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Porcia, la esposa de Bruto, de Adelheid Van Beuningen

Porcia, la esposa de Bruto

Porcia, la esposa de BrutoDurante la última visita que hice a Roma, ese museo al aire libre que uno no puede dejar de disfrutar, bajé al Foro y visité el Ara de César, el lugar exacto en el que el líder militar y político romano fue incinerado luego de su asesinato en los Idus de Marzo. Estar presente allí, hacía que mi mente se trasladara al instante a las miles de imágenes que series y libros me habían regalado a lo largo de tantos años de lectura sobre ese fabuloso periodo histórico: El complot y la posterior Guerra Civil que marcó el tránsito de la Republica al Imperio en Roma.

Teniendo en cuenta que sobre el magnicidio de Julio César ya se escribió todo lo que se puede escribir, y por ende la originalidad es difícil de conseguir, siempre es interesante buscar al menos diversos puntos de vista sobre tan famoso suceso; y ahí aparece, como una digna alternativa, Porcia, la esposa de Bruto, de Adelheid Van Beuningen.

La que fuera hija de Catón El Joven, es hoy sin embargo más conocida por haber sido la segunda esposa de Marco Junio Bruto, quien siempre será recordado como el principal protagonista del asesinato de Julio César. Porcia, en este libro, se encuentra al borde de la muerte, pero decide previamente, a través de un formato de diario íntimo, rememorar cómo vivió personalmente aquel asesinato histórico, lo que permite al lector actual observar un nuevo punto de vista de aquellas trágicas jornadas.

Así, capítulo a capítulo, Porcia, a quien se presenta como una mujer con personalidad que sin embargo lucha constantemente entre el amor a su esposo y los valores republicanos que le inculcó su padre, va detallando y novelando cronológicamente el proceso conspiratorio contra César, desde los primeros e intrigantes indicios de complot, pasando por las nocturnas negociaciones de su marido con otros miembros destacados, sin dejar de relatar sus interesantes diálogos con las esposas de Casio y el mismísimo Julio César o el ambiente que se vivía tanto en el Senado como en las calles de Roma y la creciente sensación de que algo grande iba a ocurrir.

Narrada en primera persona, la figura principal de Porcia toma relevancia por tratarse tal vez de la única mujer en estar al tanto de la conspiración para asesinar a César; el período que ocupa su diario íntimo, y por ende la novela, abarca desde los meses posteriores al magnicidio, detallando claramente el 15 de marzo, día del asesinato, para culminar con las consecuencias de este histórico momento y la aparición con fuerza de personajes históricos como Marco Antonio, cicerón o Augusto, que a la postre se convertiría en el primer emperador de Roma.

Como dijimos anteriormente, la novela no es original, porque los acontecimientos relatados son de sobra conocidos, pero sí resulta interesante tratar de comprender cómo vivía esos momentos, en el día a día, una mujer romana de elite y tan cercana a Bruto, el asesino principal, además de sus debates internos acerca de lo moralmente correcto de semejante decisión, poniendo como eje de discusión si el fin justifica los medios, si un asesinato en bien de la República es válido, si vale todo para detener a un hombre que, según ellos, se encaminaba a ese mundo que los romanos juraron no regresar, el de un Rey gobernando Roma.

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El tamaño del mundo

El tamaño del mundo

El tamaño del mundo Para mostrarnos El tamaño del mundo, regresa Ramón Acín, aquel que tan buen sabor de boca me dejó con “Siempre quedará París”, ese narrador de historias de la Historia de su amada tierra. Esas tierras fronterizas que tanto marcan al ser humano, más si son de montaña, y no solo en tiempos inestables, sino a lo largo de toda la vida de sus habitantes.

Regresa con esos dichos y refranes tan aragoneses, con esa forma de narrar tan entreverada de datos geográficos e históricos que sirven de soporte y dan mayor fuerza y credibilidad a la parte más novelada. A través de esta parte de la historia de Aragón nos mostrará El tamaño del mundo.

[“El mundo son los otros” fue el susurro que desde niño excitó el magín de Julián y también el arrullo que con el tiempo acabó por dar total solidez a su vida.

Hubo más susurros y arrullos, como “la vida es un viaje al vacío”, “la verdad se urde con tiempo” o “la memoria, un depósito de cadáveres”, que, junto a otras varias frases de parecida enjundia y que ahora no vienen a cuento, aun habiendo cincelado en buena medida la personalidad de Julián, no enraizaron, ni germinaron en sus entresijos mentales con la misma intensidad. Todas ellas habían surgido de labios de Pedro, el admirado tío paterno de Julián, bien en tertulias de carasol o bien al calor del hogar cuando la holganza del invierno, entre ventiscas y frío, solía brindar en Monte Oscuro ocasión para acarrear en familia nostalgias del pasado …”]

Así inicia el autor el relato de la vida y la historia de Julián. Corre el año 1902, y por este recién estrenado siglo XX avanzaremos con nuestro amigo a través de la historia de Aragón hasta más allá de la Guerra Civil Española. El protagonista crecerá junto a su tío Pedro, superviviente de la Guerra de Cuba.

Es curioso cómo, tanto en los libros de Ramón Acín como en los de otros autores de la zona del Pirineo, siempre está presente el éxodo de la población hacia otros lugares. Como ocurre en este libro, y que tan bien nos explica Acín, es fundamental la historia y derecho de los mayorazgos en las montañas con el fin de preservar las escasas tierras familiares, esto empujaba al resto de los hermanos al servilismo, y para huir de él, muchos optaban bien por el ejército o por lanzarse a la aventurarse de los viajes en busca de oportunidades y mejores condiciones de vida, pero también había un punto de curiosidad por saber qué había más allá del frío, de la nieve y de las altas montañas.

El libro está dividido en cuatro largos capítulos, y una pequeña introducción, a modo de prólogo o Liminar, que nos adentra en ese inicio del siglo. Y a través de las páginas y del paso del tiempo iremos conociendo a todos aquellos que importan en la vida de nuestro protagonista, padres, hermanos, esposa e hijos. Bien trabajados todos aquellos que serán fundamentales para la historia que nos quiere contar. Pero más allá de los personajes está la interesantísima recreación de la época, que nos da una buena idea de cómo se vivía, como se hablaba, y hasta de cómo se sentía.

