que Corbin está a gusto en cualquier época y lugar mientras no sea el presente.

Está en el aire saber si habrá más números de esta serie y aunque aún no es seguro, todo parece apuntar a que sí. Yo lo espero de verdad porque Millar con este juguetito que se ha inventado puede hacer auténticas virguerías, provocar situaciones descojonantes y aterradoras a la vez si juega bien las cartas y dejarnos a todos con la sensación de un dinero más que bien invertido y con ganas de más. Y, además, es que, ¡maldita sea, tiene que hacerlo!

La historia, la forma de contarla, los giros, los carismáticos y cabroncetes protas, las anécdotas, los gags, dibujo y color,… todo me parece fantástico.

Un buen cómic que me ha sorprendido y entusiasmado y el cual recomiendo absolutamente.

Diversión total.

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El camino de los Madigan, de Anne Enright

El camino de los Madigan

El camino de los Madigan

Pequeñas cosas, cosas sin repentina importancia, escondidas a la primera impresión entre miradas descuidadas y ojos que parecen obviarlas. Pequeñas cosas, atadas a la delicadeza con la que aferras una pluma mientras cae, a un abrazo mientras lloras. Todas esos mínimos detalles que hacen que un zapato en el suelo tenga valor por ser recuerdo de cómo lo hacía alguien en el pasado; que hacen que una caricia sea querida porque se parece a la de la mano de ese alguien casi olvidado; o que tenga sentido una mirada amistosa, u odiosa, presentida antes de que ocurra. La vida se compone de un suceder de pequeñas cosas; son las que conforman tu vida, las que hacen que todo tenga significado, las que hacen que el que tenga conciencia de ellas aprecie su sentido profundo, su valor real por debajo de su nimiedad aparente. Esas miles de cosas que hacen, una a una, que todo funcione, que todo empiece o que todo acabe. De grandes cosas no está tu vida llena, ocurren lejos y, si te suceden, pasan pronto. A la escritura de Anne Enright se accede mirando las palabras más aparentemente apartadas, a los gestos más figuradamente pasajeros, a las situaciones menos explosivas, a las ideas que aparentan menor importancia; a la belleza de su estilo y de sus imágenes se llega dejando que te roce lo nimio, que descubras la certeza y la belleza de lo que debió ser circunstancial, a eso pequeño.

El camino de los Madigan” nos cuenta la vida de una madre irlandesa y sus cuatro hijos. Relata una niñez aparentemente feliz, y te transporta a la mayoría de edad en la que cada uno de los hermanos ha recorrido caminos que parecen huir unos de otros y sobre todo, en apariencia, parecen querer separarse de su madre, Rosaleen. Mujer de extraño carácter: cambiante, exagerado, servicial y apartado, amoroso y desapegado. Todos sus hijos llevan sobre sí las cargas del pasado y de su propia condición; todos se mueven en caminos en los que se cruzan o se despegan: caminos en el que aparece el desafecto para con los demás, o el exagerado servilismo, o el poco respeto para con ellos mismos o la imposibilidad de enseñar afecto hacia los demás. Todos presos de alguna exagerada influencia de su desdeñosa y amable madre, de su perdida y encontrada madre. El libro es el recorrido por la vida de cada uno de ellos, mirando, fisgando, asomándonos en sus amores, en sus culpas, en sus despedidas, en sus desaciertos, en sus condenas, en sus desapegos, en sus desconfianza; los adivinamos siempre en estados de huida, de miedo, de vértigo o de separación, allá en la Nueva York de la aparición del SIDA, en el Dublín de los pequeños teatros, o en el viaje con una ONG a la África desnutrida y real. El libro es un embudo que centrifuga a los personajes hacia la salida, los revuelve, boca arriba y boca abajo, sacando lo que tienen en los bolsillos, en los bolsos, en la cartera, revolviendo el cerebro hasta intentar que demuestre algo, sacudiendo por las solapas a la realidad, a su realidad, para que haga algo, para que explique la razón de todo, del motivo de que las cosas sean así, de que cada uno de los protagonistas sean como son. Sí, las razones, viejas o nuevas, que los han hecho así.

