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Florido granado caduco marchito, de Sara Baume

florido granado caduco marchito

florido granado caduco marchitoA primera vista, con esa portada, podría parecer que este es otro de esos libros de perros. De esos en los que chico encuentra perro, perro se convierte en amigo inseparable de chico, chico y perro van juntos de birras, chico y perro duermen juntos, viven aventuras, ligan juntos, comen perritos y comida no apropiada para perros, duermen juntos, van al veterinario y, con el paso del tiempo, perro muere de forma incruenta o es sacrificado para que no sufra.

¡Pues no! Ni de lejos. Este no es uno de esos libros de mejores amigos. Es un libro poco convencional. “Una historia de amor entre un hombre y sus libros”, dice la contraportada. Pues que quieres que te diga. Tampoco, la verdad. No lo veo como una oda a los libros. El tío lee, y se nota que sabe cosas, pero son sobre todo nombres de pájaros.

Es un libro acerca de un hombre del que al principio no sabemos su edad, aunque joven no es, que decide adoptar a un perro. Un perro algo agresivo, y además tuerto.

Todo el libro es una descripción, una narración de las cosas que el hombre hace, contadas por él hacia su perro. En ocasiones el hombre parece algo retrasado, no le gusta el contacto con la gente, parece que teme a la comunidad y se retrotrae en su mundo, que no es otro que la casa en la que hasta hace poco vivía con su padre. Es un dejado, un tío muy pasivo, es incluso algo peor que el famoso Nota, de esa obra maestra de los Coen que es El gran Lebowski, es alguien que deja que las cosas pasen:

“No soy una de esas personas capaces de hacer cosas, ¿te lo he dicho ya? Me tumbo y espero a que la vida deje su huella en mí.”

Y aún así, quieres seguir leyendo y ver a dónde te llevará esta historia. Porque está claro que va a algún sitio, y, de este modo, buceando entre recuerdos de infancia y madurez y alternándolos con el día a día y el monólogo interior con Tuerto (así, en un derroche de originalidad nomenclatora, llamará al perro) vamos conociendo a este hombre sin nombre y la opinión que al principio se ha formado uno de él no es que dé un vuelco, pero sí cambia. No, espera, también da un vuelco en un determinado aspecto, uno muy serio, casi lo olvido… y todo por una salchicha… ahí lo dejo.

Bien. No sé qué más contar porque en el fondo es un poco como una road movie. Una road movie raruna sin mayor objetivo ni destino que una huida hacia adelante, como vulgares criminales. Una huida provocada por el miedo a una separación forzosa.

Una cosa que no puedo obviar sobre este libro es que por regla general, no me gustan las descripciones. Ya lo he comentado alguna vez. Me aburren soberanamente las descripciones, sobre todo las largas, que ralentizan la historia, que hacen que el ritmo baje y no recuerdes ya por donde iba la acción principal… En Florido granado caduco marchito las descripciones abundan pero no son largas, son precisas y originales, hasta diría que, ¡ojo!, deliciosas, y no cargan el texto de forma que te hagan perder el hilo, al contrario, son intensificadoras y clarificadoras de la idea que Sara Baume pretende transmitir en cada momento.

Florido granado caduco marchito es un libro difícil de catalogar, fácil de leer y cuya lectura proporciona una sensación final de paz y reordenamiento interior que no he conseguido con muchos libros.

Posiblemente no me haya hecho entender con la frase final, pero no importa. Yo ya me entiendo.

Pasarán días hasta que deje de preguntarme qué estarán haciendo hombre y perro.

Un libro entrañable.

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Injustice. Gods among us: año uno. Integral

injustice año uno integral

injustice año uno integral“Prohibido inmiscuirse en la vida de los hombres”

Esta frase, aparecida en la película Superman (1978) y dicha por un níveo y, como la Cospedal, en diferido, Marlon Brando (Jor-El) a su hijo, Kal-El, me ha venido a la cabeza varias veces durante la lectura de este tomazo impresionante. Porque es justo lo contrario de lo que el bueno de Supes, desoyendo a su padre, va a hacer.

En Injustice: Gods among us: Año uno. Integral, por primera vez vamos a ver a un Superman que no se contiene, un dios sin freno al que poco va a importar matar a alguien si con ello se salva a muchos. Vamos a asistir a un acontecimiento que va demoler los cimientos del boy scout y de la propia DC. Algo que ni el todo previsor Batman, con todos sus planes B, C y el abecedario completo, podrá impedir.

¿Y por qué? Por culpa del Joker. De un Joker, que, aburrido de que Batman siempre le derrote, decide probar suerte en Metrópolis y jugar con el hijo de Krypton. Todo lo que se nos cuenta aquí, en este primer tomo (y en los que vendrán), es un gran flashback y a la vez una precuela del famoso y alabado videojuego de mismo título.

Vemos al inicio a un Superman feliz, viviendo en pecado con Lois y recibiendo la estupenda noticia de que van a ser papás de un ser mitad humano, mitad aliencito. Poquísimo después, Lois desaparece y no la encuentran por ninguna parte. Supes pide ayuda a Batman y este a su vez a toda la Liga de la Justicia. Finalmente, y no hago ningún espoiler porque pasa al principio de todo, el Joker se carga todo todito Metrópolis con sus miles y miles de habitantes, y Superman, víctima de un engaño del payaso, mata a Lois y con ella también al hijo que lleva en su vientre. Nunca hemos visto a Superman tan cabreado, tan letal, tan furioso y desenfrenado como el momento en el que toma venganza ante la sorpresa e incredulidad de su amigo Batman (su cara es un poema. Por cierto, he borrado algo que dudaba si era o no espoiler. Qué blando soy, copón).

A partir de este momento, Superman cae en picado. Adiós al santurrón. Hola al justiciero. Comenzará una etapa de tolerancia cero con delincuentes e incluso presidentes de países en guerra. Ante la ONU suelta este discurso:

“No me importan vuestros países ni vuestras creencias. No me importan vuestras míseras rencillas. No me importa si sois locos o terroristas, reyes o presidentes. [..] Todas las hostilidades cesarán de inmediato… o yo les pondré fin”

Y eso será Superman inmiscuyéndose en la vida de los mortales de todo el mundo. Muchos héroes le apoyarán y otros, encabezados por Batman, se opondrán. Así tendremos poco a poco un equivalente a la Civil War de Marvel. Una guerra que todavía no está abierta, aunque sí veremos pequeños frentes. Este tomo es simplemente un asentamiento de las bases del conflicto en el que el kriptoniano se convertirá en un dictador.

