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Nosotros en la noche, de Kent Haruf

Nosotros en la noche

Nosotros en la nocheLa verdad es que esta novelita de apenas ciento veinte páginas me ha conmovido hasta límites insospechados y me ha removido y sacudido bastante. Tan solo con leer la sinopsis supe que me iba a gustar. Digamos que fue algo así como un flechazo.

Cuando leí el libro iba por su segunda edición. No sé si ha cambiado algo desde entonces, pero me parecería normal que fuese ya por una tercera. Se lo merece. Además, Nosotros en la noche, publicado por Literatura Random House, ha sido galardonado con el premio Whiting Award y nominado al National Book Award. No es una novelita cualquiera.

Kent Haruf, un escritor americano autor de cinco novelas más, es el creador de este libro. Yo no conocía a este escritor, pero creo que después de leer este libro voy a tratar de leer sus otras novelas. La historia que rodea a la escritura de esta novela es un poco nostálgica (algo así como el propio libro). Resulta que en 2014 los médicos diagnosticaron a Haruf pocos meses de vida. Aun estando enfermo, escribió esta novela y justo después de haber entregado a su editor las últimas correcciones, falleció. Nunca llegó a verla publicada, nunca supo que había vendido miles de ejemplares. Triste, ¿verdad? En realidad, lo que más me conmueve de todo esto es que, sabiendo que iba a morir, tuviera las fuerzas y las ganas de escribir un último libro. Me conmueve la historia que narra en él, porque todo adquiere otro cariz cuando conocemos las condiciones en las que la escribió. Me conmueve enormemente el mensaje que deja en él. Yo, que soy tremendamente sensible y este libro que es tremendamente emotivo. Ya podéis haceros una idea de lo que ha significado para mí, ¿no?

No me gusta destripar los argumentos de los libros y con éste corro el riesgo de hacerlo porque me van a poder la ganas y porque, aunque corto, es intenso. Tranquilos, voy a contenerme, no seré tan malvada.

Louis y Addie son los protagonistas de Nosotros en la noche. Ambos son vecinos desde hace muchos años en Holt, Colorado. Los dos, ahora en la vejez de sus vidas, llevan viudos muchos años. Y éste es uno de los primeros puntos que me toca especialmente la fibra: la gente mayor que vive sola, que se ha acostumbrado irremediablemente a la soledad. Addie, sin embargo, le echa valor y un día va a casa de su vecino Louis con una proposición: dormir juntos. Simplemente eso. Cuando anochece son las horas más difíciles para los dos, el momento en que la soledad se instala en sus casas y en sus cuerpos. Por eso, Addie quiere que su vecino vaya a su casa a dormir con ella. Así podrán charlar, podrán entretenerse y olvidar, durante esa noche, que están solos.

Louis acepta y como supondréis al principio es una situación bastante extraña. Cuando cae la noche, Louis coge su pijama y su cepillo de dientes y se planta en casa de su vecina. Pero esa sensación incómoda tarda poco en desaparecer. Pronto empezarán a sentirse muy a gusto en compañía. Charlan, repasan sus vidas, sus matrimonios y sus sueños. Y lo que es más importante, les importa muy poco lo que los demás habitantes del pueblo puedan pensar de esta atípica relación nocturna.

Sin embargo, aunque ellos, por decirlo de una manera coloquial, estén de vuelta de todo, no todo el mundo piensa ni siente igual que ellos. Y aquí, amigos, hay una lección muy grande para todos. Si dos personas adultas no tienen ningún miedo a la opinión del resto de la gente, ¿quién se cree la gente para opinar sobre ellos?, ¿quién nos creemos que somos? Sí, me enerva este tema y a la vez me emociona. Qué bien si no tuviéramos prejuicios, ¿verdad? Qué genial sería si la gente pudiese hacer lo que le dé la gana sin tener que dar explicaciones. Sabrán ellos, sobre todo nuestros mayores, lo que quieren, ¿no? Preciosa novela. Preciosa lección, lectores.

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13 días a medianoche, de Leo Hunt

13 dias a medianoche

13 dias a medianocheHacía bastante tiempo que no leía literatura “juvenil”, no por nada, no hay nada malo en esa literatura, pero, parece que a medida que crecemos la dejamos de lado y la cambiamos por las lecturas más “acordes” con nuestra edad. Y lo cierto es que, de no ser por la lectura juvenil, la cual suele ir precedida por el adjetivo “infantil”, no seríamos los lectores que somos ahora. Además, las categorías cambian con el tiempo y todo depende de un contexto. Que yo recuerde, mis primeras lecturas fueron 20.000 leguas de viaje submarino y Miguel Strogoff, de Julio Verne, un autor que escribía tanto para adultos como para adolescentes aunque normalmente se le considera más dentro de los últimos.

Sea como sea, lo que al final importa siempre en un libro es la historia que nos cuenta, y por eso me animé a leer 13 días a medianoche. Porque, a pesar de que podía caer en la trampa de leer el típico cliché de casa de fantasmas algo me decía que no, que era algo más, que me decidiera a dar el paso. Y cuando ese oportunista algo me dice cosas así, ¿quién soy yo para negarme?

La novela de 328 páginas trata de un chaval, Luke, de 16 años que recibe la noticia de la muerte de su padre, al que hace años que no ve, desde que los abandonara a él y a su madre. Un padre que sería el equivalente al doctor Jiménez del Oso (no creo que fuera correcto compararle con Íker, el otro Jiménez), quien contaba con un programa en la tele y ventas de deuvedés de temas paranormales.

Los padres de Luke están separados y Luke quiere pasar desapercibido en el instituto. Que nadie sepa de quién es hijo, ser uno más e intentar ligarse a la chica que le mola entre clases y entrenamientos de rugby. Por otra parte, su madre tampoco es que esté bien del todo. Aparte del reiki, los cristales y unas frecuentes cefaleas que la dejan noqueada, es un poco pánfila.

Pues bien, la muerte del padre de Luke convierte a este en heredero de una fortuna de seis millones de dólares, pero también de una hueste de ocho fantasmas de todo pelaje y variado nivel de cabronismo, que irán poco a poco apareciendo en su vida con un objetivo, por parte de uno de ellos que se erigirá en líder, bastante oscuro.

Afortunadamente Luke contará con Elza, que es la chica friki del insti y la única que junto con Luke podrá ver a los fantasmas. Juntos dispondrán de una semana para acabar con ellos o…

Hasta aquí puedo contar.

