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Bellas durmientes, de Stephen y Owen King

Bellas durmientes

Bellas durmientesEn mi casa siempre ha habido una estantería entera dedicada a las obras de Stephen King. Yo todavía puedo recordar cómo las cogía para mirarlas una a una. Sin apenas saber leer, intentaba descifrar los títulos y ver sus portadas. Hasta que llegó It, desencadenando en mí un miedo que nunca antes había sentido. Tiré el libro de cualquier manera y salí corriendo de la habitación donde los guardábamos. Le pedí a mi madre que escondiera ese libro, para que jamás lo volviera a ver. Ese payaso de la portada visitó mis pesadillas noche tras noche. A día de hoy, tal vez ya por costumbre, es el único libro de mi estantería que está del revés, con el lomo mirando a la pared. Jamás me he atrevido a leerlo.

Mi madre, gran aficionada a la lectura, pasaba sus noches de insomnio sumergida en alguna historia de terror del que fuera uno de sus escritores favoritos y yo me acurrucaba a su lado y le pedía que me leyera un poquito, aunque solo fuera una hoja. Ella, sabiendo que no me dormiría hasta que lo hiciera, me leía algún fragmento del libro que estuviera leyendo en ese momento. Muchos de esos fragmentos estaban escritos por King. Pero yo no me enteraba de nada, porque ni sabía la historia, ni sabía quiénes eran los personajes. Solo quería escuchar la voz de mi madre un ratito antes de caer en los brazos de Morfeo.

Y no fue hasta hace unos tres años que me atreví a leer a King. Fue Carrie la primera novela que cogí. Me gustaba tanto que hasta me la llevaba a la facultad para leerla a escondidas mientras el profesor de Derecho Civil daba una de sus peroratas. La devoré.

Pero me resultó como muy intensa, por eso quise dejar que pasara un tiempo hasta que me decidiera a leer otro de los libros del dios del terror. Y ese momento llegó, hace más o menos un mes, cuando salió a la venta Bellas durmientes. Tal vez fue su portada enigmática e hipnotizante, o tal vez la sinopsis tan atractiva que leí antes de que se pusiera a la venta lo que hizo que en mi cabeza se encendiera la bombilla de “has descubierto tu próxima lectura”.

En esta ocasión, según lo que he podido leer por ahí, la idea original de la obra la propuso Owen King, el hijo de Stephen. Quería que su padre la escribiera. Pero ambos fueron añadiendo cosas a la historia, capítulos y más capítulos y llegó un momento en el que ya no se supo quién escribió qué. También he leído por ahí que los grandes amantes de King (esos que se han leído casi toda su obra y a los que no llego ni a la suela de los zapatos) sabrán descifrar qué parte escribió cada uno de ellos con casi total seguridad. Y eso me gusta. Me imagino a alguien leyendo un determinado trozo y pensando: “sí, esto, sin duda, es de King padre”.

Yo solo sé que Bellas durmientes ha sido una de las lecturas más extrañas de mi vida. Veamos: el marco general está claro. Hay un virus, llamado “virus Aurora” que hace que todas las mujeres del planeta se queden dormidas, como encerradas dentro de una especie de bulbo gigante que las engulle y las paraliza durante mucho tiempo. Entonces los hombres se quedan solos en el planeta. Hasta ahí bien. Pero después los maestros King (habrá que empezar a hablar, merecidamente, en plural) empiezan a meter guerras apocalípticas, muertos vivientes, política, ángeles vengativos, parricidios, drogas y cientos de personajes.

Es un lío tremendo.

Pero para eso, padre e hijo nos ayudan grandiosamente agregando al libro una lista con todos los personajes que aparecen, algunas de sus características y qué relación tienen con los demás. Gracias al cielo, porque si aun con la lista es difícil seguir todas las tramas, no me quiero ni imaginar lo que hubiera sido leer este libro “tan pequeñito” (nótese la ironía, ya que tiene casi ochocientas páginas) sin esa gran ayuda.

Le he encontrado un pero, todo hay que decirlo. Y es que en algún momento determinado me ha resultado pesado y varios capítulos me han parecido innecesarios. Creo que el libro hubiera sido mucho mejor si no se hubieran añadido tantísimas tramas y no se hubiera liado tanto la historia. El mensaje está claro, pero a veces se difumina entre tanta trama trasversal que hace que en ciertos momentos la lectura se ralentice. Desde luego, este es mi punto de vista y solo tú, lector, tendrás la última palabra.

Aun así Stephen King, ahora acompañado por su hijo, lo ha vuelto a hacer. Nos ha dado una historia de terror en la que, seguramente, acabará basándose una película. Porque tiene esa descripción que tanto caracteriza a King que hace que te lo imagines todo perfectamente. Que, mientras lees, en tu cabeza ya se han dibujado todos los escenarios, como si en vez de leyendo un libro, estuvieras viendo directamente la película. ¿Todavía no sabéis por qué no he leído It? Pues por eso mismo. Porque me da mucho miedo que al coger ese libro el payaso se quede para siempre dentro de mi cabeza. Pero, al fin y al cabo, esa siempre ha sido la intención de King, ¿no?

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De las ciudades vuestras tumbas, de Víctor Conde

de las ciudades

de las ciudadesPero, ¿otra novela de vampiros? ¿Otra más? Pues no, cabronazos, no es otra novela de vampiros. Es otra BUENA novela de vampiros, que no es lo mismo, que ya hay pocas y es algo cada vez más difícil de conseguir en un género en el que todo parece ya trillado, regurgitado y defecado y eso sin hablar de esos otros productos, por llamarlos de alguna forma, en los que se trata a tan ilustre y longeva criatura como a un ser fosforescente románticoñoñesco y sensible solo apto para ser consumido por adolescentes mojabragas. ¡Ea!

He aquí un libro valiente, que respeta la figura del vampiro, que reelabora una mitología centenaria con elementos de cosecha propia pero que toma también prestados elementos de la mitología clásica y pura y los mezcla lo bastante (y lo suficiente) como para contentar con su resultado hasta al más reacio a los cambios en semejante icono de la literatura de terror.

Aunque lo cierto es que terror, terror, lo que se dice terror, pues no hay mucho. Y, a pesar de que en la segunda parte del libro hay algunas escenas muy salvajes (muy gores en realidad), es en la primera parte donde sobrevuela el terror. Un terror que no se ve pero se siente y mucho, como buen terror que es, y que esperas que en cualquier momento salte y te deje en el sitio.