Mola mucho ver cómo y porque unos se alinean a favor y otros en contra, estos dudan y algunos incluso cambian de bando. Las motivaciones y puntos de vista de todos los superhéroes están muy bien expuestos y el ritmo narrativo es tan ágil y rápido que lees sin darte cuenta. Y además, algunos capítulos tienen un cierre apoteósico, inesperado, de esos famosos giros de guion.

Tengo que advertir que no es un cómic de supermamporros. Los hay, y muchos y muy bien llevados, pero lo que prima es lo que he comentado en el párrafo anterior: política, tácticas, estrategias, amistades, reflexiones sobre actos y consecuencias, e incluso filosofía.

Aparecen una gran cantidad de personajes, de algunos de ellos tan solo conocía su nombre, pero ello no es obstáculo para seguir la lectura.

El guion es increíble, no me cansaré de decirlo; no es fácil sacar a los protas de sus roles habituales, y todos los dibujantes, que son varios, demuestran un gran nivel.

Son 432 páginas de diversión. No hace falta haber jugado al videojuego, faltaría más. Injustice: Gods among us: Año uno. Integral, es uno de los cómics con los que más he disfrutado y de los que espero con ansías locas y frenéticas el siguiente recopilatorio. Fijaos bien en lo que os digo…

Si os gustan los héroes de DC y todavía no lo habéis leído, no sé a qué estáis esperando. ¿Tal vez a Navidad o a Reyes? Si es así, es tanto un buen regalo como un buen autorregalo.

PD: por favor, si alguien lo ha leído ya, ¿puede aclararme la situación entre Luthor y Superman?

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Los abismos, de Iban Petit

Los abismos

Los abismosLos abismos es uno de esos libros de los que es difícil hablar sin traicionar al lector que todavía no se ha enfrentado a él. Se puede describir su trama, claro, pero si no se quieren estropear las primeras páginas es mejor hacerlo de una manera general, opaca: Los abismos se construye alrededor del relato que tres mujeres de la misma familia, de tres generaciones distintas, hacen de su vida. Sus historias, como es natural, se entrelazan. Son madres, hijas, abuelas y nietas entre sí. Pero ante todo son mujeres, y como mujeres les toca descubrir el mundo, a cada cual en su época, con sus posibilidades y limitaciones.
La historia arranca cronológicamente en los años cincuenta y termina en el momento actual. Aunque el marco temporal está claro, el lector la conoce a saltos, ya que las voces de las tres toman protagonismo por turnos, pequeñas píldoras que nunca sobrepasan el millar de palabras, y que nos van completando de esta manera el rompecabezas que conforma Los abismos.
Como todo puzle, el mejor momento se encuentra hacia la mitad del relato, cuando comenzamos a descubrir el dibujo completo que nos va a deparar pero nos quedan suficientes piezas sueltas como para tener entretenimiento durante un buen rato. Al principio es difícil vislumbrar una silueta, de hecho incluso puede que haya un punto en el que nos parezca que el ejercicio de emparejar una pieza con la otra no nos va a llevar a ningún lado. No es así. Como ya sucedía en su debut, Anotaciones circulares, todo lo que va arrojando sobre el papel Petit tiene una razón de ser, un lugar en el engranaje de la novela, bien trabajado y completamente diáfano cuando se mira en conjunto. Ese armazón, en este caso, está recubierto por libros y referencias literarias, una guía de lectura completa primero de la generación perdida estadounidense y del boom latinoamericano después. Como pegamento de contacto, un estilo limpio, sin alardes, una ambientación rigurosa pero no cargante que salta de San Sebastián a París y a Portbou. Lugares reales, de carne y hueso, que conocemos por sus habitantes más que por las páginas que se dedican a ellos. Los abismos, en ese sentido, resulta una obra más para los que disfrutan de imaginar a su aire a los personajes y sus habitaciones que para los que necesitan que les enciendan todas las luces cada vez que entran en una estancia.
El final del rompecabezas se intuye quizá demasiado pronto, uno de los puntos débiles de Los abismos, aunque en general el problema principal que le veo es que la acción casi nunca parece discurrir, no da la impresión de estarse produciendo. Así, tiene el lector la sensación de permanecer saltando continuamente (o casi) de recuerdo en recuerdo, y de algún modo esto evita la tensión del momento, detiene la intriga, adormece el texto en algunas partes. A esta sensación contribuye también, cuando nos deslizamos hacia el desenlace, que ocupe demasiado espacio la literatura como acontecimiento histórico. Porque el hilo que une a las tres mujeres, o al menos a dos de ellas, es lo literario, pero lo que mantiene al lector pegado a las líneas hasta que se le caigan los ojos una noche cualquier no es algo que puede leer en buenos libros de Historia a la mañana siguiente. Es la soledad y el abandono de una, el coraje de la otra, la curiosidad de la tercera, bien definidas por el autor.
Aunque escriba, y bien, con el punto de vista de una mujer, por encima de las consideraciones de género destaca la pulsión escritora de Iban Petit, su deseo de contar, de narrar y de ser escuchado, leído. Se pone de manifiesto su amor por la literatura y su anhelo de ser escritor por todos los medios. Vamos, que la novela está hecha con ganas y con cariño, algo que se nota hasta en la bellísima, como otras veces, edición de Expediciones Polares. La inmediatez con la que se publica un tomo tan complejo como Los abismos después de su anterior novela (un año aproximadamente entre las dos) demuestra también que está ansioso por salir al mundo y demostrar de lo que es capaz entre las páginas.
Y si algo consigue Los abismos es que, sin duda, merezca la pena echarle un vistazo tanto a este intento como a lo siguiente que saque del cajón.

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Las altas montañas de Portugal, de Yann Martel

Las altas montañas de Portugal

Las altas montañas de PortugalPrimero: argumento.

Tomás camina hacia atrás, literalmente de espaldas, por Lisboa. Estamos a finales del año 1904 y tiene en mente una misión: llegar a las Altas Montañas de Portugal para encontrar un crucifijo extraordinario, que le ayudará en su venganza contra ese Dios que le había arrebatado todas las personas a las que quería en menos de una semana. A los que le rodean no les ha explicado bien su objetivo, solo que piensa que allí va a encontrar un tesoro que por fin hará que le reconozcan en el Museo de Arte Antiguo en el que trabaja. Precisamente por su trabajo, ha dado con un diario escrito por el padre Ulises, en el siglo XVII, cura destinado en São Tomé, en el Golfo de Guinea. Ese diario le produce un gran impacto y se siente identificado con los sentimientos de soledad e incomprensión del cura. En él encuentra consuelo y las pistas para encontrar el magnífico crucifijo. Emprende un viaje increíble, largo y doloroso por Portugal en uno de los primeros coches de la historia, que le presta su tío, hombre excéntrico y muy rico.

