
¡Uy, uy, uy! –me frotaba las manos y repetía– ¡uy, uy, uy! ¿Pero qué ven mis ojos? Pero si sale al mercado la versión perdida de Drácula. ¡La versión perdida de Drácula! ¡¡Drácula!! El libro por excelencia de vampiros, uno de los pocos que he leído más de una, de dos y de tres veces, el libro que sentó las bases del género, que me deslumbró en mi juventud por esa manera de narrar a base de diarios, telegramas, reproducciones fonográficas, cartas y extractos de prensa, el libro en el que aunque el malvado no aparezca durante gran parte del relato se le siente y se le teme porque es todo un machote vampiro, todo un señor vampiro, la novela de un vampiro hecho a sí mismo y no como esos gusyluces imberbes… Una obra maestra de la literatura, vamos, y un clásico con todas las de la ley. Estaba claro. Tenía que leerlo. Y lo he hecho.
Los poderes de la oscuridad viene firmado por Bram Stoker y Valdimar Ásmundsson. Se publicó en 1901 en Islandia, (solo cuatro años después de la publicación de la edición original y, al parecer, como un folletín en un periódico sueco), con el título Makt Myrkranna (que significa Los poderes de la oscuridad), y se perdió hasta ser redescubierto en 2014. Según se nos cuenta en el amplio y curioso prefacio, Ásmundsson no solo tradujo Drácula sino que, ayudado por Stoker, escribió una versión distinta (y vaya si lo es), reelaboró la trama, añadió personajes y esto dio como resultado una novela más corta, más erótica y con bastantes diferencias respecto al original, aunque la esencia permanece.
¿Y bien? ¿Qué diferencias son esas?
Para empezar, la primera parte aumenta considerablemente la extensión. Por ejemplo, el viaje a Transilvania de Harker (que aquí no se llama Jonathan sino Thomas) pasa de las 22.700 palabras (aproximadamente) a 37.200 en esta novela y el resto de la historia disminuye de las 137.860 a las 9.100. Una purga excesiva, diría yo.
Se ha ganado tensión en el castillo. Se han añadido varios personajes (una anciana muda y una sexy vampiresa), hechos que aportan un matiz más sensual y también tintes conspiracionistas y ocultistas (un templo escondido en el propio castillo, una ceremonia ritual de sacrificio, un trama diplomática paralela, conversaciones sobre política…) y se han eliminado a las tres vampiresas (¡ay, adiós, Mónica Bellucci!)
Además, en la segunda parte se carga el formato epistolar, que era uno de los atractivos de la obra, y lo que nos queda es un narrador omnisciente. Esta segunda parte es mucho más rápida y a ello también contribuye la desaparición de bastantes episodios que ocurrían en Whitby y, sobre todo, la persecución final por Europa. Da la impresión de que Stoker/Ásmundsson no tenían ganas de volver a escribir lo mismo y que querían acabar cuanto antes. Puede que, si no se conoce el original, (e incluso conociéndolo), el lector se quede bastante confuso ante la rapidez con la que se suceden todos los acontecimientos y la celeridad con la que se acaba con el conde en una elipsis asombrosamente elíptica. En el proceso de destrucción se carga también a Renfield y la boda con Mina (que aquí se llama Wilma)…
Los poderes de la oscuridad está plagado de notas al margen. En ocasiones son ampliaciones de la traducción de tal o cual palabra islandesa, y otras veces compara lo narrado aquí con lo sucedido en la original Drácula o comenta costumbres de la época y lugar.
El lenguaje no difiere del primigenio (cuidado, antiguo… ¡gótico, es la palabra!, pero no complicado), yo al menos no lo distingo y eso ayuda a meterte en el ambiente.
En resumen, la primera parte me ha provocado más tensión que el Drácula de Stoker. Puede que haya pasado demasiado tiempo sin revisitarla, o que haya sido la extensión ampliada pero reconozco que me ha angustiado como si se tratara de un libro nuevo. El conde impone y acojona porque sabemos quién es y de lo que es capaz, porque tiene ya una fama a cuestas y no sabemos hasta donde podrá llegar en esta versión.
En cambio la segunda parte me ha resultado más floja. Como ya he dicho, da la impresión de tener prisa por acabarse y de que el dúo de autores iba con una escoba barriendo todo lo que consideraban paja.