Es importante saber cómo se forjan los hombres y mujeres de estas tierras montañesas para comprender por qué cada cual actuó de una forma u otra durante la contienda. en El tamaño del mundo notamos que a Ramón Acín le gusta hablarnos de estas historias de la guerra porque de alguna forma él es parte de esa historia que no quiere ni debe quedar silenciada. Hace bien en novelarla y hace bien en contárnosla, porque la que no se cuenta es una parte de la historia que se pierde para siempre, que quedará dormida en la pluma que no la quiso o no la pudo escribir.

Pero además, importa como lo cuenta, porque me ha hecho desempolvar el diccionario, y me he sentido otra vez alumna en una clase en la que deseaba aprender, comprender y aprehender algunas palabras que por haber caído en el desuso o por tener un origen aragonés yo desconocía, quería saber con exactitud su significado, no me valía el contexto, y cuando esto pasa es que el interés por lo que haces y lees es alto.

Un libro que bien pudiera ser de iniciación, pero de esos que precisan del acompañamiento del docente comprometido con la literatura y la historia.

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Año 1000: La sangre, de Manolo Matji y Sergio Córdoba

Año 1000

Año 1000Nunca he empezado hablando de un libro describiendo su exterior, pero siempre hay una primera vez y, a pesar de ese dicho de “nunca juzgues un libro por su portada”, este cómic bien lo merece. Y es que me llevé una grata sorpresa cuando lo recibí. Además de una portada chulísima, tiene el lomo y una pequeña parte del frontal y de la trasera de piel (o imitación, no lo sé) y también la típica cinta de tela cosida al libro para servir de punto de lectura. Un lujazo de edición, que se confirma con la calidad del papel y la pulcritud de un dibujo elegante y teñido de un cromatismo austero (blanco, negro y un ocre dorado) que nos ayuda a situarnos temporalmente para recordarnos lo antigua que es esta leyenda.

Por otra parte, si he querido leer este cómic ha sido por tres motivos. Sí, admito sin vergüenza que dos de ellos son algo chorras y solo uno importante. Uno es que uno de los cines a los que suelo ir tiene el nombre “7 Infantes” y además está en la calle Siete Infantes de Lara. Otro, que en el monasterio de San Millán de Suso, considerado cuna del castellano, a menos de una hora de mi ciudad y el cual he visitado varias veces, están los siete sarcófagos de dichos infantes con sus siete cuerpos y nadie te explica nada de ellos. Y el tercer motivo es el bueno. La curiosidad. ¿Por qué siete infantes han tenido tanta fama que aún ahora, más de mil años después, siguen dedicándoles nombres de calles?

Aclarada mi curiosidad, solo puedo decir: vaya, vaya. En Año 1000: La sangre, no falta de nada. Daría para una temporada de Juego de Tronos. Solo faltaría Tyrion (el enano) y los dragones. De hecho, si se pusieran en serio a hacer una serie así, sería un producto cojonudo. ¡Yo lo vería! Pero vamos al grano. La leyenda, como todas las leyendas, tiene parte de verdad y, aunque en el cómic no se aclara dónde empieza una y acaba la otra o qué partes son adorno, ello no es obstáculo para mantenerte en tensión, sobre todo si, como yo, acudes a ella virgen, sin saber nada de nada. Y es por eso, que no voy a contar el argumento, porque merece la pena que cada uno lo descubra por sí mismo y se deje sorprender. No puedo decir que se trate de algo épico en sentido estricto porque no va de hazañas heroicas, pero sí que cuando estás inmerso en sus viñetas sientes que es una historia muy grande. ¡Enorme! Baste decir que es un relato de traiciones y venganzas entre familias, como un Puerto Hurraco a lo antiguo, de guerreros y reyes en un tiempo en el que España estaba invadida por los moros en plena Reconquista y los enfrentamientos entre ambos eran una constante. Y que todo comienza por culpa de unas palabras a destiempo de L… ¡que no, que no voy a decir nada!

Estamos ante un cómic que desata en nosotros emociones de todo tipo: enfado, ira, deseo de venganza, tristeza, compasión, alegría… y que se lee con gusto de un tirón deseando que dure más porque se hace demasiado corto.

Al igual que dije en su día del cómic El capitán Alatriste que debería ser lectura obligatoria en los colegios, creo que harían bien en incluir también este tomo (sí, bueno, habría que censurar algunas escenas de sexo –tampoco hay tantas– o hacer una edición especial para colegios o algo así…), pero sería algo a tener en cuenta.

Año 1000: La sangre es un cómic al que no puedo poner ningún pero y en cambio sí hay que agradecer el trabajo a Manolo Matji, quien tenía la idea de hacer algo con este cantar de gesta desde el 2005, cuando nació como un simple apunte para transformarse poco a poco en un guion de cine, después un guion reescrito, una serie de época, un conato (dos milisegundos) de ópera, y finalmente en este cómic. Cuando alguien tiene esa comezón en su interior, cuando está emperrado en querer parir una idea y sigue y sigue ese sueño y lo consigue con semejante resultado, solo puede felicitársele.

En cuanto al dibujo, es sencillo, de trazo limpio y perfecto, sirviendo con creces de soporte visual al argumento. No distrae de la historia y tiene viñetas gloriosas, algunas a toda página, en las que te ves en su interior.

Una libro editado con gran mimo por parte de Aleta, una historia de leyenda disfrutable de principio a fin y un dibujo excelente como vehículo a uno de los cantares más importantes de la literatura castellana.

Un cómic al que, ¡voto a bríos!, le vaticino premios importantes y merecidos.

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Palabras en mis manos

Palabras en mis manos .

Palabras en mis manos .Ya llevaba unas cuantas novelas negras para refrescarme la cabeza cuando decidí ponerme con esta obra de la editorial Siruela que parecía novelada pero histórica. La elegí porque el título es una preciosidad, casi parece el inicio de un poema, Palabras en mis manos, y para que no piensen que soy una frívola y que el titulo y la portada es lo único que me llama la atención de los libros (aunque elegir ambas cosas es una de las tareas más complejas del proceso de publicación), tengo que reconocer que en algún lugar había visto que hablaba de Descartes.