Así empieza este libro que está dividido en tres grandes partes: “Sin casa”, “A casa” y “En casa”. Tomás es el protagonista en la primera parte. Eusebio, patólogo forense aficionado a las novelas de Agatha Christie, de la segunda en 1938 y Peter, político canadiense, de la tercera en los años 80. Los tres van a tener relación con esa región que llaman Las Altas Montañas de Portugal y los tres tienen que superar pérdidas de seres queridos.

Segundo: sensaciones.

Surrealista, este es el calificativo que me ha estado rondando todo el tiempo por la cabeza mientras leía esta novela. Cuando cerraba el libro, pensaba: ¿cómo voy a explicar esto? Las sensaciones que me ha producido sí os las puedo decir. Me ha encantado, del verbo encantar, o sea, de encantamiento de verdad. De estar pensando en el libro incluso cuando no lo tenías delante, de acostarte dándole vueltas a lo que habías leído ese día, de explicárselo al que tienes al lado, leerle trozos, para que te pueda entender cuando le dices que hay algo mágico que te tiene sorbido el seso, pero que no puedes explicarlo. Me ha divertido mucho, ha habido párrafos que me han hecho reír a carcajadas. Me ha sorprendido y ¡de qué manera!, de dejarme boquiabierta y ojiplática. Me ha emocionado, porque es enternecedora y dulce. Me ha gustado mucho literariamente hablando: rica, preciosa e inteligente, con magníficos diálogos y descripciones.

Tercero: confesiones.

Uno de los motivos por los que elegí leer esta novela fue por el escenario en el que transcurre el libro: Portugal. Son mis vecinos y amigos. La región a la que se refiere, Tuizelo que pertenece a Vinhais, la tengo a tiro de piedra. Compartimos las mismas montañas, clima y paisaje. Es un país que siempre me ha tratado bien, en el que he disfrutado mucho y por el que siento un gran cariño. Ahí no me equivoqué, hay unas descripciones muy acertadas, tanto de lugares como de gentes, con las que estoy totalmente de acuerdo. Yann Martel transmite cariño y admiración por el lugar; también mucho respeto, incluso ha protegido en muchos pasajes la lengua, no han traducido muchas expresiones y frases en portugués, creo que con buen criterio.

Enfrenté el libro como una novela normal, con mucha ilusión porque me gustó La Vida de Pi que es del mismo autor, aunque confieso que solo he visto la película. Error: no es una novela al uso, aunque sí la he disfrutado desde la primera frase. Tuve que caminar con Tomás bastante rato, de espaldas porque estaba enfadado con el mundo y era su manera de protestar. Tuve que pelearme con Tomás por esos caminos ingratos en esa máquina infernal. Disfruté con la autopsia que realizó Eusebio a Rafael, sí, aunque os suene macabro: me gustó una autopsia. La descripción que la senhora María Dores Passos Castro le hace a Eusebio de su casamiento y de su vida matrimonial creo que es de lo más bonitos que he leído en mi vida. Ya llevaba casi dos tercios del libro leídos cuando me empecé a dar cuenta de que lo que tenía entre manos es un gran cuento, una parábola enorme. Me tuve que quitar el raciocinio durante unas horas para disfrutar más y dejarme llevar. Me quité prejuicios, limpié mi mente de presupuestos y las piezas empezaron a encajar. Entonces llegué al final y el Principito me susurró al oído: “tienes que volver a empezar porque has estado viendo el sombrero y lo que tenías que ver era el elefante dentro de la boa”.

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El eterno intermedio de Billy Lynn, de Ben Fountain

el eterno intermedio de Billy Lynn

el eterno intermedio de Billy LynnVende tu producto. Si lo que ofreces es lo suficientemente bueno se venderá solo. Diseño, nuevas aplicaciones, exclusividad… Te lo quitarán de las manos. Si ese artículo está enmarcado en una gama media te toca trabajar más. Crea una necesidad. El cliente precisa de tu artículo para vivir mejor. ¿Pero y si lo que aspiras a vender, y hablando claro, es una mierda? ¿Y si es un producto infumable y hasta, tal vez, perjudicial? ¿He dicho perjudicial? Quería decir mortal. Bueno, entonces entra en juego el arte de enmascarar la verdad. Una mierda cubierta de guirnaldas sobre una bandeja de plata parece menos mierda. Destaca las virtudes del producto; si es que las tiene, sino algo se nos ocurrirá. Añade también, siempre, un poco de miedo. Si no lo adquiere ya, se quedará sin él. Si no compra esa alarma, le entrarán a robar. Si no atacamos, si no nos defendemos, ellos vendrán a por nosotros, con armas de destrucción masiva, y nos despojarán de nuestras libertades. ¡Palabras mayores! Póngame un puñado de guerra, por favor. Sí, a la mayoría ya los tienes en el bote. Tras toda guerra existe un marketing. El eterno intermedio de Billy Lynn, de Ben Fountain, además de una novela magnífica es un gran ejemplo de ese inmoral marketing.

Pero tras El eterno intermedio de Billy Lynn hay mucho más que una divertida sátira sobre el arte de vender una guerra, pues hay también la historia de amistad de ocho supervivientes. Uno de ellos, Billy Lynn, será el guía que nos conducirá por los recovecos de la América más grotescamente patriota. Esa que se esconde tras la bandera cada vez que se lleva a cabo un acto de dudosa moralidad. El escuadrón Bravo ya no está completo. Hubo muertes. El mejor amigo de Billy Lynn cayó. “Es un poco raro. Que te rindan homenaje por el peor día de tu vida”. Los muertos no importan. Son mala publicidad. Pero las acciones que llevaron a cabo contra los insurgentes en Al Ansakar los han convertido en héroes. Solo necesitaron un vídeo de poco más de tres minutos, eso y que éste se volviera viral. Ahora estos héroes serán homenajeados. El Texas Stadium parece el lugar indicado. ¡Si hasta les quieren hacer una película con Hilary Swank de protagonista! La América más profunda, la más enfermizamente patriótica y la que cree con fervor en el sueño americano les ama. Los ocho soldados conocerán a gigantescos futbolistas, cheerleaders de voluptuosas formas y gente adinerada que está a favor de la guerra de Irak siempre y cuando ésta se quede en Irak y ellos puedan seguir llenándose los bolsillos de billetes.