La historia se cuenta en primera persona con habilidad narrativa y una sintaxis y vocabulario más propio de alguien de más de 16 años. En cuanto al contenido, ¿me ha dado miedo? No. A estas alturas de la vida, con tantas cosas ya leídas en libros o vistas en películas, es sumamente difícil inventar algo nuevo que te asuste tanto como para que te cagues de miedo. Y es una pena…

Reconozco, eso sí,  que el desarrollo es muy original y tiene partes que me han sorprendido por inesperadas y que me han tenido en vilo queriendo saber cómo iba Luke a resolver esas situaciones. Además, el libro es acción constante, no hay momento de aburrimiento y se lee muy deprisa.

No es una novela dirigida exclusivamente a adolescentes. En mi opinión, puede leerla cualquier adulto, siempre que este género le interese, y conseguirá un gran entretenimiento que le mantendrá enganchado hasta acabar la lectura.

Como detalle curioso, la sobrecubierta es a su vez, por su parte trasera, un poster en el que aparecen los ocho fantasmas.

Si no me equivoco, este libro es el primero de una saga, cosa que no me extraña pues el autor tiene un buen material para seguir desarrollando historias tan sugerentes como este 13 días a medianoche.

Ah, lo olvidaba. También hay cabida para el humor:

—¿Y qué hacemos ahora?

—Alguna especie de exorcismo, supongo.

—¿Gritamos que el poder de Cristo le obliga? —pregunto.

—Si te apetece, adelante.

—Déjalo. Me sentiría ridículo.

Si os gustan los libros de fantasmas, dadle una oportunidad. Pasaréis un buen rato, os mantendrá intrigados y puede que incluso os asuste un poco.

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El capitán Alatriste, de Arturo Pérez-Reverte, Carlos Giménez y Joan Mundet

el capitan alatriste

Hay frases iniciales de libros que se nos graban a fuego: “En un lugar de la  Mancha…”, “Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta”, “Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo…”,… Cada uno tendrá sus favoritas, como tiene favoritos de todo en la vida. Una de las mías es esta: “No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente”.

 el capitan alatristeA falta de leerme Falcó (¡vive Dios que no doy abasto con las lecturas, pardiez!) y a la espera de una nueva entrega de las aventuras del capitán Alatriste, bien valdrá, como creo, (un vaso de bon vino) un reencuentro con el origen del famoso espadachín, aunque sea en versión gráfica. ¿Imaginaba Pérez-Reverte (puto amo) el éxito que iba a tener este personaje cuándo se documentaba para escribir sus hazañas? ¿O que el mismísimo Viggo Mortensen, otrora Aragorn, se metería en la piel del soldado español en una película bastante desafortunada que mezclaría el argumento de los dos primeros libros? Lo dudo. (Por cierto, yo a Alatriste lo veo cada vez que Nacho Fresneda hace de Alonso de Entrerríos en la serie de televisión El ministerio del tiempo).

Pero mucho ha llovido desde aquella primera novela, unos veinte años, y otras cuantas novelas ha publicado el escritor cuando cae en mis manos esta adaptación al cómic. Una adaptación que me ha parecido bastante fiel al original y en la que se narra la vida de un soldado veterano de los tercios de Flandes que sobrevive como espadachín a sueldo en el Madrid del siglo XVII, tan corrupto (o menos) como el de ahora.

La saga del capitán es narrada por el joven Íñigo de Balboa, paje de Alatriste e hijo de un amigo de éste y soldado también, al que Alatriste prometió cuidar cuando se hiciera mozo.

En este tomo inicial se cuenta el trabajo que se encarga al capitán y a otro desconocido para que den un susto a dos viajeros ingleses, de los que no diré la identidad. Naturalmente esos dos ingleses no resultan ser unos mindundis y el encargo se complicará pues Alatriste es pobre pero honrado y además, “una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa”.

Da gusto rememorar libros de los que guardas tan buen recuerdo por lo bien escrito que estaban, lo bien ambientados, el argumento hipnótico, y los personajes. Estos y la ambientación son quizás lo más importante. Saludar de nuevo a Quevedo, que tanto favorece como perjudica sin querer a sus amigos, con sus constantes lances y sus “no queda sino batirnos”; La Taberna del Turco de Caridad La Lebrijana y sus pechos opulentos que tanto fascinan al joven Íñigo de Balboa; el dómine Pérez; Angélica de Alquézar (también conocida como el mal encarnado), Emilio Bocanegra, presidente del Tribunal de la Inquisición y, por supuesto, el eterno enemigo de Alatriste, el italiano Gualterio Malatesta y su “tiruri ta-ta”… Y otros cuantos más.

Aquí sí tengo una sugerencia que haría mucho más entretenida y enriquecedora la experiencia lectora, ya que se mezclan en el cómic personajes tanto reales como ficticios y sería bueno que hubiera notas al pie o un apéndice al final en el que se aclarara si tal o cual personaje existió realmente o no y los méritos por los que se le conoce. Por ejemplo: aparece el Conde-Duque de Olivares, Álvaro de la Marca, Quevedo, Felipe IV… No digo que se incluya una biografía extensa sino unas breves notas del tipo: “Quevedo: destacado escritor del Siglo de Oro, enemistado con Góngora por tal y tal…” o algo así, breve, que te deje claras las cosas.

Por lo demás el cómic es delicioso porque también lo es su novela. Fiel al libro, repito, y con unos dibujos de Joan Mundet, el ilustrador habitual de la saga, con el aroma a clasicismo necesario en este tipo de obra. Un blanco y negro sobrio, con líneas firmes y precisas, un dibujo realista y agradable.

El capitán Alatriste fue un libro que se convirtió en lectura obligada en los colegios, que ha dado origen a obras de teatro, series, tesis doctorales, una película de la que ya he hablado e incluso un juego de rol.

Su versión al cómic no desmerece en absoluto. Es diversión a la vieja usanza, es nuestro Los tres mosqueteros, es entretenimiento puro, es arte, cultura y también conocimiento de unos tiempos en los que el honor aún significaba algo para algunos. En los que España aún era una potencia en el mundo, aunque la avaricia y corrupción de los de arriba pronto provocarían el declive…

O libro o cómic, debería ser de obligada lectura para todos los españoles, al menos una vez en la vida.

Lo dicho, en El capitán Alatriste Pérez-Reverte se consagró como puto amo.