De las ciudades vuestras tumbas (título que, aparte de ser cojonudo, está muy bien escogido –viene de una cita del filme Demons de Darío Agento: ”Nosotros haremos de los cementerios nuestras catedrales, y de las ciudades, vuestras tumbas”– y que cuenta con una portada enmarcable de Alejandro Colucci) nos narra en primera persona la vida de Jarek, un maquinista polaco. Jarek nació en un campo de concentración nazi y pudo escapar de él gracias a su hermano y a la fortuita e involuntaria ayuda del Antiguo, un monstruo, cuya silueta no se envolvía en la noche pues “era la noche”, sediento de sangre del que solo recuerda su sombra y unos ojos blancos y del que, a medida que pasan los años, no sabe si fue real o producto de su imaginación.

Por desgracia, a los dieciocho años Jarek tuvo la horrible confirmación de que aquello de lo que dudaba era cierto. Existía y a partir de entonces va a dedicar todos sus esfuerzos a encontrar a uno de esos seres, una hermosa vampira de la que acaba enamorándose como un idiota, a sabiendas de que si llega a encontrarla puede encontrar también su propio fin.  Una vampira que a su vez huye de algo…

Contaría más. Podría llenar folios y folios sobre este libro, sobre la forma en la que Víctor Conde retrata la doble naturaleza (humana y bestial) del vampiro, sobre la evolución del personaje de Jarek, sobre lo bien que engancha al lector desde la primera página y lo bien que cabalga entre los siglos XX y XXI, de lo ágil del estilo narrativo, de las referencias populares y de…   Pero sería cargarse las inteligentes y bien repartidas sorpresas que este libro depara al lector.

De las ciudades vuestras tumbas es un libro bien urdido, un libro que se lee con gusto y muchas ganas, y que consigue conjugar tradición y modernidad vampíricas, clasicismo e innovación y salir bien parado dando como resultado unos vampiros dignos de ser así llamados. Un libro en el que se nota que se ha invertido tiempo en documentación y que sabe meter de lleno al lector en situación. Un libro de los que merecen colocarse en la estantería junto con otros clásicos del género vampírico por méritos propios.

Ideal para todos los que añoren chupasangres como los de antes.

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Esposas prohibidas de siervos sin rostro en la mansión secreta de la noche del aciago deseo, de Neil Gaiman y Shane Oakley

esposas prohibidas

esposas prohibidasTras semejante parquedad y descripción en el título encontramos la adaptación al cómic de un relato del omnipresente Neil Gaiman, (el cual últimamente aparece en la sopa, en los cereales y en los popitos de bebé), escrito hace diez años, lo que en tiempo mortal viene a ser una década. Y lo cierto es que si tanta presencia tiene el escocés y tan bien y en tantos formatos se sabe vender, es porque su obra, más allá del nivel de calidad (que suele ser excelente), es extensa.

Gaiman parodia, empezando ya por el propio título, de forma ¿terrorífico-cómica? todas esas historias de mujeres corriendo semidesnudas por esa excelente pista de atletismo nocturna que es un cementerio con lápidas rotas; aquellas otras en las que en mitad de la noche la madera cruje como si fuera pisada por alguien cerca de tu cama (y tu suelo fuera de madera); esas otras en las que, por el motivo que sea, el protagonista se ve obligado a pedir auxilio en una mansión vieja y enorme en mitad de la nada y envuelta en una niebla heladora y, también, por supuesto, bien entrada la noche… Escenas todas ellas que nos son reconocibles porque las hemos visto cientos de veces en antiguas películas o leído en libros, y que, a pesar de todo, no nos importa seguir haciéndolo.

Como decía, Gaiman parodia, pero lo hace sin caer en la grosería o irrespetuosidad, esas manidas situaciones y para ello nos sitúa en una vieja abadía de esas en cuyo interior no hay luz eléctrica sino velas chorreantes de olorosa cera  y candelabros fríos y oxidados en donde un autor, nuestro protagonista, intenta escribir algo de “realismo respetable”. Un autor para el que lo real es precisamente todo lo ya mencionado y que se va a ver interrumpido constantemente por un mayordomo un tanto siniestro, un duelo a muerte con alguien que creía ya muerto, o un cuervo con el que podrá mantener un diálogo más allá del famoso “nunca más” sobre su propia obra. Un autor que escribe una mezcla de fantasía y/o terror y que vive dentro de una historia de fantasía y/o terror. Por eso es realismo lo que escribe y para él la fantasía son las tarjetas de crédito, los impuestos, los anuncios de detergente, los huevos revueltos o pasados por agua…

Pero sin duda, el punto fuerte de Esposas prohibidas de siervos sin rostro en la mansión secreta de la noche del aciago deseo es el dibujo de Shane Oakley. Alternando entre el blanco y negro para la historia dentro de la historia, y el color para la realidad, el artista nos sorprende con un estilo gráfico que se ajusta como un guante a las características de este cómic y que merece ser revisado una vez leído el tomo, aunque solo sea para rememorar sus pinceles, porque, además, gana enteros en esa segunda lectura.

Esposas prohibidas de siervos sin rostro en la mansión secreta de la noche del aciago deseo choca por tener un título tan largo y resultar ser un caramelo tan breve. Y desde luego que es breve, pero, por otra parte, también es intenso.

Un cómic que se lee con placer, con la nostalgia propia de las lecturas y películas disfrutadas hace tiempo, con la impronta de Gaiman. Un tomo que todo amante y/o completista del escocés debe tener y que se disfrutará cada vez que se acuda a él.

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Microterrores, de Diego Palacios Marxuach

Microterrores

Microterrores

Que Diego Palacios Marxuach es un buenísimo, imaginativo y audaz escritor de terror ya lo sabíamos; lo demostró con creces en su original novela vampírica Valeria, que nos hizo creer que lo más terrorífico puede existir en, con y a la vez que lo más cotidiano, lo más normal, lo menos gótico y exótico. Ahora, este autor viene a demostrar otra cosa: que, a lo ya antedicho, hay que sumarle encima la cualidad de la

eficacia y la rapidez de pluma, la capacidad de defenderse con igual horrorífica destreza en las distancias cortas del microrrelato que en las largas de la novela.

