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Riquete el del Copete, de Amélie Nothomb

Riquete el del Copete

Riquete el del CopeteRiquete el del Copete es un cuento muy popular de Charles Perrault, pero yo no lo conocía. No descarto que lo haya leído en algún momento de mi vida, o incluso alguna historia que lo versionara, porque alguno de sus momentos me suenan remotamente, pero sea como sea, lo había borrado de mis recuerdos. Y por una vez me voy a alegrar de esa amnesia selectiva, porque ha sido un gustazo descubrirlo de la mano de Amélie Nothomb.

Quienes hayáis leído alguna vez a Amélie Nothomb sabréis que es una autora muy peculiar. Yo lo comprobé con El crimen del conde Neville, novela en la que hacía un guiño a El crimen de Lord Arthur Saville, de Oscar Wilde. Y en esta ocasión vuelve a tomar una historia popular, como es Riquete el del Copete, para actualizarla en todos los sentidos. La ironía y lucidez de Nothomb, como siempre, nos arrastran desde el primer capítulo y hacen que la lectura sea una experiencia nueva, tanto si se conoce el cuento original como si no.

El Riquete el del Copete de Nothomb no transcurre en un lugar lejano ni en tiempos remotos como todas las fábulas infantiles, sino en la Francia actual, donde Honoré y Énide tienen a su primer y único hijo: Déodat. El recién nacido es tan horrendo como inteligente, y esta es la excusa perfecta para que la autora nos haga ver el absurdo mundo de los adultos, en especial cuando son padres primerizos, a través de los ojos de un bebé. Después asistimos al crecimiento de Déodat y a su adaptación a esa realidad que hay de puertas afuera, donde su fealdad causa repulsión y rechazo, hasta que él los supera a base de inteligencia. Aun sin pretenderlo, todas las mujeres acaban sucumbiendo a sus encantos.

Pero Déodat no es el único protagonista de esta historia. También conocemos a Trémière, que es el caso contrario: su extraordinaria belleza irrita a todos, y para despojarle de su perfección le cuelgan el sambenito de estúpida. De esta forma, se convierte en una niña solitaria y abstraída, lo que refuerza aún más su imagen de tonta de remate.

Las similitudes entre la obra de Amélie Nothomb y la de Perrault son manifiestas desde el principio, pero incluso así, el cuento hace acto de presencia dentro de la trama. Tanto Trémière como Déodat lo leen y se sienten identificados con sus personajes: ella, con la princesa bella y boba, obviamente, y él con el horrendo pero encantador protagonista. El parecido es tan evidente que todos le adjudican a Déodat el apodo de Riquete, de ahí el título del libro.

Al igual que el cuento de Perrault, la historia de Amélie Nothomb pone de relieve el encanto de la inteligencia y cuestiona el don de la belleza, que por exceso o por defecto puede ser una condena. Pero Nothomb también habla de la infancia, de la maternidad, de la escuela como terreno hostil, de la naturaleza del deseo y del amor. Y es que Riquete el del copete parece una historia sencilla, pero gracias a una escritora tan brillante como Amélie Nothomb, esconde reflexiones sobre temas universales. Una interesante actualización de un clásico y una historia disfrutable por sí sola.

 

 

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El último sueño de Lord Scriven, de Eric Senabre

el último sueño de lord scriven

el último sueño de lord scriven«Banerjee es el detective más peculiar que existe. Se sumerge en sueños para descubrir los misterios, pero su método tiene una contraprestación: jamás puede exceder los veintiséis minutos».

No sé vosotros, pero yo, al leer esas líneas en la contraportada de El último sueño de Lord Scriven, de Eric Senabre, pensé inmediatamente en Origen, la película protagonizada por Leonardo Di Caprio y dirigida por Christopher Nolan. Sin embargo, en cuanto comencé la lectura y vi que la historia se situaba en el Londres de 1906, el film estadounidense se borró de mi mente y en su lugar apareció el detective por antonomasia: Sherlock Holmes.

Los paralelismos entre El último sueño de Lord Scriven y las novelas de Sherlock Holmes son evidentes y no dudo que intencionados, ya que el autor reconoce su predilección por la literatura del siglo XIX. No se trata de una copia, sino de un homenaje continuo, y pese a las múltiples similitudes, la novela de Eric Senabre tiene los elementos suficientes para ganarse el corazón de los lectores por sí sola. Muestra de ello son los premios con los que ya ha sido galardonada: Premio Saint-Exupéry, Premio de las Bibliotecas de París, Premio Literario de Hérault y Selección 2016-2017 (Le jury littéraire du Giennois).

En El último sueño de Lord Scriven tenemos a un detective excéntrico, Arjuna Banerjee, y a su fiel compañero, Christopher Carandini, un periodista que no pasa por su mejor momento y que, cómo no, es el narrador de esta historia. Al igual que en las novelas de Sherlock Holmes, el carácter de Arjuna Banerjee es uno de los grandes atractivos de la novela, así como sus deducciones, que se basan en descifrar los simbolismos de sus sueños inducidos. Pero su relación con Carandini también es un pilar relevante, ya que comienza como una simple colaboración para salir del paso y acaba siendo una amistad sincera. Carandini es un personaje mucho más divertido que el famoso Watson y su narración de los hechos, la gran responsable de que no podamos despegarnos de esta novela.