Al margen de la novela en sí, hay que subrayar la gran labor de documentación que se ha llevado a cabo y que se nos muestra antes de esta y también quiero destacar como curiosidad que podemos ver los planos del castillo gracias a la reconstrucción de los pasos seguidos por Harker en sus tentativas de huida.
Los poderes de la oscuridad es un libro recomendable a los que han leído Drácula, lo aman y quieren leer todo sobre él, pero no al revés. En mi opinión, si no se ha leído Drácula, no aconsejaría leer este libro, pues el lector puede pensar que le falta algo, que se pierde algo. O eso me parece a mí poniéndome en su lugar.
No obstante, es obvio que me ha gustado horrores. Me parece un documento extraordinario del que no sabía nada y con el cual he podido aprender unas cosas y refrescar otras casi olvidadas. Un libro curioso, entretenido y de obligada lectura para los amantes de los vampiros de verdad y del auténtico señor de los no muertos. Del origen de todo en una especie de versión 2.0 o de rebirth que se dice ahora.
Brillante y más que imprescindible.

¿Quién podría decir que esta romántica y bella portada pueda albergar una historia de terror? Solo aquellos que conozcan la obra de Henry James saben lo que esta esconde y no es precisamente una historia romántica… Aunque, en mi caso, tampoco es lo que me esperaba encontrar en ella.
Adelante, abre El desorden de los números cardinales. Pero ándate con ojo con su autor, Vicente Marco, y las historias que te va a contar.
Hace poco más de dos años me llevé una grata sorpresa al enterarme de que la 
A lo largo de la historia del arte ha sido de sobra conocida la relevancia y la impronta que deja en un autor la labor de su maestro. Conocimientos y técnicas que se trasmiten en sus talleres en los primeros años del artista cuando su mente creativa ansía absorber hasta el más mínimo detalle. Miguel Ángel se formó en el taller de Ghirlandaio, Leonardo en el del Verrochio, Francisco Pacheco instruyó a un joven Diego Velázquez y Francisco de Bayeu hizo lo propio con Goya. En cada uno de esos casos, y en muchas de sus obras, se produjo el fenómeno de genialidad en la que el alumno supera al maestro. Muchos años después, y en otra de las expresiones artísticas más relevantes y apreciadas, el denominado Noveno Arte, los talleres o, como a mí me gusta llamar en su voz italiana bottegas, siguen cobrando suma importancia y, en consecuencia, generan nuevos valores de muy elevado nivel. Sirva como ejemplo el sucedido en esta serie de cómics que ha lanzado en España la interesante editorial 
Todos sabemos que 
Todos tenemos un grupo (o dos, o tres, o más…) de música del que somos fans, sobre todo cuando somos adolescentes. Grupos que se quedarán con nosotros toda la vida, aunque desaparezcan, se disuelvan, mueran sus miembros o se dediquen a otras cosas. Grupos de los buenos (no de estos de ahora que duran dos telediarios y empapan las bragas de quinceañeras que hacen cola en los estadios para conseguir entradas a costa de perder días de clase) que nos han sorprendido por su manera de enfocar la música, por traernos un sonido nuevo, o unas melodías pegadizas o unas letras que parecen ir dirigidas en exclusiva a ti o por una mezcla de todo, porque te llegan, sin más.
Pocos libros envejecen bien. Es un mal endémico de estos tiempos literarios. Obras encargadas a la carrera, libros escritos intentando sacar provecho de una determinada moda estacional o intentando exprimir el bolsillo de unos cuantos puñados de “followers”. El escritor mediático que intenta subirse a la ola y surfear el momento.
En estos tiempos en los que se publican centenares de novedades al mes, los lectores tenemos a nuestro alcance infinidad de historias, pero cada vez es más difícil que alguna aporte algo nuevo al panorama literario y a nuestras propias lecturas. 
“Espero. Me compongo. Mi persona es una cosa que debo componer, como se compone una frase. Debo presentar algo que ha sido hecho, no que ha nacido.”
La sangre llama a la sangre; el terror acecha al terror. Joe Hill escribiendo para la serie televisiva Historias del Más Allá es rizar aún más el rizo de hasta dónde puede llegar un buen relato de horror. Qué coño, tres relatos. Sin excepción.
Mi primera lectura de historias de Joe Hill, aunque sean adaptadas, y ya me han hecho flipar.