De Ben Fountain solo sabía que no sabía nada, de igual manera con su obra. Fue un salto a ciegas el lanzarme a leer El eterno intermedio de Billy Lynn; un acto de fe producido por la provocativa portada y la impecable sinopsis que la editorial Contra me ofrecía. ¡Señor, qué vuelo, qué viaje y qué aterrizaje! Y aunque mi género preferido es la fantasía, de tanto en tanto me gusta darme un buen baño de realidad leyendo sobre algo que, aunque ficticio, se basa en un hecho real: la guerra de Irak. Pero aun siendo etiquetado como libro bélico, éste no te lleva a la guerra, no dispara (casi) ni una bala, pero te golpea en cada frase con una contundencia brutal al mostrarte qué hay entre bambalinas, tras ese escenario en donde caen bombas y muere gente. Y la verdad es que el panorama es deprimente. Un lugar de cínicos, teatreros y oportunistas que consiguen hacerte levantar del sofá y cagarte en la madre que los parió. Toda la culpa la tiene Ben Fountain, pues narra de forma extremadamente vital, lanzando mensajes de posterior reflexión. Además intercala oraciones repletas de jerga con otras de filosófica meditación, a la misma velocidad que una ametralladora descarga su mortal munición. Sus metáforas, que en una primera y rápida lectura parecen muy rebuscadas, cuando el cerebro las procesa con calma, se muestran como una genialidad.

A medida que te adentras en la historia irás descubriendo como los denominados héroes son tratados como meros objetos, como un medio para conseguir un fin. Los sentimientos no importan, el honor tampoco. Y los héroes están más guapos callados y sin pensar. La escena en la que el escuadrón hace su espectáculo junto a las Destiny’s Child es tan deplorable como esperpéntica. Escenas como ésa son las que consiguen que una sensación de nostalgia te acompañe durante todo el libro. Nostalgia de aquello que todavía no se ha perdido, de todo aquello que no ha ocurrido, pero que Billy sabe que acontecerá. Ya que los ocho del escuadrón Bravo deberán volver a la guerra de Irak en cuanto acabe todo el espectáculo. Y a pesar de toda esa tristeza contenida hay muchos momentos de divertido gamberrismo. Peleas campales a medio partido. Borracheras. Pensamientos indecorosos. La épica búsqueda de un ibuprofeno. Sexo furtivo y enamoramiento. Pensamientos de evasión. Esperanza.

Llegar al clímax de El eterno intermedio de Billy Lynn significa ser uno más del escuadrón Bravo, significa empatizar con ellos y con sus difíciles elecciones. Significa, también, tener que soportar esa escena, que retrata una feroz lucha de clases, con la filmación de una película de por medio, en la que son pisoteados como cucarachas en la intimidad mientras de cara al público son tratados con honores. Y al final, el párrafo. Ese párrafo con el que se cierra el libro y que consigue más tiempo de reflexión que cien libros de filosofía.

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Anatomía de un soldado, de Harry Parker

Anatomía de un soldado

Anatomía de un soldadoAl principio me cogió con cierto recelo. Le había llamado la atención por mi sinopsis, pero no sería la primera ni la última vez que un atrayente párrafo en la contraportada de un libro le hacía perder el tiempo. Poco a poco se fue dando cuenta de que en mis hojas había una historia digna de ser impresa y de que mi estructura era de lo más original que iba a ver en mucho tiempo. Seguramente fue por eso que, sin ser yo excesivamente pequeño, me devoró en pocos días, que se le hicieron eternos al no saber qué futuro le esperaba al pobre capitán Barnes. Cuando pasó sus ojos por la última de mis frases se le puso una media sonrisa complaciente en el rostro y noté que estaba satisfecho consigo mismo por haberse dejado llevar por aquel primer párrafo.

Este es, a grandes rasgos, el estilo narrativo que uno encuentra en las páginas de Anatomía de un soldado, que publica en español la editorial Sexto Piso. La historia de cómo el capitán Tom Barnes pierde sus piernas  y la manera en que discurre su vida a partir de ese momento tiene dos alicientes especialmente notables. El primero de ellos es que Harry Parker, su autor, habla, por desgracia, desde la experiencia. En el año 2009, cuando era oficial del ejército británico y estaba destinado en Afganistán, tuvo la mala fortuna de pisar una mina cuando regresaba hacia su base por un terreno que no había sido evaluado. Consiguió salvar la vida milagrosamente, pero nada pudieron hacer los médicos con sus piernas. No cabe duda de que la historia de Barnes está irremediablemente unida a la de su creador. El segundo aspecto que destaca de este trabajo es que la narración, lejos de dejarla en manos del propio protagonista o del siempre socorrido narrador omnisciente, la asumen distintos objetos que se encuentran cerca de los lugares donde ocurren los hechos.

Es una lectura extraña, pero al mismo tiempo muy atractiva. Me costó acostumbrarme a su singularidad, no voy a negarlo. No siempre es una bota la que te cuenta cómo llega su dueño al autobús del ejército o una mina antipersona la que te explica, con todo lujo de detalles, la manera en la que ha sido fabricada. Para mí, este experimento estilístico tiene aspectos positivos y negativos. Para bien, además de la mera originalidad, que nunca hay que menospreciar, destacaría que las narraciones están realmente bien construidas y te hacen sentir como si estuvieses viendo lo ocurrido desde el prisma de un vaso de cerveza o de una pierna ortopédica, lo cual tiene mucho mérito. En su contra podría argumentar que la falta de continuidad narrativa —tanto porque cada vez es un objeto el que habla como porque hay continuos saltos temporales en la historia— hace que en ocasiones sea algo costoso seguir el desarrollo de los acontecimientos.

También es necesario destacar las descripciones que hace Parker en este trabajo, ya que éstas son enormemente potentes y verosímiles. El británico no tiene compasión del lector cuando quiere hacerle sentir cuan duros son los momentos por los que el protagonista pasa desde el atentado, tanto a nivel físico como psicológico, y refleja con toda crudeza las situaciones más precarias. Sin duda este es uno de esos libros en los que se nota la diferencia entre los escritores que relatan desde la documentación y aquellos que han vivido cosas similares a las que cuentan.

No voy a esconder que no me gustaría leer decenas de libros escritos a la manera de Anatomía de un soldado. Al fin y al cabo, las buenas historias no suelen requerir de grandes florituras estilísticas. No obstante, tampoco negaré que he quedado enormemente satisfecho con esta lectura, ya que aúna una emocionante historia de superación y una llamativa y poderosa forma de volcarla sobre papel.

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Ella en la otra orilla, de Mitsuyo Kakuta

ella en la otra orilla

ella en la otra orilla Tenía ganas de leer alguna novela japonesa contemporánea para ver como es la vida de la gente común, sus problemas, sus alegrías, sus sueños e ilusiones; y creo que Mitsuyo Kakuta me ha ofrecido mucho más de lo que yo pensaba que podría encontrar en una sola obra literaria.