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Precoz, de Ariana Harwicz

Precoz

PrecozAnoche leí este libro y he de confesar que he tenido un sueño rarísimo. Soñé que una chica argentina llamada Ariana Harwicz había escrito un libro titulado Precoz y que una editorial valiente y reciente llamada :Rata_ lo había publicado. Y eso que soy experta en tener sueños raros, pero el de anoche se lleva la palma. Es lo que tiene empezar y acabar libros a altas horas de la madrugada, que acabas mezclando realidad y ficción, literatura y fantasía. Supongo, lectores, que también os habrá pasado. Sobre todo eso de empezar y acabar un libro la misma noche. En fin, el caso es que ya no sé qué es verdad, estoy hecha un lío. No sé si Precoz es una bofetada de realidad o ha sido un sueño raro. Lo cierto es que la resaca de este libro aún me dura y en vez de tomarme un Ibuprofeno, voy a daros la brasa, ¿qué os parece?

Como os decía, Ariana Harwicz es una escritora argentina que ha realizado principalmente estudios cinematográficos. Precoz no es el primer libro que escribe. Con su anterior novela La débil mental, Harwicz sentó las bases de su propia literatura. En Internet se leen muchas cosas, como por ejemplo que la prosa de Ariana se asemeja a la más desquiciada prosa de James Joyce o que estamos ante la Virginia Woolf argentina. Personalmente no soy muy fan de las comparaciones y algunas, obviamente, me chirrían más que otras. No veo nada de Woolf en Ariana, no al menos en el libro del que hoy os hablo. Tampoco veo nada de Joyce en estas líneas, si acaso un leve resquicio de aquella prosa rápida y violenta que aparece en el Ulises. Lo que sí encuentro en esta corta novela es a una escritora muy fresca, muy valiente y tremendamente personal. Mucho mejor que comparar es describir y prefiero deciros qué es para mí Ariana Harwicz y su Precoz. ¿Estáis preparados? La prosa de Harwicz es un viaje a un parque de atracciones, un viaje que no sabes bien si quieres hacer. Una vez allí, es como si te obligasen a entrar. Alguien te está dando codazos y empujones mientras esperas para montarte en las atracciones. Es Ariana, que te está sacudiendo con su prosa. Una vez subido a la montaña rusa, vas a pasarlo mal, te lo advierto. Vas a sentir náuseas y mareos. Vas a cerrar los ojos y a dejarte llevar y vas a terminar por date cuenta de que no quieres que acabe ese viaje. Estás bien. Alguien te está susurrando al oído que de algún modo, todo irá bien. Eso es lo que hace esta escritora. Te lleva de viaje, te sacude, te zarandea y tú, lector, sólo puedes dejarte llevar porque en el fondo no quieres que termine nunca ese viaje. Eso es lo que ha hecho conmigo y como os decía, la reseca aún me dura.

¿De qué habla esta escritora en Precoz? Para los que no estáis subidos a esta montaña rusa es difícil de explicar. Ariana habla de la relación entre una madre y su hijo. Claro que dicho así suena a tópico literario. Nada más lejos. Este libro no podría ser más atípico. La relación que se dibuja en las líneas de esta corta pero intensa novela es una relación filial bastante desquiciada, loca y obsesiva. Pero hay más, mucho más. En Precoz no solo se trata este asunto materno-filial. Lo marginal, la otra cara de la sociedad, también aparecen en esta novela. Sí, es esa bofetada de la que os hablaba.

Ariana es una escritora muy dura y su prosa, impregnada de realismo e intensidad es un soplo de aire fresco en el panorama literario actual. Interesante esta novela y esta autora. Prometo que la resaca será inofensiva.

 

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El rey Lear, de William Shakespeare

el rey lear

 

El rey LearWhen we are born we cry that we are come
To this great stage of fools/
Cuando nace uno llora la llegada
a este gran escenario de idiotas.
LEAR

Si hay un aspecto de las obras de Shakespeare que podríamos extrapolar a nuestro tiempo, es quizás la psicología de los personajes y las situaciones que viven en las mismas. Aunque es cierto que en nuestro entorno no encontramos reyes, bufones, princesas, caballeros, duques o condes, sí que podemos encontrar corrupción, venganza, ambición e hipocresía disfrazada de honradez y sinceridad.

Y, en esta obra, encontramos muchos ejemplos de ello… Todo comienza cuando el anciano rey Lear se levanta un día con el deseo de dividir su reino entre sus tres hijas, pidiendo a cambio que ellas expresen en palabras su amor por él. Mientras dos de sus hijas proclaman por todo lo alto su infinito amor por el monarca, Cordelia no dice nada y esto desata la ira del rey. A esta trama se le unen otras subtramas y otros personajes que marcarán el desarrollo de la obra.

Tras haber leído y disfrutado Sonetos, El sueño de una noche de verano, Noche de Reyes, Hamlet y Romeo y Julieta, la lectura de El rey Lear era casi obligada. Ya sabía que, en cierta manera, encontraría en ella el humor característico de Shakespeare, junto con las situaciones dramáticas a las que tiene acostumbrados a sus lectores. Lo que no sabía es que en esta obra nadie es quien parece ser y que el autor me iba a sorprender tanto jugando con el factor sorpresa. En El rey Lear, amarás a los personajes que odiabas en un principio y odiarás a esos personajes que parecían tan sinceros y amables en sus primeras páginas. Además, aunque el autor introduce pequeñas moralejas, nos encontramos situaciones injustas que, como en la vida misma, ocurren en el libro.

Lo que no me ha sorprendido en absoluto durante su lectura es la magia que el autor desprende a través de su pluma, sus juegos de palabras y la ironía que solo él sabe poner a sus personajes más enigmáticos. En esto el autor sigue como me tenía acostumbrada en las obras que ya he leído y releído varias veces. Amor, amistad, ambición, venganza, hipocresía, falsedad y honestidad se dan cita en una obra que no cesa su ritmo desde que empieza hasta que llega a su fin.

Además, leer esta edición especial en concreto, al cumplirse los 400 años de la muerte de este célebre autor, ha sido una delicia. No solo incluye la edición original en las páginas impares y una nueva traducción al español (brillante, por cierto) en las pares, de tal forma que puedes leer ambas al mismo tiempo o consultar dudas del original, sino que también incluye magníficas ilustraciones a lo largo de la misma que acogen algunas de las frases más importantes y significativas.

El rey Lear es quizás una de las tragedias más conocidas de Shakespeare y una de las obras más valoradas de la literatura universal. Y es quizás también una de las obras más sinceras y profundas que he leído hasta el momento. Me ha llegado, una vez más, al corazón esa forma tan característica del autor de retratar las emociones, los sentimientos y la conciencia humana a través de las palabras. William Shakespeare es uno de los autores que todos deberíamos leer, sin importar nuestra edad o la época del año en la que nos encontremos, solo para dejarnos llevar por la brillantez de su pluma, su retrato de la moral humana y sus moralejas aplicables a nuestro tiempo.