El sentido del humor es una constante, pero el misterio es el hilo conductor, como no podía ser de otra manera en un libro de este género. Un hombre adinerado, Lord Scriven, muere solo en su despacho, aparentemente de un ataque al corazón. Y será él mismo el que contrate los servicios de Banerjee, porque está convencido de que ha sido asesinado. ¿Cómo es posible que el finado sea el denunciante? No pienso decíroslo, porque Carandini os lo explicará con mucha más gracia que yo. Y esa será la primera de las incógnitas que se irán sucediendo en El último sueño de Lord Scriven.

Me pregunto si a los paralelismos entre la obra de Arthur Conan Doyle y la de Eric Senabre se sumará el que El último sueño de Lord Scriven sea el primer episodio de las muchas aventuras de este detective de los sueños y su irónico compañero. Banerjee y Carandini demuestran que tienen carisma de sobra para ser los nuevos Sherlock y Watson, ahora dependerá de Senabre que se consoliden como el tándem de referencia para los amantes de las novelas de misterio del siglo XIX y, sobre todo, para una nueva generación de lectores. Pero para saberlo, habrá que esperar a leer sus próximos casos. Ojalá sean tan adictivos como este.

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Teules, de Joaquín Planchuelo

Teules

TeulesEn su sinopsis, Teules se presenta como un relato de la conquista de México que no hace concesiones a la ortodoxia, y eso llamó mi atención. Sin embargo, cuando tuve en mis manos la edición en papel, me abrumó. Son setecientas setenta y cinco páginas oficialmente, pero, por el minúsculo tamaño de letra y de los márgenes, es evidente que con cualquier otra maquetación hubiera sobrepasado las mil páginas con creces. En ese momento me di cuenta de que estaba ante una novela histórica ambiciosa y me pregunté si Joaquín Planchuelo —historiador y jurista, además de literato— habría sido capaz de transformar su vasta documentación en una novela atractiva.

Y no me andaré con rodeos: sí que lo ha conseguido, ¡y de qué manera! En lugar de detenerse en explicaciones, introduce toda la información necesaria a través de los diálogos y la acción. De esta forma mantiene un ritmo ágil en todo momento, lo que es admirable en una obra tan extensa. Y es que en Teules se suceden las batallas (las dialécticas y las de cuerpo a cuerpo), pero también las intrigas (internas y entre bandos). Una demostración de cómo la palabra puede ser tan poderosa como las armas a la hora de minar al enemigo, de conquistar imperios.

Pero empecemos por el principio: ¿por qué Teules? «Teules» significa «dioses», y los indígenas adjudicaron ese nombre a los hombres blancos que arribaron a sus tierras allá por el año 1519. Como eran incapaces de herirlos con sus flechas y piedras, los consideraban inmortales, y como sus barcos, brújulas y demás posesiones les resultaban inexplicables, las creían de origen divino.

Joaquín Planchuelo ha escrito un retrato vívido de ese periodo convulso. No solo muestra las intenciones del ejército español —las oficiales (poblar y cristianizar) y las veladas (enriquecimiento y disfrute)—, sus manipulaciones y sus desmanes, sino la complejidad de la situación americana antes de que estos llegaran, ya que decenas de pueblos estaban sometidos al todopoderoso imperio azteca y vieron en esos teules la posible solución a sus problemas.

Es de agradecer que el autor haya mostrado el punto de vista y contradicciones de ambos lados, lejos de reducirlo al enfrentamiento entre buenos y malos, porque la realidad nunca es tan simple. Solo conociendo los matices de cada circunstancia y de cada ser humano podemos atisbar el porqué de determinados acontecimientos. Eso es lo que ha logrado plasmar Joaquín Planchuelo en esta obra y, para mí, la gran virtud de Teules. Sin olvidarme de cómo ha reflejado las personalidades de Cortés y Moctezuma, los dos grandes protagonistas de esta historia, y la relación que se establece entre ellos, también fascinantes. Hombres que fueron admirados y temidos, héroes y villanos, dependiendo del momento y de los ojos que los mirasen.

Esta novela histórica es la crónica de lo que aconteció durante ese primer año y medio de conquista, pero también una muestra de lo que supuso aquel choque cultural. Ni la concepción del mundo de los españoles ni la de los indígenas salió ilesa de ese encuentro. Por un lado, los aztecas practicaban el canibalismo y hacían sacrificios humanos para que sus dioses les aseguraran la victoria en cualquier batalla, algo que siempre habían logrado, pero cuando las armaduras, caballos y arcabuces de Cortés y sus hombres se cruzaron en su camino, nada pudieron hacer. El imperio más grande del continente se dio cuenta de que había algo más poderoso que los dioses a los que siempre habían venerado. Por otro lado, los españoles los veían como bárbaros; censuraban sus prácticas atroces y se sentían sus salvadores al mostrarles el camino hacia la única fe verdadera: el cristianismo. Y aunque alardeaban ante ellos del poder y las riquezas de los reyes de España, se asombraban de su oro y de la magnificencia sin parangón de los palacios de Moctezuma, así como de su ingenio e inteligencia. Lo que creían que sería un sometimiento sencillo, se convirtió en una huida hacia delante a toda costa, sobre todo por parte de Cortés.

Por todos estos elementos y muchos más, Teules es una novela histórica trepidante. Su exhaustiva documentación y detalle serán del gusto de los duchos en la materia, pero también de los legos, que encontrarán los elementos suficientes para entender la trascendencia que aquel episodio tuvo para el mundo. Y por si esto fuera poco, se lee igualmente como una novela de aventuras, pues la acción nunca se detiene.