Y es que la autora de Ella en la otra orilla me ha parecido una gran transmisora del mundo en el que se mueve, no es de extrañar que sea una de las escritoras más vendidas en Japón, pues de la misma forma que yo he creído lo que cuenta, será interesante para un japonés verse reflejado en las novelas de esta escritora.

Y es que no deja de ser importante tener referentes de este tipo, autores que nos muestran la realidad que estamos viviendo pero desmaquillada, desenvuelta ya de ese papel que la hacía parecer un regalo. Aquí lo que queda es la vida en bruto.

Ella en la otra orilla nos presenta el día a día de Sayoko, una mujer que decidió dejar su trabajo al casarse para dedicarse a su casa y a su familia. En la actualidad tiene un hijo de tres años, Akari. Es posible que en el reflejo de su hijo, de su forma de actuar y sus dificultades de comunicarse con el resto de niños, le haga reflexionar y decidir empezar a tomar decisiones; y no serán fáciles, porque la vida está llena de obstáculos que son más difíciles de afrontar cuanto mayor es nuestro grado de inseguridad.

Sayoko decide retornar a la vida laboral, y la autora nos muestra las inmensas dificultades con las que se habrá de enfrentar, que no son, por otra parte, distintas a las que nos tenemos que enfrentar en el mundo occidental, o por lo menos en este en el que yo me muevo. Las mismas desesperanzas de Sayoco han sido las mías y las de mis amigas mientras nuestros hijos han sido pequeños.  Cambian los mundos y cambian las culturas, pero los problemas de la mujer en general son los mismos en todas las partes.

Aparece en escena Aoi,  su jefa, otro tipo de mujer, una mujer segura de sí misma a la que vernos crecer y evolucionar desde su adolescencia, y de la que tendremos referencias incluso de su infancia. Renace de unan tremenda situación de Bulling que debió afrontar, ya saben ese acoso escolar cada día más habitual o al menos más visible y del que es tan complicado salir;  una historia  contada en dos planos temporales y en la que seremos testigos excepcionales de toda la evolución.

Así pues la novela salta de pasado a presente y del presente al pasado, podemos ver las consecuencias claras de lo que la infancia hace con cada uno de nosotros; por qué es tan importante la educación, no sólo la escolar o la social, sino la familiar, donde tiene que estar el germen de la fuerza para afrontar la vida.

Al pensar en la importancia de la familia no me queda más remedio que recordar el famosísimo arranque de Anna Karenina aquello de que “todas la familias felices se parecen pero las infelices lo son cada una a su manera”.  Una familia feliz y sólida debe ser sin duda el fundamento de la sociedad.  Muchas veces pienso que en la vida estrictamente familiar es donde nos mostramos como realmente somos,  ya saben, de puertas para dentro… Pero esto ya es divagar sobre una de las tantas cosas a las que nos puede llevar esta lectura.

 Me alegra haber leído Ella en la otra orilla, un libro sencillo pero cargado de profundidad, donde queda reflejada la dureza de ser distinto en un mundo tan homogéneo, es triste no poder ser uno mismo, siempre tener que darle a los otros esa parte uniforme de nosotros, cuando seguramente esa otra que queda en el interior es la más relevante, y la que mayor felicidad nos daría de ser libres para mostrarla.

 

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Puerca tierra, de John Berger

Puerca tierra

Puerca tierra

No hacen falta raíces para que la tierra sujete tus pies anclados a la tierra como pequeños árboles nacidos de un útero de arcilla, como niños paridos cuando se ha partido el fruto del nogal, como niñas alimentadas de las ubres de las vacas, como vacas alimentadas, cada mañana a la misma hora en el mismo minuto, por todas las manos de hombres y mujeres que habitan sobre la tierra, con sus ojos legañosos llenos del polvo de la hierba seca recogida en verano, o llenos de barro de las botas que salpican el rocío matinal de los pastos donde se alimentaron todas las ovejas y todos los campesinos, todas las vaqueras y todos los bueyes que en el mundo han existido; y no hacen falta aquellas raíces que amarren tus pies, porque la tierra te atrapa, y no te suelta, con historias, con el recuerdo de todos los pasados y antepasados de cada una de las familias que han existido en las tierras de labranza, en las tierras de pasto, entre montañas de piedra y bancales, o entre llanuras de cereal y frutas; no te suelta de todo aquello que quedó enganchado como en telarañas de recuerdos que se aparecen en todos los rincones de los caminos, en cada cruce, en las piedras, en cada herida, en los muertos, en cada viaje, en los sucesos, en las alegrías, en las tristezas, en cada campana que toca a muerto o a fuego, o a inundación, en las manzana con sabor a sidra, en cada sidra con sabor a manzanas y a manos llenas de cieno y cielo. “Puerca tierra” son las historias de un estrecho pedazo de mundo, cerrado y cercado de montañas, pasados los años 50 del siglo XX en una Francia rural y campesina. Son personas y animales, sucesos y aspiraciones, ruegos y pérdidas, ganancias y maldiciones atrapadas entre esas montañas y pastos, entre esas casas colgadas del precipicio, y agarradas a las faldas de las montañas, entre aquellas hierbas y piedras llenas de musgo, llenas de los fantasmas de generaciones que pasaron por allí pisando las mismas rocas, saltando por los mismos atajos, viviendo en las mismas casas. Son las historias de un instante de sus viajes por la vida, pero que no pueden haber sucedido, ni sucederán, en aquellas tierras sin el recuerdo y la mirada olvidada de todos los antepasados que habitaron entre esos aires con olor de hierba cortada, estiércol y nieve.

Puerca tierra” son relatos sobre gentes que habitan un paisaje entre montañas, un pequeño universo en el que sufren, sudan, pelan, gritan, soportan duramente…y lo hacen porque es el suyo; fuera de él solo sabrán vivir las nuevas generaciones que no han sido absorbidas por la tierra, por sus querencias y por sus deseos de preñada con antojos; jóvenes que se fueron, y pocos volvieron. Así van apareciendo unos relatos sobre la realidad de personas, presentes y pasadas, que viven, y vivieron, de la agricultura y el pastoreo; y todos aparecen y se adivinan presos a las tradiciones, a las miradas exigentes de sus antepasados, a esas tierras propias, a los muros de los “chalets” en los que viven. Sus costumbres, sus apegos, sus odios, sus amores, sus recias personalidades están pegadas, y plegadas, a la dureza de las piedras, a su acerbo de generaciones que no quieren cambiar, que no quieren descubrir que debe haber algo nuevo, y hoy todo parece llevarlos hacia un fin lánguido, como la muerte dulce en la cama caliente, o en la bañera del agua cargada de vapores; muerte desde la que caerán los muros de sus casas, de sus bancales, de sus frutales, porque nadie seguirá cuidándolos; las generaciones pasadas acabarán junto a ellos, y lejos de sus hijos allá en la ciudad, allá en París,.