En un relato corto no caben los trucos baratos, los golpes bajos, los intentos de enmarañamiento al respetable tirando de argumentos varios, de callejones sin salida y de profundizaciones en el dramatis

personae. El autor falto de inspiración, de entusiasmo o de inventiva no tiene, en los relatos cortos, tramoyas donde esconderse, prestidigitaciones para distraer la atención del lector y dirigirla hacia lo superfluo. Una novela mediocre puede llegar a parecer, por momentos, hasta buena, no digamos ya entretenida y satisfactoria, si se sabe sacar buen partido de los múltiples elementos narrativos de los que dispone el autor de hábil pluma. En los relatos sólo está el autor contándole un cuento al lector, en un espacio vacío y con un tiempo limitado. En los microrrelatos, se acorta el tiempo disponible, la desnudez es absoluta. Si el relato es un cuento narrado a la luz de una hoguera de campamento, el microrrelato es casi un duelo entre lector y autor. Si, además, el género del que participa el microrrelato propicia o incluso exige cierto grado de sorpresa en el desenlace,  nos encontraremos con un subgénero muy  tentador, en principio, ya que parece ofrecer resultados con poco esfuerzo; pero, en cambio, engañosamente sencillo, y, en realidad, tan exigente como una narración de cualquier extensión.

En Microterrores, Diego Palacios muestra su desenvoltura y sus refrescantes dosis de descaro al enfrentarse a tan complicada (mínima) extensión, y nos proporciona un buen puñado de agradables

sustos. En cualquier género, y quizá más acusadamente en el de terror, todo está inventado, y por ello no diremos que las sorpresas sean imprevisibles e impredecibles en todos los casos; sin embargo, igual que cuando escuchamos una leyenda urbana de corte macabro que hemos oído mil veces con anterioridad –la de la pareja de novios adolescentes que oyen un chirrido metálico en la capota del coche al mismo tiempo que escuchan la noticia sobre el loco asesino fugado del manicomio, la de la niña que asoma el brazo desde debajo de las sábanas para que su (supuesto) perro le lama la mano para reconfortarla –, cada reencuentro con esa situación, esos miedos, esos desenlaces que ya sabemos, nos proporciona el mismo escalofrío, mezcla de  horror y de alivio, que los amantes del género de terror tan bien conocen. Diego Palacios repasa y revisita en sus Microterrores los miedos clásicos, contextualizándolos en la época actual –con presencia de series televisivas de moda, artefactos tecnológicos novedosos, solitarias vidas urbanas, relaciones asépticas y muy civilizadas…– así como en escenarios y ambientes recurrentes y siempre eficaces: la casa misteriosa, el bosque, la noche, la soledad, lo inexplicable. Lo exclusivamente presente y lo inevitablemente eterno se unen para dar cobijo a lo atávico, combinando terrores de siempre y terrores disfrazados de contemporaneidad, perfectamente situados en un mundo y en un tiempo que parece haber desterrado lo sobrenatural y lo terrorífico, incluso desdeñándolos. Si se adereza todo ello con un negrísimo sentido del humor hijo de la irreverencia y del desparpajo, el

resultado será Microterrores, una lectura atrevida y original para un habitante de un mundo que vive deprisa y que prefiere sus narraciones en forma de episodios, como ráfagas de estímulos, en este caso, escalofriantes.

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Experimental film, de Gemma Files

Que una editorial se bautice como La biblioteca de Carfax ya es un puntazo a su favor y toda una declaración de intenciones. (Por si alguien no lo sabe, –¡ cosa que vergüenza me daría–, la abadía de Carfax es el lugar en el que Drácula se establece en Londres, al lado del manicomio en el que Renfield lleva una dieta sana y peculiar a la espera de poder servir al amo). Queda claro entonces que esta editorial, de reciente creación pero que avanza con paso firme y cuenta ya con siete títulos, se va a dedicar al género del terror (o, más que al género del terror, a la emoción del terror, como dicen en su web).

Y lo hacen bien. Ya tenía ganas de darles un tiento y podía haber escogido cualquier título de su catálogo pues todos me llamaban con poderosísima fuerza y todos querían que los leyera. Pero me decanté por este Experimental film, la novela que ganó el premio Shirley Jackson, –el galardón más prestigioso en el mundo del terror y fantasía oscura tras los Bram Stoker–, en 2016 (año en el que Wylding Hall hizo lo propio en la categoría de novela corta).

La sinopsis era breve, pero lo suficientemente sugerente y atractiva como para provocar el enganche. Una exprofesora de cine en paro (¿trasunto de la autora, que es además de escritora, periodista y crítica de cine canadiense?) descubre unas viejas películas perdidas que podrían pertenecer a la primera directora de cine de Canadá, pero también descubre que esa mujer fue víctima de una fuerza sobrenatural que parece ir ahora tras ella.

En la primera frase ya viene el primer aviso: “cada película, independientemente de su contenido narrativo real, es una historia de fantasmas”. Y ya no hay marcha atrás. No puedes dejar de leer porque la historia que nos cuenta Lois Cairns, aparte de ser una historia de terror, es una clase de cine y del funcionamiento interno de la industria.

Lois asiste a la proyección de una cinta “experimental” a base de cortapegas de otras películas, en la que alguno de esos cortes corresponden a trozos de la cinta Dama del mediodía. Cinta de principios del siglo XX y grabada en el fácilmente inflamable nitrato de plata. Esos recortes afectan y perturban a Lois como si hubiera visto los fotogramas de The Ring (y lo cierto es que algún paralelismo más con esa película se va a dar en el libro). A partir de entonces se obsesionará con dichos trozos e investigará hasta descubrir que la cinta fue dirigida y protagonizada por Iris Dunlopp Whitcomb, y que la historia del cine canadiense puede dar un giro si consigue demostrar que la señora Whitcomb fue la primera cineasta canadiense, y a Lois puede ayudarla a relanzar su carrera y a recibir alguna subvención de la Asociación Canadiense del Cine.

Pero cuanto más descubre sobre Iris Whitcomb más oscuro se va volviendo todo. Su hijo era especial, al igual que el de Lois (y que el de la autora), y desapareció años antes de que lo hiciera la propia Iris Whitcomb en pleno trayecto ferroviario de forma extraña dejando quemaduras en el compartimento, sospechosamente parecidas a las que deja el nitrato de plata al arder. Desde la desaparición de su hijo se obsesionó, como también le sucederá a Lois, con la mitología alrededor de la Dama del mediodía (leyenda de la que yo ni zorra idea tenía y pensaba que la autora se había inventado para el libro, pero que resulta que no es así, y es un antiguo y auténtico mito eslavo). Lois se dará cuenta de que hay muchas coincidencias entre ella e Iris. Demasiadas y demasiado preocupantes.