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Rey de Picas, una novela de suspense, de Joyce Carol Oates

Rey de Picas¿Qué es, en realidad, escribir bien? ¿En qué consiste ese arte, o magia, como prefieran llamarlo? ¿Qué es lo que hace que una persona pueda hacer versar su historia sobre cómo crece la hierba y a pesar de todo nos enganche, y que otra pueda tener entre manos el relato con elementos más apasionantes del mundo, y aburrirnos, o simplemente no gustarnos? Afirmo que es un misterio; a día de hoy, no sabemos qué tienen algunos escritores para hacer que sus novelas funcionen y otros, tan equipados o más que aquéllos con habilidades técnicas, dotes de autoorganización, buena inventiva, extenso vocabulario, paciencia, y adecuada sintaxis (entre otras herramientas que, objetivamente, ayudan a que un escritor realice bien su tarea), sin embargo no logren el hechizo y no lleguen a superar el nivel de correctos escribidores.

Es precisamente a raíz de la lectura de la más reciente novella de Joyce Carol Oates, Rey de Picas, cuando se me ocurren esas reflexiones y preguntas sin respuesta. Y es curioso que sea esta autora la que me suscite esa reflexión, no sólo porque creo que ella personifica precisamente el modelo de escritor dotado de magia del que hablaba anteriormente, sino porque este libro trata con exactitud de esa cuestión (además de otras). Joyce Carol Oates escribe muy bien, magníficamente bien, eso está fuera de toda duda. Sus obras podrán gustar más o menos -en realidad, la mayoría son bastante desasosegantes y es posible que nos veamos impelidos a abandonar su lectura en algún momento-, pero esta autora puede elegir cualquier tema, cualquier anécdota, por banal o trillada que parezca (de hecho, esto es algo que ella ha llevado a la práctica en muchas ocasiones; ¿o alguien puede decir que en los relatos de Infiel, por ejemplo, se narraba algo verdaderamente original?), y dará probablemente igual, porque cautivará al lector sensible de inmediato. Un buen ejemplo de ese arte o magia lo tenemos en Rey de Picas, que viene a contar una historia que seguramente ha sido contada miles, si no cientos de miles de veces, o quizá incluso más: el descenso de un hombre a los infiernos, como un ciego pastoreado por un lazarillo también ciego, su propia mente ofuscada. El tema (uno de ellos), la lucha del bien contra el mal, anidando ambos en el interior de la misma persona, se nos presenta ya de entrada: el narrador es Andrew Rush, un escritor rico y famoso gracias a sus cuidadosamente redactadas novelas policíacas; aparentemente, un hombre afortunado y feliz con su familia, su mujer que lo adora y sus hijos ya emancipados; en realidad, en su intimidad, un hombre que se debate entre esa personalidad blanca y para todos los públicos, correcta, admirada, frágil pero sostenida por el poder y el ansia de fama y reconocimiento, y otra (¿su verdadera personalidad?), siniestra, brutalmente sincera, despojada de escrúpulos, solitaria: el Rey de Picas, personalidad con la cual escribe, en secreto, novelas llenas de violencia y crudeza.

La novela se abre en un momento crucial de la vida de Andrew Rush, pues, tal como se nos da a entender sibilinamente desde el principio, ese mundo de polos opuestos en delicado equilibrio está a punto de desmoronarse a medida que los pilares sobre los que sostiene su mundo ficticio se ven amenazados: su fama, su coartada de cara al público y a la sociedad, su honor, su reconocimiento.

Rey de Picas es una novela sencilla, terriblemente sencilla. Como suele suceder con frecuencia en las novelas de Oates, en ella encontramos una sucesión de escenas y de hechos que no necesariamente siguen una hilazón lógica con lo que hemos leído hasta ese momento, ni tampoco significan nada especial de cara al desenlace: puede que lo que en ellos se ha revelado tenga su peso al final o puede que no; puede que el aspecto, el carácter y las acciones de este o del otro personaje tengan un eco en las páginas finales o puede que no. Esto no significa que sean elementos huérfanos y sin sentido; todo tiene su sentido, pero no necesariamente un sentido que quede manifestado. Recordaremos después los detalles de los cuidados retratos de personajes que nos ofrece la autora; recordaremos escenas sueltas donde se nos revelan más facetas sobre ellos; pero los recordaremos no porque su presencia fuera decisiva en la historia, sino porque son suficientes y muy significativas por sí mismos, por lo que tienen de retrato en miniatura, de fotografía de brillantes y chillones colores sobre la depravación, la bajeza, el egoísmo, en una palabra, sobre la maldad, tema éste en que Oates demuestra su maestría.

Vuelvo al principio de esta reseña para retomar la cuestión que planteaba allí: la de la diferencia entre un buen escritor y uno mediocre. Porque hete aquí que ese tema se aborda también, y no de forma menor, en Rey de Picas, novela que nos presenta nada menos que a cuatro escritores, todos muy distintos entre sí y con suerte muy dispar en el mercado literario. Hay dos escritores que coinciden casi totalmente en temas y hasta en argumentos, pero uno goza de gran éxito y otro, no; hay un escritor que casi renuncia a su arte; hay otro que no consigue jamás triunfar y sufre por ello; hay otro que funciona exclusivamente a golpe de inspiración y es el único que realmente disfruta con su tarea; y hay otro más que ha cosechado el ansiado éxito comercial, pero que tiene clavada la espina del éxito de crítica y que, por si esto fuera poco, se aburre con su trabajo. Se nos invita a compararlos entre sí y a tomar partido (algunas veces, ocupan posiciones antagónicas) y, de paso, a preguntarnos a nosotros mismos a cuál de estos autores preferiríamos leer, a cuál le compraríamos su libro.

Rey de Picas es, como digo, una historia poco original, casi corriente (y sería decididamente vulgar en manos de un escritor mediocre o de un guionista de telefilmes baratos), pero excepcionalmente poderosa en sus ecos, en su capacidad de incitarnos a reflexionar y a preguntarnos una serie de cosas, en su habilidad para destapar perversiones y a vernos reflejados en ellas. Es, por si eso fuera poco, un entretenido -y, a ratos, burlón- pastiche de la literatura gótica, con Edgar Allan Poe como su máximo exponente, así como del gótico moderno de Stephen King y otros.

En realidad, Rey de Picas es casi una historia propia de King en manos de una merecedora del Nobel de Literatura: Joyce Carol Oates.