Y si se habla de Descartes, no puedo por menos que recordar que un día leí un libro estupendo titulado Hierba Mora, en el que descubrí un trío que nunca he podido olvidar: La Reina Cristina de Suecia, Descartes y Helena. Y desde entonces si de alguna forma veo el nombre de alguno de ellos en un libro hace que me interese, y por poco que sea el fundamento histórico que tenga me entrego a él en cuerpo y alma. Si no está luego a la altura de lo que espero, naturalmente ahí se queda, que a tanto no llega mi interés por ellos.

Pero no ha sido el caso. Me repito al decir que esta editorial tiene la capacidad de sorprenderme una y otra vez, cambiando los registros continuamente sin bajar un ápice la calidad de lo que presenta a sus lectores.

No tenía ni idea de quién era esta mujer que me ha engatusado desde sus primeras palabras ¿Como conocerla si al parecer esta ha sido su primera novela publicada? Me parece increíble que una primera obra pueda tener esta calidad, esta suavidad, este hacerme quedar hasta bien entrada la noche leyendo, este recordar que apurar una copa de vino mientras lees una historia tan bella es un auténtico placer para todos los sentidos.

Guinevere Glasfurd inicia mi aventura lectora con estas palabras:

“Recorrí la habitación a pasitos, trazando un círculo diminuto. Lo que buscaba ya no estaba allí. Su reloj, sus documentos, su tintero de cristal: no quedaba nada, todo había desaparecido. En el pasado había visto aquella habitación vacía y no me había importado, ahora solo magnificaba mi pérdida. No quería una moneda, ni un obsequio, ni un recuerdo. Quería palabras, alguna nota… Mas no hallé ninguna.”

Ya intuyen que el libro me ha parecido una maravilla, y que allí no solo estaba Descartes, también estaba Helena… ¿Será mi Helena? El vino, como la noche, se acaba y el sueño me vencía antes del descubrimiento.

Me quedé dormida en aquel Amsterdam de mitad del Siglo XVII donde Helena Jans, sí, mi Helena, trabaja como doncella para un hombre muy especial ¡Un librero! El señor Sergeant. A su casa Acude para pasar una temporada René Descartes. El resto hay que leerlo, hay que sentirlo… ¡Hay que ver para lo mucho que da la imaginación cuando la historia no es capaz de rellenar todos los huecos! Para eso está la literatura, esta literatura que nos ofrece Palabras en mis manos.

Lo que está claro es que la necesidad de saber nace de la mano de un buen maestro o maestra, de lo que proyectamos sobre los demás, sobre todo de nuestros hijos o de nuestros alumnos, o de nuestros potenciales lectores, cuando lo que queremos es transmitir nuestro amor por la literatura, por las palabras, por lo que de valor tiene ese pequeño poema con palabras exquisitamente seleccionadas para robar una emoción.

Las palabras tiene tanto valor como la vida, es lo que separa a un ser humano del resto de los animales, somos capaces de trasmitir emociones y sabiduría a través de las palabras. La palabra como arte, la vida como un libro que vamos escribiendo hasta llegar al FIN.

Un absoluto acierto el que la narradora inicie la trama casi en su mitad, in media res que dirán aquellos que se hayan acercado alguna vez a un curso de escritura, o incluso que participen en algún Club de lectura.

Está claro que la educación es importante pero no lo es menos la inquietud de algunas personas por saber, por aprender, en este caso lo vemos desde dos puntos de vista distintos, desde dos niveles casi imposibles de sostenerse; Descartes por un lado, Helena por otro… Y juntos el universo. Pero Helena es mujer, Helena es pobre, es casi menos que nada en un mundo diseñado para ellos.

Helena se da cuenta del poder al que se puede llegar con el uso de las palabras, de la importancia del saber en la vida, de ahí su desesperación por aprender, por asegurarse que los pobres aprendan palabras, más allá de la Biblia están los versos, y de los versos brotan las emociones, esas que descubrirá a lo largo de la vida. También Descartes tiene su propia lucha con la sociedad, con él mismo, con su autocensura y sus miedos…

Y así vamos conociendo la historia de uno y otro, y sabemos que Descarte irá a Suecia, y yo sé que hay libros que cuentan que conoció a la Reina Cristina, otra mujer que quería saberlo todo y para ello dejó su corona y se fue al mundo y probablemente conoció a nuestra Helena y ambas escribieron un libro del que algún día tendremos conocimiento.

Algún libro que, como este, nos hable de cómo se vivía en aquella época, de que no era fácil ser mujer, ni campesina, ni reina; un tiempo en el que ser pobre era no ser nada y ser mujer era ser menos que nada. Algo si han cambiado las cosas, pero donde anida la pobreza física o espiritual, allí sigue escondido ese siglo XVII.

Otra vez tengo que decirles que leer puede llegar a ser un gran placer para todos los sentidos. Y terminas de leer algo así y vuelves a tener esa sensación de que quieres más, necesitas más, y miras llover por la ventana y surgen en tu mente las ideas, los recuerdos, y todo ello tiene sentido cuando acuden a mi mente y a mi mano las palabras, esas que darán forma a todo el caos que hay dentro de mí y que gracias a ellas queda ordenado verso tras verso, haciendo de mi vida un lugar más cálido, más grato, más habitable, un lugar en el que los sueños pueden rescatarte de vez en cuando de aquel Siglo XVII.

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El secreto del emperador, de Amélie de Bourbon Parme

el secreto del emperador

el secreto del emperadorAranjuez me llevó a este libro. Hace un par de años, de mi visita al Palacio Real, lo que más me sorprendió fue la cantidad de relojes que había en cada una de las majestuosas salas. ¿A qué se debía esa obsesiva colección? Al capricho de un rey que había gobernado el mundo y al desafío de su relojero, que pretendía conseguir que siempre dieran la hora a la vez, en un tiempo en el que los mejores relojes se desajustaban cada quince días.