El personaje de Lois, –y el de todos, en realidad aunque la que nos importa porque es la que corta el bacalao es Lois– está perfectamente perfilado. Es un personaje complejo, que no caerá bien, aunque la entendemos. Es borde cuando tiene y con quien tiene que serlo, pero terca en la búsqueda de sus objetivos y, pese a su egoísmo, muy humana. Las pasa putas con todo lo que ya tenía de antes (dolor de espalda, dolor de hombro, depresión, su madre) y su hijo autista, del cual no sabe si realmente la quiere. Se ve como una mujer madura y fracasada y, desde luego, para nada como madre del año (cosa que la hace aún más humana). Además en algún momento del libro se pregunta a sí misma qué es lo que ha conseguido realmente en la vida, y la respuesta no la satisface en absoluto. Afortunadamente, su marido la apoya en todo y la reconforta.

La trama sigue un buen ritmo, los personajes son muy verosímiles, se lee con gusto, (a pesar de que a veces la organización temporal es deliberadamente caótica al avanzar o retroceder en el tiempo y de que al principio le cueste algo arrancar). La narrativa de Gemma Files tiene el poder o la habilidad de hacerte ver lo que lees, como si estuvieras viendo una película en lugar de leyendo un libro y eso es algo que a mí, particularmente, me gana. Y sobre todo la construcción del personaje de Lois. Perfecta. De los protagonistas con personalidad más sólidamente dibujada que he leído últimamente, no me cansaré de decirlo.

En resumen, terror, terror no me ha provocado, pero como todas las emociones, eso es algo muy subjetivo y lo que a uno puede acojonar a otro puede no le haga saltar del asiento. Sí me ha dado algún susto y es cierto que hay un “algo” inquietante flotando durante toda la lectura que te hace permanecer en tensión. No obstante, Experimental film es un libro que merece mucho la pena leerse. Lo he disfrutado, me ha entretenido y divertido, y ese era el objetivo.

Mitología, leyendas urbanas, investigación, thriller, cine y vida familiar es lo que el lector encontrará aquí. Y terror. Pero, de nuevo, resalto la construcción de personajes y la interacción de estos. Hala, por si no había quedado claro.

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Frankenstein, de Mary Shelley

Frankenstein

Frankenstein

Tengo dos problemas con los clásicos, que además va de la mano uno con otro: el primero es que no los he leído y el segundo, que me da miedo leerlos por si al hacerlo se me caen del altar. Pero esta vez me he atrevido con uno, será que me hago mayor, y he decidido leer Frankenstein en la edición que Ariel ha publicado en conmemoración con el bicentenario acompañada, además, de notas y ensayos los cuales van destinados a satisfacer las ansias de conocimiento de «científicos, creadores y curiosos en general».

Pero vayamos primero a lo importante: el libro huele mucho y bien, y la edición no está nada mal. Viene, como he comentado antes, con gran cantidad y variedad de textos complementarios, como un prefacio de los editores, la introducción al libro que Mary Shelley publicó varios años después de la aparición de la novela, una cronología de la ciencia en la época de Shelley, siete ensayos contemporáneos sobre la obra, referencias, lecturas complementarias, colaboradores de la edición y notas, muchas notas a pie de página. Tengo que avisar de algo antes de nada, y es que en referencia a estas notas lo mejor es que quien las lea ya haya leído el libro antes, porque la gran mayoría pecan de ser bastante spoiler. Aunque seguramente esto se deba a que yo ya lo tendría que haber leído. De todas formas, esto es un mero hecho anecdótico ante unas notas que no dejan (casi) ningún tema científico de la obra sin resolver.

He pensado antes de ponerme a escribir esta reseña que seguramente no era necesario hablar sobre el tema o el contenido de la obra, porque creo que, aunque no se haya leído, la mayoría de la gente sabe de qué va la historia de Frankenstein (aunque os tengo que decir que no tiene nada que ver lo que “se sabe” de la historia con lo que cuenta el libro); así que me centraré más en lo que me ha resultado curioso o en lo que creo que puede ser útil para el lector de esta edición en concreto. Uno de estos aspectos es que no se tenga miedo, lo digo porque yo tuve cierto recelo, a evitar comprar esta edición por tener dudas de si las notas, los ensayos o los distintos comentarios que ofrece el libro quedarán muy lejos del entendimiento de aquellos que no tenemos ni idea sobre ciencia. Para nada, lo podemos leer tranquilamente y, además, nos hará aprender muchas cosas que con la lectura simple del texto nos pasarían de largo. Algo que me ha gustado mucho acerca de estas notas es el punto que se les ha querido dar de chispa a la reflexión; muchas de ellas presentan preguntas para que nosotros, los lectores, sigamos indagando en la diatriba que nos presenta el editor en cuestión.

Apartándome un poco ya de este tema: ¿sabíais que el “monstruo” no tiene nombre? Me encanta saber tan poco sobre lo que se debería saber mucho porque cuando empiezo a saber sigo sorprendiéndome como cuando era un niño. Y no, no tenía ni idea de que el “monstruo” no tiene nombre, ni de que Frankenstein nunca es mencionado ni se menciona como doctor, ni de que hubo la posibilidad de una (esto va en honor a Rosario) “monstrua”. Datos como estos, frases que he subrayado porque me parecían geniales o una novela tan buena que me encantaría poder volver a no haberla leído para tener la oportunidad de su primera vez de nuevo, son algunas de las cosas que te puedes encontrar si te adentras por primera vez en Frankenstein.

Seguro que os ha pasado alguna vez eso de que mientras estás leyendo un libro te viene a la cabeza la siguiente pregunta: «¿como puede ser que el autor de esta obra (que es probable que lleve muerto años) haya escrito lo que sabía que yo quería leer?». Creo que nunca responderé a esta pregunta, no sé si por voluntad propia o incapacidad, pero sí sé que seguiré viviendo con ella. Y espero seguir viendo ediciones nuevas sobre contenidos no tan nuevos (y también sobre nuevos, eh) y pensar que no soy el único que se pregunta esto. Pero a veces sí que pienso que soy el único, a veces sí que me siento un «moderno Prometeo», a veces yo también juego a ser Dios. No fastidies, ¡que hasta el protagonista se llama Víctor!

Todo un acierto de Ariel, un nuevo empujón para aquellos que quieren seguir pensando mientras sonríen de placer.