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La gran ola, de Daniel Ruiz García

La gran ola

La gran olaSi tuviese que hacer una lista con mis series españolas preferidas, estoy seguro de que en el top 10, posiblemente cerquita del podio, se encontraría Camera Café. Fuimos muchos los que nos vimos seducidos allá por 2005 por las píldoras de humor que se nos ofrecían desde aquella cafetera tan transitada por los trabajadores de una oficina. El secreto de su éxito —se mantuvo en antena durante cuatro años, con una cuota de pantalla más que respetable— por encima de sus divertidas tramas estuvo, para mí, en lo bien que recogían los personajes algunos de los estereotipos más típicos de toda empresa, aunque llevados al extremo de la caricatura. Así, no faltaba el graciosillo que peca la mayoría de las veces de pesado, el jefe enfadado con el mundo, la compañera excesivamente aburrida y responsable, el que sólo piensa en escaquearse del trabajo a la primera de cambio, aquel que se entera antes que nadie de todo lo que ocurre en la empresa… Era muy fácil si no identificar, sí al menos asociar algunas de estas personalidades con gente con la que nos ha tocado trabajar a lo largo de nuestras vidas.

La oficina de Monsalves, la empresa ficticia de limpieza y detergentes en la que Daniel Ruiz sitúa el núcleo de su última novela, La gran ola, es muy diferente a la de la ya extinta serie de televisión, aunque también mucho más creíble. En sus páginas, el autor sevillano da voz a personajes infelices y nostálgicos por los viejos tiempos, por los días en los que se sentían cómodos en su pellejo y en la que madrugar cada mañana tenía un significado mucho más profundo que el de poder cobrar la nómina al final del mes. No obstante, cada uno a su manera, ellos continúan combatiendo los temporales que les afligen con la imborrable esperanza de que, de aquí a un tiempo, todo pueda ser lo más parecido a aquella época en la que eran alguien.

No falta tampoco la lucha de clases en este trabajo, el eterno conflicto —que en esta época que vivimos las élites han logrado amansar como nunca antes— que el autor expone con fiereza en boca de algunos de sus personajes, que manifiestan repetidamente un fuerte resentimiento hacia aquellos que sólo han notado la crisis económica en la bajada de los precios de los pisos.

También me parece reseñable la forma en la que Ruiz ha logrado recoger el espíritu de la empresa familiar que busca no quedarse atrás en el mercado moderno: la alargada sombra de los padres de los actuales propietarios, el irracional interés por el coaching y los MBA (que pronto ofrecerán en los kioscos por fascículos), las tensas relaciones entre personas que no se soportan y tienen que pasar ocho horas al día espalda contra espalda…

Daniel Ruiz ha sido todo un descubrimiento. Un escritor que cuenta ya con unas cuantas novelas a sus espaldas y que en esta última, ganadora del Premio Tusquets Editores de Novela, me ha enganchado fuertemente con unos personajes tan oscuros como realistas, tan complejos como atractivos, que se aferran a sus vías de escape —la mayoría de ellas inmorales o directamente ilegales— para seguir resistiendo en el mundo imperfecto y despiadado en el que les ha tocado vivir.

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Furious: Estrella caída, de Bryan J. L. Glass y Víctor Santos

furious

furiousDe un tiempo a esta parte veo en cómics cada vez con más frecuencia el nombre de Víctor Santos. Ya sea como escritor o como dibujante, es muy posible que estemos ante el autor que ha conseguido publicar en más editoriales españolas diferentes: Norma, Panini, Aleta, Astiberri, Dolmen, Planeta…

Así, que me suenen de buenas a primeras, aunque no haya leído todos los títulos, me vienen a mi continua y bullente cabeza Silhouette, Ragnarök, Polar (en donde de forma brillante solo usa tres colores –casi los mismos que los títulos que dio Krzystof Kieslowski a sus películas– el negro, el blanco y el rojo), Los ratones templarios, Los reyes elfos, Asquerosamente rica (con guión ni más ni menos que de Azzarello), Hija de la tormenta… Y me dejo mucho, ya digo que esto es solo lo que me suena. Un currículum impresionante y que sigue creciendo, (actualmente al ver las fotos de su nuevo proyecto, Violent Love, se me ponen los dientes largos).

Por otra parte, no me extraña el éxito de Santos. Tiene un dibujo muy expresivo y suelto que es lo que suelen requerir sus historias,–a las que se ajusta como un guante, también en este cómic– y que, particularmente, me convence y me gusta mucho.

Pero al grano. ¿Cómo resistirse a querer averiguar el contenido de este cómic cuando en la portada vemos a una nena cabreadísima y a la que se ve llena de salpicones de sangre e incluso grumitos como los del Cola Cao? ¿De qué va Furious: Estrella caída (y no La señal)? Básicamente de la doble batalla que tiene que librar una jovencita con superpoderes, que no sabremos, al menos en este tomo, de dónde han salido. Por un lado la sempiterna lucha contra el mal, como buena superheroína. Por el otro, la lucha que tiene que mantener contra la opinión pública, pues la jovencita tiene un pesado de estrella infantil y juguete roto. De alguien que no supo asimilar su éxito ni gestionar los privilegios que fama y dinero llevaban aparejados y de algo más que no puede perdonarse. De hecho, el autoperdón será uno de los motores de este cómic.

Otro motor, real como la vida misma en este siglo es el de una sociedad en la que un mal comentario, un tweet con un chiste desafortunado o sacado de contexto, una metedura de pata que podría haberse quedado en eso… de inmediato va de móvil en móvil y de ahí en seguida pasan a ocupar minutos en telediarios, que, ¡manda huevos!, ya se nutren más de este tipo de “informaciones” que de lo que realmente debiera ser noticia. De ahí, de un error, nuestra prota, que quería ser conocida como La señal, será bautizada y con razón como Furious.

Porque es que esta chica no se corta un pelo y de ahí lo del bautismo. Porque no se pone freno. Reparte golpes a base de bien a los malhechores de turno, incluso cuando ya están noqueados, quedando su cara y puños llenos de sangre ajena. Tiene escenas muy salvajes de ira incontrolada, pero también se puede medio justificar al ser resultado de encontrarse con unos crímenes que tienen lo suyo… Podríamos decir que la furia es uno de sus superpoderes. Pero también podemos decir que alguno de esos cabrones a los que somete a palizas se lo tienen merecido. Lo deseamos, nos gustaría hacerlo a nosotros mismos, pero no lo haríamos (¿o sí?) y acabamos reprochándoselo a quien sí se atreve.

Así pues, ¿hacemos lo que afirma la contraportada?:

“¿Creamos a nuestros héroes solo para verles caer?”