Después llegué a Toledo, una ciudad llena de leyendas. Allí volví a encontrarme con las huellas de aquel monarca tan poderoso y de su atípico maestro relojero. Carlos V fue, tal vez, el nombre más repetido por los guías en mis sucesivas rutas turísticas, pero el relojero real protagonizaba varias de las historias más curiosas. Por ejemplo, la leyenda del Hombre Palo, que da nombre a una de sus famosas calles, por donde se dice que diariamente pasaba un autómata de madera recolectando limosnas y cuya invención se atribuye a relojero cremonés Juanelo Turriano, también conocido como Giovanni Torriani. Se dice que semejante prodigio, antesala de los robots de hoy en día, fue quemado por la Inquisición, que veía en él la obra del maligno.

Por eso, cuando leí «El relojero de Yuste», el subtítulo de El secreto del emperador, de Amélie de Bourbon Parme, recordé aquel viaje y quise dejarme envolver de nuevo por esa época en la que Occidente se rendía a los pies de un único soberano, Carlos V, mientras que este sucumbía a los artilugios de medición del tiempo creados por su relojero real, Giovanni Torriani.

Hablar de El secreto del emperador es hablar de Carlos V: aparece en cada página y absolutamente todo sucede alrededor de él. Y eso que esta novela no habla de su ascenso y gloria, sino de su retiro: ¿qué llevó al hombre más poderoso del mundo a abdicar y recluirse en el monasterio de Yuste?, ¿por qué su maestro relojero fue uno de los pocos escogidos para acompañarle? El proceso fue largo, no exento de complicaciones y dudas, ya que no resultó sencillo, ni para él ni para quienes le rodeaban, despojarlo de todas las obligaciones y honores de emperador y convertirlo en un simple hombre. Amélie de Bourbon Parme ha conseguido que entendamos un hecho histórico tan infrecuente transmitiendo con una prosa pausada el cansancio del emperador por sus enfermedades y avanzada edad, el hastío por la opulencia que le perseguía en cada uno de sus pasos y la carga que le suponían unas victorias reducidas a pasado. Y también ha hecho que sintamos la misma fascinación que él por los relojes, en los cuales vislumbraba los misterios del espacio y el tiempo que quiso desentrañar hasta sus últimos días.

Tanto la vida como el ocaso voluntario de Carlos V fueron excepcionales. Un hombre entre dos épocas, cautivado por las posibilidades de la relojería renacentista, que pretendía comprender y dominar el tiempo, y bajo el acecho de la oscura Inquisición, que quería paralizarlo. La recta final de su vida, lejos de convertirlo en un simple mortal, dejó en el aire muchos secretos, dando pie a engrandecer aún más su leyenda. De uno de ellos nace este libro y de tantos otros, las historias de Toledo, Aranjuez y el resto de ciudades donde Carlos V dejó su legado.

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Cinco Esquinas, de Mario Vargas Llosa

Cinco Esquinas

Cinco EsquinasAl periodismo, también conocido como el Cuarto Poder, tal vez se lo debería rebautizar. En este mundo híper conectado, el poder de los medios de comunicación es tal que para bien o para mal, con buenas o malas intenciones, tumba gobiernos, desprestigia personas, sube y baja la bolsa de valores y, sobre todo, crea opinión y le da un producto listo para ser consumido y repetido a todos aquellos que toman la decisión de no pensar por propia cuenta. Más que Cuarto Poder, en muchas ocasiones el periodismo es El Poder.

El mismo autor de Cinco Esquinas, Mario Vargas Llosa, debió sufrir la persecución de la versión más pobre del periodismo (que tiene versiones muy dignas), la denominada prensa amarilla o del corazón, en relación con su nueva relación con Isabel Preysler, tras su separación. Y justamente el Premio Nobel de Literatura acabó de escribir su libro mientras la prensa se regocijaba con todas las historias personales relacionadas con su nueva situación sentimental.

Es que, en Cinco Esquinas, la prensa amarilla peruana de los años en los que la Dictadura de Alberto Fujimori gobernaba, juega un papel principal; y no porque Vargas Llosa haya querido crear una novela de color para evitar hablar de la Dictadura, sino todo lo contrario, porque la misma Dictadura fue original al utilizar a la prensa de sociales como arma para atacar, desprestigiar y hundir en los abismos a aquellas personas que no se mostraban afines al Poder impuesto.

Rolando Garro, periodista del semanario Destapes, aparece como uno de los principales personajes y a través de él podremos ver la influencia que genera en la sociedad el desprestigio (real o inventado) hacia diversas personas y cómo la prensa se deja sobornar por el poder en una relación sucia en las que ambos sectores salen beneficiados; uno porque vende más y el otro porque aísla a los adversarios políticos o a aquellos que aparecen como una piedra en el zapato de, en este caso, la Dictadura reinante.

Alberto Fujimori, presidente de Perú en aquél entonces, aparece como uno de los protagonistas secundarios, aunque el que más presencia tiene es el que por aquél entonces era su asesor del Servicio de Inteligencia Nacional, Vladimiro Montesinos Torres, quien insólitamente, era la sombra detrás del poder y el que marcaba hasta los titulares de las exclusivas de “destapes” y quien dirigía y financiaba la edición, además de, por supuesto, marcar a dedo a quién o quienes debía desprestigiar la prensa. Y lo más increíble de todo, es que ocurrió de verdad.

Cinco Esquinas no es una novela compleja, sino todo lo contrario; sus 22 capítulos cortos se leen de forma amena y no requieren del esfuerzo mental que sí requerían sus novelas más famosas; es, hay que decirlo, una novela divertida, fácil y que nos mantendrá divertidos, pero no es ni de lejos una de sus obras maestras. Pero, como siempre ocurre con el escritor peruano, la estructura es sólida y hace que el resultado final sea el de una novela que cumple con su cometido. La historia de la Retaquita, una de las periodistas del semanario “Destapes” y la relación erótica entre dos mujeres (Marisa y Chabela), junto con el abanico de historias que demuestran las diferencias entre las clases sociales y los sufrimientos por los que deben pasar ambos sectores, son alicientes que, junto a la historia principal, hacen de cinco Esquinas una novela interesante.