John Berger, cuenta, e interpreta, las historias que le contaron durante una época en la que vivía en la montaña francesa, y lo hace sobre las cosas que por allí habían sucedido, o suceden, pero también las impresiones que le deja todo aquel material humano, aquella tierra llena de heridas, sangre, sudor y estiércol; todo aquel aire impregnado de palabras cortas y frenéticas que sirven para parar el tiempo o para llamar a los animales o al buen tiempo desde las cumbres de las montañas; o sirve para mostrar recios odios y alabanzas, y para anunciar que la vida es ayuda y lucha, y para hablar de  viejas historias de las guerras mundiales, o para recordar a padres o madres que enseñaron cómo debe ser al vida, pero no enseñaron a vivirla, solo a trabajar; trabajar y sudar desde que se va la luna hasta que aparece de nuevo, cuando ya comienza a salir la escarcha. Pero Berger no solo habla de lo que sabe y le contaron, -y habla con su voz o con las del viajero que ha vuelto y encuentra el pueblo otra vez, o del niño ya viejo con recuerdos inolvidables o … -; también habla de sus sensaciones, de esa impronta que solo pueden aparecer desde la poesía. Con ella muestra el lado oculto de la personalidad del pueblo, esa que solo puede explicarse con los silencios entre las estrofas, y los gritos en los versos

Y los relatos que cuenta son sobre una pequeña mujer que tiene tres vidas y que parece pelear con el mundo desde su pequeña estatura; y hablan de vacas y de perdidas y de cerdos y matanzas y  de viajes a la nada; y hablan de padres  e hijos que no se comprenden; y de pelear por subir todos los días una cuesta con la fuerza de sus brazos y un viejo caballo; y hablan de campesinos que solo quieren defender lo justo, su justicia propia, su saber de siglos que no es el que rige ahora el mundo; y hablan de la ayuda entre todo el pueblo para la matanza del cerdo, o para construir casas, o para cavar en la nieve en búsqueda de cualquier cosa: tuberías, topos, comidas, tesón, fuerza…todo eso que une y todo lo que dispersa. Todas las historias de las que habla el libro son sobre campesinos que aman más su forma de vida que a la propia tierra: y la aman porque saben de ella, saben como será, saben que nada debe o puede cambiar para que intenten sobrevivir, saben que tras las lluvias siempre escampa, que las nieves traen silencio y prosperidad, saben que deben seguir los pasos de sus padres, y de los padres de sus padres, y la de los padres de estos, porque ellos supieron vivir y asentarse en aquellas tierras, y con aquellos animales, que no siendo los mismos, son las crías de las crías de las crías que aquellas que acompañaron y alimentaron  a su vieja familia, y así deberá seguir siendo. Los relatos y poemas que hablan de la vida en esas tierras duras y fecundas, son relatos de vida y de muerte, de crecimiento y caída, de lo viejo que se quiere y lo nuevo a lo que se deben acostumbrar, son relatos de nacimientos y de pensamientos de huida pocas veces cumplidos, porque la tierra se agarra a su piel.

La última historia que cuenta John Berger, que no lo es, es un ensayo sobre la vida del campesinado a lo largo del tiempo, es posible, que con los cambios que se han introducido desde que escribió este libro , haya cosa que no encajen, pero sin duda es un análisis lúcido sobre un mundo que comenzaba a cambiar, pero que seguía siendo tan feroz y tan difícil como la de hacía cien o mil años.

Es un libro bello en sus pensamientos, bello en su lenguaje, triste en sus palabras profundas, profundo en sus palabras tristes; es un libro para sentarse y mirar el horizonte capado por las montañas que rodean pueblos, que rodean casas, que rodean animales, que rodean hombres y mujeres que rodean montañas…

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El cartero de las mujeres, de Quella-Guyot y Morice

el cartero de las mujeres

el cartero de las mujeresReconozco que, con este cómic, la portada ha sido un poderoso reclamo. Un auténtico imán irracional para mí. Esa mujer, con un aire a las tahitianas de Gaugin, sujetando en el pecho, esperanzada, una carta, en la costa, con el mar de fondo, el faro, las gaviotas… Ese color y ese dibujo tan atrayentes…

La sinopsis no hizo sino confirmar que quería leer este cómic. Un cómic que a veces me recordaba a la preciosa y triste película italiana de Tornatore, Cinema Paradiso, aunque no sé todavía por qué, (aquí ni hay cine, ni el prota es un crío aprendiz, ni estamos en Italia… lo único, si apuramos, la guerra…) pero da igual; era una sensación que no se apartó de mí durante toda la lectura y que me gustó que así fuera.

El cartero de las mujeres es una historia que debe, que TIENE, que leerse con tranquilidad y calma. Fijándonos bien en las viñetas, en los colores, y, siendo un poco más técnicos, (tampoco mucho más), en la composición de las páginas. Páginas con una viñeta, otras con dos, cinco siete,… y todas dispuestas de maneras distintas. Los colores cálidos ayudan a esa lectura relajada. Vivimos prácticamente un atardecer de verano durante la mayoría del cómic y vemos lugares comunes que podemos identificar y nos son familiares a todos.

La historia comienza diciéndonos que un terrorista serbio asesina al archiduque Francisco Fernando, cosa que, no es el detonante de la I Guerra Mundial, pero sí otra de las gotas que colmarán el vaso y la que provocará que una pequeña isla bretona se quede sin hombres. “No hay isla que no esté a salvo de continentes cretinos”, dice el maestro, embarcado también para la guerra.

Maël es un chico patizambo y por eso no es reclutado. Será el encargado de repartir el correo en la isla, cosa a la que está dispuesto con tal de librarse de los quehaceres diarios ayudando a su tiránico padre.

Las mujeres deben también adaptarse y hacer el trabajo que hacían los hombres: ocuparse del campo, de los animales y además de las tareas de la casa. Echan de menos a sus hombres, sobre todo en la cama. Y ahí es donde Maël, a cuya presencia periódica se han acostumbrado va a intervenir.

Maël, a quién ninguna mujer en el pueblo le ha hecho caso nunca, de quién todo el mundo se ha burlado, quien era considerado casi como el tonto del pueblo, se descubre como un muchacho tímido, inteligente, sensible que cae bien a todo el mundo, con quien se pueden desahogar y llorar en el umbral sin preocupar por ello a sus padres; a quién pueden invitar a comer… y poco a poco algo más. Ya no les parece jorobado ni feo.