La trama se completa con flashbacks que explican algo, no todo, el pasado de esta joven, que no es la típica mujer embutida en mallas y con tetas como cocos, sino que es más realista, una chica normal, mona, o incluso esa patosa a la que se le caen los huevos y te puedes encontrar al hacer la compra.

Furious: Estrella caída es un cómic de superhéroes que intenta tener una base realista, una protagonista humana, con sus problemas y comidas de tarro, con sus fantasmas internos y sus intenciones de hacer el bien. Un cómic, aunque no es el primero, que también viene enfocado de manera realista como respuesta a la pregunta de cómo actuaría la sociedad ante la aparición de seres con poderes.

Canelita.

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Toda pasión apagada, de Vita Sackville-West

Toda pasión apagada

Toda pasión apagadaHace tan solo unos meses yo no sabía quién era Vita Sackville-West. La conocí gracias a la genial novela de Pilar Bellver de la que ya os hablé en su día: A Virginia le gustaba Vita. Virginia Woolf siempre me ha fascinado y desde entonces, desde que descubrí a la maravillosa Vita, ella también ha entrado en mi lista de grandes mujeres a las que admiro. Me encantan estas relaciones que se establecen entre libros y autores, entre autores y lectores. Esta es la magia de la literatura, ¿verdad? Ir pasando de lectura a lectura porque un autor te lleva otro, porque un título te recuerda algo que tienes un tu lista de libros pendientes o simplemente por azar. La cultura está en los libros y somos tan afortunados de tenerlos tan a mano, queridos lectores.

Para quienes no conozcáis a Vita Sackville-West os hablaré brevemente sobre ella. Vita, nacida en el año 1892 en Inglaterra, fue la única hija del tercer barón Sackville y de una hija ilegítima de Lionel Sackwille-West y de la bailarina española Pepita. Junto con su marido, el diplomático y editor Harold Nicolson, pertenecieron al grupo de intelectuales y artistas de Bloomsbury. Su matrimonio fue más bien un matrimonio de conveniencia, pues Vita mantuvo innumerables relaciones extramatrimoniales. Una de las relaciones más destacadas fue la que tuvo con la también escritora Virginia Woolf, una relación que duraría durante todas sus vidas. Pero Vita fue mucho más que la hija de, la esposa de o la amante de. Vita fue una gran poeta y novelista. Ganó el Premio Hawthornden en dos ocasiones por su poema narrativo La tierra y sus Poemas Reunidos.

Me temo que a pesar de los méritos propios, Vita no ha obtenido realmente el reconocimiento literario que se merece y por ello me encanta que la editorial Alfaguara acabe de publicar uno de sus libros. Es justo que todos tengamos la oportunidad de conocer a la Vita escritora, autora de varias novelas, de entre las cuales, Toda pasión apagada, es considerada como una de las mejores.

Toda pasión apagada narra la historia de Lady Slane, una mujer octogenaria que acaba de perder a su marido, el gran estadista Lord Slane. La novela está divida en tres partes. En la primera se narra la muerte de Lord Slane y los entresijos familiares. Descubrimos en esta parte de la novela la decisión que la anciana toma con respecto a sus últimos días de vida y las reacciones de sus extravagantes y complicados hijos.

En la segunda parte, asistimos a una suerte de juego de espejismos entre el presente y los recuerdos de la anciana. En la tercera parte, muy emotiva y desgarradora, comprendemos y aprendemos a valorar a Lady Slane y todas las decisiones que ha decidido llevar a cabo en sus últimos años de vida. Unas decisiones que por primera vez en su vida ha tomado actuando como ella realmente ha querido, siendo ella misma, sin sombras ni imposiciones.

Se aprecia en la narrativa de Vita una inteligencia desbordante que se muestra en la ironía y sutileza de su pluma. Tantos los personajes, como las descripciones y los diálogos que dibuja esta escritora nos descubren a una gran novelista. No sé si Toda pasión apagada es la mejor novela de Vita Sackville-West porque no he leído mucho más de ella. Pero sí sé que Vita es una gran escritora y que esta novela, dicen que inspirada en cierto modo en el libro Una habitación propia de Virginia Woolf, es una novela intensa, sorprendente y una excelente crítica a la high society inglesa y realmente merece la pena leerla.

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Todas mis heridas, de Kathleen Glasgow

Todas mis heridas

Todas mis heridasCharlie no habla. Charlie no es feliz. Charlie no quiere seguir en este mundo. Charlie se corta para hacerse más pequeña.

Leer un libro que habla del suicidio es duro. Conocer un personaje como Charlie marca un antes y un después. Ella es una adolescente a la que le ha tocado vivir demasiado en muy poco tiempo. Ha tenido que madurar contrarreloj. La relación con sus padres ha sido tan traumática que se ha convertido en algo de lo que prefiere no hablar. Sus tonteos con las drogas le han hecho perder el norte en más de una ocasión y el intento de suicidio de su mejor amiga ha terminado de hundirla, si es que todavía quedaba alguna parte de ella a flote. Por eso un día decide acabar con todo. Cortarse hace que todo parezca más fácil; ver correr la sangre por sus brazos le hace pensar que los problemas pueden deslizarse de su vida con la misma facilidad. Ya lo decía Marla en El club de la lucha: “deslízate”.

Charlie es un personaje muy real, podríamos ser tú o yo. Si hubiera vivido su historia, no sé dónde estaría ahora mismo. Pero desde luego, no estaría sentada en mi cama escribiendo en un portátil mi impresión sobre este libro. Seguramente estaría en la calle, aterida de frío, intentando encontrar emociones fuertes que me recuerden que todavía estoy viva. Quizá me diera por cortarme los brazos y las piernas; nada serio, solo pequeños rasguños lo suficientemente profundos como para dejar señales del dolor en forma de cicatriz. Así, cada vez que los mirara, pensaría en lo dura que había sido mi vida y que, a pesar de todo, aquí sigo. O no sé, tal vez me diera por huir de ese mundo de sombras al que estaría encadenada, buscando una vía de escape que me permitiera ser alguien en la vida.

Al leer Todas mis heridas no he podido evitar estremecerme. En algunas ocasiones se me ha puesto la piel de gallina llegando incluso a querer pasar las páginas a todo correr para no leer la pesadilla que es la vida de Charlie. Charlie me ha dado una pena terrible, he conseguido empatizar con ella hasta niveles insospechados. No he podido dejar de leer su historia, ansiosa por saber cómo terminaría su horripilante odisea. El libro comienza con ella dentro de un centro para chicas con problemas. Allí conocerá las peores sombras del ser humano, convivirá con chicas que le harán replantearse de nuevo sus ganas por seguir con vida. Leer sin cesar una historia tan dura, en la que he conseguido que el personaje me llegue muy dentro, ha hecho que terminara un poco agotada. Vivir la historia de Charlie ha sido para mí como un jarro de agua fría. Y el que el libro estuviera narrado en primera persona, ha hecho que esto sea todavía más traumático, ya que es como si estuvieras en la cabeza de Charlie todo el tiempo.