La única pega que le saco a Teules es que la edición no está a la altura de la historia, ya que hay bastantes errores ortotipográficos (sobre todo en los diálogos) y la maquetación le da un aspecto amateur. Algo que se puede mejorar en siguientes ediciones y en la continuación, si es que la hay. Me da la impresión de que las últimas líneas dejan la puerta abierta para que así sea. Eso sería una buena noticia para todos sus lectores, pues, una vez leída Teules, no vemos mejor forma de conocer los entresijos del resto de la conquista que de la mano diestra de Joaquín Planchuelo.

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Shadow Show. Cuentos en homenaje a Ray Bradbury, de varios autores

Shadow Show

Shadow ShowRay Bradbury me hubiera caído bien, lo sé. Porque es el autor de Fahrenheit 451, uno de mis libros favoritos, y me hubiese encantado charlar con él para escuchar las reflexiones que le llevaron a escribir su gran obra. Pero sobre todo porque cuando leí Escritores de cine, de José María Aresté, en el que se hablaba de la vida de varios escritores que trabajaron como guionistas de Hollywood, fueron las anécdotas de Ray Bradbury las que más me impresionaron. Era evidente que fue un buen hombre y con una sensibilidad muy especial.

Imagino que no soy la única que siente esta simpatía hacia Ray Bradbury. Seguro que la comparto con los todos los lectores que alguna vez se han acercado a sus obras y con esos escritores que están fuertemente influenciados por ellas. Shadow Show. Cuentos en homenaje a Ray Bradbury es una muestra de ese cariño e influencia.

La edición original de Shadow Show se publicó en 2012 (por desgracia, justo un mes después de que Ray Bradbury falleciera), y desde entonces se ha traducido a varios idiomas. Pero hasta ahora no se había publicado la edición española, y ha sido posible gracias a la editorial Kelonia y a los mecenas que colaboraron con ellos en el proyecto.

En este libro se recopilan los relatos de veintiocho escritores: Neil Gaiman, Margaret Atwood, Jay Bonansinga, Sam Weller, David Morrell, Thomas F. Monteleone, Lee Martin, Joe Hill, Dan Chaon, John McNally, Joe Meno, Robert McCammon, Ramsey Campbell, Mort Castle, Alice Hoffman, John Maclay, Jacquelyn Mitchard, Gary Braunbeck, Bonnie Jo Campbel, Audrey Niffenegger, Charles Yu, Julia Keller, Dave Eggers, Bayo Ojikutu, Kelly Link y Harlan Ellison. Un plantel de lujo que rinde homenaje al maestro Ray Bradbury a través de historias que, de una forma u otra, están inspiradas en su obra. Y como no podía ser de otra manera, estas van desde la fantasía hasta el terror, pasando por la ciencia ficción, el realismo puro y el realismo mágico. Entre mis favoritas: «El hombre que olvidó a Ray Bradbury», de Neil Gaiman; «Junto a las aguas plateadas del lago Champlain», de Joe Hill; «La chica del velatorio», de Sam Weller; «Los acompañantes», de David Morrell; «La llamada telefónica», de John McNally; «Los niños de la máquina para dormir», de Robert McCammon; «Luz», de Mort Castle y «Tierra (una tienda de regalos)», de Charles Yu. Y paro, que parece que vaya a poner el listado completo.

Pero, para mí, el gran valor de este libro no reside en esos relatos, por buenos que sean, sino en las explicaciones que los autores dan sobre ellos. Comentan en qué obra de Bradbury se inspiraron (cuando es el caso de una en concreto), pero sobre todo lo que supuso este escritor en sus vidas. Algunos, incluso, relatan cómo se atrevieron a escribirle una carta cuando eran tan solo unos niños, para confesarle las inquietudes literarias que habían nacido en ellos al leer sus cuentos. Y el bueno de Bradbury ¡les contestó!, animándolos a escribir y haciendo críticas a sus primeras historias. De ese intercambio surgieron amistades que duraron años.

Así que después de leer Shadow Show, todavía estoy más convencida de que Ray Bradbury fue un hombre genial y que sin él la literatura de hoy en día no sería la misma. Pero no solo porque abriera caminos y difuminara límites entre géneros, sino porque más de un lector curioso se convirtió en un escritor gracias a su apoyo. Una razón más para considerar a Ray Bradbury un autor único e irrepetible. Homenajeémosle leyendo Shadow Show y todo el legado literario que nos dejó, porque pocos hay que se lo merezcan más que él.

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Corazón oscuro, de Jay Asher y Jessica Freeburg

Corazón oscuro

Corazón oscuroLo que me gustan a mí las reinvenciones de los clásicos. Hace poco os hablé de la que Margaret Atwood había hecho de La tempestad, de William Shakespeare; también de la nueva versión que Sergio García y Lola Moral habían escrito sobre La bella durmiente. Y en esta ocasión os traigo la de otra fábula de los hermanos Grimm: El flautista de Hamelín.