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Pablo Escobar, In fraganti, de Juan Pablo Escobar

Pablo Escobar In Fraganti

Pablo Escobar In FragantiNo podemos elegir dónde ni como nacemos, ni cuáles serán nuestros familiares, pero es bueno saber que desde el primer momento en que tenemos uso de razón y la suficiente edad para ser independientes, podemos elegir qué hacer con todo aquello que el destino o las casualidades o los ADN hicieron de nosotros. A mí me tocó nacer en una ciudad de clase media baja en el oeste de la capital de Argentina, pero me podría haber tocado llegar al mundo en medio de África o bien al norte del mundo, allá por Noruega; después, mis elecciones (eso es lo que somos, nuestras elecciones) me llevaron al presente, ese que me tiene frente a un ordenador, en Inglaterra, tratando de escribir la reseña del libro de Juan Sebastián Marroquín Santos, más conocido como Juan Pablo Escobar, o aún más conocido como el hijo del que fuera el narcotraficante más buscado del mundo en los 80: Juan Pablo Escobar. Cambiar depende de nosotros, pero a veces la herencia que recibimos es tan grande que vale la pena conocer la historia de ese cambio.

Pablo Escobar, In fraganti es el segundo libro que escribe Juan Sebastián Marroquín; su debut literario fue con Pablo Escobar, mi padre, que vendió más de 150 mil ejemplares y en él se dedica a contar la historia del que fuera el número uno del Cartel de Medellín. En este nuevo libro, en cambio, siente que quedaron muchas historias que contar y agregar a las interminables vivencias de su padre y es así cómo comparte con nosotros , a lo largo de 13 capítulos, diversas anécdotas personales o vividas por otros junto al “Patrón”

Pese a haber contemplado in situ el terror de las narco-mafias, o tal vez justamente por eso mismo, Sebastián Marroquín se convirtió en pacifista y concretó así el diálogo, la reconciliación y el perdón con los hijos de las víctimas de la violencia ejercida por su padre en los años ochenta y noventa. Es por eso que desde que cambió su nombre y se fue a vivir a Argentina, donde la justicia lo absolvió de toda duda y no lo culpó por portación de apellido (“El hijo de”) se dedica a viajar por el mundo dando conferencias en las que aboga por la paz.

En Pablo Escobar, In fraganti, que se subtitula “Lo que mi padre nunca me contó”, Marroquín investiga la historia de su padre y de todo lo que causó en Colombia, más allá de lo que su padre alguna vez le había contado, sino sobre todo intentando descubrir aquello de lo que nunca había sospechado; es por eso que a lo largo de casi 250 páginas, podremos encontrar historias más que interesantes como “El rastro de Barry Seal”, “La ruta del tren” o un relato detallado de las últimas 72 horas de la vida de Pablo Escobar; Marroquín dialoga con una decena de personas que hasta ahora no habían querido dialogar con él y así se va enterando de detalles ocultos y nunca conocidos hasta ahora; unos de los capítulos, llamado “anecdotario” permite presenciar el poder del dinero a través de la historia en la que Sebastián Marroquín recuerda el momento en el que le pidió a su padre que le trajera a Michael Jackson a su fiesta de cumpleaños y “El patrón” consideró hacerlo, aunque también un posterior secuestro del famoso cantante y bailarín. Desopilante y atroz.

También vale destacar, en tiempos en los que las series y novelas sobre la vida de Pablo Escobar pululan, un capítulo dedicado a contar qué hay de verdad y qué de mentira en Narcos, una de las series más vistas del momento sobre la vida del histórico narcotraficante. La edición del libro, prolija, viene acompañada con una serie de fotografías de alto valor documental, que ayudan a “ver” las historias contadas.

Siempre es bueno seguir los ejemplos de los padres, pero hay casos, como este, en el que desobedecer la historia legada es la mejor opción posible, por el bien del mundo y de la paz.

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El imperio del sol, de J. G. Ballard

el imperio del sol

el imperio del solMe gusta la novela bélica pero me asquea la guerra. Creo entender que la mayoría de los conflictos estallan como resultado de una negociación política infructuosa. El fin de la diplomacia. Poder, control de territorios, riqueza, odio… Y digo que creo entender porque me faltan piezas del puzzle, pinceladas del cuadro y razones para el entendimiento. No, no creo entender ni la mitad. Es por eso que leo literatura bélica. Buscando respuestas a todas esas acciones terribles perpetradas por el humano en esos momentos de sociedad civilizada en suspenso. En contraposición a esas acciones despiadadas, y supongo que en un intento de equilibrio entre tanta corrupción humana, es también en parajes en guerra, donde se crean situaciones que pondrán la bondad, la compasión o la supervivencia a prueba.

Altos el fuego en lugares gélidos provocados por la melodía de un violín tocado de forma magistral. Treguas temporales para jugar un partido de fútbol navideño con las tropas enemigas. Confraternización con prisioneros. Hechos ocurridos en los momentos que más se necesitaba que ocurrieran. Porque las situaciones complicadas sobraban. Momentos y lugares de heroísmo y terror, mezclados con amasijos de cuerpos, fuego y barro. Lugares como Normandía, Dunkerque, Auschwitz o las Ardenas. Éstos, de una u otra forma, pasaron a ser parte importante de La Segunda Guerra Mundial. Pero si hay algo más que tienen en común todos estos emplazamientos es que se hallan en la vieja Europa. De hecho, la mayoría de libros, series o películas nos acercan una y otra vez a todos estos sitios. Probablemente porque fue donde se originó el conflicto. Hoy en cambio vamos a volar hasta China, en concreto hasta Shanghái, para ser testigos de primera mano de cómo fue La Segunda Guerra Mundial en aquel lugar tan alejado de Europa; todo ello gracias a James Graham Ballard y a su libro El imperio del sol.