Si, desde fuera, yo leyera este resumen, que puede haber sido más o menos acertado, más sutil o menos; pensaría algo -se me asomaría a la cabeza- sobre llanuras uniformes o se me iría la mente en pensar en esos helados de supermercado en el que, sean del sabor que sean, saben iguales; se me cerraría un ojo y, como un guiño, vería el mismo mundo pero con menos sensación de volumen, capado. Así que describir un libro no es tan sencillo como contar sucedidos y paisajes, es mostrar las entrañas del muñeco de trapo, los cables de una fuente de alimentación; es contar lo que te dice el libro, lo que aprendes y vives de él; así,  en él un helado puede ser azul pero de sabor de fresa, o de rojo y limón -no te fíes de la apariencias-; y las llanuras , si no andas con cuidado, esconden cuevas excavadas por el agua, repentina o eterna, que pasa por sus tierras. Nada es lo que parece, -No te fíes-.Si lees “El camino de Madigan” con ese ojo guiñado y dejas que pasen las hojas, tumbado en tu sofá, simétricas y automáticas; acabará el libro, suspirarás y buscarás otro; pero…pero… si lees con los dos ojos, preparado con el bisturí, para descubrir lo que hay en el angosto espacio entre hoja y hoja, llegarás al final y sabrás que no son las cosas tan simples como para dejar que lo obvio te venza, como para dejar que cuando acabes una frase o una página o el libro, no pares, no eches el freno, no te sientes a pensar, a degustar y analizar lo que ha pasado, lo que has leído. Detrás de las puertas entornadas hay algo, detrás de las puertas cerradas se esconden cosas -ábrelas-, detrás de los ojos sin lagrimas hay lagrimales, detrás de las sonrisas hay saliva retenida, detrás de los amores hay odios, detrás de los odios hay amores…

¿ Qué hay detrás de este libro? ¿Qué me ha contado?

Para eso debería servir un tipo que comenta un libro, no para contarte con pelos y señales los sucedidos de la trama, sino para interpretarlo, para descubrir el color de las cartas; al menos desde donde está él sentado ha visto la mano que lleva el autor, o al menos lo que cree ver desde allí. Así, este libro a mí me habla de esa sensación duplicada que nos aparece cuando aparecen el amor y la tentación -o necesidad- de olvido; esa sensación que no sabe si amar es lo obligatorio o lo decidido; es amor buscado o amor filial o amor necesitado o amor perdido…o la soledad…Todos los protagonistas -hermanos y madre- necesitan estar satisfechos de sí mismos y de los demás, necesitan ser queridos:  hasta los que se repelen como imanes del mismo polo, hasta los más duros, hasta los más tiernos de los hermanos, hasta los más perdidos en sus derrotas y sus triunfos, hasta los más desganados -y cobardes- en que rebrote la amistad o el amor filial, o el de pareja. Parecen perderse esos protagonistas en esa oleada de necesidad de afecto que brota, a veces cuando se recuerda a los desaparecidos o a los perdidos, otras veces queriendo saber quién no eres y otras quién eres -y en el camino pierdes amigos, amores, banderas, recetas.. y tiempo, pierdes tiempo-. En realidad para una relación amistosa o fraternal solo hay dos cosas en el mundo: tú y el otro. Todos los otros son el otro y, sea quien sea, es algo y todo para ti; que sea lo que quiera ser es lo que debes de soportar, debes de aceptar que ese otro es autónomo, individual, no es tuyo aunque tú lo creas; y aceptarlo, con sus errores y verdades, es querer. Y aunque quieras olvidarlo… no puede ser, porque aún estáis como siempre, aunque no lo veas, prendidos de la boca o de los ojos o de los amores, o del sexo o de lo odios o de la placenta. El camino de los Madigan es el que lleva por la frontera de los acantilados reales y personales, es la tenue pisada del equilibrista en la cuerda, y esa cuerda cuelga suspendida de dos árboles: uno es el amor y el otro aquel olvido, el necesario olvido, que no tiene que ser negativo, sino el buscado, el limpiador, el perfecto olvido. Que nunca aparece…

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Cuchillo de palo, de César Pérez Gellida

cuchillo-de-palo¡Joder, Ramiro! ¡Jo-der! ¡Hay que joderse, hay que joderse y hay que rejoderse…! , como tú mismo dices. ¡Cómo eres! Cuando ya has dejado atrás toda la mierda que tuviste que pasar con Augusto Ledesma y luego un poco más con el secuestro de Margarita Zúñiga, vas tú solito y te tiras de cabeza a una piscina llena de fango y vete a saber qué más…  Mejor sería que te aplicaras uno de tus refranes, o mejor te digo uno que te va que ni pintado: Consejos vendo y para mí no tengo.