Quizá os suene el nombre de Jay Asher. Es el escritor de Por trece razones, la novela en la que se basó la controvertida serie de Netflix. Menos conocida es Jessica Freeburg, escritora de literatura juvenil que siente predilección por leyendas  y momentos de la historia espeluznantes (por lo que intuyo que me caería muy bien). Ambos autores han unido sus talentos para crear Corazón oscuro, junto al ilustrador Jeff Stokely. Y, en este cómic, han tratado de dar respuesta a todas las incógnitas que plantea la leyenda de Hamelín: ¿quién era ese misterioso flautista? ¿Cómo sabía qué notas tocar para apoderarse de la voluntad de ratas y humanos? ¿Qué hizo y con quién se relacionó durante aquellos días que pasó en Hamelín? ¿Solo por dinero llevó a cabo semejante venganza?

Hay muchas versiones sobre la famosa leyenda del flautista de Hamelín. La fecha de algunas fuentes se remonta hasta el año 1384 y la cantidad de datos que se han ido añadiendo y eliminando hace pensar que nació de una tragedia acontecida en un pueblo alemán, allá por el siglo XIII. Jay Asher y Jessica Freeburg han profundizado en qué pudo suceder en aquellos días. No han intentado darle base real a los poderes del flautista, pues lo suyo es la fantasía; sin embargo, han conseguido unos protagonistas creíbles, con matices, y una recreación convincente de la época y del día a día de aquel pueblo. Y todo eso en tan solo ciento cuarenta y cuatro páginas. Por ello, Corazón oscuro se disfruta desde la primera página y no se suelta hasta el final.

La leyenda del Hamelín es la excusa para abordar temas universales que van desde la injusticia y la marginación social hasta la esperanza de encontrar un lugar en el mundo. Eso la convierte en una bonita historia de amor, pero, a la vez, en una cruel venganza. Y por encima de todo eso está el homenaje a las palabras, a los cuentos. Maggie, la chica que aparece en la portada junto al flautista, inventa historias para soportar su realidad. Al igual que los autores de este cómic, Jay Asher y Jessica Freeburg, que modifican el final de esta conocida fábula para, quizá, volverla más justa. Si es que es posible algún final justo sin que se pierda la verdadera esencia de esta leyenda, que no muestra precisamente el lado más amable del ser humano.

Tendréis que leer Corazón oscuro para valorar vosotros mismos si ese desenlace es justo o no. Pero os aviso de que corréis el riesgo de fascinaros con esta leyenda, tanto de la reinvención de estos autores como de las mil versiones ya existentes. Y es que el poder del flautista de Hamelín seguirá seduciendo a los lectores por siempre.

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La sinfonía del tiempo, de Álvaro Arbina

la sinfonía del tiempo

la sinfonía del tiempoNo sé si hice bien, pero leí la biografía de Álvaro Arbina que aparece en la solapa de La sinfonía del tiempo antes de empezar la lectura. Reconozco que me sorprendió que el año de nacimiento del autor de esta novela histórica de más de quinientas páginas fuera 1990, pero aún más que ya fuese su segunda novela publicada. Eso, unido a la frase promocional en la que Julia Navarro afirmaba que este precoz escritor vasco tenía «el don de los grandes narradores», me hizo adentrarme en la primera página con escepticismo: ¿de verdad escribe tan bien Álvaro Arbina?

Me bastaron un par de párrafos para rendirme a la evidencia: sí, Álvaro Arbina escribe muy bien. Pródigo en adjetivos, aunque siempre atinados, se recrea en cada descripción para deleite de sus lectores. Pero no solo su prosa es exquisita, sino que la historia que teje es envolvente y su documentación, apabullante.

Secretos familiares, fotos venidas del pasado con mensajes sobre el futuro, fortunas surgidas de la iniquidad e historias de amor truncadas son algunos de los elementos que componen La sinfonía del tiempo y la convierten en una novela apasionante. Todo comienza en 1914, en una estación de Londres, cuando Benjamin, el esposo de Elsa, no regresa en el tren previsto. Tampoco lo hace en los días siguientes. Y Elsa, que se resiste a creer que la desaparición es voluntaria, viaja hasta París en busca de él. Allí descubre que para dar respuesta a ese y a otros muchos misterios de su vida debe regresar a la casa de su familia, los Zulueta, en la costa cantábrica. En paralelo al viaje de Elsa, también se narra la juventud de sus padres. De esta manera, Álvaro Arbina retrata tanto el convulso contexto económico, político y social de la España de finales del siglo XIX y principios del XX como los avances tecnológicos y conflictos que se sucedían entonces en el mundo y, especialmente, en Europa.

El autor reconoce en las notas finales que «No es un retrato fiel de lo que sucedió» porque «Para eso ya están las labores periodísticas, o los libros de Historia». Que «Una novela reconstruye la realidad, se rebela ante ella, (…) y juega con sus piezas», creando «una ilusión tan verdadera y tan mentirosa como la memoria, un regalo que enriquece la vida y nos hace soñar, y tal vez entender un poco más». Y, sin duda, en La sinfonía del tiempo cumple con el cometido que se propone como escritor, pues nos hace soñar con las vicisitudes de sus protagonistas y comprender mejor la complejidad de aquel periodo histórico que abarca casi sesenta años, sin importar las licencias históricas que se tome.