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Microterrores, de Diego Palacios Marxuach

Microterrores

MicroterroresEscribir un microrrelato es muy difícil. Siempre se lo digo a mis alumnos de cuento, que me miran ojipláticos y me dicen “¡pero si es corto!”. Ya, por eso. Justamente por eso, porque la literatura no va a peso ni a número de palabras, por eso es difícil escribir un micro. Aquí la máxima de “menos es más” funciona y debes resolver toda una historia en el mínimo espacio posible. Los microrrelatos, además, son muy peligrosos porque, como se han puesto de moda y la gente los escribe como churros, nos pueden hacer quedar como paletos. “Oh, ¿tú también escribes microcuento?” puede decirnos ese señor raro de Twitter que cree que escribe micros pero que en realidad inventa chistes (malos) y frases medio ingeniosas.

Por eso cuando hace unos meses Diego Palacios me dijo que estaba trabajando en un libro de microcuentos me puse en guardia. ¿Sería otro libro de microcuentos? ¿Una recopilación de pseudotuits-chistes-malos? ¿O sería de verdad un libro de micros? Pues, amigos, mis reticencias eran injustificadas. Microterrores es un buen libro de microrrelatos, que destaca sobre el ruido que nos rodea. Y os contaré porqué.

Para empezar, el título: Microterrores. Es un título transparente porque Palacios ha venido a jugar con nuestro inconsciente colectivo y nuestras referencias culturales para crear un libro inquietante, con un regusto a las películas de terror que veíamos cuando éramos adolescentes (y no tan adolescentes). El proyecto de la bruja de Blair, La matanza de Texas, La noche de los muertos vivientes, pero también Entrevista con el vampiro o El resplandor… Hay relatos en Microterrores que te llevan a todas esas referencias y muchas, muchísimas más que seguro que se me han pasado por alto.

En ese sentido, Palacios tiene un universo propio en la cabeza y nos sumerge de lleno en él, relato a relato, línea a línea. Psiquiátricos, bosques, brujas, vampiros, innombrables criaturas de ojos rojos, psicópatas que te susurran al oído, zombis, gánsteres dignos de Sin City o simplemente el silencio antes del golpe. Todo eso está en el libro, en relatos de menos de media página construidos entorno a lo no dicho, como todo buen micro, y que nos hacen mirar por encima del hombro o ponernos tensos cuando oímos un ruido en la escalera.

Por otro lado, Microterrores es un libro que se lee en apenas una tarde, pero que lees varias veces, marcando los cuentos que más te gustan. También, por supuesto, puedes leer un cuento por aquí y otro por allá, en el metro o antes de dormir. Aunque esta última no es una opción muy recomendable, porque os puedo asegurar que, una vez lees un cuento, se produce el efecto Pringles y vas enlazando con el siguiente hasta que te das cuenta de que te has leído la mitad del libro y te has pasado de parada. Y eso, señores y señoras, también es muy difícil de hacer.

Antes de cerrar esta reseña que ha acabado siendo más larga que la mayoría de los relatos del libro, quería hacer dos últimos comentarios.

El primero es que lo único que puedo echarle en cara al autor es que veo un potencial no aprovechado en muchos de los cuentos, que podrían haberse limado hasta convertirlos en auténticas joyas. Una frase menos por aquí, un adjetivo que sobra por allá, un orden más meditado… Pero he de confesar que aquí es la profesora quien habla. Leyendo Microterrores, mi yo-profe se ha frotado las manos pensando en lo que podría haber sacado de ese material.

El segundo es sobre la edición. Quiero felicitar al editor por la cubierta, que plasma muy bien la sensación que dejan los relatos del libro. También por el libro en sí, trabajado y profesional. Estoy segura de que 2018 será un buen año para todos nosotros, en Libros y Literatura.

Así que nada más. Leed Microterrores y veréis que Palacios tiene algo más difícil de encontrar de lo que se cree: un estilo propio y buenas historias que contar. Espero poder leer muchas más.

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La vampira de Barcelona, de Miguel Ángel Parra, Iván Ledesma y Jandro González

la vampira de barcelona

la vampira de barcelonaComenta en el epílogo Marc Pastor (autor de La mala mujer, libro que trata el mismo tema que el de este cómic), que supo con asombro de la existencia de la vampira del Raval en un programa radiofónico de noche en 2003. Tanto le atrajo la mezcla de rumores, confesiones, maldad, leyenda, ficción, las diferentes versiones de una misma mujer (¿prostituta?, ¿psychokiller?, ¿aristócrata?) y el misterio en torno a los cómplices que no fueron identificados, que buscó material, solo por curiosidad, y acabó escribiendo una novela.

Yo, en cambio, la conocí más recientemente. Concretamente en un episodio de la segunda temporada de la estupenda serie española El Ministerio del Tiempo. Es posible que hubiera oído el apodo la vampira de Barcelona alguna vez. O más de dos. Pero siempre se quedaba ahí, en el nombre.

“Todo país europeo que se precie –continúa Pastor– merece tener su leyenda negra”. Está claro que Enriqueta Martí, el nombre real de la secuestradora de niños, forma parte de la de España más oscura. Se la acusó de secuestrar, prostituir, sacrificar y descuartizar niños y además de obtener su sangre y su grasa para ungüentos y prácticas de curanderismo que vendía a la burguesía catalana (en esto último es comparable al caso del sacamantecas Romasanta).

“…con grasa de criaturas

hace ungüentos para unturas…”

El cómic que nos ocupa comienza con la desaparición en febrero de 1912 de la niña de cinco años Teresita Guitart. Sin embargo, no fue esta la primera desaparición que se producía en el Raval, aunque sí fue la gota que colmó el vaso. Ya no valía con culpar a los gitanos y quemar sus chabolas para calmar al populacho. Por fortuna, poco tiempo después se encontró a la niña y se detuvo a Enriqueta. A partir de aquí lo que vemos son los hechos que marcan la investigación: la búsqueda de pruebas incriminatorias, las continuas contradicciones de la acusada y los intentos de), a los que no se sabe si se llegó a juzgar alguna vez.

Pruebas que desaparecen, corrupción, poder, dinero… Por desgracia, lo que vivimos a diario en este país no es algo nuevo, ya viene de antiguo, y de serie en algunos ejemplares.

La vampira de Barcelona no ha querido hacer una versión femenina del hombre del saco, ni conferir una imagen vampírica, a pesar del apodo, (al menos no en su concepto literal) ni cosas sobrenaturales ni cuentos metemiedos para asustar a niños o viejas. Se ha despojado de leyenda y se ha querido ceñir a la hemeroteca, documentos policiales, actas judiciales y conversaciones en la celda. Investigación pura y dura.