En fin. A Ramiro Sancho, nuestro inspector patrio más maltratado por la vida (que tiene sus cosas), amante del rugby, el refranero (¿el apellido Sancho será un homenaje al gran conocedor de refranes Sancho Panza?), la música, el buen comer y el recién descubierto geocaching, le han apartado temporalmente del servicio y decide celebrarlo sumergiéndose en una orgía sin fin de sexo, alcohol y drogas. Parece que ha descubierto en alguna parte de su anatomía un botón de autodestrucción y lo ha pulsado a conciencia, varias veces, no fuera a ser que no funcionara a la primera.

Vive en piso en el fin del mundo, en Pontevedra, porque ahí fue donde se le acabó la carretera. Un pisito de soltero que a cualquier mujer espantaría: alguna silla, un colchón en el suelo y un frigorífico vacío, salvo por alguna cerveza. Ideal, ¿verdad? A eso ha llegado Sancho, amigos.  A ese nivel. A la categoría de piltrafa. Y ha perdido peso. Bastante peso. Si no fuera por su barba pelirroja y la calva, tal vez ni le reconoceríais… Y para colmo, ha puesto tierra de por medio sin decir a nadie, ¡a nadie!, adónde demonios va y se ha deshecho de su móvil.

Así están las cosas cuando nos reencontramos con él. Parece que de tanto follar con la misma puta se ha encariñado de ella y por culpa de esas piernas abiertas van a venirle los nuevos problemas.

César Pérez Gellida aborda de forma minuciosa y detallada en Cuchillo de palo el espinoso asunto de las redes internacionales de trata de blancas y prostitución y para ello no duda en usar a Ramiro, usándolo como mejor sirva a sus propósitos. Hay que ser cabronazo después de todo por lo que ha pasado… (definitivamente el autor tiene algo contra los calvos, ya no hay duda…)

Pero no estamos asisitiendo únicamente a la debacle del excomulgado inspector. Simultáneamente veremos las divertidas peripecias de la Congregación de los Hombres Puros y sus luchas intestinas por el poder; y  de Erika, Ólafur y Uriel perseguidos y perseguidores todos a la vez.

Si hay algo que me gusta de las historias de Gellida es que en seguida te metes de lleno en ellas. Con dos frases ya tienes la intriga y ese deseo de querer saber más, de avanzar en resolver la incógnita del momento: “A esas alturas, colgado por los pies de la viga maestra, maniatado y amordazado, tenía la certeza de que iba a morir”. Una frase en este caso, no dos, es la mecha que marca el inicio.

Y si hay otra cosa que me encanta son los perfiles de los personajes. Cada uno tiene una historia personal tras ellos curradísima. Para presentar a un personaje muchos dan detalles sobre nacimiento, estudios, lugares, logros y poco más. Gellida no se limita a enseñarnos el currículum del personaje de turno por muy secundario que sea, no. Nos da tal cantidad de detalles objetivos trenzados con elementos subjetivos del propio personaje que parece que lleguemos a conocerlos como si siempre hubieran estado a nuestro lado. Los dota de cuerpo, son tangibles y tridimensionales y los hace interesantes aunque vayan a morir en la página siguiente.

Añadimos como ingredientes a la “coctelera” un estilo tan visual que parece cinematográfico (de hecho Gellida podría ser un cineasta metido a escritor; ¡si hasta nos pone banda sonora!), unos diálogos nada forzados sino, al contrario, totalmente fluidos y naturales, y algunos giros inesperados tenemos la receta de este Cuchillo de palo, segunda parte de su segunda trilogía Refranes, Canciones y rastros de sangre la cual comenzaba con Sarna con gusto.

No obstante, me gustaría decir que hay un truquito a mitad del libro que, y no presumo de dármelas de listillo ni nada por el estilo pero, no me lo he tragado en ningún momento. Es lo único en lo que para mí ha flojeado el libro. ¿Hubiera afectado en algo la omisión de ese truco? Yo diría que no, pero vaya, que tampoco es algo grave.