Dentro de este panorama tan agitado que se plasma en La sinfonía del tiempo, tiene un papel crucial Samuel Lowell Higgins, un científico, historiador, pensador y profesor de estadística matemática obsesionado con crear una teoría llamada Las notas del tiempo, en la que intenta revelar los engranajes que subyacen en cada suceso histórico para, así, predecir los comportamientos futuros de la humanidad. Porque, como dice uno de los personajes, «La vida es redundante. Aunque a todos nos parezca nueva». Y adelantarse al devenir histórico cobra relevancia justo en ese 1914, ya que, como todos sabemos, es el año en el que dio comienzo la Primera Guerra Mundial.

No sé si hice bien leyendo la biografía de Álvaro Arbina antes de empezar la lectura, pero estoy segura de que si la hubiera leído tras acabar el libro, todavía me hubiera sorprendido más con la edad del autor. Si con tan solo veintiocho años es capaz de escribir semejante libro, no exageraba Julia Navarro en su definición, ni tampoco mi compañero Gorka en la reseña que le dedicó al debut literario de este autor, La mujer del reloj. Tampoco exagero yo si os digo que Álvaro Arbina está llamado a ser uno de los grandes escritores de novela histórica de nuestro país. Si no lo es ya.

@EstherMagar

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Morla Esculturas: sujetalibros convertidos en obras de arte

sujetalibros literarios Mowgli Bagueera

Los amantes de la literatura, a veces, no nos conformamos con las novedades editoriales y los clásicos reeditados y buscamos primeras ediciones, ediciones especiales o cualquier rareza literaria, para atesorarla en nuestra librería personal. Y por si esto no fuera suficiente, también sucumbimos ante toda clase de objetos personalizados con las historias y personajes de nuestras novelas preferidas: juegos de mesa, camafeos, bolsos, camisetas, fundas de móvil… La lista es interminable. Pero pocas veces un objeto literario había llamado tanto mi atención como los sujetalibros de Morla Esculturas.

Los sujetalibros de Morla Esculturas están inspirados en los personajes de la literatura clásica y de aventuras. Hasta aquí, nada fuera de lo común. Sin embargo, lo que marca la diferencia es que son pequeñas esculturas de bronce hechas a mano, numeradas y certificadas individualmente. Así, un sujetalibros se convierte en una obra de arte que cualquier bibliófilo desearía tener presidiendo sus estantes. Por ejemplo, al pequeño Mowgli y su inseparable Bagueera (de los que hay hasta tres piezas diferentes), Aladino volando en su alfombra mágica o el clásico entre los clásicos, el ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, al que Morla Esculturas ha inmortalizado cargando con una pila de novelas de caballerías, para que nos sintamos identificados con su locura por los libros. Y entre todos estos personajes clásicos, se cuela la rata Firmin, protagonista de la novela de Sam Savage, una lectora empedernida que al menos a mí me robó el corazón. ¿Cómo elegir entre tantos personajes inolvidables de la literatura?

sujetalibros literarios Mowgli Bagueera

sujetalibros literarios aladino

sujetalibros literarios quijote

sujetalibros literarios firmin

Morla Esculturas no se queda ahí y complica nuestra elección dedicando varias esculturas a la mitología. Entre mis favoritas está la de Geras, el encargado de colocar las estrellas en el firmamento cada noche, que ahora podría ser el que sostuviera una de mis hileras de libros.

sujetalibros literarios Geras

Aunque quizá vosotros prefiráis a Mogrovejo, el que vivía entre las cocinas y las librerías escondiendo y desordenando todo lo que encontraba a su paso, pero que esta vez se esforzaría por mantener en pie vuestro montón de libros pendientes.

sujetalibros literarios mogroviejo

Además de personajes de ficción, hay esculturas de lectores como nosotros, así que también podemos buscar la figura que mejor nos represente. Es posible que vosotros seáis como el niño estudiante, que lee apoyándose en cualquier lado, pero yo reconozco que soy igual que Nesto y me encanta pasarme horas tumbada con un libro entre las manos.

sujetalibros literarios leyendo

sujetalibros literarios nesto

Resulta imposible ver estas esculturas en el sitio web de Morla Esculturas y no enamorarse de alguna, porque todas y cada una de ellas transmiten pasión por los libros, la misma que sentimos nosotros y que siente el autor de estas obras de arte labradas en bronce. Con acabados y pátinas únicos en cada pieza, se convierten en el regalo soñado de cualquier amante de la literatura y del arte en general. Así que si queréis hacer felices a vuestros familiares y amigos lectores, habladles de Morla Esculturas, o mejor aún: sorprenderlos con una de estas originales esculturas en un día especial para ellos. Y, por qué no, vosotros también podéis daros este capricho, porque pocas veces encontraréis objetos literarios tan excepcionales como estos sujetalibros de bronce hechos a mano. Son los compañeros ideales para las ediciones más queridas de vuestra librería.

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Gabo, memorias de una vida mágica, de Óscar Pantoja, Miguel Bustos, Felipe Camargo y Tatiana Córdoba

gabo memorias de una vida magica

gabo memorias de una vida magicaDesde que supe de la existencia de Gabo, memorias de una vida mágica, deseaba leerlo. Porque las novelas gráficas publicadas por la editorial Rey Naranjo sobre las vidas de Juan Rulfo y Jorge Luis Borges me habían fascinado y porque, esta vez, estaba dedicada a mi idolatrado Gabriel García Márquez, uno de los escritores que han marcado mi vida literaria, como lectora y como escritora.

Como buena seguidora que soy de García Márquez, hace ya años leí su autobiografía, Vivir para contarla, por lo que muchas de las curiosidades que aparecen en las páginas de Gabo, memorias de una vida mágica ya las conocía. Sin embargo, he descubierto muchas otras e incluso me ha parecido una obra más emotiva.