Me parece además un acierto que los responsables no se hayan decantado por ninguna opción y hayan dejado el final abierto para que el lector sea quien decida su verdad. (Hay que recordar que ni siquiera la muerte de Enriqueta está clara y no se sabe si la lincharon en la cárcel, si murió por un cáncer de útero,…)

En cuanto a la forma, sorprende mucho el hecho de que visualmente el dibujo tenga una estética limpia, unos colores cálidos y una luminosidad que podría chocar a la hora de ambientar una historia tan tétrica como esta, –ya que lo esperable sería justo lo contrario–, pero que da muy buen juego, precisamente por ese contraste entre lo real de lo cotidiano y lo terroríficamente real. (Aunque es cierto que en algunas viñetas los ojos de Enriqueta son tan negros y grandes que parecen tiburoniles y provocan escalofríos).

Pero es que además, la guinda es la riqueza plástica que se ve en el vestuario de la época, la recreación de los interiores, las calles, los rostros, el equipo de bomberos… No solo ha habido documentación en lo puramente narrativo, sino que también ha ocurrido lo propio a la hora de empaparse de fotos de la época.

La vampira de Barcelona es un cómic excelente basado en unos hechos horribles, que ahonda en las miserias de unos tiempos de oscuridad y de podredumbre en donde también se vislumbra una luz esperanzadora de racionalidad y dignidad, tratado con un gusto exquisito.

Buen ritmo narrativo, gran dibujo y un misterio aún sin aclarar del todo.

¡Pero qué pedazo de autores (e historias reales) tenemos en España, pardiez!

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Jóvenes Ocultos, de Tim Seeley y Scott Godlewski

jóvenes ocultos

jóvenes ocultosLos hay que pertenecen a la aristocracia pero también los encontrarás entre las clases populares. Están los que han vivido miles de años y los que apenas han empezado a dar sus tímidos pasos por el mundo de las tinieblas. Unos moran al pie de los Cárpatos, algunos soportan temperaturas extremas en Alaska y otros se alimentan de estadounidenses desprevenidos. Viejos decrépitos, maduros sensuales, doncellas implacables, jóvenes rebeldes, mujeres atrapadas en cuerpos de niñas… ¡Vampiros! Ahora los puedes encontrar en todas partes, infiltrados en todos los estratos sociales y de rostros dispares. Con todo, allá por 1987 los jovenzuelos de dientes afilados y con sed de sangre escaseaban, hasta que llegó Joel Schumacher con su película Jóvenes Ocultos.

En Jóvenes Ocultos la familia Emerson (Michael, su hermano Sam y la madre de estos dos, Lucy) se trasladaban a vivir con el abuelo en Santa Carla. La familia no tardaría mucho en percibir que la ciudad ocultaba un gran secreto que estaba relacionado con la masiva desaparición de personas. Sí, exacto, vampiros. Chupasangres veinteañeros. Unos guaperas de pasarela, que vestían a la última moda, que ni trabajaban ni estudiaban (¿y quién lo necesita cuando para conseguir dinero solo tienes que robárselo a tu alimento?) y que rondaban, haciendo el mal, las calurosas noches de verano montados sobres sus motocicletas. El jefazo de la banda era David, interpretado por un jovencísimo Kiefer Sutherland, que tenía pinta de cabronazo sin siquiera transformarse en vampiro.

El film de Schumacher no solo nos dejó una visión más moderna, y menos romántica, del monstruo que se alimentaba de sangre creado por Bram Stoker, transportándonos a una historia que mezclaba aventuras, horror y toques de humor, sino que además nos brindó una banda sonora de lujo. ¿Quién no recuerda el Cry little sister de G. Tom Mac al inicio de la película? ¿Cuántas veces os habéis descubierto tarareando el People are strange de The Doors tras visionarla? Y así, con estos ingredientes, una película que tuvo una buena recepción en su momento, con el paso de los años se convirtió en un film de culto que tendría dos secuelas de dudosa calidad.

Jóvenes Ocultos del guionista Tim Seeley y el dibujante Scott Godlewski es la continuación que la película realmente merecía. Una continuación que retoma la acción dos semanas después de los sucesos acontecidos en la película y que los lleva más allá. Si la familia Emerson, tras la acojonante lucha final en el salón del abuelo, pensaba que todo había terminado, estaba muy equivocada. Los vampiros han vuelto para terminar el plan que habían puesto en marcha.

Lo primero que se piensa al empezar un cómic de este calibre es que va a ser un refrito, un pastiche de situaciones ya vistas en la película con algún giro sorprendente, pero probablemente absurdo, que no cuadrará con el conjunto de la narración. Por suerte este no es el caso, pues el guion que se saca de la manga Tim Seeley amplia lo contado en la película, haciéndolo con el mismo tono y creando algunos giros interesantes que mantienen el interés hasta la última página. Los vampiros en este caso son igual de jóvenes y bellos pero mucho más místicos, con más profundidad en su historia, así como en la de cada uno de los personajes con los que volveremos a reencontrarnos: Michael, Sam, Estrella o los hermanos Frog. La gran sorpresa para mí ha sido que el personaje que interpretaba Tim Cappello en el film (un saxofonista con el pelo recogido en una coleta, el pecho descubierto y embadurnado en aceite) pase de ser un simple secundario que tocaba una canción con su saxo a tener cierto peso en la historia, diría que hasta siendo vital para que avancen algunos acontecimientos.

Bien, el guion cumple con creces, ¿pero y el dibujo? A los lápices encontramos a Scott Godlewski. Su trabajo de poner imágenes a las palabras de Seeley es un digno aunque regular acompañante. Y esto se debe a que en algunas viñetas el parecido con los actores es algo dudoso y en cambio en otras es aceptable. A pesar de esto, el resultado final es para bien, gracias a todos esos juegos de claroscuros y a las sombras con textura que semejan huellas dactilares. Mención especial para el portadista Tony Harris. Su maravilloso arte bien podría estar en el libro de muestras de un tatuador.

Jóvenes Ocultos de Tim Seeley y Scott Godlewski publicado por ECC es una digna secuela de la película de Joel Schumacher, un cómic que hará las delicias de todos aquellos que disfrutaron con la película de horror que en los 80 nos hizo descubrir a un nuevo tipo de vampiros.