Maël sacará todo el provecho posible de su situación y se acostará con toda la que se lo pida, ya sea joven o anciana. Pim, pam. Con “to quisqui”. Si lleva faldas no hay más que hablar. Se entiende. Tanto tiempo en barbecho… Con el tiempo ganará en confianza y autoestima e irá ya no solo rechazando algunas propuestas en favor de otra, sino que se valdrá oscuras tretas para cazar a aquellas mujeres que no hayan pasado por su cama.

Hasta aquí puedo leer sin destripar más. Solo añadir que el rumbo que seguirá la historia a partir de aquí no lo imaginé en ningún momento. Esperaba una trama suave, costumbrista y tranquila hasta que los hombres, los supervivientes, volvieran de la guerra. Esperaba una linealidad cómoda y deliciosa. Pero el final, no por inesperado ha sido menos disfrutable, suave e incluso costumbrista.

A riesgo de parecer un moñas, insistiré: El cartero de las mujeres es un cómic delicioso (pero no en sentido moñas, que no lo es para nada. Incluso tiene un tono diabólico. Hala, ya lo he dicho).

Espléndido el arte y también el guion.

Y la edición, que los de Ponent Mon también se la han currado: tapa dura, tamaño grande y buena calidad del papel.

Un lujo de obra que no se puede dejar pasar. Un regalo perfecto.

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Dark Butterfly, de Xina Vega

Dark Butterfly

Dark ButterflyConfieso que una de las cosas que me dan más miedo, que me imponen más respeto, son las enfermedades mentales. Sé que es por desconocimiento, incertidumbre e incomprensión. Me da miedo perder la cabeza o que algún ser querido enferme, por ejemplo, que mis mayores sufran de Alzheimer o senilidad y aunque estas dolencias son muy duras, las comprendo algo mejor por lo que tienen de deterioro por la edad; pero las que me dan más miedo son las otras: esquizofrenia, trastorno disociativo, personalidad múltiple, depresión profunda, trastorno límite de la personalidad y no sé cuántos más, porque entiendo poco, ya lo he dicho.

Creo, además, que no soy yo sola la que no sabe sobre ellas, es algo generalizado y que ese desconocimiento y miedo hace que sean enfermedades que se ocultan, de las que no se habla. Si te rompes un brazo, la gente viene a verte y te firma en la escayola, pero si se te ha ido la cabeza… mejor me aparto, porque no sé cómo gestionar esto. Tendemos a culpar al propio paciente de haberse dejado llevar por la locura, de no luchar por su cordura. Luego está la parte médica que no voy a criticar, porque no soy quién, pero se recetan ansiolíticos, antidepresivos, tranquilizantes y demás familia demasiado alegremente, como quien da caramelos, lo que creo que está enturbiando, tapando y empeorando algunos trastornos, que a lo mejor, con ayuda psicológica y otros tratamientos no químicos, se podrían arreglar y no derivar en estas duras enfermedades. Soy de las que pienso que al lado del médico de cabecera, tendría que haber un psicólogo de cabecera, y seguramente el 50% de los enfermos se desviarían por esa puerta. Porque muchos de nuestros males, dolores y malestares vienen de nuestro cerebro, no son enfermedades tan graves como las que he nombrado al principio que son las que trata este libro, pero también entorpecen la vida.

Dark Butterfly es una narración breve pero muy intensa, con formato de diario; es la historia de una chica que sufre esquizofrenia, que se quiere morir porque no puede con ella misma y con lo que su cabeza sufre. Nos cuenta en primera persona lo que se le pasa por esa mente tan enferma. Pasa por internamientos, por épocas en las que tiene un rayo de esperanza, pero ni la medicación, ni todo el esfuerzo que ella hace, arreglan su situación que se va deteriorando terriblemente. La enfermedad la aboca al aislamiento y a la exclusión social. Es muy dura, abrumadora y triste. La novela nos muestra sus visiones y sensaciones, su pena y sufrimiento. Es una persona muy inteligente, culta y creativa, y tengo la sensación que eso la hace sufrir todavía más. A veces es mejor vivir ignorante, no pensar, pero ella sí sabe. En algunos pasajes nos cuenta de forma casi aséptica, los efectos de los medicamentos en su cuerpo. También nos transcribe los apuntes de sus médicos, fríos, alejados, sin alma. Nos hace dudar y sospechar de los tratamientos y los métodos que se utilizan para estas enfermedades, que parecen intentos estériles de arreglar algo. Te hace poner en la piel del enfermo, sintiendo lo que él siente y entendiendo muchas cosas. Nos muestra también el padecimiento de sus pocos amigos, enfermos cómo ella, con caminos parecidos. Poco se habla de los “cuerdos” aunque su familia y contadas personas más, están ahí, intentando el rescate.

Xina Vega ha dado una voz increíblemente respetuosa a esta chica. Por lo que he leído, es un trabajo que necesitaba hacer como una cura personal, por un caso muy cercano a ella misma. Brillante en la prosa, con acertadísimas metáforas, a veces es auténtica poesía. Juega con la sintaxis, utiliza frases muy cortas, como si el pensamiento fuese rápido, cortante, para eso usa mucho el punto y poca frase subordinada. Es un no parar de rumia, rumia. La escritura es más pausada en los escasos pasajes en los que la protagonista tiene algo de alivio, cuando parece que funcionan los tratamientos.

Me ha dejado el corazón encogido, triste, aunque sabía en lo que me metía, lo he hecho con conocimiento de causa. Es un tema peliagudo y difícil, pero quiero entender más, porque no quiero mirar para otro lado cuando sé que hay mucha gente sufriendo por estas enfermedades, porque no vale escudarse en la ignorancia. Porque es incómodo, pero nos toca y nos incumbe.

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La mano de Dios, de Philip Kerr

La mano de Dios

La mano de DiosNo hay mucha literatura ambientada en el mundo del fútbol; como poco, hay menos de la que debería. Y es que se me ocurren escasos ámbitos mejores para ambientar tramas llamativas: equipos que tienen más dinero —y poder— que muchos países, jóvenes millonarios que, en muchos casos, no son capaces ni de gestionar sus propias emociones, mafias que engañan a familias haciéndolas creer que convertirán a sus hijos en futbolistas de éxito, escándalos de corrupción que se silencian sin vergüenza alguna, ‘aficionados’ que defienden proclamas racistas y machistas desde los fondos de los estadios…

Cuando leí Mercado de invierno, la primera novela de esta saga, vi claro que su autor, el británico Philip Kerr, buscaba a un tipo de lector muy concreto. Ese que pasa el domingo pegado al televisor desde que termina de comer hasta que se va a dormir, el que al día siguiente no es capaz de poner media sonrisa en la oficina si su equipo no ha pasado del empate, el que podría recitarte la alineación del Club Deportivo Logroñés de la temporada 86/87 sin tartamudear, ese que lo primero que hace al levantarse es revisar su alineación del Comunio. Y que disfruta con las buenas historias detectivescas, claro. La mano de Dios, al fin y al cabo, es una novela negra en la que los asesinatos y las investigaciones acaban dejando  a los balones y los campos de hierba en un segundo plano.