Una novela pulida, cuidada, muy bien documentada –eso es siempre marca importante de la casa–,  mimada, sin cabos sueltos, adictiva y dura también en algunos momentos, como la vida misma, aunque no seamos conscientes.

 Otro joyón más, y van cinco, de novela negra para El Calvo de Valladolid.

No sé cómo lo hace para escribir con tanta rapidez mamotretos (desde el cariño) que siempre rondan las 500 páginas, pero, por favor, que no pare y que haga todas las trilogías, tetralogías o pentalogías  que le den la gana, que aquí estaremos todos los gellidistas para recibirlas con los brazos abiertos.

Enorme.

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Asamblea ordinaria, de Julio Fajardo

Asamblea ordinaria

Asamblea ordinariaQuién te lo iba a decir a ti hace diez años. Quién te iba a decir que ibas a pelearte por un sueldo de miseria y un horario de monja de clausura con gente que te dobla en carreras y te triplica en másteres, que ibas a pasar de pensar en cómo sería tu trabajo soñado a soñar con tener un trabajo, que ibas a permitir que pisoteasen tus derechos laborales día sí y día también porque bueno, levantas una piedra y encuentras a cien personas que matarían por tener tu puesto, que ibas a pasar de rechazar la propina a los familiares con el brazo extendido a hacerlo con la boca pequeña, no vaya a ser que se lo tomen en serio por una vez y la preparemos.

Quién te iba a decir que ibas a empezar a ir al trabajo en autobús sin que hubiese cambiado nada en tu falta de compromiso ecologista, que ibas a pasar de protestar en las calles cada nuevo recorte a sentir pereza hasta para escribir un tuit dando tu opinión, que lo que iba a impedir que te separases de tu antiguo amor no iba a ser el “hasta que la muerte os separe” sino la hipoteca. Quien te iba a decir que aquellos 3.000 € que te prometieron darte en tres minutos te iban a perseguir toda tu vida. Y que al abuelo no tenías que haberle metido tanto miedo con esos extranjeros que iban pidiendo limosna puerta por puerta y sí con esos hombres repeinados que ofrecían inversiones segurísimas anciano por anciano.

Quién te iba a decir hace diez años que leerías una novela como Asamblea ordinaria y que no ibas a situar a sus personajes protagonistas en los márgenes de la sociedad, sino en el mismo núcleo. Y que te ibas a revolcar en sus reflexiones amargas y dolidas, como si el único presente fuera que ya no hay futuro.

Julio Fajardo, su autor, entrelaza en su segunda novela tres historias con sencillez y sobriedad. Sus breves capítulos destilan situaciones tan crudas como habituales en la España post-ladrillo. Un hombre que narra, desde la admiración profunda hacia la figura de su jefe, como su empresa va adaptándose a la nueva época en el Club de la Reforma Laboral, en el que la primera regla es que no existen los derechos laborales. Una anciana ve cómo tiene que acoger a su sobrino, al haber quedado éste en el paro, e iniciar con él una relación de cercanía forzosa tras años de apenas verse las caras. Una pareja que observa cómo la crisis económica les pilla completamente a contrapié y que, como los buenos virus, pasa de tocar sólo al bolsillo a contagiar todos los aspectos de la relación.

Tras los bofetones de realidad que Rafael Chirbes dio hasta su último suspiro, Fajardo parece haberle cogido el testigo y su prosa, así como su facilidad para volcar los dramas mundanos sobre el papel, son hoy más necesarios que nunca. Una lectura que recomendaría encarecidamente a los que cacarean ese discurso goebbeliano de que “la crisis ha terminado”. Asamblea ordinaria, una obra coral sobre todo lo que hemos perdido y no recuperaremos. Quien te iba a decir hace diez años que ibas a tener que leer una reseña como ésta.