En El imperio del sol vamos a ver la guerra a través de los ojos de un muchacho llamado Jim. Vive en Shanghái junto a sus padres: británicos adinerados que residen en la ciudad desde antes de que él naciera. El inicio de la novela es complicado y algo farragoso ya que el protagonista debe explicar todas las tensiones políticas que había en aquel momento. “En la guerra de verdad nadie sabía de qué lado estaba, y no había banderas, comentaristas ni vencedores”. Las relaciones entre China y Japón estaban muy enmarañadas y ya de por sí resulta complicado entenderlo aunque te lo expliquen. La versión resumida y sencilla sería algo como: chinos y japoneses libraban una guerra no declarada desde que los segundos los invadieran en 1937. Así pues en la ciudad se vivía una inestable calma tensa. Para los europeos que vivían en asentamientos en los que se llevaba una vida occidental, a pesar de que ocurrían atrocidades por las calles, todo aquello parecía no afectarles. De hecho, al inicio, la desconexión, la desidia, de Jim con ese mundo resulta incluso violenta para el lector. Pero todo esto cambia cuando los japoneses atacan Pearl Harbor y entran en La Segunda Guerra Mundial, dejando además clara su posición en la contienda. Es entonces cuando éstos entran en acción en Shanghái. Es entonces también cuando la novela El imperio del sol da su pistoletazo de salida.

Supervivencia a toda costa mediante la adaptación y la esperanza como tabla de salvación. Esta frase podría resumir la novela de J.G. Ballard, ya que en su totalidad va de esto. Pues nuestro joven protagonista quedará separado de sus padres y tendrá que buscarse la vida, primero por las calles de una convulsa y violenta Shanghái y luego en Lunghua , un campo de prisioneros en el que será recluido. El muchacho se convertirá en un ser metódico, con un talento especial para la manipulación y la negociación. Capaz incluso de aliarse con la peor calaña con tal no solo de socorrerse a sí mismo, sino también a los amigos que hará por el camino. Algo que le resultará de vital ayuda en el campo de prisioneros para comerciar y poder alimentarse mejor que la mayoría. Por otro lado está su fe; fe en encontrar a sus padres, en reunirse con ellos a toda costa, una fe que choca con el miedo de que todo aquello acabe. Pues Jim se acostumbra a aquella vida, un hábito o una suerte de síndrome de Estocolmo que teme que acabe, pues prefiere un rutinario mundo en guerra que las incertidumbres que pueda portar un mundo en paz. Y de todo ello hace partícipe al lector con sus más profundos e íntimos pensamientos a la vez que comparte su respetuoso ensimismamiento, casi poético, por los aviones que sobrevuelan el cielo de Shanghai. Y es evidente que desde la perspectiva del lector la forma de pensar y actuar de Jim en un principio parece críptica e inexplicable, sobre todo en esas escenas en las que Jim profesa una veneración casi absurda hacía los soldados japoneses que lo tienen preso. “Jim se sentía más próximo a los japoneses, que se habían apoderado de Shanghái y que habían hundido la flota americana de Pearl Harbor”. Con el avance de la novela se pone de manifiesto que en tiempos de guerra las reglas cambian, la forma de razonar también y que Jim lo que intenta por todos los medios es salir indemne de todo aquello.

El imperio del sol de J.G. Ballard, basada en las experiencias del propio autor, es una novela bélica imprescindible que nos habla de la supervivencia, la superación y la esperanza en ese momento decisivo en el que un niño alcanza la adolescencia. En ella nos enfrentaremos a escenas que nos pondrán la piel de gallina, que nos dejarán con un nudo en la garganta o que nos plantearán ciertos debates morales, todas narradas con una prosa, que recuerda a la crónica periodística, y que llega a ser descriptiva al milímetro pero sin caer en sensacionalismos.

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El enigma Murillo, de Andrés González-Barba

El enigma Murillo

El enigma MurilloLlevaba mucho tiempo sin adentrarme en una lectura de corte histórico con un entramado de narraciones truculentas e interesantes. Es el caso de esta novela de sugerente título, El enigma Murillo. En él ya se sugiere un ingrediente que lo hace aún más atractivo: Murillo, es decir, arte. Historia y arte, dos elementos que me llaman mucho la atención a la hora de escoger un libro cuando voy a una librería. Siempre que recurro a este tipo de novelas no puedo evitar recordar muchas otras obras que ahondan en la historia acompañadas de pinceladas artísticas. Sean así los casos de Las aventuras de Alatriste, de Pérez Reverte, El sueño de los faraones, de Nacho Ares, Matar a Leonardo da Vinci, de Christian Gálvez o las novelas de Dan Brown —autor este último con el que comparte la ciudad de Sevilla; uno por emplearla como escenario para el desarrollo de la novela y el escritor americano por ser una de sus favoritas de su etapa de estudiante—. Por lo que puedes comprobar, todas estas referencias son bastantes populares, comerciales hasta decir basta, pero no por ello menos entretenidas y curiosas. A mí dame unos enredos históricos mezclados con obras de arte y me tienes ganado para varias noches de lectura. Esto mismo ha conseguido Andrés González-Barba con la que es su tercera novela adulta según he podido leer en su biografía.

El escenario de esta novela es la ciudad de Sevilla en el año 1810. Las tropas francesas se han hecho con el control de la ciudad del Guadalquivir que se ha rendido sin oponer resistencia. El autor no disimula la crueldad vivida en aquellos oscuros años de guerras entre países vecinos que causaron un dolor irreparable y un tormento para todos los que las padecieron. La negrura inherente en el ser humano sumada a su inquebrantable afán de destrucción revela una historia decadente, atroz y llena de terror en unas fidedignas narraciones con mezcla de ficción. Goya consiguió plasmar fabulosamente en su pintura de Los fusilamientos del 3 de mayo el horror en su máxima expresión, pero aquí no se trata de las pinturas de este genial pintor sino de otro anterior, el sevillano Murillo, el pintor de las Inmaculadas, el hombre que retrataba con tanta dulzura y amabilidad a los niños, casi tanto que, perteneciendo al Barroco, sus pinturas preludiaban el Rococó posterior. Y de Murillo es el cuadro que obsesiona tanto al mariscal Soult, al mando de las tropas francesas a las que insta a buscar sin reparo alguno la ubicación de esa pintura. Una pintura que, además, guarda un gran secreto que será crucial para la consecución de esta horrible batalla. Hará todo lo posible por hacerse con el cuadro así como lo harán aquellos que desean mantener nuestro arte en territorio y bajo dominio español.

