
¿Que qué hago leyendo esta clase de libros? Tranquilos, todo tiene una explicación. No me gustan los libros de autoayuda, partamos de esa base. Y aunque se empeñen en decir que DAN-SHA-RI: ordena tu vida no es un libro de autoayuda sí lo es. No sé qué les costaba admitirlo, no tiene nada de malo. Es que, a ver, un libro que reza “Quédate solo con lo necesario… ¡y encuentra la felicidad!” no puede entrar en otro género. Pero bueno, han querido venderlo como un libro anti-autoayuda, un libro diferente que nos abrirá los ojos de otra forma. Pues vale. Yo lo seguiré denominando de autoayuda, soy así de cabezota.
Y diréis que si no me gustan esta clase de libros, qué hago yo reseñándolos, ¿verdad? Pues es que soy una cotilla y tenía curiosidad por saber qué podría aprender de un libro que ha vendido más de cuatro millones de ejemplares en todo el mundo. La segunda razón por la que leí este libro es porque trataba de hacer un experimento social conmigo misma. No me da vergüenza decirlo: soy muy desordenada. Una vez leí que la gente desordenada es así desde niño y que básicamente todo está en nuestro cerebro y es algo difícil de cambiar. La verdad es que no sé qué base científica puede tener esa afirmación, pero al menos sirve de consuelo. ¡Eh, yo no soy la desordenada, es mi cerebro que funciona así!
Más que desordenada yo sufro lo que podríamos denominar como “expansión del aura”. ¿A que suena genial? Dentro de poco escribo yo un libro de autoayuda. Allá donde voy, mi aura se expande. Si estoy en un bar dejo mi bolso, la pitillera, el teléfono, la agenda y todo esparcido a mí alrededor. Así me expando. Lo mismo me ocurre en casa, en el trabajo y en sitios ajenos. No lo puedo evitar, me gusta expandirme inconscientemente. La gente que me conoce lo sabe. Sabe que soy desordenada y, a veces, me dejan ser. Otras, como cuando era pequeña, trataban de corregirme. Supongo que algo habré mejorado durante todo este tiempo, pero sigo siendo desordenada, me temo. El único orden que hay en mi vida son los libros y el papeleo. También la escritura me sirve para ordenar mi caótica cabeza.
En fin, viendo el panorama, ahora entenderéis por qué he querido experimentar con este libro. Antes de deciros si ha tenido algún éxito en mi persona os hablaré de él y de su autora.
La japonesa Hideka Yamashita tuvo una revelación al visitar un templo y de esa revelación surgió el DAN-SHA-RI. Os explico qué es: DAN significa cerrar el paso a cosas innecesarias que tratan de entra en nuestra vida, SHA supone tirar los trastos que inundan nuestras casas. El resultado de estos dos actos es el RI, un “yo” despegado de las cosas que vive en un espacio sin restricciones, en un ambiente relajado. Desde aquella revelación, esta autora se dedica a impartir seminarios y charlas sobre este novedoso método con bastante éxito, la verdad.
Básicamente, y resumiendo un poco, lo que se pretende con este método es cambiar nuestra relación con las cosas y dejar de dotar a los objetos de tanta importancia. Ordenar y clasificar consiste en deshacerse de los objetos que no necesitamos. Para ello, debemos preguntarnos qué relación tiene ese objeto con nosotros en este presente. ¿Realmente lo necesitamos? Si la respuesta es negativa, es hora de deshacerse de él. No hay por qué tirarlo, puede reciclarse o regalárse a alguien que pueda darle un uso adecuado en este momento. De esta forma aprendemos a valorarnos a nosotros mismos, seleccionando los objetos que realmente necesitamos, objetos de una calidad digna para nosotros. Esto es principalmente lo que viene a decir el método. Se supone que el DAN-SHA-RI nos ayuda también a cambiar otros aspectos de nuestra vida, como se cuenta en los ejemplos que aparecen en el libro.
DAN-SHA-RI: ordena tu vida no ha funcionado conmigo. No me han entrado ningunas ganas locas de ordenar mi casa, ni mi vida. Quizás necesite tener mi propia revelación en un templo o, mejor, en un bar. O quizás funcionen mejor conmigo aquellas frases de madres que todos hemos oído alguna vez: ·¡Como no ordenes tu habitación no sales de casa!” O mejor aún, aquella zapatilla voladora que amenazaba con ponernos el culo colorado desde el final del pasillo. Ese sí que era un buen método.