¿Cómo puede ser que una vida contada por otros me haya resultado más entrañable que la escrita por el propio protagonista? Quizá, porque García Márquez concluyó su relato en 1950, año en el que se casó, mientras que la memoria gráfica escrita por Óscar Pantoja e ilustrada por Miguel Bustos, Felipe Camargo y Tatiana Córdoba llega hasta 1982, año en el que se le otorgó el Premio Nobel de Literatura. Pero no solo eso ha hecho que para mí la lectura de Gabo, memorias de una vida mágica haya sido especial. La razón principal ha sido que el epicentro de estas memorias es Cien años de soledad, la primera obra que leí de este escritor colombiano y la que me hizo caer rendida a sus pies.

Gabo, memorias de una vida mágica comienza con aquel viaje en coche que García Márquez hizo con su familia allá por 1965, en el que saltó la chispa para que por fin se sentara a escribir la historia que llevaba rumiando veinte años. Mientras miraba la carretera, a su mente acudió una frase que acabaría siendo uno de los inicios más famosos de la literatura: «Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo».

A partir de ahí, Gabo, memorias de una vida mágica va hacia delante y hacia atrás en el tiempo, para unir todos los momentos vitales que llevaron a García Márquez a crear el universo de Macondo. Desde su infancia en casa de sus abuelos, con una abuela que adivinaba el porvenir y un abuelo que no dejaba de contarle historias de la Guerra de los Mil Días, el ejército liberal y la compañía bananera, hasta el viaje junto a su madre, siendo ya adulto, en el leyó la palabra «Macondo» en el cartel de una finca en mitad de la llanura, «el único lugar que conservaba lozanía y vitalidad en aquella zona devastada por el olvido», sin saber aún que ese sería el nombre de uno de los pueblos ficticios más inolvidables.

Los autores de estas memorias consiguen trasladarnos a la infancia mágica de García Márquez y hacernos sentir el amor del escritor por su esposa, Mercedes, pero también las estrecheces económicas que sufrieron durante años, hasta que la publicación de Cien años de soledad se convirtió en un éxito instantáneo. Y, finalmente, nos emocionamos con la entrega del Nobel de Literatura, el mayor reconocimiento posible para un hombre que llegó a dormir en los bancos de un parque y a empeñar sus anillos de boda para perseguir su sueño literario.

Gabo, memorias de una vida mágica es una lectura imprescindible para todo aquel que haya leído a García Márquez alguna vez. La mejor forma de descubrir al hombre de carne y hueso que creó el universo de Macondo y fascinarse de nuevo con el realismo mágico escondido en Cien años de soledad.

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Francine se desarregla, de Francine Oomen

Francine se desarregla

Francine se desarregla¿Qué me ha llevado a mí, a mis treinta y pocos, a leer Francine se desarregla, de Francine Oomen, una memoria gráfica sobre la menopausia, esa etapa de la vida de toda mujer, a la que (en principio) me enfrentaré dentro de bastantes años? Pues que no sé nada de ella, ni yo ni la mayoría de la gente, ya que, como bien apunta el subtítulo de la obra, es un tema tabú, como tantos otros que pertenecen exclusivamente al universo femenino.

Francine Oomen nos relata con humor y naturalidad cómo vivió la menopausia, todas las incertidumbres que aparecieron en su vida cuando, a los cincuenta y dos años, su cuerpo y su mente empezaron a cambiar. Y es que sabemos tan poco de la menopausia, que sus síntomas a menudo se confunden con problemas de salud como la depresión, el estrés o la pérdida de memoria.

En cuanto Francine Oomen se dio cuenta de que no estaba enferma ni a punto de morir, sino solo abocándose al final de su fertilidad, se relajó bastante y buscó información sobre la menopausia para sobrellevarla mejor. Pero al ver que únicamente encontraba explicaciones técnicas y recomendaciones de pastillas, decidió relatar su propia experiencia para facilitarles las cosas a otras mujeres.

Mientras leía Francine se desarregla, no dejaba de pensar en mi madre, al verla retratada en muchos de los problemas de Francine, como cuando empezó a tener olvidos de nombres y despistes con cuarenta y tantos años y temió estar padeciendo la misma demencia senil que mi abuelo. Pero no, lo que en realidad estaba viviendo era la perimenopausia, la etapa previa a la menopausia, en la que aparecen algunos de sus síntomas. ¡Qué lástima que mi madre no tuviera un libro como este en aquella época! ¡Cuántos quebraderos de cabeza se hubiese ahorrado!

Además de explicar los síntomas de la menopausia de forma sencilla y advertir de los peligros de los tratamientos de hormonas para paliar los síntomas (puesto que pueden provocar problemas graves en el organismo), Francine Oomen relata las crisis existenciales que atravesó en aquellos momentos, tanto en el trabajo como en el amor (con referencias a Tinder incluidas). Pero sobre todo nos habla de cómo se enfrentó a la Arpía, esa voz interior con la que lleva conviviendo toda la vida, que le obliga a ser una supermujer, capaz de abarcarlo todo y hacerlo perfecto. Porque, a través de sus vivencias, Francine Oomen anima a ver la menopausia como un punto de inflexión, en el que las mujeres se tomen su tiempo para hacer inventario y deshacerse de todas esas cargas que se han impuesto a lo largo de los años y que ya no soportan por más tiempo.