Paralelamente al entramado histórico se suceden una serie de sucesos paranormales, hechos que una joven adolescente de profunda sensibilidad percibe y la hacen vivir atormentada. Es la parte que otorga a la novela un carácter gótico con ánimas que en la noche recorren pasillos de palacetes o aparecen entre las brumas del Guadalquivir. Espíritus que también cargan con oscuros secretos que le intentan hacer llegar a la niña.

Un grupo de españoles guerrilleros planean asesinar al mariscal Soult y así liberar a España de la represión francesa sin saber aún que nada saldrá como ellos pensaban, llevando la novela a un final donde se descubrirá el secreto que esconde el cuadro de Murillo.

La narración va ganando a medida que avanza la historia. Lejos queda aún González-Barba de los escritores que mencioné al principio, pero me quedo con su buen trabajo de documentación que no se hace pesado durante la novela. Muchos autores leen tantos libros de historia y se jactan de ello que se olvidan de aquel dicho que citaba: «No pongas la carga delante de la mula», en el caso de El enigma Murillo no ocurre así. También destaco su valor para introducir una temática como la de los encuentros con espíritus que, aunque parece fuera de la historia, en ocasiones representan a los testigos callados y atormentados que dejan las guerras a su paso y consigue darle ese misterio romántico que tan bien hubiera funcionado en el siglo en el que se desarrolla la acción y que a mí me encanta. En definitiva, un entretenido capítulo de nuestra historia más oscura que nos sumerge en el pesar de los que tuvieron que vivirla a través de la ficción.

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Como fuego en el hielo, de Luz Gabás

Como hielo en el fuego

Como hielo en el fuegoMuchas veces me he preguntado a mí misma si creo en el destino. El destino es un tema muy recurrente y sale en infinidad de conversaciones. Y también en películas y libros. En casi todas las películas americanas, hay unos minutos dedicados a dilucidar sobre el destino y los personajes saben a la perfección si creen en él o no. Yo, no lo sé. Por una parte, me gustaría pensar que sí que existe, en tanto que todo lo que hacemos lo hacemos por un motivo. Pensar que estamos predestinados a algo también es ser muy egoísta, ya que todo lo que nos pase en la vida será culpa del destino, por lo que nuestros errores no tendrían nada que ver y podríamos actuar indistintamente y sin remordimientos porque el destino que nos aguarda ya está escrito. Da igual si hacemos las cosas de manera correcta o no, porque vamos a acabar donde tenemos que acabar. Pero, por otra parte, a veces me gusta pensar que no existe, que cada uno elige su propio camino y que con las acciones que uno realiza día a día conseguirá vivir de una manera u otra en el futuro, labrándose su propia historia.

El destino es el tema principal en Como hielo en el fuego. Y al leerlo he tenido claro de qué tipo de destino hablaba: del primero. Luz Gabás, autora aragonesa, nos trae una historia en la que el destino está escrito. El sino de los personajes principales, Attua y Cristela, es estar juntos, pase lo que pase. Pero para que esto tenga un poco de sentido, os voy a contar brevemente la historia de estos dos protagonistas:

Attua vive en Madrid a finales del siglo XIX. Tuvo que mudarse hasta el centro del país para poder estudiar y labrarse un futuro. Desde que vive allí no ha parado de pensar en Cristela, su futura mujer y que le aguarda en la zona de los Pirineos. Pero cuando Attua vuelve a su pueblo natal, Albort, descubre que su padre ha sido brutalmente asesinado y que las termas que regentaba se han quedado sin dueño, por lo que Attua debe coger el mando de las termas para que el negocio familiar no se vaya a pique. Mientras tanto, una guerra carlista estallaba irrefrenablemente, amenazando con romper el futuro y la vida de todo aquel que pille a su paso. Entre ellos, el destino de Attua y Cristela, que verán truncada su idea de vivir juntos para siempre.

Como hielo en el fuego es también una historia sobre fronteras y guerras. Sobre personas que, estando muy cerca, se sienten a millones de kilómetros de distancia. Una lejanía entorpecida por los Montes Malditos que parecen ser un trecho inexpugnable.

Pero al final, el amor es eso. Atravesar obstáculos, pero sentir que el destino los pone ahí por algún motivo. Si todo se supera, al final la relación será fuerte y eso llevará a que el futuro por fin traiga consigo todo aquello que aguardaba.

Luz Gabás vuelve a enamorarnos, como ya lo hizo con Palmeras en la nieve y Regreso a tu piel. Esta escritora tiene la capacidad de darnos historias de amor que nada tienen que ver con las típicas novelas rosa en las que todo parece más que mascado. Luz Gabás escribe delicadamente, con pasión y paciencia, haciendo que el lector quiera avanzar en la trama, pero a la vez no llegar al final. Porque llegar al final de una historia que te atrapa y te deja sin aliento siempre es algo difícil. Pero, queremos o no, el final tiene que llegar. Y eso, ni más ni menos, es el destino.

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El ruiseñor, de Kristin Hannah

El ruiseñor

El ruiseñorNadie quiere vivir una guerra. Pero a todos, o a casi todos, nos atraen las historias bélicas y no podemos evitar leer y documentarnos sobre ellas. En mi caso, será porque me recuerda a mi abuelo, que se pasaba las horas contándome historias sobre la posguerra española. Nació al borde del abismo y le tocó vivir un tiempo gris y ajado en el que una miga de pan era un bien de infinito valor. Mi abuelo me lo contaba como una historia, como un cuento. Y yo jamás he podido llegar a imaginarme cómo sería vivir una guerra. Leemos sobre batallas dentro de nuestra casa caliente y sabiendo que tendremos un plato en la mesa cuando nos sintamos hambrientos. También siendo conscientes de que tenemos un coche para desplazarnos y que si queremos estudiar, en la mayoría de los casos, podremos. Hoy vivimos de manera cómoda y sin miedo a escuchar sirenas que auguran una catástrofe. Vivimos con la tranquilidad de pensar que aquí la guerra nunca volverá, que ya sufrieron nuestros familiares lo que había que sufrir y que la guerra es algo que se ve por la televisión y que queda a miles de kilómetros. La guerra es algo que no va con nosotros.