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El piso mil, de Katharine McGee

el piso mil

el piso milLas novelas juveniles han cambiado mucho en lo que llevo en esto de las reseñas. Durante una época nos invadieron aquellas que tenían en su interior una historia de amor entre un ser fantástico y un ser humano. Y digo invadieron porque no había más que echar un vistazo a las librerías, a la sección juvenil concretamente, para ver que se había abierto la veda para todas aquellas historias que no hacía tanto pasaban desapercibidas. Más tarde, cuando ya parecía que todo estaba dicho, llegaron las historias que nos contaban una nueva realidad, en una época futura, donde las catástrofes y la extinción de la raza humana era una evidencia. Es ahora, en la actualidad, cuando los argumentos empiezan a dar una vuelta de tuerca y, aunque arrimadas a la ciencia ficción, son las historias para adolescentes más reales las que hacen acto de presencia. El piso mil ha sido comparada – en su solapa al menos – con las historias de Gossip Girl y, aunque algo de ese halo elitista haga acto de presencia, personalmente me parece diferente por una cuestión: será que no estoy muy metido en el mundo de la literatura juvenil pero pocas veces he leído historias tan reales y a la par tan duras para un público del que siempre se dice que leen historias vacías, llenas de poco interés, devaluándolas sin razón o, me temo, por simple desconocimiento. ¿Será que los tiempos en la literatura juvenil están cambiando o que, al menos en mi círculo, nos hemos vuelto menos quisquillosos?

Año 2118. En el skyline de Nueva York se alza una torre donde las plantas superiores están habitadas por los ricos y las inferiores por los pobres. Los secretos de lo que encierran sus habitantes están a punto de estallar cuando una chica caiga desde el último piso, haciendo que lo que parecía perfecto salte por los aires.

Lo primero que hay que decir de El piso mil es que hay que leerlo sin prejuicio alguno. Parece una obviedad y que eso es lo que debiera hacerse en cualquier lectura que nos llevemos a las manos, pero todos sabemos que no es cierto. Lo que nos propone Katharine McGee puede parecer simple: sacar a la luz los trapos sucios de sus personajes. Lo que no suele decirse es que hacerlo, en este tipo de libros, es casi un laberinto donde es muy fácil perderse y donde caer en errores de base. En esta novela no es así. Sorprendido por el inicio, concretamente por un dato que se da en los primeros pasos que damos a la hora de conocer a la protagonista principal, seguí leyendo y entendiendo que lo que estaba descubriendo no era una simple historia sino todo un mundo creado para que los lectores disfruten. En eso se resume todo al fin y al cabo: en poner la carne en el asador, en saber cómo cocinarla, y que después seamos nosotros los que pongamos la nota decisiva a una obra. ¿Es la mejor novela para adolescentes que se publicará este año? Esas palabras, que he leído por las redes, quizás me parezcan excesivas. No soy quien dice que una novela es lo mejor que se ha leído hasta que un año ha tocado a su fin, pero lo que sí puedo decir es que ha sido de las más entretenidas que he tenido la suerte – y en ocasiones la desdicha – de leer.

Katharine McGee teje muchos hilos, los zarandea, los revuelve, y a medida que vamos leyendo El piso mil observaremos una especie de caleidoscopio donde todo se relaciona y donde las palabras, los silencios, los secretos, la familia, los amigos, no es lo que parece. Al fin y al cabo, siempre se ha dicho que valemos más por lo que callamos que por lo que decimos. Y además, la inclusión de todo esto en un mundo de ciencia ficción se realiza con la naturalidad suficiente como para que no nos parezca absurdo lo que estamos leyendo. Y es que para mí ese es uno de los puntos flacos que suelen tener este tipo de historias: la parte del género que acaba convirtiéndose en el lastre que no hace que entremos en la lectura y nos haga abandonarla. Una lectura, por tanto, más tendente a la tranquilidad que a la acción pura y dura donde lo importante no es una explosión o la carrera por salvar una vida, sino lo que guardamos en nuestro interior que pugna por salir, por estallar y por hacer que todo lo que creíamos cierto salte por los aires. Aquí nadie se salva y es muy posible que nosotros, como lectores, tampoco.