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Sweeney Todd. El collar de perlas, de James Malcolm Rymer

Sweeney Todd. El collar de perlas

Sweeney Todd. El collar de perlasParalela al río Támesis, oculta bajo una espesa capa de niebla, se extiende una de las principales arterias de Londres. La calle, en apariencia de ambiente distinguido gracias a los frecuentados cafés y tabernas de la zona, cobija también un lugar de horror y pesadumbre. No extraña que poco después fuera pasto de las brasas; era el funesto final que el mismo diablo tenía preparado para la adoquinada vía donde se situaba la barbería de Sweeney Todd, el barbero diabólico de la calle Fleet.

«Un afeitado rápido por un penique. No hallará a nadie que lo replique». Este es el lema que se cita en un cartel colgado en la entrada de la barbería y desde luego no hay que tomarlo a la ligera; la intención sarcástica del pareado no deja lugar a la duda sobre el misterio que se esconde en su interior. ¿Nadie que lo replique? Obvio, pocos pueden salir de ahí para contarlo.

La editorial La biblioteca de Carfax edita en un volumen único la novela completa de Sweeney Todd. El collar de perlas. La historia del barbero asesino del que aún se duda si realmente fueron hechos reales en los que se basa su leyenda, nos ha llegado a la actualidad gracias a la influencia literaria que dejó en el compositor y director Stephen Sondheim, y su adaptación al teatro musical —ESPLÉNDIDO con mayúsculas— en 1979, de cuya versión se valió Tim Burton para su película con un también magnífico Johnny Depp interpretando el papel del psicótico barbero. En aquellas adaptaciones la historia cambia notablemente con la que en estas páginas se cuenta. Su autor, James Malcolm Rymer, también creador de las historias de Varney, el vampiro, publicó por entregas el debut literario de Sweeney Todd entre noviembre de 1846 y marzo de 1847. El escritor escribía principalmente penny dreadfulls, historias de terror escabrosas y sensacionalistas que se vendían por entregas en la Inglaterra de mediados del siglo XIX por un penique.

Londres, escenario de tantísimas grandes obras de horror y sangre que corre por sus calles, se convierte en otro personaje más dentro de la obra, ya que va a representar el frío, lo hostil, lo claustrofóbico dentro de esta historia llena de enigmas, muertes, degradación, locura y, sí, deliciosos pasteles de carne de la señora Lovett. Borremos, eso sí, la imagen de estrella del rock del Romanticismo que tenemos del último Sweeney hasta la fecha, esto es Johnny Depp. Porque Sweeney, el salvaje y despiadado Sweeney Todd, el barbero, «era un tipo larguirucho, mal proporcionado y contrahecho, con una boca inmensa y manos y pies tan descomunales que se podía decir que era un bicho raro». Trabajaba en su pequeño local de la calle Fleet donde por un penique realizaba el afeitado más apurado que podías encontrar en todo Londres. Por su barbería se dejaban caer toda clase de hombres, pero solo aquellos de alto poder adquisitivo le eran realmente interesantes al siniestro barbero. A su cargo tenía un pequeño mancebo que le ayudaba en las tareas, el joven Tobías. Cada vez que entraba algún cliente en la barbería, una gélida mirada de su maestro y mentor le valía al joven para salir por patas de la tienda a hacer compras. Mientras, Sweeney afilaba sus navajas, observaba por la ventana el exterior, se acercaba al sillón donde esperaba el cliente con la espuma extendida por el rostro y se encargaba de ofrecer su mejor apurado.

Un día, entró en la tienda un apuesto hombre, el señor Thornhill, junto a su perro. Mala elección haber elegido ponerse en las manos de aquel barbero y buena suerte para Sweeney, cuyos objetos personales del señor Thornhill le iban a reportar un más que suculento anticipo de su jubilación. Se trataba de un flamante collar de perlas, objeto de deseo que representa la ambición del hombre por aspirar cada vez a más sin ver los riesgos que ello puede conllevar. El joven Tobías entró en el momento crítico en el que algo extraño estaba sucediendo dentro de la barbería; le iba a salir muy caro entrometerse en los asuntos que solo conciben a Sweeney Todd. Este asesinato va a ser el motor de la historia y la trama girará en torno a él. Alguien más está buscando al señor Thornhill, su perro puso sobre la pista a un antiguo amigo y a un imán más atrayente, la bella Johanna.

En la misma calle se sitúa el local regentado por la señora Lovett. El gentío se agolpa frente a la puerta para degustar uno de los deliciosos pasteles de carne que ahí se sirven. La señora Lovett es una hermosa mujer que trabaja muy duro para poder dar de comer a todos los clientes que ansían hincar sus dientes en uno de esos esponjosos y cremosos pasteles. Y la carne, con ese sabor tan especial. Los hornos se encuentran en los sótanos húmedos y abovedados del local. Lo que ahí ocurre es mejor no conocerlo.

Sweeney Todd. El collar de perlas tiene una lectura adictiva, quizá fruto de la naturaleza de su publicación por entregas. El trabajo inmenso de su traductor, Alberto Chessa, merece una mención por la documentación anotada al pie de las páginas para acercarnos a aquel Londres de mediados del siglo XIX, una época que siempre muestra lo oscuro y escabroso de aquella ciudad, y su siempre siniestro historial de muertes y decrepitud. Un modo de conocer la figura de otro de los célebres personajes que asesinó sin piedad en Londres. Oculto tras el cristal de su barbería espera para dar su afeitado más apurado Sweeney Todd, el diabólico barbero de la calle Fleet.

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Uzumaki, de Junji Ito

Uzumaki

Uzumaki¿Una espiral de amor? ¿Una espiral de diversión? ¿Espiral de fraternidad? ¿De solidaridad? No suena bien, ¿verdad? Lo que normalmente oímos después de la palabra espiral es violencia, horror, muerte, todas esas cosas, en suma, que nos amenizan y alegran la lectura y que tan bien se le dan a Junji Ito.

El ser humano se ha dedicado a garabatear espirales desde tiempo inmemorial, y se han encontrado objetos decorados con esa forma que datan del año 10.000 antes de Cristo. A lo largo de la historia se ha identificado la espiral como símbolo del sol, y dicho símbolo ha tomado formas como el triskel o la esvástica. Más recientemente, la espiral se ha asociado a los viajes psicodélicos, a la hipnosis y a la locura. Todos sabéis interpretar el significado de unos ojos con las pupilas en espiral, ¿verdad? Y, como de la locura al horror hay, como quien dice, un paso, entramos de lleno en territorio Junji Ito.