Francine Oomen nos demuestra que la menopausia es una fase más del desarrollo vital y que no hay que pretender saltársela o detenerla. El conocimiento siempre es la mejor arma para encarar los miedos y saber que lo que nos pasa le pasa a muchas, nos permite relativizar los problemas. Por eso, Francine se desarregla me parece una lectura necesaria para todas las mujeres, pero también para quienes las rodean, para conocer y, sobre todo, comprender los cambios de esa etapa y sobrellevarlos de la mejor manera posible.

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Las diez mil vidas de Milo, de Michael Poore

las diez mil vidas de Milo

las diez mil vidas de MiloEl inicio de un poema de Charles Chaplin dice así:

«La vida es una obra de teatro que no permite ensayos

Por eso, canta, ríe, baila, llora

y vive intensamente cada momento de tu vida

antes de que el telón baje

y la obra termine sin aplausos».

Pero ¿y si tuviéramos otra oportunidad para hacerlo mejor? ¿Y si a esta vida le siguiera otra, y otra, y otra más, y fuéramos aprendiendo de nuestros errores y nuestros aciertos hasta alcanzar la Perfección? Eso es lo que plantea Michael Poore en su novela Las diez mil vidas de Milo, con un sentido del humor que me ha recordado al gran Terry Pratchett.

Milo es el alma más vieja del mundo. La mayoría de almas alcanzan la ansiada Perfección cuando llevan unas nueve mil vidas, pero él está a punto de llegar a las diez mil y todavía no lo ha conseguido. Milo está preocupado, claro. Solo le quedan cinco oportunidades, y si no lo logra, en vez de atravesar el Umbral del Sol y fundirse con la Ultraalma, será absorbido por la Nada. Y lo malo no es desaparecer en el olvido, después de haber muerto miles de veces, Milo tiene cierta experiencia en eso, el problema es que en la Nada ya no habrá vuelta atrás y nunca más verá a Suzie, su alma gemela.

¿Y quién es Suzie? La Muerte. No es que Milo haya cogido cariño a la muerte por visitarla tan a menudo, sino que esa Muerte, una de tantas que pululan por el mundo para llevar a las almas al otro lado del río de la vida, tiene cuerpo de mujer y la personalidad más afín que Milo ha encontrado a lo largo de sus miles de existencias. Quizá por eso a Milo le guste tanto vivir y morir, porque es la única forma de reencontrarse con ella.

¿Conseguirá Milo alcanzar la Perfección o tendrá un plan mejor?

Las miles de vidas de Milo, vidas del futuro y del pasado, en las que es desde rey hasta insecto, pasando por seguidor de Buda e incluso psicópata, le sirven a Michael Poore para coquetear con el género de ciencia ficción, pero también con el de aventuras y el de terror, sin perder de vista el humor en ningún momento ni la bonita historia de amor que le da sentido a todo. Milo protagoniza tantas vidas anodinas como trascendentales y muere de las formas más heroicas, pero también de las maneras más absurdas. Y de todas esas existencias se lleva una enseñanza, para bien o para mal, al igual que los lectores. Porque Las diez mil vidas de Milo puede parecer una novela desenfadada, pero en realidad es una motivadora reflexión sobre la vida y la muerte.

La filosofía de vida que nos enseña Milo a lo largo de sus diez mil vidas bien podría resumirse en otra frase del genial Charles Chaplin: «Aprende como si fueras a vivir toda la vida y vive como si fueras a morir mañana». Quizá todos tengamos más vidas aguardándonos para hacerlo mejor, o tal vez no. Sea como sea, deberíamos tomar nota de la sabiduría de Milo. Así, aunque solo vivamos una, haremos que merezca la pena.

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Si el Führer lo supiera, de Otto Basil

Si el Führer lo supiera

Si el Führer lo supiera¿Cómo sería el mundo si Alemania hubiera ganado la Segunda Guerra Mundial e impuesto una dictadura nazi a los países derrotados? ¿Y si solo sus aliados japoneses hubiesen tenido el privilegio de dominar una parte del territorio? ¿Y si Estados Unidos se hubiera convertido en Estados Vasallos Unidos de América, tras su derrota en el conflicto bélico? Esa es la premisa de la que parte Otto Basil en Si el Führer lo supiera, novela escrita en 1965, prácticamente la misma que Philip K. Dick plantea en El hombre en el castillo, publicada en 1962. Y, pese a una idea idéntica, nada tiene que ver el desarrollo de una y otra.

Philip K. Dick me fascinó con su libro ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (rebautizada como Blade runner en su adaptación cinematográfica), por lo que hace años leí El hombre en el castillo con grandes expectativas. Un mundo sometido al nazismo me parecía una ucronía apasionante, una distopía aterradora. Pero Philip K. Dick apenas explotó la mina de oro en la que se había adentrado y la lectura de El hombre en el castillo fue una decepción para mí. De ahí que al leer la sinopsis de Si el Führer lo supiera y ver la similitud, me aventurara a averiguar si Otto Basil había sido capaz de sacarle todo el partido que esta premisa prometía.