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Don Quijote de Manhattan (Testamento yankee), de Marina Perezagua

Don Quijote de Manhattan

Don Quijote de ManhattanEste año me dio el siroco de leerme El Quijote. No porque este 2016 fuera el 400 aniversario de la muerte de Cervantes ni porque haya habido excesiva publicidad sobre el acontecimiento (que no la habido, en mi opinión, ni en exceso ni casi de ninguna otra manera.  Y es más, puede que si la hubiera habido no lo hubiera leído. Aunque también es verdad que si Cervantes fuera inglés otro gallo cantaría y los orgullosos ingleses no habrían dejado ni un día del calendario sin programar algún acto relacionado con el escritor).

Pero no. No era ese el motivo. Simplemente sucedió que apetecíame. Tiempo ha que quería yo enterarme de las hazañas del hidalgo, pero la reputación y el respeto (inclusive ¿acojone?) a la hora de abordar semejante obra, habiendo leído a gente cosas como que si era un rollo por acá, que si era extenso en demasía por acullá, que si hacía falta otro tomo para aclarar los palabros… y a todo esto añádase que  juntabánseme otras lecturas que acababan siempre por relegar al libro a otro momento más oportuno. Pero tenía que leerlo. Una obra tan importante en la literatura española y mundial merecía que menos que una oportunidad. Y también había opiniones buenas, que es cosa menester que se sepa.

Y al fin llegó el momento. En un bonito tomo conmemorativo, lleno de notas al pie y tomado con calma. Dos capítulos por noche propúseme. Hubo días que fueron más y otros que fueron menos o ninguno, en función del interés de la historia. ¿Veredicto? Me gustó. Hubo capítulos que es cierto que se hacían eternos y un auténtico coñazo. Pero coñazo de los gordos. Afortunadamente fueron los menos. Y afortunadamente también, la segunda parte fue mucho mejor que la primera.

Pues con ese buen sabor de boca al acabar la cervantina lectura me encuentro con Don Quijote de Manhattan. De primeras la portada me hace gracia, con la pareja, Quijote y Sancho, vestidos como C3PO y como ewok, respectivamente, caminando por la calzada de una calle de Nueva York.

¿Y qué tal, dirán vuesas mercedes? Pues bien, también. Marina Perezagua traslada al dúo manchego a Nueva York y dota a los sucesos que nos cuenta de algunos paralelismos con el original cervantino.  Ambos amnésicos, despiertan en 2016 sin saber cómo ni porqué, aunque a veces la melancolía les hace recordar cosas que piensan que no han conocido.  La autora se permite algunas licencias para no trabar la narración como el hecho de que Sancho sepa manejar  (y tenga) una tarjeta de crédito, que ambos entiendan y hablen perfectamente inglés… Vamos, que han sido transplantados de una época a otra de cuatro siglos de diferencia pero se manejan por ella como si tal cosa. Que no tengo nada contra eso, que conste, pero se podía haber sacado algo de chicha cómica de alguna situación.

Si el Don Quijote otiginal enloqueció por hincharse a leer libros de caballerías, en esta ocasión será otro libro de fantasía, La Biblia, la que, como a muchos fanáticos, le coma la cabeza tras encerrarse durante siete días para leerla y la que guiará sus actos desfacedores de entuertos (aunque lo correcto y lo que Cervantes escribió fue tuertos, como bien explica la autora en la parte final, Referencias).

Sus aventuras les harán moverse por la ciudad metiéndose en líos, detenidos por la policía, codeándose con drogadictos, encabezando rescates animales, iniciando y acabando huelgas de hambre por los presos de Utah, debatiendo sobre armas de fuego, sobre racismo, e incluso en el mismo Instituto Cervantes, con un Sancho proponiendo los correctos, a su modo de ver, usos de ciertas palabras de la lengua castellana.

Y todo esto teñido con un tinte religioso, ya que desde muy pronto, desde el principio en realidad, Don Quijote va a creerse un nuevo mesías, va a resucitar, va a ser el creador de América, el multiplicador de donuts y magdalenas y el centro de muchas otras actuaciones con reflejos  en La Biblia.

Por supuesto, no hace falta haber leído ni El Quijote ni La Biblia para comprender y disfrutar de este gran entretenimiento que es Don Quijote de Manhattan.

No obstante, creo que en algunos capítulos se podría haber sacado más partido de algunas situaciones, haberlas hecho más cómicas, y también me parece que el último tercio se vuelve demasiado alegórico.