Lo mismo pensaba Vianne, una de las protagonistas de El ruiseñor. La radio le decía que los alemanes estaban empezando a invadir Europa. Que un señor con bigote había emprendido una cruzada contra los que no eran como él. Pero cuando escuchas algo así, lo último que llegas a pensar es que tu marido tendrá que partir al frente, y que te quedarás sola con tu hija pequeña en una casa cuyas paredes no soportarán el peso de un cañón. Pero llegó ese día, y Antoine tuvo que alistarse y dejar a su mujer y a su hija solas, abandonadas a su suerte, con la promesa de que algún día la guerra pasaría y las aguas volverían a su cauce. Y todo se volvió todavía más oscuro y más gris cuando un capitán alemán obliga a Vianne a acogerle en su casa. Convivir con el enemigo es algo que nadie querría hacer, pero cuando tu vida y la de tu hija corren peligro, harás lo que sea por sobrevivir.

A su vez, encontramos la historia de Isabelle, la hermana pequeña de Vianne. Desde que tuviera muchísimos problemas con su padre, ha sido una nómada de los internador de Francia, lo que le llevó a tener un espíritu rebelde e inconformista que hará que arriesgue su vida en una lucha que se convertirá en algo personal.

Kristin Hannah, escritora estadounidense, narra con crudeza la historia de estas dos mujeres, valientes y fuertes como robles, haciendo que nuestro corazón se encoja a medida que la trama va avanzando, a la vez que lo hacen las tropas. Es una historia que me ha hecho llorar en alguna ocasión y también murmurar de rabia al ser testigo de la impotencia que debe sufrir un pueblo invadido por el terror.

Las historias de las dos hermanas son narradas en capítulos alternativos, haciendo que quieras avanzar en la trama para poder continuar con la historia de la otra, y a la inversa. Cuando yo me quise dar cuenta, la historia estaba prácticamente llegando a su fin. También encontramos unos capítulos contados en una época más actual, pero no sabremos quién es el narrador hasta que no concluyamos la historia. Hecho que hizo que todavía estuviera más enganchada a las páginas de este maravilloso libro.

Ni leyendo decenas de libros sobre la Segunda Guerra Mundial sería capaz de entender el horror que tuvieron que vivir los coetáneos de aquella época. Aunque, lo que sí es cierto, es que libros como El ruiseñor me ayudan a sentirme afortunada día a día por haber nacido en la época y el lugar donde lo hice.

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Tocqueville: hacia un nuevo mundo, de Kévin Bazot

Tocqueville hacia un nuevo mundo

Tocqueville hacia un nuevo mundo«Los verdaderos dueños de este continente son quienes saben sacar provecho de sus riquezas».

Quedaos con esa idea, esa idea que ha llevado al mundo a ser lo que es. Los seres humanos se han sentido legitimados por el mismísimo dios para asolar el planeta con la violencia de su huella: talando árboles milenarios para alzar sus torres de acero, contaminando el agua que da la vida con sustancias que provocan la muerte, llenando el aire que respiramos de humos que nos enferman. La inteligente civilización del hombre blanco se ha abierto paso a costa de todo y de todos: eliminando sin miramientos especies enteras de animales, pero también a esos humanos considerados de segunda. Salvajes sin facultades suficientes para entender el progreso, condenados a la destrucción porque no están hechos para este mundo.

Tocqueville: hacia un nuevo mundo, de Kévin Bazot, es una novela gráfica que adapta libremente Quince días en el desierto americano, de Alexis de Tocqueville, para narrar las aventuras que el filósofo político vivió junto a su compañero Gustave de Beaumont durante el verano de 1831, al recorrer el norte de América poco antes de que su naturaleza virgen sucumbiera a la febril urbanización del continente. Los dos jóvenes ansiaban pisar un lugar donde no hubiera llegado la civilización y no les resultó fácil encontrarlo, pues los emprendedores y ambiciosos estadounidenses ya se habían apropiado de la mayoría del territorio.

En esa personal búsqueda del paraíso perdido, Alexis de Tocqueville y Gustave de Beaumont, ambos franceses, presencian con qué menosprecio se trata a los indios americanos, que ya nada tienen que ver con esos hombres fuertes y solemnes que se describían en los libros, y descubren esa impronta de los ciudadanos de Estados Unidos, un país recién nacido por entonces, que les ha llevado a ser los dueños del mundo en nuestros días: un afán por conseguir riquezas que les ciega ante la belleza y placeres que ofrece la naturaleza en estado puro.

La gran edición de Ponent Mon —no lo digo solo por sus dimensiones (216 x 286 mm), sino por la calidad del dibujo y del color— nos hace viajar al siglo XIX y adentrarnos en los majestuosos bosques e infinitos lagos del llamado nuevo mundo, para compartir el asombro y la decepción que Tocqueville y Beamount sienten con todo lo que se van cruzando en el camino. Quizá ellos fueron los últimos viajeros que disfrutaron del «maravilloso espectáculo de la naturaleza abandonada a sí misma» en Norteamérica y a nosotros, los lectores, casi doscientos años después, apenas nos quedan rincones en este maltratado planeta donde vivir una experiencia similar.

Tal vez, si el mundo lo hubieran dirigido personas con la sensibilidad de estos jóvenes aventureros, los indígenas habrían logrado que su voz fuera escuchada y hoy en día seguiríamos teniendo la posibilidad de huir, aunque fuera de vez en cuando, de la civilización para reencontrarnos con su sabiduría ancestral y la naturaleza primigenia. Pero se han adueñado del planeta unos salvajes que ven en la destrucción el discurrir natural de las cosas. A la vista está que es el mundo el que no estaba preparado para semejantes humanos.

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