Hoy os hablo de un libro de ensayo no demasiado largo, pero de gran alcance en nuestra historia de la filosofía y de la teoría feminista. Se trata de Los excesos del género, concepto, imagen y desnudez, escrito por la francesa Geneviève Fraisse. Esta autora es una historiadora y filósofa pionera en el campo de los estudios de género. Ha sido también delegada interministerial por los derechos de las mujeres y diputada al Parlamento Europeo como miembro independiente de la izquierda unitaria europea. Una mujer que ha dedicado toda su vida a los estudios filosóficos en el ámbito del género y del feminismo y que ha escrito más de una decena de libros y ensayos. Una mujer realmente interesante.
Tengo varias editoriales fetiche (no diré cuáles, pero si leéis mis reseñas encontraréis una pista). Lo que sí voy a deciros es que la editorial Libros del Zorro Rojo está entrando en esa lista a pasos agigantados. ¿Por qué? Porque saca libros ilustrados (one point), porque rescata clásicos (two points) y porque publica libros originales y bonitos (three points!). Así que: ¡enhorabuena, Libros del Zorro Rojo!, ¡Moláis!


Tenéis que leer este libro. Siento ser tan vehemente pero, si sentís un mínimo interés por el mundo que os rodea, tenéis que leerlo. Si sois de letras, tenéis que leerlo. Si sois de ciencias, también tenéis que leerlo. Si todavía tenéis un poquito de respeto por el 
Al ver que una editorial se lanza con un libro desconocido para muchos de un autor célebre es inevitable pensar en que se está usando su nombre para vender sus libros sin centrarse en la calidad de estos. Probablemente por ese motivo quise leerme este. Como amante de la escritura de 
«¿Qué es mejor: recordar u olvidar?».
A mí me pasa, y pienso que a muchos de los que leáis esto también. Es leer El Quijote o 
Antes de irme a vivir sola, mi habitación siempre era un caos. No recogía la ropa limpia, la sucia se quedaba encima de una silla, aparecían calcetines desparejados entre las sábanas, mis apuntes de Filosofía se mezclaban con los de Griego y podían aparecer decenas de latas de Coca-cola entre todos los trastos de mi habitación. No me di cuenta de la horrible situación en la que vivía día a día hasta que me independicé. Llegó un día en el que no me quedaban camisetas limpias, la montaña de ropa para planchar era más alta que yo y cuando llegaba el fin de semana me pasaba horas organizando los apuntes que tendría que haber clasificado y pasado a limpio durante la semana. Aquello no podía seguir así, así que tuve que plantarle cara al desorden. No es que creara un método para tener la casa recogida, pero básicamente me impuse una regla: deja todo en su sitio. Así de fácil. Si hay una camiseta sucia, a la lavadora. Si hay un papel por el escritorio, a la carpeta de la asignatura correspondiente. Y así con todo. Si antes era desordenada, ahora soy ordenada de más (pero de más, de más). Será que soy yo muy extremista. También me ayudó bastante crearme un horario, para que no se me pasaran las horas muertas y pudiera invertir mi tiempo de una manera más eficiente; pero ese es otro tema.

«Pocas veces nos hacemos una idea de cuánta libertad se requiere para expresar de la mejor manera posible el más pequeño pensamiento propio». Estas palabras de Walter Benjamin, que aparecen en las primeras páginas del libro, son la desgarradora verdad de la historia de Hannah Arendt. Hace poco leí que cuando te expulsan de tu tierra – o mejor, tu Tierra – tienes tres caminos posibles de reacción: pensar que el lugar nuevo en el que estás te acogerá, pensar que algún día volverás a tu tierra, o darte cuenta de que ya no eres de ningún lugar y de que nunca podrás volver a serlo. Es a partir de esta tercera vía de la que han nacido grandes pensadores, y dentro de este grupo late con fuerza – todavía hoy y gracias a continuadores como Marie Luise Knott – Hannah Arendt, la teórica a la que nunca le gustó que le llamasen filósofa.
Hay ciertos nombres que solo con escucharlos o leerlos – aunque leer debe de ser otra forma de escuchar – nos producen una sensación de grandeza, de respeto, de admiración, aun sin quizás conocerlos. Creo que todos podemos afirmar que uno de estos nombres es Friedrich Nietzsche. Es inevitable, al pensar en el alemán, proyectar la imagen de un pensador inabarcable, inalcanzable, eterno. Por tanto, entenderéis mi sorpresa cuando, nada más comenzar el libro y situarme frente a la introducción de Iván de los Ríos Gutiérrez, leo: «Nietzsche es mentira».