Pero bueno, quitando eso, repito, es una lectura original y muy entretenida, bien escrita, fácil de leer, con momentos de comicidad (me gustó el nuevo bálsamo de Fierabrás) y muy disfrutable en su conjunto.

Un libro muy trabajado (la autora se ha leído diez veces, puede que a fecha de hoy ya más, el libro del caballero de la Triste Figura) y eso se puede apreciar a medida que se va leyendo.

¡Voto a bríos que lo recomiendo!

 

Vale*.

*Que es como acaba El Quijote y es una fórmula latina de despedida.

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Noche es el día, de Peter Stamm

Noche es el día

Noche es el díaNo sé bien como empezar a explicaros la historia que nos cuenta Peter Stamm en esta pequeña novela. Pequeña de tamaño, no por su contenido. Hoy voy a empezar por el argumento, para variar.

La protagonista principal es Gillian, que está convaleciente en una cama de hospital, desfigurada, tras un grave accidente de coche. En el accidente fallece su pareja y también muere la vida que lleva hasta ahora. Era presentadora de televisión y tenía un relativo éxito, tanto por su trabajo como por su belleza. Una vida aparentemente ideal. Por el programa cultural en el que trabajaba, en su vida se había cruzado con Hubert, un artista algo excéntrico, con el que mantendría una extraña relación. Hubert es el segundo actor de esta novela, al que Gillian cederá el protagonismo durante algunos pasajes de la historia.

Es una novela contada en varios tiempos, que nos va tejiendo la vida de los protagonistas. Nos muestra cómo un acontecimiento más o menos grave, hace que gires tu posición completamente, y que empieces a ver las cosas de manera diferente. A Gillian el accidente le hace cambiar la perspectiva y siente la necesidad de reinventarse. En algunos momentos creo que ella misma percibe que esa nueva Gillian, es la verdadera, la que siempre fue, pero que su físico y las circunstancias que le rodearon, la empujaron a ser un artificio, una caricatura. Aunque parecía que ya lo tenía todo, la protagonista era una persona insegura, con dudas sobre sus propias capacidades e incluso su físico. Mantenía una relación fría con sus padres, sobre todo con la madre y una relación artificial con su marido, basada en la pose para las cámaras. A mí me ha transmitido soledad e inseguridad. La Gillian post-accidente, también está sola, pero más en paz con ella misma, sin mentirse.

Hay una gran introspección de los personajes. Un trabajo profundo en la psique de los protagonistas y su evolución. Es honesta, ya que cuenta tanto los buenos como los malos pensamientos. No oculta nada. Escuchamos todo lo que piensan. Aunque no te guste, la vida y las personas, somos así. Esto no la hace difícil de leer, a ver si vais a pensar que es un tratado sesudo, que no. El autor tiene mucho arte y ha podido llegar a enseñarnos toda esa profundidad de forma sencilla, sin florituras y con cierta distancia. Me ha gustado mucho el lenguaje, las descripciones son concisas, concretas, certeras. Frases cortas y directas. Diálogos que aligeran la narración.

Peter Stamm es suizo, según la solapilla del libro, estudió filología inglesa, psicología, psicopatología e informática, aunque no tengo claro que finalizara ninguna de las cosas, yo leyendo esto me siento canija y entiendo mejor su forma de escribir. Ha vivido en Nueva York, París y Escandinavia y tiene una obra bastante extensa, no solo de prosa, sino también de teatro y radioteatro.

Noche es el día, el título, está tomado de un soneto de William Shakespeare:

“Noche es el día en que verte no consigo

día las noches que soñando estoy contigo”

Que comienza diciendo:

“Veo mejor si cierro más los ojos,

que el día entero ven lo indiferente…”