En Si el Führer lo supiera, Otto Basil nos traslada a los años sesenta del Magno Imperio Germánico. A Höllriegl, nacionalsocialista de pura cepa y funcionario especialista en giromancia, le han encomendado una misión que le hace viajar por todo el imperio, justo cuando el anciano Hitler muere, se desata una lucha por ocupar su puesto y la Magna Iapónica decide atacar a sus aliados alemanes para hacerse con el control del mundo. En esta caótica tesitura, Höllriegl se va encontrando con personajes peculiares que, de una forma u otra, atentan contra los principios del Gran Reich Alemán.

Mientras asistimos a los devaneos amorosos de Höllriegl y a las situaciones disparatadas en las que se ve envuelto, conocemos el contexto macrohistórico a través de discursos de los personajes, los chismorreos y los programas de radio y televisión. Otto Basil nos muestra un mundo dominado por los alemanes en el que el sexo solo se permite para preservar la especie, las minusvalías y los complejos de inferioridad se consideran delito, los judíos se han extinguido —¡y también los psicoanalistas!— y se ha esclavizado al resto de seres humanos que no pertenecen a la raza aria, denominados simios e infrahumanos.

Por momentos, Si el Führer lo supiera parece una ficción exagerada. Sin embargo, muchas de las fantasías de Otto Basil nacen de documentos presentados en los juicios de Núremberg; en ellos, el poder nazi contaba sus planes de futuro para dominar el mundo, y lo paranormal ocupaba un papel relevante. Quien ahonde un poco en la trastienda de la Segunda Guerra Mundial descubrirá que los nazis tenían contratados a videntes para ir un paso por delante en la contienda, y Otto Basil se ha servido de estas excentricidades para asentar su sátira.

Gracias al elaborado contexto político, cultural y social, Si el Führer lo supiera es una ucronía distópica verosímil, y, por eso mismo, inquietante. No sé si Otto Basil leyó la novela de Philip K. Dick, pero sin duda fue el escritor austriaco el que supo sacarle todo el jugo a esta versión alternativa de la historia.

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Mandíbula, de Mónica Ojeda

mandíbula

mandíbulaMónica Ojeda fue mi gran descubrimiento de 2016. Asistí a la presentación de Nefando, su primera novela, y me impresionó su discurso. Eso hizo que leyera su libro con unas expectativas altísimas, y aun así, las superó. En aquella historia rompió tabúes, se saltó las pautas clásicas de la narrativa y logró una de esas obras que quedan grabadas en la memoria, por mucho tiempo que pase. Así que imaginad las ganas que tenía de leer su nuevo trabajo, Mandíbula.

Mandíbula y Nefando tienen puntos en común, pero son muy distintas. Por ejemplo, en lo que respecta a la construcción de personajes. En Mandíbula profundiza mucho más en ellos y ¡menudas personalidades! Miss Clara es una profesora de treinta años que viste y se comporta como su fallecida madre. Meses atrás, unas alumnas la secuestraron y torturaron durante horas. Tras aquella experiencia traumática, su ansiedad, con la que convive desde la infancia, se dispara, y en semejante estado entra a trabajar en el Colegio Bilingüe Delta, High-School-for-Girls, donde Fernanda, Annelise, Ximena, Analía, Natalia y Fiorella tampoco se lo van a poner fácil. Fernanda y Annelise, best friends forever, lideran este grupo de adolescentes que «juega» a contarse historias de miedo y a demostrar su valentía superando retos cada vez más humillantes y violentos. A través de estos «juegos», descubren el lado más oscuro de sí mismas, ese en el que atraviesan los límites de lo moralmente permitido.

A diferencia de Nefando, Mandíbula sí tiene una estructura convencional. En la primera página nos pone en situación y, mediante flashbacks, nos cuenta por qué han llegado dos de los personajes hasta ese punto. Pero, al igual que en su primera novela, lo que destaca, lo que convierte a Mandíbula en una experiencia literaria fuera de lo común, es la reflexión filosófica que plasma Mónica Ojeda a través de la trama.

«Lo horrible, lo que en verdad nos petrifica los órganos, es lo que conocemos a medias; lo que tenemos cerca y, a pesar de ello, somos incapaces de entender. (…) Lo horrendo, quiero decir, no es lo desconocido, sino lo que simplemente no se puede conocer».

Ahonda en qué es el terror, pero también en las sombras de las relaciones maternofiliales, en la violencia y en el sexo. Y lo hace sirviéndose de las conversaciones de Annelise con Miss Clara, de las de Fernanda con su psicoanalista o incluyendo un ensayo sobre el horror blanco en la literatura de Lovecraft, Edgar Allan Poe, Mary Shelley, Bram Stoker, Chambers y Machen. Y es que Mónica Ojeda tiene un dominio pasmoso de la palabra y de los recursos literarios y, haga lo que haga, todo fluye y nos envuelve.

En Mandíbula, Mónica Ojeda nos pone de nuevo frente a la maldad más inextricable del ser humano y nos demuestra que «el miedo no es el qué, sino el cómo». Y aunque es una novela menos transgresora que la anterior, sigue estando por encima de la calidad literaria actual, por lo que me parece la lectura idónea para iniciarse en el perturbador universo de esta escritora ecuatoriana.

No me extraña que haya sido incluida en la lista de Bogotá que recoge a los treinta y nueve escritores latinoamericanos menores de cuarenta años con más talento y proyección de la década, porque es imposible que los lectores salgamos indemnes de su prosa. Y eso, en los tiempos que corren, muy pocos autores lo consiguen.

@EstherMagar

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