Vaya, parece que nada más estoy diciendo cosas malas de este libro, pero ¡es todo lo contrario! Que una historia consiga hacerme sentir todo lo que lo ha hecho esta, para mí es insuperable. Yo necesito libros que me hagan vibrar, que hagan que me estremezca, que logren que me sienta como el personaje. Sufrir cuando él sufre y llorar cuando él llora. Para mí, eso, es lo más importante de un libro. Y Kathleen Glasgow, conmigo, lo ha conseguido. No sé si es que me ha pillado en una época de mi vida en la que los traumas personales hacen que empatice mucho con los personajes. Quizá sea solo una sobrecarga de hormonas o tal vez el agotamiento que sufro en el trabajo provoque que mis sentimientos estén a flor de piel. No lo sé, pero el caso es que yo he sentido esta historia como si fuera yo misma la protagonista.

Después de leer este Todas mis heridas si lo escoges como próxima aventura para vivir, tendrás que dejar que las heridas sanen, que cicatricen. Tendrás que ver cómo van cambiando de color, cómo pasan de estar amoratadas a ser una línea blancuzca. Y un día, cuando pase mucho tiempo, aprenderás a vivir con ellas y no podrás evitar sonreír al verlas y pensar que todavía, a pesar de ellas, sigues vivo.

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Wonder Woman: Guerra, de Azzarello

guerra

guerraBueno, bueno. Qué difícil, ¡pero qué difícil!, es encontrar una serie que no tenga altibajos, que no tenga un número aburrido que desees acabar para empezar el siguiente, que mantenga el nivel de interés, de curiosidad, una alta capacidad de sorprender y no defraudar, que sea capaz de emocionar y de dejarte con ganas de buscar por tu cuenta cosas relacionadas con lo que acabas de leer… No es fácil mantener ese nivel. Lo sé. Y estoy contento por haberme decidido en su día a empezar esta colección de Wonder Woman que, sin ninguna duda, releeré cuando llegue a su término (quiera Zeus que ese momento tarde aún en llegar).

Wonder Woman: Guerra cierra el primero de los arcos argumentales de Azzarello (o eso deduzco porque, a diferencia de los cómics precedentes, este tomo acaba con la palabra “FIN”, aunque la verdad es que, si bien puede darse por concluido, también podría seguir adelante con el cierre de algunos flecos), pero no estoy seguro de que acabe la participación del autor con la heroína y también espero que no sea el caso.

Bien. En este tomo seguimos con la curiosa pandilla (Hera, Guerra, Zola, Lennox, Orion y la propia amazona) empeñados en seguir juntos para proteger al pequeño bastardo de Zeus de una muerte a manos de sus hermanastros pues, quieren evitar que se cumpla la profecía que él parece encarnar y que desde las primeras hojas del primer tomo se nos anuncia: “un vástago de Zeus matará a un dios y usurpará un trono”. (Y eso que la mitología y las pelis de viajes en el tiempo nos han demostrado una y otra vez que las acciones que se llevan a cabo para cambiar un futuro ya escrito son precisamente las que siempre van a provocar que ese futuro se produzca).

Además, tenemos por otra parte la aparición del primogénito, que irá librando su particular batalla con otra rama familiar y aprendiendo también nociones de política.

Luchas familiares entre dioses (y cuando digo luchas digo hostias a mansalva; eso son disputas y no las que montamos nosotros, pobres advenedizos, en Nochebuena), dioses nuevos que hacen acto (breve) de presencia, diálogos punzantes y mucha, mucha acción.

En resumen, Wonder Woman: Guerra es un colofón excepcional a los tres tomos anteriores (Sangre, Agallas, Hierro) con un final impensable, sorprendente y digno de aplauso. Un cómic que ha seguido una línea clara de entretenimiento inteligente desde el principio y que proporciona diversión a niveles tanto épicos como mitológicos. Azzarello ha sabido combinar perfectamente desde la página uno la idiosincrasia de los dioses olímpicos con su traslación a un enfoque moderno. El diseño de personajes, como ya dije en Sangre es increíble, en particular Hades y Poseidón. Incluso Guerra, inspirado en el propio Azzarello, es un puntazo con esa barba tan de hípster y ese andar siempre descalzo y con los bajos manchados de sangre, y todo un acierto también que pase de ser enemigo de la amazona, en otras historias, a ser su maestro en esta.

Sinceramente, espero que el equipo Azzarrello/Chiang siga mimándonos con más aventuras de Diana, (y sobre todo que la acompañe toda esta troupe de la que se ha rodeado, que es si cabe más importante que la propia WW), porque son un equipo que se complementan perfectamente y, conscientes ahora del éxito que han tenido y de sus posibilidades, pueden darnos muchas satisfacciones lectoras más.

No obstante, echo en falta en cada tomo un dramatis personae. Sería una experiencia más rica y completa saber quién demonios es, por ejemplo, Lennox, el primogénito (Zeus debe de tener, se han hecho cálculos, unos 10.000 hijos. Y yo tenía entendido que el primogénito era Apolo, entonces… ¿este primogénito es inventado para el cómic o viene de algún otro mito?), por qué Orión va en moto, quién es Dio y por qué tiene cola de zorro… En fin, un montón de detalles que los autores podrían explicar brevemente y añadir como un apéndice.

Al margen de esto, ninguna pega más. Perfecto. Un tomo que pone un gran broche final a una trama que se ha desarrollado de forma extraordinaria. Me acercaré siempre a cualquier producto firmado por este equipo. Os recomiendo lo mismo.

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Lección de alemán, de Siegfried Lenz

Lección de alemán

Lección de alemán

Es la segunda vez que leo “Lección de alemán” y lo cierto es que he descubierto muchas cosas que no había encontrado en la anterior lectura, pero sobre todo me ha sorprendido el volver a hallar, imponente, la belleza de este texto. Que no es una belleza cualquiera, no es una de esas de palabras fáciles e imágenes rotundas y amables; no, no es ese tipo. Mientras la leía yo sentía, por momentos, que me elevaba y descendía como solo lo haces oyendo una sinfonía de Mahler, cuando el sonido te va recorriendo el cerebro y los centros de sensibilidad; y te sientes como si flotaras en una barca; subes y bajas con la marea de sonidos, como si estuviera, también, afectada por los influjos de la luna, suave y terca. Otras veces me parecía sentirme como cuando miras un río furioso y queda atrapada tu mente y tu mirada en el flujo y reflujo hipnótico del agua en el torrente. Esa sensación de que las palabras, las frases, se mueven bajo la doble sensación del control como la de una partitura y el descontrol furioso pero encauzado del río la he encontrado en contados libros. En contraposición a ese rumbo de las palabras, las ideas tiene una derrotero fijo: el deber, el poder, la exigencia por encima de la lógica, el ciego cumplimiento de las normas, la derrota… Todos esos caminos se abren y discurren por la novela, y son los contrafuertes que la sostienen.