¿Os habéis preguntado alguna vez por qué el mundo está como está, por qué nos desayunamos todos los días con muerte y destrucción, por qué se cometen las atrocidades que vemos en las noticias? No hagáis caso a sociólogos, psicólogos o expertos en política internacional. La respuesta es muy otra, y para hallarla sólo tenéis que mirar a vuestro alrededor: las espirales. Están encima de nosotros, entre nosotros, dentro mismo de nosotros.

En la ciudad de Kurouzu, empiezan a producirse, como dice el cliché, una serie de extraños acontecimientos. Nos cuenta Kirie, la narradora, cómo el padre de su novio ha dejado de ser él mismo, poseído como está por la obsesión con las espirales. Una vez la obsesión ya lo domina por completo, son las propias espirales las que empiezan a adueñarse del señor, que terminará sus días convertido en una espeluznante rosca.

Si la esfera protege, el ángulo penetra, los fractales colonizan y el hexágono pavimenta, como nos dicen los expertos acerca del papel de las formas en la naturaleza, ¿qué hace la espiral? Si estuviéramos en el reino de lo natural, la respuesta sería muy sencilla: empaquetar. La espiral crece ocupando poco espacio. Pero en el reino de Junji Ito lo natural siempre se queda corto, y por ello vemos que las víctimas de las uzumaki (gracias por el idioma japonés; tanta espiral ya empezaba a cansar), lejos de ser protegidos, son más bien penetrados, colonizados, pavimentados y hasta empaquetados. Y si esto os suena prosaico, os aseguro que las ilustraciones del maestro del horror son escalofriantes.

Uzumaki se inscribe en esa variante del género del terror tan japonesa que nos ha regalado obras como Ringu o Marebito, en las que el horror nace de la obsesión y se perpetúa en ésta, creando así una esp… perdón, una uzumaki de horror como las que mencionábamos al principio. Hay que decir, no obstante, que este clásico del terror japonés, que, como las mencionadas más arriba, fue llevado a las pantallas, está empapado de sentido del humor. Este lector, por ejemplo, no tiene la sensación de que Ito se compadezca especialmente del inhumano destino de la mayoría de sus personajes, sino, más bien, se lleva la impresión de que los sacrifica en aras de este gran desmadre de cuchilladas, cuerpos descoyuntados y escalofriantes metamorfosis. Y ese tono de irreverencia consigo mismo nos queda aún más claro en el divertido epílogo, en el que el autor nos habla del origen de la obra y de su obsesión personal con las uzumaki.

Así que si no sabéis qué relación puede tener el horror con los caracoles, los torbellinos, el agua de la bañera, la cóclea y los cordones umbilicales, con Uzumaki lo pasaréis de miedo mientras lo descubrís.

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Cthulhu #18: Sheridan Le Fanu, de VV. AA.

Cthulhu 18

Cthulhu 18Si sois aficionados al cómic de terror y a la ficción oscura, es posible que ya conozcáis la revista Cthulhu de Diábolo Ediciones. En  2017, esta publicación ha cumplido diez años. Diez años dedicados a homenajear a grandes autores del género (Arthur Machen, H. P. Lovecraft, Ray Bradbury…) y a hacer especiales temáticos (fantasmas, zombis, vampiros, humor negro…), gracias a guionistas e ilustradores españoles.

Yo no había reparado en esta revista hasta que vi que su entrega número 18 estaba dedicada a los relatos de Sheridan Le Fanu, el padre del cuento moderno de fantasmas y pionero de la novela de vampiros, al que descubrí gracias al libro Shalken, el pintor, recientemente publicado por Yacaré libros. Eso, unido al nombre de Carles Esquembre, ilustrador que me fascinó con su novela gráfica Lorca. Un Poeta en Nueva York y que participa en este número de la revista, me hicieron interesarme por Cthulhu #18. Y, la verdad, la experiencia ha sido la mar de satisfactoria.

Para empezar, la introducción, firmada por Javier Alcázar, nos acerca la figura de Joseph Sheridan Le Fanu, un hombre que vivió recluido durante años, tras la muerte de su esposa, escribiendo sin parar, lo que le valió el sobrenombre de Príncipe Invisible. Pese a su significativa aportación a la literatura de terror, nunca recibió todo el reconocimiento que merecía, ni en vida ni póstumamente. Sus relatos se han recogido en decenas de antologías, que Alcázar comenta y nos recomienda, pero su prolífica obra no había sido adaptada al cómic hasta ahora, a diferencia de otros autores coetáneos, como Poe, mucho más populares en la actualidad. Así que Cthulthu #18 se encarga de que el noveno arte salde su cuenta pendiente con Sheridan Le Fanu.

Para ello, los artistas Pablo Barbieri, Alfonso Bueno, Alejandro Castroguer, Roberto Corroto, Carles Esquembre, Samuel Guerrero, César Herce, Juan Luis Iglesias, Carlos Lamani, Edu Molina, Mortimer, Manuel Mota, Vicente Navarro, José Oliver, Taco Silveira, Diego Simone, Bartolo Torres, Ricardo Vilbor, Juaco Vizuete y Paco Zarco han reunido sus talentos para adaptar y versionar algunos de los relatos de Sheridan Le Fanu: «El pacto de Sir Dominick», «Éxtasis y agonía», «El gato blanco de Drumgunniol», «Mircalla», «Melancolía», «La sed de los muertos», «La sangre que sube del pozo» y «El perverso capitán walshawe». Además, la revista incluye un relato original, «La primera noche después de la eternidad», con evidentes influencias del autor homenajeado, y una historieta con el propio Le Fanu como protagonista.

Familias caídas en desgracia por hacer peligrosos pactos con señores misteriosos, seres humanos que se transforman en bestias para desatar sus instintos o buscar venganza, seductoras jóvenes que arrastran al vampirismo a otras y la muerte siempre presente, como una condena eterna. Relatos que sentaron las bases de la literatura de terror y que merecen ser recordados y versionados para seguir presentes en la literatura actual.

La revista Cthulthu recibió el premio Imagina Málaga a la mejor edición andaluza en 2009, fue nominada como Mejor Revista en el Salón del Cómic de Barcelona en 2010 y 2011 y obtuvo el XXXV Premio Diario de Avisos a la mejor revista en 2012. Y no me extraña que haya recibido tantos reconocimientos, porque es una gozada releer clásicos del género en formato cómic y ver, en un solo volumen, el fantástico trabajo de numerosos ilustradores y guionistas españoles. Así que, ahora que la he descubierto, estaré pendiente de sus próximos números, para seguir adentrándome en el género de terror y de la ficción oscura de la mano del noveno arte.

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