No lo entendía bien, hasta que lo analicé. Preciosa metáfora de lo que en realidad deberíamos observar. No es tan importante lo que se ve, sino lo que está en nuestro interior. Lo que vemos si cerramos los ojos y nos miramos hacia dentro. Noche como metáfora de oscuro, oculto, engañoso. Se hace la luz cuando nos vemos de verdad. No es tanto para los demás como para uno mismo. Unos de los trabajos que tiene que hacer nuestra mente, cuando vamos creciendo, es construirse una imagen de nosotros mismo, esto no es fácil, de ahí las crisis que nos acompañan toda la vida: la del niño pequeño cuando se empieza a reconocer en un espejo, la del adolescente que sufre una revolución física y mental en muy poco espacio de tiempo, la de la mediana edad y así hasta que nos morimos. En nuestros días esto todavía se hace más complicado. Nunca ha existido una época en la que se haya adorado tanto a la imagen. Vivimos por y para la imagen. Nuestras redes sociales nos definen. Filtros, poses, distorsiones. Las pantallas nos devuelven nuestra imagen ficticia, una reconstrucción de nuestro yo, que nos acabamos creyendo. Nos hace falta más que nunca, cerrar los ojos y meditar sobre quienes somos realmente. Buscar nuestro yo. Vernos.

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Lamia, de Rayco Pulido

Lamia

LamiaTengo que reconocer que este cómic ha sido toda una sorpresa cuyos ingredientes ya lo avisaban en su sinopsis: Barcelona en 1943, un asesino sanguinario suelto, un detective privado y una mujer, Laia, con un buen marido, un buen trabajo y un bebé en camino, pero que vive una mentira.

Lees eso y tu mente empieza a imaginar. Ambiente de posguerra, un asesino y una mujer a la que la vida sonríe pero todo es una mentira. Seguro que el asesino es el marido.

Y empiezas a leer, a devorar este Lamia, esperando equivocarte para que no sea tan fácil (y no diré si me equivoqué o no). Y también esperas alguna subtrama vampírica, ya que la lamia es un personaje mitológico griego, la primera vampiro, la asusta niños y seductora de hombres… Y algo de eso hay, aunque sin vampirismos ni sexo.

Bien, y entonces…. ¿qué tenemos aquí? Un buen cómic, que no es poca cosa. Y además en un formato a lo grande y con un precio bastante majo.  Estamos en Barcelona, en 1943, como ya dije. La vida ha vuelto a la normalidad tras cuatro años del fin de la guerra. Eulalia, aunque le gusta más Laia, trabaja como guionista en el consultorio radiofónico de Radio Barcelona. Un consultorio bajo dominio del obispado y en el que el resto de guionistas son un puñado de viejas chapadas a la antigua, chismosas, envidiosas y recelosas de la joven y embarazada Laia, de 32 años.

Laia aparenta ser feliz, pero su marido la ha abandonado. Su vida es una farsa y nadie puede saberlo. Al obispado no le gustaría que una de sus trabajadores fuera una madre soltera porque daría mala imagen, ya ves. Estamos en aquellos tiempos, sí, en los que todo era apariencia, en los que las mujeres que escribían al consultorio se quejaban de que sus maridos les pegaban y las guionistas, como mejor consejo, les recomendaban no hacer nada que irritara a sus parejas, aguantarlos y que les complacieran en todo lo que pudieran, ya que el matrimonio era un lazo inquebrantable…  ¡Ay! ¡Si Laia pudiera…! ,¡les contestaría cosas bien diferentes!…

Laia contrata a un detective para que encuentre a su marido, pero el detective no puede ocuparse de su caso todo lo que debiera, cuando hay un asesino terrible haciendo de las suyas por la ciudad y hasta la policía reclama sus servicios.

Y esto, y no solo esto, es Lamia. Un cómic cojonudo en blanco y negro, con buen dibujo sencillo (tanto que en ocasiones recuerda a lo caricaturesco) y funcional, casi diría art-decó, y una trama negra dividida en dieciocho actos, con sorpresas y giros, que entusiasman desde la primera viñeta, que mantiene el tipo y te deja en suspense.

Es una lectura fresca y rápida que refleja fielmente  una época que, a pesar de no haberla vivido, la reconocemos con más facilidad de la que nos gustaría y de la que, por desgracia, todavía quedan algunos asquerosos vestigios.

Lamia absorbe al lector, tiene algo especial que no se explicar y no diré que es hipnótica aunque lo sea. Es imposible no ser arrastrado por ella,  como los cantos de sirena arrastraban a los marineros… Pensándolo bien, sí que hay algo de esa lamia mitológica…

A modo de curiosidad, recomiendo que busquéis “lamia” en Google porque aclarará bastante el porqué del título. Pero, mejor después de leerlo, no antes.

Una lectura indispensable para este año. Un cómic de los buenos.

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