El núcleo de esta saga es Scott Manson, un personaje realmente interesante. Es entrenador de fútbol como podría haber sido tornero fresador, ya que su atractivo no radica tanto en su buen hacer desde el área técnica como en la inteligencia y la perspicacia que le caracterizan para enfrentarse a todo lo que le ocurre fuera de los focos, que es mucho. Así, si en la primera novela tuvo que descubrir quién había asesinado a Joao Zarco, el entrenador a quien sustituyó en el banquillo del London City, en esta deberá investigar qué ha propiciado que uno de sus jugadores caiga fulminado sobre el césped en mitad de un partido de Champions League en Grecia.

Kerr recoge muy bien el ambiente que rodea al balompié y hace un totum revolutum con algunos de los escándalos más recientes y habituales: equipos que falsifican la edad de sus jugadores, futbolistas que esconden su homosexualidad por miedo a la crítica de los intolerantes, infidelidades tan cacareadas como cotidianas… Aun así, como ocurrió en la primera novela, hay algo más que fútbol en las páginas de este trabajo. Especialmente se nota el interés de Kerr por la historia, lo que le lleva a remitirse en muchas ocasiones a épocas pretéritas para dar riqueza a los diálogos. Tampoco deja de lado algunos temas tan candentes en nuestros días como la crisis económica —con una descripción especialmente cruda de la difícil situación de Grecia—o el tema del radicalismo islámico.

Esta segunda entrega de la serie ‘Scott Manson’ es una novela que se lee muy fácil, tanto por el lenguaje sencillo y ameno con el que está escrita como por lo adictiva que resulta la investigación de los sucesos. A alguien que no sea demasiado futbolero seguramente las primeras páginas se le harán un poco cuesta arriba, pero creo que la personalidad de Manson, el entrenador de fútbol que hace de todo menos entrenar, bien merece un esfuerzo.

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Deshacer las Américas, de Hernán Migoya

deshacer las americas

deshacer las americasDecir que Migoya es polémico, provocador y políticamente incorrecto es una obviedad. Es más: es lo que yo le pido. Es lo que busco en sus libros. Me decepcionaría si no lo fuera. (Otra cosa es ya discutir donde empieza y acaba lo asquerosa y políticamente correcto y lo necesario, que lo es, de la existencia de autores como este para saltarse unas invisibles líneas rojas que pocos osan cruzar).

Sí. Migoya ya tiene la etiqueta. La tenía antes del escándalo de Todas putas, pero no fue hasta que la política entró de lleno y lo usó como arma arrojadiza (el libro se publicó sin mayores problemas y no fue hasta que su editora, Miriam Tey, fue nombrada directora del Instituto de la Mujer, cuando se armó el belén) cuando la etiqueta se hizo visible y palpable. Así es España. Una panda de hipócritas que se arrima al árbol que mejor sombra da. Una panda de idiotas que no sabe distinguir ficción de realidad y se erigen en paladines de lo correcto, de la libertad, de la defensa de los desfavorecidos, queriendo hacer pasar por progre el puritanismo más rancio, vomitivo y radical.

¡Ficción, señoras y señores! ¡Ficción! Pero es igual. Es como darse de cabezadas contra una pared. El que no quiere entender no entiende, y no hay peor sordo que el que no quiere oír.

Bien. Estas cosas me calientan mucho (no sexualmente, precisamente) y todavía no he hablado de Deshacer las Américas (o La flor de la limeña, como se titulará en Sudamérica). Me extraña que todavía no haya oído a ningún grupo, de la calaña que sea, querer crucificar a Migoya por este libro, aunque sí he leído que alguna feminista ha protestado por la portada “megamachista” de la diseñadora catalana Marta Torres, cuando una portada similar en concepto ha sido usada en un libro “megafeminista”.

En fin. A lo que íbamos. Tras el escándalo de Todas putas Migoya se autoexilió en Perú. Igual que H, el prota de la novela que nos ocupa aquí. Huye tanto del establishment literario español como de una ruptura sentimental con su esposa, y nada más aterrizar e instalarse se mete a un chat en busca de sexo. De esto trata básicamente el libro. De cómo busca, selecciona, queda y folla con mujeres. Follar, follar y follar como mecanismo autodestructivo, con mujeres que no quieran compromiso, que solo quieran follar. Y a través de estos encuentros, Migoya también radiografía la sociedad sudamericana. Muchas le toman por conquistador español, muchas le quieren bajar de ese pedestal, la mayoría tienen complejos de inferioridad, casi todas son mujeres sometidas por el hombre y aspirantes a formar una familia y anhelan el compromiso. Casi todas también se sienten culpables por acostarse con él, pues eso es lo que toca habida cuenta del enrraigado catolicismo que profesan. Todas saben a lo que van aunque también es cierto que algunas no se resignan e intentan conseguir algo más.

Y esto es así durante el 90% del libro. Descripciones de las mujeres que se tira, descripción de las partes de las mujeres que le gustan, descripciones del folleteo y descripciones de cómo le gustaría el folleteo.

Sin embargo, no se hace pesado y, aunque parezca mentira, todo es más profundo de lo que a primera vista pudiera parecer. H está en caída libre y no tiene paracaídas. Lo que hace tiene sus motivos y, aunque él no es consciente al principio, al final lo descubrirá. ¿Habrá esperanza para él?

Deshacer las Américas se lee con ganas y curiosidad por saber si Migoya sigue siendo el crack, el revolucionario, el tío que habla sin pelos en la lengua y el puto amo de la provocación (sí, sigue siéndolo y que dure mucho), con un vocabulario fácil, un ritmo rápido y que se hace difícil abandonar. Divertido, fresco, libertino y salvaje. Muy salvaje.

¡Ay!, (suspiro)… Echo de menos algún que otro pollo o alguna escandalera en los medios con la ocasión de la publicación de este libro. Tenía tanta fe en que se levantaran ampollas… Bueno, ellos se lo pierden.

Si queréis desconectar y pasar un buen rato con un buen libro en el que se llama al pan pan y al vino vino, con este lo conseguiréis.

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