Lección de alemán” es el relato en primera persona en el que Siggi Jepsen cuenta que cuenta cómo es su vida en un reformatorio para jóvenes delincuentes, situado en una isla en mitad del río Elba, junto a Hamburgo. Escribe sobre la redacción, que primero no quiso escribir y que luego se convirtió en castigo, donde debía hablar sobre las “alegrías del deber”. Pero él ve ese deber como expresión de cosas que le llegan del pasado, y los ve como  única forma de vida, un modo de afrontar el presente y el futuro. El  deber como decepción y como comportamiento, como moral y como ética personal antepuesta, incluso, a la general, a la de la mayoría. Las “alegrías del deber” solo tenían una representación para Siggi, y era la de su padre, pero, aunque no lo quisiera reconocer, él mismo se aturulla subordinándose a una obligación extraña, que llega ahora en el reformatorio, o antes en su niñez, entre fuegos y afecciones. Sin embargo, es su padre, policía de un pequeño pueblo del norte de Alemania durante los estertores de la segunda guerra mundial, el que al recibir el encargo de prohibir dibujar al pintor Max Ludwig Nansen, y hacer cumplir dicho mandato, el que se obcecará en seguir las ordenes hasta las últimas consecuencias. Así, esa prohibición llevará a Siggi por las imposiciones paternas para que espíe a Nansen, y llevará, también,  al mismo pintor a tomar al niño como aliado en su intento de salvar los cuadros, el arte y su forma de vida de la furia destructiva y obsesiva del policía. El deber que este sentía era poderoso, airado, presuntuoso, sobrepasaba sentimiento y poder, excedía el debido a su puesto policial para incluir a la familia, al pueblo, al comportamiento de la gente. En la batalla que discurrirá paralela al final del nazismo, aparecerán más actores que cubrirán los espacios que Siggi necesita para hablar de su familia, de su mundo, de sus compañeros de clase, de sus profesores, de huidos, de muertos, de la guerra… del arte.

Pero el lugar más alto por el que discurre la novela aparece en el momento que se plasman las ideas, las formas, las palabras, los recuerdos de vida y los sueños del que escribe en frases e imágenes, y hacen del libro algo especial. Las palabras cuentan historias de gentes que salen de la imaginación de Siggi o de la realidad; sus historias son momentos que quiere dominar, dar rapidez o pausa, sentido y dominio, y por ello hace que estén bajo el dominio de su pluma. De modo que sus personajes están vivos en cuanto él los describe, así que los malea, los hace moverse y avanzar o retroceder, los hace mirarlo, hace que los personajes de los cuadros estén vivos y salgan de ellos para contarle cosas. Y las miradas no serán únicas, variarán según sea la de Siggi ya adulto encerrado en su habitación del reformatorio y que está escribiendo la historia, o sean la del Siggi niño el que habla. Ambos, recuerdo y realidad, se confunde, hacen que se muevan las olas, adelante y atrás como la marea de aquella luna. Las miradas, otras veces, son como si fueran hechas por una cámara de cine, recia y vieja, que filma lo que ocurre en el momento como si se saltará todos los pasos y orgullos del escritor, nada se interpone, parece, entre el escritor y la escena descrita, todo es absoluta verdad, sin afeites. Esa misma mirada que, aunque no siempre sea cruda como la de una cámara que atrapa nubes, que persigue soldados que huyen, que percibe al movimiento de un pincel o a los aviones que ametrallan, que levanta cien mil gaviotas sobre el cielo; es la mirada que da importancia a lo menos grandioso, a lo menos exagerado, a esos pequeños gestos, guiños, palabras o pasos que parecen que se nos van a pasar por alto, pero que son los que explican el mundo, que atañen a ese pequeño espacio con el que explica la realidad por encima de los grandes gestos y de las palabras más seductoras. El libro es en parte, sí, memoria pero también confesión al lector, al profesor de alemán, al director del reformatorio, a sí mismo, al lector potencial, al mundo, a sus padres, a sus hermanos, a la nada… de culpas y odios, de recelos y contagios, de perdidas y descubrimientos.

Lección de alemán” es, también, un encendido escrito de pintura, de arte. Es un elogio al acto de pintar y a los propios cuadros; pero también a la libertad personal y a la artística, sobre todo la del pintor,…y la del observador. La visión que aparece de la pintura, nos lleva por un elogio sobre el estudio del color y la luz, Siggi sabe escudriñar las pequeñas diferencias de los tonos, de los contrastes, sabe admirar la discusión, práctica, del pintor consigo mismo para alcanzar a expresar el mundo lleno de brujas y fantasmas, de seres salidos de lo profundo del paisaje y de las mentes de aquel pueblo, de aquella Alemania. Así de los cuadros salen escalofríos, y sale miedo, y sale angustia, y salen personajes que nunca son heroicos, no so vencedores, solo sufren, hace sufrir, escapan, o sienten que no era su sitio. Todos parecen del recuadro del lienzo para entrar en el mundo de Siggi, infantil pero codicioso de saber y de sentir. De esta manera, de los pinceles nacen cosas que nunca estarán muertas porque viven aún ocultas en lugares improbables, siguen vivas y, quizás, a salvo de los necios del deber ofuscado.

Y en “Lección de alemán” la sensación de orden, intransigencia y desdén, que parece mostrarnos un mundo oscuro, cerrado, nublado, cuadrado: contrasta con la libertad de los cuadros que pinta Nansen y describe Siggi, en los que el color y la imaginación, en los que las brujas y los fantasmas, los seres de otro lado, enseñan un mundo irreal, no pegado a la tierra y a las nubes bajas. Y nos muestra el reformatorio lleno de mentiras y verdades, del que aunque te dejen en libertad, no se puede escapar; él no puede escapar de aquel centro que es su lugar de castigo, perdón y refugio.

Pensé otra cosa cuando acabé este libro por segunda vez: lo agradable que era volver a él, para redescubrir la definición de lo hermoso en la literatura.

Lo volveré a leer. Seguro.

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